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La vida contemplativa secular no es fruto de una invención humana, sino algo eminentemente divino, enraizado en el plan de Dios y en su misma forma de proceder. Por ello, a la hora de analizar el ser y la misión del contemplativo secular resulta enormemente clarificadora la contemplación de la vida de Jesucristo, de la Virgen María y de san José. En ellos no vemos el estilo de vida de los monjes retirados del mundo, sino un modo de ser y de vivir en medio del mundo que une la identidad esencial que brota de la unión íntima con el Padre y las diferentes actividades humanas a las que ellos se deben.

Especial importancia en la vida del Señor tiene el largo período de treinta años de vida ordinaria en Nazaret1. Aquí no encontramos un tipo de vida monástica, sino plenamente «secular»; entendida la secularidad en su sentido más verdadero, no simplemente como lo «profano», que nada tiene que ver con Dios. El Hijo de Dios vive una existencia sencilla de trabajo humilde, de cumplimiento abnegado de sus deberes familiares y sociales, de relaciones humanas normales y cordiales, de piedad, etc.; en definitiva, vive los elementos más ordinarios y básicos de toda vida humana. Durante el período de tiempo más largo de su existencia terrena, Jesús no hace nada extraordinario. Sin embargo, no vive un tiempo muerto o perdido. Para él, Nazaret no es el tiempo de espera de su vida pública. «Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas»2. A lo largo de estos treinta años, el Señor está redimiendo a la humanidad; y lo hace no sólo con palabras o con actos más o menos visibles o espectaculares, sino principalmente con su ser en medio del mundo. Viviendo su condición de Hijo de Dios, consciente de su vinculación con el Padre y en permanente contacto con él, Jesús abraza la realidad más humana de nuestra condición, con todos sus detalles, como son el trabajo humilde, la monotonía, el deber, la vida sencilla, la familia, etc. Asume este tipo de vida como resultado de la búsqueda voluntaria del último lugar; y, al hacerlo, santifica esta vida porque él es el instrumento de la presencia de Dios en todo lo humano, especialmente en lo más pobre y humilde. La gran desproporción que existe entre el tiempo que pasa Jesús en este modo de vida ordinaria en Nazaret y el tiempo que dedica a la vida pública expresa categóricamente la importancia redentora que tiene la vida ordinaria vivida del modo peculiar en el que la vive Jesús.

Y lo mismo vemos que sucede con la Virgen María. Su vida no tuvo ninguna trascendencia humana o social; no hizo nada que resultase deslumbrante o significativo a los ojos del mundo, ni fue un personaje reconocido por los historiadores en función de unos méritos constatables socialmente. La vida de la Virgen no tuvo notoriedad social alguna; y sin embargo es la criatura humana más importante de la historia porque fue el instrumento a través del cual Dios nos envió al Salvador. El tipo de vida propio de María revela el estilo y los valores característicos de la vida de Jesús; que no son otros que los valores propios de Dios. Ella es el recipiente que Dios llena de su amor para derramarlo sobre la humanidad; un recipiente hecho de existencia sencilla y ordinaria, muy alejada, en apariencia, de lo que sería la vida monástica e incluso consagrada. Así lo ve santa Teresa del Niño Jesús:

Para que un sermón sobre la Virgen me guste y me aproveche, tiene que hacerme ver su vida real, no su vida supuesta; y estoy segura de que su vida real fue extremadamente sencilla. Nos la presentan inaccesible, habría que presentarla imitable, hacer resaltar sus virtudes, decir que ella vivía de fe igual que nosotros (Cuaderno amarillo, 21.8.3).

Esta realidad se ve más claramente en el instante de la encarnación del Verbo en su seno; sin embargo, su condición de instrumento de la salvación divina no se circunscribe a este acontecimiento, sino que abarca toda la vida de María, en la que podemos descubrir que es, en todo su ser y en su existencia completa, el medio elegido por Dios para hacer presente la salvación que nos trae su Hijo. Y ello se debe a ese «ser esencial» contemplativo que fundamenta todo lo que ella es y hace. Podemos decir que María es eminentemente «contemplativa en medio del mundo» y, como tal, a través de las realidades ordinarias de una vida normal, vive el misterio de comunión profunda con Dios, de glorificación del Padre, de identificación con su Hijo Jesucristo y de extraordinaria eficacia sobrenatural.

Los pocos datos que tenemos sobre la Virgen María coinciden con unos determinados valores, muy concretos, que son los valores fundamentales del Señor, que ponen de relieve una manera de vida peculiar; dentro de la cual resulta particularmente expresivo el misterio de la vida ordinaria en Nazaret, como magnífico modelo de lo que es la vida contemplativa en el mundo. Al que habría que añadir la visita de María a su prima Isabel (cf. Lc 1,39ss), donde la Virgen realiza el humilde servicio de caridad de acudir en ayuda de su pariente y se convierte en la eficaz portadora de Jesús, que llena de la alegría de la salvación a su prima y al hijo que ésta lleva en sus entrañas.

En María no sólo encontramos un modelo perfecto de vida contemplativa, sino la mejor compañera y maestra de la vida espiritual; hasta tal punto que constituye una verdadera gracia de Dios el poder gozar de la presencia y la unión con la Madre, que nos hace participar de su propia experiencia interior, y nos lleva, por el camino más seguro y derecho, hasta su Hijo.

Y junto a Jesús y María, no podemos olvidar al otro miembro de la familia de Nazaret: José, que tiene un puesto único e insustituible en la historia de la salvación. Fue el hombre que aceptó el plan de Dios con gran generosidad y adoptó al Hijo de Dios como propio. Por lo tanto, no podemos reducirlo, como se hace con frecuencia, a la figura de un mero espectador de algo que no le afecta y con el que no sabemos qué hacer; de modo que, para quitarlo de escena pronto, lo convertimos en un anciano y le hacemos morir enseguida.

Es cierto que apenas sabemos de José; pero lo poco que conocemos de él nos descubre que era «justo» (cf. Mt 1,19); es decir, un hombre de Dios, verdaderamente bueno, que supo adaptarse totalmente a los planes que Dios le trazaba; que vivió en fidelidad a esos planes en medio de las dificultades de una vida ordinaria, marcada por el trabajo y la pobreza. Nos encontramos ante una vida que, en su simplicidad, encierra un enorme misterio en una historia muy pequeña, humilde y silenciosa. Un misterio y una vida en perfecta sintonía con lo que viven Jesús y María.

La fe de José le lleva a confiar en el anuncio del ángel y a hacer lo que le ha mandado el Señor; que no es creer en la inocencia de María ‑algo en lo que ya creía‑, sino dedicar toda su vida a ser el custodio del Salvador y de la Virgen Madre, proporcionándoles la ayuda y protección que necesitan. Y esto lo realiza en lo concreto de la vida, porque así de real es el misterio de la Encarnación. Siempre viviendo en fe y en fidelidad, José hace de su modesto trabajo el medio más eficaz para colaborar en la obra de la salvación.

Esto es lo que convierte a este sencillo carpintero en modelo de cómo llenar las más humildes tareas de amor ilusionado. Su acto de fe al aceptar la misión que Dios le encomienda nos muestra la importancia que tiene no pedir a Dios aclaraciones previas al «salto en el vacío» de la obediencia; nos enseña a estar siempre disponibles, fiándonos plenamente de Dios; y nos descubre el sentido profundo de lo humilde, ordinario y oculto a los ojos del mundo.

Volveremos más adelante sobre alguno de estos misterios para descubrir en detalle los valores que encierran como modo de ser y como misión; mientras, podemos contemplar a Jesús, a María y a José como los grandes contemplativos seculares, modelos perfectos de esta vocación y de cómo llevarla a cabo en la vida ordinaria.

  1. Recuérdese aquí lo dicho anteriormente sobre Nazaret en el capítulo VI, en el apartado F) Trasparentar a Cristo, p. 145.
  2. Catecismo de la Iglesia Católica, 1115. No faltan en el Catecismo otras referencias interesantes a la vida oculta del Señor y su valor salvífico: en su vida oculta Cristo «repara nuestra insumisión mediante su sometimiento» (n. 517 y 532); «la vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana» (n. 533) y «nos da el ejemplo de la santidad en la vida cotidiana de la familia y del trabajo» (n. 564).