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Introducción

Muchos cristianos viven su fe, con gran mérito por su parte, sin la apoyatura de una experiencia viva de la gracia, pero otros han recibido las gracias necesarias para orientar su vida decididamente hacia Dios. Quienes sean conscientes de estas gracias y del llamamiento de Dios a la santidad se pueden preguntar por qué razón su vida no vuela hacia esa santidad que es su vocación y no consiguen que despegue de la mediocridad. A dar respuesta a esta cuestión va dirigido este retiro que supone necesariamente un trabajo no sólo de oración sino de discernimiento práctico.

Empecemos recordando que el proceso que lleva a la santidad es el resultado de varios factores, fundamentalmente de la acción de la gracia en el individuo y la respuesta libre de éste a dicha acción. Y en medio está el demonio creando problemas y dificultades. Este proceso suele entenderse como algo genérico, que deja un amplio margen de elección al individuo, con tal de que éste elija cosas buenas o, por lo menos, que no sean malas. Así, creo que puedo ser santo absteniéndome de hacer el mal objetivo y haciendo las cosas buenas que considero mejores, más convenientes o que creo que Dios espera de mí. Pero como cosas buenas hay muchas, eso me da un amplio margen para elegir lo que desee: puedo hacer lo que quiera con tal de que a mí me parezca bueno, y con eso ya creo que estoy respondiendo al Señor.

Sin embargo, el proceso de nuestra santificación es algo muy preciso, que no podemos inventar, cambiar o improvisar; lo que exige de nosotros una verdadera sabiduría, sin la que resulta imposible avanzar en la vida espiritual ni alcanzar la santidad, como dice la coplilla atribuida a santa Teresa de Jesús:

Al fin de la jornada
aquel que se salva, sabe
y el que no, no sabe nada.

Por eso, quizá deberíamos comenzar este retiro tomando conciencia de que no sabemos cuál es el camino real de la santidad, suscitando en nosotros un profundo anhelo de la verdadera sabiduría y pidiéndola a Dios, tal como hizo Salomón (Sab 9,1-11).

Resulta muy significativo que estemos habituados a vivir en la ignorancia de la voluntad de Dios y del camino concreto que nos lleva a la santidad; a la vez que es sospechosa la facilidad con la que en el diálogo personal, en los grupos cristianos e incluso en la dirección espiritual afirmamos con seguridad que algo es de Dios o no lo es, que Dios pide algo o no lo pide, sin tener garantías de ello ni haber dedicado el más mínimo esfuerzo, tiempo y trabajo para poder justificar lo que es la voluntad de Dios para una persona concreta. Y si es arriesgado regirse por lo que es o nos parece bueno, resulta gravísimo atribuirle a Dios lo que a nosotros nos parece o nos conviene, porque eliminamos la posibilidad de discernimiento y hacemos imposible la santidad. Y esto lo podemos afirmar porque hay un camino real para la santidad personal de cada uno y no estamos llamados a una santidad genérica u opcional.

En el fondo, el proceso de nuestra santificación es bastante simple, porque consiste tan sólo en encajar adecuadamente las pocas piezas fundamentales que configuran nuestra realidad humana y sobrenatural. Es importante tener en cuenta que, aunque se trata de un proceso muy simple, se vuelve complicado e imposible si desconocemos los pocos elementos que están en juego y el modo correcto de encajarlos en el puzle de la santidad como respuesta viva al plan que Dios tiene para cada persona. Por esta razón, deberíamos preguntarnos por qué desconocemos esas piezas y el modo de unirlas.

Veamos las «piezas» del rompecabezas de mi santidad, que no son muchas:

  • 1. Mi realidad personal: genes, temperamento, historia, circunstancias, etc.
  • 2. Mi pobreza: la parte más negativa de mi realidad que me limita y los condicionantes internos o externos más importantes y duros que me resultan prácticamente insalvables.
  • 3. La gracia que Dios me da personalmente a mí, especialmente la gracia de conversión, que me da como ayuda específica para que pueda descubrir su voluntad en mi vida.
  • 4. Mi cruz personal, creada por mi pobreza como obstáculo para la acción de la gracia. Es también algo único, sobre lo que no se puede especular u opinar. Es la pobreza en cuanto que me coloca en oposición a lo que Dios quiere hacer de mí.
  • 5. Mi tentación fundamental, que se apoya en mi pobreza -que me fuerza a una vida no evangélica- y, a la vez, en la gracia particular recibida de Dios, proponiéndome un fascinante camino distinto al que Dios me invita, pero que salva aparentemente dicha invitación y mantiene las exigencias de mis limitaciones.
  • 6. Mi identidad más profunda, única e irrepetible, que viene definida por la gracia de Dios en mí y determina lo que soy yo realmente, pero no en lo más humano ‑que es el punto de partida‑, sino en el proyecto por el que Dios me ha creado, que constituye la forma de ser peculiar que Dios me da y mi identidad sobrenatural.
  • 7. La vocación personal a la que Dios me llama, que también es única, aunque contenga elementos comunes de la vocación cristiana, sacerdotal, matrimonial, etc.
  • 8. Mi misión específica en la que se concreta dicha vocación en mi vida, que también es algo peculiar y único.

Si tenemos en cuenta que carecemos de un conocimiento preciso de todos estos elementos y tampoco sabemos el modo en el que encajan unos con otros, entenderemos la imposibilidad que experimentamos para colaborar eficazmente con la acción de Dios a fin de armonizar todos esos elementos en el único y exacto proceso espiritual que lleva a la santidad. Como esto nos parece complicado y exigente, preferimos conformarnos con ser buenos, ignorando la voluntad concreta de Dios en nuestra vida, pero creyendo que así alcanzamos la santidad. Como es tan frecuente, lo queremos todo, pero sin esforzarnos: queremos ser santos, pero sin conocer los elementos concretos de nuestro propio camino a la santidad.

Esto nos lleva al asunto de nuestra coherencia básica. Podemos ser coherentes con nuestras decisiones respecto de Dios y aceptar la mediocridad de una vida que reconocemos sinceramente como mediocre. Igualmente, podemos ser incoherentes y convencernos de que somos lo que sentimos o deseamos ser. Pero bajo ningún concepto podemos hacer trampas a Dios rechazando el trabajo concreto para acoger la gracia de la santidad y sustituyendo la voluntad de Dios por lo que se nos ocurre y lo que nos conviene. Esa trampa es un pecado que nos marca en lo más profundo y que, por desgracia, cometemos con tanta frecuencia como inconsciencia.

De cara a este discernimiento no es suficiente que yo conozca con claridad sólo alguna de las piezas de este rompecabezas, ni que tenga una idea vaga de esas piezas ni, mucho menos, que las sustituya por otras realidades, por buenas que sean, que pueda decidir yo en vez de Dios. Lo que aquí importa es lo que Dios hace…, y lo que hace el demonio.

En su simplicidad, el proceso de mi santificación exige necesariamente, aparte de la gracia que lo hace posible, que yo conozca y ordene todos los elementos que entran en juego en dicho proceso, porque no hay santidad sin un discernimiento de lo que Dios quiere de mí. Si nos fijamos bien, este discernimiento lo podemos encontrar, con más o menos claridad, en cualquiera de los santos que la Iglesia nos propone como modelos. Algunos nos han dejado por escrito un análisis detallado de su trabajo de discernimiento, pero en los que no lo han hecho, podemos vislumbrar que conocían bien este itinerario. Es claro que para ellos era de vital importancia ese conocimiento y se dedicaron con todas sus fuerzas a alcanzarlo. Evidentemente contaron con la gracia de Dios para llegar a la meta, pero en eso no nos aventajan, porque nosotros contamos con la misma gracia que tenían los santos; pero de poco les habría servido esa gracia si no la hubieran «trabajado» en serio, principalmente en la oración. En el fondo, la primera condición para ser santo es que tenga tal interés en serlo que me dedique de verdad a hacer ese discernimiento de los elementos que configuran la santidad y descubra cómo conjugarlos para poder responder a la gracia de Dios.

Este dato es muy clarificador para entender la importancia de la oración como instrumento esencial para nuestra santificación. Realmente oramos para clarificar el proceso de respuesta a la llamada de Dios a la santidad: meditamos la Palabra de Dios para volvernos a colocar en nuestro sitio respecto de la llamada de Dios. Deberíamos fijarnos en los santos para descubrir cómo se sirven de la oración para realizar el discernimiento espiritual que los lleva a conocer las piezas del proceso de santidad y el modo de encajarlas para hacer posible la obra de Dios en ellos. Recordemos, por ejemplo, que, cuando san Ignacio de Loyola, después de su experiencia de conversión, se pregunta lo que Dios quiere de él, lo que hace es irse a una cueva en Manresa, en silencio, soledad, ayuno y oración hasta que encuentre la voluntad de Dios: va a descubrir y encajar las piezas del puzle de su vocación. No se dedica a hacer cualquier cosa buena que se le ocurra, ni se pone a dar testimonio de lo que le ha sucedido, como vemos que se hace tan frecuentemente en YouTube.

Del mismo modo, san Francisco de Asís, cuando llega un momento en el que sus mismos hermanos ponen patas arriba toda su obra y le quieren imponer como venido de Dios lo que ellos quieren, no se para a discutir, sino que se marcha a la soledad del monte Alvernia hasta que se aclare lo que Dios le pide realmente y pueda recomponer los elementos que componen su respuesta a Dios.

El mismo san Pablo, después de su encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco, se va al desierto para recomponer su respuesta a un Dios que ha dado un giro radical a su vida.

Santa Teresa del Niño Jesús trabajará toda su vida intentando responder a las inquietudes que tiene porque desea apasionadamente encontrar su vocación personal; y ese trabajo y esa identidad marcarán la espiritualidad de la Iglesia en adelante: el «caminito» de Teresa es la experiencia de una niña que busca, descubre y ofrece un camino de santidad; y por cuyo descubrimiento pagará un precio muy alto.

En esa actitud de auténtica búsqueda el Señor ilumina y abre caminos, porque se paga el precio de la búsqueda y Dios siempre responde al que realmente busca. Ahora bien, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar nosotros? Deberíamos mirar a los santos, como modelos a imitar, como nos propone el autor de la carta a los Hebreos: «Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe» (Heb 13,7). Todo esto nos puede ayudar a reconocer en qué falla nuestra oración si no nos lleva a obtener esa sabiduría imprescindible para alcanzar la santidad.

Para ayudarnos a realizar este discernimiento vamos a orientar el presente retiro a descubrir cómo se realiza el proceso espiritual de la santidad y cómo encajan en él algunos elementos del mismo. Para que identifiquemos bien el trabajo espiritual que pretendemos, hemos de tener en cuenta lo siguiente:

  • -No pretendemos una oración especialmente «contemplativa» o pasiva, sino una oración de discernimiento, en la que hay que conjugar determinados elementos objetivos para lo que debe intervenir la meditación y la reflexión.
  • -Necesitamos el conocimiento detallado de todos los elementos del proceso. Si carecemos de ello no debemos desesperar: podemos hacer este trabajo partiendo humildemente de los datos que tengamos, a la espera de clarificar y completar más adelante, con la gracia de Dios, lo que nos falta, procurando que la meditación que hagamos ahora también nos ayude a clarificar lo que está oscuro, a completar las lagunas que tengamos en las piezas de nuestro puzle espiritual personal y a descubrir la conexión que debe existir entre ellas.
  • -Es importante no perdemos en teorías, ideas, utopías, sentimientos ni deseos espirituales, por muy buenos que sean, como tampoco caer en aplicaciones morales sobre cómo hacer mejor las cosas. Corremos el riesgo de fiar la conversión del corazón en hacer mejor las cosas; pero eso es hacer más de lo mismo, de lo que hemos decidido y no tiene ninguna garantía de que sea lo que Dios quiere. El objetivo que pretendemos es conocer bien los elementos del proceso de la santidad, cómo encajan dichos elementos y el modo en el que se realiza el mismo proceso1. Aunque ahora nos vamos a centrar en el proceso, necesitamos conocer todo lo demás; lo que nos recuerda el propósito de las meditaciones de los Ejercicios de san Ignacio [n. 139] sobre las tentaciones, las banderas y los binarios, en las que se pide luz para descubrir los engaños del enemigo y poder librarme de ellos.

Si eso es verdad, ¿qué debemos hacer en concreto ahora para empezar? Lo primero es comenzar por cuidar el recogimiento para lograr la mayor atención posible a lo interior, que es la única manera de hacer un discernimiento afinado de la gracia. En segundo lugar, y en clima de recogimiento, debemos activar una decidida actitud de buscar y vivir la voluntad de Dios a cualquier precio. Porque, mientras no se demuestre fehacientemente lo contrario, todos buscamos nuestra propia voluntad y nos guía el amor propio. Sería un error partir de que busco la voluntad de Dios porque no hago nada intencionalmente malo. Debo tener la garantía de que estoy buscando a Dios; y me lo tengo que demostrar, con hechos, para poder demostrárselo al Señor. Mientras tanto, puedo aceptar que me estoy buscando a mí mismo, mientras lo reconozca sinceramente. Lo que debo evitar a toda costa es buscarme a mí mismo e inventarme una trampa para que me haga creer que busco a Dios; porque de esa trampa es muy difícil salir. Este camino exige abandonar conscientemente la inercia que nos lleva a llenar nuestro tiempo y nuestra vida con realidades buenas y valiosas, pero perfectamente elegibles por nosotros de manera bastante aleatoria.

El proceso

1) El único punto de partida que tengo -no existe otro- es lo que soy en realidad, aquello que me permite decir: «Esto es lo que soy»:

  • -Aquí entran mis genes, mi temperamento, carácter, formación, historia, cualidades, defectos, etc.
  • -Junto a esto, y muy unido a ello, están mis circunstancias, entorno, relaciones y todo lo que me condiciona socialmente, lo que me permite decir «yo soy yo y mis circunstancias» (José Ortega y Gasset)2.


A esta base natural le puedo añadir una mayor o menor vida espiritual o religiosa, ideales y compromisos, pero es una realidad meramente humana y el resultado suele ser una existencia mediocre o tendente a la mediocridad al carecer del fuerte impulso que caracteriza a la santidad.

Con esta realidad es con la que se va desarrollando mi vida, con todo lo que comporta. Y por limitada y negra que sea esa vida no es obstáculo para que la gracia nos rescate y lleguemos a la santidad, como dirá san Pablo a partir de su propia experiencia:

Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe; sin embargo, la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús (1Tm 1,12-14).

No pasa nada por reconocer que la vida humana, sin el impulso de la santidad, está muy condicionada y desemboca en la mediocridad, porque es ahí donde aparece la gracia de Dios. Por pobre que sea nuestra vida en lo que tiene de más humano, no impide que Dios la eleve a la santidad con la fuerza de su misericordia.

2) Dios me da la gracia: Él, que me busca desde toda la eternidad, se hace presente de un modo significativo en algún momento de mi vida para darme la gracia que suscita mi conversión. Esa gracia contiene la luz interior, el convencimiento, el impulso y la decisión que son capaces de cambiar mi vida, de modo que mis sentimientos, actitudes, motivaciones y comportamientos dejan de ser los que tenía hasta ese momento para hacerse semejantes a los de Jesús. Y entonces aparece una vida nueva: yo no soy el mismo y también mis circunstancias han quedado transfiguradas, porque la gracia de Dios ha transformado mi vida profundamente. Se trata de un impulso tan fuerte que no se puede evitar el cambio de vida y es capaz de mantenernos en él durante un tiempo prolongado.

Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre, no por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador (Tito 3,4-5).

Hay un derroche de gracia inicial que transforma y nos mantiene sostenidos en una vida nueva, al principio con más fuerza y paulatinamente con menos.

Primera respuesta a la gracia: la negación. Aquí surge la primera tentación y su correspondiente respuesta: según aparece la gracia y ante el desconcierto que suscita en el que la recibe, sobreviene la tentación de negarla o ignorarla: «¡Cuidado, que esto no sabes a donde va ni lo que supone, probablemente no puedas controlar tu vida y estén en riesgo tus seguridades!». En el momento de hacer el acto de fe en Dios que se me manifiesta y en la obra que quiere hacer en mí es muy difícil no reconocer que todo eso viene de Dios, que es verdadero y es para mí; pero entonces me aferro a la vida que tenía, con la esperanza de ir mejorándola poco a poco, a lo que me dedicaré mientras me mantengo en la mediocridad. Pongo la excusa de lo que soy, de lo que necesito, de lo que puedo. Mi tesoro es mi yo y mis circunstancias, y no estoy dispuesto a ponerlo en riesgo dejando a Dios que entre en mi vida. Esta respuesta nos devuelve al punto de partida, a la vida mediocre en la que no dejamos actuar a Dios.

Semejante a esta negación es la huida de la gracia en el momento en que aparece, y también la ignorancia o falta de valoración de la misma. Este último caso constituye una negación inconsciente de la gracia y, aunque no es muy frecuente, suele darse cuando el sujeto no es consciente de lo que está sucediendo y no encuentra la ayuda necesaria para identificarlo y secundarlo, algo que suele suceder especialmente en la infancia. Los niños no tienen elementos objetivos de comparación, y cuando experimentan una gracia extraordinaria piensan que es normal, no le dan importancia, lo que hace que se desdibuje y se pierda, especialmente si los adultos que ya han desechado la gracia los confunden y los desaniman.

3) La vida se trasforma: la antigua vida, con sus valores, actitudes, estilo, etc., desaparece, se queda como adormecida, sin apenas peso real en el propio comportamiento. Ya no puede decir: «esto soy yo» refiriéndome a mi vida anterior, sino «esto era yo», y ahora «por la gracia de Dios soy lo que soy» (1Co 15,10); es decir, «verdaderamente esto es lo que realmente soy, ésta es mi realidad más profunda y verdadera, éste es mi corazón, ésta es mi vida, éstos son mis sentimientos, éstas son mis actitudes; aunque yo era y vivía otra cosa, que, en realidad, no me define».

Nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne, obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación; y, por naturaleza, estábamos destinados a la ira, como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo -estáis salvados por pura gracia-; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús (Ef 2,3-7).

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, | que, por su gran misericordia, | mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, | nos ha regenerado | para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, | reservada en el cielo a vosotros (1Pe 1,3-4).

4) Dios va retirando lo sensible de la gracia: Poco a poco, el impulso que mantiene el cambio de vida se hace menos sensible, lo que hace que note más las dificultades que antes no percibía. Dios va retirando, no la gracia, sino el aspecto sensible de la gracia; y las dificultades que antes no importaban ahora empiezan a afectarme. Es el modo con el que Dios nos educa: él quiere que aprendamos a caminar en santidad y que nos mantengamos en esa línea de vida nueva; pero desea que decidamos libremente asumir y mantener la vida nueva que nos ha regalado, al igual que sucede con el bebé al que el padre levanta y sostiene para enseñarle a andar y, según lo va haciendo, lo va soltando para que aprenda a caminar por sí mismo y no crea que andar es que lo lleven. Como dirá san Pablo tenemos que dejar de alimentarnos de leche como los bebés para ir acostumbrándonos al alimento solido (cf. 1Co 3,1-3).

La respuesta que Dios espera a esta pérdida de sensibilidad es la fidelidad a la gracia: Si me encuentro con dos identidades diferentes de mí mismo -una humana y otra sobrenatural-, debo reconocer cuál es la verdadera y entregar mi vida a la tarea de asumir esa identidad, haciendo verdad lo que reconozco que es «verdadero» en mí y me define. Esto supone, en concreto, que debo poner todo mi empeño en mantener con todas mis fuerzas la misma vida que Dios me ha dado a gustar y que mantenía con su gracia. Al igual que el niño que empieza a andar debe esforzarse en continuar andando cuando su padre lo suelta para que continúe en la línea de lo que estaba haciendo son su apoyo.

Pero el niño puede preferir no arriesgarse a caer o no hacer el esfuerzo de andar y se deja caer para que lo cojan en brazos y lo lleven como antes. A nosotros nos puede pasar lo mismo: o seguimos con menos apoyo y más esfuerzo la vida nueva que se nos ha regalado y que yo ahora decido libremente seguir, o me paro porque no quiero esforzarme ni arriesgarme. Y esa reacción ante la ausencia de la gracia sensible nos define. En esto consiste la construcción de nuestra vida sobre roca, como nos dice Jesús:

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande (Mt 7,24-27).

Y la base sólida sobre la que construir es la fe verdadera, no los sentimientos, las emociones y los impulsos que la gracia genera. La tentación tratará de empujarnos a buscar refugio en la seguridad que nos dan las cosas buenas que nosotros elegimos, nuestro gusto o los sentimientos. Y siempre encontraremos personas o grupos que apoyen nuestra necesidad de refugiarnos en el cumplimiento o en el sentimiento.

5) Aparece la tentación de nostalgia como impulso opuesto a la fidelidad a Dios: en la medida en que la vida sobrenatural se hace menos «sensible» surge con más fuerza el recuerdo y la añoranza de mi vida anterior. No se trata, por supuesto, de algo necesariamente consciente, sino del regreso de la fuerte influencia que tiene nuestro yo más humano y que creíamos desaparecida.

Aquella vida con lo que yo me identificaba y que había dejado de definirme vuelve como una identidad que debo tener en cuenta, incluso quizá recuperar. No puedo recuperarla abiertamente, porque se notaría claramente el cambio, pero busco la forma de recuperarla sin que se note. Todo se basa en la añoranza que me hace volver la mirada y el corazón a ese insuperable deseo de apoyo, de compañía, de amor o cualquier otra realidad. Las circunstancias que me afectan negativamente me obligan a buscar eso sin lo que me parece que no puedo vivir e impiden que Dios sea todo para mí, que es lo que me regala la gracia. Y tengo que elegir entre la gracia que me abre el horizonte de la santidad o la realidad que sigue tirando de mí para que vuelva a ser el hombre viejo. Se trata de una existencia incompatible con la nueva vida creada por el impulso fuerte de la gracia, pero el peso de lo que tengo de más «humano» empieza a tirar de mí con más fuerza en la medida en que no soy consciente de ello y la percepción de la gracia disminuye o me voy acostumbrando a ella.

Aquí se sigue la sutil tentación que me mueve a recuperar mi identidad perdida para hacerla compatible con la nueva, con lo cual tendría todo lo que puedo necesitar: mi yo humano, al que estoy esencialmente apegado, y mi yo evangélico, al que Dios trata de apegarme. Ésta es la tentación de los israelitas en el desierto, que habían visto multitud de prodigios que Dios había hecho en su favor, se alimentaban diariamente del maná milagroso y, ante las primeras dificultades, empiezan a añorar «las cebollas de Egipto»:

La masa que iba con el pueblo estaba hambrienta, y los hijos de Israel se pusieron a llorar con ellos, diciendo: «¡Quién nos diera carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones y puerros y cebollas y ajos! En cambio ahora se nos quita el apetito de no ver más que maná» (Nm 11,4-6).

Esta tentación, a la vez que me invita a recuperar lo que me definía y a lo que estoy esencialmente apegado, me proporciona la estrategia para incorporar los apegos más «irrenunciables» de mi mera condición humana al estilo de vida sobrenatural que Dios me ha hecho probar. Realmente se trata de un maridaje imposible, pero la tentación me lo presenta como una opción fácil y asombrosa, con la cual lo tendré todo: disfrutaré de la maravilla de la vida evangélica y no tendré que «negarme a mí mismo» como me pide Jesús para que le siga (cf. Mt 16,24). A ello se refiere el Señor cuando nos dice:

Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios (Lc 9,62).

Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo (Mt 6,24).

Tengamos en cuenta que todo eso no es algo necesariamente consciente. Estamos tan habituados a nuestro viejo «yo» y tan entretenidos en los cambios en nuestra vida espiritual que no nos damos cuenta del regreso de ese mundo, aparentemente superado, y de la fuerza que tiene.

6) En este punto se sitúa la decisión, como el momento clave del proceso que hará que oriente mi vida a la santidad o a la mediocridad. Es el momento en el que elijo ser consciente de lo que está en juego o no ser consciente; decido mantener con mis fuerzas la identidad que Dios me ha dado o renuncio a dicha identidad para recuperar la antigua, con lo que recaigo en la mediocridad.

Aquí hemos de afinar mucho, porque no se trata necesariamente de una elección consciente, pues se da bajo el influjo de la tentación y en el ámbito de los «afectos» -en el sentido en el que san Ignacio de Loyola habla de lo profundo del corazón-. Lo que nos condiciona no son cosas de las que seamos conscientes: son miedos, complejos, ambiente, historia; realidades que no reconocemos con facilidad porque no las podemos aceptar, pero que influyen decisivamente en nuestra vida y la dominan. Es necesario que seamos muy conscientes de estos condicionantes, porque si construimos a partir de una base humana que no conocemos y de una base espiritual hecha de nuestras ideas y sentimientos, estamos perdidos. La tentación hace que no seamos conscientes de lo que nos jugamos, ni de la determinación que estamos tomando o de sus consecuencias. Todo se nos presenta como tan normal, lógico y conveniente que rompemos con el plan de Dios mientras creemos avanzar en su cumplimiento. Esta inconsciencia, provocada por el tentador, hace que nos cueste reconocer nuestra decisión, sin lo cual resulta imposible reparar sus efectos. Se requiere para ello mucha humildad, sinceridad, paciencia, oración descarnada, amor a la verdad y la ayuda de un buen director espiritual.

Podemos ir viendo aquí la importancia de la oración como ejercicio de lucidez, por el que me mantengo permanentemente consciente de quién soy -humana y sobrenaturalmente-, de la acción de Dios y la del enemigo en mi alma, así como de mi posicionamiento ante todo ello. Por eso es tan importante dedicar todos los días un tiempo prolongado a la verdadera oración. Y es especialmente necesaria porque nada ni nadie nos va a ayudar a ser conscientes, empezando por nosotros mismos, que queremos ser inconscientes de nuestros miedos e intereses, siguiendo por los que nos quieren «ayudar» y opinan de lo que no saben. Y esto mismo nos sirve para revisar la autenticidad de una oración que, por prolongada que sea, no nos lleva a la verdad y la consciencia de lo esencial que está sucediendo en nuestra alma. Si no me entero de estas cosas es que mi oración no es verdadera; por lo tanto, he de plantearme: ¿cuánto tiempo y cómo tengo que orar para encontrar la verdad y mantenerme en ella sin salirme de ella?

Veamos ahora, en resumen, las tres posibles respuestas a la gracia en el momento crucial de la decisión, que, con la anterior -la de la negación de la gracia- son las cuatro respuestas principales, que analizaremos después detenidamente:

Segunda respuesta a la gracia: la mediocridad consciente. Reconociendo la gracia, y puesto que me cuesta responder adecuadamente, pospongo la decisión para más adelante, a la espera de unas circunstancias más favorables que me ayuden a dar la respuesta que veo que debo dar.

Tercera respuesta a la gracia: la mediocridad inconsciente. Es la más peligrosa y la más significativa, en la que sin renunciar o negar la acción de Dios, recupero mi identidad pasada para unirla a la actual y conseguir un camino de santidad compatible con ambas. Creo que permanezco en la santidad y la hago compatible con la vida anterior, cuando realmente estoy rebajando y anulando la santidad hasta volver a la vida mediocre de la que partía. Consigo una vida mediocre con la apariencia de santidad. Lo cual es especialmente fácil porque, además de la tentación, encontraré todo tipo de apoyos y ayudas.

Cuarta respuesta a la gracia: la santidad. Consciente del amor de Dios y de su plan para mí, hago el acto de fe real que me lleva a entregarme verdaderamente, con todas mis energías, a mantener la obra de la gracia como opción de vida real, que se demuestra en que renuncio eficazmente a mi vida anterior, para ponerme en el camino que hace posible que ese cambio profundo que realiza Dios se haga realidad mantenida y me lleve a la santidad.

Las cuatro respuestas

1) El caso de la negación de la gracia no suele ser frecuente, pero cuando se da se produce un bloqueo de la misma, una merma en el nivel de la fe y se entra, lógicamente, en un estado de mediocridad inconsciente, que no deja más alternativa que acomodarse a las posibilidades normales que ofrece la vida cristiana bajo un limitado impulso de la gracia, aunque con una vaga añoranza de lo que pudo haber sido, pero con una notable incapacidad para alcanzar una realización cristiana plena.

La salida de este estado no es fácil, entre otras cosas porque su entrada no es del todo consciente, y pasa necesariamente por reconocer la situación, tomar conciencia de lo que ha pasado y tratar de volver al punto en el que se realizó esa negación, para convertirla en una afirmación clara en favor de esa gracia, activando un acto de fe viva por el que acepto a Dios y su plan sobre mí y me dispongo a secundarlo, a sabiendas de que tendré que superar el lastre creado por la renuncia a la gracia3. Sería ingenuo e irreal intentar volver al punto de la negación y poder aceptar el plan de Dios como si no hubiera pasado nada, con todo el impulso que entonces se tenía. Voy a decir «sí» donde dije «no», pero con un sentido penitencial, sin contar con las facilidades de que disponía antes.

2) Respecto a la mediocridad consciente, es el fruto de la falta de decisión y compromiso ante una gracia de conversión que no se puede negar. Esta falta de decisión sucede porque los apegos personales, el miedo a la entrega, el ambiente, el temperamento indeciso o la falta de generosidad facilitan la tentación de posponer la respuesta valiente a la gracia que el Señor se merece. Dios me da una gracia que por sí misma reclama una correspondencia adecuada, que no puedo negar; pero, si no estoy dispuesto a responder, la solución fácil es retrasar la respuesta. Es el caso del joven rico del Evangelio (Mt 19,16-22) o de los que quieren seguir a Jesús con unas condiciones que son lógicas y normales, pero son condiciones, y manifiestan la falta de la incondicionalidad que espera el Señor (Mt 8,19-22)4.

Se trata de la opción, desde la consciencia de lo que sucede, de dilatar la decisión, a la espera de que lleguen las circunstancias o ayudas que nos faciliten la respuesta adecuada. Siempre encontraremos excusas para ese retraso: circunstancias, problemas, falta de tiempo o de ayuda… En este caso, la misma claridad sobre lo que sucede y lo que vemos que está en juego pone en evidencia que la dilación en la decisión ya es un acto de mediocridad. La falta de contundencia o de radicalidad es ya una forma de mediocridad: no niego la verdad de lo que Dios me da y me pide -que constituye mi identidad-, pero no le doy la importancia que tiene al retrasarlo y eso me define como mediocre. Si veo lo que Dios me pide, si conozco más o menos mi realidad, si reconozco la tentación y si me consiento la mediocridad que supone retrasar mi entrega, entonces es normal -y no debería extrañarme- que me encuentre asentado definitivamente en un estado de mediocridad invencible. De este modo, me defino y me apalanco en la mediocridad, haciendo de ella mi vida.

En consecuencia, todo lo que haga va a estar marcado por ese tinte de mediocridad: no haré cosas malas, ni cometeré grandes pecados, pero faltará siempre el tono característico de la santidad, que es la pasión de Dios y la identificación con Cristo. No tendré los problemas propios de la radicalidad evangélica, ni otros grandes problemas… y, entonces podré llenarme de multitud de problemas con los que entretenerme y posponer mi respuesta. Deberíamos analizar en qué medida todos esos problemas con los que nos enredamos, y que son reales: la familia, la salud, el trabajo, etc., no nos sirven de excusa para evitar plantearnos los problemas esenciales. Quizá tenemos tantas cosas que hacer porque no queremos hacer lo fundamental. No tenemos tiempo para pensar en lo esencial porque tenemos muchas cosas que decidir o resolver.

Así es como, hecha esa trampa, podemos vivir instalados siempre en esa situación, a la espera de dar una respuesta en un futuro que nunca llega. El resultado de ese proceso es que acabo en el mismo lugar al que me hubiera llevado la negación inconsciente de la gracia: la vida de mediocridad de la que partía. Pero el rechazo consciente tiene el agravante de saber lo que sucedía, lo que estaba en juego y las consecuencias de todo el proceso, lo que se traduce en una permanente añoranza de la vida que la gracia me ofrecía.

Esta vida mediocre, aunque esté llena de entretenimientos, tiene como tono general la frustración y la tristeza del fracaso. El que se instale en esta respuesta no tendrá grandes problemas, aunque buscará los necesarios para entretenerse, pero su vida tendrá el tono de tristeza del joven que se esfuerza por alcanzar la santidad y le pregunta a Jesús cómo hacerlo mejor (Mt 19,16-22). Tiene un verdadero interés, pero no está dispuesto a dar el paso y, cuando Jesús responde realmente a las expectativas que él ha manifestado, no le merece la pena aceptar la oferta de Jesús. Las dos expresiones que aparecen en el relato son muy significativas: la mirada de amor de Jesús y el sentimiento de tristeza del joven, donde podemos ver la ilusión de Dios que se vuelca y me ofrece su vida y el cálculo interesado que acaba en la tristeza de la negación. El que rechaza la radicalidad que Dios le propone como consecuencia de su planteamiento interesado se marchará marcado por la tragedia propia del fracaso5.

El fruto de esta actitud es un estado de mediocridad en el que se mantiene el recuerdo de la decisión pendiente mientras se acepta vivir una vida que, aun siendo buena o virtuosa, no se acomoda al proyecto personal al que apuntaba la gracia recibida. Aunque este tipo de mediocridad tenga apariencia de virtud, y se hagan cosas muy buenas para compensar y justificar la negativa consciente (apostolado, caridad, oración, piedad, etc.), quien la vive es consciente de su infidelidad porque, en el fondo, no está dando la respuesta a Dios que él se merece. La trampa que nos hacemos consiste en convencernos de que podemos realizar una serie de actos más o menos generosos o piadosos para poder evitar con ellos la radicalidad en la respuesta a Dios, porque la mediocridad es lo contrario de la radicalidad. Y el mayor peligro que tiene esta situación de ambigüedad o indeterminación es que, si se mantiene, puede llegar a hacerse crónica, incapacitando psicológicamente para responder adecuadamente a Dios, aunque uno lo desee6.

Podemos llegar, incluso, a valorar positivamente la dilación y el retraso a la hora de dar un paso en el seguimiento de Cristo, como si se tratara de una actitud de prudencia; incluso puede parecer que el retraso es normal puesto que tenemos derecho a disponer del tiempo o las ayudas que creemos necesarias, por lo que Dios tiene la obligación de esperar todo el tiempo que nosotros queramos y nosotros tenemos el derecho a ir a nuestro aire. Imponemos a Dios nuestro ritmo y no nos planteamos ajustarnos al ritmo de Dios. El problema real no es que existan dificultades para la fidelidad, que siempre las habrá, sino que nos planteamos los cálculos y dilaciones desde el principio y los justificamos como normales.

Es un tipo de respuesta muy frecuente. De hecho, en ella han estado algunos santos, lamentando después no haber sido generosos y valientes en su respuesta, como hacía san Agustín:

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti7.

También santa Teresa de Jesús vivió una larga experiencia de treinta años de búsqueda incompleta y falta de una respuesta generosa, reconociendo que estaba instalada en una especie de doble vida: durante un tiempo, intensificaba la oración y vivía espiritualmente, pero luego caía en una existencia mediocre, perdiendo el tiempo alejada de Dios, «como las muchas» dirá.

Buscaba remedio; hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios. Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese la vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme pues tantas veces me había tornado a Sí y yo dejádole8.

Santa Teresa es consciente de que Dios tenía razón en no volver a darle la ayuda que ella tantas veces había rechazado. En la verdadera oración de petición tenemos que plantearnos si realmente no somos nosotros los que tenemos que darle lo que le pedimos con tanta insistencia: decimos «dame luz para ver» cuando deberíamos decir «te ofrezco mi esfuerzo para ver» la luz que me das; pedimos «dame voluntad para hacer» y deberíamos decir «te ofrezco mi decisión firme» para secundar la gracia que he recibido. Esto es lo que debemos hacer en el terreno de las decisiones; lógicamente luego aparecerá el pecado, la limitación y la caída, pero de eso nos recuperamos fácilmente con el arrepentimiento y la confesión. El problema del que no es fácil recuperarse es cuando le decimos al Señor: «Si…, pero cuando tenga tiempo o las circunstancias me parezcan favorables».

Santa Teresa se mantuvo en la indeterminación hasta que llegó el momento que tomó la «determinada determinación» de buscar con tanta fuerza la verdadera conversión, que estaba dispuesta a no moverse de donde se encontraba hasta que el asunto se resolviera satisfactoriamente9. Ésta es la decisión que permite el cambio.

Para estos santos, el pecado de mediocridad les sirvió como revulsivo para tomar una decisión contundente y arriesgada que fue lo que les arrancó de ese estado de mediocridad en el que se encontraban.

El mismo hecho de ser consciente del estado en el que se desarrolla su vida hace que, si una persona quiere abandonar ese estado, pueda recordar la gracia recibida como el «amor primero», al que puede y debe volver para llevar a cabo una verdadera conversión:

Conozco tus obras, tu fatiga, tu perseverancia, que no puedes soportar a los malvados, y que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles, pero no lo son, y has descubierto que son mentirosos. Tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero. Acuérdate, pues, de dónde has caído, conviértete y haz las obras primeras (Ap 2,2-3).

Es muy significativo que el ángel reconoce todas las obras buenas que realizaba esta comunidad de Éfeso, pero, en vez de felicitarles, denuncia que han abandonado el amor primero y que han de volver a él recordándolo y haciendo las obras correspondientes a ese primer momento de llamada y respuesta.

No se trata de que inventemos nada, de que hagamos muchas cosas, sino de volver a lo que Dios nos ha ofrecido en el primer momento y dar la respuesta a esa primera llamada, tal como Dios la quería desde el principio.

3) A la mediocridad inconsciente se llega por un proceso inverso al que creó la gracia de la conversión. Es la respuesta más frecuente y más peligrosa, puesto que no es fácil de detectar y resulta muy difícil de resolver. Debemos conocerla bien, porque es una posibilidad para todo el que ha sido tocado por la gracia y se presenta como la mayor de las tentaciones. Es una verdadera obra de artesanía del demonio porque nos resulta fascinante. Se llega a ella porque, creyendo «elevar» mi vida anterior al nivel de la vida sobrenatural, voy descendiendo sin darme cuenta al nivel de la misma vida que tenía al principio. Sin embargo, no recuperaré exactamente la vida que tenía tal cual, lo cual resultaría un problema evidente porque lo notaría y me exigiría solucionarlo. Realmente, vuelvo a la misma vida anterior a la gracia, pero haciendo que parezca que es la nueva vida que hizo posible la acción de Dios en mí, sin que los demás -ni yo mismo- noten el cambio. La tentación que me movía a asimilar la vida humana a la sobrenatural me permite creer que eso es posible y que lo estoy realizando. Es una posibilidad tan fascinante que resulta muy difícil sustraerse a su atractivo10.

Así, mientras voy descendido realmente a mi vida anterior, y voy aceptando comportamientos, actitudes y sentimientos que contradicen clarísimamente la vida sobrenatural, voy «ajustando» ambas vidas: la mentira y el egoísmo que yo aborrecía los voy aceptando y los justifico. Voy haciendo compatible los dos mundos y resulta fascinante pensar que puedo ser santo aprovechando la gracia y todas las ayudas recibidas mientras satisfago las exigencias del hombre viejo.

Cuando el enemigo encuentra la forma de sugerirnos esta trampa, nos resulta muy difícil no caer. Este paso a la mediocridad inconsciente se hace del único modo -ficticio- en que se pueden ajustar ambas realidades: conservando lo esencial de lo antiguo y la apariencia de lo nuevo. Recupero mi vida anterior, de modo que vuelvo a ser realmente ese mismo hombre viejo ajeno a la gracia, pero lo envuelvo de la apariencia del hombre nuevo que ha hecho posible la gracia, despojada ésta de lo esencial. Vuelvo a ser exactamente el mismo que era antes de la conversión, pero con la misma apariencia que tenía después de recibir la gracia. Es un plan muy atractivo, pues parecer santo o piadoso -especialmente a uno mismo- es infinitamente más fácil que serlo, porque serlo requiere mantener lo esencial y para parecerlo basta con la apariencia. Consigo así convencerme de que sigo adelante en un camino rectilíneo que no ha cambiado, pero me instalo en un estado de mediocridad del que es muy difícil salir puesto que, al tener la apariencia de vida evangélica, ya no se puede ver -ni yo ni los demás- la auténtica vida sobrenatural que me define ni la situación real en la que estoy.

Normalmente, como fruto de este proceso, me olvido de la gracia recibida. Esto explica por qué Dios interviene de manera singular en la vida de una persona una y otra vez: no es que Dios no hable con claridad o no tenga claro lo que quiere proponernos, sino que o no nos enteramos o nos olvidamos de esa gracia y lo que supone. Y la prueba del interés de Dios es que, de una forma u otra, persevera en su llamada con gracias excepcionales o habituales. Con esta perseverancia, Dios sigue mostrando su interés por nuestra santidad, mientras nosotros seguimos mostrando nuestro desinterés por él y olvidamos las llamadas de su gracia. Es el gran drama de la gracia desperdiciada, quizá el mayor drama que existe.

Se suele llegar a la mediocridad, en los inicios, por las prisas por traducir inmediatamente la gracia, por una gran actividad sin discernimiento, a la que se añade la toma de decisiones sin garantías y la utilización de la gracia como simple apoyatura afectiva. Desde el principio aparece la tendencia a rellenar la voluntad de Dios con lo que a nosotros nos gusta o nos parece mejor. Aquí no suele haber grandes tentaciones, porque el mismo entusiasmo y el activismo descontrolado llevan a la dispersión y alejan de la voluntad objetiva de Dios. Pero si uno decide pararse y pensar, entrar en la verdadera oración que busca la voluntad de Dios, entonces aparece con fuerza el trabajo del tentador.

Sin embargo, cuando ya existe un tiempo de discernimiento, oración y fidelidad y hay una vida nueva, no resulta tan fácil cambiar la vida que uno sabe que Dios le pide. El detonante del cambio es la tentación que, como hemos visto, crea el espejismo de alcanzar la armonía entre dos mundos incompatibles. La apoyatura siempre será la atracción permanente que ejerce sobre nosotros nuestro hombre viejo, que siempre está ahí, buscándonos, y si le dejamos un resquicio intentará recuperar su dominio. Entonces una dificultad, un problema, una incomprensión…, hace que surja la necesidad de afecto, ayuda o éxito que tiene el hombre viejo. Es el momento en que aparece la tentación de armonizar los dos mundos: el demonio tratará de mostrar que no hay nada malo en buscar afecto o hacerse valer, ocultando que se está buscando lo que el hombre viejo necesita al margen de lo que Dios quiere. Pero el centro de mi vida ya no es Dios, sino mi antiguo yo. El enemigo me ofrece un argumento lógico por el que puedo salvar mi amor propio -que siempre está ahí- sin que parezca que abandono la voluntad de Dios: me hace ver que lo que Dios me pide, lo que me había regalado la gracia de Dios, eso coincide precisamente con lo que me está exigiendo mi amor propio. Y es muy difícil resistirse a este engaño.

Si se entra en esa tentación, nos deslizaremos inevitablemente por la pendiente fascinante que supone la posibilidad de recuperar fácilmente el yo perdido, con todo lo que contiene y añoramos (afectos, relaciones, actividades, etc.), mientras que uno mismo y el propio yo antiguo da la impresión de ser nuevo o renovado. En realidad, es el mismo -idéntico- al primer «yo» del que nos sacó la gracia, pero con el ligero barniz espiritual al que hemos reducido esa gracia.

Al final, todo esto cambia el objetivo al que Dios llama -que es buscarle a él y cumplir su voluntad- por buscarnos a nosotros mismos bajo apariencia de búsqueda de la voluntad de Dios de la forma que sea: testimonio, caridad, oración…, que son cosas buenas, pero no es lo que Dios quiere y además las hago para satisfacer mi amor propio. Pero cuando se acepta este engaño, a pesar de la apariencia de virtud, nuestra vida no sirve para nuestra santificación ni la de los demás y no dará el fruto sobrenatural para el que Dios nos ha creado.

El problema añadido es que la apariencia de santidad suele encontrar mejor acogida que la santidad verdadera. Y cuando una mayoría está en esta dinámica de hacer compatible el amor propio y la gracia de Dios se crea un clima que favorece este engaño. Y en ese ambiente nadie puede atreverse a denunciar esta trampa que afecta a lo fundamental, porque será descalificado y excluido.

El resultado de todo esto es el regreso a la misma vida anterior, con cuanto contenía (mentiras, egoísmos, defectos…), pero con un maravilloso barniz de aparente santidad que impide ver la trampa y salir de ella. La gracia recibida se pierde mientras se conservan los elementos externos de la vida nueva proporcionada por la gracia, pero no para vivir esa vida sino para enmascarar la vida propia del hombre viejo sin que se note el cambio.

La salida de este estado de mediocridad es sumamente difícil; en primer lugar, porque el proceso que lleva a ella no es consciente, en segundo lugar porque proporciona unos beneficios humanos a los que no podemos renunciar y, en tercer lugar, porque la apariencia de virtud lleva al convencimiento de que uno está realmente en el más firme camino a la santidad y, por tanto, pondrá todo su empeño en afianzar ese camino sin dejar posibilidades a cualquier duda o replanteamiento. Por eso es tan importante no caer en este estado.

Lo primero que hace falta para salir de esta mediocridad inconsciente es querer -pero querer de verdad-, lo cual ya es difícil porque nadie quiere salir del lugar al que ha llegado voluntariamente y en el que tiene todas las ventajas -las de la santidad y las del amor propio- mientras se evita todos los inconvenientes -la cruz en la santidad y la frustración del amor propio-.

De todos modos, con dificultad, sufrimiento, trabajo y tiempo se puede intentar salir, aunque arrastrando una cierta carencia porque hay cosas que no se salvan tan fácilmente como desearíamos.

El Apocalipsis nos ofrece una descripción de esta situación y un camino de conversión en la carta a la Iglesia de Laodicea:

Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios. Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas; y vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez; y colirio para untarte los ojos a fin de que veas. Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten, pues, celo y conviértete. Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,14-20).

A nosotros no nos suena tan mal eso de no ser frío ni caliente; pero eso precisamente es lo que detesta el Señor: la mediocridad. Aparece la diferencia entre lo que uno cree ser -la apariencia-: «soy rico y no carezco de nada», y la realidad: «eres desgraciado y digno de lástima». Para salir, hay que reconocer la realidad del estado de mediocridad, la mentira en la que se ha caído, aceptar la reprensión del Señor y ponerse a buscar la verdadera santidad que el Señor quiere dar.

Aunque muy difícil, no es imposible reparar el daño. Pero hace falta para ello una gran humildad para aceptar referencias externas de los frutos objetivos de la mediocridad, una gran paciencia para destruir una obra firmemente asentada y construir de nuevo algo que uno considera que tiene ya construido. Y esto exige no sólo un agotador trabajo personal, sino también la ayuda de un director espiritual experto que guíe con firme caridad por un camino muy doloroso. Como me he colocado en la mentira, diciendo que es de Dios lo que me dictaba mi amor propio, ya no tengo ninguna garantía de lo que es realmente de Dios y de lo que yo me invento. Ya no tengo capacidad para hacer ese discernimiento. Necesito alguien que conozca mi historia, la gracia de Dios, y me enfrente a mis mentiras y a mis engaños, aceptando la desagradable tarea de reconocer como falso lo que siento como verdadero, lo que me exige una permanente actitud de búsqueda humilde de la verdad y una referencia objetiva para encontrarla.

4) Finalmente, la santidad es también una respuesta -aunque muy infrecuente- a la gracia de la conversión. No se precisa muchos detalles, porque es el camino para el que quiere ser santo. Y, si realmente lo desea, encontrará el modo de lograrlo; al igual que el que no aspira a la santidad no la alcanzará. La dificultad aparece, por lógica, cuando no queremos ser santos, pero queremos aparentarlo. La santidad consiste en afirmar con la vida la fe en el proyecto de Dios, entregando la vida confiadamente a dicho proyecto11: reconozco que Dios quiere algo concreto de mí y yo dedico mi vida a lograrlo. El camino hacia la santidad tiene sus medios, sus expresiones y sus frutos, que nos ayudan a discernir que, con defectos y pecados, avanzamos en el cumplimiento de la voluntad de Dios. No importa que haga cosas extraordinarias (cf. 1Co 13,1-3), los elementos para discernir la santidad son muy concretos: fundamentalmente la pasión por Dios, el amor a la verdad y una actitud significativa de pobreza y humildad12.

Todo esto con hechos comprobables ‑no sentimientos, palabras o intenciones‑ con los que podemos demostrarnos a nosotros mismos que buscamos realmente cumplir la voluntad de Dios: la pasión por Dios que me consume realmente, estar dispuesto a pagar el precio de la verdad y abrazar mi pobreza real.

Proyectando el retiro en la vida

Llegados aquí podemos ver en su conjunto el proceso que hemos analizado en su diferentes elementos, aspectos y relaciones. De este modo no nos resultará difícil encontrar el lugar en el que nos encontramos y el modo de orientarnos hacia la meta.

Para hacer con fruto el presente retiro y darle continuidad en nuestra vida deberíamos fijarnos en una serie de actitudes que son imprescindibles para el discernimiento y constituyen la materia de examen para revisar la autenticidad de nuestra conversión:

  • 1. Humildad que me predisponga a aceptar la verdad.
  • 2. Reconocimiento y aceptación de mi pobreza como punto de partida.
  • 3. Conocimiento de la realidad de mi auténtica respuesta a Dios y a su gracia.
  • 4. Confianza absoluta en Dios y en su poder.
  • 5. Búsqueda sincera de la verdad a cualquier precio, con todo lo que supone. Es lo contrario a la urgencia, la contundencia y la imposición con las que defendemos nuestra opinión.
  • 6. Reconocimiento de lo que realmente soy y quiero, sabiendo que no está claro y que incluso lo que digo en la oración no es lo que realmente quiero. Normalmente, lo que en realidad queremos coincide con lo que tenemos. No somos santos porque no queremos serlo, no queremos reconocer que somos mediocres porque es lo que realmente hemos elegido, aunque sea inconscientemente.
  • 7. Asentar bien lo que veo que es claro y viene de Dios. Hace falta mucho tiempo de silencio y oración para que se vaya fortaleciendo y haciendo vida lo que Dios me da y me manifiesta. Resulta pernicioso que nos dediquemos a quejarnos de lo que no está claro y no tratemos de ser fieles a lo que tenemos claro. Es una infidelidad a la gracia utilizar lo que no vemos claro para no hacer lo que sabemos bien que tenemos que vivir.
  • 8. Buscar eficazmente los medios para aclarar lo que está oscuro. No es aceptable que nos pasemos toda la vida diciendo que no sabemos lo que Dios quiere de nosotros. Algo falla, porque Dios sabe lo que quiere y nos lo comunica: si no me entero es porque no lo quiero encontrar o no lo busco bien, y debería de cambiar de método.
  • 9. Decisión libre y firme sobre la orientación que quiero darle a mi vida para corregir mi actual respuesta a la gracia. La conversión requiere una decisión consistente y clara. No puedo justificarme planteándome una y otra vez qué quiere Dios de mí, porque eso está resuelto: no debo preguntárselo de nuevo, sino buscar realizarlo, porque ya me lo ha dicho y yo no me he enterado. Realmente es Dios el que no sabe lo que realmente quiero, porque no termino de decidirme.
  • 10. Finalmente, dar continuidad a todo esto en la vida real, concentrando todas mis energías en poner los medios para un verdadero cambio de vida. No puedo pretender otro objetivo, y me dedico sólo a ese cambio. Resulta imposible buscar la voluntad de Dios mientras me dedico a mis cosas.

Con esta base tengo que ir identificando las diferentes piezas de mi proceso personal de santidad, según Dios lo ve, reconociendo en concreto este proceso y sus etapas en mi vida para situarme internamente en el punto crucial de mi decisión; de modo que pueda revivir ese momento en fe y con plena consciencia, intentando ver qué debería hacer en la actualidad para darle a todo ello el sentido evangélico que tiene y efectuar los cambios precisos que exige la conversión de vida que espera Dios de mí.

Éste es el punto inicial del cambio constatable que demuestre que realmente quiero la conversión que digo querer y que esta nueva vida es verdad: es verdad en la voluntad y la gracia de Dios y es verdad en mí.


NOTAS

  1. Todo esto recuerda el propósito de las meditaciones de San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 139, sobre las tentaciones, las banderas y los binarios, en las que se pide luz para descubrir los engaños del enemigo y poder librarme de ellos.
  2. En Alberto Carreres Esparza, Seducidos por el misterio, Madrid 2023 (Caparrós), 99, y en nuestra web en el en capítulo IV del «Itinerario hacia la santidad», titulado Una palanca hacia la santidad, se hace uso de esa cita de Meditaciones del Quijote (1914), pero con su continuación «si no las salvo a ellas [mis circunstancias] no me salvo yo».
  3. Puede ayudarnos a entender mejor esta respuesta lo que encontramos en Alberto Carreres Esparza, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2024 (Caparrós), a propósito de las tentaciones contra la fe (p. 56-59) y contra la esperanza (p. 61-62).
  4. Ésta es la respuesta que ofrece el segundo «binario» de San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 154.
  5. Esto se entenderá mejor si se tiene en cuenta el análisis que hace A. Carreres, Fundamentos, sobre la tentación contra el amor (p. 59-61), la de la incongruencia (p. 63-66) y la del miedo al futuro (p. 86).
  6. En A. Carreres, Seducidos por el misterio, 40, se define la mediocridad como la falta de elección entre dos mundos (Dios y nuestra limitación): «Al llegar al punto crucial de la elección entre Dios o nosotros, el enemigo nos presenta el fascinante espejismo de creer posible encontrar un fácil equilibro que nos permita disfrutar de los beneficios de ambas alternativas sin tener que sufrir ninguno de sus inconvenientes» (cf. en nuestra web el capítulo II del «Itinerario hacia la santidad», titulado La radicalidad de la santidad.
  7. San Agustín, Confesiones, X,38.
  8. Santa Teresa de Jesús, Vida, 8,12.
  9. Santa Teresa de Jesús, Vida, 9,3.
  10. Esta tentación tiene mucho que ver con lo que describe A. Carreres, Fundamentos, en las tentaciones de incongruencia (p. 63-66), de traducir la gracia (p 76), así como con el iluminismo (p. 66-71) y el activismo (p. 82-86).
  11. Ésta es la respuesta que corresponde al tercer «binario» de San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 155.
  12. Con esta respuesta encaja lo que aparece en nuestra web en el retiro «Contemplativos y mundo» que exhorta a vivir con radicalidad la pasión por Dios y la primacía efectiva de Dios en todas las circunstancias. También se ilumina con A. Carreres, Seducidos por el misterio, capítulo IV: «Una palanca hacia la santidad», p. 95-136, que aparece en nuestra web en el capítulo IV del «Itinerario hacia la santidad», titulado también Una palanca hacia la santidad.