Seleccionar página

José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret,

Salamanca 2021 (Sígueme, 12ª ed.), 1056 pgs.

En ocasiones, buscando novedades que recomendar, se olvidan los «clásicos», los que todo cristiano debería haber leído, al menos, una vez en su vida. Es verdad que en esta ocasión llamamos clásico a la obra de un autor que muere en 1991, que no es un especialista en Escritura ni un santo canonizado por la Iglesia. Pero José Luis Martín descalzo sí era un apasionado buscador del rostro de Cristo, que quiso plasmar en esta obra el resultado de esta búsqueda a lo largo de su vida, apoyándose además en cientos de lecturas sobre Cristo. Realmente el libro, que va recorriendo paso a paso toda la vida de Jesús es un testimonio de su fe y la de muchos otros, redactado con el buen hacer de este sacerdote periodista, escritor y poeta. Lejos de las polémicas estériles y de las disquisiciones técnicas, este libro aúna una amplia recopilación de lo que sabemos de la vida de Jesús, la exposición cuidada y amena, una reflexión profunda de los acontecimientos evangélicos y la visión de muchos otros buscadores y enamorados de Cristo.

Alguien puede pensar que se trata de cosas sabidas, pero nunca debemos de cansarnos de contemplar el rostro de Jesús a través de los evangelios y ahondar sin cesar en el conocimiento de Cristo, porque él es el Amado al que ansiamos unirnos, el modelo de nuestra transformación y la meta de todos nuestros anhelos. Dice Nicolás Cabasilas en su Tratado de la vida en Cristo: «Debemos tenerle siempre presente, repasando cuidadosamente todo cuanto a él se refiere y, en la medida de lo posible, tratar de comprenderlo, para saber cómo hemos de trabajar».

Apto para todos los públicos y lejos de ser una cristología al uso, creemos que la lectura de este libro ayudará a introducirse en un conocimiento de Cristo que moverá al lector a amarlo y seguirlo, como busca san Ignacio en las contemplaciones de los Ejercicios.

Clara señal del bien que ha hecho y hace esta obra es el gran número de ediciones que se han realizado a lo largo de los más treintaicinco años de su publicación, tanto en un grueso volumen como el que nosotros reseñamos aquí, como en tres más pequeños, tal como se publicó originalmente: I. Los comienzos; II. El mensaje; III: La cruz y la gloria.

Pero es superflua toda esta presentación cuando el mismo autor explica porqué y cómo escribió este libro:

Ahora se entenderá quizá, sin más explicaciones, el por qué de este libro. Es parte de la vida de su autor y le persigue desde que era un muchacho. Tendría yo dieciocho o diecinueve años ‑cuando, por vez primera, supe enserio que quería ser escritor‑ y me di cuenta de que un escritor cristiano «tenía» que escribir un libro sobre Cristo. Supe, incluso, que todo cuanto fuera escribiendo a lo largo de los años, no sería otra cosa que un largo aprendizaje para escribir ese libro imposible. ¿Cómo justificaría yo mi vida de creyente si no escribiera sobre él? ¿Con qué coraje me presentaría un día ante él, llevándole en mis manos millares de páginas escritas que no hablasen de él? Este libro es una deuda. Mi deuda con la vida. La única manera que tengo de pagar el billete con que me permitieron entrar en este mundo.

Recuerdo ‑y pido perdón al lector si ahora me estoy confesando‑ que por aquellos meses había muerto uno de los hombres a quien más he querido y debo en este mundo: George Bernanos, cuyas obras estaban siendo el alimento de mi alma. Y un día cayó en mis manos, recién editado, uno de los Cahiers de Rhone en el que Daniel Pezeril contaba las últimas horas de mi maestro. Allí descubrí que uno de los últimos deseos de Bernanos había sido precisamente escribir una vida de Cristo. Más aún, que un día ‑el 30 de junio de 1948‑ Bernanos tuvo en sueños una inspiración a la que respondió con un «sí» sin vacilaciones: en adelante dejaría de lado toda su obra literaria y dedicaría todo lo que le quedase de vida a escribir esa «Vida de Jesús» que soñaba desde hacía tiempo y que siempre posponía porque se sentía indigno. Pero aquel día, ya en su lecho de hospital, recibió ese misterioso coraje que le permitiría decir: Ahora ya tengo razones para seguir viviendo.

Días después ‑el cinco de julio‑ Bernanos murió. Su proyecto se convirtió en un sueño. Y nos perdimos algo que sólo él hubiera sabido escribir.

¿Puedo ahora añadir que ‑sin ninguna lógica‑ el muchacho que yo era entonces se sintió heredero y responsable de aquella promesa? Era absurdo, porque yo me sentía infinitamente menos digno de hacer lo que Bernanos. Pero ¿quién controla su propio corazón? Aquel día decidí que, cuando yo cumpliera los sesenta años que él tenía al morir, también dejaría toda otra obra y me dedicaría a hacer esa vida de Jesús que Bernanos soñó.

Sólo mucho más tarde ‑pido al lector que se ría‑ me planteé la pregunta de que tal vez yo no viviría más allá de los sesenta años. Y empezaron a entrarme unas infantiles prisas. Desde entonces estoy luchando entre la seguridad de no estar preparado para afrontar esta tarea y la necesidad de hacerla. Me engañé a mí mismo haciendo un primer intento «preparatorio» en una edición en fascículos para la que escribí mil quinientos folios. Era, lo sé, una obra profundamente irregular, con capítulos que casi me satisfacían y muchos otros de una vulgaridad apabullante. Y tuve, sin embargo, el consuelo de saber que a no pocas personas «les servían» y me urgían una nueva redacción más próxima al hombre de la calle y sus bolsillos. Me decido hoy a iniciar ese segundo intento que sé que será también «provisional». ¿Para qué engañarme? Todo lo que sobre Cristo se escriba por manos humanas será provisional. Estoy seguro de que me va a ocurrir lo que a Endo Shusaku, quien, en la última página de su Vida de Jesús, escribe: «Me gustaría algún día escribir otro libro sobre la vida de Jesús con toda la experiencia acumulada durante mi vida. Y estoy seguro de que, cuando hubiera terminado de escribirlo, aún sentiría el deseo de volver a escribir de nuevo otra vida de Jesús».

Es cierto: sólo Jesús conoce el pozo que quita la sed para siempre (Jn 4,14). Desgraciadamente los libros sobre Jesús no son Jesús.

Ahora ya sólo me falta ‑en esta introducción‑ responder a tres preguntas: cómo está escrito este libro, para quién lo escribo y cómo me gustaría que se leyera.

La primera pregunta tiene una respuesta muy sencilla: está escrito de la única manera que yo sé: como un testimonio. Durante los diez últimos años he leído centenares de libros sobre Cristo, pero pronto me di cuenta de que yo no podría ni debería escribir como muchos de ellos, un libro científico y exegético. Todos me fueron útiles, pero no pocos ‑me duele decirlo‑ me dejaron vacío el corazón. Me perdía en interpretaciones e interpretaciones. Descubría en cada libro una nueva teoría que iba a ser desmontada meses después por otra obra con otra teoría. Siento, desde luego, un profundísimo respeto hacia todos los investigadores; les debo casi todo lo que sé. Pero sé también que yo escribo para otro tipo de lectores y que no debía envolverles a ellos en una red de teorías.

Por eso decidí que este libro podría tener «detrás» un caudal científico, pero que habría de estar escrito desde la fe y el amor, desde la sangre de mi alma, imitando, en lo posible, el mismo camino por el que marcharon los evangelistas. Contar sencillamente, tratar de iluminar un poco lo contado, pero no perderme en vericuetos que demostrasen lo listo que es quien escribe. Esta es la razón por la que este libro debería ser leído siempre con un evangelio al lado.

Pensé que, en mi obra, me limitaría a comentar los textos evangélicos tal y como dice Catalina de Hueck que leen la Biblia los «pustinik», los peregrinos-monjes rusos: «El pustinik lee la Biblia de rodillas. No con su inteligencia (de forma critica, conceptual), pues la inteligencia del pustinik está en su corazón. Las palabras de la Biblia son como miel en su boca. Las lee con profunda fe, no las analiza. Deja que reposen en su corazón. Lo importante es conservar lo leído en el corazón, como María. Dejar que las palabras del Espíritu echen raíces en el corazón, para que después venga el Señor Dios a esclarecerlas».

¿Es, pues, éste un libro sentimental, puramente devocional? No lo querría. Pero tampoco es un libro puramente mental, conceptual. Cuando leo el evangelio sé que allí entra en juego toda mi vida, toda mi persona, sé que sobre el tablero está mi existencia entera. Y como sé que esa palabra me salva, no soy amigo de esos comentarios en los que parece que ‑en frase de Cabodevilla«es como si te dedicaras a analizar, muy detenidamente, la sintaxis y la ortografía de esa carta en la que te comunican que tu madre acaba de fallecer».

Este libro no será, pues, otra cosa que unos evangelios leídos por alguien que sabe que se juega su vida en cada página, con mucha más pasión y mucho más amor que sabiduría.

Entonces ¿es éste un libro sólo para creyentes? Sí principalmente, pero no sólo para ellos. Espero que también quienes no creen en Cristo o quienes ven sólo en él a un hombre admirable descubran en estas páginas, al menos, las razones por las que un hombre ‑un hombre como ellos‑ ha convertido a Cristo en centro de su vida. Tal vez también ellos aprendan de alguna manera a amarle. Luego, yo lo sé, él hará el resto, pues ningún libro puede suplir al encuentro personal con Jesús.

Por eso me gustaría que todos ‑creyentes e incrédulos‑ leyeran este libro «como escribiendo el suyo». ¿Quién soy yo para enseñar nada? Tal vez sólo un amigo, un hermano que cuenta, como un niño, como un adolescente, cómo ha sido su encuentro con quien transformó su vida. Pero nadie va por el mismo camino por el que va su hermano. Cada uno debe hacerse su camino y descubrir «su» Cristo. Esa es la verdadera búsqueda que justifica nuestras vidas.

Seguramente nos ocurrirá a nosotros lo mismo que a quienes le rodearon cuando pisó en la tierra. Un día se cruzaron con él y no lograron entenderle, pero les arrastraba. Eran, como nosotros, lentos y tardos de corazón, pero aún así se atrevían a gritar: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mc 9,29). Esperaban que acabara siendo un líder terreno, pero también proclamaban: «Te seguiré adonde quiera que vayas» (Mt 8,19). No comprendían sus palabras y sus promesas, pero aseguraban: «¿A quién iremos si sólo tú tienes palabras de vida eterna?» (Jn 6,68). Y algunos, como los magos, hacían la locura de dejar sus tierras y sus reinos, pero los abandonaban porque «habían visto su estrella» (Mt 2,2).

Esa estrella sigue estando en el horizonte del mundo. Tal vez hoy lo esté más que nunca. Esta es una generación que busca a Cristo, ha dicho hace poco un profesor de la Universidad de Budapest. «Lo que los comunistas reprochamos a los cristianos ‑ha escrito Machoveč‑ no es el ser seguidores de Cristo, sino precisamente el no serlo». Tal vez. Tal vez la estrella ha vuelto a aparecer en la noche de este siglo. Y quizá por eso estamos todos tan inquietos. Bien podría ser que estos años finales del siglo XX el mundo tuviera que gritar con san Agustín: «Tarde te conocí ¡oh Cristo! Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto ha estado nuestro corazón hasta descansar en ti».

Estamos convencidos que esta obra seguirá haciendo mucho bien a los que siguen y aman a Jesucristo.