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Dietrich von Hildebrand

El Caballo de Troya en la Ciudad de Dios, Madrid 1969 (Fax), 252-254.

Este libro lo he escrito movido por un hondo dolor al ver cómo están surgiendo tantos falsos profetas en la Ciudad de Dios. Es muy triste que la gente pierda la fe y abandone la Iglesia. Pero es mucho más triste aún que los que en realidad han perdido la fe permanezcan dentro de la Iglesia y pretendan -como las termitas- roer los cimientos de la fe cristiana con el cuento de que están dando a la revelación cristiana la interpretación que corresponde al «hombre moderno».

Quiero terminar este libro lanzando un llamamiento a todos aquellos cuya fe no está corroída. Y quiero pedirles que se guarden de esos falsos profetas que desean la extradición de Cristo para llevarlo a la ciudad secular. Y están tratando de hacerlo de manera parecida a como Judas entregó a Jesús en manos de sus perseguidores.

Recordemos las notas distintivas de esos falsos profetas. Todo el que niega el pecado original y la necesidad que la humanidad tiene de redención, está socavando con ello el sentido de la muerte en la cruz y es un falso profeta. Todo el que no ve ya que la redención del mundo por Cristo es la fuente de la verdadera felicidad y que no hay nada en el mundo que pueda compararse con este solo hecho glorioso, ha dejado de ser un verdadero cristiano.

Todo el que no acepte ya la primacía absoluta del primer mandamiento de Cristo -amar a Dios por encima de todas las cosas- y que pretenda que nuestro amor de Dios se manifiesta exclusivamente en el amor del prójimo, es un falso profeta. El que no comprenda ya que el anhelar la unión íntima con Cristo (una unión entre «tú» y «yo») y la transformación en Cristo es el sentido mismo de nuestra vida: ése es un falso profeta. El que pretenda que toda la moralidad se manifiesta, no primariamente en la relación del hombre con Dios, sino en las cosas que se refieren al bienestar humano, ése es un falso profeta. Y el que en el mal inferido a nuestros semejantes vea sólo un daño que se les hace y no una ofensa contra Dios implicada por ese mal, tal persona ha sido pesa de las enseñanzas de los falsos profetas.

El que no vea ya la diferencia radical que existe entre la caridad y la benevolencia humanitaria, se ha hecho sordo al mensaje de Cristo.

El que se deje impresionar y entusiasmar más por los «procesos cósmicos» y por la «evolución» y por la especulación de la ciencia que por el reflejo de la Sagrada Humanidad de Cristo en un santo, por la victoria sobre el mundo que se halla encarnada en la existencia misma de un santo, ese tal no está henchido ya de espíritu cristiano. El que se preocupa más del bienestar terreno de la humanidad que de la santificación ha perdido la concepción cristiana del mundo y de la vida, Como dijo el Cardenal Newman:

La Iglesia no pretende dar un espectáculo, sino hacer una labor. La Iglesia contempla este mundo, y todo lo que en él hay como una mera sombra, como polvo y ceniza, en comparación del valor de una sola alma. La Iglesia cree que, para ella, no tiene objeto hacer nada, si -a su modo- no puede hacer bien a las almas… La Iglesia considera el hacer de este mundo y el hacer del alma como magnitudes sencillamente inconmensurables, si se las considera según sus órdenes respectivos. La Iglesia preferiría salvar el alma de un solo bandolero salvaje de Calabria o de un desharrapado mendigo de Palermo, antes que tender miles y miles de kilómetros de vía férrea toda la extensión de Italia, o llevar a cabo una reforma sanitaria -hasta en sus menores detalles- en todas las ciudades de Sicilia, a no ser que esas grandes obras nacionales tendiesen hacia algún bien espiritual que estuviese más allá de ellas1.

Guardémonos de los falsos profetas que no quieren saber nada de las repetidas amonestaciones de nuestro Santo Padre, el Papa Pablo VI, así como tampoco de la clara formulación que la Santa Sede ha dado de las diversas herejías y concepciones erróneas del mundo de hoy día. Guardémonos de los que tratan de ahogar la voz del Vicario de Cristo con propaganda ruidosa.

Sin embargo, como dije al principio de este libro, aunque mi corazón sangra al ver los destrozos que se han hecho en la viña del Señor y la mancillación de su santuario, estoy lleno -no obstante- de esperanza, porque Nuestro Señor dijo: Et portae inferi non praevalebunt («Y las puertas del infierno no prevalecerán»).


NOTAS

  1. John Henry Cardinal Newman, Certain Difficulties Felt by Anglicans in Catholic Teaching Considered, I, Longmans, Londres, 1908, pp. 239-240.