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Introducción

Las reglas de discernimiento para esta primera etapa terminan con una descripción de algunas tácticas del enemigo1. Ya no se trata tanto de la afectividad dolorosa que el enemigo suscita en la desolación, como del engaño con el que intenta derrotarnos2. De nuevo no nos mueve un interés meramente teórico al hacer esta descripción, sino el deseo de conocer las tácticas del enemigo para desenmascararlas y oponernos a ellas. Por lo que suponen, además de la descripción de la actuación del demonio, las normas prácticas para actuar contra él. Estas reglas, como las anteriores, tampoco se extraen de una deducción teológica a partir de lo que dice la Escritura y el dogma sobre el enemigo. Son normas sacadas de la experiencia, que tienen el aval de la lucha contra el enemigo que los santos han realizado y que han transmitido a lo largo de los siglos3. Por último, cabe señalar que no son exhaustivas, no recogen todas las tácticas del enemigo, lo cual sería imposible, pero sí presentan tres modos de actuar que suele emplear y, si los conocemos, podremos salir victoriosos de muchos de sus engaños con la ayuda de Dios.

1. El enemigo se hace fuerte con el débil y se muestra débil si se le planta cara

12ª. regla. La duodécima: el enemigo se comporta como mujer en que es débil ante la fuerza y fuerte ante la condescendencia. Porque así como es propio de la mujer, cuando riñe con algún varón, perder ánimo y huir cuando el hombre le muestra mucho rostro; y por el contrario, si el varón, comienza a huir perdiendo el ánimo, la ira, venganza y ferocidad de la mujer es muy crecida y tan desmesurada; de la misma manera es propio del enemigo debilitarse y perder ánimo, huyendo sus tentaciones, cuando la persona que se ejercita en las cosas espirituales pone mucho rostro contra las tentaciones del enemigo, haciendo lo diametralmente opuesto; y por el contrario, si la persona que se ejercita comienza a tener temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la faz de la tierra como el enemigo de la naturaleza humana, cuando intenta realizar su dañina intención con tan crecida malicia (EE 325).

San Ignacio pone el ejemplo, conflictivo en nuestro tiempo, de la mujer que en una discusión se hace fuerte si encuentra debilidad, y se achica si encuentra firmeza. Nosotros podríamos pensar en esos perros, a veces pequeños, que huelen el miedo y atacan con fiereza al que les teme, pero que salen corriendo con el rabo entre las piernas si se le planta cara.

Así es el demonio: si encuentra debilidad ataca sin compasión hasta destruirnos, nuestro miedo le hace fuerte ante nuestros ojos. La realidad es muy distinta: el demonio es débil y cobarde, y huirá si le plantamos cara decididamente, desde luego con la ayuda de Dios. Saber esto es fuente de esperanza para la lucha, especialmente cuando podemos tener la impresión contraria; y nos saca del terrible error de creer que la tentación es irresistible.

Por lo tanto, ante las tentaciones del demonio hay que actuar enseguida con firmeza, actuando en contra de lo que nos dice. Si somos decididos, la tentación no durará mucho, el diablo se retirará. Por eso es importantísimo resistir a la tentación en el inicio, para no dejarla crecer. Si actuamos con firmeza, cesará el ataque; si somos débiles, aumentará sin medida… fomentando el engaño de que no se le puede vencer.

La regla pretende reforzar la psicología del individuo frente al espantapájaros de la tentación, para lograr que el hombre ponga su confianza en el poder salvífico de Dios4.

2. El enemigo quiere aislarnos de los que pueden ayudarnos

13ª. regla. La decimatercera: asimismo, se comporta como vano enamorado en querer mantenerse secreto y no ser descubierto; porque así como el hombre vano, que hablando con mala intención requiere a una hija de buen padre o a una mujer de buen marido, quiere que sus palabras e insinuaciones estén secretas; y lo contrario le disgusta mucho, cuando la hija del padre o la mujer del marido descubre sus vanas palabras e intención pervertida, porque fácilmente deduce que no podrá salir con la empresa comenzada; de la misma manera, cuando el enemigo de la naturaleza humana presenta sus astucias e insinuaciones al alma justa, quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; pero le pesa mucho cuando el alma las descubre a su buen confesor o a otra persona espiritual que conozca sus engaños y malicia; porque deduce que, al descubrirse sus engaños manifiestos, no podrá salir con el malvado plan que había comenzado (EE 326).

El ejemplo que pone aquí san Ignacio es la de un seductor que quiere engañar a una mujer y tiene mucho interés en que ella mantenga en secreto las maniobras del seductor. Porque si el padre o el esposo se enteran, enseguida lo desenmascararán. De nuevo el ejemplo puede no encajar en nuestro tiempo. Pero cualquier estafador tiene mucho interés en que el estafado no consulte con otra persona, no digamos con la policía, lo que el estafador le propone.

Es claro el interés del enemigo de que no saquemos a la luz sus engaños y no consultemos nuestras tentaciones y dudas con aquellas personas que nos pueden ayudar. Porque si mantenemos en secreto la tentación, y afrontamos solos la lucha, el demonio nos podrá vencer fácilmente. El enemigo intentará convencer a su víctima de que no tiene tanta importancia, de que no le van a entender, de que se resentirá su imagen ante su director, de que no hay tiempo u ocasión adecuada…

La norma que surge es sencilla y enormemente práctica, y evitaría infinidad de errores y fracasos: hay que hacer lo contrario a esta táctica del enemigo y manifestar la situación, la tentación o la duda a quien puede ayudarnos. La mera manifestación es a veces suficiente para desenmascarar el engaño y percibir la diferencia entre lo imaginado por acción del enemigo y la realidad que se descubre al manifestarlo.

Es necesario subrayar que no se trata de abrir el alma a cualquiera. El demonio no tiene problema en que consultemos a quien puede confundirnos más. No basta con que la persona a la que le planteamos nuestra situación sea buena o piadosa. Si ignora la forma de actuar el enemigo, si no tiene discernimiento, sólo servirá para confundirnos. Hace falta alguien, sacerdote o no, que tenga una vida espiritual consciente y que esté acostumbrada a desenmascarar al demonio en su vida y en las ajenas5. Aquí es de especial utilidad tener un buen director espiritual y tener la inteligencia de acudir a él cuando aparece la tentación y comunicarle los engaños que se pueden estar experimentando6.

De nuevo es importante distinguir las tentaciones del enemigo de otras perturbaciones no espirituales que hay que comunicar, pero a las personas competentes en ese terreno.

3. El enemigo nos atacará por dónde somos más débiles

14ª. regla. La decimacuarta: asimismo, se comporta como un caudillo para conquistar y robar lo que desea; porque así como un capitán y caudillo de un ejército en campaña, asentado su campamento y mirando las fuerzas o disposiciones de un castillo le combate por la parte más débil, de la misma manera el enemigo de la naturaleza humana, rodeando mira en torno todas nuestras virtudes teologales, cardinales y morales; y por donde nos halla más débiles y más necesitados para nuestra salvación eterna, por allí nos combate y procura tomarnos (EE 327).

Si la primera forma de actuar del enemigo nos enseñaba cómo debemos resistirle al principio de la tentación, ésta nos ayuda a resistir antes de que la tentación se produzca.

Basta con saber que el demonio, como el que asedia una ciudad o una fortaleza, busca el punto más débil para atacar. De nada sirve que el resto de la muralla sea fuerte y esté muy bien defendida, si hay un punto débil. Por allí atacará el enemigo y el resto del esfuerzo no servirá de nada. No vivimos en tiempos de asedios de castillos y murallas, pero en cualquier deporte el ataque se hará por dónde se encuentre el defensor más débil, y, desde luego el ladrón busca el fallo de seguridad que hace inútil todas las demás medidas que hayamos tomado.

Si somos conscientes de que el enemigo nos va a atacar a cada uno de forma personalizada, según nuestras debilidades, tenemos que poner especial interés por conocer y reforzar los elementos más débiles de nuestra vida cristiana. Esta táctica del enemigo nos mueve primero a un conocimiento profundo, sincero y humilde de nosotros mismos: el examen de conciencia, especialmente el examen particular7, la confesión, la reflexión sobre nuestra propia historia, la misma dirección espiritual nos va haciendo conocer nuestras debilidades, lo que flojea en nuestra vida espiritual, cómo solemos caer en los engaños del mundo, de la carne o del demonio. También es preciso conocer bien lo que necesitamos o vamos a necesitar en el momento de la tentación, porque si el enemigo consigue cortar esas ayudas (oración, confesión, dirección, misa… o lo que cada uno descubra en su caso), conseguirá debilitarnos y podernos vencer fácilmente8. Es de gran ayuda descubrir en qué somos tentados con mayor frecuencia («el mismo problema de siempre»9), conocer nuestros defectos de temperamento y debilidades psicológicas, no olvidar los vicios que están arraigados.

Y este conocimiento es de gran valor porque ya sabemos de antemano por dónde van a venir las tentaciones. Basta con prever la reacción que debemos tener y con fortalecer esas debilidades, para poder resistir con más facilidad los ataques del demonio. El tiempo de consolación es especialmente propicio para este trabajo. Esta regla nos propone una forma concreta de realizar lo que nos proponía la regla que nos decía que en la consolación debemos prepararnos para la desolación10.

Por el contrario, de nada sirve que fortalezcamos lo que ya es fuerte, por ejemplo, la oración o la formación, si somos débiles en la humildad o en la paciencia. Una y otra vez nos veremos derrotados en lo mismo porque nos empeñamos en dedicar nuestros esfuerzos a trabajar en una virtud distinta a la que necesitamos.

Yendo más allá del texto de san Ignacio podemos añadir que el enemigo también actúa como un caudillo militar que debilita a su adversario cortándole las líneas de abastecimiento de alimentos, combustible o municiones. Si lo consigue, el asedio se acortará; o si se llega al combate, se enfrentará a un adversario que no podrá resistir. En el caso del demonio intentará que el sujeto se aparte de lo que alimenta su vida espiritual: la oración, la eucaristía, la confesión, la Palabra de Dios, la lectura espiritual, la formación… no digamos de la dirección espiritual como ya nos ha indicado la regla anterior. Si lo consigue, su victoria (y nuestra derrota) está asegurada,

De nuevo las reglas de discernimiento nos dan esperanza porque nos hacen saber que el enemigo puede ser vencido y nos enseñan cómo hacerlo11. El enemigo es débil y saca fuerza de nuestra debilidad. Si somos conscientes de sus tácticas, de nuestra realidad y de la gracia de Dios, encontramos una forma de esperanza activa que nos ayudará a vencer a los engaños del enemigo.

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla (1Co 10,13).

Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt 26,41).


NOTAS

  1. Nos referimos aquí a las reglas 12-14 de la primera semana (EE 325-327). Pero podríamos ampliar mucho las tácticas del enemigo p. ej, con el libro de Lewis y el comentario de nuestra página web, el libro de los Fundamentos, cap. 3,5.
  2. San Ignacio habla en estas reglas de tentaciones, engaños y combates; son las sugerencias engañosas del enemigo. Pero con estos engaños el demonio pretende el mismo fin que con la desolación y puede atacar con estos engaños durante la desolación (cf. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 309-311).
  3. Téngase en cuenta todo lo dicho en el apartado del discernimiento de espíritus en los padres de la Iglesia.
  4. Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 678. Subraya este autor que esta regla interpela al sujeto sobre su actitud ante la tentación y le hace responsable de la resolución del conflicto.
  5. De ahí la importancia de que el contemplativo secular adquiera ese conocimiento práctico del discernimiento de espíritus, para que pueda ayudar a los que se acercan a él. Cf. Fundamentos, VI, 2, H: Discernimiento.
  6. «La figura de la persona espiritual que conoce las palabras y suasiones del vano enamorado (seductor) Ignacio la compara a un buen padre o al buen marido. Es alguien que sabe y conoce tales engaños, pero además busca sólo el bien de la otra persona y no teme denunciar ni herir, con tal de que aparezca la verdad y el otro se logre salvar» (Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 680).
  7. Cf. EE 24-31.
  8. «Por allí designa también no sólo nuestra mayor debilidad, sino algo que el ejercitante necesita o necesitará mucho para poder llevar adelante la gracia y el don que le está dando el Señor. Vemos a menudo esta táctica de demonio que “ve” rápidamente adónde quiere llevar el Señor al ejercitante, y “ve” que para ello necesitará tal o cual virtud, y entonces la ataca con saña…» (Gil, Discernimiento según San Ignacio, 255).
  9. Cf. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 367.
  10. Se trata de la décima regla de la primera semana (EE 323).
  11. Cf. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 370-371. «El éxito de la decisión de seguir adelante y avanzar, del proceso espiritual, depende de determinados principios generales que el que se ejercita habrá de seguir siempre sin dudar: Ponga mucho rostro frente a la tentación; sea transparente y dígaselo a quien verdaderamente pueda denunciar el engaño; y, sobre todo, a la larga cuide de sus puntos más débiles y vulnerables que en definitiva pueden echarlo todo a rodar» (Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 676).