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En el Antiguo Testamento no aparece la expresión «discernimiento de espíritus», pero sí podemos encontrar ejemplos de la práctica del discernimiento, cuando algunos personajes o el pueblo entero tienen que tomar una opción1:

  • -Adán tiene que elegir entre comer o no del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2,17; 3,6).
  • -Caín tiene la opción de elegir el bien y de dominar el pecado (Gn 4,7).
  • -Abrahán elige seguir la llamada del Señor a salir de su tierra (Gn 12,1.4).
  • -El pueblo de Israel tiene que elegir en distintas situaciones: a) aceptar la Alianza y los mandamientos de la ley (Ex 19,8; 24,3); b) cumplir la ley (Dt 28,1.15); c) elegir entre servir al Señor o a otros dioses al llegar a Canaán (Jos 24,14-16); d) seguir a Yahvé o a Baal (1Re 18,21).

Y aunque el tema de la elección no es exclusivamente bíblico (p.ej. vemos a Hércules en el cruce de caminos, forzado a elegir entre la virtud y el vicio), en la Biblia el discernimiento y la elección tiene rasgos particulares:

  • -No se elige entre virtud y vicio, como dos valores equivalentes de signo contrario.
  • -Comporta una gran dosis de oscuridad2: a) la que procede de Dios, que manifiesta su voluntad sin dejarse ver; b) la proviene de Satanás, que sugiere, disimula y hace olvidar la realidad; c) la que deriva del hombre, que no ve claro en su propio corazón y que no termina de comprender la transcendencia de sus actos.
  • -Está planteada por una autoridad que no es tangible y que no justifica sus exigencias.
  • -Compromete en un camino del que no se conoce la ruta, sin más luz que la necesaria para el paso de cada día.
  • -Supone un acto de fe que reconoce un valor misterioso, valor que va unido a la exigencia de Dios.

Podemos decir que no se trata sólo de una elección, sino incluso de un discernimiento, porque frente a la voz de Dios se eleva la del pecado y la de Satanás, el enemigo de Dios. Su voz es también misteriosa. A veces esa voz sube del corazón mostrando el propio deseo del hombre, pero no es la voz del hombre.

Elegir supone un verdadero discernimiento de espíritus porque el hombre debe primero identificar las voces que escucha y distinguirlas, porque además de la voz de Dios y de su corazón, hay otro espíritu que introduce el conflicto en su corazón: a la vez es el ser humano y no es él quien toma la decisión; es libre, pero está atrapado en el mal. Para explicar este conflicto que hay en el interior del hombre la Biblia usa la noción de «espíritu».

Es claro que [esta voz] es distinta de la del hombre y no viene de él, sino de un personaje inquietante, más lúcido y más fuerte que él, más tenaz y más consciente de sus propósitos, mejor informado que él de las inclinaciones de su propio corazón, y aparentemente capaz de penetrar las intenciones divinas3.

«No todo “espíritu” es espíritu de Dios. Existen otras voces que compiten con la suya»4. La Biblia habla de dos tipos de «espíritus»: unos nefastos y otros bienhechores.

Un mal espíritu del Señor vino sobre Saúl, cuando estaba sentado en su casa con la lanza en mano, mientras David tañía (1Sam 19,9; cf. Jc 9,23).

El Señor bajó en la Nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. En cuanto se posó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar. Pero no volvieron a hacerlo (Nm 11,25).

Sin embargo, en los textos más antiguos no puede hablarse de discernimiento porque no parece posible resistirse al influjo de los espíritus y porque tanto los buenos como los malos espíritus vienen de Dios5. Seguramente, en esa etapa de la revelación, en la que se proclama con fuerza la transcendencia del Dios único, no se podía proponer claramente el discernimiento de espíritus porque podrían haber tenido la sensación de la existencia de un combate entre dos poderes independientes y del mismo nivel. Sin embargo, los redactores distinguen claramente los espíritus funestos, que vienen de Yahvé, a los que denominan «espíritu de Elohim» o «espíritu malo que venía de Yahvé» y aquel que llaman simplemente «espíritu de Yahvé», cuyos efectos son siempre bienhechores.

El espíritu del Señor se retiró de Saúl. Y un mal espíritu comenzó a atormentarlo por mandato del Señor. Los servidores de Saúl le dijeron: «Vemos cómo te está atormentando un mal espíritu de Dios. Ordene nuestro señor a sus servidores buscar un hombre que sepa tañer la cítara. Y cuando venga sobre ti el mal espíritu de Dios, tañerá con su mano y te vendrá bien» (1Sam 16,15-16).

En la época de los profetas se hace especialmente necesario el discernimiento porque junto a los profetas del Señor surgen los falsos profetas. Éstos tienen la misma apariencia de los auténticos y creen que han sido inspirados por Dios, pero se oponen a la voluntad de Dios y a sus planes. Seguir a los verdaderos o a los falsos profetas era cuestión de vida o muerte para el pueblo de Dios. Hay seis criterios para distinguirlos que se pueden extraer de los textos6:

  • 1. La profecía de desgracias es normalmente auténtica; la de buena fortuna no lo es hasta que se cumple.

Los profetas que nos precedieron a ti y a mí, desde tiempos antiguos, profetizaron a países numerosos y a reyes poderosos guerras, calamidades y pestes. Si un profeta profetizaba prosperidad, solo era reconocido como profeta auténtico enviado por el Señor cuando se cumplía su palabra (Jr 28,8-9).

Y si dices en tu corazón: «¿Cómo reconoceré una palabra que no ha dicho el Señor?». Cuando un profeta hable en nombre del Señor y no suceda ni se cumpla su palabra, es una palabra que no ha dicho el Señor: ese profeta habla por arrogancia, no le tengas miedo (Dt 18,21-22).

  • 2. El verdadero profeta apoya su palabra con las señales que realiza, que son la prueba de que habla en nombre de Dios.

«Vosotros clamaréis invocando el nombre de vuestro dios y yo clamaré invocando el nombre del Señor. Y el dios que responda por el fuego, ese es Dios». Todo el pueblo acató: «¡Está bien lo que propones!»… Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de las zanjas. Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando: «¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!» (1Re 18,24.38-39).

  • 3. Si la doctrina del profeta contradice la religión fundamental de Israel, ni siquiera un milagro garantiza que sea enviado por Dios.

Si surge en medio de ti un profeta o un visionario soñador y te propone: «Vamos en pos de otros dioses -que no conoces- y sirvámoslos», aunque te anuncie una señal o un prodigio y se cumpla la señal o el prodigio, no has de escuchar las palabras de ese profeta o visionario soñador… (Dt 13,4-6).

  • Es significativo que ante estos prodigios engañosos procedentes del falso profeta (y del mal espíritu), no se insiste en su origen satánico, sino en que Dios los permite y tienen su sitio en el plan de Dios: sirven para poner a prueba la fidelidad de su pueblo. Eso no quiere decir que el falso profeta sea inocente o quede sin castigo.

…Pues el Señor, vuestro Dios, os pone a prueba para saber si amáis al Señor, vuestro Dios, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. Debéis ir en pos del Señor, vuestro Dios, y a él temeréis; observaréis sus preceptos y escucharéis su voz, le serviréis y os adheriréis a él. Y ese profeta o visionario soñador será ejecutado por haber predicado la rebelión contra el Señor vuestro Dios (Dt 13,4-6).

  • 4. La conducta del profeta, tanto como su doctrina, constituye un signo, al menos en negativo: no es absolutamente seguro que un profeta de conducta irreprochable hable en nombre de Dios, pero una vida de pecado sí delata claramente al falso profeta.

He visto en los profetas de Samaría un verdadero desatino: profetizan en nombre de Baal y extravían a mi pueblo, Israel. Pero en los profetas de Jerusalén observo una cosa monstruosa: son adúlteros, van tras la mentira, les gusta animar a los malvados, pues ninguno abandona su maldad […] Esto dice el Señor del universo: «No escuchéis la voz de los profetas: tratan de embaucaros con sus palabras, os transmiten visiones imaginarias, cosas que no ha dicho el Señor. A los que me desprecian les dicen: “Tendréis paz; lo ha dicho el Señor”; y a los de corazón obstinado: “No os pasará nada malo”» (Jr 23,13-14.16-17).

  • 5. La intención del profeta, aunque es más difícil de medir con objetividad, también es un indicativo importante: si profetiza para ser popular o tapar los pecados del pueblo, su mensaje es engañoso.

Respondí yo [Jeremías]: -«¡Ay, Señor! Es que los profetas les dicen: “No veréis la espada ni pasaréis hambre. Os concederé permanente seguridad en este lugar”». El Señor me contestó: -«Esos profetas se valen de mi nombre para profetizar mentiras. Ni los he enviado, ni les he encargado nada; ni siquiera les he hablado. Os transmiten como profecía visiones falsas, oráculos vacíos y fantasías de su mente». Por tanto, esto dice el Señor a los profetas que profetizan en mi nombre sin que yo los haya enviado, a esos que dicen que no habrá espada ni hambre en este país: -«Esos profetas serán consumidos por la espada y por el hambre» (Jr 14,13-15).

  • El verdadero profeta busca la fidelidad del pueblo y su conversión, por eso cuando Israel ha pecado es tajante al denunciar sus pecados7:

Cuando hablo, tengo que gritar, proclamar violencia y destrucción. La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario. Pensé en olvidarme del asunto y dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía (Jr 20,8-9).

  • 6. El criterio definitivo y decisivo para los propios profetas es su experiencia personal de encuentro con Dios; por eso relatan su vocación (p. ej. Is 6; Jr 1). En el profeta auténtico se unen la certeza de haber tratado con Dios y la de tener que enfrentarse a los hombres anunciándoles el mensaje que han recibido directamente de él.

Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: «Ve, profetiza a mi pueblo Israel» (Am 7,14-15).

  • La conciencia del profeta de saberse elegido por Dios para hablar a su pueblo coincide con la conciencia del pueblo que reconoce la palabra de Dios que funda su existencia como pueblo de Dios.

Aunque estos dos últimos criterios son más subjetivos no dejan de ser importantes.

· · ·

Los libros sapienciales, con su estilo peculiar, también proponen el discernimiento como la forma de distinguir el camino de la sabiduría y el de la locura, el de los justos del de los impíos. Enseñan lo que está verdaderamente en juego en la conducta humana: estar a favor o en contra de Dios ya aquí en la tierra, estar en manos del diablo sin saberlo, o en la paz y el amor del Señor por haber mantenido la fe en la prueba.

La sabiduría pregona por las calles,
en las plazas levanta la voz;
grita en lugares concurridos,
en la plaza pública proclama:
«¿Hasta cuándo, ignorantes, amaréis la ignorancia,
y vosotros, insolentes, recaeréis en la insolencia,
y vosotros, necios, rechazaréis el saber?
Prestad atención a mis razones,
derramaré mi espíritu sobre vosotros,
quiero comunicaros mis palabras.
Os llamé, y vosotros rehusasteis;
extendí mi mano y la rechazasteis;
despreciasteis mis consejos,
no aceptasteis mis advertencias.
Pues bien, yo me reiré de vuestra desgracia,
me burlaré cuando os alcance el terror.
Cuando os alcance como tormenta el terror,
cuando os llegue como huracán la desgracia,
cuando os alcancen la angustia y la aflicción,
me llamaréis, pero no os escucharé;
me buscaréis, pero no me encontraréis.
Por haber menospreciado el saber
y no querer temer al Señor,
por no aceptar mis consejos
y despreciar mis reprensiones,
comerán el fruto de su conducta,
se hartarán de los planes que hicieron.
La indisciplina matará a los irreflexivos,
la indolencia acabará con los necios;
mas quien me escucha vivirá tranquilo,
seguro y sin temor a la desgracia» (Pro 1,20-33).

Los apocalipsis del Antiguo Testamento (no sólo Daniel, sino secciones de Ezequiel, Zacarías y quizá de Isaías), reflejan el discernimiento, pero ya realizado: la separación definitiva del bien y el mal, ya cumplido el plan salvador de Dios. No muestran el desarrollo de ese discernimiento, pero sí presentan claramente dos fuerzas opuestas que actúan en el mundo. Para el pequeño grupo que está sufriendo el ataque directo del mal, supone la certeza del triunfo de Dios cuando ellos tienen que desechar el poder del mal que parece más fuerte.

La cuarta bestia es un cuarto reino que habrá en la tierra, distinto de todos los demás; devorará toda la tierra, la trillará y triturará. Sus diez cuernos son diez reyes que habrá en aquel reino; después de ellos vendrá otro distinto que destronará a tres reyes, blasfemará contra el Altísimo, e intentará aniquilar a los santos del Altísimo y cambiar el calendario y la ley. Los santos serán abandonados a su poder durante un año, dos años y medio año. Pero cuando se siente el tribunal a juzgar, se le quitará el poder y será destruido y aniquilado totalmente. El reinado, el dominio y la grandeza de todos los reinos bajo el cielo serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo. Su reino será un reino eterno, al que temerán y se someterán todos los soberanos (Dn 7,23-27).

Cabría concluir que los profetas, el Antiguo Testamento y la Biblia entera8 suponen el discernimiento.

El papel de los profetas consistió en hacer que Israel estuviese atento a los gestos de Dios en los acontecimientos que le afectaban, revelar a los espíritus distraídos o ciegos, que piensan que asisten a un juego de elementos naturales, de fuerzas humanas y políticas, el verdadero resorte de toda esta historia: el conflicto entre el designio divino de salvación y las resistencias del pecado […] Sólo Dios, que conduce esta historia, sabe su secreto, y para revelarlo se convierte él mismo en autor de los escritos que relatan la historia, la cultura y la religión de Israel, inspirando a los hombres que los compusieron. La Biblia no tiene otro sentido que proyectar el juicio de Dios sobre este fragmento decisivo [de la historia humana], discernir, en la complejidad de los factores en juego, los que, en el fondo, dirigen el curso de los acontecimientos y constituyen la única historia verdadera, el conflicto entre los poderes del mal y el Espíritu de Dios9.


NOTAS

  1. Cf. Guillet, Jacques, Discernement des esprits, en Dictionnaire de Spiritualité, Tome 3, I. Dans L´Écriture, 1222.
  2. Cf. Guillet, Discernement des esprits, Dans L´Écriture, 1223.
  3. Guillet, Discernement des esprits, Dans L´Écriture, 1223.
  4. Green, La cizaña entre el trigo, 35.
  5. Cf. Guillet, Discernement des esprits, Dans L´Écriture, 1223-1224. Green, La cizaña entre el trigo, 30-32, describe esta concepción de Dios que hace imposible el verdadero discernimiento como un Dios que maneja marionetas. También señala que esta concepción de Dios no está ausente en la mentalidad de muchos creyentes contemporáneos.
  6. Cf. Guillet, Discernement des esprits, Dans L´Écriture, 1225-1227; Green, La cizaña entre el trigo, 37-39. Cf. Alonso Schökel, L. – Sicre Díaz, J. L., Profetas, Madrid 1987 (Cristiandad, 2ª ed.), I, 49-56.
  7. Curiosamente, después del castigo, el profeta verdadero intentará consolar a su pueblo con promesas de perdón y salvación, pero también en contra de la tendencia del pueblo (cf. Is 40,27; 49,14; Jr 42).
  8. Aunque no forma parte de la Biblia, merece la pena mencionar que en el Manual de disciplina encontrado en Qumrán, del período entre los dos Testamentos, aparece con claridad la doctrina de los dos espíritus y su lucha. Pero los que disciernen no son los individuos, sino los sabios o la comunidad. El simple miembro de la secta debe limitarse a seguir las reglas de la comunidad, que son las que manifiestan la voluntad de Dios.
  9. Guillet, Discernement des esprits, Dans L´Écriture, 1228.