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Metodología
La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.
Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.
El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:
Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:
Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.
Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.
1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.
2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.
3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.
4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.
5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.
6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.
Introducción
Con el tema anterior, terminaba la lectura del libro del Éxodo. Los israelitas estaban a punto de abandonar el Sinaí, guiados por la nube, caminando al paso que Dios les iba marcando. Ese mismo pueblo, a veces tan dócil, en ocasiones es profundamente infiel. La lectura del capítulo 12 del libro de los Números muestra cómo se gesta una especie de rebelión contra Moisés encabezada por sus propios hermanos. Contemplaremos cómo responden Moisés y Dios a esa rebelión.
La rebelión de María y Aarón (Nm 12,1-16)
Texto bíblico
1María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado por esposa. Decían: 2«¿Ha hablado el Señor solo a través de Moisés? ¿No ha hablado también a través de nosotros?». El Señor lo oyó. 3Moisés era un hombre muy humilde, más que nadie sobre la faz de la tierra. 4De repente, el Señor habló a Moisés, Aarón y María: «Salid los tres hacia la Tienda del Encuentro».
Y los tres salieron. 5El Señor bajó en la columna de nube y se colocó a la entrada de la Tienda, y llamó a Aarón y a María.
Ellos se adelantaron 6y el Señor les habló: «Escuchad mis palabras: si hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; 7no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. 8A él le hablo cara a cara; abiertamente y no por enigmas; y contempla la figura del Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?».
9La ira del Señor se encendió contra ellos, y el Señor se marchó. 10Al apartarse la Nube de la Tienda, María estaba leprosa, con la piel como la nieve. Aarón se volvió hacia ella y vio que estaba leprosa.
11Entonces Aarón dijo a Moisés: «Perdón, señor. No nos exijas cuentas del pecado que hemos cometido insensatamente. 12No dejes a María como un aborto que sale del vientre con la mitad de la carne consumida».
13Moisés suplicó al Señor: «Por favor, cúrala». 14El Señor respondió a Moisés: «Si su padre le hubiera escupido en la cara, ¿no habría tenido que pasar siete días de vergüenza? Que quede siete días fuera del campamento y luego se incorpore de nuevo».
15María quedó siete días excluida del campamento. Pero el pueblo no partió hasta que ella se reincorporó.
16El pueblo marchó de Jaserot y acampó en el desierto de Farán (Nm 12,1-16).
Lectio
[vv. 1-4] Hay que acercarse a este episodio teniendo en cuenta las características de los diversos personajes:
- -María, la hermana de Moisés, está lejos de ser una mujer tímida y pusilánime. Es la misma María que, cuando Moisés niño va a la deriva por el Nilo en una cesta y lo encuentra la hija del Faraón, se acerca con desparpajo y le propone buscar una nodriza para el niño (Ex 2,1-9). Es una mujer resuelta. Tiene capacidad de liderazgo, como aparece cuando los judíos cruzan milagrosamente el mar Rojo: ella es la que guía a las mujeres para que, con danzas y cánticos, proclamen la victoria de Dios sobre los egipcios (Ex 15,20). La Biblia, en ese mismo lugar, la describe como profetisa.
- -Aarón, aparece como cobarde y manipulable ante la propuesta de los israelitas de que les haga un becerro de oro en ausencia de Moisés (Ex 32,1-6). Cuando Moisés le pide cuentas, en vez de asumir su responsabilidad, se excusa de forma infantil afirmando que aquella imagen salió sola del fuego (Ex 32,24).
- -La mujer cusita puede ser simplemente una etíope si Cus designa la región de Etiopía. Pero es más probable que se designe a una mujer procedente de la región de Madián. En este último caso se identificaría con Séfora, la mujer que le da Jetró cuando Moisés defiende a sus hijas frente a los pastores que les impiden abrevar su rebaño (Ex 2,21). No consta que Moisés volviera a casarse. Con ella Moisés tiene dos hijos (Ex 18,3-4).
- -Moisés, por su parte, no es nada pusilánime, como demuestra desde el principio cuando da muerte al egipcio que está maltratando al hebreo (Ex 2,11-12). Pero en el trato con Dios ha cambiado: se ha hecho humilde. Esa humildad consiste en mansedumbre y docilidad, pero de ningún modo en debilidad.
Detrás de este conflicto puede haber simplemente los celos y las peleas propias de dos cuñadas. Pero en ese episodio de envidia hacia la cusita se puede descubrir una envidia más profunda hacia Moisés porque el pueblo reconoce el liderazgo exclusivo de Moisés y el abismo que hay entre el trato que Dios da a Moisés y el que ofrece a la «profetisa» María y al «sumo sacerdote» Aarón. En función de estos celos empiezan a criticar. Puede parecer que se trata de algo que no tiene tanta importancia en sí mismo, pero para Dios la tiene, porque Dios no deja que ataquen a Moisés.
Moisés, el que ahora es manso, no se queja ni porfía contra sus hermanos, ni se apoya en su poder y en sus prerrogativas para atacarlos. Es Dios el que responde por él, porque es sensible a lo que hacen a su elegido. Es muy significativo cómo Dios calla y actúa. Primero les hace salir a los tres del campamento hacia la Tienda del Encuentro y luego se enfrenta directamente con María y con Aarón.
[vv. 5-8] En ese encuentro, Dios subraya la preeminencia de Moisés: con los demás profetas Dios se manifiesta en sueños o en visiones. Lo podemos comprobar con la forma en que se manifiesta a José (Gn 37,5-11), como habla al niño Samuel (1Sm 3,4-14), o en visiones como en el caso de Isaías (Is 6,1-13). Pero «cara a cara» con ninguno más que con Moisés (Ex 33,11); es decir, él contempla la manifestación gloriosa de Dios en forma sensible, sea cual sea la forma de concebir eso. En todo caso hay un salto abismal entre los demás profetas y Moisés. Por eso Dios se enfada con Aarón y María y les reprocha: «¿Cómo os atrevéis?».
El autor sagrado había subrayado la humildad de Moisés, como el hombre más humilde (v. 3). Ahora en labios del Señor aparece el elogio de ser el más fiel de todos sus siervos: es el que está siempre disponible, con el que siempre puede contar. Al principio intentó escabullirse y no pudo (Ex 3,11-4,17), pero ahora es el que siempre está ahí.
Debemos tener esto en cuenta para conocer lo que Dios valora. Y, a la vez, para avergonzarnos y asustarnos: Dios valora la fidelidad, más que la mucha virtud. Valora que estemos delante de él, que no rehuyamos su mirada, que no evitemos el trato con él.
La fidelidad de Moisés, el trato excepcional que Dios tiene con él es lo que provoca el duro reproche de Dios por haber hablado contra él.
Encontramos la defensa de Moisés en otros lugares de la Escritura, en los que se subraya su humildad y su fidelidad:
Hizo salir de él [del pueblo de Israel] un hombre de bien
que gozó del favor de todos,
amado de Dios y de los hombres:
Moisés, de bendita memoria.
Le dio una gloria como la de los santos,
lo hizo poderoso para temor de sus enemigos.
Con su palabra puso fin a los prodigios
y lo glorificó delante de los reyes;
le dio mandamientos para su pueblo
y le mostró algo de su gloria.
Por su fidelidad y humildad lo santificó,
lo eligió de entre todos los vivientes.
Le hizo oír su voz
y lo introdujo en la negra nube;
cara a cara le dio los mandamientos,
la ley de vida y de conocimiento,
para enseñar su alianza a Jacob
y sus decretos a Israel (Eclo 45,1-5).
Moisés es el hombre elegido, querido por Dios por su fidelidad y por su humildad. De hecho, cuando el Nuevo Testamento quiere poner a Jesús por encima del personaje más importante del Antiguo, toma como referencia a Moisés:
El honor concedido a Jesús es superior al de Moisés, pues el que funda la familia tiene mayor dignidad que la familia misma. En efecto, cada familia tiene un fundador, mas quien lo ha fundado todo es Dios. Moisés, ciertamente, fue fiel en toda su casa, como servidor para atestiguar cuanto había de anunciarse.En cambio, Cristo, como Hijo, está al frente de la familia de Dios (Heb 3,3-6).
La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo (Jn 1,17).
Moisés es el gran amigo del Señor, ninguno puede parangonarse con él.
Hay que poner de relieve que, cuando los israelitas ofenden tan claramente a Dios, por ejemplo, al construir el becerro de oro, es Moisés quien rompe las tablas de la Ley, quema el becerro y se lo hace beber, convoca a los levitas y pasan a cuchillo a tres mil israelitas (Ex 32,19-29). Dios no tiene que hacer nada, porque es Moisés el que actúa porque han ofendido a Dios -y para salvaguardar al pueblo-, el que defiende a Dios, el que se enfrenta a todos los que están celebrando la fiesta y destroza al ídolo (Ex 32,20). Ahora es Dios el que defiende a Moisés. Es el Amigo el que defiende la honra de su amigo. También humanamente es valiosa la fidelidad en la amistad. Pero esta defensa de Moisés por parte de Dios significa que para él no es un mero instrumento para llevar a cabo su obra, es su amigo. Y no permite que toquen a su amigo.
[vv. 9-10] Es tal la ira de Dios, que cuando se retira María queda leprosa. Hay que tener en cuenta que, en los pueblos antiguos, incluido Israel, toda afección grave de la piel se identifica con la lepra, porque no tenían capacidad de distinguir las diversas afecciones de la piel.
Es significativo que el castigo de la lepra afecte sólo a María y no a Aarón. Sorprende que ambos hayan pecado rebelándose contra Moisés y una sea castigada y el otro no. Esto refuerza la opinión que detrás de estas quejas y rebeldías está realmente la iniciativa de María. Pero también es posible que influya que el redactor final del libro del Éxodo, que es sacerdotal, no quiera que el sumo sacerdote quede estigmatizado con una enfermedad que lo inhabilita para ejercer el sacerdocio.
[vv. 11-16] También llama la atención que el sumo sacerdote intercede por ella, no ante Dios, sino ante Moisés. Dios es el que defiende a Moisés y los culpables piden perdón a Moisés.
En este contexto aparece la petición de Moisés. Dios la va a curar inmediatamente, pero el ofendido es Dios no Moisés. En este diálogo con Moisés, Dios pone como referencia al padre que escupe a su hijo en la cara como expresión de reprobación del hijo rebelde que ofende a su padre; esa reprobación conllevaba la vergüenza de estar apartado de todos durante siete días. De esta manera, Dios está señalando que es más grave lo que María ha hecho a Moisés que lo que le haría a su propio padre; teniendo en cuenta la importancia que tiene el respeto a los padres en el pueblo de Israel (cf. Ex 20,12; Ef 6,1-3).
Dios defiende a los suyos con contundencia y claridad. Y eso nos debe hacer pensar lo inadecuado que resulta que nos planteemos nuestra relación con Dios como si fuéramos simplemente criados o siervos de un señor. Moisés, que no tiene la realidad profunda de hijo de Dios gracias al bautismo como nosotros, era una elegido del Señor y tenía una relación de amistad profunda con Dios. Nosotros, que objetivamente estamos más cerca de Dios por nuestra identificación con Cristo, sin embargo, nos permitimos una relación distante, servil, meramente comercial con Dios. Podemos tener en cuenta el caso de Juan Bautista, mayor que Moisés, «el más grande entre los nacidos de mujer», pero más pequeño que el menor de los que están en el reino de los cielos (cf. Mt 11,11). Nosotros pertenecemos al reino de los cielos, no lo tenemos aún en plenitud, pero formamos parte del pueblo santo que es la Iglesia y estamos más cerca de Dios. ¿Cómo actuará el Señor si nos ofenden a nosotros? Pero, ¿y nosotros, cómo vivimos nuestra relación con Dios? ¿Se trata un mero compromiso? ¿Nos resulta una carga? ¿O es una relación personal y de amistad?
Este episodio nos ayuda a comprender mejor los «gustos» de Dios. Lo que a Dios le agrada es la humildad, la fidelidad. Alcanza el corazón de Dios el que tiene un corazón contrito y humillado: «Un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, tú no lo desprecias» (Sal 51,19). Y, a la vez que a Dios le agrada el que tiene un corazón humilde y fiel, la relación con Dios genera ese corazón humillado y confiable. Hay que entrar en el ámbito de la humildad y de la fidelidad para poder intimar con el Señor y para poder relacionarnos con él. ¿Cuántas veces nuestra forma de actuar con Dios se conforma simplemente con el cumplimiento de unas leyes y estar en orden con Dios?
Además, podemos descubrir que Dios es «celoso». Y no sólo para que le quieran a él, sino que es celoso para los que él ama. Y, porque es celoso, defiende a los suyos. Por ejemplo, cuando critican a la pecadora que lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los seca con sus cabellos, Jesús la defiende diciendo que ama mucho porque se le ha perdonado mucho y echa en cara al fariseo escandalizado por la mujer que ni siquiera le ha recibido con las mínimas normas de cortesía (Lc 7,36-50). Lo mismo sucede cuando María, la hermana de Marta, unge los pies con un perfume muy caro y le reprochan que es un derroche innecesario y que habría sido mejor dar ese dinero a los pobres. Jesús la defiende con fuerza y promete que su acción se recordará siempre (Mc 14,3-9). Dios es celoso para los suyos.
Este relato nos debe llevar a ser muy cuidadosos para no ofender a los amigos de Dios, empezando por los pequeños: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Pero también para respetar a los amigos íntimos del Señor. Dios nos trata como amigos, no como empleados o instrumentos: primero somos su amigos y luego nos hace compartir su misión: «Los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,20).
Exploración de la Tierra Prometida (Nm 13,1-24)

Texto bíblico
13,1El Señor dijo a Moisés: 2«Envía gente a explorar la tierra de Canaán, que voy a entregar a los hijos de Israel: envía uno de cada tribu y que todos sean jefes».
3Moisés los envió desde el desierto de Farán, según la orden del Señor. Todos eran jefes de los hijos de Israel.
4Sus nombres eran estos:
por la tribu de Rubén, Samúa, hijo de Zacur;
5por la tribu de Simeón, Safat, hijo de Jorí;
6por la tribu de Judá, Caleb, hijo de Jefuné;
7por la tribu de Isacar, Yigal, hijo de José;
8por la tribu de Efraín, Oseas, hijo de Nun;
9por la tribu de Benjamín, Paltí, hijo de Rafú;
10por la tribu de Zabulón, Gadiel, hijo de Sodí;
11por la tribu de José: por la tribu de Manasés, Gadí, hijo de Susí;
12por la tribu de Dan, Amiel, hijo de Guemalí;
13por la tribu de Aser, Setur, hijo de Miguel;
14por la tribu de Neftalí, Najbí, hijo de Vafsí;
15por la tribu de Gad, Gueuel, hijo de Maquí.
16Esos son los nombres de los que envió Moisés a explorar el país. Pero a Oseas, hijo de Nun, Moisés lo llamó Josué.
17Moisés los envió a explorar la tierra de Canaán, diciéndoles: «Subid por el Sur hasta llegar a la montaña. 18Observad cómo es el país; y cómo sus habitantes, si fuertes o débiles, escasos o numerosos; 19y cómo es la tierra, si buena o mala; cómo son las ciudades que habitan, de tiendas o amuralladas; 20y cómo es la tierra, fértil o pobre, con árboles o sin ellos. Sed valientes y traednos frutos del país».
Era la estación en que maduran las primeras uvas. 21Subieron ellos y exploraron el país, desde Sin hasta Rejob, junto a la entrada de Jamat. 22Subieron por el Negueb y llegaron hasta Hebrón, donde vivían Ajimán, Sesay y Tolmay, hijos de Anac. Hebrón había sido fundada siete años antes que Soán de Egipto. 23Llegados al valle del Racimo, cortaron un ramo con un solo racimo de uvas, lo colgaron en una vara y lo llevaron entre dos. También cortaron granadas e higos. 24Ese lugar se llama valle del Racimo, por el racimo que cortaron allí los hijos de Israel (Nm 13,1-24).
Lectio
El pueblo está ya a las puertas de la Tierra Prometida en el desierto de Sin, al sur del Mar Muerto. Dios envía a unos israelitas a que exploren el país que Dios les va a dar. Aquí va a acabar este conjunto de temas sobre el Éxodo, porque ahí debería haber acabado el peregrinar del pueblo de Dios por el desierto si los israelitas no hubieran sido rebeldes e insensatos.
[vv. 1-16] La iniciativa parte de Dios. Es lógico pensar que, si un ejército quiere invadir a otro país, envíe espías para conocer la situación y saber cuántos soldados y qué medios necesita. Aquí nos encontramos con algo totalmente distinto. Dios es el que tiene la iniciativa y lo que pretende al enviar a estos exploradores es que vean la tierra que les va a dar en posesión. Es lo mismo que hace con Abrahán:
El Señor dijo a Abrán, después que Lot se había separado de él: «Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el levante y el poniente. Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tus descendientes para siempre» (Gn 13,14-15).
Lo mismo hará con Moisés en el monte Nebo, antes de que los israelitas entren en la Tierra Prometida:
Aquel mismo día el Señor dijo a Moisés: «Sube a esa montaña de los Abarín, al monte Nebo, que está en la tierra de Moab, frente a Jericó, y contempla la tierra de Canaán que yo voy a dar en propiedad a los hijos de Israel. Después morirás en el monte y te reunirás con los tuyos, lo mismo que tu hermano Aarón murió en el monte Hor y se reunió con los suyos» (Dt 32,48-50).
En el corazón de Dios no está el que los israelitas encuentren la forma más adecuada de conquistar la Tierra Prometida. Esa tierra es un regalo, algo que Dios les va a dar. Ciertamente ellos van a tener que ocuparla, van a tener que coger el regalo. Pero Dios quiere que contemplen lo que les va a regalar. Y, a la vez, probarles para ver si han madurado en la confianza en él. Les impulsa a que vean y conozcan a dónde se dirigen, porque ellos van a tener que combatir; pero no para que ellos planifiquen y realicen lo que sólo Dios puede hacer.
La exploración parte del desierto Farán, en Cadés (cf. Nm 13,26), a unos 150 km al sur de Berseba, en el Negueb. Son doce exploradores, uno por cada tribu, entre los que destacan Caleb, de la tribu de Judá ‑que se mantendrá fiel junto con Josué‑, y Oseas, de la tribu de Efraín, que significa «salvar». A éste Moisés le pondrá el nombre de Josué (Yehosuah), que significa «Yahweh salva», el mismo nombre del Hijo de Dios hecho hombre: Jesús. Lo cual servirá de clave de interpretación de estos episodios a los santos padres como señal y anticipo de lo que hará Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María.
[vv. 17-24] La tarea de estos exploradores es tripe: a) ver cómo es el país y cómo son sus habitantes en número y fortaleza; b) ver la calidad de la tierra y de sus plantaciones; c) ver cómo son las ciudades, especialmente saber si están amuralladas, de cara a la conquista.
Esa misión se realiza en el verano, cuando empiezan a madurar las uvas, en julio o principios de agosto. El recorrido que hacen va de sur a norte, partiendo del Negueb, recorren la zona montañosa, camino a Hebrón. En aquella zona hay campos fértiles que producen uvas, higos y granadas, que son los frutos que llevarán consigo los exploradores para mostrárselos a Moisés y al pueblo.
Parece exagerado el tamaño del racimo que precisa ser llevado entre dos personas colgado de una vara; pero es una forma de expresar, típica del oriente, la fertilidad extraordinaria de la Tierra Prometida. Dios les permite verlo.
Regreso e informe de los exploradores (Nm 13,25-33)

Texto bíblico
25Al cabo de cuarenta días volvieron de explorar el país; 26y se presentaron a Moisés y Aarón y a toda la comunidad de los hijos de Israel, en el desierto de Farán, en Cadés. Presentaron su informe a toda la comunidad y les enseñaron los frutos del país. 27Y le contaron: «Hemos entrado en el país adonde nos enviaste; y verdaderamente es una tierra que mana leche y miel; aquí tenéis sus frutos. 28Pero el pueblo que habita el país es poderoso, tienen grandes ciudades fortificadas (incluso hemos visto allí hijos de Anac). 29Amalec vive en la región del Negueb, los hititas, jebuseos y amorreos viven en la montaña, los cananeos junto al mar y junto al Jordán».
30Caleb hizo callar al pueblo ante Moisés y dijo: «Tenemos que subir y apoderarnos de ese país, porque podemos con él». 31Pero los que habían subido con él replicaron: «No podemos atacar a ese pueblo, porque es más fuerte que nosotros».
32Y desacreditaban ante los hijos de Israel la tierra que habían explorado, diciendo: «La tierra que hemos recorrido y explorado es una tierra que devora a sus propios habitantes; toda la gente que hemos visto en ella es de gran estatura. 33Hemos visto allí nefileos, hijos de Anac: parecíamos saltamontes a su lado, y lo mismo les parecíamos nosotros a ellos» (Nm 13,25-33).
Lectio
El informe de los exploradores es ambiguo. Por un lado, proclaman que la tierra es magnífica; pero, por otro, anuncian que no van a poder con sus habitantes. Es lo que Dios quería que sacaran como consecuencia.
Los cuarenta días, como en otras ocasiones es un número simbólico que expresa un tiempo prolongado, inspeccionando la tierra prometida. Aparecen dos informes:
Un primer informe (vv. 27-29), en el que se subraya que la tierra que han visto es magnífica y cumple lo prometido por el Señor. Afirman que esa tierra «nana leche y miel» (v. 27). Lógicamente es una exageración para expresar una fecundidad extraordinaria, que puede alimentar como la leche y que es benévola y agradable como la miel. Es una tierra propicia para que vivan en ella, como demuestran los frutos que traen.
Un segundo informe (vv. 31-33), subraya lo poderosos que son los habitantes del país, vaticinando que no van a poder vencerlos, y aconsejando que no se intente la conquista. Este segundo informe olvida que Dios cuenta con todo eso. Desde el principio, cuando Dios habla con Moisés en el episodio de la zarza ardiente, se lo avisa con toda claridad:
He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas, heveos y jebuseos» (Ex 3,7-8; cf. 3,17; 13,4).
Dios sabe que esa tierra esta ocupada, pero se la ha concedido a su pueblo y se ha comprometido a dársela. Incluso, después del pecado del becerro de oro, cuando el Señor no quiere ir con su pueblo para no destruirlo, propone enviar a su ángel para darles esa tierra, eliminando a los pueblos que la habitan: «Mi ángel irá por delante y te llevará a las tierras de los amorreos, hititas, perizitas, cananeos, heveos y jebuseos, y yo los exterminaré» (Ex 23,23). Dios mantiene su plan y sus promesas.
Pero a los exploradores se les han olvidado las promesas de Dios. Ven la tierra y piensan que son ellos quienes la tienen que conquistar. Después de tanto tiempo tienen a la mano la meta anhelada, Dios ha ido cumpliendo sus promesas, les ha guiado, alimentado, protegido. Está por fin a su alcance la Tierra Prometida, pero se les hace evidente que no pueden conquistarla. Y es verdad, para ellos es imposible. Ciertamente, según averigua la arqueología, las murallas de esas ciudades podían tener entre 30 y 40 metros de altura y 5 de grosor. Eran inexpugnables para este pueblo que acaba de salir de la esclavitud y no conocen el arte de la guerra. Lógicamente ellos piensan que los que habían construido esas murallas deberían ser verdaderos gigantes.
Se asustan. Se sienten incapaces. Y movidos por el miedo, como en la fábula de la zorra y las uvas, se dedican a descalificar la tierra que Dios les había prometido: «Devora a sus habitantes». No tiene sentido, ¿cómo no va a merecer la pena apoderarse de ella, aunque fuera una tierra pobre, comparada con el desierto que han recorrido?
Han llegado al punto que Dios quería: no pueden conquistar lo que Dios les ha prometido, son más débiles que los habitantes de la Tierra Prometida y, precisamente por esa debilidad, es Dios el que se la va a dar. Es el momento de la humildad y de la fe.
Dios, antes de dar grandes dones, hace experimentar la pequeñez y la pobreza del que los va a recibir, para que no se los apropie orgullosamente.
Pero en ese momento dan un paso atrás porque son incapaces de creer en el Señor. Se les ha olvidado que el Señor les sacó de Egipto con las plagas (Ex 7-10.12), que derroto a los egipcios sin que ellos tuvieran que luchar (Ex 14). Quisieran conquistar con sus fuerzas lo que Dios les quiere regalar.
Es lo mismo que nos pasa a nosotros: tenemos pruebas más que sobradas de lo poderoso que es el Señor, de los dones que nos ha dado, de todo lo que nos ha salvado…, y se nos olvida. Nuestra gran tentación es conquistar con nuestras fuerzas lo que Dios nos quiere regalar. Lo mismo que le sucede a Adán y Eva en el principio: tomar con su propia mano lo que Dios quiere darles. La ofensa es considerar que es conquista lo que Dios les quiere dar gratuitamente.
Estamos cerca de la santidad, como los judíos de la Tierra Prometida, y no nos atrevemos a dejar que el Señor nos la entregue: queremos ser los protagonistas, tomar la iniciativa, calcular nuestras fuerzas. No buscamos los planes de Dios para recibir el regalo, sino para ejecutarlos nosotros, como si tuviéramos capacidad para ello. Si Dios quiere realizar algo grande, dar al mundo la respuesta que necesita, lo tiene que hacer él. Nosotros nos empeñamos en llevarlo a cabo. Y, como no sabemos hacerlo, nos desesperamos, damos un paso atrás y dejamos de confiar en el Señor. A partir de ahí, como a D. Quijote, los molinos nos parecen gigantes y todas las dificultades nos parecen más grandes, porque con nuestras solas fuerzas no podemos realizar el plan de Dios. Lo descubren los mismos apóstoles: «Ellos se espantaron y comentaban: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”» (Mc 10,26-27). También a nosotros se nos ofrece la Tierra Prometida, el cielo está a nuestro alcance, Dios tiene perfectamente calculadas nuestra debilidad, nuestra capacidad y las dificultades. Pero nosotros tenemos miedo, nos miramos a nosotros mismos, dejamos de creer en lo imposible, pensamos que somos nosotros los que tenemos que alcanzar las metas y nos hundimos. Como le pasa a Pedro: le pide al Señor un imposible y empieza a caminar sobre el agua, pero deja de mirara al Señor, se fija sólo en las olas, se deja llevar por el miedo, por el sentido común y sus propias fuerzas y se hunde (Mt 14,22-31). Nunca creceremos en la vida espiritual si el motor somos nosotros: nuestras capacidades, virtudes, esfuerzos, propósitos. La vida cristiana es un don inexplicable y misterioso, como la elección del pueblo de Israel.
Como dice san Juan de la Cruz: «Porque esperanza del cielo tanto alcanza cuanto espera» (Poesías, 11).
La diferencia entre unos exploradores y otros es que unos miran con los ojos y otros miran con fe; unos miran lo que tienen que conquistar y otros miran lo que Dios les va a regalar. Por eso Caleb puede lanzarse a la conquista porque recuerda lo que Dios ha hecho y confía en lo que puede hacer. Lo dirá con más fuerza aún en el episodio siguiente.
Si creyéramos en Dios, todo nos sería posible: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible» (Mt 17,20). Nosotros, ciertamente tenemos un quehacer, explorar la tierra prometida: gozar anticipadamente de lo que Dios nos va a dar y darle gracias por ello. Y luego, sencillamente, recibirlo. Eso es lo que veremos en su momento en la toma de Jericó (Jos 6): hacen su parte, que es dar vueltas a la ciudad, y Dios hace su parte y caen las murallas. Esa falta de fe nos incapacita para obras grandes, y el Señor se queda con su regalo, cuando está a punto de dárnoslo, porque no tenemos el valor, la humildad y la alegría suficientes para recibirlo como un niño. Porque un niño no piensa si merece lo que se le quiere dar, si lo puede conseguir; simplemente lo toma y lo disfruta.
Rebelión del pueblo (Nm 14,1-9)

Texto bíblico
1Entonces toda la comunidad empezó a dar gritos y el pueblo se pasó llorando toda la noche. 2Los hijos de Israel murmuraban contra Moisés y Aarón, y toda la comunidad les decía: «¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto; o, si no, ojalá hubiéramos muerto en ese desierto! 3¿Por qué nos ha traído el Señor a esta tierra, para que caigamos a espada, y nuestras mujeres e hijos caigan cautivos? ¿No es mejor volvernos a Egipto?». 4Y se decían unos a otros: «Nombraremos un jefe y nos volveremos a Egipto».
5Moisés y Aarón se postraron rostro en tierra ante toda la comunidad de los hijos de Israel. 6Josué, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Jefuné, dos de los que habían explorado el país, se rasgaron los vestidos 7y dijeron a la comunidad de los hijos de Israel: «La tierra que hemos recorrido y explorado es una tierra excelente. 8Si el Señor nos es favorable, nos introducirá en ella y nos la entregará: es una tierra que mana leche y miel. 9Pero no os rebeléis contra el Señor ni temáis al pueblo del país, pues nos los comeremos. Su sombra protectora se ha apartado de ellos, mientras que el Señor está con nosotros. ¡No les tengáis miedo!» (Nm 14,1-9).
Lectio
Su falta de fe, de memoria y su insensatez los llevan a llorar y gritar la noche entera, porque experimentan su impotencia para conquistar la tierra por ellos mismos. Murmuran contra Moisés y Aarón, que han cumplido su tarea y los han llevado a las puertas de la Tierra Prometida. Tanta es su ceguera y su obstinación que se desean la muerte. Les da igual dónde, en Egipto o en el desierto, pero hubieran preferido haber muerto. De hecho, por su falta de fe van a morir en el desierto (Nm 14,35). Y, al final, sólo se les ocurre nombrar otro jefe para volver a Egipto, a la esclavitud, cuando están a un paso de entrar en la tierra que Dios les había prometido y ya pueden verla y gustar sus frutos.
Moisés y Aarón en señal de dolor e impotencia, sin saber qué hacer, se postran ante la comunidad. Y entonces aparecen dos jóvenes aguerridos, con memoria y con fe, que defienden la conquista y muestran su escándalo ante la reacción del pueblo.
Destaca en este momento Caleb, que repite y subraya el primer informe (Nm 13,27-29): la tierra es magnífica. Y además les recuerda que, no son ellos los que conquistarán la tierra, es el Señor el que se la va a entregar a su pueblo. Por eso les exhorta a no rebelarse contra el Señor. No tiene sentido enfrentarse a él. Es absurdo tener miedo a esos pueblos porque ya no tienen «su sombra protectora», es decir, sus dioses les han abandonado, son sombra comparados con el poder del Señor. Es tal la resistencia y la obstinación del pueblo que están a punto de apedrearlos (cf. 14,10).
¿Cómo es posible que, teniéndolo todo, se renuncie a todo? A nosotros se nos ha dado todo en Cristo resucitado: el Espíritu Santo, su mediación ante el Padre…, y, sin embargo, nos parece que la vida nueva, la santidad, es imposible. Y nos apuntamos a unos modelos de santidad mediocres y cómodos.
Reacción de Dios a la rebelión del pueblo (Nm 14,10-19)
Texto bíblico
10Pero la comunidad entera hablaba de apedrearlos, cuando la gloria del Señor apareció en la Tienda del Encuentro ante todos los hijos de Israel. 11El Señor dijo a Moisés: «¿Hasta cuándo me va a rechazar este pueblo? ¿Hasta cuándo van a desconfiar de mí, con todos los signos que he hecho entre ellos? 12Voy a herirlo de peste y a desheredarlo. Pero de ti sacaré un pueblo grande y más numeroso que ellos». 13Moisés replicó al Señor: «Se enterarán los egipcios, de entre los cuales sacaste poderosamente a este pueblo y se lo contarán a los habitantes de esta tierra; 14estos han oído decir que tú, Señor, estás en medio de este pueblo y te dejas ver cara a cara; y que tu Nube está sobre ellos y caminas delante de ellos en columna de nube de día, y en columna de fuego de noche; 15y oirán que has dado muerte a este pueblo como a un solo hombre. Entonces dirán las naciones que han oído hablar de ti: 16“El Señor no ha podido llevar a este pueblo a la tierra que les había prometido con juramento, por eso los ha matado en el desierto”. 17Por tanto, muestra tu gran fuerza, como lo has prometido diciendo: 18“Señor, lento a la ira y rico en piedad, que perdona la culpa y el delito, pero no lo deja impune, que castiga la culpa de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación”. 19Perdona, pues, la culpa de este pueblo, por tu gran piedad, igual que lo has soportado desde Egipto hasta aquí» (Nm 14,10-19).
Lectio
[vv. 10-12] El Señor se hace presente para hablar con su elegido, Moisés; no con el pueblo. Lo primeros que hace Dios es mostrarle a Moisés su indignación, se siente rechazado por su pueblo: no rechazan la Tierra Prometida, sus dones, sino a él, que es el que está detrás de sus dones. El pueblo no se fía de él a pesar de todos los signos que ha realizado a su favor y ante sus ojos.
Nos viene muy bien a nosotros saber que el Señor considera un rechazo a él en persona cuando rechazamos sus dones. A veces rechazamos los dones de Dios, porque nos comprometen, porque no nos sentimos capaces de hacer que produzcan fruto, o creemos que no los merecemos… Y, al rechazar sus dones, lo rechazamos a él. Y cuando no creemos que Dios pueda hacer milagros en nuestra vida -y la vida cristiana es una vida de milagros- no sólo impedimos nuestro crecimiento, sino que estamos rechazando a Dios.
De nuevo, el Señor se propone castigar al pueblo, rechazarlo, y hacerse un nuevo pueblo con la descendencia de Moisés (Ex 32,10). Y de nuevo, Moisés es puesto a prueba, de modo que el pecado del pueblo sirve para que Moisés crezca en la fe. Si rechazan la heredad de Dios, él los desheredará, los destruirá con la peste, para hacer un pueblo mayor -y mejor- a partir de la descendencia de Moisés. No faltaría a su promesa con los patriarcas, porque Moisés e hijo de Abrahán.
El Señor puede sacar pueblos más grandes que el nuestro, puede encontrar personas mejores que nosotros -más fieles, más santas- para construir su Iglesia; y, sin embargo, él ha elegido lo pequeño y lo débil.
[vv. 13-16] Y de nuevo, ante esa alternativa ventajosa para él, Moisés se muestra como mediador del pueblo ante Dios, y encuentra argumentos para evitar que Dios rechace a su pueblo: Dios no puede llevar a cabo este rechazo del pueblo, no por ellos, ni siquiera por Moisés, sino por su propia gloria, porque los demás pueblos pensarán que no es suficientemente poderoso para llevar a su pueblo a la tierra que le ha prometido, y su nombre va a ser denostado en toda la tierra.
No hay que olvidar que Dios se ha hecho presente y ha elegido a un pueblo para manifestar su verdadero rostro a todas las naciones. Si ahora ese rostro queda deformado y los demás pueblos pueden pensar que no es poderoso ni misericordioso, que no ha podido cumplir su palaba, no podrán encontrar el rostro verdadero de Dios.
Por lo tanto, la respuesta de Moisés, a parte de manifestar su humildad y su renuncia a ser el padre de un gran pueblo, ofrece a Dios un argumento verdadero y poderoso.
[vv. 17-19] En ese contexto, Moisés aprovecha la revelación de Dios para arrinconarlo: le recuerda a Dios el nombre que le ha mostrado (cf. Ex 34,6-17): «Lento a la ira y rico en piedad». Dios recuerda que Dios es rico en misericordia, aunque no olvida que no deja impune el pecado. Podemos decir que Moisés usa la revelación de Dios «contra» Dios mismo, porque en la medida en que se va revelando Dios se va comprometiendo, se va haciendo accesible y le va dando a Moisés argumentos para que forcejee contra él en la intercesión. De ese modo le pide que manifieste la poderosa misericordia que le define en esa situación.
Moisés no le pide que los deje impunes, pero sí que los perdone. Y Dios, dócil y humilde, vuelve a perdonar. Es lo que veremos a continuación.
Castigo del pueblo rebelde (Nm 14,20-38)
Texto bíblico
20El Señor respondió: «Le perdono, como me lo pides. 21Pero, ¡por mi vida y por la gloria del Señor que llena toda la tierra!, 22ninguno de los hombres que vieron mi gloria y los signos que hice en Egipto y en el desierto, y me han puesto a prueba diez veces ya, y no han escuchado mi voz; 23ninguno de ellos verá la tierra que prometí con juramento a sus padres. Nadie de los que me han rechazado la verá. 24Pero a mi siervo Caleb, que tuvo otro espíritu y me fue enteramente fiel, lo haré entrar en la tierra que ha visitado, y sus descendientes la poseerán. 25(Amalecitas y cananeos habitan en el valle). Mañana os dirigiréis al desierto, camino del mar Rojo».
26El Señor dijo a Moisés y Aarón: 27«¿Hasta cuándo seguirá esta comunidad malvada murmurando contra mí? He oído a los hijos de Israel murmurar de mí. 28Diles: “¡Por mi vida!, oráculo del Señor, que os haré lo que me habéis dicho a la cara: 29en este desierto caerán vuestros cadáveres, los de todos los que fuisteis censados, de veinte años para arriba, los que habéis murmurado contra mí. 30No entraréis en la tierra en la que juré estableceros. Solo exceptúo a Josué hijo de Nun y a Caleb hijo de Jefuné. 31A vuestros niños, de los que dijisteis que caerían cautivos, los haré entrar y conocerán la tierra que vosotros habéis despreciado. 32Vuestros cadáveres caerán en este desierto 33y vuestros hijos serán nómadas cuarenta años por el desierto, y cargarán con vuestra infidelidad, hasta que se consuman vuestros cadáveres en el desierto. 34Según el número de los días que empleasteis en explorar la tierra, cuarenta días, cargaréis con vuestra culpa cuarenta años, un año por cada día. Para que sepáis lo que es desobedecerme”. 35Yo, el Señor, juro que haré esto a la comunidad que se ha amotinado contra mí: en este desierto se consumirán y en él morirán».
36Los hombres que había enviado Moisés a explorar la tierra, los que al volver habían incitado a toda la comunidad a murmurar contra él, tratando de desacreditar la tierra, 37y que, al volver desacreditaron la tierra, cayeron fulminados ante del Señor. 38Pero Josué, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Jefuné, quedaron con vida: ellos solos de entre todos los hombres que habían explorado la tierra (Nm 14,20-38).
Lectio
Después de tanto tiempo peregrinando por el desierto pasando penalidades, a la espera de una tierra prometida, cuando tienen la meta al alcance, por miedo, por falta de fe y confianza en el Señor, renuncian a la Tierra Prometida que se les ha ofrecido. Y Dios les toma la palabra: no entrarán en la Tierra Prometida. Deben volver hacia el mar Rojo. Pudiéndolo tener todo se quedan sin nada.
Dios no deja impune la rebeldía de Israel. Merece un castigo porque contemplaron los signos y la gloria de Yahweh y no se fiaron de él. Hasta diez veces han desconfiado de su palabra. En consecuencia, no entrarán en la Tierra Prometida.
Por otro lado, el castigo del Señor no es absurdo: un pueblo que ha vivido como esclavo y está acostumbrado a la esclavitud no va a luchar como un pueblo aguerrido contra los pueblos que habitan en la tierra que debe conquistar. Aunque Dios les va a regalar la tierra, ellos deben tomarla en posesión. Esos cuarenta años por el desierto les van a hacer fuertes, va a surgir una nueva generación que ya no conoce la esclavitud, que ha vivido la dureza del desierto y estará preparada para el combate.
Ellos han rechazado a Dios, han desconfiado de él y de su poder, y nosotros debemos saber que rechazar los dones de Dios es desconfiar de él y rechazarlo a él. «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21). A la hora de la verdad los israelitas se entusiasman cuando todo les va bien: cuando cruzan el mar Rojo, cuando reciben el maná y sacan agua de la roca…; pero la prueba verdadera de la confianza es cumplir la voluntad de Dios cuando todo parece en contra. Ésa es la misma prueba que debemos superar nosotros: se nos ofrecen todos los dones de Dios, y nosotros tendemos siempre a desconfiar. No basta con decir en un momento de euforia que daremos la vida por él, hay que fiarse de Dios, cumplir su voluntad. El amor a Dios se tiene que manifestar en la obediencia a sus mandatos: «El que me ama guardará mi palabra» (Jn 14,23).
Rechazan a Dios, no entran en la dinámica de la confianza que implica la alianza. Siguen pensando que son ellos los que tienen que hacer y conseguir sus metas, aunque Dios les tenga que echar una mano para ello. Es la misma forma de pensar que tienen los demás pueblos con sus dioses: ellos son los protagonistas de su historia, pero les piden a su deidad que les ayude. Dios ha elegido a Israel para lo contrario: Dios es el que propone los objetivos, el que fija el camino, el que da la fuerza…, y pide colaboración a su pueblo. Los israelitas se quedan fuera de la Tierra Prometida porque no era como ellos pensaban y porque no iban a tener las facilidades que esperaban para entrar en ella.
Incluso como cristianos, en vez de seguir la dinámica de Dios en la que él quien propone el plan y da la fuerza al hombre para que colabore en lo que él ha proyectado, nosotros nos proponemos los objetivos, decidimos lo que queremos hacer y le pedimos ayuda a Dios para conseguirlo. Muchos jóvenes cristianos, ante las decisiones que deben tomar para el futuro, no se plantean la voluntad de Dios para llevarla a cabo con su gracia, sino que se plantean lo que les gusta o lo que quieren y le piden a Dios ayuda para realizarlo: matrimonio, trabajo… Muchos cristianos no nos fiamos de que sea el Señor el que plantee los objetivos y nos empeñamos en los nuestros, en hacer nuestra vida.
El castigo va a ser concederles lo que han pedido: «Ojalá hubiéramos muerto en Egipto» (14,2); y el Señor se lo concede. No se trata sólo de justicia, sino de prudencia, porque no están preparados: tienen miedo, no se fían de Dios, así no pueden tomar posesión de la Tierra Prometida. Van a necesitar cuarenta años de pedagogía para que el pueblo rebelde se convierta en un pueblo confiado. Dios no va a perder el tiempo durante esos cuarenta años haciéndoles vagar sin sentido por el desierto, sino que seguirá probándolos y haciéndolos madurar. Estos hombres que se han rebelado necesitan aprender a obedecer y a confiar en que Dios no los deja solos. Todas las peripecias que quedan por delante servirán para que Dios eduque a su pueblo. Él se va a acomodar al ritmo de su torpeza.
Es muy interesante para aplicarlo a nosotros: Dios también se acomoda a nuestro ritmo cuando nos resistimos a la acción de su gracia. Lo que puede parecernos un castigo, en realidad es caridad y prudencia por parte de Dios ante nuestra debilidad y rebeldía.
Los profetas hablarán del desierto como el tiempo de noviazgo entre Yahweh e Israel, porque es el tiempo que el pueblo necesita para conocer a Dios, para adaptarse y aprender cómo los guía el Señor.
El castigo completo consiste en que nadie va a entrar en el Tierra Prometida, salvo los que han sido fieles, Caleb y Josué. Además, los menores de veinte años, que no tienen culpa porque no pueden decidir, van a entrar en la meta, pero van a pagar el precio altísimo de los cuarenta años de camino por el desierto. Los demás van a morir en el desierto. Y, enseguida, al día siguiente se van a encaminar al mar Rojo, alejándose de la heredad que Dios les había prometido. Tienen delante el terrible horizonte de cuarenta años de peregrinar por el desierto porque no han sido capaces de acoger lo que Dios les ofrece. El signo visible del poder del Dios que castiga es que caen fulminados los diez exploradores rebeldes.
Todo esto nos tiene que hacer reflexionar siguiendo la indicación de san Pablo: «Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros […]. Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades» (1Co 10,5-6.11). También nosotros, los que hemos recibido muchos dones, podemos quedarnos a la puerta sin entrar a gustar las promesas de Dios (cf. Hb 4,1-11).
Vano intento de entrar en la Tierra Prometida (Nm 14,39-45)

Texto bíblico
39Moisés comunicó estas palabras a todos los hijos de Israel. Y el pueblo hizo un gran duelo. 40Madrugaron al día siguiente y subieron a la cumbre del monte, diciendo: «Aquí estamos: vamos a subir a ese lugar a propósito del cual ha dicho el Señor que hemos pecado». 41Moisés les respondió: «¿Por qué hacéis eso, quebrantando la orden del Señor? Será un fracaso. 42No subáis, porque el Señor no está en medio de vosotros, y seréis derrotados por vuestros enemigos. 43Porque los amalecitas y los cananeos están allí para haceros frente, y caeréis a filo de espada, pues habéis abandonado al Señor y el Señor no está ya con vosotros».
44Pero ellos se obstinaron en subir a la cumbre del monte, mientras que ni el Arca de la Alianza del Señor ni Moisés se movieron del campamento. 45Bajaron los amalecitas y los cananeos que habitaban en aquella montaña, los derrotaron y los destrozaron hasta llegar a Jormá (Nm 14,39-45).
Lectio
Israel reacciona ante el castigo de Dios como si no hubiera pasado nada, como si pudieran ignorar lo que han hecho y sus consecuencias. La voluntad de Dios ante la rebelión es que vuelvan atrás hacia el mar Rojo; y ahora quieren conquistar la tierra con sus propias fuerzas. Intentan conquistar la tierra con un valor que han demostrado que no tenían, ante unos pueblos más fuertes que ellos y, lo que es más importante, sin la ayuda del Señor. Ahora lo único que quieren es entrar en la Tierra Prometida como si no hubiera sucedido su miedo y su descofianza. Buscan una posibilidad de apodarse de la tierra evitando estar cuarenta años vagando por el desierto, aunque sea en contra de la voluntad de Dios. No son conscientes de la maldad de lo que han hecho, ni de las consecuencias de su pecado, ni de su verdadera situación. Cambian de opción sin reflexionar: ahora sí quieren apoderarse de la Tierra Prometida. Las consecuencias serán terribles.
Eso nos debe enseñar que el verdadero arrepentimiento cuenta siempre con las consecuencias del pecado. El pecador no puede partir de la situación anterior al pecado. Cuando hemos pecado, como el pueblo de Israel, tenemos que obedecer desde la situación provocada por nuestro pecado, no podemos pensar que el arrepentimiento consiste en ignorar el pecado y empezar como si nada hubiera pasado. El falso arrepentimiento no cae en la cuenta de la malicia del pecado, no reflexiona sobre la gravedad de lo que se ha hecho. Cuando nos rebelamos y pecamos no podemos hacer como si no hubiera pasado nada; es necesario asumir las consecuencias de nuestra traición y de nuestro pecado. Hay que obedecer al Señor, pero desde la situación en la que estamos, desde donde Dios se dirige a nosotros. Si nos cerramos a la voluntad de Dios, debemos pagar el precio de nuestro pecado, sabiendo que en el castigo Dios nos está redimiendo. Dios nos da una nueva oportunidad y no debemos saltarnos ese momento de arrepentimiento, de dolor, de reconocimiento humilde. Es un grave error querer redimirnos a nosotros mismos. Es muy frecuente que procuremos reflexionar poco en nuestros errores y en nuestros pecados para intentar rehacer inmediatamente el proyecto de nuestra vida sin contar con Dios.
Este intento de entrar en la Tierra Prometida no está guiado por la obediencia a Dios, sino por la soberbia del que pretende eludir el castigo: como no quieren cuarenta años de castigo caminando por el desierto, ahora pretenden conquistar la tierra. Repiten el pecado de Adán y Eva: quieren arrebatar el fruto que Dios les iba a regalar; lo que podían haber recibido como niños inocentes, lo quieren coger cuando conocen la malicia de haberse opuesto al Señor. Pretenden ahora con sus propias fuerzas lo que se negaron a recibir con la ayuda del Señor. Cuando contaban con el auxilio del Señor se centraron en sus propias capacidades para dejarse llevar por el cálculo humano y por el miedo; ahora que Dios les ha abandonado por su culpa, lo van a intentar con sus solas fuerzas. También se parece a lo que hizo Moisés, antes de encontrarse con Dios en la zarza, cuando mata a aquel egipcio para salvar a un israelita oprimido: intenta arreglar la opresión de su pueblo a su manera y con sus fuerzas, sin darse cuenta de que no puede nada sin el Señor.
Moisés intenta convencerlos, pero son incapaces de hacerle caso:
Entonces me respondisteis: «Hemos pecado contra el Señor. Nosotros subiremos a combatir, como el Señor nuestro Dios nos ha mandado». Y os ceñisteis las armas y osasteis subir a la montaña. Pero el Señor me dijo: «Diles: No subáis a combatir, para que no seáis derrotados por vuestros enemigos, pues yo no estaré con vosotros». Yo os lo dije, pero no me escuchasteis, os rebelasteis contra la orden del Señor y os obstinasteis en subir a la montaña. Los amorreos, que habitan en esa montaña, salieron a vuestro encuentro, os persiguieron como lo hacen las abejas y os derrotaron desde Seír hasta Jormá. Entonces volvisteis y llorasteis ante el Señor, pero el Señor no escuchó vuestra voz ni os hizo caso. Por eso tuvisteis que pasar tanto tiempo en Cadés; todo el tiempo que habéis estado allí (Dt 1,41-46).
Es de nuevo la rebeldía, apoyada en la obstinación de que tienen que realizarse sus planes a su modo, incluso contra la voluntad de Dios. No se dan cuenta de que el Señor ya no está con ellos en ese combate.
Nos cuesta mucho aprender que el cielo, como la Tierra prometida, como todo lo que Dios nos da, son dones. No los podemos conquistar con nuestras fuerzas. Es algo que tenemos que recibir y para hacerlo necesitamos humildad, docilidad y obediencia. Como queremos ser los protagonistas de la conquista del cielo, no dejamos a Dios que nos lo regale.
Cuando el pueblo ha pecado de rebeldía hace como si no hubiera pasado nada. ¿Cuál es la actitud correcta ante el pecado? ¿Cómo debería haber actuado? Podemos encontrar una respuesta en la misma Escritura. Cuando los filisteos vencen a los israelitas a causa de la infidelidad de los hijos del sacerdote Elí, no se paran a reflexionan sobre las verdaderas causas de la derrota. Piensan que basta con traer el Arca de la Alianza para derrotarlos. Se obstinan en buscar sus soluciones sin reconocer su pecado:
Por entonces salió Israel a la guerra contra los filisteos y acamparon en Ebenézer, mientras los filisteos acamparon en Afec. Los filisteos formaron frente a Israel, la batalla se extendió e Israel fue derrotado por los filisteos. Abatieron en el campo unos cuatro mil hombres de la formación. Cuando la tropa volvió al campamento, dijeron los ancianos de Israel: «¿Por qué nos ha derrotado hoy el Señor frente a los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor. Que venga entre nosotros y nos salve de la mano de nuestros enemigos». El pueblo envió gente a Siló para que trajeran de allí el Arca de la Alianza del Señor del universo, que se sienta sobre querubines. Allí, junto al Arca de la Alianza de Dios, se encontraban Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.
Cuando el Arca de la Alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel prorrumpió en un gran alarido y la tierra se estremeció. Los filisteos oyeron la voz del alarido, y se preguntaron: «¿Qué es ese gran alarido en el campamento de los hebreos?». Y supieron que el Arca del Señor había llegado al campamento. Los filisteos se sintieron atemorizados y dijeron: «Dios ha venido al campamento». Después gritaron: «¡Ay de nosotros!, nada parecido nos había ocurrido antes. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de estos poderosos dioses? Estos son los dioses que golpearon a Egipto con todo tipo de plagas en el desierto. Filisteos, cobrad fuerzas y portaos como hombres, para que no tengáis que servir a los hebreos, como os han servido a vosotros. Portaos como hombres y luchad». Los filisteos lucharon e Israel fue derrotado. Cada uno huyó a su tienda. Fue una gran derrota: cayeron treinta mil infantes de Israel. El Arca de Dios fue apresada y murieron Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí (1Sm 4,1-11).
No son capaces de reflexionar después de haber perdido cuatro mil hombres en la primera batalla. No quieren pensar sobre lo que han hecho mal y descubrir el pecado que los ha llevado a la derrota. Y buscan una solución intentando utilizar a Dios. Piensan que cuentan con la ayuda del Señor, pero él no los va a ayudar en combates que no sean los suyos, ni los va a ayudar a ser inconscientes de su pecado e intentar ocultarlo. El fruto es que se enfrentan a los filisteos según sus planes y sus propias fuerzas, y en este segundo combate sufren treinta mil bajas. Es lo mismo que hicieron los israelitas cuando pretendieron conquistar la Tierra Prometida contra la voluntad de Dios.
Lo mismo nos pasa frecuentemente a nosotros. Si planeamos e intentamos acciones pastorales o caritativas que no son las que el Señor quiere, fracasamos porque no contamos con la ayuda del Señor. Y entonces reaccionamos poniendo más empeño por nuestra parte, y repetimos el fracaso una y otra vez. Cuando hacemos nuestras apuestas debemos tener la garantía de que son las apuestas de Dios. Tengo que pensar cuáles son las batallas del Señor y debo adaptarme a su ritmo. No puedo imponerle al Señor un plan que él no quiere. Y no debo manipularle pensando que, puesto que soy suyo, puedo atreverme a lo que a mí me parece. Porque en eso que yo me propongo por mi cuenta no voy a tener su ayuda. Fracasamos con tanta frecuencia porque son nuestros planes y nuestros propósitos lo que intentamos, no los de Dios. Pretendo que él respalde lo que a mí me parece. Dios no se deja manipular. No podemos tomar iniciativas pensando que Dios respalde cualquier cosa; y no podemos compensar nuestros pecados de cualquier manera: hay que reconocer el error y no repetirlo arreglándolo como a mí me parece. Basta con plantearse cuál es la voluntad del Señor. Quizá la gran dificultad para la santidad es el discernimiento: querer de verdad conocer lo que Dios quiere de mí. Y, si no lo sé, no debo dar pasos en falso. Debo esperar, aunque sea durante años, a que Dios me manifieste su voluntad. Hay que saber esperar y seguir el ritmo del Señor. No nos interesa el discernimiento porque preferimos nuestros planes al plan de Dios. Lo que queremos es que Dios se acomode a nuestros planes; eso sí, con la ayuda del Señor, para que nos resulte más cómodo. No queremos realizar el plan del Señor muriendo a nosotros mismos. Los santos, por el contrario, se comprometen en una obra que no es la suya -como vemos en Moisés- y por eso tienen la garantía de que esa obra va a tener éxito.
Un ejemplo de cómo se puede afrontar el error y el pecado y cómo se puede reaccionar después del castigo es lo que hace David después del gran pecado de cometer adulterio con la mujer de Urías y ordenar su muerte para ocultar su delito (2Sm 11). Es muy significativa la reacción de David cuando el profeta le echa en cara su pecado y el castigo que va a recibir: va a morir el hijo que ha concebido con la mujer de Urías.
El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David y cayó enfermo. David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches acostado en tierra. Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno. Al séptimo día murió el niño. Los servidores de David temían comunicarle su muerte, pensando: «Si mientras vivía aún el niño le hablábamos y no nos escuchaba, ¿cómo decirle ahora que ha muerto? Haría un disparate». Al ver David que sus servidores cuchicheaban, comprendió que el niño había muerto. Les preguntó: «¿Ha muerto el niño?». Respondieron: «Sí». Entonces David se alzó del suelo, se lavó, se ungió, se mudó de ropa y, entrando en el templo del Señor, se postró. Volvió a casa, pidió que le pusieran comida y comió (2Sm 12,15-20).
David es consciente de que ha pecado: ha ofendido a Dios y de que merece el castigo. Pero está decidido a poner todo lo que está en su mano para intentar convencer a Dios de que perdone la vida del niño. Reacciona con todas sus fuerzas, pero consciente de la realidad de su pecado y de la responsabilidad de hacer oración y penitencia. Y cuando Dios cumple su palabra, a pesar de su oración y su ayuno, se postra ante Dios, sin resentimiento contra Dios, porque se reconoce culpable de lo que ha sucedido y acude a Dios con obediencia y docilidad. David quería a ese niño, pero tiene que aceptar las consecuencias de su pecado y la voluntad de Dios. Fruto de esa reacción es que va a consolar a Betsabé y de esa unión nace Salomón. La reacción ante su pecado no fue la rebeldía, sino el reconocimiento del propio pecado, la petición, la espera…; y, cuando muere el niño, no se rebela, acepta las consecuencias de su pecado, se humilla ante Dios y se adapta a su voluntad.
Reflexiones finales sobre el libro del Éxodo
Terminamos esta lectura contemplativa del libro del Éxodo dejando a los israelitas en su caminar durante cuarenta años por el desierto. En otra serie de temas iremos leyendo lo que le sucede al pueblo en ese caminar hasta que entran efectivamente en la Tierra Prometida e intentaremos escrutar alguno de los discursos de Moisés de ese período que se contienen en el libro del Deuteronomio.
Al terminar todo este recorrido por el libro del Éxodo podemos extraer algunas conclusiones generales:
1. Como anunciábamos al principio de estos temas, ahora podemos ratificar que la Palabra de Dios está escrita para nuestra instrucción, no para nuestro estudio académico, para que la controlemos científicamente, sino para que la amemos, la acunemos en el corazón y la cumplamos:
Todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza (Rm 15,4).
Si no conocemos la Escritura, no vamos a tener la virtud teologal de la esperanza ni vamos a encontrar el consuelo de Dios en este mundo.
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros […]. Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1Co 10,6.11).
Si nosotros no recibimos todos estos acontecimientos y enseñanzas del libro del Éxodo como dirigidos a nosotros, se habrá frustrado la intención de la Palabra de Dios. El objetivo no es que conozcamos el contexto histórico o las tradiciones del Pentateuco. Todo ese conocimiento es vital, pero para comprender, aprovechar y disfrutar el contenido de la Palabra que se dirige a nosotros hoy. El estudio «científico» de la Palabra es bueno cuando nos ayuda a penetrar la Palabra de Dios; pero la Palabra de Dios no está escrita para que nos conformemos con ese estudio, sino para que la acojamos en la lectio y en la liturgia para que la vivamos. Es lo mismo que nos pasa con Jesús: es bueno conocer el ambiente en que vivió Jesús, las costumbres, la religión, la política, el lenguaje, la geografía…, pero sólo si nos lleva al encuentro con el Hijo de Dios que es la segunda persona de la Trinidad que se ha hecho hombre. El conocimiento de su humanidad, por todos los medios posibles, nos tiene que llevar a su divinidad.
2. Debemos retener de este recorrido por el Éxodo, la figura de Moisés como modelo de la vocación cristiana. Es un elegido. Contemplamos en él misterio de la predestinación: Dios elige a Moisés y a nosotros nos ha predestinado a ser sus hijos (Ef 1,5), «a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó» (Rm 8,30). No podemos descubrir el porqué de esa elección. Moisés quiere cambiar el mundo con sus fuerzas y aparece enseguida el fracaso y la amargura. Dios se le manifiesta y Moisés se deja arrastrar por Dios, se deja llevar con humildad a la intimidad y a la amistad. Porque Dios no quiere instrumentos, no nos utiliza ni nos manipula, Dios quiere amigos que le sirvan, que colaboren con él. Esa intimidad y amistad acaba en la santidad de Moisés: se le comunica la santidad de Dios, refleja en su rostro la gloria de Dios. Y esta relación tan especial con Dios lo convierte en un especial intercesor entre Dios y el pueblo: cada vez más lejos del pueblo y más dentro del ámbito de Dios; y cada vez más eficaz en favor del pueblo y más cercano a él en cierto sentido. Lo mismo que le pasa a la Virgen María. Es muy importante descubrir en Moisés que la intimidad con Dios y la santidad es lo que capacita para la intercesión. Como Moisés, no se trata de dar una respuesta directa a los problemas, sino dejarse machacar por el pueblo y esperar la acción de Dios.
3. Debemos retener de todo este recorrido que Dios nunca olvida sus promesas ni abandona a sus elegidos. Conserva en su corazón y es fiel a lo que dijo a Abrahán, a Isaac y a Jacob. Cuatrocientos treinta años después Dios cumple sus promesas: «Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión» (2Pe 3,8-9).
4. Dios es siempre el que lleva la iniciativa. Es un gran error que seamos nosotros los que pretendamos llevar a cabo nuestros planes.
5. Dios quiere darse a conocer, tiene interés en que le conozcamos. Por eso revela su nombre y da a conocer su gloria. Tiene interés en darnos medios para que podamos dialogar con él, incluso para que entremos en controversia con él. Caemos en el error de actuar como si Dios no quisiera que le conociéramos, como si fuera él quien nos lo pone difícil. El problema es que nosotros queremos todo: estar cerca de Dios, pero no demasiado para mantener a salvo mis intereses; conocerle, pero sin que me implique; calentarme, pero no quemarme. Ése es el problema: no que Dios no se quiera dar a conocer, sino que nosotros no queremos conocerle de verdad porque nos implica y nos complica la vida. No es que sea difícil alcanzar la santidad, sino que nadie quiere recibir la santidad. No queremos ser santos, sino hacer nuestra vida y que él respalde nuestros planes. Dios quiere que le conozcamos de modo que entremos en su intimidad. La santidad no es difícil, pero compromete. Tenemos que partir de esa situación ambigua y contradictoria para pedirle humildemente que actúe en nuestra vida real.
6. Estos episodios del Éxodo nos demuestran el poder de Dios: es omnipotente, tremendo, nada se le resiste; pero sólo utiliza ese poder para mostrar su misericordia, en favor de los débiles, de los que se han puesto en sus manos. Dios no puede hacer más milagros porque ya tenemos todo, no lo necesitamos. No hace ostentación de su poder, sino que la misericordia guía su poder.
Terminamos con las palabras de un padre de la Iglesia, san Efrén el sirio:
¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrara su reflexión.
Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.
Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco (San Efrén, Comentario al Diatésaron, 1,18-19).
Hemos ido sacando del libro del Éxodo lo que hemos podido, lo que necesitábamos…, pero no pensemos que lo hemos agotado, que lo dominamos, que no tiene mucho más que decirnos en el futuro, en otras circunstancias.
La Palabra de Dios es una fuente inagotable y, sin ella, nos morimos de sed. Si nos limitamos a interpretarla literalmente, técnicamente, científicamente, nos morimos de sed, mata y no da vida. Leída con el corazón de la Iglesia, unidos a los Santos Padres, desde la Liturgia, asimilada sapiencialmente en la oración es la fuente de la vida.
Cada uno puede y debe encontrar en la Escritura el alimento que necesita. Los que empiezan acercarse a ella tienen tiempo para adentrarse en ella y recoger muchos frutos; que vayan buscando y encontrando con calma esos tesoros escondidos en el campo; los que tienen más formación y un recorrido más largo en la lectura de la Palabra, que no piensen que han agotado lo que tiene que decirles, les queda mucho más por descubrir. Dios es inagotable, su Palabra es extraordinaria, no podemos agotarla de ningún modo.
El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.
















