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Introducción

Aunque hay que saber cómo actuar en la consolación, y ésta es primordial en la vida cristiana, es mucho más necesario e importante aprender a reaccionar en la desolación porque es el arma que suele emplear el mal espíritu para confundirnos, especialmente en las primeras etapas de la vida espiritual, aunque puede emplearla también con los que van avanzando. Por eso le dedicamos más importancia al modo de reaccionar ante la desolación, que san Ignacio presenta en las reglas quinta a octava de la primera semana (EE 318-321)1.

1. No hacer cambios cuando se está en desolación

Se trata de la quinta regla de la primera semana2:

5ª. regla. La quinta: en tiempo de desolación nunca hacer cambio, sino estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día anterior a esa desolación, o en la determinación en que estaba en la anterior consolación. Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más bien el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar (EE 318).

Es una norma sencilla y fundamental que nos evitaría muchas decisiones equivocadas. Basta con saber que estamos sometidos a la desolación espiritual para no hacer ningún cambio en relación con nuestra vida espiritual y nuestro seguimiento de Cristo. Se refiere especialmente a no cambiar a algo malo o menos bueno en la relación con Dios.

Hay que mantenerse fiel a lo que se veía claro antes de empezar la desolación. Es en la consolación cuando se toman las decisiones y se pueden llevar a cabo los cambios que Dios pide, porque estamos fundamentalmente bajo la influencia del buen espíritu. En la desolación estamos sometidos a la mentira de los pensamientos que acompañan a los sentimientos que produce el mal espíritu. Es el mal espíritu el que más nos aconseja en la desolación (aunque no exclusivamente) ‑al revés que en la consolación‑.

La desolación espiritual es un momento de mentiras, y su «sabiduría» no debe ser aceptada nunca3.

Es preciso que evitemos a toda costa interpretar los mensajes de la desolación como provenientes de Dios, para no seguir sus impulsos como si fueran voluntad de Dios. Por eso es tan importante identificar la desolación.

Hay que mantener una gran firmeza en este punto que no admite excepciones porque los «consejos» que surgen de la desolación pueden parecernos muy evidentes, pero hay que rechazarlos con fuerza.

Aquí se hace imprescindible la distinción entre desolación espiritual y no espiritual. Porque la desolación no espiritual con una base física o psíquica pueden necesitar de cambios en ese terreno.

2. Actuar decididamente contra la desolación

Se trata de la sexta regla de la segunda semana:

6ª. regla. La sexta: dado por supuesto que en la desolación no debemos cambiar los primeros propósitos, aprovecha mucho reaccionar intensamente contra la misma desolación, como, por ejemplo, insistir más en la oración y meditación, en examinarse mucho, y en alargarnos en algún modo conveniente de hacer penitencia (EE 319).

No podemos conformarnos con aceptar pasivamente la desolación sin cambiar nada. No es suficiente con no aceptar nunca los consejos que produce la desolación, es necesario actuar contra ella con decisión y valentía. Teniendo claro que estamos en desolación y el camino que llevábamos antes de que comenzara, es decir, lo que vimos claro en la consolación anterior, tenemos que hacer con más intensidad lo que hacíamos. Sabiendo que la desolación va a intentar minar la oración, rebajar la ascesis, limitar la caridad y el apostolado para ir disminuyendo el amor a Dios y el servicio de Cristo, no sería una medida muy inteligente plantearnos sólo resistir en el mismo sitio; es necesario hacer fuerza contra la desolación en el sentido contrario al que ella ejerce, es decir, insistir más en el sentido que llevábamos antes de la desolación (principio de contrariedad).

Este actuar en contra de la desolación puede abarcar múltiples capítulos, según la situación personal en que se esté, porque la desolación se adapta a nuestras características, por lo que no se pueden dar recetas que valgan para todos. Pero podemos proponer algunos elementos en los que hay que insistir más en lo que hacíamos antes de la desolación, sin excluir otros que pueda descubrir cada uno:

  • -La oración. No sólo hay que orar lo mismo, es necesario orar más, porque la desolación nos llevará siempre a rezar menos. Hay que pedir a Dios especialmente que nos ayude en nuestra situación de desolación. Sabiendo que, mientras la desolación nos encierra en nosotros mismos, la oración nos abre a Dios. Hay que saber que precisamente en la desolación, con la dificultad para orar y la lejanía de Dios que supone, no es fácil orar más4. Pero estamos hablando de una iniciativa valiente (que supone la fe y se apoya en la gracia, como veremos más adelante) para salir de una situación que sabemos que tiene mucho peligro si no reaccionamos.
  • -La meditación. Especialmente en todo lo que nos ayude a fortalecer la fe en el amor fiel de Dios, para lo cual encontramos numerosos pasajes en la Escritura. De nuevo este meditar más cuesta mucho porque el sentimiento de la desolación nos dice todo lo contrario a lo que debemos meditar: que Dios nos ha abandonado.
  • -El examen de conciencia. Especialmente para comprender la desolación en la que estamos y para desenmascarar las tentaciones que surgen en la desolación. Si somos capaces de ver nuestra situación de desolación a la luz de Dios, le estamos quitando mucha fuerza. En la desolación surge la tendencia a huir buscando distracciones. El examen nos ayuda a no huir, a hacernos realmente conscientes de lo que nos pasa y, al separar el yo que sufre la desolación del yo que hace examen sobre la desolación, tomamos una distancia que nos ayuda enormemente a enfrentarnos a ella.
  • -Penitencia. Pero no cualquier penitencia, sino la que actúe en contra de los aspectos concretos de nuestra desolación específica. Una penitencia que debe tener siempre en cuenta el cumplimiento fiel del deber.

No estamos ante el mero voluntarismo, que se apoya sólo en la propia decisión y en las propias fuerzas, como mostraremos enseguida en la regla siguiente. Pero antes de pasar a ella, hemos de afirmar la capacidad de reaccionar en la desolación, porque una de las armas del mal espíritu en la desolación, como en la tentación, es que no podemos hacer nada para vencerla.

3. Saber que se puede resistir

Se trata aquí de lo que dice la séptima regla de la primera semana y la segunda parte de la undécima regla:

7ª. regla. La séptima: el que está en desolación, considere cómo el Señor le ha dejado en prueba con sus facultades naturales, para que resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual siempre le queda, aunque no lo sienta claramente, porque el Señor le ha quitado su mucho fervor, crecido amor y gracia intensa, quedándole, sin embargo, gracia suficiente para la salvación (EE 320).

11ª. regla. …el que está en desolación piense que, con la gracia suficiente, puede mucho para resistir a todos sus enemigos, si toma fuerzas en su Criador y Señor (EE 324,2).

Hemos hablado de lo que no hay que hacer en la desolación, de lo que hay que hacer y ahora se trata de lo que hay que pensar en la desolación. Puede parecer irrelevante, al lado de lo anterior, pero este pensamiento que hay que oponer a los que acompañan a la desolación es de suma importancia para reaccionar adecuadamente contra ella. Se trata de saber que la desolación es una prueba y que se puede resistir a ella con las capacidades que nos quedan y con la ayuda de Dios, que no va a faltar.

-Se trata de una prueba:

  • ·Eso significa que la desolación tiene un valor, que sirve para algo, que se puede superar con provecho (como sucede con la tentación o con tantas circunstancias de la vida). Dios permite la desolación porque podemos resistir y para que resistamos.
  • ·La desolación, que Dios permite, es también una lección, de la que se puede aprender5. Precisamente por el bien que puede salir de la prueba es por lo que Dios la permite.
  • ·Cuando nos olvidamos de que se trata de una prueba y consideramos la desolación como un castigo irremisible o una situación definitiva, caemos fácilmente en la desesperanza, nos hacemos muy vulnerables y no encontramos las fuerzas para resistir del modo que nos ha indicado la regla anterior. Si en la desolación no somos capaces de ver más allá de lo que sentimos, caeremos en la desesperanza y la desolación nos destruirá.
  • ·Al entender la desolación como prueba somos capaces de mantenernos fieles y aprovechar la misma desolación; nos fortalecemos y nos hacemos más capaces de resistir futuras desolaciones, que van perdiendo su fuerza.

-Se puede resistir con las capacidades que nos quedan y con la ayuda de Dios:

  • ·Es cierto que en la desolación se han perdido las consolaciones que impulsaban el amor y la entrega a Dios, y el alma habituada a ese impulso sobrenatural se siente indefensa e incapaz de reaccionar ante el cúmulo de impedimentos que supone la desolación.

·Pero no se pierden las capacidades humanas (las potencias naturales, dirían los clásicos) que podemos emplear en contra de la desolación: el pensamiento, la decisión, la memoria y la imaginación.

  • ·También se mantiene la gracia suficiente (aunque no sentida) para superar la desolación. Hemos de contar siempre con esa gracia, que el Señor garantiza al que permanece unido a él cuando dice: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

El [elemento] negativo [de la desolación] consiste en la retirada de las gracias palpables consoladoras. No decimos en la privación de gracias en general; porque en la tormenta más deshecha de desconsuelo, hay gracias y por parte de Dios abundantes6.

Para el buen uso de esta regla hay que tener en cuenta algunas observaciones:

  • 1. Las dos afirmaciones anteriores se complementan: es una prueba porque podemos resistir.
  • 2. La séptima regla de la primera semana propone una comprensión de la desolación que se basa especialmente en la fe que se alimenta de la Escritura y el ejemplo de los santos. Esta comprensión no surge espontáneamente cuando estamos inmersos en la desolación. Se trata, por lo tanto, de oponer una visión de fe y esperanza a los sentimientos y pensamientos de la desolación que oscurecen la fe y ahogan la esperanza. En gran medida se trata de hacer una apuesta por la fe ‑por lo que sabemos de Dios‑, y no por los sentimientos de la desolación.

Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe (1Pe 5,8-9).

  • 3. Se trata de nuevo de aplicar la ley de contrariedad entre la falsedad de lo que nos hace sentir la desolación: «No hay consolación, luego no tenemos fuerzas ni gracia para salir de esa situación», y la realidad: «Tengo las capacidades humanas y la gracia para soportar la desolación superarla y aprovecharla». El mal espíritu hace olvidar la realidad y el pasado; por tanto, la reacción ha de ser recordar la consolación anterior, la realidad de Dios y de su gracia y la certeza de que podemos resistir. Hay que saber que Dios es el mismo en la consolación y en la desolación.
  • 4. Es cierto que esta regla nos proporciona un pensamiento, no una forma de actuar, pero se trata de un pensamiento que hay que alcanzar y mantener con esfuerzo, porque va a contracorriente de la desolación. No se trata de una simple afirmación teórica que se mantiene sin esfuerzo. Además, es un pensamiento que ayuda a luchar. «Considere… para que resista».
  • 5. La respuesta firme a la desolación no es un acto de voluntarismo. No nos oponemos a la desolación con nuestras solas fuerzas en una decisión que nace de nuestra voluntad. Luchamos porque creemos en la gracia que Dios mantiene, aunque no la sintamos; porque tenemos esperanza en que con la ayuda de Dios podemos resistir la desolación. Pero a la vez, esta regla es una invitación a luchar con todas nuestras capacidades: pensamiento, voluntad, memoria, imaginación… a poner en juego la naturaleza y la gracia para salir de la desolación. Hay una confianza, a la vez, en la gracia y en las capacidades que Dios nos ha dado.
  • 6. De nuevo hay que tener mucho cuidado de no aplicar este criterio a desolaciones no espirituales, en las que hay que buscar sus raíces y oponerles soluciones concretas, porque pueden no ser pruebas y es posible que no se puedan vencer sólo con nuestra capacidad y con la ayuda de Dios.

4. Paciencia y esperanza en la desolación

Ahondamos en lo dicho en las dos últimas reglas (sexta y séptima de la primera semana), oponiendo a la desolación una forma de actuar, con paciencia, y una forma de pensar, con esperanza. Es lo que nos enseña la octava regla de la primera semana:

8ª. regla. La octava: el que está en desolación, trabaje por mantenerse en paciencia, que es contraria a las molestias que le vienen, y piense que será pronto consolado, con tal de que ponga las diligencias contra esa desolación, como está dicho en la sexta regla (EE 321).

La paciencia es la virtud propia del que pasa por la prueba, que hace que no nos rindamos y mantengamos la lucha con fidelidad, aunque parezca que estamos en clara desventaja. En la consolación no necesitamos la paciencia. La desolación nos mueve a abandonar la vida cristiana y los medios que nos ayudan a sostenerla, y le oponemos la paciencia para mantenernos fieles y actuar contra ella.

Se trata de una paciencia activa. Esta paciencia supone un trabajo, el que hemos visto en la actuación contra la desolación: oración, ascesis, amor… Y este trabajo, que la desolación intenta que nos parezca inútil, ayudará a vencer la tentación y comportará un crecimiento.

Esta paciencia activa se apoya en un pensamiento: la desolación pasará. Ésa es nuestra esperanza.

Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5,3-5).

Ciertamente es necesario saber que es normal que pasemos de la consolación a la desolación, y viceversa, para que no nos sorprenda esa alternancia y estemos preparados. Esto nos ofrece el consuelo de saber que no somos bichos raros por lo que estamos experimentando en la desolación. Y también es necesario saber que ni la consolación ni la desolación duran para siempre. Este criterio nos ayuda a la paciencia en la desolación y nos ayuda a prepararnos en la consolación para cuando ésta se termine.

Pero esta esperanza no se basa en la simple ley de la alternancia espiritual en la que se suceden altos y bajos. No propone la simple espera para que pase la desolación. Se trata de una esperanza apoyada en la fe en Dios que da la gracia, como sabemos ya por la regla anterior; y apoyada también en la confianza en que la lucha adecuada contra la desolación dará su fruto con la ayuda de Dios. San Ignacio se atreve a decir que pasara «pronto».

De nuevo se trata de un pensamiento que se opone al de la desolación que nos dice que permaneceremos siempre en esa situación adversa y nos hace olvidar las consolaciones pasadas (y cómo superamos también las desolaciones anteriores). La desesperanza es el aguijón de la desolación que debilita las fuerzas. Ésa es la mentira que nos quiere hacer creer el mal espíritu. Por el contrario, la esperanza en que la desolación pasará moviliza la lucha, no por mero optimismo voluntarista, sino por la fe en que Dios dará su gracia para que esa lucha dé fruto. Se conjugan, como siempre en la vida espiritual, la gracia y la acción del hombre, la petición y la lucha. En esta esperanza se contienen la petición y el deseo.

Se establece así un círculo virtuoso entre la acción y el pensamiento, entre la paciencia y la esperanza. La esperanza sostiene la lucha de la paciencia, y la actividad de la paciencia es fundamento de la esperanza verdadera.

Cuando somos capaces de reaccionar así, con discernimiento, la desolación dura menos y provoca menos estragos. También, como veremos, el discernimiento nos ayudará a aprovechar la consolación.

5. Averiguar las causas de la desolación

La novena regla de la primera semana nos permite entender mejor la desolación y poder actuar adecuadamente contra ella; para lo cual es preciso saber que la desolación puede tener varias causas7; y, en función de la causa que descubrimos en nuestra consolación, encontramos luz y esperanza para resistirla adecuadamente.

9ª. regla. La novena: tres son las causas principales por las que nos hallamos desolados: la primera es por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así por nuestras faltas se aleja la consolación espiritual de nosotros. La segunda, por probarnos para cuánto valemos y hasta dónde nos extendemos en su servicio y alabanza, sin tanta paga de consolaciones y crecidas gracias. La tercera, a fin de darnos verdadera noticia y conocimiento, a saber, para que sintamos internamente que no depende de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, sino que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y para que en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro sentimiento a alguna soberbia o vanagloria, atribuyendo a nosotros la devoción o los otros efectos de la consolación espiritual (EE 322).

Ya sabemos que Dios no produce la desolación, y que la desolación por sí misma no produce ningún bien. Cando hablamos de causas de la desolación nos referimos a la razón que tiene Dios para permitirla; la finalidad, siempre buena, que hace que Dios permita la desolación. Esta comprensión de las causas nos ayuda a ponernos en el punto de vista de Dios y descubrir el bien que Dios puede sacar en cada caso de la desolación, si reaccionamos adecuadamente según las reglas anteriores. Este bien que pretende Dios requiere nuestro esfuerzo, por eso es necesario conocer y buscar las razones que tiene Dios para poder secundarlas.

1ª razón: la desolación como un remedio para curar nuestras faltas.

  • -La causa de la desolación puede ser nuestra negligencia8.
  • -Aunque todas estas reglas sobre la desolación (5ª-8ª) se refieren al que va avanzando en la vida espiritual, se aplica aquí algo parecido a lo que veíamos en la acción del buen espíritu en el que va de mal en peor (1ª). Puede suceder que, aunque la persona no se aleje gravemente de Dios, se dé un retroceso en algún aspecto de la vida espiritual: aparece la tibieza, la pereza, la negligencia en la vida espiritual o en los deberes o en la caridad fraterna… Entonces Dios permite el fin de la consolación para incentivar la conversión. El objetivo de tal permisión es, a fin de cuentas, la conversión y el crecimiento, no el simple castigo. Lo que mueve a Dios es el amor.

Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos (Pr 3,11-12).

Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos? Si os eximen de la corrección, que es patrimonio de todos, es que sois bastardos y no hijos. Ciertamente tuvimos por educadores a nuestros padres carnales y los respetábamos; ¿con cuánta más razón nos sujetaremos al Padre de nuestro espíritu, y así viviremos? Porque aquellos nos educaban para breve tiempo, según sus luces; Dios, en cambio, para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella (Hb 12,5-11).

  • -Hay que tener en cuenta que el objetivo del buen espíritu y del mal espíritu son distintos en esta desolación provocada por nuestra negligencia: a) El demonio lo que quiere es desanimar y destruir; b) Dios lo que quiere es hacernos conscientes y provocar la conversión.
  • -Si somos capaces de reconocer por medio del discernimiento la causa de la desolación provocada por la negligencia, entonces tenemos la oportunidad de convertirnos y abrir paso a la consolación. Sabiendo que el remedio es claro, pero sus efectos no son inmediatos.

Es muy importante comprender que no siempre la desolación está provocada por una negligencia. Si la hay es necesario reconocerla y corregirla. Pero es contraproducente buscar esa falta cuando no existe y necesitamos comprender nuestra desolación de otra manera. Cuando no hay negligencia, existen dos posibilidades, la segunda y tercera que indica san Ignacio en esta novena regla:

2ª razón: la desolación como una prueba permitida por Dios.

  • -Como ya vimos antes la desolación puede ser una prueba permitida por Dios para nuestro crecimiento, para que ejercitemos la paciencia y la esperanza cuando no tenemos la ayuda de la gracia sensible que nos daba la consolación.
  • -Se trata de comprobar que somos capaces de mantenernos y ser más generosos en la oración, en la caridad y en el seguimiento a los demás cuando nos faltan los impulsos de la consolación (a la que no tenemos derecho, como veremos enseguida)9. Esta desolación nos permite descubrir si nuestra fidelidad es por amor al Señor o por los consuelos que recibimos de él.
  • -Cuando somos capaces de aprender en las pruebas y decidimos afrontarlas con fe y valentía, crecemos en la fidelidad. Ante la desolación provocada por esta causa hay que «alargarse» en la caridad y en la entrega al Señor, como hemos de hacer en la oración más costosa10.
  • -De nuevo es el amor de Dios el que permite la desolación como prueba con un objetivo claro: enseñarnos la perseverancia.

3ª razón: darnos a conocer que las gracias de la consolación son gratuitas y no dependen de nosotros.

  • -En la consolación podemos tener la tentación de apropiarnos de la gracia y sus consuelos, de creernos dueños o merecedores de esa gracia y pensar que podemos provocarla o conservarla a nuestro gusto. Ese orgullo aleja la consolación.
  • -La desolación nos puede servir también, si la entendemos y la aprovechamos, para hacernos crecer en humildad al experimentar la sensación de impotencia que produce la desolación y descubrir que necesitamos de Dios para creer, amar y mantenernos fieles. En la desolación aceptamos plenamente que sin él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5) y crece nuestra dependencia de él. Dios persigue con esta desolación la humildad que abre el corazón para el progreso espiritual.
  • -De este modo en la desolación descubrimos que la consolación y el progreso espiritual es un don de Dios. Este punto apunta ya a las reglas de lo que hemos de hacer en la consolación.

Aunque esta regla pueda parecer poco práctica porque creemos que sólo nos invita a un autoanálisis de las causas de la desolación, es útil y nos presenta un trabajo que hay que realizar en la desolación gracias al discernimiento:

  • ·Hay que buscar la causa de la desolación.
  • ·Hay que ver la desolación con los ojos de Dios y descubrir lo que él busca al permitirla y, en consecuencia, buscar lo mismo. El discernimiento nos permite buscar la finalidad positiva por la que Dios permite la desolación y no la negativa que busca el mal espíritu.
  • ·Hay que responder de forma adecuada en cada caso: con la conversión, con la fidelidad en la prueba, con la humildad y la dependencia de Dios.

Pero bastaría para justificar la importancia de esta regla reconocer que no todas las desolaciones son fruto de la infidelidad, porque cuando no lo es, el mal espíritu nos suele atascar moviéndonos a buscar un pecado o una falta que no existe y justificando que nos instalemos en la desolación por una supuesta culpa que no podemos corregir porque no existe. Si la hubiera, la desolación tiene que ser la ocasión de descubrirla y convertirnos.


NOTAS

  1. La quinta regla nos dice lo que no hay que hacer en la desolación, la sexta lo que debemos hacer y la séptima y la octava lo que debemos pensar en la desolación.
  2. Refleja el final de la cuarta regla de la primera semana que acabamos de estudiar: «Porque así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los pensamientos que salen de la consolación con contrarios a los pensamientos que salen de la desolación» (EE 317).
  3. Gallagher, Discernimiento de espíritus, 179.
  4. «La persona que se ejercita, para hacer contra la desolación y vencer las tentaciones, debe siempre estar algún tiempo más de la hora cumplida; porque no sólo se acostumbre a resistir al adversario, sino incluso a derrocarle» (EE 13).
  5. Es significativo que san Ignacio de Loyola en su Carta a sor Teresa Rejadell hable de «dos lecciones que el Señor acostumbra dar o permitir» cuando habla de consolación y desolación.
  6. Hernández García, Guiones para un cursillo práctico de dirección espiritual, 298.
  7. San Ignacio habla de tres causas «principales», por lo que da a entender que pueda haber otras y que esta enumeración no pretende ser exhaustiva. Cf. Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual, 172; Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 658.
  8. «Ignacio confiesa, desde su experiencia personal, que la lejanía de Dios, en un elevado número de casos, no se debe ni a pecados ni tan siquiera a los malos pensamientos, sino a algo más sutil y delicado, como es el desamor» (Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 658-659).
  9. «Por el modo de reaccionar se pone de manifiesto quién es quién y cómo ama, el desinterés de su amor. En qué medida es capaz de alargarse en el servicio desinteresadamente cuando aparentemente no recibe recompensa alguna por su generosidad. La prueba se ordena a que se manifieste la calidad de su amor» (Arzubialde, Ejercicios Espirituales, 644).
  10. Cf. EE 13.