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Introducción

Un aspecto que hemos de considerar son las dificultades que afectan al discernimiento. No podemos pensar que éste se realice asépticamente, sin condicionantes que influyan con fuerza en él. Especialmente hemos de ser conscientes de las realidades negativas que nos hacen sufrir y distorsionan nuestra percepción de la realidad y de la voluntad de Dios.

1. Causas de desconcierto

Una de las primeras dificultades con la que nos encontramos para realizar el discernimiento en la vida ordinaria es el estado de desconcierto o perplejidad al que nos llevan determinadas situaciones especialmente complejas o inoportunas. Realmente la vida tiene su ritmo y sus problemas y no nos pide permiso para introducirnos en ellos, a veces de manera brusca e imprevisible. Esto suele crear un clima interior de desasosiego que impide la serenidad necesaria para sopesar adecuadamente la situación y percibir en ella la presencia de Dios y su plan de salvación.

La reacción más frecuente ante este tipo de situaciones es la de dejarse dominar por las prisas o, por el contrario, tratar de dilatar todo lo posible el momento de afrontar el asunto. Pero tanto las prisas como las demoras dificultan seriamente el discernimiento. Por muy urgente que nos parezca una decisión, las cosas de Dios tienen que hacerse a su ritmo, no al nuestro. Hemos de renunciar a nuestras urgencias para poder entrar en la serenidad de Dios y poder hacer el ejercicio básico de fe por el que nos disponemos a acoger la luz que sabemos que él ya nos ha dado, puesto que sabe que la necesitamos. El ritmo de Dios tiene un «gusto», el gusto de la serenidad de Dios, que es muestra de la libertad sobre las situaciones.

Pero tampoco podemos remolonear en el discernimiento, esperando que lo podremos aclarar y decidir rápidamente después en un momento. Cumplir la voluntad de Dios tiene su tiempo y su momento, y forma parte del discernimiento saber, no sólo lo que Dios quiere, sino cómo y cuándo lo quiere. Y, lógicamente, esto supone que hemos de saber cuándo hay que tomar las decisiones adecuadas1.

Otro motivo de desorientación lo constituyen las dudas, que pueden parecer razonables, pero que, si las valoramos excesivamente, pueden tener más peso que la presencia y providencia de Dios, lo que supone una falta de fe. Quizá no una falta absoluta de fe, sino una deficiencia sustancial en la misma, suficiente para impedir el discernimiento. Evidentemente hemos de contar con las dudas, que pueden ser sanas y necesarias, pero no podemos pretender una seguridad absoluta de carácter moral, psicológico, espiritual o afectivo. El cumplimiento de la voluntad de Dios supone aceptar el riesgo de la fe, que conlleva renunciar a buscar los apoyos humanos, a multiplicar las consultas2, las comparaciones y todo lo que nos aporte una seguridad incompatible con el sentido de la providencia propio del cristiano.

La causa más grave de desconcierto, aunque no es habitual, está en las aparentes contradicciones de Dios. Puede suceder que determinadas situaciones problemáticas o dolorosas parecen desmentir o hacer imposible lo que parecía que Dios nos pedía. Es, por ejemplo, el caso de Abrahán, teniendo que sacrificar al hijo que Dios le ha dado como expresión y medio para realizar su plan de hacerlo padre del pueblo de la Alianza. Este tipo de situaciones crean un desconcierto que se suele intentar resolver tratando de cambiar dichas situaciones. A veces puede que haya que hacerlo así, pero sólo si resulta imposible conjugarlas con la voluntad de Dios. Lo primero que debemos plantearnos es cómo se cumple la voluntad de Dios en esa situación, buscando una especie de «concordancia» sobrenatural que debe existir entre realidades aparentemente divergentes. Debemos plantearnos si lo que queremos es resolver el problema o cumplir la voluntad de Dios, teniendo en cuenta que, con frecuencia, lo que Dios quiere es que en ese desconcierto nos pongamos en sus manos.

2. Primacía de los sentimientos

Muy relacionada con los desconciertos y las prisas, que acabamos de ver, se encuentra la distorsión que crean los sentimientos en la orientación evangélica de la vida. Realmente los sentimientos no tienen especial valor de referencia para la moral ni para el discernimiento. Y ahí está el problema: en que, sin embargo, dejamos que sean ellos los que decidan sobre nuestra vida. Es indudable que, con frecuencia, la voluntad de Dios contradice nuestros gustos y nuestros planes, lo que suele crear cierto malestar o desagrado ante la idea de tener que realizar algo que no nos gusta, por mucho que creamos que es lo que Dios quiere. Este sentimiento de desagrado se convierte en verdadera tentación contra el discernimiento cuando uno está acostumbrado a potenciar los sentimientos hasta hacer que primen sobre la realidad. Y cedemos al desagrado desconectando de Dios, no de los sentimientos. El discernimiento requiere un mínimo de fortaleza y reciedumbre, para no dejarnos arrastrar por los sentimientos. El que quiera hacer discernimiento se dará cuenta de que esta discrepancia entre lo que Dios quiere de él y lo que él siente es una ocasión providencial para demostrar que realmente busca la voluntad de Dios.

Por este camino llegamos al caso frecuente de las personas que dan la primacía a los sentimientos, y experimentan unos sentimientos buenos, que les mueven a agradar a Dios y a serles fieles en el cumplimiento de su voluntad, pero intentarán potenciar dichos sentimientos hasta poder olvidarse de la realidad, que consiste en que haga lo que tiene que hacer, al margen de los sentimientos. Mientras experimentan un gran deseo de responder a lo que Dios quiere en el futuro, se descuida el quehacer concreto, humilde, sencillo y desprovisto de sentimientos, de ese momento, y que está claro. Así, la voluntad de Dios se traduce en tener sentimientos respecto a dicha voluntad, pero sin que se traduzcan en actos concretos.

El peligro de esta distorsión que provocan los sentimientos se basa en que lleva a una visión equivocada de la realidad y de la historia del sujeto en los siguientes aspectos o fases:

  • -Se comienza valorando los sentimientos e intenciones como realidades importantes para el discernimiento, como si tuvieran un valor objetivo, cuando, en realidad, no valen gran cosa.
  • -Se juzgan los propios sentimientos como si fueran grandes logros objetivos, mientras que en los demás se valoran los hechos al margen de los sentimientos. Así, si uno tiene buena intención, todos deberán aceptar nuestros errores, mientras que nosotros exigiremos que nadie se escude en sus buenos propósitos como salvoconducto para justificar sus equivocaciones objetivas3.
  • -A partir de aquí, se lleva a cabo un juicio arbitrario sobre acontecimientos, eligiendo los aspectos que interesan, tanto en el orden de la intención o los sentimientos como en el de la realización o los hechos objetivos, lo que acaba tergiversando el conjunto y, por supuesto, eludiendo el discernimiento. Así, por ejemplo, ante un evidente error, se puede invocar la buena intención o los buenos sentimientos que tenía el individuo, así como se puede cargar contra él porque, aunque sus propósitos fueran buenos, ha cometido una equivocación real indiscutible.
  • -Desde aquí ya se pueden sacar conclusiones que justifiquen el convencimiento inicial del que se partía, con las que se puede reconstruir cualquier acontecimiento justificando los sentimientos o las acciones a voluntad. Así, el criterio de la «buena intención» permite considerar un acontecimiento de un modo muy diferente al que tendría si se pone el acento en el error o el mal objetivos.

Este proceso se realiza, en gran parte, en el subconsciente, pero no deja de tener suficiente peso como que se pueda ver, conscientemente, el peligro que comporta. Para detectar este peligro basta comprobar que se trata de una visión conflictiva para nosotros y para los demás, llena de tensiones, que lleva a la inquietud e impide la sencillez y la humildad que deben caracterizar al que busca sinceramente la voluntad de Dios. Así, todo se vuelve complicado, oscuro y tenso; aumenta la susceptibilidad; no hay interés por la verdad: ni se busca, ni se pregunta, ni se permite el diálogo o la crítica…; y se acaba en una profunda soberbia que impide, no sólo el discernimiento, sino la misma vida espiritual.

Evidentemente se trata de un proceso algo complejo que no se da en la vida ordinaria de manera permanente; pero basta que se realice una vez para que conforme un «clima» interior que condicione todo el comportamiento de la persona. Al igual que existe una «connaturalidad» con la voluntad de Dios, por este camino que acabamos de señalar se crea otra connaturalidad, que tiene como referencia el amor propio, disfrazado, a fuerza de sentimientos, de voluntad de Dios.

3. Sentimiento de incapacidad

Siguiendo en el ámbito de los sentimientos, una de las dificultades con las que nos podemos encontrar en la vida cotidiana es el sentimiento de impotencia ante el cumplimiento de lo que vemos que Dios nos pide. Con frecuencia nosotros mismos nos predisponemos a ese sentimiento pensando: «no voy a ser capaz de lo que Dios me exige», olvidando que Dios no exige, sino que da4. Esto crea una gran frustración y desesperanza, lo que afecta a toda la vida espiritual y puede desanimar bastante para seguir trabajando en la búsqueda de la voluntad de Dios. Aparte de la falta de fuerzas o la presión ejercida por nuestras pasiones o el ambiente, esta dificultad suele aparecer cuando nos hemos saltado algún discernimiento o etapa previos a la cuestión que nos planteamos y nos enfrentamos a un discernimiento que no somos capaces de realizar. Es normal que no podamos ver ni realizar la voluntad de Dios cuando estamos huyendo de ella. Pero, en cualquier caso, el resultado es la incapacidad para cumplir la voluntad de Dios que vemos claramente.

¿Qué podemos hacer cuando el discernimiento nos lleva a una elección o decisión para la que no tenemos fuerzas, recursos o ganas? Normalmente surge la tentación de las quejas y la dramatización que esconde nuestra falta de temple. Antes de desanimarnos y abandonar, lo que deberíamos hacer es mirar alguna de las realidades de nuestra vida ordinaria que desentonan ostensiblemente con la voluntad divina. Algo pequeño y posible que sé que está mal o que el Señor me pide. Con toda probabilidad podemos elegir cumplir fielmente algo de eso, normalmente más sencillo y accesible que lo que nos estábamos planteando. La fidelidad a algo que veo claro salvará el vacío que creaba esa infidelidad generalizada y nos fortalecerá para ser fieles en lo que deseamos realizar. De este modo podemos empezar a crear, paso a paso, el «clima» necesario para el discernimiento.

4. Excusas y realismo

Al igual que en el discernimiento de espíritus, también influye el demonio en el discernimiento espiritual. Ante cualquier discernimiento que debamos realizar, del que van a depender determinadas decisiones, es natural que surjan tentaciones para evitar que descubramos o sigamos la voluntad de Dios. Una de estas tentaciones es la de la «teorización»: el enemigo sabe que la elección que hemos de realizar nos cuesta, por la razón que sea, y para desviarnos del camino tratará de sacarnos del campo de la realidad, metiéndonos en el pantano de lo teórico; para lo cual nos sugerirá hipótesis, excusas, razonamientos para obligarnos a plantearnos la cuestión que está en juego desde diversos ámbitos, y que, así, dejemos de lado el verdadero planteamiento, que es el que está en la realidad.

Pactos, promesas, regateos. Cede por un lado y gana por otro. Sacrifica lo que haga falta, pero saca el voto a toda costa. Eso es la política. Y eso es la vida. Eso es ser «práctico». Y esa actitud la llevamos sin querer hasta el terreno de las urnas del espíritu. He descubierto mis «afecciones», al menos algunas de ellas, pero no quiero dejarlas ni quiero dejar tampoco el esfuerzo por avanzar en perfección; y entonces acudo a la táctica del político: el pacto, el sí y el no, el mitad y mitad, el dejar y el retener. Cumpliré con mi deber, desde luego, pero sólo a medias. Seré generoso con Dios por un lado, pero luego encontraré en esa misma generosidad la excusa para quedarme yo con algo que me interesa y mermar codiciosamente la ofrenda. Haremos el pacto y saldremos a medias. El método es antiguo: una vela a Dios y otra al diablo. Entiendo que la vela de Dios será algo mayor y mejor y más adornada que la del diablo, ya que hay que observar la etiqueta y respetar rango y jerarquía, pero de todos modos habrá su velita ante ese otro altar, el altar de mi egoísmo y mi avaricia y mi orgullo. Y justificaré la pequeña candela de mi altar privado con el cirio solemne del altar oficial. Bien puedo quedarme con algo cuando doy tanto. El regateo, la tacañería, la rebaja. Lo opuesto a la elección clara y decidida y completa. La maldición de las medias tintas5.

La mejor manera de eludir este peligro es no entrar en él, lo que exige que no abandonemos el ámbito de lo real, que siempre es más simple ‑aunque no deje de ser duro- que todo lo teórico, ni salgamos de la relación directa con Dios. Cualquier discernimiento debe traducirse, de inmediato, en un planteamiento real, simple y posible, a partir del cual se pueda concretar en una decisión concreta y realizable.

5. Discernimiento y «compatibilidades»

El discernimiento suele crear tensiones con nuestros planes y apegos, así como con los criterios y expectativas que los demás tienen sobre nosotros. Hay que contar con ello. No podemos pretender que la voluntad de Dios encaje con lo que nos gusta y los demás quieren. Pero debe quedar claro que buscamos la voluntad de Dios y estamos dispuestos a cumplirla, abrazando las consecuencias negativas que pueda suponer respecto de nuestros planes o las exigencias de nuestro entorno.

El riesgo que hay que conocer y evitar en este punto es la necesidad o posibilidad de hacer compatibles las dos realidades, de manera que tratemos de cumplir la voluntad de Dios, pero manteniendo nuestras expectativas y evitando conflictos con los demás. Es ridículo e injusto que dejemos que los demás se metan en nuestras conciencias o que intentemos hacer compatible la voluntad de Dios con los caprichos de los demás, cuando los demás actúan sin tener en cuenta ni a Dios, ni nuestro bien. Este intento de armonización puede parecer interesante, pero esconde una trampa: nivela ambas realidades, como si tuvieran la misma importancia. ¿Qué peso le damos entonces a la voluntad de Dios? Al intentar hacerlo todo compatible hacemos imposible el discernimiento y fácilmente provocamos el escándalo porque dejamos patente que realmente no nos importa lo que Dios quiere. No puede haber discernimiento sin el convencimiento radical de la importancia absoluta que tiene la voluntad de Dios sobre la nuestra o la del mundo. No se trata de ser duros o radicales con los demás, sino con nosotros mismos, exigiéndonos el cumplimiento de lo que sabemos que Dios nos pide.

El autoengaño del «sí pero no» resulta tan patente que habría que rendirse a la evidencia y aprender a dejar la vacilación indecisa y llegar simple y directamente a definirse. […] Me pregunto si mi postura ante Dios es la del sí decidido, la del no radical, o la del sí… pero; y año tras año saco la conclusión que no soy tan generoso como para estar en la primera categoría ni tan rebelde como para estar en la segunda de modo que debo andar allá por la tercera… como andaba el año pasado y como andaré el que viene si esto no se remedia, La meditación viene y va, y la persona sigue como estaba, sin cambio apreciable. El fallo viene de quedarse en generalidades, de no concretar […] qué es lo que hay en mi vida «no pura o debidamente por amor de Dios» y que no me permite en mis circunstancias actuales «hallar en paz a Dios nuestro Señor». […] Cuando la afección desordenada concreta de hoy se hace visible, cuando el obstáculo definido surge con claridad y a él se aplica toda la fuerza de lógica y de gracia encerrada en el deseo sincero de responder debidamente a Dios, el obstáculo cede y el camino queda libre para nuevas alturas6.

El hecho de que no renunciemos a nuestra voluntad y tampoco al fruto de la gracia en nuestra vida nos coloca en una verdadera contradicción que jamás podrá tener a Dios como respaldo. Así, con el paso del tiempo, esa contradicción, que pretendía alcanzar dos metas incompatibles, nos lleva al peor de los fracasos: ni conseguimos los resultados deseados ni tampoco los frutos de la gracia. Acabamos quemando tiempo y energías para no lograr nada. Y aparece, incluso en medio de posibles éxitos, la tristeza y la añoranza de lo que pudo haber sido nuestra elección. Pero en ello podemos ver la respuesta de Dios a las elecciones que hemos hecho. Es como si nos dijera: «Has escogido libremente este camino, pues mira adónde lleva». Es la forma que tiene Dios de llamarnos a la conversión; una conversión real que se manifieste en una elección consciente de los objetivos que él nos propone y, sobre todo, del único camino que se orienta a esos objetivos, renunciando clara y explícitamente a cualquier otro camino y objetivos.

6. Ataduras y miedos

Dios se toma nuestra libertad y nuestras decisiones muy en serio. Cuando vemos la voluntad de Dios, pero hacemos otra cosa estamos supeditando la voluntad de Dios a la nuestra. Y entonces Dios, siempre respetuoso con la libertad humana, acepta ser relegado a un segundo plano, dejando que tratemos de alcanzar con nuestro esfuerzo lo que nos hemos propuesto. Si nos resistimos o nos justificamos, Dios no nos fuerza, ni se impone como hacen con nosotros nuestros sentimientos o los demás. Pero, igualmente como fruto de ese mismo respeto, deja que nuestro trabajo dé el fruto humano que le corresponde. Por eso no nos ayudará con gracias sobrenaturales a cumplir nuestra voluntad. Pero no por eso dejará de ayudarnos a descubrir su voluntad, permitiéndonos ver que el resultado humano es siempre deficiente y decepcionante. Necesitamos conocer las ataduras y miedos que intentan atraparnos y ponen al Señor en un segundo plano.

Cada uno tiene su lista personal, sus debilidades ocultas, sus «asimientos» favoritos. Cualquier cosa sirve. Cualquier cosa que viole el anatema, que desdiga del conjunto, que estropee el todo. Y luego la preocupación y la angustia y las quejas. ¿Por qué no marcha esto? ¿Por qué no avanzamos, por qué no llegamos, por qué no sentimos la gracia, por qué no alcanzamos la libertad? Nuestros esfuerzos no dan fruto, el mundo sigue sin cambiar, el Reino está más lejos que nunca, y nuestras vidas languidecen en cansada rutina. ¿Dónde están las esperanzas, las victorias, la tierra prometida? Un pequeño enemigo nos derrota; una tentación vulgar da con nosotros en tierra. Nuestras vidas nunca llegan a florecer en gracia y sabiduría y gozo como nos lo habían dicho y nosotros lo habíamos esperado. ¿Dónde están los frutos del Espíritu y el poder de la resurrección? ¿Dónde quedan las promesas de Dios y la garantía de los evangelios y el testimonio de los santos? Y ¿dónde nos deja eso a nosotros en medio de esta vida desolada y este triste desierto?… Dios tiene la respuesta. Y la respuesta es clara y sencilla. El pacto ha sido violado, la condición no se ha cumplido, el entredicho no ha sido observado. Alguien se ha quedado con algo. Algo se ha quedado en el fondo del alma. Despierta y examina y purifica. Registra el campamento y encuentra la tienda. Los doscientos siclos y el manto de Senaar y el lingote de oro. Desentiérralos y entrégalos. Entonces verás victorias7.

Los apegos, que condicionan seriamente nuestras decisiones, generan un lógico miedo a perder aquello a lo que estamos atados. Cuanto mayor es el afecto que nos ata a algo mayor es el miedo que suscita en nosotros la posibilidad de su pérdida. Y ese miedo hace que se distorsione el ejercicio de discernimiento, magnificando la dificultad que pueda suponer el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Sobre el modo de liberarnos de ataduras para entrar en la libertad propia del cristiano, nada mejor que el consejo clásico de «actuar en contra» de lo que nos ata; es decir, hacer un ejercicio real de afirmación de lo contrario que nos ata, aunque tengamos que forzar un poco las cosas.

A veces tengo que trazar una línea, no precisamente por aquello de «no pasarse de la raya», que también tendría algo que ver con límites y decisiones, sino la acción física de trazar una línea recta con lápiz sobre el papel para subrayar algo o cuadricular un espacio o marcar un margen. Y entonces hago uso de una regla. Guardo una vieja regla que es un viejo recuerdo. La usó en vida mi padre, que era ingeniero, y es la única posesión material que yo he heredado de él. Sin duda, sería derecha y exacta en su tiempo y en el clima seco del centro de España, pero en el calor y la humedad de los monzones indios se curva y alabea, y llega a ser difícil mantenerla plana sobre el papel. Cuando eso sucede, la tomo por los extremos con las dos manos y la doblo vigorosamente varias veces en dirección opuesta a su curvatura. El truco da resultado. Por un rato al menos, la regla vuelve a ser neutral y las líneas rectas me salen rectas.

Sencillo y práctico. Y el consejo sirve tanto para trazar líneas como para tomar decisiones, para asegurarme de que la línea es derecha y llega justamente hasta donde debe llegar, y de que la decisión es exactamente la que debe ser. Si noto que me tuerzo a un lado, haré bien en inclinarme al otro para quedarme en el medio. Unas cuantas flexiones le vendrán bien a los músculos de la mente. El ejercicio siempre es sano. Y la decisión final saldrá más derecha. Todos andamos torcidos. También en la meteorología de nuestras almas hay monzones que penetran con humedades dudosas el centro de nuestro ser y atacan y doblan y desencajan las piezas de ese delicado mecanismo donde se toman decisiones y se ordena la vida. Y nosotros lo sabemos. Sabemos que nos inclinamos a unas opciones y nos retraemos de otras; no somos imparciales, equilibrados, desprendidos. La regla está curvada. Hay que agarrarla bien con las dos manos y doblarla sin compasión en la curvatura opuesta. Luego podremos trazar la línea. Esa es precisamente la nota que Ignacio añade a sus consideraciones sobre el no hacer las cosas a medias con Dios. Toma otra vez el ejemplo del dinero, y dice: «Es de notar que cuando nosotros sentimos afecto o repugnancia contra la pobreza actual, cuando no somos indiferentes a pobreza o riqueza, mucho aprovecha para extinguir el tal afecto desordenado, pedir en los coloquios (aunque sea contra la carne) que el Señor le elija en pobreza actual; y que él quiere, pide y suplica, sólo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad». Esa nota la cita él varias veces con referencia insistente a lo largo de todo el proceso de elecciones en los Ejercicios, y aplica la misma táctica a otros muchos casos. Incluso le pone nombre: «ir al otro extremo del diámetro». Manera gráfica, geométrica, de describir la operación. Buscamos el equilibrio del centro del círculo, y así, cuando nos sentimos atraídos hacia algún punto en la circunferencia, nos forzamos a inclinarnos hacia el punto opuesto, que es el otro extremo del diámetro, para así quedar en el centro. Ignacio da ejemplos8.

7. La purificación necesaria

Ya hemos visto cómo el discernimiento exige, como una condición fundamental, la libertad del individuo que elige. Pero no hemos de suponer que el estado de libertad se pueda alcanzar automáticamente y, menos aún, el permanecer habitualmente en él. La libertad interior tiene un precio; por eso, el discernimiento exige que pasemos por determinadas purificaciones que nos arrancan los apegos y nos dejan libres para Dios. En este sentido, hemos de entender muchas de las dificultades que nos ofrece la vida en forma de conflictos, contradicciones, problemas o sufrimientos físicos o morales. No podemos sorprendernos de estas dificultades, que además suelen repetirse, y debemos predisponernos al sufrimiento, sabiendo que todas esas circunstancias dolorosas nos purifican para permitirnos ser libres. En definitiva, se trata de integrar positivamente la cruz en nuestra vida cristiana y en el permanente discernimiento.

La «connaturalidad» del discernimiento exige también una cierta connaturalidad con el sufrimiento. Se trata de una visión habitual que nos permite ver más allá de los motivos humanos de sufrimiento para descubrir tras ellos la presencia de Dios y su providencia. Esa mirada se adquiere en la oración, en la que uno escucha cómo en esa situación de sufrimiento Dios le dice «te amo», y espera una respuesta preguntándonos: «¿Te importo yo o te importa más el drama que has creado para cumplir tu voluntad?». Esa visión nos muestra cualquier sufrimiento como una forma de purificación que nos preparan para descubrir y recibir la gracia de Dios. Por eso, cuando vienen las pruebas de la vida hemos de pensar en qué medida pueden ser instrumentos de los que Dios se sirve para prepararnos a recibir la luz y la gracia que necesitamos para avanzar en el cumplimiento de su voluntad. Esto requiere que hagamos un discernimiento inicial para ver el modo de vivir la prueba que mejor permita disponernos a recibir la luz sobre la voluntad de Dios.

Si tenemos en cuenta que las dificultades que nos presenta la vida ordinaria suelen repetirse, hemos de ser muy conscientes de los puntos débiles que evidencian esas dificultades, como son nuestras propias contradicciones, nuestras necesidades, nuestros miedos, etc. Todo esto convive ordinariamente con nosotros y afecta a nuestra visión de las cosas y al sentido sobrenatural de las mismas. Por eso, hemos de prepararnos a la purificación necesaria que supone la lucha entre estos condicionantes y la verdad sobrenatural que podemos entrever y hacia la que queremos orientarnos.

Así pues, no se puede hacer discernimiento sin tener en cuenta lo que nuestro subconsciente y nuestras pasiones proyectan sobre nuestras decisiones para evitar que hagamos algo que ponga en riesgo nuestras necesidades, nos enfrente a nuestros miedos, etc. Es como ir en una bicicleta que tiene el manillar torcido: sólo podremos avanzar si compensamos permanentemente con nuestro esfuerzo la desviación del manillar.

Ante las purificaciones, deberíamos fiarnos de Dios, como de la madre que asiste a la cura dolorosa de su hijo, que ella misma ha solicitado: conoce y le duele el sufrimiento de su hijo, pero sabe que es necesario y beneficioso. ¿No es Dios más tierno y amoroso que la mejor de las madres? ¿No deberíamos fiarnos de él en las adversidades, sabiendo que las permite para nuestro bien? San Claudio de la Colombière medita estas cosas y afirma que «las adversidades son útiles a los justos y necesarias a los pecadores»9. Si tuviéramos fe, miraríamos las adversidades y pruebas de forma muy distinta.

Como veremos más adelante, existe la voluntad «significada» de Dios, que se puede aplicar a todos, y su voluntad «de beneplácito», que es el designio específico que tiene para cada uno de nosotros en concreto. Cuando tratamos de buscar esta última, el mayor riesgo que corremos es permitirnos tener una visión meramente humana de los acontecimientos o que la opinión de los demás prevalezca sobre la mirada sobrenatural que debemos mantener siempre sobre todas las cosas. Lo cual nos obliga a mantener permanentemente una clara distinción entre los acontecimientos que configuran la historia aparente y lo que es, en realidad, la verdadera historia.

Debo aprender a leer cualquier momento y sus circunstancias sobre la plantilla con la que Dios escribe mi historia y proyecta mi vocación y misión; no según la plantilla que yo me he creado, especialmente si, conociendo que soy amado por Dios, mantengo mi plantilla dramática y falsa sobre mi historia. Hemos de conocer bien el patrón que sigue siempre el proceso de purificación, y que se repite constantemente en la vida espiritual, para así identificarlo con claridad y poder secundarlo. Tiene los siguientes pasos:

  • -Hay un primer momento de «purificación», a través de la cruz, por el que el Señor me invita a dejar que realice en mí el vaciamiento necesario para poder hacer su obra.
  • -Sobre esta «gracia de purificación», si la aceptamos, Dios realiza una transformación interior que configura nuestra vida con la de Cristo.
  • -La experiencia de oscuridad y cruz da paso a la claridad y seguridad de la acción de Dios en nuestra vida, fortaleciendo la fe y la confianza.

A partir de ese avance en la fe vuelve a repetirse el mismo proceso de purificación-transformación-asentamiento. El nivel o profundidad de este proceso puede variar, y conviene saber que la profundidad y extensión de la experiencia de cruz en la que Dios nos sumerge indica la importancia de la gracia que aquí se juega. Y eso se corrobora, además, con la fuerza de las tentaciones que nos sobrevienen en el proceso.

Si queremos que se desarrolle nuestra vocación según Dios quiere, hemos de contar con este proceso, disponiéndonos a la gracia que Dios nos quiere conceder. Para lo cual debemos empezar por relativizar todo lo que no sea esencial a la luz de Dios, identificar todos los aspectos de la cruz, aceptarlos como gracia, vivirlos como expresión de amor y fidelidad, y acoger en fe la gracia que nos encamina a la misión y al fruto verdaderos que debe tener nuestra vida.

Este proceso afecta a las grandes decisiones de nuestra vida, pero también al discernimiento cotidiano. Las gracias más importantes que recibimos y que determinan nuestra vocación y nuestra vida exigen de nuestra parte la aceptación de pruebas, la lucha por buscar a Dios en las mismas pruebas y el acto de amor en pura fe descarnada. A partir de aquí, adquirimos una visión sobrenatural de la realidad que lleva a la connaturalidad con la voluntad de Dios y que hemos de aplicar al discernimiento habitual en la vida ordinaria; de modo que vayamos encajando permanentemente los problemas normales de la vida.

En concreto, este proceso de crecimiento exige que seamos muy conscientes de las causas de nuestro sufrimiento, para ser muy conscientes de cómo y dónde se crean los verdaderos problemas y poder encontrar el modo de solucionarlos. Y lo primero que hemos de reconocer es que nuestros problemas y sus causas no están en Dios, ni mucho menos son Dios, sino en la realidad en la que fijamos nuestra mirada y nuestro corazón. Así, convertimos en una referencia importante, que polariza nuestras decisiones, realidades que no tienen nada que ver con Dios, como son: el futuro, lo que puede suceder…; el pasado, lo que pudo ser, lo que hice mal, el mal que me hicieron…; mis expectativas, proyectos, ilusiones, planes…; mis necesidades materiales y espirituales…; los deseos y exigencias de los demás sobre mí…; el juicio, propio y ajeno, sobre la realidad…

Es necesario ser muy conscientes de estas realidades para liberarnos de su influencia sobre nosotros. Para ello debemos reconocer conscientemente que ninguna de esas realidades es de Dios; incluso debemos afirmar que no son verdaderamente «reales», puesto que están fuera del tiempo o están simplemente en el ámbito de las ideas o los sentimientos. A partir de esta afirmación, por dura que parezca, debemos negarle importancia a lo que percibimos, pensamos o sentimos nosotros o los demás. Hemos de afirmar y defender con claridad que lo auténticamente «real» es Dios, su voluntad sobre nosotros, lo que cada uno es en el fondo y lo que hace. El discernimiento hemos de hacerlo olvidándonos de ideas y sentimientos para considerar solamente la realidad de lo que sucede y lo que tenemos que hacer en función de la voluntad objetiva de Dios.


NOTAS

  1. Cf. los enemigos abiertos y ocultos que menciona Vallés, Saber escoger, 31.
  2. A veces la consulta al director espiritual puede buscar compensar las dudas, buscar seguridad y evitar hacer el acto de fe.
  3. Recuérdese la inteligente descripción que hace C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Madrid 1999 (Rialp, 8ª ed.), 34: «En la vida civilizada, el odio familiar suele expresarse diciendo cosas que, sobre el papel, parecen totalmente inofensivas (las palabras no son ofensivas), pero en un tono de voz o en un momento en que resultan poco menos que una bofetada. Para mantener vivo este juego, tú y Globoso debéis cuidaros de que cada uno de ellos tenga algo así como un doble patrón de conducta. Tu paciente debe exigir que todo cuanto dice se tome en sentido literal, y que se juzgue simplemente por las palabras exactas, al mismo tiempo que juzga cuanto dice su madre tras la más minuciosa e hipersensible interpretación del tono, del contexto y de la intención que él sospecha. Y a ella hay que animarla a que haga lo mismo con él. De este modo, ambos pueden salir convencidos, o casi, después de cada discusión, de que son totalmente inocentes. Ya sabes cómo son estas cosas: “Lo único que hago es preguntarle a qué hora estará lista la cena, y se pone hecha una fiera”. Una vez que este hábito esté bien arraigado en la casa, tendrás la deliciosa situación de un ser humano que dice ciertas cosas con el expreso propósito de ofender y, sin embargo, se queja de que se ofendan».
  4. Puede servir como antídoto la frase de San Agustín, Confesiones, X, 29, 40: «Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras».
  5. Vallés, Saber escoger, 71-72. Véase lo que dice sobre las dilaciones en las p. 98-99.
  6. Vallés, Saber escoger, 74-75.
  7. Vallés, Saber escoger, 84-85.
  8. Vallés, Saber escoger, 105-106.
  9. Jean Baptiste Saint-Jure y San Claudio de la Colombière, El confiado abandono en la divina providencia. El secreto de la paz y de la felicidad, Club del Lector 2014.