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1. Introducción

Vivimos en una época en la que la fidelidad no es un valor reconocido ni apreciado. La primacía de los sentimientos, la necesidad de satisfacción inmediata, el relativismo y una falsa concepción de la libertad hacen que muchas veces se considere legítimo abandonar aquello que un día se eligió cuando deja de resultar agradable, cómodo o gratificante.

Se ha extendido una manera de entender la libertad según la cual somos libres mientras podamos cambiar de decisión a nuestro antojo. La libertad consistiría en hacer lo que yo quiera; y en esa libertad cabe perfectamente que pueda volverme atrás de cualquier compromiso cuando quiera. Pero la auténtica libertad es más profunda: no consiste simplemente en poder elegir, sino en poder entregarnos, vincularnos y mantenernos en el bien que hemos reconocido y amado. No somos libres para hacer el mal. Si reconozco algo bueno o verdadero, la libertad consiste en la capacidad de elegir el bien y la verdad que reconozco.

Podríamos decir que la esencia de la fidelidad es «permanecer» en la verdad, hacer verdad en mi vida lo que reconozco como verdadero; permanecer en la realidad, en contra de situarme en los sentimientos, las emociones, las ideas o los meros propósitos, y mantenernos a toda costa en la verdad o el compromiso que hemos reconocido o aceptado libremente, haciendo verdad lo que es verdad. Por eso, ser fiel significa:

  • -Permanecer cuando sería más fácil marcharse,
  • -mantener la palabra dada cuando ya no obtenemos ningún beneficio de ella,
  • -continuar amando cuando desaparece la emoción que acompañaba al amor,
  • -permanecer junto al Señor cuando no sentimos su presencia,
  • -seguir respondiendo a una llamada cuando atravesamos una etapa de oscuridad.

La fidelidad se demuestra precisamente cuando deja de ser fácil, en la oscuridad, las dificultades y los problemas. Ser fiel no consiste entonces en mantener una idea que parece interesante, sino en mantenerme en algo que reconozco como verdadero cuando eso resulta difícil. Por eso, deberíamos preguntarnos sobre el objeto de la fidelidad: ¿A qué debo ser fiel? A la luz de la fe puedo responder que debo fidelidad:

  • -A Dios,
  • -a la vocación recibida y reconocida,
  • -a la voluntad de Dios descubierta en el discernimiento,
  • -a la gracia,
  • -a la verdad,
  • -a la Iglesia,
  • -a mis compromisos,
  • -a la palabra que he dado.

Todos estos ámbitos nos muestran que la fidelidad no es una cualidad aislada sino una actitud que define a toda la persona y afecta a su vida entera. La fidelidad es una forma de coherencia: hace que nuestra vida haga verdad aquello que creemos, amamos y en lo que nos hemos comprometido. Es muy importante que coloquemos nuestra vida en el ámbito de la verdad: si algo es verdad tengo que hacerlo verdad con mi vida; es decir, mi vida tiene que ser coherente con esa verdad; y eso a pesar del ambiente de incoherencia o relativismo que parece normal, en el que las cosas son verdaderas o no según las modas o las circunstancias.

Por eso, el que quiere ser fiel no puede vivir acomodando continuamente la verdad a sus intereses, porque termina convirtiendo esos intereses en el fin último de su comportamiento, haciendo imposible que su vida refleje la verdad objetiva de los valores en los que dice creer. La fidelidad exige una tensión constante pare evitar vivir acomodándonos a nuestros intereses y deseos como el fin fundamental de nuestra vida. Nuestro comportamiento no debe tener como finalidad estar a gusto, conseguir lo que nos interesa en cada momento o satisfacer nuestros sentimientos. El fin último de nuestro comportamiento no puede ser otra cosa que vivir la verdad y el bien objetivos de la manera más clara y coherente posible.

En este sentido, el presente retiro puede convertirse en una ocasión providencial para plantearnos delante del Señor la autenticidad de nuestro amor, y en qué medida ese amor se traduce a la vida real y demuestra la fidelidad que creemos tener; es decir, la coherencia de nuestra vida real -no de sentimientos o pensamientos- con el bien y la verdad, como prueba de la autenticidad de nuestro amor. Tendemos a pensar que la fidelidad es algo aislado, que se refiere a algún compromiso a base de voluntad. En la oración debemos examinar, ante el Señor, si amamos de verdad comprobando esa expresión específica del amor que es la fidelidad; o, dicho de otra manera, en qué medida el amor se muestra verdadero porque se traduce en nuestra vida real con plena coherencia con el bien y con la verdad.

Quizá nos ayude a entender eso un ejemplo muy gráfico del asunto. Se cuenta que, durante la primera guerra púnica, el general romano Marco Atilio Régulo fue hecho prisionero por los cartagineses. Años después fue enviado a Roma para negociar la paz y un intercambio de prisioneros, bajo el compromiso de regresar a Cartago si las negociaciones fracasaban. Cuando llegó a Roma, en lugar de procurar su propia liberación, aconsejó al Senado que rechazara la propuesta cartaginesa. Sabía que, si aquello ocurría, tendría que regresar a su cautiverio. Sus familiares y amigos intentaron convencerlo de que permaneciera en Roma. Pero él había dado su palabra. Y regresó, aceptando la tortura y la muerte que le esperaban.

Esta actuación nos parece inconcebible, pero esta historia, más allá de sus posibles elementos legendarios, expresa con fuerza una intuición profundamente humana, aunque no esté de moda: hay cosas que valen más que nuestro propio interés, incluso son más importantes que nuestra vida. Ahí es donde se juega la coherencia y cuando una persona se hace digna de confianza, porque su palabra tiene valor incluso cuando le cuesta cumplirla. La prueba de que es valiosa la palabra es que se mantiene cueste lo que cueste.

La fidelidad lleva a mantenerse firme, no porque hacerlo resulte beneficioso, sino porque existe algo, una persona, una palabra, un compromiso, una verdad que se considera más importante que la conveniencia o los intereses propios. Debemos llevar a la oración esta forma de plantearnos la fidelidad, conscientes de que la tenemos que ejercitar en un contexto opuesto en el que no hay nada más importante que mis intereses, mis sentimientos y mis gustos. Y esta valoración aparece en todos los ámbitos: la familia, la docencia, la Iglesia, etc.

Pero esto, que se puede entender humanamente, tiene una mayor profundidad cuando lo miramos a la luz de la fe, porque entonces la fidelidad es infinitamente más importante y más valiosa, puesto que no se fundamenta simplemente en una exigencia moral, sino en la fidelidad de Dios; y entonces adquiere un sentido sobrenatural. Ante la fidelidad de Dios y la fidelidad a Dios no tiene sentido oponer que algo me gusta o me cuesta. Todas las excusas que se admiten en el mundo se las aplicamos a Dios, lo cual hace que Dios deje de ser el absoluto, que Dios deje de ser Dios. Con la incoherencia de nuestra vida le robamos a Dios su primacía y lo convertimos en un elemento más, entre otros, del decorado de nuestra existencia. Cumplimos la voluntad de Dios, siempre que no nos cueste, nos duela o nos incomode. Por eso, nuestra mirada en este retiro no se debe orientar a contemplar nuestra capacidad de permanecer en una opción o de ser fieles, sino a contemplar a Aquel que permanece de verdad: al Dios fiel, que permanece por encima de todo. Sólo así descubriremos nuestra fidelidad como respuesta de amor a la fidelidad de Dios. No podemos entender la fidelidad en su dimensión más verdadera y profunda, si no es contemplando al Dios fiel.

2. Contemplar al Dios fiel

La historia de la salvación, tanto la universal como la personal, es, en buena medida, la historia de la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del hombre. Aparece con más claridad y más fuerza la fidelidad de Dios porque se contrapone a la infidelidad del hombre. Ya en los principios, cuando Dios se revela a Moisés, se presenta como «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34,6). Dios es fiel porque es amor, y ese amor no depende de nuestros méritos, respuestas o cambios. De hecho, el pueblo de Dios se aleja permanentemente de él, de su voluntad, de sus planes; se olvida, se rebela, construye ídolos y rompe la alianza; pero Dios, sin embargo, permanece siempre fiel.

Ésta es una de las grandes diferencias entre el amor humano y el amor de Dios. A nosotros nos cuesta el amor incondicional. Solemos amar mientras encontramos correspondencia. Pero Dios ama incondicionalmente, incluso cuando no es correspondido. Por eso, su fidelidad constituye el fundamento de nuestra esperanza: podemos aspirar a ser fieles no porque nos resulte fácil serlo, sino porque nos podemos apoyar en la fidelidad de Dios. Ésa es la referencia, la motivación y la fuerza que hace posible nuestra fidelidad y la santidad, que es la consecuencia de la fidelidad. Igual que el pueblo de la antigua alianza, nosotros le hemos fallado a Dios una y otra vez, hemos sido infieles; pero, si somos conscientes de su fidelidad, eso nos mueve de forma inevitable a renovar nuestro amor. Cuando rompo la fidelidad que le debo a Dios y el sigue ahí, y reacciona así una y otra vez ante mi infidelidad, hace falta un corazón muy duro para no decirse a uno mismo: «¡basta!». Es lo que vemos en algunos santos, que en un momento determinado no pueden dar largas al Dios que está siempre a nuestro lado y se entregan incondicionalmente.

San Pablo lo expresa sencillamente diciendo que «Dios es fiel» (1Co 1,9). No dice que Dios «tenga» fidelidad, sino que «es» fiel. La fidelidad pertenece a su propio ser, a su esencia. De manera que él no deja de ser Dios porque nosotros seamos inconstantes. No deja de amarnos porque le hayamos fallado. No abandona su obra porque atravesemos momentos de oscuridad. Incluso cuando nuestra respuesta es pobre, Dios continúa siendo fiel. Ésa es la contemplación del Dios fiel en la que debemos detenernos serenamente, empapándonos de esa verdad hasta que transforme nuestra vida y se convierta en el ambiente de nuestra alma. Esa contemplación nos transforma, porque el mecanismo que tenemos para evitar la fidelidad es la inconsciencia: ofendo a Dios, me aparto de él, rompo mis compromisos, me olvido…, pero no me doy cuenta, lo olvido y dejo de valorarlo sin enterarme de nada. Perdemos la conciencia de la verdad, de nuestra infidelidad y de la fidelidad de Dios porque, en el fondo, es lo que queremos. La oración tiene que ser lo contrario: hacernos conscientes para que la verdad transforme nuestra vida.

No se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad! (Lam 3,22-23).

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad» (Sal 89,2-3).

Antes de revisar mi fidelidad he de contemplar la fidelidad de Dios, hasta empaparme de ella. Eso tiene que inundarme de paz, de gozo, de confianza, de valentía y de seguridad. Y la cuestión que debo plantearme no es hasta qué punto seré capaz de ser fiel a Dios o cómo conseguirlo, colocando el asunto en el ámbito de la voluntad o de la moral, sino en qué medida estoy dispuesto a apoyarme en la fidelidad de Dios, a dejar que Dios sea realmente Dios en mi vida.

Esto se ve con una especial claridad cuando contemplamos a Jesucristo. Él es la prueba máxima y la expresión definitiva de la fidelidad de Dios. El amor fiel de Dios no es una teoría. La encarnación del Verbo, su vida, su predicación, su pasión, su muerte y su resurrección no son otra cosa que la expresión, no sólo del amor de Dios, sino de que ese amor es fiel. Contemplando a Jesucristo vemos qué es realmente la fidelidad. Él no ama al Padre solamente cuando su voluntad resulta fácil o agradable de cumplir. Igualmente, no nos ama a nosotros porque le ofrezcamos algo de valor. Su amor -al Padre, a la humanidad, a mí- es absoluto e incondicional; y ese amor lo mantiene fielmente con todas las consecuencias hasta la cruz y nos muestra así qué significa «permanecer», amar hasta el final, hasta las últimas consecuencias.

Jesús permanece cuando permanecer significa sufrir y morir; y pasa por la soledad, el abandono, la incomprensión, el sufrimiento, la muerte. Permanece porque ha hecho de su vida un acto de obediencia amorosa al Padre: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4,34). Obedece cuando obedecer significa renunciar a sí mismo, a su propia voluntad. Ama cuando ese amor no recibe gratitud, reconocimiento ni respuesta.

Pero su fidelidad no es fruto de ninguna rigidez impersonal, sino la forma concreta que adopta su amor. No es una fidelidad que se basa en la mera voluntad, en un compromiso aislado de su motivación, en el simple «tengo que», en definitiva, en uno mismo. Si fuera así, la vida cristiana sería una suma de obligaciones agobiante, y la fidelidad sólo sería posible para los que tienen una voluntad férrea. El Señor no arrastra sus compromisos con la tensión del que tiene que cumplir materialmente una obligación; él ama hasta el final con todas las consecuencias, renunciando a su vida porque su fidelidad es la expresión de su amor. No se trata de un acto de voluntad autoimpuesto, sino de su forma concreta de amar.

Por eso sus palabras adquieren una fuerza especial y nos ayudan a esta contemplación: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Jn 15,9-10). Fidelidad es «permanecer» y guardar los mandamientos como expresión de ese amor.

Esto nos muestra la relación inseparable que existe entre amar, permanecer y ser fiel. Jesús no dice simplemente «sentid mi amor», sino «permaneced en mi amor». La fidelidad es, en principio, mantenerse en un compromiso o en una palabra dada; pero mirando a Cristo descubrimos que consiste en permanecer en el amor, dando sentido a la vida cristiana como coherencia con la Verdad. «Permanecer» es la palabra que resume buena parte de la vida cristiana:

  • -Permanecer cuando hay consolación y cuando no la hay,
  • -permanecer cuando comprendemos y cuando no comprendemos,
  • -permanecer cuando experimentamos entusiasmo y cuando aparece la sequedad,
  • -permanecer cuando la respuesta y el apoyo de los demás nos anima y cuando nos decepciona,
  • -permanecer cuando seguir a Cristo se percibe como algo luminoso y cuando viene marcado por la cruz.

La fidelidad cristiana consiste, en definitiva, en «permanecer»; no en mantener una decisión de la voluntad sino en mantener el amor que hemos recibido de Dios en Cristo. Y, por eso, la fidelidad de Dios a su amor por mí es la única garantía que tengo para desarrollar mi fidelidad: puedo ser fiel a mi amor por el Señor porque él es fiel a su amor por mí.

Si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo (2Tm 2,11-13).

Si somos infieles él es fiel, por amor. Deberíamos detenernos contemplativamente en esta asombrosa afirmación: «Si somos infieles, él permanece fiel», que nos libera de una concepción voluntarista de la fidelidad. No somos fieles porque seamos fuertes, sino porque somos débiles y, por eso, nos apoyamos en Aquel que es fiel.

La fidelidad del Señor no es otra cosa que la prueba de su amor llevado al extremo. No se puede sacar la fidelidad de Dios del ámbito del amor. Es lo contrario a lo que hacemos nosotros, que declaramos nuestro amor y ante la primera dificultad nos echamos atrás. Para Dios la fidelidad es su declaración de amor. Así habría que entender la introducción al lavatorio de los pies: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Jesús ha hecho a lo largo de su vida una apuesta de amor: por amor ha elegido a sus discípulos, por amor los ha acompañado, por amor les ha enseñado, por amor les ha perdonado… Y cuando llega el momento de la pasión, entonces él lleva ese amor hasta el extremo, necesita demostrar la coherencia de vida, la autenticidad de su amor. Ahí descubrimos que la fidelidad cristiana no puede consistir simplemente en «aguantar», sino en seguir amando hasta el final. La fidelidad matrimonial no puede ser aguantar al esposo o a la esposa, ni la fidelidad sacerdotal puede reducirse a aguantar las exigencias o los compromisos de esa vocación. Se abandona el matrimonio o el sacerdocio porque ya no se aguanta el compromiso; porque éste no era expresión de un amor verdadero.

Ser fiel no es una simple cuestión de voluntad, sino el fruto de la contemplación del Fiel: «Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó tal oposición por parte de los pecadores, para que no os canséis ni perdáis el ánimo» (Heb 12,2-3). Ahí tiene que estar nuestra mirada.

La contemplación del Dios fiel nos tiene que animar a mantener la entrega de la vida pase lo que pase, no a aguantar unos compromisos. Es necesario que «pasen» cosas; si no hubiera incomprensión, fracaso, dolor, enfermedad…, no podríamos ser fieles. La fidelidad no es que yo me mantengo en un compromiso cuando me resulta fácil, sino precisamente cuando la dificultad o el precio que comporta ese compromiso me permite demostrar la motivación y el amor que sustenta ese compromiso. Y eso, que es enormemente luminoso, gozoso y bello, da vértigo, porque el compromiso que comporta el amor de manera espontánea y natural es muy gozoso, pero resulta mucho más exigente que el compromiso del mero cumplimiento que se apoya en la voluntad. No es lo mismo un «me comprometo» apoyado en mi voluntad que un «me entrego» por amor como respuesta al amor incondicional de Dios.

Además, si yo hago un acto verdadero de entrega, eso no tiene marcha atrás. Hacer un compromiso apoyado en la voluntad lo puedo controlar más o menos, pero al entregar mi vida incondicionalmente por amor, pase lo que pase -y van a pasar cosas- cierro la puerta a las excusas. Debemos disponernos a esa entrega y a contemplarla dentro del marco del amor: porque respondo al amor fiel de Dios puedo garantizar mi fidelidad como acto de amor, aunque no sepa lo que va a pasar. Vendrán cambios y problemas, pero el que tiene la percepción del amor fiel de Dios, necesita de esas situaciones para poder mantener el amor en fidelidad.

El mismo llamamiento a permanecer fieles durante toda una vida puede hacernos sentir incapaces ante los posibles cambios que pueden sobrevenirnos en la vida. De hecho:

  • -Nuestra voluntad cambia,
  • -nuestros sentimientos cambian,
  • -nuestra energía cambia,
  • -nuestras circunstancias cambian,
  • -nuestra percepción de las cosas cambia.

Resulta enormemente consolador comprobar que esos cambios no tocan lo esencial; y ahí puedo hacer esencial en mi vida lo que es realmente esencial, además de ser verdadero y bueno. La coherencia de vida cristiana sirve precisamente para demostrar que eso esencial es verdad. El hecho de que Dios no cambie, de que su amor esté asegurado me permite contemplar la fidelidad como un proyecto de amor enormemente gozoso contando con las dificultades y contando con que Dios no cambia. Por eso nuestra seguridad no está en decir «yo voy a ser fiel» y plantearme «cómo ser fiel», sino en poder decir «Señor, porque tú eres fiel, yo quiero permanecer contigo». No se trata de decir «voy a ser fiel pase lo que pase», sino «porque tú eres el fiel, el que me ama incondicionalmente, yo no me voy a apartar de ti pase lo que pase».

La fidelidad cristiana no es, pues, heroísmo autosuficiente de gente voluntariosa; es la gracia acogida y correspondida que nos da la seguridad de que, pase lo que pase, siempre tengo esa puerta abierta. Incluso cuando nosotros fallamos, Dios permanece fiel. Nuestra infidelidad no convierte a Dios en infiel. Ésta es una de las pruebas de la fe: seguir creyendo en la fidelidad de Dios cuando nada a nuestro alrededor parece ayudarnos o incluso nuestra pobreza y nuestro pecado parecen hacerla imposible.

Es profundamente consolador y luminoso contemplar la posibilidad de comenzar de nuevo después de haber fallado como una de las consecuencias más hermosas que tiene en nosotros la fidelidad divina. En el contexto voluntarista, si fallo a mi compromiso me siento decepcionado de mí mismo y me desanimo. Pero hemos de tener cuidado de no confundir fidelidad con perfección material o impecabilidad; como si tuviera la garantía de que no le voy a fallar a Dios. No. El convencimiento que debo tener es que él es mi vida y no me voy a apartar de él. De hecho, el fiel también puede caer. La fidelidad no es incompatible con la caída. El fiel no es el perfecto e impecable, sino el que ama y se levanta cuando cae porque mira al Señor y lo ama. La fidelidad entendida materialmente lleva a un esfuerzo de voluntad que con frecuencia acaba agotando y frustrando, de modo que al final se renuncia y se acepta la mediocridad. Lo que caracteriza la fidelidad no es que nunca cae, sino que siempre se levanta, que no convierte la caída en morada permanente; de modo que tras cada caída:

  • -Vuelve,
  • -pide perdón,
  • -se levanta,
  • -regresa al camino,
  • -confía de nuevo,
  • -y sigue adelante.

3. La prueba perfecciona la fe

Existe el peligro de hablar de fidelidad de una manera demasiado abstracta, apoyándonos en sentimientos, propósitos o ideas; de ese modo todos podemos considerarnos fieles en general. Pero la fidelidad siempre es concreta: tiene nombre y rostro. La fidelidad concreta la fe y concreta el amor. Se manifiesta en toda nuestra vida, en innumerables decisiones precisas, tanto en lo que hago como en la forma en que lo hago, en las que se demuestra si somos o no somos fieles:

  • -En una palabra que doy,
  • -en una responsabilidad que asumo,
  • -en una relación que cuido,
  • -en una promesa que respeto,
  • -en una oración que sostengo,
  • -en una misión que continúo,
  • -en una verdad que no manipulo para quedar bien,
  • -en una tentación que rechazo,
  • -en una corrección que acepto,
  • -en cómo trato a una persona,
  • -en cómo cumplo una responsabilidad,
  • -en cómo utilizo mi tiempo,
  • -en cómo vivo mis compromisos,
  • -en cómo reacciono cuando nadie me ve,
  • -en cómo cuido mi oración,
  • -en cómo manejo pequeñas tentaciones,
  • -en cómo sufro a una persona difícil.

No hay detalles nimios en este terreno. Jesús mismo nos lo dice: «El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel» (Lc 16,10). La fidelidad no se improvisa en las grandes ocasiones. Se construye en las pequeñas. El amor ni se improvisa ni permite vivir de las rentas; por eso la fidelidad, como el amor, se construye día a día, en cada momento, y en las pequeñas decisiones. Por eso, quien se acostumbra a jugar con la verdad y el bien en las cosas pequeñas «porque todo el mundo lo hace» terminará haciéndolo también en las grandes y sometiendo el bien y la verdad a sus intereses. Eso supone expulsar a Dios de nuestra vida, aunque vayamos a misa todos los días, ya que Dios deja de ser Dios porque Dios soy yo mismo, con mis intereses y mis gustos. Y, al contrario, quien aprende a permanecer fiel en lo pequeño va adquiriendo, aunque no lo note, una solidez interior que le permitirá permanecer cuando llegue la prueba.

Por eso conviene que nos preguntemos no solamente si sería capaz de dar mi vida por Cristo, sino si soy capaz de darle a Cristo hoy esa pequeña parte de mi vida que todavía me resisto a entregarle.

Precisamente por eso necesitamos la prueba, la dificultad. Porque mientras todo marcha bien, resulta relativamente fácil decir que confiamos en Dios y mantener nuestros propósitos. Sin embargo, la dificultad, la oposición, el problema, el sufrimiento revelan la auténtica profundidad que tiene nuestra fe y lo único que revela la verdad de nuestra fidelidad. La fidelidad necesita la prueba para demostrarse. Sólo es fiel el que permanece en la prueba; y sólo así se pone de manifiesto verdaderamente que Dios ocupa el centro de nuestro corazón. Si Dios es todo para mí, cuando llega la prueba no pasa nada; la prueba no deja de ser lo importante, porque mi atención está puesta en algo más verdadero, sólido e importante que todo: el amor invencible de Dios.

Es relativamente sencillo amar a Dios cuando la vida responde a nuestros deseos, pero resulta más difícil seguir confiando cuando algo rompe nuestros esquemas, contradice nuestros planes, hiere nuestra sensibilidad o nos obliga a aceptar una realidad que no habríamos elegido. Ahí aparece el examen que hemos de hacer: «¿Sigo confiando en Dios cuando las cosas parecen ponerse en mi contra o cuando no entiendo lo que está sucediendo?».

Y eso vale para las dificultades grandes y para las aparentemente pequeñas. Éstas no son despreciables, ya que pueden resultar espiritualmente más reveladoras de la calidad de nuestras decisiones, porque afectan significativamente a nuestro amor propio, a nuestros criterios, a nuestras expectativas o a nuestra necesidad de tener las cosas bajo control. Encontramos así realidades ordinarias que nos definen:

  • -Una contradicción.
  • -una incomprensión,
  • -una espera que se prolonga,
  • -una enfermedad,
  • -un fracaso,
  • -una decepción,
  • -una persona que no responde como esperamos,
  • -una situación de Iglesia que no comprendemos,
  • -una etapa de sequedad espiritual,
  • -una oración aparentemente estéril.

Cada uno tiene que conocer esas pruebas y circunstancias que le permiten justificar dar un paso atrás. Todo eso puede convertirse en ocasión de infidelidad en forma de agobio, enfado, juicio, murmuración, resentimiento, abandono, búsqueda de compensaciones o pérdida de confianza en Dios. Pero también puede convertirse en una ocasión extraordinaria de amor.

Esto no supone afirmar que el sufrimiento sea bueno en sí mismo ni atribuir a Dios directamente todo lo desagradable que sucede. Venga de donde venga ese sufrimiento, yo no me dedico a pensar quién tiene la culpa, quién tiene razón, por qué me pasa a mí o cómo lo resuelvo rápidamente. Se trata de aprender a mirar al Dios fiel que me ama y preguntarme, en medio de aquello que sucede y que no he elegido: «Señor, ¿cómo quieres que te ame aquí y ahora?». Esta pregunta transforma la dificultad, porque aquello que parecía únicamente un obstáculo que amenazaba con hundirnos se convierte precisamente en la palanca que nos lanza a demostrarle al Señor y a nosotros mismos la verdad de nuestro amor en forma de fidelidad; así la dificultad se convierte en el lugar concreto donde nuestra fe deja de ser una idea y se convierte en vida.

Todo esto lo podemos contemplar en acto en el modelo que nos ofrece la actitud de la mujer sirofenicia pidiendo a Jesús la curación de su hija. Se trata principalmente de un milagro que pone de manifiesto la fe de una madre atribulada, pero nos ofrece, además, de manera muy gráfica, un ejemplo de lo que significa la fidelidad al Señor.

Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija (Mt 15,21-28).

Esta madre acude a Jesús desesperada. Tiene una hija enferma y confía en que él puede ayudarla. Se acerca, suplica y aguarda. Pero la respuesta del Señor no es la que esperaba. Él parece insensible a su dolor e indiferente a su petición: no responde a su súplica, y ante la insistencia de los discípulos argumenta con dureza su negativa al milagro. Parece poner distancia con la mujer pagana: «Sólo he sido enviado a las ovejas de Israel». Pero ésta no se marcha. No abandona su confianza, aunque la respuesta inmediata de Jesús haya sido desagradable o desconcertante. Su fe se mantiene, insiste. Pero el Señor también: «No está bien echar el pan de los hijos a los perros». Es como un duelo. La lógica parece indicar que no hay nada que hacer, que está claro que Jesús no quiere ayudarla. Pero ella no sólo se mantiene, sino que da una respuesta totalmente desproporcionada con lo que se puede intuir en lo exterior: no se queja, no culpabiliza, no protesta. Finalmente, la mujer responde con una humildad extraordinaria: «También los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Es la respuesta de la humildad, de la pobreza; es el acto de fe mantenido con todas sus consecuencias hasta el final. Si el Señor hubiera seguido apretando, ella habría seguido esperando.

Era lo que Jesús esperaba para reconocer la grandeza de su fe: «¡Que grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas». Ese momento define a esa mujer y define al Señor. Pero para llegar ahí hay una fidelidad, un permanecer, en medio de las dificultades. Precisamente las dificultades son las que ponen de manifiesto la autenticidad de la fe y del amor. Nosotros, sin darnos cuenta, nos jugamos todo en un instante en una situación aparentemente intranscendente y elegimos marcharnos, protestar… Y eso nos define, define lo que somos o lo que queremos ser; y define lo que es el Señor. Nosotros pensamos que las dificultades nos dispensan del acto de fe y de la confianza.

La grandeza de la fe de esta mujer, que proclama Jesús, no indica tanto su tamaño, sino que su fe es verdadera. No hay fe grande y fe pequeña, sino fe verdadera y fe de pacotilla. En este contexto de judíos y paganos, estamos ante los que se suponen que se salvan y los que no merecen la salvación. La clave está en que esta mujer no solamente tuvo fe, sino que fue fiel a su fe. Esta distinción es importante. Todos tenemos fe. Pero hay una fe que se entusiasma cuando Dios nos concede lo que le pedimos y se desanima cuando no responde a nuestras expectativas. Y existe una fe más profunda, la fe verdadera, la que permanece cuando Dios parece no responder. La primera depende de los dones de Dios, se alegra cuando Dios se los concede y se enfada cuando no los consigue. La segunda descansa en Dios mismo; no se fija en los dones de Dios, sino que cree, confía y ama porque Dios es Dios y se merece mi confianza, mi amor y mi entrega, aunque parece que no me escucha ni me responde. Esta fe no depende de los dones de Dios ni de mi estado de ánimo. Esta mujer nos enseña que la fe verdadera no consiste únicamente en creer que Dios puede hacerlo todo, sino en seguir confiando en él cuando parece que no hace nada o no entendemos cómo actúa.

Este ejemplo nos tiene que llevar a plantearnos nuestra fe en forma de fidelidad y nos plantea una pregunta incómoda para nuestra oración: «¿Amo a Dios por él mismo o le amo principalmente por lo que espero recibir de él? ¿Qué pasa cuando no responde a mis expectativas, cuando no le entiendo o parece que no responde? ¿Permanezco fiel o me desanimo?». Porque la fidelidad comienza precisamente cuando dejamos de poner condiciones al amor. Vamos a la oración a decirle que lo amamos, pero ¿qué condiciones latentes están detrás de esa declaración de amor? Lo vemos en los apóstoles cuando el Señor les anuncia la pasión y ellos no lo entienden, se desconciertan, tratan de convencerlo (Mt 16,22) y no se atreven a preguntarle por miedo (Lc 9,45). Aquí encontramos la actitud contraria que encaja con la de la mujer pagana:

Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador (Hab 3,17-18).

Ésa es la fidelidad: cuando estoy machacado, hundido, desconcertado perseguido, incomprendido, roto física o espiritualmente…, y puedo decir con seguridad y firmeza «eres grande Señor», «me gloriaré en Dios». Se trata de decir «gracias» en cualquier acontecimiento por doloroso que sea; gracias, no porque me gusta lo que sucede, lo entiendo o me parece justo, sino porque tú eres grande, porque me amas, porque eres fiel, porque estás aquí. Eso no lo cambia nada, pase lo que pase. En este sentido resultan significativas las pruebas, sobre todo las pruebas espirituales, la oscuridad interior, la aridez, que hacen que la fidelidad se vuelva especialmente difícil; cuando la oración parece perder sabor, cuando la vocación nos resulta menos luminosa o cuando experimentamos cansancio, dudas o tentaciones contra la perseverancia. Entonces, ¿merece la pena seguir y apostar la vida por el Señor?

No debemos interpretar automáticamente la oscuridad o la aridez espiritual como señal de que lo que habíamos visto anteriormente, ratificado por las consolaciones de Dios, era falso. ¿Cuántas veces los momentos de luz no nos sirven para nada? Les pasó a los discípulos en la Transfiguración (Mc 9,2-10): Jesús les da el consuelo de verlo luminoso para que cuando lo vean en la cruz recuerden que él sigue siendo el Hijo de Dios; pero no les sirvió de nada. Podían recordar aquel acontecimiento luminoso, pero les parece que lo más verdadero es lo dramático y doloroso. Cuando algo nos hace sufrir no vemos más allá y hacemos un juicio: aquello era una ilusión, esto es lo verdadero, aquello es mentira. Pero entonces, ¿Dios me ama o no me ama? ¿Se ha olvidado de mí? Pero ¿es que acaso hay un Dios para la luz y otro para la oscuridad? Puedo sentir la ausencia de Dios, pero eso no significa que él no esté. No lo siento, ¡pero sé que está! No puedo permitirme apostar mi estabilidad, mi alegría, mi paz, mi criterio, mis juicios, mis opciones, mis decisiones al hecho de que yo no veo o no siento a Dios en este momento. Entonces me enfado, me desanimo, culpabilizo. Como no veo a Dios, pienso que no está ni me ve. Pero Dios está y me ve; y es precisamente ese acontecimiento desconcertante el que me permite hacer el ejercicio verdadero de fe, amor y fidelidad: yo permanezco precisamente porque no veo.

La ausencia de consolación no equivale a ausencia de Dios. De hecho, a veces el Señor permite que desaparezcan determinadas seguridades para conducirnos hacia una fe más desnuda y verdadera. En la medida en que nos busca, permite que esas pruebas nos lleven a la tesitura que permite hacer ese ejercicio de entrega y fidelidad. En esos momentos necesitamos discernimiento, oración, acompañamiento y paciencia. Pero oración verdadera, es decir, ponernos de corazón a corazón con el Señor; y no, como hacemos tantas veces, contarle nuestra vida, algo que ya conoce de sobra. Necesitamos discernimiento para no dejarnos llevar por sentimientos e impulsos. Y, sobre todo, necesitamos recordar que nuestra fidelidad no descansa únicamente sobre nuestras fuerzas, sino en la fidelidad de Dios. San Pablo nos ofrece en este sentido una palabra de enorme esperanza:

Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla (1Co 10,13).

Dios no quiere que caiga, pero me quiere fuerte, y él estará a mi lado en la dificultad para acompañarme y fortalecerme; pero no para malcriarme evitándome toda dificultad. Dios no promete que nunca seremos probados. Promete algo más profundo y más importante: que su fidelidad se hará especialmente presente en la prueba: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Aunque no lo vea o no lo sienta, él esta conmigo. ¿En qué creo? ¿En lo que veo o en su fidelidad?

Desde ahí, el Señor nos invita a aspirar a un amor invencible, manifestado en una fidelidad que se mantiene a pesar de todo, que no depende de las circunstancias. Cada uno debe pensar en los altibajos de su vida espiritual y en las quejas y en los lamentos que manifiesta, contrarios a la fidelidad a la que Dios nos invita. Porque la fidelidad es la prueba del amor.

4. La fidelidad demuestra el amor

Hay una palabra del Señor muy luminosa, a la vez que tremendamente sencilla y profunda: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15). De nuevo podemos entender los mandamientos -compromiso, prueba, trabajo, esfuerzo- como una carga. Jesús no contrapone la obediencia, la fidelidad y el compromiso al amor. Cumplir la voluntad del Padre no es para él una carga, sino un acto de amor. Igualmente, la obediencia cristiana es consecuencia del amor. Para mí, cumplir los mandamientos, agradar a Dios en todo, ¿es un gozo o es una carga?, ¿me entrego o no me entrego?, ¿amo o no amo?… Si mi fidelidad es fruto del amor, no puedo elegir otra cosa que ese amor que me define y se plasma en abrazar incondicionalmente la voluntad de Dios. Lo que sucede es que no todo lo que llamamos amor es amor cristiano. Éste acepta ser configurado por la voluntad de Cristo. Y por eso, precisamente,  debemos plantearnos si nuestra vida y nuestras decisiones concretas están o no están condicionadas por el amor a Cristo.

Y el texto continúa: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). ¿Dónde aparece aquí el compromiso, la carga, el voluntarismo? Jesús está hablando de amor mutuo, de presencia mutua, de presencia de la Trinidad. Si quiero vivir la experiencia extraordinaria de ser morada de Dios, en comunión de intimidad, amor y cercanía con él, me tengo que colocar en el cumplimiento de lo que Dios quiere en cada momento. Si me dejo llevar por los afectos o las circunstancias, me he colocado fuera de ese amor. No puedo elegirlo todo: la intimidad con Dios y dejarme llevar por los afectos y las quejas. Aquí aparece algo precioso: la fidelidad no es simplemente cumplir una obligación; es permanecer en comunión con Dios. La fidelidad tiene una característica esencial: persevera en el tiempo. Por eso está íntimamente unida al amor.

Y tenemos que llegar al amor auténtico que es el que dice «estoy contigo pase lo que pase». Por eso decimos que los amigos se conocen en las dificultades. Pero esa afirmación sólo adquiere todo su significado cuando llega el momento en el que ese «estar contigo» cuesta. Mientras todo es fácil, no sabemos hasta dónde llega realmente nuestro amor. La dificultad revela quienes somos y si amamos realmente a la persona o si amamos aquello que recibimos de ella.

Esto, que vale en general, vale particularmente para nuestra relación con Dios. Hasta tal punto que la prueba es algo deseable.

Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia (St 1,2-4).

¿Puedo decir que yo considero las pruebas un gran gozo? Ciertamente, la prueba no crea necesariamente la fidelidad, la prueba no me hace fiel; la fidelidad está en esa disposición radical de fondo. La prueba me permite manifestar esa fidelidad y la hace crecer.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo (1Pe 1,6-7).

¿Me alegro en las pruebas o cuando llegan lo único que pienso es cómo quitármelas de encima?

Con esta visión podemos preguntarnos:

  • -¿Sigo orando cuando no siento nada?,
  • -mas aún, en la sequedad y en la oscuridad ¿potencio la oración o la recorto?
  • -¿sigo creyendo en la bondad de Dios cuando sufro?,
  • -más aún, ¿me ratifico fuertemente en ella cuando las circunstancias parecen desmentirla?
  • -¿sigo unido a la Iglesia cuando no entiendo?,
  • -¿sigo sirviendo cuando nadie me agradece?,
  • -¿sigo fiel a mis compromisos cuando han desaparecido las motivaciones iniciales?,
  • -¿sigo amando cuando no recibo la respuesta que esperaba?
  • -¿sigo confiando en las dificultades?

Estas preguntas no pretenden «pillarnos» para condenarnos y concluir que no tenemos fe o no somos fieles, sino mostrarnos la verdad de nuestro amor; y, ya que amamos al Señor y queremos amarlo, descubrir que necesitamos purificar nuestro amor y nos animemos a purificarlo abrazando la prueba. Porque la fidelidad no crea el amor, lo revela.

Es necesario que nos situemos en la realidad de las cosas, no en la teoría. No se trata de preguntarnos genéricamente si somos «fieles», porque fácilmente podemos reconocer que somos fieles en determinado nivel: tratamos de orar, de agradar a Dios, de tenerlo presente… En esto hay que matizar, porque hay una mirada simple, genérica, que me permite descubrir una serie de realidades que pueden ser signo de fidelidad: propósitos, disposiciones, actitudes y declaraciones. Pero lo que hay que hacer es mirar al Señor, ya que la contemplación de Cristo nos permite poner nuestra vida y nuestra fidelidad al lado de la suya; nuestro estilo, motivaciones, al lado de los del Señor; poner nuestra vida concreta delante de Cristo para descubrir las sintonías y disonancias que encontramos entre él y nosotros:

  • -¿Hay alguna responsabilidad que estoy evitando?,
  • -¿hay alguna verdad que estoy acomodando a mis intereses?,
  • -¿hay alguna dificultad en la que he dejado de confiar en Dios?,
  • -¿hay alguna herida que está convirtiéndose en resentimiento?,
  • -¿hay alguna situación, pequeña o grande, que me permito vivir al margen de la fe?,
  • -¿hay algún compromiso espiritual, cosas que me ayudan, que debería recuperar?,
  • -¿hay algo que Dios me pidió y que, sin haber discernido verdaderamente lo contrario, estoy dejando de hacer simplemente porque ya no me apetece?

Y quizá la pregunta más profunda: ¿Dónde me está pidiendo hoy el Señor que permanezca?, ¿dónde está en concreto mi fidelidad a Dios?, ¿qué respuesta concreta está esperando de mí? Y no hay que pensar necesariamente en algo extraordinario. Tal vez se trata simplemente de poner el amor en algo muy concreto:

  • -En la oración,
  • -en la paciencia,
  • -en la verdad,
  • -en una responsabilidad,
  • -en una relación,
  • -en una comunidad,
  • -en una vocación,
  • -en una misión,
  • -en una cruz.

5. Fidelidad, libertad y vocación

A veces podemos pensar que mantenernos fieles nos quita autonomía, nos impide hacer lo que nos gusta y limita nuestra libertad. Es cierto que la voluntad de Dios no tiene que coincidir necesariamente con lo que nosotros queremos. Esta dificultad comporta el agobio al plantearme entregar mi vida en forma de amor, porque al entregarla, ya no es mía, ya no tengo el control, carezco de libertad. Pero la fidelidad no es enemiga de la libertad. Al contrario: una fidelidad auténtica es fruto de una libertad madura. Precisamente porque soy libre, elijo lo que me cuesta o lo que me duele. A una persona inmadura le resulta difícil tomar decisiones, porque necesita mantener siempre abiertas todas las posibilidades y teme quedar vinculada a algo o a alguien. Una persona libre puede entregarse porque no necesita reservarse permanen­temente una salida; es más, no quiere otra salida y se ata libremente a la voluntad de Dios: «Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas» (Sal 40,9). No quiere otra cosa. No hay libertad sin entrega y no hay entrega sin libertad.

Por eso, la fidelidad no significa ausencia de libertad, sino libertad que ha aprendido a entregarse. Y esto es particularmente importante en la vocación. No solamente en la vocación religiosa o sacerdotal. Todos tenemos una vocación específica. Y si tengo una inclinación, una luz, una gracia que el Señor me ha dado en relación con esa llamada, me juego mucho en la respuesta que doy. Y eso es un acto de libertad. Y cuando una persona descubre una llamada de Dios del tipo que sea y responde libremente a ella no está renunciando a su libertad, está utilizando su libertad para amar. La vocación no es una prisión, es una respuesta de amor. Y precisamente porque es amor, exige fidelidad. Este amor tiene para nosotros forma de vocación, como un llamamiento que nace de una iniciativa del Señor y comienza en la elección que él hace, lo que reclama una respuesta personal por parte del que es llamado. Y, si la vocación me resulta una carga, es que me he salido del ámbito del amor. Porque la fidelidad vocacional no es otra cosa que la respuesta de amor a un llamamiento de amor que surge de la iniciativa del Señor.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca (Jn 15,16).

Antes de nuestra respuesta existe una llamada. Antes de nuestra fidelidad existe el amor de Dios y la fidelidad de Dios. Toda vocación nace de la llamada de Dios y de su fidelidad: «Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor» (1Co 1,9). San Pablo no dice solamente que Dios nos llama, sino que el Dios que llama es fiel.

La vocación, por tanto, no es simplemente un proyecto personal que hemos decidido llevar adelante. Es una respuesta a una iniciativa divina que hemos ido descubriendo y discerniendo. Por eso, cuando la llamada se concreta en una vocación específica, en un estado de vida, en una misión o en determinados compromisos, la fidelidad se convierte en una respuesta concreta al amor recibido. No basta, pues, con haber tenido claridad interior en alguna ocasión. La pregunta es qué hacemos con esa claridad cuando llegan los años, la rutina, el cansancio, la sequedad o la tentación de imaginar que en otra situación seríamos más felices.

Aquí resulta especialmente importante distinguir entre discernir una posible llamada y permanecer fieles a una llamada que ha sido realmente discernida. La fidelidad no consiste en mantener obstinadamente una decisión equivocada. Pero tampoco consiste en someter continuamente a revisión aquello que ya hemos discernido cada vez que aparece una dificultad. Esa permanente revisión destruye el matrimonio, el sacerdocio o cualquier compromiso. Y a veces se hace ese ejercicio por sistema, como forma de fidelidad, como signo de preocupación por la propia identidad, cuando realmente ese mismo planteamiento hace imposible ser fieles.

Una persona que revisa constantemente sus compromisos nunca llegará a entregarse verdaderamente. Por eso, la fidelidad necesita memoria. Necesita hacer un ejercicio permanente de memoria, recordando:

  • -Lo que Dios hizo,
  • -cómo comenzó la llamada,
  • -las luces recibidas,
  • -el discernimiento realizado,
  • -las confirmaciones de las gracias recibidas,
  • -los momentos en los que vimos la acción de Dios en nosotros.

Tenemos una sorprendente capacidad de olvidar enseguida las luces y las gracias de Dios y darle la vuelta a lo que nos ha dicho o nos ha dado. Nos convencemos fácilmente de que la voluntad de Dios es lo contrario de lo que nos había dicho y nos lanzamos a realizar lo que hace imposible el plan de Dios. Nos olvidamos de lo esencial de un día para otro, cuando tendríamos que vivir de la memoria de la gracia y de la voluntad de Dios. No tenemos otra cosa. El Señor me ama, tiene un proyecto para mí, me elige, me dice lo que quiere…, y eso me identifica y me define. Tendríamos que alimentarnos de eso y lo olvidamos. Es el drama de la gracia desperdiciada. La memoria espiritual protege la fidelidad y la fortalece al recordarle las motivaciones que la sustentan. No se trata de recordar unos compromisos para cumplirlos, sino de recordar las motivaciones que llevaron a esos compromisos, para ratificar de nuevo conscientemente el amor que los impulsó. Por eso, una de las funciones del director espiritual es ayudar a mantener esa memoria, aunque resulte desagradable recordar las luces y las gracias cuando se quieren olvidar para huir de la voluntad de Dios.

6. Permanecer hasta el final

Jesús no nos llama solamente a comenzar bien o a realizar un esfuerzo excepcional de vez en cuando. Cuando nos dice que «el que persevere hasta el final se salvará» (Mt 24,13; cf. 10,22), nos está llamando a «permanecer». La vida cristiana no es una carrera de entusiasmo, sino un camino de perseverancia. Habrá momentos de luz y momentos de noche. Habrá consolación y desolación. Habrá días en que seguir a Cristo nos parecerá lo más natural del mundo y otros en que tendremos que elegirlo contra viento y marea, más allá de nuestros sentimientos. Se trata de una decisión de permanecer, movida por el amor, simplemente porque confío en él y sé que me ama.

Pero el amor verdadero no depende de la intensidad de lo que sentimos en cada momento; depende de la decisión de permanecer. Por eso, la fidelidad es la forma madura de la fe. Creer es confiar en Dios. Ser fiel es seguir confiando cuando ya no tenemos apoyos humanos suficientes para hacerlo. Y amar es permanecer junto a Aquel en cuyas manos hemos puesto nuestra vida.

En este sentido deberíamos volver a las palabras de Jesús: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,9-10). No nos dice simplemente: «Sed fuertes, aguantad». Tampoco nos dice: «No falléis nunca». Nos dice: «Permaneced en mi amor». Ahí está el secreto de la fidelidad. Y ahí tenemos que ir.

No se trata de apretar los dientes para aguantar, sino de permanecer unidos a Cristo. Como el sarmiento no produce fruto separado de la vid, nuestra fidelidad tampoco puede sostenerse separada de él (cf. Jn 15,4).

Por eso, la oración en este retiro espiritual no tendría que llevarnos simplemente a pedirle al Señor que nos haga fuertes para ser fieles, sino que nos ayude a permanecer siempre en su amor, sin apartarnos nunca de él. Porque si permanecemos en él podremos:

  • -Atravesar las dificultades sin perder la fe,
  • -aceptar nuestras propias debilidades sin desesperarnos,
  • -levantarnos después de caer,
  • -mantener nuestros compromisos con alegría,
  • -seguir amando cuando el amor cueste,
  • -perseverar cuando no entendamos.

Y podremos llegar al final de nuestra vida sabiendo que nuestra fidelidad nunca es solamente nuestra. Es siempre la respuesta a una fidelidad anterior, que es la de Dios; porque:

  • -Él nos amó primero,
  • -él nos llamó,
  • -él permaneció cuando nosotros fallamos,
  • -él nos sostuvo cuando no podíamos sostenernos.

Y él mismo llevará a término la obra que comenzó en nosotros (cf. Flp 1,6). Así es como este retiro debería impulsarnos a la decisión amorosa y firme de no dejar de permanecer nunca en su amor, de modo que «permanezcamos» siempre:

  • -Cuando llegue la prueba,
  • -cuando estemos en la oscuridad,
  • -cuando desaparezca el entusiasmo,
  • -cuando no comprendamos sus caminos,
  • -cuando dudemos de nosotros mismos.

Así, al final de nuestra vida, si cogemos ese camino, podremos escuchar de sus labios: «Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21). Y entonces se cumplirá su promesa: «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (Ap 2,10).