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El realismo de la conversión

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Introducción

Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió (Mt 9,9).

Cuenta la leyenda que Arquímedes de Siracusa, el mayor científico de la antigüedad, entusiasmado ante su descubrimiento de la palanca, gritó: «Dadme un punto de apoyo y moveré al mundo». Ciertamente se trata de un mecanismo simple, pero asombrosamente eficaz para amplificar la fuerza mecánica aplicada a un objeto. Y si es maravilloso tener un mecanismo físico así, ¿no sería más extraordinario disponer de algún «mecanismo espiritual» que permitiera amplificar la fuerza de la gracia y que nos facilitase el camino hacia la santidad? Pues ése es nuestro objetivo.

El presente retiro espiritual propone la búsqueda de un camino sencillo y fácil hacia la santidad. Quizá pueda parecer imposible esta propuesta, sin embargo, hemos de tener en cuenta que Dios no es complicado, y todo lo que nos propone es simple, fácil y posible; aunque, evidentemente no exento de dureza. Pero el hecho de que cueste o duela no significa que se trate de algo «difícil». Pretendemos, pues, entender el proceso que pone en marcha la santidad, que es algo concreto, sencillo, fácil y posible.

Como advertencia preliminar, hemos de empezar señalando que un retiro espiritual, como tiempo de oración apoyado en la Palabra de Dios, debe orientarse normalmente a la contemplación. Sin embargo, el presente retiro se orienta a comprender un proceso que sigue un patrón claramente identificable; por lo que hay que aplicarse al estudio de dicho patrón por medio de la reflexión y la meditación. A partir de la comprensión profunda del proceso que impulsa a la santidad, que alcanzamos meditando y reflexionando delante del Señor, deberíamos poder llegar a la contemplación del Señor en los acontecimientos de su vida que reflejan ese mismo proceso y el modo de llevarlo a cabo por el Hijo de Dios.

Debemos enmarcar este proceso que vamos a intentar entender en el conjunto del plan redentor de Dios. Todo el misterio de la creación y la redención del género humano por parte de Dios se puede resumir diciendo: «Dios me ha creado por amor -un amor infinito y personal- para que comparta ese amor y su vida aquí en la tierra y goce de ellos plenamente en el cielo por toda la eternidad. Como fruto del pecado -original y personal- estoy marcado por limitaciones y condicionantes que me impiden de manera absoluta vivir la vida de Dios en mí. Para hacer posible esa vida, Dios se hizo presente en la historia por medio de la encarnación del Verbo, derribando el muro que nos separaba de Dios, levantado por el pecado original, y dándonos de nuevo su vida y su amor a través de la muerte de Cristo y su resurrección, por las que nos infunde el Espíritu Santo, que restaura nuestra vocación inicial y la capacidad de sintonía con Dios, de acogida de la gracia, de diálogo con Dios; de manera que podemos alcanzar la plenitud de la vida de Dios en nosotros»1.

Esta transformación profunda del ser -real y objetiva- la realiza Dios en nosotros por medio del bautismo. Este sacramento restaura la capacidad de comunicarnos con Dios y de recibir su gracia, pero no nos libera de las consecuencias actuales de nuestros pecados personales, propios y ajenos2. Se rompe así el muro que impedía que el río de la gracia llegara hasta nosotros; pero eso no impide que sigamos construyendo otros muros que nos apartan de Dios. Es decir: existe la posibilidad real de recepción de la gracia, pero también existen los límites y condicionantes para recibir dicha gracia. Y ahí están nuestros lastres psicológicos y limitaciones de todo tipo, así como las influencias exteriores que nos condicionan, nos limitan y nos incitan al pecado de muchas maneras.

Así pues, Dios nos hace capaces de alcanzar la unión con él. Esto es algo que sólo él puede hacer, puesto que se trata de una transformación que resulta imposible para nosotros. Él nos hace capaces, pero nosotros seguimos siendo incapaces, no porque siga cerrada la puerta creada por el pecado original, sino porque nosotros tenemos cerrada nuestra puerta personal. Es necesario que abramos el cauce personal de la gracia, para que esa gracia dé su fruto, que es la santidad. El acto por el que se abre paso a la gracia que nos hace santos es lo que llamamos la «conversión», que es la consecuencia tanto del amor infinito de Dios por nosotros como del amor absoluto de nosotros por él.

Y aquí nos podemos preguntar: ¿podemos identificar esa acción, disposición y trabajo que forman parte de la conversión?, ¿es algo concreto?, ¿sigue las pautas de las cosas de Dios que son siempre simples, fáciles y posibles -aunque sean duras-?, ¿cómo funciona el «mecanismo» de la verdadera conversión?, ¿existe una garantía de que podemos ser transformados radicalmente por la gracia, a pesar de todo lo que en nosotros hace imposible esa transformación?

Se trata de un asunto muy importante -quizá el más importante, en la práctica- y del que depende nuestra plenitud humana y nuestra santidad. El que se trate, como venimos diciendo, de algo sencillo, fácil y posible no significa que nos resulte evidente, porque se sitúa en el ámbito de la fe y de la gracia. Y aunque sea simple y claro en sí mismo, nosotros no lo captamos así porque estamos en otra onda, que es la de evitar el sufrimiento que nos quita la libertad, lo que hace que lo percibamos de manera oscura y complicada. Estamos ante una realidad muy delicada, que nos resulta difícil de reconocer a simple vista, debido a que nuestra mirada está empañada por la multitud de imágenes y distorsiones que nos presenta el mundo y nuestra subjetividad. No obstante, hemos de insistir en que se trata de una realidad delicada, pero en absoluto «complicada».

El verdadero sujeto de la conversión

Contando con la imposibilidad humana de realizar este cambio de vida al que Dios nos llama, debemos mantener las preguntas que nos hacíamos: ¿Cómo tiene lugar la verdadera conversión?, ¿cómo acoger de manera eficaz la gracia que nos transforma radicalmente?

Para responder a estas cuestiones hemos de conocer tanto el modo cómo actúa Dios para llevarnos a la santidad como la situación concreta del ser humano que recibe la gracia y responde a ella. Y debemos empezar preguntándonos por el receptor de la gracia, que es el elemento más imprevisible de la ecuación de la santidad: ¿Quién es, realmente, el auténtico sujeto de esa transformación que llamamos «conversión»? Ciertamente soy yo el que ha de ser renovado por la gracia; pero ¿quién soy yo realmente?

En una conocida frase, el filósofo José Ortega y Gasset afirma que «yo soy yo y mis circunstancias». Lo que ya no es tan conocido es que la frase continúa afirmando que «si no las salvo a ellas [mis circunstancias] no me salvo yo»3. Evidentemente no se está refiriendo a la salvación religiosa, sino a la mera salvación humana, es decir, a tomar las riendas de nuestra propia vida, incluyendo en ello las circunstancias que la conforman y condicionan. Recordemos que «circunstancia» viene del término latino circunstantia, que significa «lo que me circunda», lo que me rodea: mi historia, mi entorno, mis relaciones, mi psicología, mi trabajo, mi salud, mis manías, etc. Todo eso me ha ido haciendo y forma parte de mí mismo; de modo que no puedo actuar libremente si no cuento con todo ello y lo someto, en la medida de lo posible, a mi voluntad.

Esto tiene una gran importancia en el campo de la fe y de la salvación, porque el fin de nuestra existencia no es otro que Dios mismo, pues para ello nos creó y nos redimió. Por eso, alcanzar a Dios es lo único que nos da la plenitud humana y nos hace participar de la vida divina en el cielo. Y en ello consiste fundamentalmente la santidad. Pero nadie puede alcanzar la santidad sin tener en cuenta su «yo» completo, el que está conformado por él y sus circunstancias. Por lo tanto, a la hora de plantearnos en serio nuestra vocación a la santidad hemos de plantearnos, a la vez, el verdadero sujeto de la santidad: ¿Cuál es el «yo» de los que me definen que está llamado a la santidad?

La cuestión es importante porque cuando me relaciono con Dios en la oración o con los demás en mi vida ordinaria selecciono el «yo» que más me conviene. Y lo que es más grave aún: mantengo mis diferentes «yos» aislados entre sí para poder utilizarlos más cómodamente según mis intereses. Elijo para la oración el «yo» que quiero ser, y al relacionarme con los demás elijo el «yo» que los demás quieren que sea.

Así pues, veamos cuántos «yos» hay en mí:

  • -El «yo» que define mi psicología y me está condicionando, que está formado por mis traumas, complejos, miedos, etc., de manera que voy a la oración o me relaciono con los demás de tal forma que compense esos complejos o justifique mis miedos.
  • -El «yo» que creo que soy o necesito creer que soy, que tiene mucho que ver con el anterior, del que es una proyección. De hecho, con frecuencia me sorprenden mis propias reacciones y pienso que «ése no soy yo», porque creo que soy distinto a lo que realmente soy.
  • -El «yo» que quiero ser y que trato de construir a través de mis deseos, mis decisiones y mis actos. Es el «yo» al que aspiro.
  • -El «yo» que los demás creen que soy y que me condiciona porque me obliga a tratar de coincidir con lo que ellos esperan de mí.
  • -El «yo» que me gustaría ser, muy concreto, pero que se sitúa en el ámbito de las ideas o intenciones. Es distinto del que yo «quiero» ser, que construyo con mis decisiones. El «yo» que me gustaría ser es ideal, pero también me condiciona.
  • -El «yo» que los demás quieren que sea, que a veces pesa mucho en las relaciones personales y familiares, porque éstas nos hacen fuerza desde fuera para que seamos como los demás quieren. Como consecuencia, trato de condicionar el «yo» que los demás quieren que sea para que se parezca lo más posible al «yo» que me gustaría ser.
  • -El «yo» que Dios quiere que sea, que es el más importante porque me define en la identidad más profunda en la que Dios me pensó desde toda la eternidad, para la que me creó en mi nacimiento y en función de la cual me ayuda con su gracia. Dios no da la gracia para que yo sea lo que los demás quieren que sea o lo que a mí me gustaría ser, sino para que sea lo que él quiere que sea.
  • -El «yo» que soy realmente. Es mi yo más desconocido, oscuro y problemático, porque sobre él concurren tanto el proyecto de Dios sobre mí como todo lo que me configura en lo que soy realmente, sobre todo mis complejos, miedos y condicionantes, que me obligan a distorsionar mi identidad para evitar desestabilizarme interiormente y sufrir.

Podríamos decir que el «yo» que soy realmente en cada momento es la suma del ser que me ha dado Dios y de la realidad complicada y oscura que me define humanamente. Estas dos realidades están llamadas a armonizarse, pero normalmente chocan y se combaten debido al fuerte impulso que nos mueve a huir del sufrimiento que nos causan nuestras limitaciones y que buscamos aplacar o compensar a cualquier precio, casi siempre oponiéndonos a Dios porque nos obliga a aceptar la verdad de lo que somos.

En la mayoría de las ocasiones, nuestro «yo» real no llega a ser el «yo» que Dios quiere porque la «mochila» de condicionantes con la que cargamos lo distorsionan y lo oscurecen. Por eso necesitamos reconocer y aceptar de un modo determinado esa «mochila», esa circunstancia añadida al «yo» querido por Dios, para poder llegar a ser lo que Dios quiere que seamos. Y esto sólo lo podemos realizar abrazando lúcidamente todos esos condicionantes que reconocemos como la «pobreza» en la que Dios puede volcar su gracia y así realizar su proyecto en nosotros. Entonces se salvan el «yo» y las «circunstancias», pero no como algo separado, sino que el plan de Dios sobre nosotros se lleva a cabo precisamente en los condicionantes concretos de nuestra existencia, y, asombrosamente, gracias a ellos4.

Para tomar las riendas de mi vida es imprescindible que encuentre mi verdadero «yo». Sólo a partir de ahí puedo responder a la gracia de Dios de forma concreta, realista y eficaz y abrirme al cambio interior de vida que es la conversión. Ahí es, precisamente, donde se realiza la verdadera conversión porque sólo a ese «yo» es al que Dios concede su gracia. De hecho, él no me ayuda para que yo sea lo que a mí me gustaría ser o lo que los demás quieren que sea. De modo que, como rechazo el sufrimiento de aceptar mi realidad limitada y condicionada, estoy impidiendo que Dios realice su proyecto en mí, de forma que acabo trabajando, luchando, manipulando y mintiendo para mantener a toda costa los otros «yos», que son los que me interesan, e incluso utilizo la gracia que Dios me da para la conversión para alcanzar mi objetivo, que en el fondo consiste en ser lo que no soy. Por ese camino nunca podré convertirme, y la gracia de Dios se pierde.

Si no quiero que esto suceda, debo dedicarme apasionadamente, como tarea esencial de mi vida, a encontrar mi «yo» real y a defenderlo de los otros «yos», que son los que quieren tomar las riendas de mi vida y se me imponen con fuerza desde dentro y desde fuera. Debo renunciar a salvar todos esos «yos»: lo que mi psicología quiere que sea, lo que me gustaría ser, lo que creo que soy, lo que los demás piensan o quieren de mí… Para lo cual he de colocar claramente el «yo» real por encima de los demás yos. Se trata de una tarea concreta que he de conocer y abrazar, lo que exige tener muy claro lo siguiente:

  • -Sólo en mi auténtico «yo» está la verdad de quién soy, de mi vocación y mi misión. Si busco el «yo» en el que está la verdad de mi ser debo renunciar a la mentira y manipulación en la que me muevo.
  • -El «yo» real sólo se encuentra cuando es el único que se busca, y se busca apasionadamente. Normalmente dedicamos nuestros mejores esfuerzos a alimentar y armonizar los otros «yos»; pero si busco a Dios con pasión no tengo más remedio que buscar de la misma manera mi «yo» verdadero, que es el que se encuentra con Dios.

·Para entender bien esto tengamos en cuenta que quien tiene una experiencia significativa de la presencia de Dios la recibe en su «yo» real, y consecuentemente, en ese momento de gracia todos los demás «yos» se desvanecen, de forma que se percibe, con claridad y simplicidad, al Dios verdadero y su proyecto, que pasa por las circunstancias concretas que condicionan la propia vida. Del mismo modo, la oración -y aún más la contemplación y la adoración-, cuando es auténtica, expresa el contacto simple del «yo» real con el Dios real. En ese encuentro verdadero está el ser que me da Dios y también la «mochila» de limitaciones que llevo conmigo, pero cada uno en su sitio: Dios me habla y se dirige a mí con mis condicionantes, pero todo se coloca en su lugar y, así, yo me puedo colocar en mi ser verdadero.

·La mezcla extraña de lo que soy en Dios y lo que soy humanamente por mis condicionantes, interiores y exteriores, se ordena cuando Dios aparece en mi vida, pues su presencia hace emerger con claridad lo que soy para Dios y, aunque lo demás sigue estando presente y me duele, todo se armoniza y, de ese modo, puedo realizar el proyecto de Dios en la misma situación que antes me lo impedía.

·Si, por el contrario, dejo que todos los condicionantes tengan la primacía en mi vida, voy aumentando esa «mochila», voy teniendo cada vez más confusión, me identifico cada vez más con todos los «yos» falsos, impido que me llegue la gracia, y voy oscureciendo y ahogando el ser esencial que Dios me ha dado.

  • -Sólo con el «yo» real puedo relacionarme verdaderamente con Dios y ser santo, porque sólo él es el que recibe la llamada y la gracia de Dios.
  • -Sólo desde él puedo ser instrumento de la gracia y, por tanto, ser realmente útil a los demás.

En este punto he de tener en cuenta que no puedo conocer mi auténtica identidad sólo con las meras capacidades humanas. El conocimiento de mi verdadero yo es una revelación de Dios, porque sólo él me conoce realmente, y, por eso, sólo desde él me puedo conocer a mí mismo. Esto aparece con claridad en el Sal 139: «Señor, tú me sondeas y me conoces… Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente… Sondéame, oh Dios, y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno». Es algo que vemos ya en el Antiguo Testamento, por ejemplo, en el cambio de nombre de Jacob en Israel, después de la mentira y el abandono y tras el combate con el ángel (cf. Gn 32,25-29). Y lo mismo sucede con Abrahán: después de establecer alianza con Dios, éste le cambia su nombre (cf. Gn 17,1-8). En este cambio de nombre se contiene la gracia de la revelación de la verdadera identidad de estos personajes, porque se les muestra lo que son para Dios.

En los evangelios encontramos a varias personas que se transforman por su encuentro con Jesús y, en él, encuentran su verdadera identidad. Cuando Jesús revela a alguien algo profundo de su identidad impulsa un cambio profundo que hace que esa persona se oriente -se «convierta»- en el sentido al que apunta lo que ha descubierto sobre sí misma. Veamos unos ejemplos:

  • -La Samaritana, que descubre quién es realmente como fruto de su encuentro con Jesús (Jn 4,1-27). En este caso, el Señor le muestra, no sólo aspectos reprobables de su vida, sino el luminoso plan que Dios tiene para ella y le ha regalado, lo que le permite realizar una verdadera conversión o cambio radical de vida.
  • -Natanael, al que Jesús le recuerda un acontecimiento oculto de su vida que de alguna manera lo define y, a partir de ese dato, se descubre mejor a sí mismo y descubre a Jesús como el «Hijo de Dios y el Rey de Israel» (Jn 1,47-50).
  • -El cambio de identidad de Simón a Pedro, con lo que significa de transformación interior y adquisición de una nueva misión: «Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Y, más adelante, con motivo de la pesca milagrosa, Pedro se descubre como pecador y es hecho pescador de hombres (cf. Lc 5,8-10).
  • -Saulo de Tarso se convierte en Pablo tras su encuentro con Jesús en el camino de Damasco, pasando de perseguidor de los cristianos a apóstol de Cristo (Hch 9,1-22; 22,3-16).
  • -Ya hemos visto el cambio de Mateo, de publicano en apóstol, en el que la mirada de Jesús le revela a la vez su condición de publicano, como pecador amado, y su nueva identidad de discípulo (Mt 9,9).
  • -La mujer adúltera, que recibe de Jesús la revelación de su nueva condición de perdonada, lo que le abre a una vida nueva (Jn 8,1-11).
  • -El buen ladrón, a quien las palabras que le dirige Jesús le llevan a la conversión que desemboca inmediatamente en el Paraíso (Lc 23,40-43).
  • -También podríamos entender en este sentido la piedrecita blanca, con un nuevo nombre escrito en ella, que Dios entrega a los que han luchado fielmente con Cristo y alcanzan la victoria definitiva (Ap 2,17).

Así pues, podemos afirmar que el descubrimiento de la realidad de lo que yo soy es un don del Señor, una auténtica revelación, fruto de una experiencia profunda de su amor: ahí es donde descubro quién soy realmente al descubrirme amado incondicionalmente por él, como hemos visto que le sucede a la Samaritana, que encuentra su auténtica identidad cuando se ve amada en su pecado por Jesús.

Esto es tan importante que podemos afirmar que resulta imposible construir una vida plenamente humana y, con mayor razón, plenamente cristiana sin un profundo conocimiento de nosotros mismos, que nace de la experiencia del amor de Dios al «yo» real.

Veamos cómo se relacionan evangélicamente las diferentes realidades que configuran nuestra identidad acudiendo a uno de los ejemplos más claros de entre los muchos que nos ofrecen los santos.

Un modelo de conversión: santa Teresa del Niño Jesús

La niña Teresa Martin con su padre

Para conocer a fondo el modo en el que se realiza el proceso de la conversión que impulsa a la santidad tenemos un extraordinario ejemplo en la vida de santa Teresa del Niño Jesús, que resulta especialmente significativo porque ella no sólo lo narra, sino que lo disecciona para que se entienda adecuadamente. Se trata del que quizá fue el aconteciendo más importante de su vida, que ella denomina la «gracia de la Navidad», ocurrido en la noche del 25 de diciembre de 1886.

En el relato que hace Teresa, vemos a una niña de trece años, muy buena y piadosa, pero dominada por un carácter hipersensible y casi neurótico que, en un momento en el que experimenta el impulso irrefrenable a centrarse en sí misma y buscar el afecto de los demás, hace un esfuerzo heroico por inmolar su psicología -que es parte esencial de ella- y entregar su vida abnegadamente a Jesús, a quien desea demostrar su mayor amor, negándose a sí misma para poder ser lo que Jesús quiere que sea. Y justamente la conciencia de su miseria y de la imposibilidad de alcanzar con sus fuerzas el objetivo por el que se entrega es lo que le permite acoger el milagro de su profunda transformación, que será el comienzo de su nueva vida radiante e iluminada.

Merece la pena ver este acontecimiento en detalle, tal como ella lo narra:

Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si, por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de atenuarla, y cuando comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado. Todos los razonamientos eran inútiles, y no lograba corregirme de tan feo defecto.

No sé cómo podía ilusionarme con la idea de entrar en el Carmelo estando todavía, como estaba, en los pañales de la infancia…5

Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento6, y ese milagro lo hizo el día inolvidable de Navidad. En esa noche luminosa que esclarece las delicias de la Santísima Trinidad, Jesús, el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de luz… En esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, «una carrera de gigante»7.

Se secó la fuente de mis lágrimas, y en adelante ya no volvió a abrirse sino muy raras veces y con gran dificultad […].

Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la gracia de salir de la niñez; en una palabra, la gracia de mi total conversión.

Volvíamos de la Misa de Gallo, en la que yo había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso.

Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a buscar mis zapatos. Esta antigua costumbre nos había proporcionado tantas alegrías durante la infancia, que Celina quería seguir tratándome como a una niña, por ser yo la pequeña de la familia… Papá gozaba al ver mi alborozo y al escuchar mis gritos de júbilo a medida que iba sacando las sorpresas de mis zapatos encantados, y la alegría de mi querido rey aumentaba mucho más mi propia felicidad.

Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya era hora de que me liberase de los defectos de la niñez, me quitó también sus inocentes alegrías: permitió que papá, que venía cansado de la Misa del Gallo, sintiese fastidio a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas palabras que me traspasaron el corazón: «¡Bueno, menos mal que éste es el último año…!»

Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina, que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi pena. «¡No bajes, Teresa! -me dijo-, sufrirías demasiado al mirar así de golpe dentro de los zapatos».

Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón! Reprimiendo las lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y conteniendo los latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina8. Papá reía, recobrado ya su buen humor, y Celina creía estar soñando… Felizmente, era una hermosa realidad: ¡Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre…!

Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo…

La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había faltado9.

Yo podía decirle, igual que los apóstoles: «Señor, me he pasado la noche bregando, y no he cogido nada». Y más misericordioso todavía conmigo que con los apóstoles, Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta de peces… Hizo de mí un pescador de almas, y sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que no había sentido antes con tanta intensidad… Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…! (Manuscrito A, 44vº-45vº. La cursiva es nuestra).

A partir de este momento todo cambia para esta niña. Al realizar un heroico acto de vencimiento sobre sí misma, no sólo consigue el autodominio propio de la madurez afectiva y humana, sino que se hace plenamente disponible y permeable a la gracia. Todos los intentos, más o menos fallidos, realizados anteriormente para amar de verdad a Jesús hacen posible este acto de amor y sitúan a Teresa en un «estado» habitual de amor y abnegación que dará el tono sobrenatural que poseerá para siempre su vida, tal como ella misma reconoce:

Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…! (Manuscrito A, 45vº).

No podemos pensar que este acto no le haya costado un gran esfuerzo a Teresa; pero, a la vez, hemos de reconocer que no se trata de algo difícil, sino muy simple, aunque comporte trabajo y sufrimiento. Y, además, se trata de un acto de amor, real, concreto; con el cual, Teresa afirma a la vez que tiene que ser santa, que quiere ser santa y que no es capaz de serlo por su hipersensibilidad. Toma precisamente lo que le impide la santidad, lo afronta directamente y hace con ello un acto de amor: con ese acto se lanza a ser lo que no puede ser, un acto que no tiene por sí mismo la fuerza para cambiarla, pero que abre el cauce de la gracia que la transforma radicalmente. Si ella quiere ser lo que realmente es, Dios le va a dar la gracia de alcanzarlo, con tal de que ella realice este acto.

Ella llevaba toda su vida consciente ocupada en alcanzar un amor abnegado que su hipersensibilidad hacía imposible, ocasionándole un gran sufrimiento. Pero, sin que lo notase, ese mismo sufrimiento le iba capacitando para dar el verdadero salto de la fe por medio de un acto heroico de amor. Este acto puede parecer la insignificante respuesta a una simple contrariedad en la fiesta de Navidad de 1886; sin embargo, es de enorme importancia porque la abre psicológica y espiritualmente a una vida nueva, renovada y libre.

Teresa es consciente de que se trata de una gracia, no del fruto de un esfuerzo que, por otra parte, siempre había resultado fallido.

La obra que yo no había conseguido realizar en diez años, Jesús la consumó en un instante, contentándose con mi buena voluntad, que, por cierto, nunca me había faltado (Manuscrito A, 45vº).

Pero, a la vez, reconoce con lucidez que esa gracia no habría fructificado sin que ella aportara al proceso de su conversión su buena voluntad, que es lo único que poseía y que podía demostrar precisamente haciendo un supremo esfuerzo en algo que le resultaba imposible: «Tenía que comprar con mis deseos esta gracia inestimable» (Manuscrito A, 43vº).

En la disección que hace Teresa de esta «gracia de Navidad» encontramos todos los elementos del «acto de conversión» descritos con una simplicidad y precisión asombrosas. Podemos ver aquí un delicado y preciso equilibrio entre lo humano y lo divino, lo que hace Dios y lo que hace ella, cómo se relacionan sus distintos «yos», y con qué simplicidad el acto de amor que define la conversión armoniza en un instante la debilidad y el plan de Dios para marcar la vida definitivamente. Por una parte, está la debilidad humana, reconocida y aceptada por Teresa; y por otra, la gracia, que puede operar el milagro de la transformación absoluta de una persona.

Podemos comprobar cómo Teresa identifica claramente lo que sólo Dios puede hacer y que para ella es imposible y, a la vez, lo que ella puede hacer, que en sí mismo no sirve para nada, pero es el acto concreto que permite que Dios haga lo que sólo es posible para él. Teresa no renuncia a ser santa -a ser lo que es en el proyecto de Dios- y lo busca con todo su ser, aunque no tenga nada más que su «buena voluntad», su deseo expresado en el acto que puede hacer -en este caso no llorar-, que es ineficaz para cambiar, pero es lo poquito que tiene en su mano para dárselo al Señor. Se trata de un acto muy simple de vencimiento heroico para expresar el amor en el reconocimiento del ser que la define y que ella rescata y elige como su auténtica identidad.

Esta misma combinación de deseo irrenunciable de una santidad imposible, que se manifiesta por medio de un acto inútil en sí mismo, que mueve la acción de Dios y abre la puerta a la gracia que nos hace santos lo encontramos también en el famoso ejemplo del niño que levanta el piececito como muestra de su «buena voluntad» de llegar hasta arriba cuando no puede ni siquiera subir el primer escalón. Ese gesto ineficaz, pero audaz en su simplicidad, muestra la verdad del deseo, la realidad de la impotencia y mueve de forma irresistible el corazón de Dios a que realice el imposible de llevarnos a lo alto10.

Usted me hace pensar, decía Teresa del Niño Jesús a una novicia, en un niño pequeño que empieza a tenerse en pie, pero no sabe andar todavía. Quiere a toda costa llegar a lo alto de una escalera para encontrar a su mamá y levanta su piececito para subir el primer escalón. ¡Esfuerzo inútil! Se cae siempre sin poder avanzar. Pues bien, sea usted ese niño pequeño; por medio de la práctica de todas las virtudes, levante siempre su piececito para subir la escalera de la santidad, y ¡no se imagine que podrá subir siquiera el primer escalón! No. Pero Dios sólo le pide la buena voluntad. Desde lo alto de esa escalera, él la mira con amor. Pronto, vencido por sus esfuerzos inútiles, bajará él mismo, y, tomándola en sus brazos, la llevará a su Reino para siempre, donde no le dejará ya. Pero, si usted deja de levantar su piececito, la dejará mucho tiempo sobre la tierra11.

Ambas realidades -lo humano y lo divino- se unen en Teresa en una actitud de permanente intento de alcanzar el imposible al que Dios le llama. Es lo que ella denomina «buena voluntad», que consiste en mantener la pasión por Dios y por su obra a pesar de todas las dificultades, interiores y externas. Fruto de esa pasión es el acto que permite que fructifique la gracia en ella. Es, ciertamente, un acto de firme voluntad, que no tiene nada de voluntarismo, puesto que ella sabe que no puede hacer nada con sus fuerzas.

Madre, desde que comprendí que no podía hacer nada por mí misma, la tarea que usted me encomendó dejó de parecerme difícil. Vi que la única cosa necesaria era unirme cada día más a Jesús y que todo lo demás se me daría por añadidura. Y mi esperanza nunca ha sido defraudada. Dios ha tenido a bien llenar mi manita cuantas veces ha sido necesario para que yo pudiese alimentar el alma de mis hermanas. Le confieso, Madre querida, que si me hubiese apoyado lo más mínimo en mis propias fuerzas, pronto le hubiera entregado las armas… (Manuscrito C, 22vº).

Aquel día Jesús permitió que no pudiese contener las lágrimas, y mis lágrimas no fueron comprendidas… De hecho, ya había soportado pruebas mucho mayores sin llorar, pero entonces me ayudaba una gracia muy poderosa; en cambio, el día 24 Jesús me abandonó a mis propias fuerzas, y demostré lo escasas que éstas eran (Manuscrito A, 77rº).

Mira a los niños: están siempre rompiendo cosas, rasgándolas, cayéndose, a pesar de querer muchísimo a sus padres. Cuando yo caigo de esa manera, compruebo todavía más mi propia nada y me digo a mí misma: ¿Qué no haría yo, a qué extremos no llegaría si me apoyase en mis propias fuerzas…? (Cuaderno amarillo, 7.8.4).

Y, a la vez, este acto de voluntad es también un acto de confianza, de abandono absoluto en las manos de Dios.

Muchas almas dicen: No tengo fuerzas para realizar tal sacrificio. Pues que hagan lo que yo hice: un gran sacrificio (Cuaderno amarillo, 8.8.3).

Si nos concentramos en el momento preciso en el que Teresa experimenta el imparable impulso a llorar y decide oponerse heroicamente a dicho impulso descubriremos que se trata de un acto de oración. Una oración breve, pero tan intensa y profunda que contiene todos los elementos propios del mayor amor. Esta oración-amor es lo que le impulsa al acto de inmolación-amor que la libera de la esclavitud de su hipersensibilidad y le abre libremente a la acción transformadora de la gracia divina. De modo que, tal como ella misma reconoce, toda su vida posterior será fruto de este momento de miseria, amor y gracia.

Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo…

La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había faltado.

Yo podía decirle, igual que los apóstoles: «Señor, me he pasado la noche bregando, y no he cogido nada». Y más misericordioso todavía conmigo que con los apóstoles, Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta de peces… Hizo de mí un pescador de almas, y sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que no había sentido antes con tanta intensidad… Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…! (Manuscrito A, 45vº).

Es verdad que esta oración duró un instante, pero fue el motor de la entrega específica que requiere la conversión. En cada persona el tiempo y el modo de esta oración dependerá del nivel de su amor y de su entrega. Lo normal es que se requiera más tiempo, el necesario para que se purifique el amor hasta que llegue a ser absoluto y heroico.

Tiempo después de este acontecimiento, Teresa nos dará detalles de este proceso a propósito de otros acontecimientos a los que aplica el mismo «sistema» que sustentó la gracia de la Navidad, como el modo en que vencía la necesidad imperiosa de buscar consuelo en la priora del convento.

El amor se alimenta de sacrificios; y de cuantas más satisfacciones naturales se priva el alma, más fuerte y desinteresado se hace su cariño.

Recuerdo que, siendo postulante, me venían a veces tan fuertes tentaciones de entrar en su celda [de la priora] por mi satisfacción personal, por encontrar algunas gotas de alegría, que me veía obligada a pasar a toda prisa por delante de la procura y a agarrarme fuertemente al pasamanos de la escalera; me venían a la cabeza un montón de permisos que pedir. En una palabra, encontraba mil razones para dar gusto a mi naturaleza…

¡Cuánto me alegro ahora de todas las renuncias que me impuse desde el comienzo de mi vida religiosa! Ahora gozo ya del premio prometido a los que luchan valientemente (Manuscrito C, 21vº-22rº).

El proceso

A la luz de este ejemplo podemos reconocer que existe un proceso muy concreto de transformación que nos abre a la santidad para la que Dios nos ha creado. Dicho proceso tiene unas características comunes en todas las personas que lo llevan a cabo y que conviene identificar si queremos poner en marcha nuestra respuesta a la gracia de la conversión que Dios nos regala. Veamos, en detalle, el desarrollo de dicho proceso, que supone:

  • 1. Reconocer las realidades de todo tipo que me limitan y condicionan negativamente y que no puedo evitar, provenientes de mi psicología, historia, entorno, circunstancias, etc. Reconocer que me paso la vida huyendo de ello, porque no lo quiero ver, ni dejo que los demás -ni siquiera el director espiritual- me lo muestren.
  • 2. Aceptar consciente y libremente esas realidades y su fuerza como algo normal, sin dramatismos, viéndolo como parte esencial de mí mismo, y evitando justificaciones, huidas, compensaciones o culpabilizaciones.
  • 3. Tomar conciencia de que esas realidades constituyen mi cruz y son lo único que me permite identificarme verdaderamente con Cristo, colaborar en la redención del mundo y alcanzar la gloria.
  • 4. Hacer memoria y recuperar las gracias recibidas de Dios a largo de mi vida y su sentido, para reconocer en ellas el proyecto divino de mi vocación y misión. Esas gracias son el signo de un amor apasionado y concreto de Dios por mí; de un Dios que tiene el poder de superar todo lo que está condicionándome negativamente. Por mi parte, sólo un amor apasionado por el Señor y por su amoroso proyecto sobre mí puede tener la fuerza necesaria para vencer cuanto se opone a dicho proyecto.
  • 5. Reconocer que mi realidad, en lo que tiene de más «negativo», hace imposible la meta a la que Dios me llama. Contar con esta aparente imposibilidad y aceptarla sin dramatismos, justificaciones o excusas, sino como algo normal.
  • 6. Aprovechar algún acontecimiento que me lleve al límite de mi resistencia humana o espiritual para que se pongan al descubierto mis limitaciones y mi cruz y me obligue a responder de manera real y no teórica. El acontecimiento en sí puede ser una nimiedad o algo importante, pero tiene que llevarme interiormente al límite.
  • 7. Hacer con valentía un acto de fe en el ser de Dios, que es amor, y en mi verdadero ser, que es el que Dios me ofrece. Esto se concreta en un acto de fe:

-En la verdad de que Dios me ama personalmente y que, por ese amor, tiene un proyecto único de plenitud y de vida para mí.

-En la verdad de que ese proyecto es posible y es el único camino para mi santificación.

  • 8. Hacer un decidido acto de amor, en forma de elección y decisión, por el que apuesto todo lo que soy y tengo por Dios y por su proyecto para mí. En vez de dejarme llevar por todos los condicionamientos que me rompen, elijo romperme de otra manera: le ofrezco a Dios eso que me desgarra y el dolor que supone, y hago en ese momento el acto concreto de amor que tiene las siguientes características:

-Debe concretarse en la renuncia y oposición a todo lo que se opone a dicho proyecto, que soy yo mismo y lo que es más mío.

-Tiene que implicar, en un instante, toda mi voluntad en una lucha denodada por hacer verdad existencial lo que es verdad en el plan que Dios tiene para mí.

-He de darle a esta decisión y lucha un sentido claro y consciente de amor, de modo que sea signo real de mi amor de correspondencia a Dios, que tanto me ama. No basta que sea un acto de mero vencimiento; tiene que ser un acto concreto, intenso que expresa el «sólo por ti, por amor, te amo». Aquí es donde entraría el «actuar en contra»12 de las pasiones de que habla san Ignacio y que es lo propio de la ascesis cristiana. También aquí engancha la verdadera ascética cristiana, por la que nos negamos a las cosas lícitas como ejercicio para poder realizar este acto preciso de amor y de entrega que nos impulsa a la santidad.

-Todo esto debe hacerse con radicalidad, con «determinada determinación»13, concentrando todas las energías en ello y dejando de lado o relativizando todo lo que no entre en el objetivo propuesto.

-Hay que conservar fielmente la resolución tomada, así como el enfoque, las motivaciones y el esfuerzo que requiere, pase lo que pase, como expresión de mi amor al Señor. Esta fidelidad requiere menos esfuerzo que el acto heroico inicial, pero es preciso mantener la opción que se ha tomado en aquel primer momento más costoso.

Es muy importante que este acto de la conversión manifieste claramente mi pasión por alcanzar el objetivo propuesto como lo más importante que existe en mi vida, por lo cual me dispongo a jugármelo todo a fin de conseguir la meta. Aquí no caben las medias tintas.

Se trata, en esencia, de un acto de amor que tiene que ver con el acto de fe propio de la intercesión, en el cual uno realiza el acto de plena confianza en Dios y se arriesga absolutamente para depender sólo de él14, aceptando que el fracaso en alcanzar el objetivo suponga el fracaso de la propia vida. Ése es el precio que hay que estar dispuesto a pagar en este tipo de acciones.

La actitud previa que permite este «acto» tiene tres aspectos necesarios y complementarios:

  • -Un amor verdadero y apasionado por Dios, que es la expresión de la auténtica fe.
  • -Un discernimiento claro que descubra la voluntad de Dios y la traduzca fielmente a la vida real.
  • -Una voluntad capaz de convertir mis convencimientos en comportamientos, para lo cual se necesita una profunda y sana ascesis espiritual y material.

Estos tres elementos requieren y expresan, fundamentalmente, la madurez psicológica y espiritual que constituye la base humana de la santidad. De modo que quien desee ser santo y cumplir de verdad la voluntad de Dios en su vida tiene que poseer dicha madurez o trabajar denodadamente por conseguirla. Ciertamente, la gracia de Dios ayuda a la maduración humana, pero, sin una madurez suficiente para empezar, la gracia resultará inútil para llevar al individuo a la santidad.

Aquí la mayor dificultad radica en la fuerza que tienen mis condicionantes y necesidades personales, que exigen tener la primacía en mi vida y se resisten a subordinarse a cualquier realidad que pueda colocarlos en segundo plano o ponerlos en riesgo de desaparecer.

Para solucionar este problema y conseguir ser libres para actuar en coherencia con la voluntad de Dios hace falta anclarse en el silencio y la adoración. La adoración es lo que permite que aflore la verdad de Dios en medio de todos los demás condicionantes. Por medio de ella podemos acallar todo lo que no es Dios para poder colocarlo a él por encima de todo lo demás, silenciando pasiones, presiones externas, ambiente, noticias, ruido, etc. Si aun así no lo conseguimos, ello se debe a que nos falta la verdadera actitud espiritual; de modo que a partir del resultado de esta adoración podemos descubrir de manera concreta cuál es el fruto real de nuestra fe y la autenticidad de nuestra vida espiritual, y si nuestro silencio y nuestra adoración son verdaderos o falsos. Si son verdaderos, nos llevarán a la libertad y a la alegría para realizar el acto de fe, mientras que, si este acto nos resulta confuso o inalcanzable, eso es señal de que nuestro silencio y adoración no son auténticos.

Estamos, pues, ante las dos realidades más importantes de nuestra vida, que nos definen absolutamente: lo que somos en lo humano y lo que somos en lo sobrenatural. Dos mundos que experimentamos separados, en el mejor de los casos, cuando no los percibimos enfrentados e incompatibles. Y el único modo de empezar a caminar por la senda evangélica hacia la santidad consiste en armonizar ambos mundos hasta que sólo exista uno, que es el sobrenatural15. No se trata de que se armonicen a base de concesiones, sino por «fusión», de tal manera que la realidad sobrenatural absorba la realidad humana. Esta necesidad de armonización me obliga a plantearme: ¿Qué es lo que puede unir mi radical incapacidad y la invitación -y la gracia- de Dios para el imposible que supone ser lo que tengo que ser? La respuesta es sencilla y clara: El acto de amor que genera la conversión, convirtiéndola en el valiente salto desde la incapacidad a la capacidad; un salto por el que reconozco que la santidad es imposible y, precisamente por eso, la hago posible.

El acto «imposible»

La mayor dificultad que comporta realizar este acto decisivo radica en que desligamos la gracia de las dificultades y la cruz: Por un lado, reconocemos y deseamos el proyecto de Dios; y, por otro, nos dejamos dominar por nuestros condicionantes, sin plantear ni resolver la oposición y la supuesta incompatibilidad que existe entre ambas realidades.

Hemos visto diversos aspectos del proceso que requiere o acompaña a este «acto» que realiza la conversión y es el trampolín hacia la santidad; veamos ahora, sintéticamente, las características concretas del mismo:

  • 1. La primera es que se trata de un «acto», no de una idea, un propósito o un deseo. Esto puede parecer obvio, pero resulta muy frecuente que le demos valor de actos a simples aspiraciones, propósitos o sentimientos. Y fracasamos en la vida espiritual porque la fundamentamos en ese tipo de realidades que no se traducen en acciones concretas.
  • 2. Es un acto concreto y específico, no genérico. No vale cualquier acción, por generosa que sea, sino que tiene que estar relacionada con el imposible al que Dios me llama. No basta simplemente con ser generoso o bueno, sino que es necesario un acto concreto de generosidad o bondad. Y, además, es un acto preciso que debe estar en relación estrecha con el imposible al que Dios me llama. No vale cualquier acto de cualquier virtud, sino el necesario para reaccionar a mi situación real, que tiene en cuenta de dónde parto y a lo que me llama Dios. Es un modo específico de intentar realizar por nosotros mismos y con todas nuestras fuerzas eso que sabemos que es imposible, pero a lo que no renunciamos bajo ningún concepto.
  • 3. No es un acto cualquiera que podamos elegir, sino «el» acto que responde a una situación que se me impone y me lleva al límite de mis fuerzas y capacidades. Yo no elijo llegar al límite y en el límite no hay varias opciones: o me dejo hundir por mis condicionantes o me rebelo en el sentido contrario a las mismas.
  • 4. Es un fruto de la oración, realizada como un tiempo y modo heroicos de entrega a Dios en amoroso diálogo -en fe y oscuridad- con él. Esto no significa que en la oración voy descubriendo paulatinamente este acto y así lo puedo poner en práctica cuando llegue el momento. Es cierto que la oración habitual nos hace sensibles a este mundo y a estos valores; pero no se trata de este modo de orar. Cuando estamos en el límite al que nos lleva vernos condicionados negativamente por un lado y llamados por Dios al lado contrario, algo que nos resulta imposible, el salto que hemos de dar es un acto de oración; es decir, es algo que no lo decido yo a solas conmigo mismo, sino que supone mi entrega amorosa a Dios en diálogo con él. En esa situación, hay que mirar al Señor y decirle: «Sólo tú». Ésa es la oración de verdad y no las vueltas que le damos a las cosas para no dar la respuesta necesaria. Si la adoración cotidiana es verdadera es más fácil realizar en ese momento el acto de oración de entrega que permite la conversión necesaria.
  • 5. Exige toda nuestra voluntad, de modo que no se puede realizar este acto si no es por el más profundo y vivo amor. No se trata de un acto de voluntarismo, a base de fuerza de voluntad. Exige que el amor ponga en marcha toda nuestra voluntad. Por eso este acto se convierte en signo del amor y demuestra su autenticidad.
  • 6. Debe ser «constatable», no por la ilusión, las ganas o el deseo, sino por la fidelidad en mantenerlo a pesar de todo. No es una acción aislada o inicial, que puede provenir de un propósito inmaduro, sino un acto que se mantiene y perpetúa en el tiempo, demostrando así su autenticidad y consistencia.

En otro lugar ya tratamos de un acto semejante, que es el acto de fe como respuesta al llamamiento a la intercesión y como instrumento de la misma16. Estrechamente relacionado con aquél y con la fe que lo sustenta, ahora estamos ante el acto que constituye la respuesta personal al llamamiento a la conversión.

Otros modelos

Para que veamos la importancia que tiene este «acto» y los diferentes matices que, siendo semejante en todos, adquiere en las diversas personas que los realizan, veamos otros ejemplos más de los mismos, tanto en santos canonizados como en personas corrientes de nuestros días. Nos ayuda mucho contemplar el modo concreto cómo algunos santos han dado el salto de la fe que los lanza a la santidad, sobre todo en aquellos que nos han legado el testimonio escrito sobre el modo en que han llevado a cabo dicho salto. En ellos podemos ver cómo se une el conocimiento de uno mismo con el acto de fe que hace posible recibir la gracia de la conversión. En el proceso de su conversión podemos ver en todos ellos, en esencia, el mismo proceso, caracterizado por un gran interés por conocerse a fondo, que los lleva al conocimiento real de lo que son; por un conocimiento del proyecto de Dios que los define; y por realizar un acto concreto y contundente de voluntad por el que unen esas dos realidades.

Santa Teresa de Jesús

En su autobiografía, la santa de Ávila relata su conversión definitiva (Vida, 9). Fue en 1554, cuando tenía casi 40 años y llevaba veinte como una monja cualquiera en el monasterio carmelitano de La Encarnación. Ella misma reconoce que su vida era mediocre, alternando los momentos de fervor con etapas de gran superficialidad. Poco a poco iba sintiendo con más fuerza la necesidad de tomar las riendas de su vida y darle una orientación clara, y, a la vez, era más consciente de que Dios la estaba llamando para vivir una vida concreta de auténtica santidad.

Buscaba remedio; hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios. Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese la vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme pues tantas veces me había tornado a Sí y yo dejándole (Vida, 8,12).

Llevaba muchos años dilatando una respuesta valiente y generosa al Señor, hasta que en un momento de oscuridad interior y desconcierto tiene lugar el acontecimiento de su conversión.

Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle (Vida, 9,1).

Se trató de un profundo encuentro con Cristo, que tuvo lugar mientras contemplaba una imagen suya en la que se le veía flagelado y «muy llagado», con lágrimas y ardiente deseo, le pidió que le diera fuerza para no volver a ofenderlo. Y desde ese momento empezó a sentir más deseo de entrega y mayor fuerza en el alma, como si el Señor le recompensara con su gracia el amor que ella le había demostrado.

Nuevamente vemos como la conversión se inicia por la conciencia de la propia pobreza y del amor de Dios; sin embargo, el acto que une ambas realidades es el que realiza mientras está postrada ante el Señor, bañada en lágrimas, y le dijo: «Que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba»17. Este acto responde a lo que más adelante definirá como la «determinada determinación» que deben tener quienes buscan responder de verdad al llamamiento de Dios a la santidad:

Ahora, tornando a los que quieren ir por él [camino real para el cielo] y no parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo (Camino de perfección, 21,2).

San Francisco de Borja

Francisco de Borja fue marqués de Lombai, duque de Gandía y virrey de Cataluña. Como caballerizo mayor de la emperatriz Isabel, esposa de Carlos I, tuvo que acompañar el cortejo fúnebre que llevaba a enterrar a la bellísima emperatriz Isabel, que había fallecido a los 36 años. Después del largo y cálido recorrido, entre el 1 y el 18 de mayo de 1539, desde Toledo a Granada, Francisco, dado el importante cargo que ostentaba, tuvo que testificar que aquel cadáver maloliente y lleno de gusanos era el de la emperatriz. Profundamente impresionado por aquel terrible espectáculo, exclamó: «No más servir a señor que se me pueda morir». Y desde ese momento se puso decididamente en camino de una entrega radical al servicio del Señor, lo que le llevó a la Compañía de Jesús, de la que fue su tercer prepósito general.

Evidentemente no se acaban aquí los más luminosos ejemplos de conversión que nos ofrecen los santos. Podríamos seguir con una lista muy larga: san Antonio abad, san Agustín, san Ignacio de Loyola, san Francisco de Asís, y, más recientemente, el beato Carlos de Foucauld o Santa Teresa Benedicta de la Cruz, entre otros. Son cambios radicales, que tienen como motor la conversión que se centra en ese acto concreto, que resulta eficaz.

El novicio ateo

Cierto joven postulante iba a comenzar sus Ejercicios espirituales de mes para prepararse a su entrada en el Noviciado cuando se encontró, de repente, sin fe. No sólo es que no viera o sintiera a Dios de alguna manera, sino que le resultaba inimaginable que pudiera existir; de modo que tuvo que reconocer, angustiado, ante sí mismo: «¡No creo en Dios, soy ateo!». Después de un primer momento de desconcierto y angustia, barajó la posibilidad de abandonar la vida religiosa, que era la opción más coherente con su situación. Sin embargo, pensó que, si Dios existía y tenía un plan para él, debería darle la oportunidad de que se lo mostrase.

Para tener la seguridad de que, si existía, Dios no tuviera más remedio que actuar abiertamente, decidió hacer precisamente aquello que suponía que Dios le pediría si tuviera fe y para lo que le habría dado la gracia de la que carecía, que era orar. De modo que se dispuso a consagrar todo un mes a la oración, sin ninguna evasión o apoyo que pudiera suavizar la tremenda prueba que iba a suponer disponerse a un amoroso diálogo con alguien que estaba convencido de que no existía.

En este esfuerzo titánico fue agotando sus fuerzas psicológicas y físicas sin experimentar ningún avance. Todo era lucha, oscuridad y fracaso. Y, poco a poco, aquella interminable locura se fue acercando a su fin. Nuestro novicio no estaba seguro de poder llegar hasta el final de aquél inacabable mes de oración sin tener que renunciar a una batalla que cada vez le resultaba más insoportable. Pero, casi más que ese fracaso, le aterraba la idea de llegar hasta el final y encontrarse frente al muro de silencio que le demostraba que, ciertamente, Dios no existía; porque, llegado a ese punto, no podía vislumbrar otro camino posible para él que poner fin a su vida.

Y así, llegó al último día de los Ejercicios y, al límite de sus fuerzas, sin que hubiera ningún atisbo de luz en aquella noche interminable. Agotado, estuvo tentado de abandonar su esfuerzo al llegar el mediodía de la última jornada. «Al fin y al cabo -se dijo- no tiene sentido esperar un cambio de última hora cuando todo ha ido en la misma dirección a lo largo de este tiempo». Sin embargo, se sobrepuso y decidió mantener el esfuerzo hasta el final, perseverando en aquel absurdo remedo de oración que era lo más que podía hacer. Y así llegó el final del día y, con él, el final de la prueba y la constatación de su fracaso. Y cuando estaba a punto de tocar la campana que indicaba el final de la oración, todo lo que había sido noche y tinieblas se convirtió, de repente, en día y luz. Y en un instante, Dios le concedió a aquél joven todo lo que buscaba, e infinitamente más de lo que podía haber imaginado.

A partir de esta gracia de conversión, no sólo pudo hacer gozosamente su profesión religiosa, sino que toda su vida cobró pleno sentido y se orientó, de manera irreversible, hacia Dios.

Ciertamente, él estaba convencido de su falta de fe, pero precisamente por esa misma limitación, pudo realizar un sencillo -aunque duro- acto de amor, del que no era consciente, pero que, aún sin saberlo, le abrió a la gracia y a su fruto.

El «acto» en la vida diaria

Hemos visto que este proceso fundamenta el camino de nuestra conversión y santificación. Pero se trata de un «sistema» que vale también para afrontar problemas y decisiones importantes de la vida, lo cual conviene conocer para poder aprovecharlo en aquellos momentos en los que tenemos que tomar alguna decisión significativa y queremos hacerlo evangélicamente18. Un ejemplo concreto de esto es lo que le sucedió a una religiosa, superiora de una comunidad, respecto de un importante conflicto que había surgido entre ella y varias hermanas de su comunidad. Como las consecuencias del asunto habían llegado a oídos de la superiora general, ésta la citó para pedirle explicaciones. A pesar de ser la inocente del asunto, nuestra religiosa decidió presentar su dimisión a la general y así evitar que la situación se agravara, y como el modo más adecuado de resolver la cuestión. Sin embargo, no tenía la certeza de que eso fuera lo que Dios quería de ella, aunque le parecía lo más conveniente.

Seguía en esta incertidumbre cuando llegó la víspera de la entrevista con la superiora general sin haber encontrado ninguna luz que le indicase el camino a seguir. Como no estaba dispuesta a decidir nada sin la seguridad de que se ajustaba a la voluntad de Dios y para probar su determinación en este sentido, tomó una decisión drástica: aunque estaba en la cama resfriada y se encontraba agotada por el exceso de trabajo y la lucha interior que llevaba a cabo, se fue a la capilla y, de rodillas delante del sagrario, le dijo al Señor que no se movería de allí hasta que le diera la luz y la fuerza necesarias para cumplir su voluntad.

El silencio y la oscuridad fueron la respuesta a su súplica, mientras el tiempo iba pasando sin que apareciera luz alguna. Las mismas tinieblas interiores le presentaban, obsesivamente, el problema en todos sus detalles, tratando de llevarla a centrarse en ellos como lo único real y acabar haciéndole sentirse una víctima o un fracasado. Era la tentación de la desesperanza, que amenazaba convertirla en su presa. Según avanzaba la noche, la oscuridad se hacía más densa y el agotamiento mayor, pero ella persistía en su esfuerzo por mantener firme el convencimiento de que lo único importante es Dios y que ella sólo quería conocer y cumplir su voluntad.

Así pasó toda la noche…, hasta que el amanecer la encontró exhausta y en el límite de sus fuerzas físicas, psicológicas y espirituales. Y entonces, cuando llegó el momento de la entrevista y todo parecía indicar que había perdido la batalla, Dios le mostró, con asombrosa claridad, el sentido que tenía todo aquello y cómo podía cumplir su voluntad de manera muy simple, precisamente aprovechando las mismas dificultades que parecían hacerla imposible. Esto le resultó tan consolador que le dio la fuerza necesaria para abrazar la cruz con inmensa alegría y agradecimiento. Una gracia que no habría podido recibir sin pagar el precio de un acto de amor, no sólo de una noche en vela, sino de mantener la apuesta de la fe en medio de la oscuridad.

Los modelos evangélicos

Si hemos comprendido, a partir de los ejemplos propuestos, la dinámica concreta del acto que impulsa a la santidad, estamos en disposición de pasar de la reflexión y meditación de este asunto a adentrarnos en la contemplación de Dios y de su acción santificadora a la luz de los diferentes modelos que encontramos en la Biblia, especialmente en los evangelios.

Evidentemente, el modelo perfecto de la armonía entre lo que uno es y lo que Dios quiere que sea es Jesús. Ambas realidades se identifican en él plenamente, lo cual no significa que esa unidad se realice de forma automática, pues, como hombre, debe realizar el esfuerzo necesario para ajustarse en cada momento a la voluntad del Padre, hasta poder decir: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra» (Jn 4,34).

El mismo Jesús nos muestra la importancia de este acto al retirarse cuarenta días al desierto (Mt 4,1-11 y par.) para profundizar en su identidad, su vocación y su misión. Abraza valientemente una dura prueba de ascesis y tentaciones. No es que ignorase ni su identidad ni su misión, pero, como hombre que es, debe profundizar en ellas y descubrirlas a fondo antes de empezar su vida pública. Además, es la manera de relativizar las opiniones y presiones externas para alcanzar la libertad necesaria para acomodarse perfectamente al plan del Padre sobre él; de modo que para crecer y confirmarse necesita que el desierto y las tentaciones le ayuden a afirmar la primacía de Dios frente a las imposiciones del mundo que le rodea.

Jesús, como Hijo de Dios, no necesita nada de eso, lo hace porque humanamente necesita profundizar y abrazar su misión con todas las consecuencias y matices, pero también por mí. Hace lo que yo tengo que hacer y no puedo: el acto de silencio, ayuno y oración que me permite vencer mis tentaciones y abrazar la voluntad del Padre para mí. Gracias a que él lo ha hecho, yo puedo hacerlo unido a él.

Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados (Heb 2,16-18).

De alguna manera, podemos afirmar que Jesús se retira al desierto para ayunar durante cuarenta días con sus noches con el fin de tomar conciencia lúcida de la misión que el Padre le encomienda y abrazarla con fiel generosidad. El esfuerzo titánico que supone esta prueba, acentuado por la necesidad de superar las fuertes tentaciones de Satanás, constituye el cimiento personal de su misión en el mundo. Ése es el acto concreto que realiza para fundamentar su misión redentora.

Pero no estamos ante un acto aislado en la vida del Señor. La misma actitud que tiene durante la prueba en el desierto la manifestará de nuevo en diferentes momentos críticos de su vida, convirtiéndolos en ocasiones privilegiadas para renovar su adhesión al Padre y la fidelidad a su voluntad. Por eso mismo, cuando se avecina su pasión, podrá decir: «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12,27-28), y también «Ahora va a ser glorificado el Hijo del Hombre y Dios va a ser glorificado en él» (Jn 13,31).

Y finalmente, en Getsemaní, Jesús demostrará que conoce perfectamente las circunstancias que condicionan su vida, y con ellas se entrega a la voluntad de Dios y realiza el plan salvador (Mt 26,36-46). Allí llega al culmen su identificación con nuestra debilidad y miseria para realizar lo que no necesita, como Hijo de Dios, y hacer posible que nosotros hagamos lo que tenemos que hacer y no podemos. En el Huerto de los olivos, Jesús carga con el miedo y el rechazo que nos provoca la cruz y lleva a cabo el acto concreto que plasma en la realidad el «hágase» a la voluntad del Padre. Es el acto de entrega absoluta en la plena oscuridad, el acto de esperanza contra toda esperanza por todo lo que ve y lo que siente, por el que, no sólo se hace capaz humanamente de afrontar la pasión y la cruz con plena firmeza y serenidad, sino que nos hace capaces a nosotros de decir nuestro «hágase» a Dios en nuestras oscuridades, abrazando la cruz sin miedo y sin reservas.

Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna (Heb 5,8-9).

La contemplación de Jesús en el Evangelio nos muestra su mirada sobrenatural que ilumina y armoniza toda su realidad. Vemos cómo es plenamente consciente de su ser, sus circunstancias y su misión, y cómo todo eso se armoniza en su «yo» verdadero que se proyecta en la misión de cumplir la voluntad del Padre y darle gloria.

No estamos ante una aceptación genérica de la realidad que le acompaña, sino del conocimiento detallado de esa realidad y de una aceptación verdadera que le lleva a asumir perfectamente la voluntad de Dios en sus circunstancias. Esta aceptación impide la desorientación, la sorpresa o la decepción, y le permitirá ratificar ante el Padre su propósito de fidelidad en lo concreto de sus circunstancias.

El retiro de Jesús al desierto constituye un «acto» heroico por el que se coloca, desde el principio de su ministerio, en una línea plenamente clara y reconocible de fidelidad a Dios, asumiendo como suya la necesidad que nosotros tenemos de conocer nuestra auténtica identidad y mostrándonos fehacientemente cómo llevar a cabo el trabajo necesario para identificarnos en todo con ella. Así, en el desierto, Jesús nos enseña a realizar el discernimiento más importante de nuestra vida, que es nuestra identidad y vocación, y nos da ejemplo de cómo plasmarlo en la realidad, pagando el precio que tiene.

Esta actitud de Jesús no constituye una excepción en su vida, sino su tono general, como podemos comprobar en multitud de acontecimientos de la misma, en los que aparece que conoce con claridad su identidad, su misión, las dificultades y circunstancias que le envuelven y la forma en que va a realizar su misión:

Mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido (Jn 8,14; cf. 42).

Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre (Jn 16,28).

Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37).

Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad (Mc 8,31-32; cf. 9,31; 10,33-34).

El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos (Mc 10,45).

He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división (Lc 12,49-51).

Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos (Jn 9,39).

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud (Mt 5,17).

No he venido a llamar a justos sino a pecadores (Mt 9,13; cf. Lc 19,10).

He venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn 10,10).

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo… Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía… (Jn 13,1-3).

Algunos de los escribas se dijeron: «Este blasfema». Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir… (Mt 9,3-5).

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo (Jn 6,15).

Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os escandaliza? (Jn 6,61).

Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada: «Levántate y ponte en medio» (Lc 6,8).

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre (Jn 2,23-25).

Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?» (Jn 18,4).

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed» (Jn 19,28).

Igualmente resulta paradigmática la respuesta de la Virgen María a Dios, cuando éste le presenta en la Anunciación un plan que viene a romper sus proyectos. También María realiza en ese momento un «acto» concreto y heroico de entrega, por el cual acepta su propia realidad y la pone incondicionalmente al servicio de dicho plan. Ella, que conoce sus circunstancias, pregunta al ángel con realismo y, seguramente el mismo realismo, le hace ir a visitar a su prima Isabel. María «medita» en su corazón para encontrar la voluntad de Dios y el significado de las circunstancias que rodean el nacimiento de su Hijo. De modo que, precisamente, esa búsqueda de la voluntad de Dios en las circunstancias concretas le permitirá llegar hasta el final y mantenerse fiel, cuando tenga que estar al pie de la cruz.

Y el mismo tipo de acto vemos que lo lleva a cabo José, aceptando el proyecto de Dios y entregando su vida al servicio de dicho proyecto. Con el realismo de las circunstancias «políticas», decide huir a Egipto, volver, ir a Nazaret en lugar de a Belén… Quizá el mismo realismo es el que envuelve el relato de la anunciación a José y por lo que él intenta apartarse discretamente de un asunto que cree que le incumbe sólo a María y que, a partir de la intervención divina, acepta su misión y se implica absolutamente en ella.

Conclusión

Comenzábamos el retiro espiritual como una búsqueda de la «palanca interior» que nos ayudara a impulsar nuestra pesada vida de pecadores hacia las alturas de la santidad. Y todo lo que hemos visto hasta aquí nos demuestra que la santidad, a la que Dios nos llama a todos, no es una meta imposible, ni siquiera difícil de alcanzar, que estaría reservada a personas extraordinariamente capacitadas, sino que sea accesible a todos tiene que ser algo simple, fácil y posible por ser de Dios19. De modo que ya tenemos nuestra «palanca», compuesta por un elemento rígido, que es la gracia de Dios, y un punto de apoyo, formado por nuestros condicionantes negativos. Si hacemos una acción por la que aplicamos la fuerza de nuestra voluntad sobre la gracia y dejamos que ésta se apoye en nuestra miseria comprobaremos que el impulso que recibe nuestra vida es asombrosamente mayor de lo que podríamos esperar, no sólo de nuestras fuerzas, sino del potencial mismo de la gracia.

El análisis que hemos hecho del «acto» propio de la conversión nos descubre lo siguiente:

El camino de la santidad sigue un proceso perfectamente identificable, que está al alcance de cualquiera que desee seguirlo. Además, dicho proceso se alimenta únicamente de los elementos más reales y simples de nuestra vida, como son nuestras pobrezas y nuestras circunstancias actuales. Ahí es donde se dirige la acción de Dios que nos transforma y diviniza. Por eso, si queremos ser santos, tenemos que aprovechar, en un acto y simplemente, lo que somos y lo que tenemos en el momento presente.

Recordemos, en este sentido, el elogio que hace el Señor sobre el comportamiento del administrador de la parábola (Lc 16,1-9), que aprovecha hábilmente lo que tiene para no sucumbir a unas circunstancias adversas que ponen en juego su futuro. De hecho, existe una estrategia perversa de nuestros intereses, o de nuestros miedos y complejos, con la que engancha magníficamente bien la destreza del tentador, y nos destruye. Y, por el lado contrario, está la estrategia del amor, que nos dice que si yo amo a una persona necesito demostrárselo de manera tangible e indiscutible, y buscaré la manera concreta de hacerlo. Hemos de ser conscientes del peso que tienen estas dos fuerzas en nuestro interior para realizar la elección y decisión que haga que nos decantemos en un sentido o en otro.

Ésa tiene que ser, en definitiva, la actitud del que sabe que se juega la salvación y quiere responder al amor redentor de Cristo. La experiencia de ese amor es lo único que puede movernos eficazmente a realizar el acto concreto de fe-amor que nos libere de ataduras y nos haga permeables a la gracia transformante que Dios nos regala.

Si quisiéramos resumir este acto en una sencilla formulación, quizás podríamos hacerlo así, en forma de oración:

«Reconozco, Señor, mi radical pobreza e incapacidad para alcanzar la santidad; pero sé que me amas con infinita ternura, y que, por ese amor, quieres que me entregue completamente a ti para que puedas transformarme y hacerme santo; y sé que esa transformación no la puedes realizar si no me pongo incondicionalmente en tus manos. Por eso, quiero demostrarte mi amor y mi entrega libre e incondicional a ti haciendo de esa entrega el objetivo fundamental de mi vida, empeñando en ella cuanto soy y tengo y renunciando a todo lo que me ata e impide ser plenamente tuyo».

Si está actitud es verdadera y llena de la pasión propia de su objetivo, no resultará difícil encontrar el acto de entrega que la demuestre y que haga posible recibir la gracia de Dios y ser transformados. Un acto que, en definitiva, quiere alcanzar lo mismo que Dios pretende realizar en nosotros, pero que sabemos que nos resulta imposible; y, sin embargo, por eso mismo, lo intentamos con todas nuestras fuerzas, para que el mismo fracaso al que estamos abocados demuestre sin género de dudas la abnegación y autenticidad de nuestro amor y, a la vez, nuestra invencible pobreza, de modo que nada impida que la gracia de nuestra santificación pueda actuar sin obstáculos en nosotros, transforme nuestra vida y nos convierta en imágenes vivas de Cristo, en santos.


NOTAS

  1. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1: «Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Para lograrlo, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo como Redentor y Salvador. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada». Catecismo de la Iglesia Católica, nº 7: «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” (GS 19,1)».
  2. Puede verse la doctrina del «fomes peccati» explicada, por ejemplo, por el P. Molinié, especialmente en La irrupción de la gloria: «El pecado original se transmite por vía de generación según un misterio tan profundo que, incluso borrado por la gracia santificante, no desaparece del todo enseguida: el justo continúa transmitiéndolo a sus descendientes, y sigue estando profundamente marcado por él en el nivel de su “geografía”, es decir, de sus facultades. Es lo que llamamos fomes peccati. Así el fomes peccati son las secuelas del pecado original en el ser humano. La gracia redentora deja igualmente intacto el régimen providencial de la condena a muerte y de los poderes del demonio. De suerte que el hombre en estado de gracia parece tan abandonado por Dios como el hombre caído. Esto será el motor profundo de las protestas de Job y de la pregunta de Jesús en la Cruz: “¿Por qué me has abandonado?” […] A pesar del contacto escatológico con la virtud del Cuerpo de Cristo a través de los sacramentos (y con el mismo Cuerpo de Cristo, estigmatizado y estigmatizante, en la Eucaristía), a pesar de esto, la resistencia del fomes peccati agravado por los pecados personales construye poco a poco el “hombre viejo” que impide a los cristianos entrar inmediatamente en los cielos abiertos. Así el cristiano comparte con todos los justos la necesidad de sufrir la agonía del hombre viejo y el holocausto de la caridad; pero recibe además de los sacramentos de la fe una geología de los cielos abiertos» (La irrupción de la gloria, IV: ¿Qué es un cristiano?, apartado 2: La muerte del hombre viejo. M.-D. Molinié, Un feu sur la terre. Réflexions sur la théologie des saints, IX, L’irruption de la gloire, Paris 2001 (Téqui), 195-196).
  3. José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote (1914).
  4. La necesidad de este acto de aceptación de nuestra realidad en forma de pobreza, atadura o muro puede verse en nuestros retiros espirituales «La simplicidad de la santidad», «¿Por qué no soy santo?» y en el apartado Hijos de Dios por amor en el retiro «El Espíritu Santo».
  5. Aquí se ve lo que ella quiere ser, lo que le gustaría ser, el plan de Dios…, que resultan imposibles por unos condicionantes enfermizos, que se dan en ella y en su ambiente, y que la hacen, no sólo «insoportable», sino incapaz de que surja el «yo» para el que Dios la había creado.
  6. Está hablando de un «acto», de una realidad concreta, posible y momentánea. No se trata de un crecimiento paulatino en todas las virtudes que tiene más que ver con el «yo» que nos gustaría ser, que con la realidad verdadera en la que Dios actúa en un momento, si nosotros realizamos ese acto concreto que vemos en santa Teresa del Niño Jesús.
  7. Hecho este «milagro», todo cambia y comienza un avance insospechado, que denomina «una carrera de gigante». Hay una clara desproporción entre el «acto» que realiza esta niña y el cambio extraordinario que Dios puede realizar y cuyos efectos marcan toda la vida de la santa.
  8. Teresa reconoce lo que es en cuanto a su psicología, las necesidades afectivas que la condicionan respecto de su padre, lo que los demás -como Celina- esperan de ella, lo que le gustaría ser para Jesús, y se da cuenta de que todo eso tiene el poder para decirle lo que es: «una niña hipersensible e insoportable»… Y en ese momento toma conciencia de que Jesús tiene que ser lo único, de que ha sido creada para él, de que ella «quiere ser» eso que Dios tiene proyectado. Rescata la verdad de lo que Dios quiere que sea y conoce la verdad que se le impone; sabe que ambas verdades son incompatibles y que el proceso normal es que sus condicionantes tomen las riendas de su vida e impidan lo que realmente es y lo que realmente quiere: ser de Dios; y entonces realiza el acto sencillo, heroico e inesperado de ver los regalos con alegría, como si no pasara nada.
  9. Se trata de un acto concreto, simple, fácil: no llorar y abrir los regalos con alegría. El acto que realiza es lo que permite ver su «buena voluntad», que no es tanto lo que a ella le gustaría ser, sino el acto concreto que muestra de forma eficaz lo que ella quiere ser, pero no puede ser. Todos los demás intentos no han servido para nada, pero ya manifestaban su «buena voluntad». Hacía falta este acto que abría la compuerta de la gracia para que pudiera inundarla.
  10. Teresa misma se identifica con esta situación cuando habla de la escalera de la perfección que no puede subir y la necesidad de reconocerse pequeña para que sea Jesús el que la suba: «Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de la Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí. Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré. Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más»(Manuscrito C, 2vº-3rº. La cursiva es nuestra).
  11. Testimonio recogido en el Cuaderno Rojo de sor María de la Trinidad: Soeur Marie de la Trinité, Une novice de sainte Thérèse (Souvenirs et témoignages présentés par Pierre Descouvemont), Paris 1985 (Cerf), 110-111.
  12. San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 97; cf. 13.319.
  13. Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 21,2.
  14. Cf. Especialmente nuestro retiro espiritual «La intercesión como misión del contemplativo». Todo esto está también relacionado con la materia expuesta en varios de nuestros retiros: Nuestra tarea en el proceso: el espíritu de infancia en el retiro «La simplicidad de la santidad», La obra de la fe o «fe en acto» en el retiro «El realismo de la fe», El plan de Dios y el muro en el retiro «¿Por qué no soy santo?», Niveles del trabajo ascético en el retiro «La radicalidad de los santos» y El proceso de la intercesión en el retiro «Un singular apostolado contemplativo».
  15. Véanse las diferentes formas de relacionar la fe y la realidad exterior en la Introducción y en el apartado Vivir por la fe, vivir en la fe, de nuestro retiro: «El realismo de la fe».
  16. Cf. en nuestro retiro «Un singular apostolado contemplativo», especialmente el acto de fe al que se alude en el número 12 de El proceso de la intercesión. Puede verse también el apartado La obra de la fe o «fe en acto» en nuestro retiro «El realismo de la fe».
  17. Santa Teresa de Jesús, Vida, 9,3.
  18. Esto está relacionado con el retiro «El discernimiento en los momentos críticos de la vida», especialmente los apartados Modo concreto de discernimiento y Conclusión (el atajo).
  19. Cf. de nuevo nuestro retiro sobre «La simplicidad de la santidad».