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1. Introducción

Los «Padres de la Iglesia», o «Santos Padres», es una denominación que se usa desde el siglo IV, para indicar algunos maestros del pasado que han dejado una huella particularmente grande en la transmisión, exposición o defensa de la fe cristiana. Se trata, sobre todo, de grandes obispos de oriente y occidente que garantizan la continuidad y la unidad de la fe.

Precisamente por ser los escritores cristianos de los primeros siglos tuvieron que enfrentarse con difíciles problemas que exigían de ellos una fina capacidad de discernimiento. Fueron capaces de encontrar criterios para discriminar lo que procedía de Dios de lo que no. Por ejemplo, tuvieron que fijar el canon de la Escritura, discerniendo qué libros eran inspirados y cuáles no. Tuvieron que encontrar criterios para fijar la verdadera doctrina frente a las desviaciones heréticas y los cismas eclesiales1. Tuvieron también que fijar elementos de juicio que permitiera discriminar entre el necesario crecimiento y profundización en la revelación frente a las novedades que se intentaban infiltrar en la misma2. Tuvieron que fijar la liturgia eclesial. Tuvieron que determinar en qué casos y de qué forma había de ofrecerse la penitencia posbautismal a los pecadores…

Es, por tanto, un período fecundo de búsqueda y desarrollo, que precisó grandes dosis de discernimiento, y mucho esfuerzo para separar lo que era eclesial de lo que provenía de la mentalidad griega o de una praxis ajena al evangelio.

2. El discernimiento personal de espíritus

A la par que se realizaban esas búsquedas eclesiales para salvaguardar la verdad de la fe y encontrar una expresión adecuada para comunicarla, se comenzó desde el principio un esfuerzo de discernimiento de cómo orientar al cristiano para encontrar el camino de Dios huyendo de los engaños propios y ajenos que puedan impedir el avance del alma o provocar su perdición definitiva3.

La Didajé, compuesta a finales del siglo I, es el escrito cristiano más antiguo fuera de la Sagrada Escritura. Está dirigido a todos los fieles, y comienza con esta afirmación:

Dos caminos hay, el de la vida y el de la muerte; pero grande es la diferencia entre los dos caminos (Didajé, I,1).

La Epístola de Bernabé, compuesta hacia el 131, completa esa teología con la afirmación de que cada uno de esos caminos está custodiado por ángeles. Uno es el dominio de los ángeles de Dios, el otro el de los demonios:

Dos caminos hay de doctrina y de poder: el de la luz y el de la tiniebla. Pero grande es la diferencia entre los dos caminos. Pues sobre uno están establecidos los ángeles de Dios, portadores de luz, y sobre el otro, los ángeles de Satanás (Epístola de Bernabé, XVIII, 1).

Pero es el Pastor de Hermas, escrito a mediados del siglo II, el que desarrolla más ampliamente ese doble camino, y los dos ángeles que los promueven. La novedad es que sitúa esos ángeles en el interior del hombre, de todo hombre:

«Dos ángeles hay con el hombre, el de la justicia y el de la maldad». Le digo: «¿Cómo, pues, señor, conoceré sus poderes puesto que los dos ángeles habitan conmigo?». «Escucha -me dice- y comprende. El ángel de la justicia es delicado, modesto, manso y tranquilo. Así pues, cuando este sube a tu corazón, al punto te habla de justicia, de castidad, de santidad, de templanza, de toda obra justa y de toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas suban a tu corazón has de saber que el ángel de la justicia está contigo… Por tanto, esas son las obras del ángel de la justicia. Confía en él y en sus obras. Mira ahora las obras del ángel de la maldad, Ante todo, es irascible, amargado e insensato, y sus malas obras destruyen a los siervos de Dios. Así pues, cuando éste suba a tu corazón, has de conocerlo por sus obras». Le digo: «Señor, no sé cómo he de conocerle». «Escucha –me dice-. Cuando te sobrevenga la ira o la amargura, has de saber que aquél está en ti. Luego, (sobrevienen) los deseos de muchos asuntos, el despilfarro de muchas comidas y bebidas, de muchas borracheras y de variados lujos, de lo no necesario, deseos de mujeres, avaricia, mucha soberbia, jactancia y cuanto le es igual y semejante. Así pues, cuando esto suba a tu corazón, has de saber que el ángel de la maldad está en ti. Así pues, como ya conoces sus obras, apártate de él y no te confíes a él en absoluto porque sus obras son malas e inconvenientes para los siervos de Dios» (Pastor de Hermas, Mandamiento VI, 2, 1-6).

Esos ángeles que están con el hombre, se le insinúan invitándole a caminar por dos sendas completamente distintas. Pero siempre es una oferta, el hombre es el que determina si quiere confiar o apartarse de uno u otro.

Además es importante, comprender que lo eficaz no es sólo aceptar un camino u otro, sino conocer a un ángel y al otro, de manera que no podamos ser engañados y conducidos a un destino queriendo elegir el contrario. La forma de conocer a cada ángel es por el estilo que tiene y por las obras a las que mueve. El que sabe reconocerlos no será engañado.

Esta doctrina del Pastor de Hermas queda ya incorporada para siempre a la teología espiritual de la Iglesia, y puede ser aplicada a todo seguidor de Cristo.

Orígenes (185-253) profundiza en esta enseñanza a mediados del siglo tercero, y aporta, sobre todo, dos elementos novedosos. Por un lado insiste constantemente en que la seducción a que se ve sometido el corazón no recorta su libertad, sino que es el hombre el que elige su propio camino:

Uno acoge la fuerza o la actividad del buen espíritu cuando es movido y estimulado hacia lo bueno, y cuando es inspirado hacia lo divino y celeste… pero de tal manera que permanezca en la decisión y en el juicio del hombre si quiere o no quiere seguir al que lo estimula hacia lo divino y celeste (De Principiis, III, 3, 5).

Y esto es así porque nadie es tentado por encima de sus fuerzas, sino que es su libre albedrío el que decide acoger o rechazar las sugerencias que recibe:

No por el hecho de que hayamos dicho que por el justo juicio de Dios cada uno es tentado de acuerdo a la magnitud de su fuerza, por ello se debe pensar que el que es tentado deba vencer de todas maneras… Dios procura que tengamos la posibilidad de resistir, pero que pongamos en práctica diligente o negligentemente esta capacidad que él mismo nos dio, depende de nosotros (De Principiis, III ,2, 3).

Cierto es que la actitud previa del hombre, su diligencia o negligencia en rechazar las tentaciones y en acoger las sugerencias del espíritu bueno nos fortalecen o nos van haciendo más débiles y esclavos del enemigo, pero, en todo caso, Orígenes afirma repetidas veces que el hombre no puede vencer sin la ayuda de la gracia:

La naturaleza humana sola, por sí misma, no puede sostener un combate contra los ángeles (De Principiis, III, 2, 5).

Por otro lado, Orígenes introducirá una novedad en la doctrina anterior: los estímulos que mueven al hombre no proceden sólo del espíritu bueno o del espíritu malo, sino también del propio espíritu del hombre:

Los pensamientos que surgen en nuestro corazón… algunas veces provienen de nosotros mismos, otras son incitados por las potencias contrarias y a veces son introducidos por Dios o por los ángeles santos (De Principiis, III, 2, 4).

Orígenes, y después numerosos autores, darán una gran relevancia a los pensamientos que proceden de la propia naturaleza del individuo, sin negar la existencia de las otras dos fuentes seductoras. No sólo el espíritu malo tienta al alma, sino también es movida por la fuerza seductora de lo que se denomina la «carne», que son los apetitos desordenados por el pecado original.

Que existen ciertos pecados que no provienen de las potencias contrarias, sino que arrancan de impulsos naturales del cuerpo, el apóstol Pablo lo declara de modo muy claro cuando dice: la carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; ambas se oponen mutuamente, para que no hagáis aquello que queréis (De Principiis, III, 2, 3).

Propone también el alejandrino una proporcionalidad entre el progreso espiritual de los hombres y la fuerza de las tentaciones: el progreso espiritual prepara para tentaciones más fuertes. Detrás está Dios, que permite toda tentación para el crecimiento y madurez del cristiano:

Todas las cosas que suceden en este mundo… no son realizadas por Dios, pero tampoco sin Dios (De Principiis, III, 2, 7).

Como vemos, esta doctrina espiritual que vamos desgranando fue siempre dirigida a todos los fieles, no a un grupo especial de cristianos. Ello queda patente en las catequesis con las que se preparaba a los catecúmenos para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana. A estos aspirantes a cristianos les dirige san Cirilo de Jerusalén (315?-387) en el año 348 sus famosas catequesis y, en una de ellas les introduce en el discernimiento de espíritus:

El demonio impuro […], su irrupción es de lo más salvaje, la sensación es definitivamente insoportable, la mente se torna oscura; el ataque es cruel […] porque hace violencia para utilizar como suyo un cuerpo ajeno […] Se llena de oscuridad el hombre […] El Espíritu Santo […], su venida es delicada, la sensación de su presencia embriaga los sentidos, su carga ni se nota […] viene a salvar, a curar, a enseñar, a amonestar, a fortalecer, a consolar, se ilumina el ojo corporal y ve con claridad lo que antes no veía, así también el que es estimado digno del Espíritu Santo recibe la luz en su alma, y ve por encima de la capacidad natural del hombre (Catequesis 16, 15-16).

El Pseudo-Macario, que escribió entre el 360 y el 400, insiste en las distintas señales que diferencian al espíritu bueno del malo, para subrayar la importancia del discernimiento, que es el instrumento para poder conducirnos con seguridad por los caminos de Dios:

Permaneced prudentes e instituid un examen muy cuidadoso, aceptando lo que es bueno, rechazando lo que es malo (Homilía 1 y 3)4.

También san Agustín (354-430) reflexionó sobre el discernimiento. El escrito donde reflexiona con más profundidad sobre el tema es La Ciudad de Dios, allí da criterios de discernimiento muy válidos para distinguir lo que corresponde al estilo de Dios y lo que es propio del estilo del mundo:

Así que dos amores fundaron dos ciudades; es a saber: la terrena, el amor propio, hasta llegar a menospreciar a Dios, y la celestial, el amor a Dios, hasta llegar al desprecio de sí propio. La primera puso su gloria en sí misma, y la segunda, en el Señor; porque la una busca el honor y gloria de los hombres, y la otra, estima por suma gloria a Dios, testigo de su conciencia; aquélla, estribando en su vanagloria, ensalza su cabeza, y ésta dice a su Dios: «Vos sois mi gloria y el que ensalzáis mi cabeza» (Sal 3,4) (La Ciudad de Dios, XIV, 18).

Diadoco de Foticé (+ ca. 468) suscribe la doctrina tradicional de la existencia de dos tipos de espíritus y la necesidad de hacer un discernimiento para desenmascararlos. Pero incide mucho en la dificultad del discernimiento. Ésta no viene sólo de que los demonios se transformen en ángeles de luz para engañarnos, sino que proviene también de que el Espíritu Santo permite a las almas atravesar periodos de desolación que al final son beneficiosos, a condición de que sean aceptados generosamente y reconocidos como pruebas de origen divino.

San Gregorio Magno (papa entre el 590 y el 604) no intenta describir los demonios como lo hacía san Antonio. No destaca las tentaciones más temibles: todo sucede en las almas y los dramas que trata son puramente interiores. Afirma que se haría mal en despreciar estos impulsos espirituales, menos temibles que las manifestaciones exteriores, pero mucho más habituales. En sus Libros Morales habla, dirigiéndose a todos los cristianos, de la necesidad de la vigilancia a causa de la ceguera en la que el hombre ha caído por el pecado:

El género humano, excluido de los gozos interiores por culpa del pecado, perdió los ojos de la mente y no sabe por dónde caminan los pasos de sus méritos (Libros Morales, IX, 20).

Por eso, a veces considera como malo algo que le hace bien y a la inversa. Por ejemplo, juzga mala la tentación, cuando en realidad ésta, si es superada, le hace crecer:

Mientras estas cosas le fatigan sin vencerle [la tentación], nada de ello acaba con él contaminándolo, sino que, gracias a la humildad, lo preservan, de modo que el ánimo, sabiéndose débil en la tentación, se confía por completo al auxilio divino y abandona totalmente la confianza de sí (Libros Morales, IX, 20).

San Gregorio no sólo dio normas de discernimientos a los cristianos en general, sino que, preocupado por el campo pastoral, procuró orientar a los sacerdotes con criterios espirituales para su labor pastoral. Su libro Regla pastoral está lleno de orientaciones y sabias enseñanzas para el ejercicio del ministerio, y supone una fina aplicación práctica del discernimiento. La razón es que el pastor ha de ser un perito en el discernimiento.

Ningún arte se asume para ser enseñado, si antes no se ha aprendido con atenta reflexión. Puesto que la dirección de almas es el arte de las artes, ¡qué grande es la temeridad de los que reciben el magisterio pastoral carentes de sabiduría!… Los que no conocen la fuerza curativa de las plantas se avergüenzan de ser tenidos por médicos del cuerpo, en cambio, los que no han conocido en absoluto las leyes del espíritu, no temen hacer de médicos del alma (Regla pastoral, I,1).

El pastor tiene que ser perito en discernimiento para saber cómo tratar a cada alma y acertar en qué cosas es preciso corregir y cuáles hay que soportar.

El pastor debe saber que los vicios muchas veces fingen ser virtudes… Por eso es necesario que el director de almas discierna, con vigilante cuidado, las virtudes de los vicios. De modo que… no conduzca a sus fieles al suplicio eterno perdonando lo que debiera castigar, ni castigue los pecados tan brutalmente que él mismo peque con mayor gravedad. No se anticipe precipitadamente, debilitando lo que podía haberse hecho con rectitud y gravedad, ni aplace el premio de la obra buena convirtiéndola en mala (Regla pastoral, II, 9).

3. El discernimiento espiritual en el monacato

San Antonio

Maíno, San Antonio Abad, Museo del Prado

El origen del monacato ha de situarse en el asentamiento y difusión del cristianismo por las ciudades y zonas más pobladas; y, por otro lado, en el final de las persecuciones, que hacía más lejano el ideal del martirio. Algunos cristianos comenzaron a retirarse al desierto para conseguir el martirio interior y la pureza de corazón, a través de la renuncia material.

Para todos ellos fue una referencia la Vida de Antonio escrita por san Atanasio hacia el año 357, seguramente para dar a conocer la vida monacal egipcia a monjes occidentales.

San Antonio es considerado el padre del monacato. Nació hacia el año 250 y murió hacia el 356. Desde los 20 años se retiró al desierto a vivir una vida de intensa ascesis. Vivió una verdadera guerra contra los demonios y acabó desarrollando una gran capacidad de discernimiento por la que fue muy buscado por otros monjes. Simultaneó la vida anacoreta con la fundación y dirección de colonias de monjes.

El libro de san Atanasio muestra muy claramente esa lucha contra los demonios y contiene muchos testimonios de discernimiento espiritual. Es una vía más popular y descriptiva que la de Orígenes de abordar el tema del discernimiento. También san Antonio reconoce que el alma se ve solicitada no sólo por los ángeles y los demonios sino también por impulsos provenientes de la carne; pero su experiencia y su tarea de orientación de los monjes le hace describir más detenidamente las tentaciones del maligno.

No obstante, el estudio del discernimiento en el monacato antiguo no podemos reducirlo al estudio de los ataques diabólicos.

La búsqueda de la pureza del corazón

Ya vimos cómo la necesidad de discernimiento de espíritus es, según los Santos Padres una necesidad para todos los cristianos. Sin embargo, fue en el ámbito del monacato donde más se desarrolló este discernimiento. De hecho, el principal trabajo de los monjes consistió en la guarda de los pensamientos.

También los filósofos ayunan y viven castamente; sólo los monjes vigilan sus pensamientos (Apotegmas de los Padres del Desierto)5.

La finalidad de los monjes era alcanzar la vida eterna a través de la pureza del corazón.

El fin de vuestra profesión es, sí, el Reino de Dios, pero el objetivo es la pureza del corazón, sin ella es imposible alcanzar ese fin (Casiano, Carta a Leoncio Igúmeno).

Esta pureza sólo se conseguía mediante el ejercicio ascético y la privación de los bienes innecesarios. Pero nunca podían perder de vista cuál era el objeto último de sus esfuerzos.

Los ayunos las vigilias, la meditación de la Escritura, la desnudez, la privación de todos los bienes temporales, no son la perfección, sino los instrumentos de la perfección; no constituyen el fin de nuestra regla, sino los medios por los que se alcanza el fin (Casiano, Colaciones, I, 7).

A esas privaciones, el monje debía añadir la «segunda renuncia»; es decir, la que tiene por objeto desterrar por completo los vicios del hombre interior. Para ello era preciso adquirir una ciencia práctica que consistía en el conocimiento de los vicios y del modo de extirparlos, y el conocimiento de las virtudes y del modo de adquirirlas y progresar en ellas. Es decir, debían profundizar en el discernimiento para hacerse plenamente libres y fomentar el trabajo de la gracia en ellos.

La guerra invisible

Desde el comienzo, esa búsqueda de la pureza del corazón se concibió como una guerra contra uno mismo y sobre todo contra el demonio. Más aún, uno de los motivos que impulsó a muchos a irse al desierto fue, además del relajamiento en que sentían que estaban cayendo las comunidades cristianas que ya no eran perseguidas desde el Decreto de Milán (313), la necesidad de vencer al demonio en su propio ambiente. Ya se le había expulsado de las ciudades y ahora había que vencerlo en el desierto, que era, según creían, su morada.

Además, el paso del estado carnal del hombre mundano al estado espiritual del cristiano perfecto incluye necesariamente una guerra. Una guerra interior contra los propios instintos y hábitos deformados por el pecado. A los cuáles había que sumar la acción real de los demonios.

San Antonio afirma que los demonios «si ven que todos los cristianos, y en particular los monjes, trabajan con empeño y progresan, intentan y se esfuerzan en tender trampas al borde del camino. Sus trampas son los pensamientos impuros» (Vida de Antonio, 23, 1).

Hacerse monje equivale para san Jerónimo a «correr al campo de batalla», y para san Basilio es sinónimo de «alistarse en el ejército de Cristo». Según san Agustín, el monje es el «soldado de Cristo»6.

La guerra que los monjes han de sostener es una guerra interior, una guerra invisible. El enemigo es uno mismo y los espíritus malignos que le inducen a desviarse de Dios. Desde esta perspectiva se entienden muy bien las palabras de san pablo: «Nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire» (Ef 6,12).

Para vencer en esta lucha, los monjes procuraban conocer la naturaleza de los demonios, estudiar su táctica e intentar descubrir sus puntos débiles. Poco a poco fueron descubriendo su origen, su personalidad, su poder, su jerarquía y organización. Todo ese inmenso caudal de conocimiento fue sistematizado especulativamente por Evagrio Póntico (+ 399) y su discípulo Juan Casiano (360/365-435). A través de ellos podemos hacernos una idea completa del ideal y vida del monacato antiguo.

Los trabajos de estos padres muestran la táctica de los demonios, que atacan habitualmente en solitario, uno después de otro, empezando siempre por los menos fuertes. Cada uno de estos espíritus tiene su especialización y se muestran tenaces y astutos. Su forma habitual de actuar es inspirando malos pensamientos, excitando las pasiones, provocando sueños, visiones y alucinaciones, con el objeto de turbar, desmoralizar a los monjes y hacerles abandonar su propósito. Pero si el monje consigue resistir progresa.

Como ya defendía Orígenes, el monje está convencido, por vía de experiencia, de que nunca somos tentados por encima de nuestras fuerzas, y que por tanto siempre podemos vencer.

No debemos temer los pensamientos que nos sugieren, pues con nuestra oraciones y ayunos y con nuestra fe en el Señor, caerán rápidamente (Vida de Antonio, 23, 2).

Los ascetas más jóvenes y débiles se enfrentan con demonios menos poderosos, y los combates cada vez son más duros, aumentando la dificultad en proporción a las fuerzas y al progreso.

Si se encuentran un alma firme en la fe y en la esperanza de los que ha comprendido, en lo sucesivo vienen acompañados de su jefe (Vida de Antonio, 23, 6).

La convicción optimista que late en el fondo de esta lucha es que el demonio nada puede contra nosotros sin el consentimiento de nuestra voluntad. Es sólo un tirano impotente vencido por Jesucristo, y cuyo poder es pura fachada. Por eso, san Antonio y con él todos los monjes, aconsejarán enfrentarse con él abiertamente.

Si el Señor está con nosotros, los enemigos no nos harán nada. Pues cuando vienen, tal como nos encuentran, así actúan contra nosotros, y crean imágenes de un tipo o de otro según los deseos que encuentran en nosotros. Si nos encuentran acobardados e inquietos, súbitamente, como ladrones que encuentra el lugar abandonado, nos atacan y acrecientan los pensamientos que ya teníamos. Si nos ven temerosos y acobardados, aumentan nuestro temor con imágenes y amenazas, y así el alma infeliz es atormentada por éstas. Si por el contrario, nos encuentran alegres en el Señor y pensando en los bienes futuros y meditando las cosas del Señor y reflexionando que todo está en la mano del Señor y que el demonio nada puede contra el cristiano y que no tiene absolutamente ningún poder contra nadie, ven el alma fortalecida por estos pensamientos y se retiran confundidos (Vida de Antonio, 42, 4-7)7.

Los demonios son cobardes e impotentes ante la valentía del cristiano. No tienen acceso al secreto de las conciencias, sólo actúan por el juicio que pueden hacer por nuestras manifestaciones externas.

Las armas para vencer son la oración, el ayuno y la sobriedad, el conocimiento íntimo de la Escritura, la invocación del nombre de Jesús… Pero más importantes que la práctica de estas armas es la actitud que las inspira: la inquebrantable confianza en Dios y en la victoria de Cristo, la convicción profunda de que sin la gracia no puede nada el monje, pero que con ella no hay combate que no pueda ganar.

Bernardino Parenzano, Las tentaciones de San Antonio

En esta lucha es esencial adquirir la capacidad de discernimiento mediante la experiencia y la ayuda de un «anciano» capaz de discernir los espíritus. El abba ha de haber adquirido la pureza de corazón y conocer los caminos de la vida espiritual. Y el monje ha de comprometerse a una manifestación íntegra de los pensamientos, así como a una obediencia ciega, porque el enemigo busca la autosuficiencia y la soledad espiritual del monje y nada teme tanto como la verdadera obediencia8.

Esa guerra invisible dura hasta el final de la vida del monje, sea cual sea su nivel de virtud:

En una ocasión, el demonio en persona dijo a un monje que estaba agonizando: «Me has derrotado». El monje respondió: «Todavía no lo sé»9.

El punto central de la lucha para un monje es el discernimiento, es decir la capacidad de distinguir los adversarios. Según narra Casiano, en una ocasión reunido un grupo de monjes para meditar «cuál es la virtud o práctica que consigue mantener al monje alejado de las redes y las tentaciones del diablo y conducirlo a la cima de la perfección por un camino recto y con paso firme», hubo quién ponderó el ayuno, otros las vigilias, otros el desprecio de todas las cosas o la vida anacorética, algunos la caridad y la hospitalidad. Sin embargo, Antonio, aludió a la desconcertante realidad de la caída de muchos ancianos que habían cultivado esas virtudes, y concluyó: «Las obras virtuosas eran abundantes en esas personas, pero les faltaba una: el discernimiento. Por esta razón no fueron capaces de perseverar en las otras hasta el fin. La única causa de su fracaso es que no fueron instruidos por los ancianos y, por eso, no pudieron adquirir la virtud de discernimiento» (Casiano, Colaciones, II, 2, 4).

Lo que mantiene al monje libre de los lazos del demonio y le conduce a la perfección, no son los ayunos, ni las vigilias, ni la desnudez espiritual, ni la separación del mundo, ni las obras de caridad, sino la discreción. Si falta la «madre de las virtudes», como luego la llamará San Benito (Regla, 64, 19), todo el edificio amenaza ruina.

Pero San Antonio afirma, con ese optimismo que le caracteriza, que «si Dios lo concede es fácil y posible distinguir la presencia de los malos espíritus y de los buenos» (Vida de Antonio, 35, 4).

Si sentís temor ante una visión, pero enseguida ese temor se aleja y en su lugar se produce un gozo inenarrable, confianza, coraje, alivio, pensamientos ordenados y otras cosas que he dicho, la fortaleza y el amor a Dios, confiad y orad. Pues el gozo y la tranquilidad del alma indican la santidad del que se presenta (Vida de Antonio, 36, 3-4).

Para los monjes, el discernimiento es esencialmente un carisma, un don del Espíritu, que sólo se recibe mediante la oración insistente y después de un largo proceso de purificación.

Eso era lo grande de la ascesis de Antonio, que, como ya hemos dicho, teniendo el don de discernir los espíritus, conocía sus movimientos y la pretensión de sus insidias. No sólo no era burlado por éstos, sino que también enseñaba a los que eran molestados con pensamientos cómo rechazar sus trampas, mostrando las astucias que realizaban y sus debilidades (Vida de Antonio, 88,1).

También fue famoso san Pacomio por su capacidad de discernimiento y por su conocimiento de las propiedades y de las tácticas de los demonios. Los demás monjes acudían a ellos, y a otros que tenían esta capacidad, para poder hacer frente a las acometidas del enemigo.

Los logismoi

El discernimiento, como ya hemos visto, no era importante sólo para el campo extraordinario de las visiones, sino que su empleo más corriente se realizaba en el mundo de los pensamientos o impulsos (llamados logismoi). Para ello se determinaron a usar las facultades humanas para un minucioso estudio del corazón del hombre. Así penetraron en el mundo del subconsciente, es decir, en la existencia de pasiones escondidas en el alma, que escapan a la atención consciente del individuo, y que muchas veces afloran ante la tentación que las pone de manifiesto. Incluso llegaron a distinguir si la causa de tal reacción psíquica es de orden físico y exterior o moral e interior.

En ese trabajo de percepción y descernimiento de los pensamientos era vital la atención y la vigilancia, esa guarda del corazón que permite discernir si un pensamiento procede de Dios o del enemigo. Así se desarrolló toda una «técnica de los pensamientos», que requería un verdadero adiestramiento.

El atleta, si no combate contra otros hombres, no puede aprender la técnica de la victoria, para combatir a solas con el adversario. Lo mismo ocurre con el monje: si antes no se ha educado con otros hermanos y no ha aprendido la técnica de los pensamientos, no le es posible vivir como solitario y resistir a los pensamientos (Diálogo de los ancianos sobre los pensamientos, 23)10.

Evagrio Póntico reduce a ocho las sugestiones del enemigo, que luego serán denominados por Casiano como los «ocho vicios principales». Estos son: gula, lujuria, avaricia, tristeza, ira, pereza (acedía), vanagloria y soberbia.

Casiano distingue los que necesitan del cuerpo para desarrollarse, y los que reciben su impuso de otra causa exterior o interior. Y piensa que los diferentes vicios reclaman distinta terapéutica: sería un grave error ofrecer a los vicios carnales remedios puramente espirituales. Para ellos hay que echar mano del ascetismo corporal.

Para regular ese ascetismo corporal Casiano aconseja la «discreción», que consiste, según su opinión, en rehuir cualquier exceso y encontrar el punto medio entre la pereza y «sobrepasar de manera presuntuosa el límite de la justa continencia por un exceso de fervor» (Casiano, Colaciones, II, 2, 4).

También defiende una dependencia mutua entre muchos de los vicios. Entre los seis primeros hay una especie de parentesco, de modo que la exuberancia de uno se convierte en el principio del siguiente. Y lo mismo ocurre entre los dos últimos. De ello se deduce que sería vano luchar contra cada uno de ellos sin tener en cuenta el anterior, que lo engendra y fomenta.

Por ello es muy importante que el monje los conozca y sepa en qué orden se suceden, porque normalmente no atacan a la vez, sino por orden riguroso, siendo siempre los recién llegados peores que los precedentes.

Excelente modo de combatir un vicio es ejercitarse en la virtud opuesta (el «agere contra» de san Ignacio). Teniendo en cuenta la unidad de la virtud, porque también ellas dependen unas de otras, de modo que el que carece de una sola no puede poseer perfectamente ninguna.

Pero los monjes no creen que se pueda establecer una táctica de las virtudes, como si gracias a un esfuerzo metódico se pudiera llegar a la perfección. Eso sería caer en el pelagianismo. La perfección es un don de Dios, que él va dando libremente según le parece. La lucha vale para cooperar con la gracia divina en el plano psicológico, pero cuando se trata de aproximarse a Dios, la perspectiva es otra.

Además de la caridad, las tres virtudes más valoradas en el ámbito monástico son la humildad, la obediencia y la dulzura o mansedumbre. Para Antonio la humildad es el fundamento del edificio espiritual:

San Antonio vio todas las trampas del enemigo desplegadas sobre la haz de la tierra. Y dijo gimiendo: «¿Quién podrá librarse?» Y una voz le respondió esta sola palabra: «La humildad» (Apotegmas de los Padres del Desierto, Antonio, 7).

La primera manifestación de la humildad es la obediencia. Sin renuncia a la propia voluntad no hay verdadera sumisión a la voluntad de Dios.

4. Criterios de discernimiento en la época patrística

A la luz de las doctrinas expuestas y de los textos consultados, podríamos deducir algunos criterios que se sugieren en la época patrística en torno al discernimiento de espíritus:

  • -Hay una guerra a muerte en nuestras almas entre Dios y el pecado. Quien lo ignora está a merced del enemigo.
  • -La tentación y la prueba es permitida por Dios para el crecimiento del cristiano. Pero Dios nunca permite que la tentación supere las fuerzas del cristiano. Por eso, las tentaciones están proporcionadas a la fortaleza de quien las padece.
  • -Por tanto, la victoria siempre es posible con la ayuda de Dios. Sin la gracia, la victoria es imposible.
  • -Los impulsos internos proceden de la debilidad de la carne, deformada por el pecado. El enemigo puede utilizarnos y acrecentarlos.
  • -Es precisa la atención y la vigilancia para descubrir qué impulsos, pensamientos o apariciones nos llevan a Dios o nos alejan de él.
  • -Además de la vigilancia, es necesaria la sobriedad y una ascesis continuada y previamente discernida para poder penetrar los espíritus y descubrir las tentaciones.
  • -Los impulsos exteriores no sólo conducen a diferentes fines, sino que tienen también diferentes estilos, según provengan de Dios o del demonio. Por ello es necesario analizarlos y ver qué señales los acompañan.
  • -Los buenos espíritus traen paz y conducen al bien, los malos generan tensión y conducen al mal o a lo que es peor.
  • -El mal espíritu procura encaminar a lo menos perfecto a través de razonamientos falaces, que, si no se cortan, adquieren gran fuerza y provocan el abandono de la empresa.
  • -El mal espíritu tienta convenciendo, afligiendo y asustando. Suele exagerar la dureza del camino para convencer de que es imposible la meta.
  • -Es una buena táctica afrontar la tentación con valor y determinación; porque el enemigo, que es cobarde, huye. Si nos ve con miedo, se crece.
  • -Cuando el mal espíritu no consigue lo que puede amplificando las dificultades o asustando, puede recurrir a la estratagema de presentarse como ángel de luz, y, bajo capa de mayor celo y entrega, conducir a la soledad, a la vanagloria y, poco a poco, a la soberbia. Desde ahí, conduce al cristiano a todos los vicios y pecados.
  • -Los diversos ataques están relacionados, yendo de los más suaves y cotidianos a los más terribles y difíciles de vencer. De modo que es imposible vencer los más sutiles si no se encara con determinación los más pequeños.
  • -Las tentaciones más básicas tienen que ver con necesidades físicas (comer y reproducirse), las más fuertes tienen que ver con deformaciones espirituales (vanagloria y soberbia).
  • -Para salir victorioso es habitualmente necesaria la ayuda de un padre espiritual, al que con humildad se le manifiesten todos los pensamientos, para seguir obedientemente sus directrices.

NOTAS

  1. San Ireneo defendió que las verdaderas doctrinas eran las que estaban en consonancia con lo que enseñaban las iglesias fundadas por los apóstoles, y que conservaban indemne la sucesión apostólica, especialmente la iglesia de Roma.
  2. «En caso de que surgiera alguna nueva cuestión sobre la cual no se haya dado una tal decisión (una decisión del magisterio), habría que recurrir a las opiniones de los santos padres, al menos en aquéllos que, en sus épocas y lugares respectivos, permanecieron en la unidad de la comunión y de la fe, y fueron tenidos por maestros reconocidos. Y todo lo que ellos defendieron, en unidad de pensamientos y sentimientos, tendría que ser considerado como la doctrina verdadera y católica de la Iglesia, sin ninguna duda o escrúpulo (…). La posteridad no debería creer nada más que lo que la venerable antigüedad de los padres ha profesado unánimemente» (San Vicente de Lerins, Conmonitorio, c. 29,1; 33,2).
  3. Para la doctrina del discernimiento en los Santos Padres, puede verse Ruiz Jurado, El discernimiento espiritual, 68-89; Bardy, Gustave, Discernement des esprits, en Dictionnaire de Spiritualité, Tome 3, II. Chez les Pères, 1247-1254; Colombás, García M., La espiritualidad del monacato primitivo,en Historia de la espiritualidad, Tomo I,Barcelona 1969 (Juan Flors), 497-603.
  4. PG 34, 865c y 876b, citado por Bardy, Discernement des esprits, Chez les Pères, 1252-1253.
  5. Ed. Budge, tomo I, nº 185, citado por Colombás, La espiritualidad del monacato primitivo, 559, n. 410.
  6. San Jerónimo, Ep. Ad Praesidium. San Basilio, Reg. fus. tract. 28, 2. San Agustín, Ep 220,12. Citados por Colombás, La espiritualidad del monacato primitivo, 562.
  7. Nótese el paralelismo entre esta doctrina y la regla duodécima de la primera semana de los Ejercicios de san Ignacio: «Es propio del enemigo debilitarse y perder ánimo, huyendo sus tentaciones, cuando la persona que se ejercita en las cosas espirituales pone mucho rostro contra las tentaciones del enemigo, haciendo lo diametralmente opuesto; y por el contrario, si la persona que se ejercita comienza a tener temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la faz de la tierra como el enemigo de la naturaleza humana, cuando intenta realizar su dañina intención con tan crecida malicia» (EE 325).
  8. En este sentido, son interesantes los ejemplos de monjes engañados que refiere Casiano: El anciano Herón, que quiso mantenerse sólo y penitente, y acabó tirándose a un pozo por mandato de Satanás (Colaciones, II, 5). Los monjes hermanos de la Tebaida que se introdujeron en el desierto sin comida, esperando que Dios los alimentara (Colaciones, II, 6). El monje que casi sacrifica a su hijo para imitar a Abrahán (Colaciones, II, 7). El monje que se circuncidó haciéndose judío (Colaciones, II, 8)… El enemigo, sirviéndose de su insensata soledad, les engañó vistiéndose de ángel de luz.
  9. Hausherr, I., Penthos. La doctrine de la componction dans l’Orient chrétien, Roma 1944, 43-44, citado por Colombás, La espiritualidad del monacato primitivo, 575, n. 509.
  10. Guy, J.-C., Un dialogue monastique inédit: ΠΕΡΙΛΩΓΙΣΜΩΝ: Revue d’ascétique et mystique 33 (1957) 180, citado por Colombás, La espiritualidad del monacato primitivo, 569, n. 479.