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Teresa Gutiérrez de Cabiedes, Van Thuan. Libre entre rejas,

Madrid 2016 (Ciudad Nueva), 368 pgs.

Esta madre y doctora en comunicación ha buceado con dedicación en el cautiverio de este obispo vietnamita y ha compuesto un ágil relato novelado, que nos sumerge en el duro ambiente de la represión del régimen comunista de Vietnam, al terminar la terrible guerra en el año 1975, pero especialmente nos permite entrar en el alma de este verdadero confesor de la fe.

Pocos meses después de ser nombrado obispo coadjutor de Saigón, el mismo año 1975, fue arrestado por soldados del régimen como enemigo del pueblo vietnamita. Su fidelidad a la verdad y a su misión pastoral le hicieron negarse a aceptar componendas que le hubieran evitado el cautiverio, por lo que pasó trece años en la cárcel, nueve de ellos en celdas de aislamiento en condiciones inhumanas.

Al desgranar las páginas de este relato descubriremos a un verdadero pastor para el que los centros de aislamiento eran su catedral y su diócesis. Nos encontraremos a un hombre de fe profunda y sencilla que tenía una fuente inagotable de amor y de esperanza en el amor de Cristo, que le permitió hacer realidad el mandato del Señor de amar al enemigo, de manera que contagiaba la fe a los que estaban encerrados con él y a los mismos carceleros. Aparece con fuerza el apóstol audaz que encontraba el modo de transmitir a su pueblo la fe y la esperanza desde la cautividad. Nos sorprenderá el hombre alegre -al que le hubiera gustado ser payaso- que transmite buen humor en las situaciones más dolorosas y desesperadas. Nos edificará el creyente que vive de la oración, de la eucaristía y del amor a María, allí donde parecía que era imposible.

Ciertamente, como anuncia el título, nunca dejó de ser un hombre libre a pesar de estar apresado entre rejas.

Al acercarnos a este verdadero testigo de la fe de nuestro siglo ‑falleció el año 2002-, caemos en la cuenta de que basta con la fe verdadera y la unión con Cristo para ser testigos alegres y fieles de Cristo en cualquier circunstancia por difícil que nos parezca.

En la homilía de su funeral, Juan Pablo II, proclamó:

Podríamos preguntarnos de dónde sacaba la paciencia y la valentía que lo caracterizaron siempre. A este propósito, explicaba que su vocación sacerdotal estaba vinculada de modo misterioso, pero real, a la sangre de los mártires caídos durante el siglo pasado mientras anunciaban el Evangelio en Vietnam. «Los mártires -decía- nos han enseñado a decir sí: un sí sin condiciones ni límites al amor del Señor; pero también un no a los halagos, a las componendas y a la injusticia, aunque fuera con la finalidad de salvar la propia vida». Y añadía que no se trataba de heroísmo, sino de fidelidad madurada contemplando a Jesús, modelo de todo testigo y de todo mártir. Una herencia que hay que acoger cada día en una vida llena de amor y mansedumbre.

Al despedir a este heroico heraldo del Evangelio de Cristo, damos gracias al Señor por habernos concedido en él un ejemplo luminoso de coherencia cristiana hasta el martirio. Afirmó de sí con impresionante sencillez: «En el abismo de mis sufrimientos (…) jamás he dejado de amar a todos; no he excluido a nadie de mi corazón».

Su secreto era una inquebrantable confianza en Dios, alimentada con la oración y el sufrimiento aceptado con amor. En la cárcel celebraba cada día la Eucaristía con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano. Este era su altar, su catedral. El cuerpo de Cristo era su «medicina». Contaba con emoción: «Todos los días tenía la oportunidad de extender mis manos y clavarme en la cruz con Cristo, de beber con él el cáliz más amargo. Todos los días, al pronunciar las palabras de la consagración, confirmaba con todo mi corazón y con toda mi alma una nueva alianza, una alianza eterna entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía».

La Providencia nos ha dejado varios escritos salidos directamente de la pluma y del corazón de van Thuan, que podremos ir recomendando en otras ocasiones.