San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota,
Madrid 2024 (BAC, 2ª ed.), 296 p.
Este libro, publicado por el santo obispo de Ginebra al comienzo del siglo XVII (1608)1, ha sido una verdadera guía para muchos cristianos a lo largo de los siglos. Tiene un especial interés para nosotros porque se basa en el convencimiento de que la santidad es accesible en todos los estados de vida, para cualquier hombre y mujer sea cual sea su condición y estado. De este modo, san Francisco de Sales parece anticipar varios siglos la llamada universal a la santidad que recordó con fuerza el Concilio Vaticano II2:
En la misma creación, Dios creador mandó a las plantas que diera cada una fruto según su propia especie: así también mandó a los cristianos, que son como las plantas de su Iglesia viva, que cada uno diera un fruto de devoción conforme a su calidad, estado y vocación.
La devoción, insisto, se ha de ejercitar de diversas maneras, según que se trate de una persona noble o de un obrero, de un criado o de un príncipe, de una viuda o de una joven soltera, o bien de una mujer casada. Más aún: la devoción se ha de practicar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios y ocupaciones particulares de cada uno.
Dime, te ruego, mi Filotea, si sería lógico que los obispos quisieran vivir entregados a la soledad, al modo de los cartujos; que los casados no se preocuparan de aumentar su peculio más que los religiosos capuchinos; que un obrero se pasara el día en la iglesia, como un religioso; o que un religioso, por el contrario, estuviera continuamente absorbido, a la manera de un obispo, por todas las circunstancias que atañen a las necesidades del prójimo. Una tal devoción ¿por ventura no sería algo ridículo, desordenado o inadmisible?
Y, con todo, esta equivocación absurda es de lo más frecuente. No ha de ser así; la devoción, en efecto, mientras sea auténtica y sincera, nada destruye, sino que todo lo perfecciona y completa, y, si alguna vez resulta de verdad contraria a la vocación o estado de alguien, sin duda es porque se trata de una falsa devoción […].
Es, por tanto, un error, por no decir una herejía; el pretender excluir la devoción de los regimientos militares, del taller de los obreros, del palacio de los príncipes, de los hogares y familias; hay que admitir, amadísima Filotea, que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa no puede ser ejercida en estos oficios y estados; pero, además de este triple género de devoción, existen también otros muchos y muy acomodados a las diversas situaciones de la vida seglar.
Así pues, en cualquier situación en que nos hallemos, debemos y podemos aspirar a la vida de perfección (Parte primera, capítulo III).
Para ayudar a alcanzar la vida de perfección el llamado «doctor del amor divino» ofrece una guía práctica y segura para aquellos que se decidan a responder a una llamada a la santidad sin estar en el convento o en el monasterio.
Pero para poder aprovechar este clásico de la espiritualidad cristiana quizá sea necesario superar una dificultad que crea el lenguaje de la época, porque «vida devota» puede tener para el cristiano de este siglo resonancias negativas de devociones que no afectan ni a la raíz de la fe ni a lo profundo de la vida, como el que se conforma con releer en un templo oscuro manoseados folletos de novenas a sus santos preferidos. Nada más lejos de la mente de nuestro santo obispo. Esta obra se ilumina y se hace cercana y práctica si comprendemos que con «vida devota» no se refiere san Francisco a otra cosa que a la «santidad» o a la «vida de perfección» que tiene que afectar profundamente a todas las dimensiones de la vida del cristiano. Basta con sustituir «vida devota» por «santidad» y el libro se nos vuelve especialmente valioso.
El plan de la obra es claro y podemos sacar provecho de él, con la condición de que intentemos poner en práctica sus enseñanzas:
La primera parte presenta las indicaciones para pasar del simple deseo de amar a Dios a la resolución firme de buscar la santidad. En este primer paso recuerda san Francisco la necesidad de tener un director espiritual, ofrece una serie de diez meditaciones para alcanzar la «determinada determinación» de entregarse a Dios e invita a hacer confesión general de los pecados de toda la vida.
La segunda parte propone de forma práctica los grandes medios para avanzar en el amor a Dios: la oración y los sacramentos. Va detallando el santo obispo los pasos de la oración mental según el esquema clásico que es preciso conocer, y añade otros consejos para alimentar la vida de oración. En esta parte también presenta consejos prácticos para aprovechar la misa, la lectura de la Palabra y la confesión.
La tercera parte se dedica el ejercicio de las virtudes, con consejos prácticos para practicar la paciencia, la humildad, la mansedumbre, la dulzura, y dedica un espacio especial a proponer el modo de practicar la obediencia, la castidad y la obediencia para los que viven en medio del mundo. Se añaden jugosas reflexiones sobre la amistad, la mortificación, el modo de hablar, etc.
En la cuarta parte se describe la tentación con la que el demonio pretende engañarnos para que podamos enfrentarnos a ella y permanecer en el camino de la perfección. También se detiene aquí a describir el consuelo y la aridez espiritual y la forma de afrontarlas.
En la quinta y ultima parte se presentan prácticas concretas que alimentan la fidelidad. De modo especial explica la utilidad del examen de la vida espiritual en sus diversos aspectos y el modo de renovar la determinación de buscar la santidad.
Cada lector puede hacer el recorrido completo que propone este doctor de la Iglesia o ir directamente a lo que más necesite en cada momento.
No puede extrañarnos que este libro pueda ofrecer orientaciones para el que busca la santidad (la «vida devota») en medio del mundo porque el mismo san Francisco de Sales supo unir una intensa actividad pastoral y evangelizadora con una profunda vida de oración y de práctica de la virtud.
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