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Fabrice Hadjadj

La fe de los demonios (o el ateísmo superado), Granada 2011 (Nuevo Inicio), 48-52.

Si observamos atentamente, hemos de confesarlo: esas tres tentaciones no son algo exterior a la Iglesia. La asedian desde el interior. Anuncian tres desviaciones internas, tan internas que parecen confundirse con la recta doctrina. – Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo (Mt 4,1). El que conduce a Jesús al desierto es el Espíritu Santo (Marcos llega a decir que lo arroja, ekballei, como Jesús arrojará al demonio). La prueba del desierto está especialmente, por tanto, allí donde se encuentra el Espíritu.

¿Los nombres de esas tres tentaciones interiores? Humanitarismo, quietismo y evangelismo (o activismo misionero). Pervierten tres aspectos esenciales de la vida cristiana: el amor a los pobres, el abandono a la Providencia y el anuncio de la Buena Noticia. Esa manera de considerarlas respeta su carácter sucesivo -e incluso dialéctico. Hace imposible la concomitancia que les otorga el sistema del Gran Inquisidor: allí donde el pan, la paz y la tierra iban al unísono, el humanitarismo, el quietismo y el evangelismo se oponen entre ellos. El humanitarismo es contrario al espiritualismo, y su activismo se opone al activismo misionero; de igual forma, el quietismo y el evangelismo son adversarios, puesto que el primero es inerte mientras que el segundo tiene culo de mal asiento. Tienden, pues, a desgarrar a los cristianos entre ellos y en ellos mismos, rompiendo el tenso equilibrio entre la naturaleza y la gracia, entre la acción y la contemplación.

Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan… ¿No predica la Iglesia la «opción preferencial por los pobres»? ¿No tiene que penetrar en su oído y hasta en su alma el grito de los hambrientos? ¡Que se organice el clero para enviar sacos de arroz y de trigo a todas las naciones! ¡Poco importa que la hostia sea consagrada con tal de que sea sustanciosa! ¡Que se convierta en un verdadero bocadillo que llene el estómago! ¿No era la Cena una comida donde se servía cordero de verdad de carne y hueso? ¡Adiós pues a la transustanciación! ¡Que el obispo cambie la mitra por el gorro de cocinero! ¡Que en lugar del crucifijo se erija un espetón para asar corderos! ¡Un frigorífico lleno en lugar del tabernáculo y sobre el altar cubiertos para trece o más: bienaventurados los pobres porque estáis invitados a la comida del Jefe! ¡Primero la panzada, luego la pensada! ¿No es un escándalo ofrecerle piedras al hambriento, aunque fueren las Tablas de la Ley o vuestro Pedro sobre el que se edifica la Iglesia, en vez de darle una buena hogaza comestible?

-Ese escándalo es el de Judas cuando la unción en Betania (Jn 12,5): ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres? ¿Por qué no vender incluso a la Palabra por sólo treinta denarios? Por lo demás, ¿esa primacía del pan no formaba parte de la política de los emperadores, junto con los juegos, para debilitar toda contestación? Se puede entender entonces que, en el argot de otros tiempos, al diablo se le llamara el «Panadero». Si la Iglesia sólo se ocupara del pan se identificaría con el poder temporal, competiría con el estado, de suerte que el aparente abajamiento sería también su extensión totalitaria. Y además, sustituyendo con el pan el sentido y la libertad, el hombre podría ser tratado como un animal. Se le forzaría a trabajar para producir más carne. Se le prohibiría todo shabbat donde encontrar recogimiento. ¿Para qué celebrar la palabra, si se trata de vivir al nivel del pesebre?… Pero el verdadero pesebre es el de Navidad. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Sabe además hacer huelga de hambre cuando siente que la justicia es vulnerada. Sabe también, cuando ya no hay razón para vivir, pegarse un tiro en la cabeza en medio de la fiesta. Resulta que, en su mismo cuerpo, es espíritu. Está tejido de palabras. Tiene necesidad, por tanto, en primer lugar de ese alimento. Podremos multiplicar los panes, pero será siempre para hablar del Reino (Lc 9,11).

-¡Lo espiritual, tienes toda la razón! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? ¡Me es familiar lo espiritual! ¿No soy yo mismo un espíritu puro? ¡Soy un fanático de los espiritualismos! Oye, me has abierto los ojos: a partir de este momento preconizo una vida completamente aligerada del peso de la carne. Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán… Sí, abandónate a la providencia divina. Dios es bueno, es bueno para todo. No escuches al pobre que llama a tu puerta, reza: un ángel o un cuervo acabarán por alimentarlo. Haz oración, y no hagas nada más. Sé María a los pies de Jesús y desprecia a Marta que se agita en el servicio. Deja a los imperfectos el cuidado de la materia, el forraje de las vacas, el pasto de los corderos. Ya balen o aúllen, concentra la atención en tu vida interior. Olvida todas esas mezquinas obligaciones cotidianas que son la evidencia de la gente mezquina. Tú estás hecho para tareas más elevadas. Eres un hijo de Dios: alisa tus plumas y deja el plomo para los demás.

-Abandonarse a Dios es abandonarse a la causa primera de todo obrar. Eso no conduce a la inercia, sino a una actividad superior, menos dispersa, más recogida, que sabe ir a lo esencial. Cuanto más próxima está al torrente más rápida va la barca. Cuando Dios nos atrae hacia su corazón es, como las plumas de una flecha, para enviarnos más lejos. Dejarlo actuar no es no hacer nada. No tentarás al Señor tu Dios. No harás como si, siendo él el Creador, no debiera obrar por medio de ti, su criatura. Porque en él vivimos, nos movemos y existimos (Hech 17,28). Además, ¿no es Dios tan creador de la materia como del espíritu? ¿No habla también por medio de la vajilla que hay que lavar, la bombilla que hay que cambiar, el bebé que hay que limpiar, si todo eso se hace con amor? Los verdaderos beatos no tienen alas, pero tampoco tienen el culo de plomo. Su contemplación sobreabunda en apostolado. Porque la caridad que hace amar a Dios es la misma que hace amar al prójimo, llamado a ser un Dios por participación.

-¡El apostolado, es verdad! ¡Que se anuncie el Evangelio, que se lo trompetee por las plazas, que se le haga resonar como un címbalo! Corred por el mundo entero a proclamar vuestro bonito Reino. Pero no olvidéis que soy Príncipe de este mundo. Soy máster en marketing, doctor en propaganda, experto internacional en mensajes subliminales y en fascinación publicitaria. ¡Mira cómo consigo que ese pobre diablo compre un coche por encima de sus posibilidades como si fuera el carro de Elías! ¡Admírate de cómo puedo hacer que elijan al político más mediocre con la sola mediación de la maravilla mediática! Te daré todos los reinos del mundo con su gloria si, postrándote, me adoras… ¡Haremos una Operación Triunfo del canto gregoriano. Organizaremos un Gran Hermano del sacerdocio. Nos arreglaremos para que el Doctor House se convierta y para que las Desperate Housewives encuentren en su vida de ficción la esperanza teologal. Todos los telediarios de las nueve, todos los prime-times, todos los sitios de Google estarán al servicio de tu Iglesia y tendrán un atractivo que envidiarán las cadenas pornográficas y las mejores series americanas! ¡El catolicismo estará de moda. El periódico El Mundo se rebautizará como El Espíritu. La vida espiritual de Catherine M. será el bestseller universal! ¡Dan Brown se hará numerario del Opus Dei!

¡Apártate, Satán! No te he dicho que fuéramos una empresa filantrópica, ni siquiera espiritual, sino la aventura de un encuentro con el último y más corriente de los ciudadanos, exponiendo nuestro rostro a sus puños, abriendo nuestras manos también, por si quiere traspasarlas. El Reino de Dios se anuncia en la pobreza. Se ama al prójimo en la proximidad. En el riesgo de un abrazo donde ese prójimo puede abrirse o puede estrangularnos. Un abrazo, y no una llave de judo. Nada de seducciones psicológicas. Nada de palo y zanahoria, sino el pobre y feo crucifijo… Porque debe consumarse un encuentro personal ante el cual nosotros debemos desaparecer. Al Señor tu Dios adorarás, tú y no un don, y sólo a él darás culto, si bien no serás esclavizado por poder alguno de la tierra o del cielo, sino que serás libre en ese solo a Solo, en donde, puesto que el Solo es también el Creador de todos los seres, podrás tener intimidad con cada ser…

Permítaseme una vez más una pequeña discusión para subrayar el saber hacer, si no la sabiduría, de las tres tentaciones. Satán se revela en ellas fino conocedor de la misión de la Iglesia. Se esfuerza por transformarla, insensiblemente, en bombardeo o abdicación. Y entrevemos ya la lógica de sus mensajes (lógica que será objeto de nuestra segunda parte): separación o confusión que desembocan en tres errores contrarios que se sostienen unos a otros. Para decirlo breve y, por tanto, por el momento reductivamente, lo que está en juego en ellas es la carne y el Espíritu. Con el pan, tenemos la carne sin el Espíritu; con el abandono a los ángeles, el espíritu sin la carne; con la propuesta de los reinos terrestres, una carne y un espíritu unidos pero disminuidos, digamos que una carne hecha virtual por un espíritu mundano, a fin de obtener una golosa contradicción: el gran espectáculo de la oración, el gran divertimento de la fe…