Vicente María Bernadot
De la Eucaristía a la Trinidad, Barcelona 1958 (6ª ed., Luis Gili), 65-68.
Una condición principal de la vida de unión: el recogimiento
El ideal propuesto a que comulga es, por lo tanto, vivir sin cesar con Dios, en Dios. Para conseguirlo es, ante todo, necesario practicar el recogimiento.
El alma se recoge cuando, juntando todas sus potencias, entra en sí misma para encontrar a Dios allí. Evitar las conversaciones inútiles, subir las diversiones mundanas, reservarse largas horas de silencio, éste es el deber -deber elemental- de quien aspira a vivir como verdadero cristiano.
¡Peligrosa ilusión la de esperar llevar de frente la vida de piedad y la vida mundana! Hay que escoger: o Dios o el mundo. Yo llevo al alma a la soledad; allí le hablo al corazón (Os 2,16).
Mas no basta silencio exterior. ¿De qué sirve imponer silencio a la lengua si las voces interiores forman confusa algarabía? Es necesario recogerse en el silencio interior, es decir, rechazar las preocupaciones, los pensamientos inútiles, las ilusiones y todo ese vano trabajo de la imaginación que con frecuencia alteran el corazón más profundamente que largas conversaciones. Dar libertad a su imaginación, entretenerse con recuerdos de la vida pasada, distraerse con pensamientos inútiles, perseguir la realización de un deseo natural, soñar con vanas quimeras, entregarse a la inquietud por el porvenir: todo esto corre un velo entre Dios y el alma, pone obstáculos a la unión perfecta.
Desgraciadamente hay almas que, aun cumpliendo los deberes esenciales de la vida cristiana y poseyendo ordinariamente el estado de gracia, llevan una vida mediana, sacan muy poco fruto de su unión habitual con Dios, y hasta concluyen por perder su vocación a la santidad, todo por falta de recogimiento y de silencio. Dios está en ellas, pero ellas no saben permanecer con Él.
El Salmista decía: Tengo siempre mi alma en la mano, pero yo no me olvidé de tu ley (cf. Sal 119,109). Palabra luminosa que esclarece una obligación fundamental: conservarse en plena posesión de sí ante la adorable Trinidad.
El cristiano debe vigilar con celoso cuidado en no abandonar nunca, ni por un solo instante, el gobierno de sus potencias interiores. El vano trabajo de la imaginación tiene por resultado dispersar las fuerzas del alma, la cual, debilitada y llevada en diversos sentidos, se ve incapaz de entregarse, como debiera, al único ejercicio del amor. El fin del recogimiento es recobrar esas fuerzas dispersas y perdidas en un vano despilfarro, y volverlas a Dios. Restablecida en la posesión de sí misma y en la unidad, puede entonces el alma conversar con sus Huéspedes, las Tres divinas Personas, que no cesan de provocarla a las secretas conversaciones: Escucha, ¡oh hija!, y considera y presta atento oído; y olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y el Rey se enamorará de tu beldad. Porque Él es tu Señor, a quien has de adorar (Sal 45,11-12).
¿Queréis oír a Dios? Haced callar a todas las criaturas y volveros a Él. «El Padre ha dicho una palabra. Es su Verbo y su Hijo. Le dice eternamente y en un eterno silencio, y en este silencio el alma le oye» (San Juan de la Cruz, Máximas).
«La ley de la oración, dice la Beata Ángela de Foligno, es la unidad. Dios exige la totalidad del hombre y no una parte de él. La oración pide el corazón entero, y si se le da una parte no se obtiene nada… Sabed que nada os es necesario, excepto Dios. Encontrar a Dios, recoger en Él vuestras potencias, he aquí lo único necesario. Para este recogimiento hay que cortar todo hábito superfluo, toda curiosidad superflua, toda ocupación y operación superfluas. En una palabra, es necesario que el hombre se separe de todo lo que le divide».
Siga, por lo tanto, el cristiano el consejo de Santa Catalina de Sena, que se placía en recomendar a sus discípulos que se construyeran una celda interior, donde debían vivir con Dios solo, ocupados en lo único necesario (Lc 10,42). Tenga allí siempre su alma en sus manos. Que diga como la Esposa de los Cantares, cuando buscaba a su Amado: Nescivi, no sé nada más (cf. Cant 6,12); lo he olvidado todo, excepto a Dios y las cosas de Dios. O como San Pablo: Por su amor he perdido todo, a fin de ganar a Cristo, mi Señor, y hallarme en Él (Flp 3,8).
«Si alguno quiere llegar al estado de unión, es absolutamente necesario que se separe del todo de todas las cosas, y después que se recoja totalmente en su interior; allí no tenga otro objeto, ante los ojos de su espíritu, que a Jesús cubierto de llagas; y aplíquese así, con cuidado y con todas sus fuerzas, en penetrar por Él en Él; por Él, hombre, en Él, Dios; por las llagas de la Humanidad hasta el santuario íntimo de la divinidad» (De la unión con Dios, II). [El texto sigue con la elevación de santa Isabel de la Trinidad].
















