Antoine Bloom
Extractos de su respuesta con motivo del encuentro de Jóvenes en Taizé, del 31 de al 3 de septiembre de 1967, recogido en La Documentation Catholique, 1968, col. 185-187.
La vida y la oración son completamente inseparables. Una vida sin oración es una vida que ignora una dimensión esencial de la existencia… El mundo en el que vivimos no es un mundo profano. Es un mundo que nosotros sabemos muy bien profanar, pero que en sí ha salido de las manos de Dios y es amado por Dios. El valor que Dios le atribuye es la vida y la muerte de su Hijo único. Y la oración pone de manifiesto nuestro conocimiento de este hecho, nuestro descubrimiento de que cada uno de los que nos rodean, cada cosa que nos rodea, tiene a los ojos de Dios un valor sagrado, es algo precioso y amado para nosotros. No orar es dejar a Dios fuera de la existencia; y no sólo a él sino a todo lo que él significa en el mundo que ha creado, en el mundo en que vivimos.
Muchas veces nos parece difícil coordinar la vida y la oración. Esto es un error absoluto, que se debe a que tenemos una idea falsa tanto de la vida como de la oración. Pensamos que la vida consiste en agitarse y que la oración consiste en retirarse a alguna parte y en olvidarnos de nuestro prójimo y de nuestra situación humana. Esto es falso; es una calumnia de la vida y una calumnia de la misma oración.
Si queremos aprender a orar, en primer lugar debemos hacernos solidarios de la realidad total del hombre, de su destino y del mundo entero; debemos asumirla totalmente. Ese es el acto esencial que Dios ha realizado en la Encarnación; es el aspecto total de lo que llamamos intercesión. Ordinariamente, cuando hablamos de la intercesión, pensamos que consiste en recordar cortésmente a Dios lo que se ha olvidado hacer. En realidad, la intercesión consiste en dar un paso que nos sitúe en el centro de una situación trágica y un paso que sea lo mismo que el paso de Cristo que se hizo hombre de una vez para siempre.
Debemos dar un paso que nos sitúe en el centro de una situación de la que jamás querremos ya salir, una solidaridad cristiana, crística, está orientada simultáneamente a dos polos opuestos. El Cristo encarnado, verdadero hombre y verdadero Dios, es totalmente solidario del hombre en su pecado cuando se vuelve hacia el hombre. Dios, totalmente solidario de Dios cuando se vuelve hacia el hombre. Esta doble solidaridad, que en cierto sentido nos hace extraños a los dos campos y, al mismo tiempo, unidos a los dos campos, es nuestra situación cristiana de base.
Ahora me diréis: ¿Qué hacer? Pues bien, la oración brota de dos fuentes: o bien es la admiración que sentimos con relación a Dios y a las cosas de Dios, nuestro prójimo o el mundo que nos rodea a pesar de sus sombras, o bien es el sentido de lo trágico, el nuestro y sobre todo el de los demás. Berdiaeff decía: «Si yo tengo hambre, es un hecho físico; si mi vecino tiene hambre es un hecho moral». He aquí, pues, lo trágico tal como se nos presenta a cada momento: mi vecino tiene siempre hambre. No siempre tiene hambre de pan; a veces tiene hambre de un gesto de humanidad, de una mirada caritativa. Es ahí en donde comienza la oración, en esta sensibilización a la maravilla y a la tragedia. Cuando subsiste, todo es fácil: oramos fácilmente en la admiración, y oramos fácilmente cuando el sentido de la tragedia nos conmueve…
Si unís así la vida a vuestra oración, jamás se separarán. La vida será como un combustible que mantendrá continuamente un fuego cada vez más intenso y más ardiente, y que os transformará poco a poco en la zarza ardiente de la que habla la Escritura.
















