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1. Introducción

Después de unas breves notas sobre el discernimiento en la edad media, representado por san Bernardo y santo Tomás, vamos a presentar a algunos de los maestros en el discernimiento de espíritus de la Edad Moderna. El principal es, por supuesto, san Ignacio de Loyola (s. XVI), pero debemos mencionar primeramente a otro autor en el que se inspiró, Tomás de Kempis (s. XV), y su conocido libro La Imitación de Cristo.

No podemos olvidar que en esta misma época viven también santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz (s. XVI) cuyo saber estaba orientado, en principio, a los carmelitas y sobre el cual no vamos a hablar, aunque aporten importantes criterios de discernimiento. También pertenece a esta época san Francisco de Sales (+ 1622) que recoge algunas enseñanzas sobre el discernimiento de las inspiraciones en su Tratado del amor de Dios.

Tampoco podemos dejar de mencionar a Francisco Suarez (+ 1617) y Álvarez de Paz (+ 1620) cuyo trabajo se basa en la doctrina ignaciana. Y finalmente a Scaramelli (+ 1752) que recopila y ordena todo el saber anterior, del cual hablaremos brevemente.

2. San Bernardo y santo Tomás de Aquino1

San Bernardo (+ 1153) recibe y transmite toda la tradición patrística y del monacato. Vamos a subrayar algunos elementos originales que él aporta al discernimiento.

Como todos sus antecesores subraya la necesidad de discernir los espíritus, para reconocer y rechazar inmediatamente las tentaciones del Enemigo:

Tenemos que discernir los espíritus. Saber cerrar los oídos del corazón a los silbos venenosos de la vieja serpiente y a los cantos mortales de la sirena (Sermón 24,1).

Pero une a las tentaciones provenientes del Maligno las que provienen de la carne. Y a estas dos causas de tentación añade las que provienen de la influencia, también externa, del mundo y sus vanidades:

El infame cabecilla de las tinieblas cuenta con estos dos mercenarios, y de este modo el espíritu de la maldad impera a través del espíritu de la carne y del mundo. No demos crédito a ninguno de estos tres espíritus cuando le hablen a nuestro espíritu… El espíritu carnal siempre insinúa el regalo, el espíritu del mundo la vanidad, y el espíritu perverso la amargura (Sermón 23,3).

Pero, afinando más, subraya que nuestra misma alma puede, a través de la costumbre, llegar a hacerse cooperadora del mal, hasta el punto de que puede quererlo sin estar bajo el influjo de ninguna tentación:

Pero nuestro espíritu suele verse dominado por alguno de estos tres, que le hacen su esclavo y le suple convirtiéndose en su propio destructor. El mismo, por iniciativa propia y sin que nadie le incite, engendra pensamientos de sensualidad, vanidad y amargura (Sermón 23,4).

San Bernardo distingue netamente entre los impulsos de la tentación y el consentimiento de la voluntad. En esta vida, hemos de custodiar el consentimiento, es imposible controlar los primeros impulsos:

Cuando hablo de tener la voluntad en suspenso o sometida a la voluntad divina, no me refiero a los impulsos de la concupiscencia o de la sensibilidad. Esto es imposible… Lo que debemos someter a la voluntad divina es nuestro consentimiento (Sermón 26,4).

Como los padres anteriores a él, es consciente de que el Maligno se reviste a veces de ángel de luz. Pero da criterios para desenmascararlo:

Este perverso y farsante suele disfrazarse de mensajero de luz, para hacer más daño so capa de virtud. Pero incluso entonces, si prestamos atención, sólo siembra amargura y discordia… La sabiduría de Dios es, ante todo, límpida y luego apacible. Por eso, todo pensamiento que no posee estas dos cualidades, no dudes en tenerlo como extraño a la sabiduría de Dios (Sermón 24,1).

Añade san Bernardo una nueva y perspicaz observación. Tradicionalmente se entiende que las gracias de Dios provocan luz y paz en el alma. Sin embargo, él es consciente de que cuando el alma está en pecado o bajo la influencia del enemigo, las sugestiones de Dios provocan desasosiego y molestia, porque son un reproche que molesta. Si, ante este desasosiego, no se cierra el oído y se les hace caso, acaban provocando paz y armonía:

Cuando la voz divina comienza a resonar en los oídos del alma, la turba, la aterra y la juzga. Pero inmediatamente, si no cierra el oído, la llena de vida, la ablanda, calienta, ilumina y purifica. Y finalmente se convierte en nuestro alimento, arma defensiva y medicina… Pero el pecador la escucha y se retuercen sus entrañas: ante esa voz tiembla el alma carnal. Esta palabra viva y eficaz descubre y condena lo más secreto del corazón… Y es muy posible que te haga sufrir mucho, al ver con toda claridad hasta tus más íntimos pecados (Sermón 24,2-3).

Por último, el santo cisterciense aporta criterios para tomar una decisión según Dios. Lo primero y básico es querer encontrar la voluntad de Dios y ser dócil a lo que nos manda.

Esta sumisión [a la voluntad a Dios] se presenta bajo un triple aspecto: querer de manera absoluta lo que nos consta que Dios quiere; aborrecer sin contemplaciones lo que Dios no quiere; y lo que no sabemos si lo quiere o no, tampoco lo queramos ni lo rechacemos nosotros de manera categórica (Sermón 26,2).

Y con acierto asegura que «el que no decide nada por sí mismo como cierto en estas cosas, no sufrirá cuando deba tomar después una u otra solución» (Sermón 26,3).

Santo Tomás de Aquino (+ 1274) distingue entre el discernimiento como carisma y el discernimiento como virtud:

  • -En el primer sentido es un don de Dios que otorga a alguien para el bien de la Iglesia. Va más allá de la luz de la razón.
  • -Como virtud, el discernimiento forma parte de la prudencia y afecta al entendimiento práctico. Se perfecciona con el ejercicio. Considera que no es algo meramente intelectual y que supone la madurez de la caridad propia de quien tiene un hábito de unión con la voluntad de Dios. Dentro de la virtud incluye la docilidad a la instrucción de otros más experimentados.

En el comentario a 2Co 11,14 da directrices para distinguir a Satanás cuando se transforma en ángel de luz:

  • -«El buen ángel exhorta al bien en los comienzos y persevera en ello; en cambio, el malo, al comienzo mueve al bien, mas cuando se trata después de llevar a efecto el deseo e intención, induce e instiga al mal».
  • -El buen ángel, aunque cause temor al comienzo, luego consuela y conforta. En cambio, el malo causa estupefacción y deja desolado.
  • -El ángel malo procura hacer que aparezca bueno lo que es malo.

3. Tomás de Kempis

La Imitación de Cristo es probablemente el libro de cabecera de san Ignacio. De hecho, es la única lectura que recomienda en el libro de los Ejercicios Espirituales junto con el Evangelio y las vidas de santos.

Todo lo que dijo Kempis sobre los movimientos del buen espíritu y del mal espíritu tuvo gran influencia en el santo de Loyola, y probablemente éste también tomó de Kempis la idea de «consolación».

Kempis era miembro de la comunidad de los Hermanos de la Vida en Común regida por la espiritualidad y constituciones de san Agustín. Se puede percibir en su obra cierto tono pesimista hacia la naturaleza y condición humanas propio de la espiritualidad agustiniana.

El autor de la imitación subraya que sin la gracia de Dios nada bueno es posible en el hombre (cf. Jn 15,5: «Sin mí no podéis hacer nada»). Afirma, por ejemplo, que sin la gracia no podemos tener la humildad para no dar preferencia a la propia opinión; ni la capacidad de amar a los enemigos; ni de acercarnos a compartir la pobreza en lugar de la compañía de los ricos. La gracia es necesaria para el bien, para sentirlo y para llevarlo a cabo. Hace falta la gracia para alcanzar la consolación.

Cuán necesaria es tu gracia, Dios mío, para sentir el bien y para hacerlo porque, sin la gracia nada bueno se puede hacer (Imitación de Cristo, Libro III, cap. LX, 4).

Cuando Jesús no habla dentro de ti, vil es la consolación (Imitación de Cristo, Libro II, cap. VIII, 1).

San Ignacio, por su parte, asume esta espiritualidad que contempla la debilidad de la naturaleza humana, pero subrayando sus capacidades. Toma un poco de distancia del sentir de Kempis y considera que, aunque sin la gracia no podemos hacer nada, el hombre por sí mismo está hecho a imagen y semejanza de Dios. Por esta razón está orientado hacia él y está capacitado para hacer el bien. Por tanto, podemos contar siempre con la gracia (regla séptima de la primera semana, EE 320).

Para finalizar esta breve referencia a Tomás de Kempis y dejar patente su influencia en el pensamiento de san Ignacio, incluimos a continuación algunos fragmentos de La Imitación de Cristo y las referencias a las reglas de la primera semana del libro de los Ejercicios (EE 314-327). Comparando unos y otras comprobaremos que, si bien san Ignacio construye todo un método de discernimiento propio, lo hace basándose en la doctrina y tradición eclesial de sus antecesores.

El principio de toda mala tentación es no ser constante en el bien comenzado, y no confiar en Dios, porque como la nave sin gobernalle por acá y por allá la baten las ondas; así el hombre descuidado, y que deja su propósito, es tentado de diversas maneras. El fuego prueba al hierro, y la tentación al justo. Muchas veces no sabemos lo que podemos; mas la tentación descubre lo que somos. Debemos empero velar principalmente al principio de la tentación; porque entonces más fácilmente es vencido el enemigo, cuando no lo dejamos pasar de la puerta del ánima. Por lo cual dijo uno: resiste a los principios: tarde viene el remedio cuando la llaga es muy vieja (Imitación de Cristo, Libro I, cap. XIII; cf. regla duodécima).

· · ·

Así pues, cuando Dios te diere la consolación espiritual, recíbela con hacimiento de gracias, y entiende que es don de Dios, y no merecimiento tuyo. No te ensalces ni alegres demasiadamente, mas humíllate por el don recibido, y sé más avisado y temeroso en todas tus obras; porque pasarse ha aquella hora, y vendrá la tentación. Si te fuere quitada la consolación, no desesperes luego; mas espera con humildad y paciencia la visitación celestial: porque poderoso es Dios para tornarte muy mayor gracia y consolación. Esto no es cosa nueva ni ajena de los que han experimentado el camino de Dios; porque en los grandes santos y antiguos profetas acaeció muchas veces esta manera de mudanzas.

[…] Mas por cierto entre estas cosas no desespera, sino ruega a Dios con mayor instancia, y dice: a ti Señor, llamaré y a mi Dios rogaré, y al fin él alcanza el fruto de su oración, y confirma ser oído diciendo: oyóme el Señor, y hubo misericordia de mí: el Señor es hecho mi ayudador.

[…] Y si así se hizo con los grandes santos, no debemos nosotros pobres y enfermos desesperar si algunas veces estamos fríos, y a veces en fervor de devoción; porque el espíritu se viene y se va, según la divina voluntad; por eso dice el bienaventurado Job (Job 7): visítaslo en la mañana, y súbitamente lo pruebas. Pues ¿sobre qué puedo esperar, o en quién debo confiar sino solamente en la gran misericordia de Dios, y en la esperanza de la gracia celestial?

[…] Por cierto no es digno de la alta contemplación de Dios el que no es ejercitado en alguna tribulación por ese mismo Dios. Cierto suele ser la tentación precedente señal que vendrá la consolación; porque a los probados en tentación es prometida la consolación celestial, como dice la escritura: al que venciere daré a comer del árbol de la vida (Ap 2)

Dase también la divina consolación, para que el hombre sea más fuerte para sufrir las adversidades. Y también se sigue la tentación, porque no se ensoberbezca del bien (Imitación de Cristo, Libro II, cap. IX; cf. reglas sexta, séptima, octava, décima y undécima).

· · ·

Piensa cuando estás en devoción cuán miserable y cuán menguado sueles ser sin ella.

No está la perfección de la vida espiritual sólo en tener gracia de consolación, mas en sufrir con paciencia y humildad cuando te fuere quitada.[ ] Porque no está siempre en la mano del hombre su camino (Jr 10); mas a Dios pertenece el dar y consolar cuando quiere, y cuanto quiere, y a quien quiere, como a él le agrada, y no más.

Buen consejo es que pienses cuando estás en devoción de espíritu, lo que puede venir apartándose aquella luz. Y cuando se te aparte, piensa que otra vez puede volver; la cual yo te quité de industria a tiempo para seguridad y gloria mía. Más aprovecha muchas veces la tal prueba, que si tuvieses a tu voluntad cosas prósperas (Imitación de Cristo, Libro III, cap. VIII; cf. reglas octava, novena, décima y undécima).

· · ·

Yo iré (dice Dios) delante de ti, y humillaré los soberbios de la tierra, abriré la puerta de la cárcel, y revelarte he los secretos de las cosas escondidas.

Hazlo así, Señor, como lo dices, y huyan de tu presencia todos los malos pensamientos. Esta es mi esperanza y singular consolación confiar de ti, y llamarte de todas mis entrañas, y esperar en paciencia tu consolación (Imitación de Cristo, Libro III, cap. XXVI; cf. reglas séptima y octava).

· · ·

No te tengas por desamparado del todo, aunque te envíe a tiempos alguna tribulación; que de esta manera se pasa al reino del cielo. Y sin duda más convenible es así a ti y a todos mis siervos, que os ejercitéis en adversidades, que si todo sucediese a vuestro favor. Yo conozco los pensamiento escondidos, y mucho conviene para tu salud que algunas veces te deje desabrido, porque podría ser que alguna vez te ensoberbecieses en lo que bien te sucediese, y pensases complacerte a ti mismo en lo que no eres. Lo que yo te di te lo puedo quitar, y tornártelo cuando quisiere. Cuando te lo diere, mío es; y cuando te lo quitare, no tomo lo tuyo; que mía es cualquiera dádiva buena, y todo perfecto don.

Si te enviare alguna tribulación o angustia, no te indignes, ni se caiga tu corazón; que luego te puedo enviar favor, y mudar cualquiera angustia en gozo (Imitación de Cristo, Libro III, cap. XXXV; cf. reglas séptima, octava y novena).

4. San Ignacio de Loyola

Las reglas de discernimiento elaboradas por san Ignacio son fruto de su experiencia personal. Él va aprendiendo el discernimiento a través de las circunstancias que va viviendo, de las cuales Dios se sirve para irle enseñando, como repetirá en muchas ocasiones, «de la misma manera que un maestro de escuela a un niño» (Autobiografía, 27).

Dios le hizo descubrir el arte de saber leer y discernir los movimientos y mociones de su alma a través de las luces y ayudas que le iba aportando al hilo de sus experiencias espirituales y de su misma necesidad de hacer discernimiento.

Toda la riqueza que va acumulando respecto de las cosas de Dios, todas las gracias específicas que recibe, junto a su carácter reflexivo, le servirán para ir construyendo el edificio espiritual que constituyen tanto el libro de los Ejercicios Espirituales como la Compañía de Jesús y las Constituciones por las que ésta se rige.

Para conocer la dinámica del discernimiento en san Ignacio el camino lógico y natural es, por un lado, estudiar las reglas de discernimiento, como hemos hecho más arriba, y por otro, remitirnos a su Autobiografía2 y a las notas de conciencia que recoge en su Diario espiritual. Vamos a seguirle en su trayectoria personal, en su camino desde su casa natal de Loyola hasta Italia, para ir descubriendo el proceso vital por el que él aprende el discernimiento de espíritus que tanto bien ha hecho a la Iglesia3.

Convalecencia en Loyola

Iniciamos este recorrido en Loyola donde el santo se encuentra postrado tras haber sido herido defendiendo Pamplona del asedio del ejército francés. Como consecuencia de ello sufrió largos meses de convalecencia en los que solo tuvo a su alcance la lectura de la vida de Nuestro Señor y vidas de santos. Estas lecturas le llevaron a pensar y razonar:

Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer (Autobiografía, 7).

Quería emular a los santos, pero luego su pensamiento se iba a las cosas del mundo y a las hazañas guerreras que también deseaba realizar.

Hay que tener en cuenta que su experiencia de lenta y gradual conversión no significa que fuera un hombre sin Dios y menos aún sin fe. Pero era también un hombre de mundo, de armas, con deseos de éxito y honor, con un carácter impetuoso. Tuvo que transformarse poco a poco de ser un cristiano con una mentalidad y un sentir de este mundo, a convertirse en un hombre cuyo horizonte es «lo que es bueno, agradable y perfecto» (Rm 12,2) para el corazón de Dios.

Durante esta etapa, san Ignacio aprende de su experiencia personal en la que vive una sucesión de pensamientos: con algunos de ellos quedaba triste y con otros alegre. Empieza a comprender la acción de Dios en la inspiración de un deseo y en el cambio de una idea a otra. Empieza a reconocer que el Señor está junto a él y que quiere educarlo y formarlo en la lectura de los acontecimientos interiores y exteriores a la luz de su voluntad.

De esta manera durante su convalecencia llega a afrontar por primera vez y de forma explícita la dinámica del discernimiento de espíritus y de las mociones profundas que se mueven en su alma:

Había todavía esta diferencia: que cuando pensaba en aquello del mundo, se deleitaba mucho; mas cuando después de cansado lo dejaba, hallábase seco y descontento; y cuando en ir a Jerusalén descalzo, y en no comer sino yerbas, y en hacer todos los demás rigores que veía haber hecho los santos; no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas aun después de dejando, quedaba contento y alegre. Mas no miraba en ello, ni se paraba a ponderar esta diferencia, hasta en tanto que una vez se le abrieron un poco los ojos, y empezó a maravillarse desta diversidad y a hacer reflexión sobre ella. Cogiendo por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio, y el otro de Dios [Este fue el primero discurso que hizo en las cosas de Dios; y después cuando hizo los ejercicios, de aquí comenzó a tomar lumbre para lo de la diversidad de espíritus] (Autobiografía, 8).

Vemos como se alternan y se distinguen los estados de consolación-alegría y de desolación-tristeza. Este hecho ayuda a san Ignacio a descubrir que no está solo, que su persona es un campo de fuerzas contendientes. Dichas fuerzas no son puramente psicológicas, sino que son también de orden sobrenatural e incluyen agitaciones que dejan al alma en estados diversos de gozo, alegría, aridez, etc. Las mociones y los espíritus que se agitan en nuestro interior son fruto de multitud de influencias que nos resulta muy difícil separar y distinguir. Hemos de tomarlas en su conjunto y preguntarnos si responden al designio de Dios o responden al designio del Maligno.

A través del discernimiento de la acción del Espíritu de Dios y de los pensamientos que proceden de él puede tener lugar y dar fruto un proceso de purificación en el que vamos distinguiendo lo que es la voluntad de Dios y nos hace bien y lo que nos hace mal por separarnos de esa voluntad.

Todos los santos deseos que san Ignacio experimenta durante su convalecencia, fruto de sus lecturas piadosas -ir a Jerusalén descalzo, no comer sino hierbas, imitar en sus rigores a los santos-, quedaron confirmados por una visión de Nuestra Señora con el Niño Jesús. Comienzan así a aparecer en su vida gracias especiales, las cuales también va a discernir y le van a ayudar a discernir:

Estando una noche despierto, vio claramente una imagen de Nuestra Señora con el Santo Niño Jesús con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva y quedó con tanto asco de toda la vida pasada; y especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas […] su hermano como todos los demás de casa fueron conociendo por lo exterior la mudanza que se había hecho en su ánima interiormente (Autobiografía, 10).

Este discernimiento que él vive no es un simple autoanálisis, sino que está orientado a la elección: el discernimiento del movimiento de los espíritus es una ayuda para buscar y elegir la voluntad de Dios, para hacer elección. Es una experiencia en el presente que ayuda a reflexionar sobre el pasado, pero para abrirse al futuro.

Las experiencias de Loyola le sirvieron especialmente para ir descubriendo y dando forma a las reglas de la primera semana de los Ejercicios.

De Loyola a Manresa

La peregrinación espiritual que había comenzado en Loyola se convierte ahora también en peregrinación física. Emprendemos el camino que conduce de Loyola a Manresa donde la obra pedagógica divina se desarrolla por senderos de formación tanto interior como exterior.

Parte de su casa con uno de sus hermanos que le quiere acompañar junto con dos criados. A los tres los despide por el camino. Esta despedida expresa que el santo ya ha descubierto la necesidad evangélica de abandonar la casa, la familia, los amigos, los vestidos… y, poco a poco, todo lo demás. Olvida el modelo de vida de ayer para no poseer otra seguridad que a su Señor. Se forma en la escuela de la pobreza para llegar a ser hombre de libertad interior, hombre de discernimiento en el Espíritu y del Espíritu.

Se produce entonces el conocido encuentro con el moro que marca de modo significativo este camino de iniciación: yendo san Ignacio de camino en su mulo se puso a cabalgar junto a él un caballero moro y empezaron a hablar de la Virgen María. El moro negaba su virginidad después de haber dado a luz a Jesucristo. Siguió este individuo adelante y, a san Ignacio, reflexionando sobre su conversación, le vinieron deseos de seguirle y darle de puñaladas por la ofensa que había infligido a Nuestra Señora. Quedó en la duda de qué hacer y dejó que fuese la mula la que decidiese el camino a seguir, si ir tras del moro a la villa que había adelante para matarlo o pasar de largo (Autobiografía, 15).

En este suceso podemos ver cómo continúa su maduración a través de la dialéctica experiencia-reflexión. El Peregrino experimenta en esta situación mociones interiores que lo dejan disgustado, turbado y perplejo con lo que sería mejor hacer y ya aquí comienza a experimentar los primeros escrúpulos. También se percibe en este modo peculiar de elección que aún le falta mucho por aprender en la escuela del discernimiento.

Posteriormente esa mula que acaba de elegir como apoyo exterior de su elección se encarnará en otros muchos mediadores en su afán de buscar y hallar a Dios en todas las cosas, pero de forma más madura. El santo de Loyola confiará cada vez más en Dios, pasando de una visión muy tosca e inmadura de la Providencia a una sensibilidad espiritual más profunda que le permitirá discernir hasta acerca de las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Nadie progresa si antes no ha atesorado las lecciones que vienen de las experiencias pasadas.

Manresa

Llegamos Manresa, donde san Ignacio vive en pobreza y penitencia muy intensa, y se va enriqueciendo con otras experiencias interiores profundas e importantes tanto para su progreso espiritual como para su aprendizaje del discernimiento. Una de esas experiencias le ayudó a descubrir la acción del enemigo que se disfraza de «ángel de luz» y le fue introduciendo en lo que el libo de los Ejercicios llama las reglas de discernimiento de la segunda semana. En aquellos días, esta experiencia le producía consolación pero posteriormente el santo sabrá interpretarla adecuadamente y discernirla como una tentación:

Le acaeció muchas veces en día claro ver una cosa en el aire junto de sí, la cual le daba mucha consolación, porque era muy hermosa en grande manera. No devisaba bien la especie de qué cosa era, mas en alguna manera le parecía que tenía forma de serpiente, y tenía muchas cosas que resplandecían como ojos, aunque no lo eran. Él se deleitaba mucho y consolaba en ver esta cosa; y cuanto más veces la veía, tanto más crecía la consolación; y cuando aquella cosa le desaparecía, le desplacía dello (Autobiografía, 19)4.

Otras experiencias le ayudan a descubrir y a reaccionar a otras tentaciones del enemigo (en este caso más cercanas a las reglas de la primera semana: segunda, cuarta, sexta y duodécima).

Aquestos días que duraba aquella visión, o algún poco antes que comenzase (porque ella duró muchos días), le vino un pensamiento recio que le molestó, representándosele la dificultad de su vida, como que si le dijeran dentro del ánima: «¿y cómo podrás tu sufrir esta vida 70 años que has de vivir?» mas a esto le respondió también interiormente con grande fuerza (sintiendo que era del enemigo): «¡ o miserable ! ¿puédesme tú prometer una hora de vida?» y ansí venció la tentación y quedó quieto (Autobiografía, 20).

Satanás quiere que caiga en la tentación de la desconfianza y el desaliento, invitándole a abandonar su cambio de vida. Le plantea la incertidumbre sobre su futuro, que queda zanjada rápidamente cuando es consciente de que todo en el hombre depende de Dios y con esa verdad se enfrenta valientemente a las «falsas razones» del enemigo. Entonces, ¿por qué preocuparse inútilmente? Cuando nos asaltan temores y tentaciones sobre el futuro hemos de tener claro que nuestra vida está en las manos de Dios.

San Ignacio continúa en su vida de fidelidad a Dios -dilatada oración, arduas penitencias, confesión y comunión los domingos-, pero empieza a experimentar cambios que no tienen una base en las lecturas espirituales como sucedía en el tiempo de Loyola.

Mas luego después de la susodicha tentación empezó a tener grandes variedades en su alma, hallándose unas veces tan desabrido, que ni hallaba gusto en el rezar, ni en el oír la misa, ni en otra oración ninguna que hiciese; y otras veces viniéndole tanto al contrario desto, y tan súbitamente, que parecía habérsele quitado la tristeza y desolación, como quien quita una capa de los hombros a uno. Y aquí se empezó a espantar destas variedades, que nunca antes había probado, y a decir consigo: «¿qué nueva vida es esta, que agora comenzamos?» (Autobiografía, 21).

Sin cambiar en nada su proceder, el santo tan pronto se encontraba sin ganas de rezar y oír misa, como de repente, se le quitaba esa tristeza y desolación. Esta experiencia en la que ve cómo Dios entra en nuestra vida cuando quiere y como quiere la reflejará en la «consolación sin causa» de las reglas de la segunda semana (EE 330).

Nuestro santo comienza a plantearse la consolación y la desolación como dos muletas con las que ir caminando: hemos de sabernos mover en ambos momentos del espíritu en la dirección marcada por el Señor. Es necesario tener claro que, en sí mismas, la consolación y la desolación no sirven para nada, si no aprendemos a interpretarlas y a reaccionar adecuadamente a ellas. San Ignacio aprende a usar estas dos muletas con su propia experiencia y para su avance; y así se hace capaz de enseñar después a otros. También descubre que hay que combatir la desolación pero que, si se reacciona adecuadamente a ella, puede ser una ocasión de crecimiento espiritual y de purificación.

En este proceso pedagógico llegamos a lo que llaman los estudiosos el «crisol de los escrúpulos», momento en que san Ignacio comienza a plantearse un dilema que atormenta su ánimo. Se empieza encontrar entre la certeza y la duda de no haber confesado correcta y precisamente los pecados pasados. Sufre psíquica y espiritualmente de aflicción y turbación y trata de ponerle remedio con obstinación y tenacidad. Resuelve no confesarse más de las culpas pasadas, pero esta inspiración la guarda para sí, esperando que el confesor se la presente y se la proponga por su propia iniciativa. Se ve que todavía tiene que avanzar en el discernimiento y en la forma de pedir ayuda (cf. regla decimotercera de la primera semana), pues aún quiere delegar en otro la iniciativa sin hacer su parte.

No se resuelve el problema de escrúpulos y decide buscar una posible solución intensificando y prolongando la oración y la penitencia. Pero sigue siendo él el protagonista de la búsqueda y de la solución. Finalmente intuye la necesidad de abandonarse con confianza en las manos del Pedagogo divino y formula una oración en la que toma conciencia de su impotencia y declara que no quiere buscar más ayuda que la de su Señor: «Socórreme, Señor, que no hallo ningún remedio en los hombres, ni en ninguna criatura; que si yo pensase de poderlo hallar, ningún trabajo me sería grande. Muéstrame tú, Señor, dónde lo halle; que aunque sea menester ir en pos de un perrillo para que me dé el remedio, yo lo haré» (Autobiografía, 23). Esta experiencia propia de los escrúpulos también se verá reflejada en el libro de los Ejercicios en las reglas para el discernimiento de los escrúpulos, con las que enseña cómo ayudar a los que pasan por su misma dificultad (cf. EE 345-351).

El santo recibe una nueva lección en tentaciones que se presentan como buenas y que constituyen la base para su enseñanza de la posibilidad de que el enemigo se disfrace de «ángel de luz» y pretenda engañar con pensamientos buenos y santos (cf. la cuarta regla de la segunda semana). Éste es el fundamento de las reglas de la segunda semana, especialmente del discernimiento de la falsa consolación con causa. Veamos los ejemplos que recoge la Autobiografía:

Mas , cuando se iba a acostar, muchas veces le venían grandes ideas, grandes consolaciones espirituales, de modo que le hacían perder mucho tiempo del que él tenía destinado para dormir, que no era mucho; y mirando él algunas veces por esto, vino a pensar consigo que tenía tanto tiempo determinado para tratar con Dios, y después todo el resto del día; y por aquí empezó a dudar si venían de buen espíritu aquellas ideas, y vino a concluir que era mejor dejarlas y dormir el tiempo destinado, y lo hizo así (Autobiografía, 26).

Vive el santo otra tentación que nos puede resultar equívoca. El santo está observando el ayuno y la abstinencia, y, por mandato del confesor, interrumpe el ayuno pero persevera en la abstinencia. Un día al levantarse se le representa delante -como si fuese real- carne para comer, sin haber tenido ningún deseo de ella. Y le viene de repente una gran ansia de comerla. El confesor le decía que mirase a ver si aquello era tentación pero san Ignacio examinándolo nunca dudó de que no lo fuera. Percibió y reconoció en el carácter imprevisto de la moción una señal procedente de Dios cuya finalidad era hacer que interrumpiese la abstinencia (cf. Autobiografía, 27).

San Ignacio se va formando así para reconocer en las luces y consolaciones aparentemente buenas un instrumento del mal espíritu que quiere apartarlo de la tarea que está llamado a realizar: cumplir la voluntad de Dios en el aquí y ahora. Pero también se va haciendo capaz de descubrir la acción directa de Dios, incluso contra sus propios planes (como seguir la abstinencia de carne), apoyándose en el carácter imprevisto de la consolación.

Todo ello le lleva a comprender que solo la consolación sin causa es signo directo de la acción de Dios (segunda regla de la segunda semana). Por su parte, descubre que el mal espíritu puede producir consolaciones engañosas portadoras de intenciones y fines opuestos a los de Dios. El ángel malo es capaz de transformarse en ángel de luz provocando, bajo apariencia de buenos y santos propósitos y pensamientos, sus intenciones falsas y engañosas:

Es propio del ángel malo que se disfraza de ángel de luz, entrar con lo que gusta al alma devota y salir con el mal que él pretende (Regla cuarta de la segunda semana, EE 332).

Nos acercamos ahora a un momento clave en la etapa formativa de Manresa, «la eximia ilustración del río Cardoner», que va a iluminar todo el futuro del santo de Loyola, aunque no de forma explícita, pues deberá seguir caminando hacia donde él no sabe. La visión la tendrá junto al río Cardoner: Ignacio está sentado en un alto y el río pasa por debajo: está mirando a las cosas de fe, las cosas espirituales «desde lo alto hacia lo bajo».

Esta experiencia dejará a san Ignacio de tal modo iluminado que le parecerá, al salir de ella, que es un hombre nuevo. No se trata de una visión objetiva externa -como otras que ha tenido antes-, sino de una iluminación interior, una iluminación de la inteligencia, para ver más. Esta consolación le dio una capacidad para captar las cosas con un espíritu diferente al que tenía hasta ahora. No es tanto una visión de Dios sino una visión de todas las cosas en Dios.

Y estando allí sentado se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande que le parecían todas nuevas. Y no se pueden relatar los detalles que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una gran claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas había tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola (Autobiografía, 30)

Algunos afirman que el don que se le concedió en ese momento fue la «plena capacidad de discernimiento».

De algún modo, esta experiencia queda plasmada también en el libro de los Ejercicios, al final de la cuarta semana, en la «Contemplación para alcanzar el amor», con la cual se pretende ver todas las cosas desde Dios y a Dios en todas las cosas (cf. EE 233-237), que es lo que la iluminación del Cardoner le permitió a san Ignacio.

Esta gracia del Cardoner hay que vincularla en su grandeza e importancia a la que vive en La Storta, y que veremos en su momento.

Peregrinación a Jerusalén

Nuestro peregrino llega a Jerusalén guiado por la luz del Señor. Visitando Tierra Santa tiene la certeza de que debe permanecer allí para dedicarse al cuidado de las almas, que es un claro deseo y una actividad que viene realizando ya desde su convalecencia en Loyola. Pero el Custodio de Tierra Santa no se lo permite, de modo que su certeza interior queda cambiada por la decisión de la autoridad. Se introduce de este modo un elemento importante en el discernimiento de san Ignacio: la obediencia. Ve en esa negativa por parte de la autoridad competente la voluntad de Dios (cf. Autobiografía, 47). Él, que creía que había llegado al término de su peregrinación pisando las tierras del Señor, tendrá que transformar su peregrinación, no solo en lo puramente material y geográfico, sino también en la profundidad de su vida espiritual y de su entrega al Señor.

Etapa de formación: Barcelona – Alcalá – Salamanca – París

De vuelta de Tierra Santa, san Ignacio se inclina por dedicarse al estudio por un tiempo para poder ayudar mejor a las almas. Su itinerario de formación se inicia en Barcelona. Sufre aquí una dificultad, que en el fondo es una nueva tentación como una de las que ya hemos contemplado en Manresa: en el momento de la oración el santo no tiene especiales luces y consolaciones; en cambio, cuando tiene que estudiar se le abre el universo para comprender cosas nuevas y tener gustos espirituales hasta el punto que le impiden memorizar y estudiar. Estas consolaciones vienen a molestar la tarea principal que en este momento tiene que realizar, que es la voluntad de Dios. San Ignacio reconoce la tentación como una moción que viene del espíritu malo y actúa bajo capa de bien (regla cuarta de la segunda semana).

Vuelto a Barcelona, comenzó a estudiar con harta diligencia. Mas impedíale mucho una cosa, y era que, cuando comenzaba a decorar, como es necesario en los principios de gramática, le venían nuevas inteligencias de cosas espirituales y nuevos gustos; y esto con tanta manera, que no podía decorar, ni por mucho que repugnase las podía echar. Y ansí, pensando muchas veces sobre esto, decía consigo: «ni cuando yo me pongo en oración y estoy en la misa no me vienen estas inteligencias tan vivas»; y así poco a poco vino a conoscer que aquello era tentación. Y después de hecha oración se fue a santa María de la Mar, junto a la casa del maestro, habiéndole rogado que le quisiese en aquella iglesia oír un poco. Y así sentados, le declara todo lo que pasaba por su alma fielmente, y cuán poco provecho hasta entonces por aquella causa había hecho; mas que él hacía promesa al dicho maestro, diciendo: «yo os prometo de nunca faltar de oíros estos dos años, en cuanto en Barcelona hallare pan y agua con que me pueda mantener». Y como hizo esta promesa con harta eficacia, nunca más tuvo aquellas tentaciones (Autobiografía, 54-55).

Llega a Alcalá con el objeto de compaginar el estudio y el cuidado de las almas. Tuvo que afrontar aquí diversas dificultades, especialmente procesos de la Inquisición por ser sospechoso de estar influenciado por las herejías del momento y formar parte de los iluminados. Además, ante su carencia de estudios teológicos, las autoridades eclesiales no le permiten que lleve adelante su dedicación pastoral dentro del territorio de la diócesis. Se le plantea la hipótesis de seguir estudiando en Alcalá y renunciar a la labor apostólica o irse a Salamanca donde la prohibición no le alcanzaría y podría realizar ambas actividades. Nos encontramos con una elección concreta que san Ignacio debe realizar para encontrar la voluntad de Dios, teniendo en cuenta las consolaciones y desolaciones, pero también la realidad en la que se mueve y el plan general que Dios le va mostrando. Al final, el santo rechaza la posibilidad de renunciar a ayudar a las almas y pone el hecho en manos del Arzobispo. Como ya hemos visto, ante un dilema en el que no sabe cómo actuar confía en un elemento externo que le ayude a encontrar la voluntad de Dios: una mula, confesores, hombres espirituales, el provincial de los franciscanos. Esas ayudas exteriores aparecen como instrumentos de discernimiento, pero cada vez se acude a ellas de forma más afinada.

La necesidad de seguir los estudios le lleva a Salamanca, donde también encuentra grandes dificultades y llega a estar en prisión por el proceso que le instruye la Inquisición, y, ante tanta dificultad, decide ir a Paris a estudiar. Esta decisión la toma de forma madura en un proceso de discernimiento en el que hay una serie de elecciones, que ya debió comenzar a afrontar cuando volvió de Jerusalén: Primero, si debe estudiar o no, y cuánto tiempo ha de dedicar al estudio, haciéndolo compatible o no con una ascesis más austera y con la dedicación al apostolado. La segunda decisión es si, una vez acabados los estudios, debe entrar en religión -y, en tal caso, si debe ingresar en un instituto reformado o en uno en decadencia para colaborar a su reforma- o bien permanecer laico. En el tiempo de prisión en Salamanca no le faltaron deseos de aprovechar a las almas, y para ello descubrió que debía estudiar primero, reunir a algunos compañeros con el mismo propósito y además conservar los que ya tenía. El provecho de las almas se ha convertido en su única meta, que ha aceptado como voluntad de Dios y ha escogido de modo definitivo. Para este fin decide ir a París: el fin será el provecho de las almas; el medio es trasladarse a París. En esta ciudad debe realizar dos medios intermedios: los estudios y la agrupación de compañeros. Vemos aquí claramente como despliega todas las opciones y las va ordenando de acuerdo con el fin último que, en este caso, es doble: el provecho de las almas y empezar a gestar la formación de la Compañía de Jesús.

Y «se marchó solo», según dice el propio peregrino (Autobiografía, 73). En los momentos cruciales de su vida hay una acción educativa por parte de Dios, que pone a san Ignacio en soledad para encontrar mejor el plan de Dios y su puesto dentro de ese plan. Descubrimos así la necesidad de los momentos de desierto, que permiten la libertad de la persona para no se vea arrastrada por la presión exterior.

También aparece en esta etapa un episodio en que el santo aprende algo sobre la educación de la imaginación y nos enseña cómo debemos oponernos con contundencia a las tentaciones que vienen de falsas imaginaciones (en la línea de lo que enseña la sexta regla de la primera semana). Estando en París entró en una casa donde habían muerto muchos de peste y consoló un enfermo tocándole en una llaga:

Le empezó a doler la mano de modo que le pareció que tenía la peste. Y esta imaginación era tan vehemente que no la podía vencer, hasta que con gran ímpetu se metió la mano en la boca. Y habiendo hecho esto, se le quitó la imaginación y el dolor de la mano (Autobiografía, 83).

Destino final: Roma

Finalmente encontramos al santo de Loyola llegando a Roma, su destino definitivo. Había decidido que después de ser ordenado sacerdote estaría un año sin decir misa, «preparándose y pidiendo a la Virgen que lo quisiese poner con su Hijo» (Autobiografía, 96). Es en Roma donde tiene la otra importantísima experiencia espiritual, conocida como «la visión de La Storta». Estaba el santo rezando en una iglesia ya cerca de Roma y sintió una gran «mutación en su alma» y vio claramente que Dios Padre lo ponía con el Hijo. Esta lección representa para Ignacio el momento culminante en el que comprende que es constituido compañero de Jesús por el Padre. Ignacio sintió como el Padre imprimía en su corazón las siguientes palabas: «En Roma yo os seré propicio» (Fontes Narrativi de Sabcto Ignatio, II, 133). El ser puesto con Cristo y llevado a permanecer en Roma como la nueva y definitiva Jerusalén terrena de su vida, representa para el camino ignaciano de formación en el discernimiento una experiencia de profunda unión con la misma voluntad amorosa del Padre y del Hijo. Gracias a esa visión descubre tanto una misión personal como una dimensión comunitaria de la vocación que afecta a los primeros componentes de la Compañía de Jesús.

Conclusión

Todas estas experiencias vitales quedaron posteriormente plasmadas en el libro de los Ejercicios Espirituales, como el mismo Ignacio afirma:

Los Ejercicios no los había hecho todos de una sola vez, sino que algunas cosas que observaba en su alma y las encontraba útiles, le parecía que podrían ser útiles también a otros y así las ponía por escrito (Autobiografía, 99).

Todo este proceso vital conduce al santo a que discernimiento y elección sean una actividad -un estado- permanente de vida. Por medio de este proceso va interiorizando en él a Cristo, de modo que llega a ser criterio y luz de sus elecciones. Así va alcanzando el discernimiento por con-naturalidad, según se atisba en la séptima regla de la segunda semana.

La capacidad de discernimiento de la voluntad de Dios va avanzando. Al principio el mismo Ignacio quería imitar lo que otros (San Francisco, santo Domingo) habían hecho por Cristo. Pero la búsqueda de la voluntad de Dios y de la propia santidad le llevan a descubrir la llamada que Cristo le hace personalmente a él. Del mismo modo, dentro de la misma Compañía de Jesús no tienen la misma forma de ser jesuitas un san Francisco Javier o un san Francisco de Borja. Todos son jesuitas, pero cada uno tiene una vocación personal. Todos somos miembros de la Iglesia esposa de Cristo, todos estamos llamados a tener a Cristo como criterio permanente en las elecciones de nuestra vida y hemos de vivir siempre abiertos y disponibles a la voluntad de Dios que va marcando y guiando lo cotidiano de la vida, pero sabiendo que esa llamada de Dios es personal e intransferible.

5. Juan Bautista Scaramelli (+ 1752)

Su obra El discernimiento de los espíritus está especialmente dirigida a los directores de almas, a los que acuden las demás personas para recibir guía y confirmación en su discernimiento. Su originalidad es reducida y su verdadero valor estriba en que expone con claridad y orden e ilumina con ejemplos y textos toda la sabiduría cristiana sobre el discernimiento de los autores que le precedieron.

Primero habla de qué se entiende por espíritu y la naturaleza de éstos; qué es discreción de los espíritus y cómo se puede practicar. Distingue cuando este discernimiento se realiza como un carisma o cuando se alcanza con preparación y cómo debe ser ésta.

Para prepararse al discernimiento hay que pedírselo a Dios, no solo en general sino para cada caso en particular. Hay que estudiar y asimilar las normas de la Palabra de Dios y los doctores de la Iglesia. Practicar la virtud y la humildad. No aficionarse demasiado a los penitentes o discípulos para poder libremente reconocer la verdad de cada situación. Es bueno ser una persona cultivada y saber de los caracteres de los diversos espíritus. El juicio de la discreción no debe ser evidente, sino razonable y humano, siempre procediendo de lo que se ve a lo que no se ve.

Scaramelli sigue analizando detalladamente los caracteres de los diversos espíritus (divino y diabólico) y distingue sus efectos en el entendimiento y la voluntad, haciendo así un análisis muy minucioso que se puede resumir en el siguiente esquema, en el que aparece claramente el modo contrario de actuar de cada espíritu:

Movimientos de los actos del entendimiento

El espíritu divino…El espíritu diabólico…
Siempre enseña lo verdaderoEs espíritu de falsedad
Nunca sugiere cosas inútiles, infructuosas, vanas e impertinentesSugiere cosas inútiles, ligeras e impertinentes
Siempre trae luz a nuestra menteDeja en la mente tinieblas o falsa luz
Trae docilidad al entendimientoEs obstinado en la maldad
Hace discreto al entendimientoIncita a los excesos con indiscreción
Siempre infunde pensamientos humildesIntroduce siempre pensamientos vanos y soberbios

Movimientos de los actos de la voluntad

El espíritu divino…El espíritu diabólico…
Deja paz cuando mueve la voluntadProduce inquietud, turbación y alboroto
Mueve a humildad sincera, no afectadaProvoca manifiesta soberbia o falsa humildad
Da una firme confianza en Dios y un santo temor de uno mismoProduce desesperación y desconfianza o vana seguridad
Produce una voluntad dócil y fácil de doblegarse y cederProvoca dureza de la voluntad a la obediencia a los superiores
Da la rectitud de intención en el obrarProduce mala intención en el obrar
Paciencia en lo que atormenta el cuerpo, toca el honor o las pérdidasProvoca impaciencia en los trabajos
Mueve a la mortificación voluntaria de las inclinaciones internasProduce desconcierto en las pasiones
Produce sinceridad, veracidad, y simplicidadMueve a doblez, ficción y simulación
Da libertad de espírituProduce apego a los bienes materiales y espirituales
Mueve a la imitación de CristoAleja de Jesucristo y de su imitación
Otorga una caridad mansa, benigna y desinteresadaProduce falsa caridad y falso celo

Scaramelli desarrolla pormenorizadamente cada uno de estos modos de actuar de los espíritus.

Hace una tercera distinción en el discernimiento de los espíritus dudosos e inciertos por su carácter inusual -que sería lo más original de este autor-. Estas inspiraciones que se salen de lo común no tienen por qué ser malas por el hecho de ser tan excepcionales, pero el padre espiritual debe examinarlas con especial detenimiento y diligencia. Es cierto que podrían ser indicios del mal espíritu o disposiciones naturales que el mal espíritu puede aprovechar; pero si se las rechazara sistemáticamente se podría apagar la acción del Espíritu.

Por ejemplo, cuando una persona se ha atado a un estado (casado, religioso) no debe aspirar a otro aunque parezca o sea más perfecto, sino que debe procurar perfeccionarse en aquel en el que Dios le ha puesto. Así como son muchas las mansiones que hay en la casa del Padre eterno, son muchos los caminos que conducen a ellas. Pero no se puede considerar este criterio una norma absoluta, porque entonces se hubiera impedido el plan de Dios en santas como Teresa de Ávila o Teresa de Calcuta.

Dije de ordinario, porque tenemos ejemplos de personas santísimas que de un estado pasaron a otro en que se profesaba mayor perfección como hizo S. Antonio de Padua. Mas es menester en semejantes casos examinar diligentemente si en esta nueva vocación hay aquellas señales de buen espíritu que hemos declarado en los capítulos pasados (nº 152).

Del mismo modo pone sobre aviso de la tendencia a singularidades o cosas impropias del propio estado. Por ejemplo, el espíritu de un religioso de vida contemplativa que quisiese dedicarse a la vida activa o viceversa. De una casada que quiere vivir como monja en su casa. Normalmente el espíritu de Dios obra muy suavemente y se acomoda al estado de cada uno y no suele inspirar cosas ajenas a su profesión. El demonio sabe que las cosas nuevas y singulares excitan admiración y por ello es amigo de sugerirlas. Pero hay que tener cuidado porque Dios puede suscitar en algunos casos una entrega peculiar más allá de los cauces del propio estado (cf. nº 154-156).

También pone en alerta sobre la afición que se puede tener a experiencias extraordinarias. Aunque podemos considerar el caso de Abrahán al que Dios movió a sacrificar a su hijo, no hay que olvidar que Abrahán era persona de gran virtud, que estaba acostumbrado a percibir y seguir la voluntad de Dios. Ese espíritu de lo extraordinario puede ser insinuado por el demonio sobre todo en el caso de los principiantes, que no habiendo adquirido aun la virtud ordinaria se creen capaces de los actos más ilustres y heroicos. A las personas débiles e imperfectas se les debe inculcar el ejercicio de las virtudes ordinarias. Esto no quiere decir que no haya excepciones, pero que se deben discernir con cuidado y claridad.

También puede ser sospechoso el estado perpetuo de consolación y deleite porque normalmente el espíritu de Dios va y viene según su designio para que nos acostumbremos a buscarlo.

Finalmente podemos afirmar que el espíritu de revelación es siempre sospechoso, si no es en persona de gran bondad, porque Dios solo se revela a las almas muy queridas y amadas.

Alguna vez con el espíritu bueno se junta el malo, y pueden obrar en el alma Dios y el demonio, por lo que se debe proceder con pies de plomo examinando todos los movimientos interiores.


NOTAS

  1. Para la doctrina del discernimiento en san Bernardo y santo Tomás puede verse Ruiz Jurado, El discernimiento espiritual, 90-99; François Vandenbroucke, Discernement des esprits, en Dictionnaire de Spiritualité, Tome 3, III. Au moyen âge, 1255-1258.
  2. El Peregrino. Autobiografía de San Ignacio de Loyola. Introducción, notas y comentario por Josep Mª. Rambla Blanch, S. I., Bilbao-Santander 1983 (Mensajero-Sal Terrae), 151 p. y mapas.
  3. Cf. Joseph Pegon, Discernement des esprits, en Dictionnaire de Spiritualité, Tome 3, IV. Période moderne – Colonne 1266-1273; Pieri, Pablo e Ignacio, 81-118 y, especialmente, Cervera Barranco, Pablo, El peregrino de Loyola. La “Autobiografía” de san Ignacio, escuela de discernimiento espiritual, Madrid 2017 (BAC), 432 p.
  4. El nº 31 de la Autobiografía dice: «… y tuvo un muy claro conoscimiento, con grande asenso de la voluntad, que aquel era el demonio; y así después muchas veces por mucho tiempo le solía aparecer, y él a modo de menosprecio lo desechaba con un bordón que solía traer en la mano».