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Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, La Eucaristía centro de la vida. Dios está cerca de nosotros,

Valencia 2005 (Edicep), 169 pgs.

El que quiere estar unido a Cristo necesita la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo, que aquí y ahora se acerca a nosotros y se nos entrega personalmente para que entremos en comunión con nosotros. Necesitamos vivir con toda profundidad la Eucaristía y, para ello, nos hace falta comprender mejor su realidad por medio de la formación y de la lectura. Por eso acudimos en esta ocasión al magisterio del papa teólogo, Benedicto XVI, que reúne en sí ciencia, devoción y claridad de exposición.

En este pequeño libro, a lo largo de trece capítulos, algunos muy breves, Benedicto XVI va presentando diversas realidades que nos ayudan a profundizar en el don de la Eucaristía. El fundamento de todo es que Dios ha querido dejar de ser lejano y ha decidido estar con nosotros: la Encarnación convierte al Hijo en el Dios-con-nosotros que habita entre nosotros y que lo seguirá siendo gracias a la Eucaristía.

Benedicto XVI nunca eludió la confrontación leal con las doctrinas que podían obstaculizar la vivencia de la fe y ofreció razones para que el creyente pudiera superarlas. En este libro sale al encuentro sin tapujos de la opinión de que Cristo afrontó la muerte sin darle ningún sentido salvador; y le opone el análisis de las palabras de Jesús en la cena y el significado del lavatorio de los pies. Va aclarando algunos tópicos que desvirtúan la misa como que Jesús no quiso instituir una acción cultual, sino una simple comisa fraterna; o que la celebración de la Eucaristía está a disposición de lo que cada comunidad o cualquier sacerdote quiera hacer con ella; o que la reforma litúrgica del concilio Vaticano II ha destruido la celebración de la misa católica.

El magisterio de este papa nos ayuda a afirmar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, a entender el sentido de la adoración eucarística, de arrodillarse ante el Santísimo Sacramento y la forma en que la Eucaristía construye la unidad de la Iglesia. A partir de la realidad de la Eucaristía es fácil comprender que estamos llamados a participar de la vida eterna en el cielo y que esa vida eterna ya está accesible en esta vida terrena, especialmente en la celebración del sacrificio eucarístico.

El salmista afirma que «grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman» (Sal 111,2). El gran don de la Eucaristía, que hace presente su sacrificio y nos regala realmente su presencia, bien merece que demostremos que la amemos profundizando en su realidad y en la forma de vivirla. Podemos realizar esta demostración de amor a la Eucaristía aprovechando el magisterio del que no sólo fue teólogo o papa, sino verdadero amante y defensor de la Eucaristía.