Dom Columba Marmión
Jesucristo en sus misterios. Conferencias espirituales, Barcelona 1948 (Editorial Litúrgica Española, 3ª ed.), 7-14.
En aquella inefable oración que siguió a la cena, y en la cual dejando nuestro benditísimo Salvador exhalar ante sus discípulos absortos de admiración el íntimo sentir de su alma; en aquel momento supremo de su existencia en la tierra, al decir estas palabras: «¡Padre! la vida eterna consiste en reconocerte a Ti por verdadero Dios y al que enviaste Jesucristo» (Jn 17,3), entonces aprendimos de los labios mismos de Jesús, Verdad infalible, cómo toda la vida cristiana, cuyo íntegro desarrollo y término natural es la vida eterna, se reduce al conocimiento práctico de Dios y de su Hijo. -Me diréis sin duda que nosotros no vemos a Dios (Jn 1,18). Es cierto que no conoceremos perfectamente a Dios sino cuando le veamos cara a cara en la eterna bienaventuranza; pero ya en este mundo se nos manifiesta Dios por medio de su Hijo Jesucristo, el Verbo encarnado, que es la gran revelación de la Divinidad al mundo (2Co 4,6). Cristo es Dios que alterna con los hombres y conversa con ellos en Judea y les muestra con su vida humana cómo vive un Dios entre los hombres para que éstos sepan cómo deben ellos vivir para ser gratos a Dios. Así que todas nuestras miradas deben enderezarse y converger en Cristo. Abrid, si no, el Evangelio y veréis que sólo tres veces se deja oír la voz del Padre Eterno. Y ¿qué nos dice esa voz divina? «He aquí mi Hijo muy amado en quien tengo puestas todas mis complacencias»; contemplad a este mi Hijo y escuchadle para amarle e imitarle; porque, siendo mi Hijo, es también Dios. Y debemos contemplarle en su persona, en todos los actos de su vida y de su muerte, en todos los estados de su gloria, porque siendo Nuestro Señor Dios, las más insignificantes circunstancias y pormenores de su vida y misterios merecen nuestra atención. Nada es pequeño en la vida de Jesús, pues no hay acción en toda ella que no mire el Padre Eterno con mayor agrado aún que a todo el Universo junto. Antes de la venida de Cristo, todo lo hace converger Dios en Él, y después de su Ascensión gloriosa, todo lo reconcentra en Él. Cuanto se refiere a Cristo ha sido previsto y predicho; los pormenores importantes de su existencia, los detalles de su muerte fueron prefijados por la eterna Sabiduría y anunciados por los Profetas mucho antes que sucedieran. ¿Por qué, pues, prepara Dios con tanta antelación y cuidado la venida de su Hijo? ¿Por qué nos ha dejado tantas enseñanzas? ¿Por qué ha inspirado el Espíritu Santo a los sagrados Escritores, que apuntasen tantos detalles al parecer insignificantes? ¿Por qué han escrito los Apóstoles epístolas tan largas y apremiantes a las cristiandades? ¿Acaso para que todas esas enseñanzas quedasen como letra muerta en los mismos Libros sagrados? No tal, sino para que, como desea san Pablo, escudriñemos el misterio de Cristo, contemplemos su Persona, estudiemos sus acciones reveladoras de sus virtudes y quereres; las contemplemos, no con vista meramente especulativa y fría, sino con un alma «informada de celestial sabiduría», la cual nos hace buscar en el don de Dios la verdad que guía nuestra vida; y contemplemos a Cristo para conformar nuestra vida con la de ese modelo que nos hace asequible a Dios y nos permite tomar en Él la posesión de la vida divina en toda su plenitud.
Este conocimiento, adquirido en la oración por medio de la fe y las luces del Espíritu Santo, «es manantial de aguas vivas, que saltan hasta la vida eterna» (Jn 4,14); pues, como veremos en el curso de estas instrucciones, es un dogma de primer orden que el Padre Eterno ha depositado en Jesucristo para provecho nuestro todas las gracias, todos los dones santificadores destinados a las almas. «Nadie, dice, puede ir al Padre sino por Cristo» (Jn 14,6); nada tenemos en Cristo, mas en Él todo lo tenemos, con Él todo lo podemos (Flp 4,13), por morar en Él la Divinidad en toda su plenitud (Col 1,19). Aquel que, comprendiendo el misterio de Cristo, hiciere de Él objetivo y blanco de su vida, ese encontrará aquella preciadísima perla del Evangelio (Mt 13,46), más rica que tocos los tesoros del mundo, pues nos adquiere por sí la vida eterna (Blosius). Cuanto más conozcamos a Cristo, y profundicemos los misterios de su divina persona y de su vida, más penetraremos, en la oración, las circunstancias y detalles que la Revelación nos ha comunicado, más verdadera y maciza será nuestra piedad y nuestra santidad.
La piedad debe estribar en la fe y conocimiento que Dios nos ha dado de las cosas sobrenaturales y divinas. La piedad que sólo se funda en la sensibilidad es tan frágil y efímera como el mismo sentimiento que le sirve de base; es una casa edificada sobre arena, que al primer embate se derrumba. Cuando, por lo contrario, nuestra piedad está cimentada en la fe y en convicciones, que sean como resultancias de un hondo conocimiento de los misterios de Jesús, verdadero y único Dios, juntamente con el Padre y con el Espíritu Santo, entonces venimos a ser como edificio asentado en roca inexpugnable (Mt 7,25). Este conocimiento es además fuente perenne de placer, de un placer y gozo regaladísimos que nacen en el alma cuando advierte el bien e inmenso tesoro que posee. El bien de nuestra inteligencia es la verdad y, cuanto más abundante y luminosa sea ella, más profundo será también el gozo del espíritu. Cristo nos comunica esa verdad, por ser Él la Verdad misma, toda Ilena de dulzura, y reveladora de la liberalidad y munificencia de nuestro Padre celestial; pues desde el seno del Padre, donde vive siempre Cristo, hace públicos los secretos divinos que poseemos por la fe (Jn 1,18).
¡Qué festín! ¡Qué hartura y regalo para el alma fiel contemplar a Dios, ser infinito e inefable, en la Persona de Jesucristo! ¡El escuchar a Dios mismo en las palabras de Jesús, el descubrir, por decirlo así, los sentimientos de Dios en los sentimientos del corazón de Jesús; el mirar las obras divinas y penetrar en el misterio, para beber, cómo en límpida fuente, la vida misma de Dios! ¡Oh divino Jesús, Dios y redentor nuestro, revelación del Padre, hermano y amigo nuestro, haced que os conozcamos! Purificad los ojos de nuestro corazón, para que podamos contemplaros con gozo; haced que cese el ruido y estrépito de las criaturas para que podamos seguiros sin obstáculo alguno. Revelaos vos mismo a nuestras almas, como lo hicisteis con los discípulos de Emmaús, explicándoles las sagradas páginas que hablaban de vuestros misterios, y sentiremos arder nuestros corazones para amaros y fundirnos en Vos […].
En esta primera conferencia, quisiera mostraros cómo la nota característica de los misterios de Jesús, es que son suyos tanto como nuestros.
Es una verdad fundamental que nunca meditaremos bastante desde el principio de estas páginas y que tampoco debemos nunca perder de vista, por ser sumamente fecunda para nuestra vida sobrenatural. Saber, en efecto, que por medio de Jesús nos hallamos íntimamente ligados a cada uno de sus misterios es para el alma piadosa fuente inagotable de confianza. Esta verdad hace que el alma prorrumpa en actos de agradecimiento y de amor, y que se entregue toda entera a Aquel que con tanta generosidad quiso darse y unirse con ella.
¿Os parece acaso esto un sueño, una quimera, o es tal vez una realidad? Sí, por cierto, y realidad de origen divino, que sólo se recibe por la fe, y sólo el amor puede otorgarla (1Jn 4,16). ¿Cómo los misterios de Cristo pueden ser nuestros misterios? Por tres razones:
Primera, porque Cristo los vivió para nosotros. El móvil principal de todos los actos de la vida del Verbo encarnado fue, a no dudarlo, el amor de su Padre, conforme lo declaró el mismo Cristo a los Apóstoles al terminar su Obra (Jn 14,31). En esta admirable oración, enderezada al Padre, declara Jesús haber cumplido ya con su misión de glorificarle sobre la tierra (Jn 17,4). En cada instante de su vida pudo decir con toda verdad que no había buscado otra cosa sino la voluntad y beneplácito de su Padre (Jn 5,30).
Mas no es sólo el amor al Padre el que hace latir el corazón de Cristo; también a nosotros nos ama, y con amor infinito. Por nosotros realmente bajó de los cielos, para obrar nuestro rescate y salvarnos de la muerte (Jn 10,10), pues no tenía Él necesidad de satisfacer ni de merecer, siendo como es Unigénito de Dios, igual al Padre, sentado a su diestra en lo más encumbrado de los cielos; y, no obstante, esto, todo lo ha padecido por nosotros.
Por nosotros únicamente y por nuestro amor se encarnó, nació en Belén, vivió en la obscuridad de una vida de trabajo, predicó e hizo milagros, murió y resucitó, subió a los cielos, nos envió al Espíritu Santo y mora en la Eucaristía. Cristo, dice san Pablo, amó a su Iglesia, esto es, el reino formado por los escogidos, y se ha sacrificado por ella, a fin de purificarla, santificarla y hacer de ella prenda inmaculada (Ef 5,25).
Así que vivió Jesús todos sus misterios en favor nuestro, para darnos más tarde un puesto junto a Sí en la gloria de su Padre. Cada uno, sí, puede decir con san Pablo: «Jesús me amó y se entrego por mí» (Gal 2,20). Y esa su inmolación no es más que el coronamiento de los misterios de su vida terrenal realizada para mí y por amor de mí.
¡Gracias os doy, Dios mío, por este incomparable don que me habéis hecho en la persona de vuestro Hijo, nuestra salvación y nuestra redención! (2Co 9,15).
Otra razón de que nos pertenezcan los misterios de Jesús es porque en todos ellos se muestra Cristo nuestro modelo. No vino tan sólo el Verbo encarnado para anunciar la salvación y redimirnos, sino para ser el ejemplo e ideal de nuestras almas. Jesucristo es Dios vivo en medio de nosotros; es Dios que se manifiesta, se hace visible, tangible, se pone a nuestro alcance, nos muestra tanto con su vida como con sus palabras el camino seguro de la santidad, sin que tengamos que buscar fuera de Él otro modelo de perfección. Cada uno de los misterios es una revelación de sus virtudes. La humildad del pesebre, el trabajo y obscuridad de su vida oculta, el celo de su vida pública, el anonadamiento de su inmolación, la gloria de su triunfo, son virtudes que debemos imitar, sentimientos que debemos procurar, estados que hemos de compartir.
En la última Cena, después de haber lavado Nuestro Señor los pies a sus Apóstoles, siendo Maestro y Señor, para Jarles ejemplo de humildad, les decía: «Os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis lo que me habéis visto hacer» (Jn 13,15); y eso mismo pudo decir de todo cuanto hizo acá en este mundo. También dice en otro lugar: «Yo soy el camino» (Jn 14,6), camino para ir delante de nosotros: El que sigue en pos de mí, no anda en tinieblas, sino que llega a la vida eterna (Jn 8,12).
Jesús, en sus misterios, ha ido, por decirlo así, señalando las diversas etapas que tenemos que recorrer con Él y tras Él en nuestra vida sobrenatural, o mejor; Él mismo arrastra el alma fiel en su marcha de gigante (Sal 19,6). Te he criado a mi imagen y semejanza, decía Nuestro Señor a santa Catalina de Sena; aún más, me he hecho semejante a ti, tomando tu naturaleza, y, por consiguiente, no ceso de trabajar para hacerte tan semejante a mí cuanto eres capaz de serlo, y procurar renovar en vuestras almas, cuando caminan al cielo, todo cuanto se realizó y tuvo lugar en mi cuerpo. De ahí previene que la contemplación de los misterios de Cristo sea tan fecunda para el alma, pues la vida, la muerte, la gloria de Jesús son el ejemplar de nuestra gloria. No olvidemos nunca la verdad de que no agradaremos al Padre Eterno sino en la medida en que imitemos y copiemos en nosotros la imagen de su Hijo. Y ¿por qué? Porqué, desde la eternidad, nos tenía predestinados a esa misma semejanza.
No hay más forma de santidad que la que nos ha mostrado Jesucristo, ni otra medida de perfección que la fijada por Él mismo según el grado en que le imitemos.
Hay, por fin, otra razón más íntima y profunda de por qué son nuestros los misterios de Jesús: no sólo porque los ha vivido Jesús por nosotros, no sólo porque son modelos que imitar, sino porque Cristo, en sus misterios, se hace uno con nosotros. No hay verdad en que más haya insistido san Pablo; por eso deseo vivamente que comprendáis todo su alcance.
En el pensamiento divino formamos una sola y misma cosa con Cristo. En Él nos eligió Dios Padre (Ef 1,4), no fuera de Él, pues Dios no nos separa de su Hijo Jesús; y si nos predestina a que nos conformemos con su Hijo, es para que su Hijo sea el primogénito entre sus numerosos hermanos (Rm 8,29). Es tan estrecha la unión que Dios quiere realizar entre su Hijo Jesús y los escogidos, que, en frase de san Pablo, se compara a la existente entre los miembros y la cabeza de un mismo cuerpo. La Iglesia, dice el gran Apóstol, es el cuerpo de Cristo, y Cristo es la cabeza (1Co 12,12); unidos entrambos forman lo que san Agustín llama el Cristo total: «Cristo es todo, cabeza y cuerpo: el Unigénito de Dios es la cabeza, y la Iglesia su cuerpo». Tal es el plan Divino (Ef 1,22). Cristo es la cabeza del cuerpo místico constituido por la Iglesia, porque es su jefe y soberano, y la fuente de vida para todos sus miembros. La Iglesia y Cristo son, por decirlo así, un solo y mismo ser: «Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos» (Ef 5,30).
Es tal el modo con que Dios Padre realiza la unión de su divino Hijo con los escogidos que todos los misterios los vivió Cristo como Cabeza de la Iglesia. San Pablo es en esto muy explícito. Dios, dice, que es rico en misericordia, movido del excesivo amor con que nos amó, aun cuando, por nuestras ofensas, estábamos muertos para la vida eterna, nos dio vida juntamente en Cristo, nos resucitó con Él, y con Él también nos hizo sentar en los cielos, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia, en vista de la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo (Ef 2,4-7). Este pensamiento reaparece más de una vez en la pluma del Apóstol: «Dios nos ha sepultado con Cristo» (Rm 6,4), quiere que seamos uno con Cristo en su Resurrección y en su Ascensión.
Nada hay tan seguro y diáfano en el pensamiento divino como la unión de Cristo con sus escogidos; los misterios de Jesús son nuestros también, porque el Padre Eterno nos vio con su Hijo en cada uno de los misterios por Jesús vividos, y porque los realizó precisamente en cuanto era Cabeza de la Iglesia. Por eso mismo apuramos aún más la afirmación: los misterios de Jesús son más nuestros que suyos, pues Cristo, como Hijo de Dios, no habría padecido las humillaciones y abatimientos de la Encamación, los trabajos y dolores de la Pasión; no hubiera necesitado del triunfo de la Resurrección que venía tras las ignominias del Calvario. Pasó por todos estos sufrimientos, tomó nuestras miserias y flaquezas en cuanto jefe de la Iglesia (Is 53,4), quiso pasar por donde habíamos de pasar nosotros para merecernos la gracia de caminar en pos de Él en cada uno de sus misterios. Tampoco nos separa Jesús de todo cuanto obra. Él nos dice que es la viña, nosotros los sarmientos (Jn 15,5).
¿Qué mayor unión puede darse que ésta, siendo así que circula la misma savia y la misma vida por la cepa y los sarmientos? Únenos de tal modo Cristo consigo, que todo cuanto hiciéremos a cualquier alma lo considera como hecho a sí mismo (Mt 25,40). Quiere que la fusión con sus discípulos por medio de la gracia sea la misma que la que existe entre él y el Padre (Jn 17,21). Tal es el fin sublime a que quiere conducirnos mediante sus misterios.
Por eso mismo, las gracias que nos mereció con cada misterio son destinadas al provecho de los fieles. Recibió del Padre la gracia en toda su plenitud; mas no para sí solo, puesto que añade san Juan inmediatamente, que todos participamos de su plenitud por ser Él nuestro Caudillo a quien el Padre tiene sometido todo cuanto existe.
De modo que su sabiduría, justicia, santidad y fortaleza se han convertido en nuestra sabiduría, en nuestra justicia y fortaleza (1Co 1,30), todo cuanto tiene nos pertenece; somos ricos con sus riquezas, y santos con su santidad. Si deseas, dice el Venerable Luis Blosio, amar de veras a Dios, mira cuán rico eres en Cristo, por más pobre y necesitado que tú seas, pues humildemente puedes apropiarte cuanto Cristo ha hecho y padecido por ti. Cristo nos pertenece, puesto que somos su cuerpo místico; sus satisfacciones, méritos, goces y gloria son nuestros, ¡Oh condición inefable la del cristiano, tan íntimamente asociado a Jesús y a sus estados! ¡Oh excelsas grandezas las de un alma que no carece de ninguna de las gracias que Cristo en sus misterios nos mereciera!
















