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Al hablar de «misión» surge espontáneamente la cuestión de la acción y de la «eficacia». ¿Tiene algún tipo de eficacia la vida contemplativa? Aunque resulta muy delicado hablar de «eficacia» en este campo, hay que responder que sí existe una verdadera eficacia en la vida contemplativa, aunque no se trate de la eficacia que entiende el mundo. Para empezar hemos de defender con fuerza que el contemplativo aporta la eficacia de su vida a la glorificación de Dios y al crecimiento de la Iglesia, y esto está por encima de los quehaceres concretos en los que se desarrolla su existencia y del resultado material de los mismos. El Evangelio y la misma vida de Jesús nos ofrecen garantías suficientes de que la propia vida entregada, unida a la de Jesucristo, contribuye de la manera más eficaz al apostolado invisible de la Iglesia. Estamos claramente en el terreno de la eficacia del amor, por encima de la eficacia de la mera acción. Es lo que afirma san Juan de la Cruz con rotundidad:

Porque es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas (Cántico B, 29,2).

Esta afirmación se apoya en algunas enseñanzas fundamentales de Jesús:

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos (Jn 15,8).

Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca (Jn 15,16).

El grano de trigo «si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).

El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante (Jn 15,5).

Recordemos que el mismo Jesús nos descubre que el fruto depende del ser, al hablarnos del árbol bueno que da frutos buenos (cf. Lc 6,43), o la tierra buena que da fruto abundante (cf. Mt 13,8).

Para poder desarrollar la verdadera eficacia de su vocación, el contemplativo debe «permanecer» en Cristo, estableciendo con él una unión permanente; para lo cual tiene que entrar en un modo de orar que le identifique plenamente con Cristo y le permita orar «en su nombre», es decir, unido a él, y así le asegure el fruto de la oración:

Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará (Jn 16,23; 15,16).

Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará (Jn 15,7).

Con ocasión del intento fallido de expulsar un demonio1, los discípulos de Jesús se encontraron con la decepción de ver que su intercesión no era eficaz. Y la respuesta del Señor nos ilumina también a nosotros sobre la validez permanente de la oración: «Esta especie solo puede salir con oración» (Mc 9,29). En el fondo, no se trata tanto de la eficacia de la oración, sino de la eficacia del amor, que no es otra que la eficacia de la cruz. Es lo que afirmamos cuando decimos que creemos que Jesucristo nos ha redimido del pecado y nos ha dado la nueva vida de la gracia, y esto lo ha realizado abajándose a la condición humana por amor a nosotros, hasta llegar al sacrificio total de su vida en el Calvario. Si aceptamos la fecundidad de este amor del Señor, hemos de creer que nuestra vida tendrá esa misma eficacia si seguimos sus huellas y hacemos nuestra su vida. Así lo dice el beato Carlos de Foucauld:

Nuestro anonadamiento es el medio más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas […] Cuando se puede sufrir y amar, se puede mucho; se puede lo más que se puede en este mundo; se siente el sufrimiento, no se siente siempre cuando se ama, y esto es un sufrimiento más; pero se sabe que se querría amar, y querer amar es amar (Carta de 1 de diciembre de 1916, a Marie de Bondy).

En este texto, además de las acertadas precisiones sobre la verdadera eficacia de nuestra vida, encontramos una importante referencia al sentimiento, al que damos frecuentemente demasiada importancia. Al hablar de eficacia del amor no nos referimos a la eficacia de «sentir» el amor. El amor basta por sí solo; y si carece de sentimientos o compensaciones afectivas, mejor, porque será un amor más auténtico y purificado.


NOTAS

  1. Cf. Mc 9,14-29.