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Santa Isabel de la Trinidad

Carta 137 al seminarista Andrés Chevignard (24 de febrero de 1903).

He pensado en usted mientras leía estas palabras del P. Vallée sobre la contemplación: «El contemplativo es un ser que vive bajo el resplandor de la faz de Cristo, que penetra en el misterio de Dios impulsado no por la luz que proyecta el pensamiento humano sino por la claridad que produce la palabra del Verbo Encarnado».

¿No siente esa pasión por escucharle? Existe, a veces, una necesidad tan imperiosa de callar, que uno quisiera sólo permanecer como María Magdalena, ese maravilloso ejemplo de alma contemplativa, a los pies del divino Maestro, ávido de conocerlo todo, de penetrar cada vez más en ese misterio de Amor que Él vino a revelarnos. ¿No cree que durante la acción, mientras se desempeñe exteriormente el oficio de Marta, el alma puede permanecer siempre adorante, inmersa como María Magdalena en su contemplación, bebiendo ininterrumpidamente de esta fuente como un sediento?

Así es como yo entiendo el apostolado de la Carmelita y del sacerdote. Cuando están en contacto continuo con esta divina fuente, pueden entonces irradiar a Dios, darle a las almas. Reconozco que se necesitará compenetrarse profundamente con el divino Maestro, permanecer en íntima unión con su alma, identificarse con todos sus sentimientos para luego vivir como Él cumpliendo la voluntad de su Padre. Entonces, ¿Qué importa cuanto suceda el alma, si ella tiene fe en Aquel que es su amor y mora dentro de sí?