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«Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11)1

1. El contexto

El versículo que vamos a contemplar aparece en el prólogo del evangelio de san Juan. El prólogo, un himno lleno de profundidad y belleza, presenta solemnemente a Dios y a su Verbo. El Verbo es coeterno con Dios y distinto del Padre; pero, a la vez, también Dios: «El Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). Se identifica al Verbo con la Palabra a través de la cual Dios creó todo. De esta manera, el evangelista conecta el comienzo del evangelio con el inicio del libro del Génesis. Ese Verbo proferido por Dios el día de la creación, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual nada existe, es la fuente de la Vida y de la Luz del mundo y de los hombres.

El Verbo, Luz y Vida, no sólo es el origen de todo por un primer destello creador, sino que «él sostiene el universo con su palabra poderosa» (Heb 1,3) y conserva con su presencia el mundo entero, de modo que nada podría subsistir sin él. Si estuviera ausente, todo se disiparía en las tinieblas. Dios es quien sostiene e ilumina el mundo entero a través de su Palabra.

El mundo, beneficiario de la acción creadora y conservadora del Verbo, es, sin embargo, ajeno a su presencia. El hombre, «gobernador» de la creación, que representa y es portavoz de todo lo creado, ignora culpablemente la presencia de su Creador, y no lo reconoce. Y eso, a pesar de que «lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras» (Rm 1,20). Pero los hombres ignoraron voluntariamente al Verbo y «no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas» (Rm 1,21)2. Por ello, porque su ceguera es culpable, «son inexcusables» (Rm 1, 20; cf. Sab 13,8). El hombre, cegado por su perversidad, precipita el mundo a la ruina. Dios levanta acta de las consecuencias ineludibles del pecado humano: «Maldito el suelo por tu culpa» (Gn 3,17).

La creación entera, que ansía dar testimonio de su alegría en una alabanza incesante a Dios, es amordazada y constreñida por los hombres; y, obligada a retener la gloria de Dios, vive «sometida a la frustración» (Rm 8,20). Toda la creación no tiene otro sentido que ser el escenario donde se desarrolle la relación de amor entre el Dios y el hombre; y, por culpa de éste, se ha convertido en un valle de lágrimas. La presencia de Dios es ignorada y afrentada por la libre opción humana de cambiar «la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador» (Rm 1,25). Así, el hombre atenta contra la Luz y la Verdad, que es el Verbo. Las criaturas son obligadas a convertirse en instrumentos del pecado, frustrando su vocación de canales de glorificación. La creación entera anhela un cambio, un nuevo gobierno, aguarda «la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19).

2. «Vino…»

Dios no ha dejado que el mundo se sumerja en las tinieblas por la insensata locura del hombre, su representante. Al contrario, «cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). El Verbo, que es la Luz y la Vida, «vino a su casa». ¿Cómo pudo venir el que ya estaba? Porque, si no hubiera estado, todo se habría disuelto en las tinieblas de la nada. Estaba, ciertamente en el mundo creando y conservando. Estaba presente, pues «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Estaba gobernándolo todo y dándole consistencia. Pero ahora «vino». Esta venida expresa una segunda presencia, una nueva manifestación de la Luz increada de Dios.

El Verbo «vino», no sólo como Creador, sino también como creatura; no sólo como Conservador, sino también como Salvador. «Vino» personalmente para iluminarlo todo desde dentro. La Sabiduría divina, que salió «de la boca del Altísimo» (Eclo 24,3), y que «se despliega con vigor de un confín a otro y todo lo gobierna con acierto» (Sab 8,1), «vino» para cumplir el precepto de Dios. Ella misma proclama en qué consiste ese mandato: «El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado3 estableció mi morada y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel”» (Eclo 24,8). Esa orden supuso un gran gozo para la Sabiduría, pues ella misma encontró el descanso de su búsqueda: «Goberné sobre las olas del mar y sobre toda la tierra, sobre todos los pueblos y naciones. En todos ellos busqué un lugar de descanso y una heredad donde establecerme» (Eclo 24,6-7). «Vino» para descansar. «Vino» para tomar posesión de su heredad personal. «Vino» para establecerse. «Apareció en el mundo y vivió en medio de los hombres» (Ba 3,38). Vino para disfrutar: «Mis delicias están con los hijos de los hombres» (Prov 8,31). Así, la Sabiduría cumplió la promesa de Dios a los hombres: «Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta» (Sab 6,14).

3. «…a su casa»

La venida de la Luz a nuestro mundo es descrita como una venida «a su casa». Ciertamente, nadie puede ostentar el título de propiedad sobre nada con más derecho que el Verbo sobre su creación, pues «todo fue creado por él y para él» (Col 1,16)4. Todo le pertenece, todo es suyo. «Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío -oráculo del Señor-» (Is 66,2). Por tanto, se estableciera donde quisiera, venía a su casa.

Pero, ya hemos visto que el Padre le asigno un lugar concreto para su descanso: «Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel» (Eclo 24,8). Y el Verbo obedeció, como siempre, la voluntad de su Padre: «Me establecí en Sión. En la ciudad amada encontré descanso, y en Jerusalén reside mi poder. Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad» (Eclo 24,10-12). La heredad de Dios, que es asignada al Verbo como propiedad, es Jerusalén; y, por extensión, todo Israel: «La viña del Señor del universo es la casa de Israel y los hombres de Judá su plantel preferido» (Is 5,7). Por eso, el Verbo recibió con alegría de su Padre esta heredad, y la hizo suya con enorme gozo: «Esta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo» (Sal 132,14). Con razón, el pueblo de Israel se gozaba de ser el pueblo elegido, pues Dios se había comprometido con él solemnemente, y atado por juramento sagrado: «Pondré mi morada en medio de vosotros y no os rechazaré. Me pasearé en medio de vosotros y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo» (Lv 26,11). Por tanto, al venir a los judíos «vino a su casa», pues él los constituyó como pueblo, lo mismo que hizo el mundo de la nada.

Pero, si escudriñamos más atentamente la Escritura, podemos encontrar el lugar exacto donde el Verbo debía hacerse presente en medio de su pueblo. Los escribas de Israel nos ilustran: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”» (Mt 2,5-6). Y, si quisiéramos conocer dónde debía desarrollar el Verbo encarnado la mayor parte de su vida, tendríamos que acudir a Mateo, el evangelista, que nos asegura que «se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno» (Mt 2,23). Allí estableció su morada el Verbo, allí «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Su ministerio público lo ejerció, sin embargo, desde otra ciudad: «Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar» (Mt 4,13). Pero, la ciudad de referencia para Jesús, la ciudad amada, fue siempre Jerusalén. Esas cuatro ciudades fueron sus «casas». Ellas cuatro tuvieron la dicha incomprensible de ser la morada de Dios entre los hombres.

4. «Y los suyos…»

a) Quiénes son «los suyos»

Todos los habitantes de la tierra son de Dios. Todos fueron creados a imagen del Verbo, pues «a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó» (Gn 1,27). Todos son creados por su sabiduría, y todos están destinados a compartir su plenitud, ya que «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4). Por tanto, por origen y destino todos son «suyos». Pero, aunque todos son «suyos», no todos son «los suyos». «Los suyos» son aquellos que han sido destinados por el Padre a conocer y a participar de la gloria del Hijo, de modo que han recibido una llamada personal y han respondido a la misma. San Pablo nos lo explica en un texto especialmente denso:

A los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó (Rm 8,29-30).

Es como una escalera de cinco «peldaños», que expresan las cinco acciones gratuitas con las que Dios bendice a los hombres: conocidos, predestinados, llamados, justificados y glorificados. Pero, ¿en qué nivel de esta escalera se comienza a ser de «los suyos»? Ya hemos dicho que todos los hombres son conocidos y predestinados por Dios a la salvación. Pero sólo los que han recibido una llamada en un momento concreto y han respondido a la misma, en alguna medida, son «los suyos».

Estos son justificados, es decir, identificados con el Justo y revestidos por el Espíritu Santo de su justicia y santidad5. Sólo ellos son paulatinamente embellecidos por Dios. Y, así, van siendo glorificados por oleadas sucesivas de dones espirituales, gracia tras gracia, en una incesante cristificación6, hasta llegar «al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4,13). Este proceso tiene como objetivo reproducir en ellos la imagen del Hijo y que alcancen la semejanza con Dios. Así, Cristo se constituye en «el primogénito entre muchos hermanos», y el Padre es glorificado por los que han sido transformados en gloria por el Espíritu Santo.

b) La misteriosa llamada de Dios

Cada peldaño de la escalera inicia y predispone al siguiente; aunque cada grado es gratuito, don de pura misericordia. Todos los hombres son conocidos y predestinados. Todos están destinados a ser de «los suyos»7: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Todos están predestinados a reproducir la imagen de su Hijo, a pasar de la imagen a la semejanza divina. Todos conocidos de antemano y predestinados, pero no todos llamados a la vez. Por un misterio incomprensible para nosotros, Dios declara un secreto: «Yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero» (Ex 33,19). Todo es gracia, pero la llamada comporta un misterio insondable para nosotros.

Por una misteriosa disposición de su voluntad, Yahweh eligió un pueblo para sí, como su propia heredad, como «los suyos». Y les reveló su predilección:

Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex 19,4-6).

La elección de Dios, que llama a unos hombres concretos, desafía todos los criterios humanos. No se sustenta en las cualidades del llamado, sino en el puro amor de Dios y en la fidelidad a sus designios:

Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres (Dt 7,7-8).

Los criterios por los que Dios decide darse a conocer, a unos sí y a otros no, son un misterio8. No se fundamentan en las cualidades del llamado, sino en la libre elección de Dios. Los mismos apóstoles, desconcertados, eran conscientes del enigma: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22).

Sin embargo, lo que no es un enigma es el doble objetivo que persigue Dios con esta forma de proceder: por un lado, busca la glorificación del llamado; por otro, la extensión de la llamada a todos los hombres, a través de «los suyos». Los llamados -los que se encuentran con Cristo- reciben, con el privilegio de la elección, la misión de extender la llamada.

No obstante, el misterio de la llamada no es un misterio de exclusión. Dios quiere que su llamada personal alcance a todos los hombres. Pero ha decidido hacerlo de dos formas distintas: a algunos los llama directamente, como a Pablo, Leví, Zaqueo o al joven rico. A otros, los llama a través de «los suyos». Dios quiere que los hombres evangelicen a los hombres.

En consecuencia, la llamada puede ser infructuosa por dos motivos. El primero es por el rechazo directo del destinatario9, que entonces no se incorpora a “los suyos”. Éste es el caso, por ejemplo, del joven rico. Pero la llamada también puede fracasar por la infidelidad de los mediadores que, al cerrarse a la llamada o al privatizarla para sí, ciegan el camino de entrada a otros, a los que también estaba destinada. En este caso, los destinatarios últimos quedan inculpablemente ajenos a la intimidad explícita con Cristo, a la espera de que la misericordia de Dios les alcance por caminos para nosotros desconocidos. Entonces, también ellos podrán elegir incorporarse a los de Cristo, o rehusar la oferta.

Podríamos decir que, aunque todos son conocidos y predestinados, no todos han recibido efectivamente la llamada. Pero aquellos que han recibido la revelación de Dios, aquellos que han sido invitados a conocerle y han respondido, ésos son «los suyos». Ellos quedan vinculados a Cristo con unos fuertes lazos de intimidad. Y la intimidad profunda multiplica la alegría y el sufrimiento. El corazón delicado de Cristo vibra intensamente con las acciones de «los suyos», como enseguida veremos.

c) Los que el Padre le ha dado

Hay otro camino para discernir quienes son «los suyos», y para entender el vínculo afectivo que une a Cristo con ellos. Sus ovejas, las que escuchan su voz, son aquellos que el Padre le ha dado a Cristo. El Verbo se siente especialmente responsable de ellas, porque son un regalo de su Padre: «Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día» (Jn 6,37-39). Son «los suyos» porque son los del Padre. Y su misión es protegerlos para que ninguno se pierda. Eso explica el drama de Cristo, que intenta salvar a Israel a pesar de la reticencia de los propios judíos. De ahí sus terribles invectivas contra los fariseos y sus enérgicas llamadas a la conversión. Todo ello justifica sus lágrimas impotentes al constatar lo que ya resulta evidente: Jerusalén rechaza la salvación que se le ofrece (cf. Mt 23,37). Es la lucha titánica para evitar que se pierda alguno de los que el Padre le ha dado, y que nos descubre el sentido profundo de su dolor ante la pérdida de Judas.

«Los suyos», aunque llamados por Jesús, son previamente dados por el Padre: «Llamó a los que quiso» (Mc 3,14) porque esos eran los que quería el Padre. Ahora podemos entender mejor que la llamada de Jesús va dirigida a aquellos a los que llama su Padre: «He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra» (Jn 17,6). Porque «nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44). Atraídos por el Padre para Cristo, elegidos por él (cf. Jn 15,16), «los suyos» viven con el ansia de escuchar su voz: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna» (Jn 10,27-28). Por el contrario, sus oponentes no son de «los suyos»: «Vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas» (Jn 10,26).

Israel es el pueblo de Dios, es el receptor de la revelación divina del nombre de Dios, y lo que esto comporta: Israel es su hijo10, su esposa11, su viña12, su rebaño13… Cuando el evangelista san Juan se refiere a «los suyos», a los que viene a visitar la Luz y la Verdad de Dios, está hablando, en primer lugar, de Israel, del pueblo elegido. De forma secundaria, también se está refiriendo a todos aquellos que han recibido la revelación del nombre de Cristo.

5. «…no lo recibieron»

a) El rechazo general

San Juan presenta frontalmente la paradoja de que el dueño de todo no sea acogido, precisamente por aquellos a los que se ha manifestado de una forma más explícita. Y lo hace, no con una afirmación metafísica, sino con una descripción histórica. Aquellos que recibieron la revelación de Dios creador y gobernador del mundo entero, que fueron elegidos para ser su pueblo, y fueron bendecidos con la Alianza…, no lo recibieron cuando se manifestó personalmente entre ellos.

Esa falta de recepción es culpable. Podrían y deberían haber acogido a su Señor. Si hubieran permanecido entre los suyos habrían escuchado su voz. Para san Pablo, como ya hemos visto, los hombres «naturales» «son inexcusables» (Rm 1,20), pues «no juzgaron conveniente prestar reconocimiento a Dios» (Rm 1,28). Podemos deducir, en consecuencia, cuánto más condenables son los judíos, pues tenían todos los elementos para discernir la llegada del Verbo. Sólo ellos podrían haberle tributado el recibimiento que merece.

Cuando san Juan afirma que «no lo recibieron» no se está refiriendo meramente a una acogida indiferente, sino a un rechazo frontal, que manifiesta la perversidad de la rebeldía. Es ese rechazo el que podemos encontrar en las parábolas de los viñadores homicidas (Mt 21,33-44), del banquete del rey (Mt 22,1-10), o de las minas (Lc 19,12-27). Es la oposición frontal que descubrimos, atónitos, en las diatribas contra los fariseos (cf. Jn 8), o en los intentos de los escribas por desacreditarlo y exponerlo a la persecución romana (cf. Mt 22,15-22). Es el mismo rechazo que quedó palmariamente plasmado en la cruz. Allí, aunque el brazo ejecutor es romano, es Israel el instigador de la ruina del Hijo de Dios. Es el pueblo a una quien grita pidiéndole que lo crucifiquen (cf. Mt 27,22-23) y el que asume la responsabilidad de la condena (cf. Mt 27,25). Es el pueblo quien, a los pies de la cruz, le desprecia y tienta: «Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz y creeremos en ti» (Mt 27,40).

Tal y como había sido profetizado, Jesucristo, el Verbo encarnado, es «la piedra que desecharon los arquitectos» (Mt 21,42). Fueron precisamente los constructores del pueblo -el Sanedrín en pleno- los que encabezaron su persecución, hasta matarlo fuera de la ciudad. Ellos lo proscribieron como un maldito. Ellos, que eran los representantes de Dios, no sólo no le dieron la gloria que le correspondía, sino que lo expulsaron de su propio pueblo: «Lo sacaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21,39). Jesús murió extramuros de la ciudad santa, de la casa de Dios (cf. Heb 13,11-13).

Sin embargo, sería incompleto ver el rechazo del Hijo únicamente ante su cruz. Jesús, por un misterio incomprensible, fue rechazado por todos los suyos. No hay casi ningún ámbito de su vida personal en la que no experimentara esa falta de recepción, incluso un rechazo frontal inexplicable.

b) Las ciudades queridas

Ya hemos dicho que Jesús estuvo vinculado de forma singular durante su vida a cuatro ciudades: Belén, Nazaret, Cafarnaún y Jerusalén. En Belén «no había sitio» para él en la posada (Lc 2,1-7). Y, después de un nacimiento en completa penuria y abandono, tuvo que salir huyendo del pueblo de David de noche, porque «Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). Perseguido por el rey y por toda Jerusalén sobresaltada (cf. Mt 2,3), el verdadero Rey tiene que huir lejos de su patria chica, de su casa y de los suyos. El Hijo de David no fue reconocido por los hijos de Jesé.

En Nazaret, el pueblo «donde se había criado» (Lc 4,16), recibió Jesús un reconocimiento engañoso e interesado por parte de sus convecinos. Estaban «orgullosos» de la notoriedad de uno de «los suyos». Pero esa acogida fue un espejismo. Sólo le aceptaron como hombre, nunca como el enviado de Dios, y mucho menos como el Verbo encarnado. La falta de fe de sus conciudadanos la recibió Jesús como un rechazo: «Ningún profeta es aceptado en su pueblo» (Lc 4,24). La decepción de «los suyos» se transformó en odio incomprensible cuando «lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo» (Lc 4,29).

Cafarnaún, la ciudad donde Jesús «se asentó» durante su ministerio público y «donde había hecho la mayor parte de sus milagros» (Mt 11,20) no quiso convertirse. El Señor, dolido, constata la culpabilidad de su rechazo: «Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti» (Mt 11,23-24).

La última ciudad a la que estuvo entrañablemente vinculado Jesús fue Jerusalén. A ella, como todo judío devoto, profesó un intenso amor. Pero Jerusalén rechazará al Verbo encarnado, como ya despreciara al Verbo increado: «¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a quienes te han sido enviados, cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, y no habéis querido» (Mt 23,37).

La ciudad de Dios, donde la Sabiduría mora en su Templo desde antiguo, fue el lugar de los encarnizados ataques de los escribas y fariseos. Allí fue objeto Jesús de la persecución de los sacerdotes y del rechazo definitivo por parte del Sanedrín. Como hemos visto, el rechazo fue tal que ni siquiera el Verbo encarnado pudo morir en la ciudad. Jesús había pronunciado unas palabras terribles: «No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Sin embargo, él, que es más que profeta, fue salvajemente conducido fuera de las murallas: «salió al sitio llamado «de la calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron» (Jn 19,17). Se cumplió así lo que el mismo Jesús había previsto y narrado en la parábola de los viñadores homicidas: «Agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21,39).

Cuatro ciudades, cuatro rechazos.

También en algunos otros lugares por los que pasó encontró animadversión, pero sin duda le hirieron menos porque no eran de «los suyos». Ciertamente, los gerasenos «le rogaron que se marchara de su país» (Mt 8,34), y no quisieron recibirle en la posada de Samaria por ser judío (cf. Lc 9,53). Seguramente, al Señor no le sorprendió mucho ese rechazo, al igual que a David no le hirieron mucho las maldiciones de Semeí (2Sm 16,5-12). Cuando los tuyos te persiguen, ¿cómo sorprenderte de que lo hagan también los ajenos?

c) Los hombres lo rechazan

Si analizamos otros ámbitos de la vida de Jesús, encontraremos dramáticamente real la afirmación de san Juan: «No lo recibieron». Jesús encontró rechazo en casi todos los ámbitos humanos en los que se desarrolló su vida14. Los judíos pensaban: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios» (Mc 3,22). El balance de su ministerio no puede ser más desolador: «Habiendo hecho tantos signos delante de ellos, no creían en él, para que se cumpliera el oráculo de Isaías que dijo: “Señor, ¿quién ha creído nuestro anuncio?”» (Jn 12,37-38). Y no es simplemente que no creyeron, sino que, a pesar de las obras que han visto, Jesús puede proclamar dolorido: «Me han odiado a mí y a mi Padre, para que se cumpla la palabra escrita en su ley: “Me han odiado sin motivo”» (Jn 15,24-25). El alma candorosa y límpida de Cristo les lanza a los judíos la pregunta que hiere su corazón: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?» (Jn 10,32).

Tampoco sus familiares creyeron en él, sino que le tomaron por loco: «Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí» (Mc 3,21). Sus discípulos le criticaron (cf. Jn 6,61) e incluso le abandonaron: «Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él» (Jn 6,66). Los mismos apóstoles se escandalizaron ante el anuncio de la cruz (cf. Mt 16,22); y, cuando llegó la Pasión, «en aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» (Mt 26,56).

Especialmente dolorosa para Jesús fue la traición de Judas. «Jesús se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: “En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar”» (Jn 13,21). «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo» (Mc 14,20). Aquel hombre era un regalo del Padre, un elegido suyo, con quien compartió vida y comida, teniendo en cuenta todo lo que representa compartir mesa para un israelita. Jesús sintió el desgarro de la traición del cercano. El salmista describió proféticamente el dolor del corazón del Verbo encarnado: «Si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce intimidad: juntos íbamos entre el bullicio por la casa de Dios» (Sal 55,13-15).

La negación de Pedro, aunque conocida y aceptada, también fue un sufrimiento hiriente para el alma delicada del Señor. La debilidad y la simplicidad de Pedro no pudieron tapar su egoísmo y cobardía. Es especialmente culpable porque el Señor le había avisado previamente: «Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo» (Lc 22,31); y, ante la orgullosa seguridad de Pedro, le había anunciado su negación muy claramente: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de que tres veces hayas negado conocerme» (Lc 22,34). Por eso, la ternura con la que luego le dio ocasión de rehabilitarse, por tres veces, ante todos, muestra la grandeza de alma de Nuestro Señor (cf. Jn 21,15-19).

Jesús intentó ayudar a Judas y a Pedro a vencer la tentación, alertando a cada uno; imitando así la acción de Yahweh en el pasado, cuando intentó iluminar a Caín para que no cometiera pecado: «El pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo» (Gn 4,7). Pero Jesús se encontró con la dureza de uno y la orgullosa ingenuidad del otro.

Quizá uno de los momentos más dramáticos de la dramática vida humana del Hijo de Dios fue cuando tuvo que afrontar la condena unánime de su pueblo. «Dijo Pilato a los judíos: “He aquí a vuestro rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera; crucifícalo!”. Pilato les dijo: “¿A vuestro rey voy a crucificar?”. Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que al César”» (Jn 19,14-15). Debió ser un inimaginable dolor oír a su pueblo -a «los suyos»- pedir a gritos acompasados su muerte; tener como única defensa a un procurador romano cruel y corrupto; escuchar la gran apostasía de todo su pueblo, encabezado por sus dirigentes religiosos: «No tenemos más rey que al César». Todo ello tuvo que romper el corazón de Jesús. Hasta Pilato se dio cuenta de lo absurdo de la escena y de que todo estaba perdido: «Entonces se lo entregó para que lo crucificaran» (Jn 19,16).

d) El sufrimiento del corazón de Cristo

Se mire como se mire, el rechazo general marcó el corazón de Cristo. Pero el sufrimiento por el rechazo general no lo amargó. Sólo se amargan los que dejan que el desamor inunde su alma, y Jesús se siente inmensamente amado por su Padre. Además, Jesús ama con un amor limpio, que nunca está condicionado por la respuesta de los demás, ni se pliega ante la evidencia del rechazo. Al contrario, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo -también a los suyos que le rechazaban-, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Pero ese amor invencible, no correspondido, causó un sufrimiento extremo a Cristo.

En ese sentido, puede darnos una pálida idea del sufrimiento del Señor por «los suyos», ingratos, la imagen del sufrimiento de David por la muerte de su hijo rebelde: «Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir: “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!”». El Verbo unió a su dolor interno, por el rechazo y la pérdida de «los suyos», el externo. Él, a diferencia de David, sí murió por «los suyos».

El lamento dolorido de Cristo debería hendir nuestros corazones: «Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre» (Sal 69,9). Su soledad tendría que conmover nuestras almas: «el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Ese grito expresa la constatación de su sensibilidad humana exquisita: no puede descansar en sus amigos, no puede reposar en «los suyos», porque nadie quiere compartir su amor y su peso. Cada uno se preocupa de sus cosas, y él sólo soportó el peso de todos: «Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes» (Is 53,6)15. Jesús es perfectamente consciente de su soledad: «Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16,32). Él, que conoce los corazones, sabe que nadie vendrá en su ayuda, «que el peligro está cerca y nadie me socorre» (Sal 22,12).

El desprecio es, quizás, la forma más hiriente de rechazo. Sorprende las instancias que desprecian a Jesús: el Sanedrín, Herodes, Pilato, los soldados romanos, las autoridades judías, el pueblo de Israel. Pero conmueve, más aún si cabe, comprobar que él era plenamente consciente de ello, y experimentó con toda su profundidad lo que significa la burla y el desprecio: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo; al verme, se burlan de mí» (Sal 22,7-8). Así pues, Jesús vivió el desamor en su dimensión más vejatoria: «Despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado» (Is 53,3). No sólo no fue acogido, no sólo fue rechazado, sino que fue burlado y despreciado, tratado como objeto de mofa. Por los suyos. Por su familia. Por sus discípulos. Por mí. Realmente, «vino a su casa y los suyos no lo recibieron».

6. Jesús sigue siendo rechazado hoy

a) En «los suyos»

El rechazo del Verbo encarnado se actualiza de una forma nueva en el rechazo de la Iglesia. Nuestra madre la Iglesia, santa e inmaculada, ha sido fundada por Cristo para hacer tangible su presencia en medio del mundo. Todos los creados han sido llamados ahora -visiblemente- a formar el Cuerpo de Cristo, pues «a toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los confines del orbe sus palabras» (Rm 10,18; Sal 19,5). Ellos, en la medida en que han recibido y acogido ese anuncio, forman parte de «los suyos». Sin embargo, muchos hombres no dan fe a la palabra de la Iglesia -eco de la Palabra de Dios-, muchos la rechazan como ya lo había anunciado Cristo: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre» (Lc 21,12). Cristo es rechazado en sus apóstoles y Cristo es rechazado en sus pobres (cf. Mt 25,41-45). La misma maquinaria satánica que se opuso al Hijo de Dios y a su misión, sigue operativa para rechazar la presencia del mismo, que hoy es la Iglesia.

El siglo XX ha sido el siglo de los mártires. Cristo sigue siendo rechazado y crucificado hoy. Los mártires manifiestan que ese misterio de soberbia y rebeldía sigue actuando. Satanás ataca con tanta mayor virulencia cuanto menos tiempo le queda. Pero, en los mártires, su malicia se acaba convirtiendo en alabanza a Dios. Su odio está condenado a hacer santos. La pasión de los mártires, según el patrón de la cruz de Cristo, es la obra inesperada del resentimiento satánico reconducido por el Espíritu Santo a la glorificación de Dios. Como veremos en el próximo versículo, no todos «los suyos no lo recibieron».

b) Por «los suyos»

No podemos caer en la tentación de creer que el dinamismo interno de la relación entre el amor de Dios y el mundo haya cambiado definitivamente con el advenimiento de la Iglesia. Hemos de afirmar, con absoluta contundencia y seguridad, que la iglesia es el nuevo pueblo que entrega «los frutos a su tiempo» (cf. Mt 21,41), que de ella recibe Dios y el Verbo la gloria que le corresponden, porque toda ella es santa. Sin embargo, no podemos omitir que quienes formamos parte de ella, a menudo no recibimos a Jesús. Las manchas bochornosas de pecado, con las que afeamos el rostro purísimo de la Iglesia Inmaculada, muestran hasta qué punto el Verbo sigue siendo hoy rechazado por «los suyos».

La infamia indescriptible de la pedofilia en la Iglesia, la indignidad y cobardía de muchos de sus pastores, la mundanidad de tantos consagrados, la indiferencia de la mayoría de los bautizados, la indecencia creciente en el trato de lo sagrado, la relajación de costumbres, la vulgaridad generalizada, la superficialidad, la falta de anhelo por las cosas de Dios…, todo eso no es más que la espuma negra del pozo asqueroso y repugnante de los pecados de los cristianos. Esos pecados manifiestan que, todavía hoy ­quizás más gravemente hoy- «vino a su casa y los suyos no lo recibieron». Esta traición y apostasía de los hijos de Dios hieren el corazón de Cristo mucho más acerbamente de lo que lo hicieron los antiguos israelitas.


NOTAS

  1. Para facilitar la lectio presentamos aquí los textos que se han utilizado para profundizar en estos versículos: Rm 8,19-22 (la creación tras el pecado); Rm 1,19-25.28 y Sab 13,1-9 (el rechazo de Dios y la responsabilidad del hombre); Eclo 24,3-12 (la Sabiduría de Dios se establece en Israel); Rm 8,29-30 (predestinación y llamada); Jn 6,37-39 (el Padre le da al Hijo los suyos); Mt 27,22-44 y Jn 19,14-16 (el rechazo en la Pasión). Naturalmente, cualquier persona que conozca más las Escrituras, o que tenga una mayor pureza de corazón, podrá aportar muchos otros textos y otras interpretaciones más valiosas. La Escritura es «agotadora» porque no se agota; y, como no podemos abarcarla, siempre nos empequeñece y nos pone en nuestro sitio, «como un niño en brazos de su madre».
  2. El siguiente texto del libro de la Sabiduría es, junto a Rm 1,18-32, una rica fuente para comprender el plan de Dios y el recto uso de las criaturas, que el hombre deformó con su pecado: «Son necios por naturaleza todos los hombres que han ignorado a Dios y no han sido capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles, ni de reconocer al artífice fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa y a los luceros del cielo, regidores del mundo. Si, cautivados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Señor, pues los creó el mismo autor de la belleza. Y si los asombró su poder y energía, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo, pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre por analogía a su creador. Con todo, estos merecen un reproche menor, pues a lo mejor andan extraviados, buscando a Dios y queriéndolo encontrar. Dan vueltas a sus obras, las investigan y quedan seducidos por su apariencia, porque es hermoso lo que ven. Pero ni siquiera estos son excusables, porque, si fueron capaces de saber tanto que pudieron escudriñar el universo, ¿cómo no encontraron antes a su Señor?» (Sab 13,1-9).
  3. El texto que transcribimos del Libro del Eclesiástico pertenece al Antiguo Testamento y, está escrito sin la luz de la revelación traída por Cristo. Por tanto, no puede admitir ninguna realidad divina fuera de Yahwéh. Por ello, a pesar de ensalzar a un rango cuasi divino a la Sabiduría, la ve como la primera de las criaturas, hecha por Dios para derramarla sobre todos los seres; pero ella misma es a su vez obra del Altísimo. No obstante, los libros sapienciales, inspirados por Dios, anticipan ya de modo admirable la existencia del Verbo y se aproximan mucho a la Verdad plena que nos revela el Señor: «[La Sabiduría] es efluvio del poder de Dios, emanación pura de la gloria del Omnipotente; por eso, nada manchado la alcanza. Es irradiación de la luz eterna, espejo límpido de la actividad de Dios e imagen de su bondad» (Sb 7,25-26). La cercanía con profesiones de fe del Nuevo Testamento es evidente: «Él [el Hijo] es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa» (Hb 1,3).
  4. «Porque de él, por él y para él existe todo» (Rm 11,36).
  5. Esta justificación, en sentido estricto, se realiza en el bautismo. Sin embargo, y dado que la Escritura designa como justos a Zacarías, Isabel, José, Simeón…, hemos de concluir que el Espíritu Santo justifica a hombres que no tienen acceso al sacramento por caminos que nosotros ignoramos. No obstante, de ninguna manera podemos concluir que esa justificación tenga la plenitud espiritual que aporta el bautismo, donde somos identificados con el Hijo y recibimos la inhabitación trinitaria.
  6. Si la justificación es fruto fundamentalmente del bautismo, la glorificación se realiza a través de todos los demás medios de la Iglesia. Entre ellos, tiene un lugar preponderante la eucaristía, que nos va asimilando a Cristo.
  7. Cuando la segunda carta a los Tesalonicenses dice «la fe no es de todos» (2Tes 3,2), se refiere a la respuesta del hombre, no al plan de Dios. Entenderlo como si hubiera una predestinación a la increencia que impide al hombre optar por Dios, es deformar la imagen del Dios de Jesucristo que nos transmite la Escritura.
  8. También es un misterio el descubrir una diferente intensidad en la elección divina. La experiencia demuestra que no todos somos llamados con la misma «urgencia», ni a la misma profundidad o nivel de gracia. La intensidad y profundidad dependen de la mayor o menor intimidad a la que alguien es invitado por Dios. Nos pensamos que pueda deberse exclusivamente a la urgencia de la misión que va a recibir esa persona, sino que, más bien, es la intimidad que Dios quiere tener con esa persona la que condiciona su misión.
  9. En cuanto al rechazo por parte del elegido, puede producirse de una forma «preventiva». Es decir, que, con más frecuencia de la que parece, la persona intuye una llamada personal de Dios y siente el atractivo de la seducción de la gracia; e, intuyendo que esa cercanía le va a condicionar y a complicar la existencia, huye de Dios. Entonces llena su vida de preocupaciones, o activa las mil disculpas que tiene a mano, para eludir una oferta que no quiere que se produzca. La respuesta negativa se da incluso antes de la oferta formal. Pero el rechazo es culpable, en diferente grado, según el nivel de consciencia.
  10. «Así dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito» (Ex 4,22).
  11. «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo» (Is 62,5).
  12. «La viña del Señor del universo es la casa de Israel» (Is 5,7).
  13. «¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!» (Jr 23,1).
  14. Naturalmente, aquí hemos de excluir a san José y, de forma absolutamente radical, a María. De hecho, ella fue la única que le recibió de modo proporcionado a su identidad. Sólo la Hija de Sión fue un hogar para él, un lugar donde reposar la cabeza, un seno en el que descansar; incluso antes de nacer y después de morir. Ella compensó el rechazo generalizado.
  15. Él único que le ayudó fue obligado: «Encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz» (Mt 27,32).