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Llegados a este punto, es necesario hacer un inciso importante. Todo lo que venimos tratando hasta aquí se refiere a la vocación contemplativa, que surge de lo que se denomina «segunda conversión». Se trata de la gracia de un encuentro consciente y vivo con Dios, que se convierte en el motor de una profunda transformación personal que pone en marcha una vocación contemplativa. Suele aparecer como una gracia sensible, concreta y fuerte, que marca un hito en la propia vida. A partir de ese momento es normal recibir otras gracias sensibles que ayudan a descubrir, con fuerza y claridad indiscutibles, que Dios está llamando a una vida nueva y que ofrece un proyecto de vida muy concreto. Estamos ante un plan divino que pasa por una identificación amorosa con Jesucristo, por medio de la acción del Espíritu Santo, y que tiene como finalidad transformar nuestra vida en Dios y hacernos eficaces instrumentos de la obra de la redención.

A partir de la «segunda conversión», el alma es irresistiblemente atraída hacia Dios con toda la fuerza del amor sobrenatural, que Dios infunde en ella; lo que da origen a lo que venimos denominando «vocación contemplativa». Por esa razón hemos partido de esta base, y en adelante será la referencia fundamental sobre la que iremos construyendo el edificio de esta vocación y de la misión que comporta.

Sin embargo, antes de continuar, es necesario que tengamos en cuenta que la vocación contemplativa puede desarrollarse a partir de otra base, sin que ello suponga que se limite el horizonte de plenitud y santidad al que apunta necesariamente esta vocación. En realidad, la experiencia de la «segunda conversión» no es algo generalizado entre los cristianos, aunque responda al proyecto general de Dios, que quiere llevarnos a todos a gozar de su intimidad por el camino del amor; pero las circunstancias, los condicionantes personales y, sobre todo, la falta de una disposición adecuada hacen que esta gracia sólo la descubran unos pocos. Por esta razón no podemos apoyarnos en este fundamento como el único punto de partida para una vida contemplativa, puesto que ésta sólo estaría entonces al alcance de unos pocos privilegiados, y dejaría fuera de la misma a muchas personas que tienen un serio deseo de encontrarse con el Dios vivo y una voluntad decidida de servirle radicalmente, pero carecen de una gracia sensible que los impulse con fuerza a ello.

Es evidente que la mayor parte de los cristianos carecen de este tipo de experiencias o, aunque las hayan tenido, no son conscientes de ellas. En cualquier caso, no es algo que suscite interés en nuestros días, en los que la fe es tan superficial que hace prácticamente imposible la acción transformante de la gracia. De hecho es mucho más fácil que un gran pecador se haga santo que un cristiano mediocre se convierta en un buen cristiano.

Pero existen también otros cristianos, más de los que parece, que aspiran a la santidad aunque carezcan del empuje sensible de este tipo de gracias. No poseen, ciertamente, la experiencia sensible que les proporcione el impulso espiritual que se suele creer necesario para ponerse en marcha por el camino que lleva a la unión con Dios. Sin embargo, experimentan una fuerte atracción por la vida interior, una añoranza clara de un encuentro vivo y personal con Dios y una significativa sintonía con los valores propios de la vida contemplativa.

A la hora de valorar la base sobre la que se construye la vida contemplativa, lo primero que hay que afirmar es que los elementos que determinan el discernimiento a favor de una vocación contemplativa no tienen por qué ser fundamentalmente de orden sensible o extraordinario. La clave de este discernimiento se encuentra en la sintonía con los valores y bienes sobrenaturales que constituyen la vida contemplativa; una sintonía, que puede reconocerse por un impulso positivo sensible o por un deseo consciente de algo a lo que uno se sabe llamado, aunque le parezca lejano o inaccesible.

La principal dificultad de este segundo punto de partida estriba en que la falta de un estímulo fuerte induce a creer que, sin él, es imposible aspirar a una vocación de altura; cuando realmente es este convencimiento de que es imposible, el que cierra la puerta a las gracias que desarrollan la vida contemplativa, la cuales no tienen que ser necesariamente extraordinarias y sensibles.

En el fondo, nos encontramos ante dos puntos de partida no tan diferentes como parecen a simple vista. En algunos casos la diferencia está en el momento de la vida en que se recibe la gracia de esta vocación y en el modo en que se reconoce. Si toda vocación se sustenta en un llamamiento y una capacitación por parte de Dios, la vocación contemplativa tiene su raíz en un llamamiento a la intimidad y radicalidad en el amor, y en la transformación del corazón para hacerlo capaz de una profunda comunión de amor con Dios. Cuando esta gracia se recibe en la juventud o en la edad adulta, es normal que el sujeto tenga una clara experiencia de algo que percibe en su interior como nuevo, y que puede comparar con lo que existe a su alrededor para cerciorarse de la grandeza y novedad del don que recibe. Pero si este descubrimiento se da en la infancia, no existen apenas mecanismos que permitan valorar objetivamente una experiencia de este tipo, de modo que se acepta como normal lo que es un don peculiar y extraordinario. Si, además y como suele suceder, el niño no cuenta con la ayuda de alguien que intuya en él esta gracia y sepa ayudarle a encajarla en su vida, todo queda reducido, con el tiempo, a una vaga impresión de fervor infantil. Sólo más adelante, cuando tenga ocasión de encontrar cerca a personas o instituciones que hagan referencia a los valores propios de la vida contemplativa, podrá reconocer en su interior un deseo insatisfecho de algo que quizá ya no se permite a sí mismo buscar.

También existe el caso, no infrecuente, de todos aquellos que no han podido reconocer o hacer fructificar esta gracia por estar condicionados por un ambiente contrario, por determinadas limitaciones psicológicas o por carecer de la ayuda necesaria. Aunque no se trata ya de niños, quizá no exista responsabilidad en el bloqueo al que se ve sometida la gracia; pero eso no evita la desorientación en el discernimiento y la posible pérdida del sentido vocacional de la vida.

El discernimiento en estos casos pasa por reconocer la existencia de una serie de gracias y dones, más o menos sensibles, pero que no se han desarrollado por falta de respuesta. Esto sucede, por ejemplo, cuando no se cree en estas gracias y no se responde a ellas, bien por la poca edad del sujeto, por la presión externa a la que está sometido, por la falta de fidelidad al llamamiento de Dios, por el bloqueo espiritual al que llevan los miedos o por la incongruencia prolongada entre lo que se ve y lo que se vive, que acaba apagando la gracia.

En cualquier caso, cuando no se secunda el plan de Dios, el sujeto deja de percibir su gracia para sentir más bien el vacío y la aridez a los que lleva la decisión de tomar un camino distinto al que Dios le ofrece. En esta situación puede experimentar una cierta sintonía teórica con esos valores por los que sintió cierta atracción y vislumbró como su plenitud, pero por los que actualmente no se siente afectivamente atraído, como consecuencia de su desorientación o del rechazo, más o menos consciente, que ha hecho de esos valores.

Este tipo de situaciones conllevan diferentes formas de responsabilidad, dependiendo del grado de conciencia, de libertad y de decisión que tenga cada persona en relación con la gracia de Dios.

Nos encontramos, pues, ante situaciones distintas pero que poseen, con frecuencia, una apoyatura semejante, pues sólo se diferencian en que la gracia vocacional ha quedado enterrada en el pasado y no tiene la fuerza que se percibe cuando se descubre conscientemente por primera vez en la edad adulta.

Para iniciar el proceso vocacional desde esta situación hay que empezar por reconocer claramente la realidad de la que se parte y aceptar la meta a la que Dios llama, apostando por recorrer el camino que media entre ambos puntos con realista generosidad y entrega, sin esperar apoyos sensibles que dulcifiquen la cruz. Este paso es un verdadero salto en fe, que permite salvar el obstáculo que se creó en su momento por la falta de fe en esta gracia o por la poca correspondencia a la misma. Pero no basta cualquier tipo de fe, tiene que ser una fe realista, que cuente con lo concreto de uno mismo (psicología, historia, condicionantes, etc.) y que encaje adecuadamente el proyecto de Dios con la propia situación personal, descubriendo y resolviendo las tentaciones y las limitaciones que pueden impedir la verdadera entrega en fidelidad.

El siguiente paso consiste en redescubrir, si es posible, la gracia inicial y discernir su sentido; gracia que posiblemente está latente en el interés profundo que mueve a un cambio de vida. Sin una gracia de Dios importante no se podría explicar la fuerte actitud interior de deseo y búsqueda, que aspira a una profunda conversión real. Sin embargo, Hay que contar con el hecho de que, al no tener la suficiente fuerza afectiva, la persona puede tener una gran dificultad para compensar los apegos que existen en su corazón y son contrarios a su propósito. También hay que ser consciente del proyecto de Dios para saber cómo es y a dónde se dirige el camino espiritual que comporta dicho proyecto. Y desde ahí se debe tomar una resolución clara y decidida de empezar a caminar en serio.

Para quien carece de una experiencia afectiva actual y desea ponerse en camino, resulta muy consolador saber que tiene que dar el mismo paso que aquel que dispone de gracias sensibles, que no es otro que entrar en la noche oscura. Pero, al carecer de una ayuda afectiva de la gracia, necesita poner mucha más fuerza en la decisión de su voluntad, apoyado en el acto de fe sobre la verdad de su vocación. Aquí es importante notar que este paso no se puede dar sólo por mero voluntarismo, sino que requiere un cierto impulso afectivo. Pero al no poseer este tipo de impulso como fruto de una gracia sensible, hay que darle al acto de entrega que hace la voluntad un carácter de entrega de amor, reuniendo para ello todos los elementos afectivos que existen en el interior de la persona. Esto exige tomar conciencia muy viva de la propia pobreza, de la situación personal de limitación, de soledad, abandono, etc. Y desde esa experiencia hacer un acto de amor que toma cuerpo en una disposición de la voluntad y compromete toda la vida en una entrega real al Señor de todo lo que uno es y tiene.

Los que no pudieron desarrollar en su momento esa gracia inicial, cuando dan el paso de amorosa fe, remueven el obstáculo que supone carecer de dicha gracia y encuentran la pasión verdadera que les permite discernir el camino y evitar un entusiasmo afectivo estéril. Y si su decisión se traduce en una entrega verdadera y fiel, Dios se encargará de respaldar esa fidelidad con las gracias que necesite para garantizar la autenticidad del camino emprendido y animarle a seguir adelante.

En cualquier caso, el verdadero punto de partida estriba siempre en la búsqueda de Dios. Por tanto, el elemento fundamental de discernimiento debe centrarse en comprobar si realmente se busca a Dios. Se parta o no de una gracia sensible, el sujeto ha de tener muy claro que busca real y sinceramente a Dios1. Si se comienza por un impulso de gracia y hay una verdadera respuesta, surgirá la necesidad de caminar en amor y fe desnudos. Y si no existe tal impulso, habrá que poner en práctica una decidida y amorosa voluntad de seguir al Señor.

Terminemos señalando que la posibilidad de esta doble vía en la vocación contemplativa es la que permite, no sólo descubrir e iniciar dicha vocación, sino también reconstruirla cuando se ha deteriorado o perdido por falta de correspondencia a las gracias recibidas o por el endurecimiento espiritual que es fruto de la misma infidelidad a la gracia.


NOTAS

  1. La búsqueda sincera de Dios es fundamental en el crecimiento espiritual, véase Dt 4,29: «Entonces buscarás allí al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma» (cf. Jr 29,13); Is 55,6: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca». El mismo san Benito pide que se pruebe si el novicio «busca verdaderamente a Dios» (Regla, 58,7) para descubrir la autenticidad de su vocación contemplativa.