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Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20).

Antonio Orbe

Oración sacerdotal, Madrid, 1979 (BAC), 259.

Los santos participaban de la ternura de Cristo y sentían pena al verle fluir sin hombre que aplicara a él sus labios. Triste como ante la samaritana, Jesús recibe más agua que da, y la pierde en los arenales del mundo.

El sol no gime por lucir sin aplauso de los hombres. Venga o no entre nubes, alumbre desiertos o mares, sigue su carrera, y la repite sin cansancio hoy como ayer.

En su humanidad preciosa, Cristo es sol e ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Mas no repite su carrera. Llegó en la plenitud de los tiempos. Una vez murió y resucitó. Quienes no le acogieron, le perdieron una sola vez, mas para siempre.

Fuente que se pierde inútil o perpetuo mendigo a quien ninguno abre. Eso es Jesús. Si retirarse a dormir sin cenar es triste, también lo es quedarse con todo -con la cena que recrea y enamora- un día y otro, una noche y otra, y volver por fin al Padre con lo de él recibido para los demás. A eso le tenemos habituado al Señor. No se acostumbra. Ya dije antes que es hombre, y como hombre siente las cosas.