Descargar este documento en formato Pdf
Introducción
Después de haber contemplado la obra creadora de Dios (Catecismo, n. 279-301) y el misterio de la providencia divina (n. 302-314) vamos a centrarnos en una parte especial de la creación de Dios, los ángeles, que son, a la vez, un instrumento de la Providencia en favor de los hombres, porque los pone a nuestro servicio. Todo este estudio de la fe de la Iglesia sobre los ángeles, basada especialmente en la Escritura, nos ayudará a conocer con más claridad el poder y la gloria de Dios y su amor por nosotros.
Éste es el lugar de nuestro tema en el conjunto del Catecismo:
Primera sección: Creo-Creemos
Segunda sección: La profesión de la fe cristiana
(Los símbolos de la fe)
Cap. 1: Creo en Dios Padre
Artículo 1: «Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra»
Párrafo 1: Creo en Dios
Párrafo 2: El Padre
Párrafo 3: El Todopoderoso
Párrafo 4: El Creador
Párrafo 5: El cielo y la tierra
I. Los ángeles
II. El mundo visible
Párrafo 6: El hombre
Párrafo 7: La caída
Cap. 2: Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios
Cap. 3: Creo en el Espíritu Santo
La existencia de los ángeles
[325] El Símbolo de los Apóstoles profesa que Dios es «el Creador del cielo y de la tierra», y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano explicita: «…de todo lo visible y lo invisible».
[326] En la sagrada Escritura, la expresión «cielo y tierra» significa: todo lo que existe, la creación entera. Indica también el vínculo que, en el interior de la creación, a la vez une y distingue cielo y tierra: «La tierra», es el mundo de los hombres (cf Sal 115,16). «El cielo» o «los cielos» puede designar el firmamento (cf Sal 19,2), pero también el «lugar» propio de Dios: «nuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16; cf Sal 115,16), y por consiguiente también el «cielo», que es la gloria escatológica. Finalmente, la palabra «cielo» indica el «lugar» de las criaturas espirituales -los ángeles- que rodean a Dios.
[327] La profesión de fe del IV Concilio de Letrán afirma que Dios, «al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana; luego, la criatura humana, que participa de las dos realidades, pues está compuesta de espíritu y de cuerpo» (Concilio de Letrán IV: DS, 800; cf Concilio Vaticano I: ibíd., 3002 y Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 8).
[328] La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.
Es cierto que la palabra «ángel» no aparece ni en el credo de los apóstoles ni el niceno-constatinopolitano. Pero eso no quiere decir que la existencia de los ángeles no esté explícitamente afirmada en el Credo. Cuando el credo de los concilios, más largo, proclama que Dios creó lo visible y lo invisible, se está refiriendo al mundo material -el visible- y al mundo espiritual -el invisible-, formado por los ángeles, que son espíritus puros1. Del mismo modo, la mención al «cielo» que aparece en el credo de los apóstoles, no sólo debe entenderse del cielo material, donde están las lumbreras del cielo según Gn 1,6-8.14-19, sino también al lugar donde habita Dios, en el que también habitan los ángeles como afirma la Escritura, p. ej., en el libro del Apocalipsis: «Miré, y escuché la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los vivientes y de los ancianos, y eran miles de miles, miríadas de miríadas» (Ap 5,11).
También hay que reconocer que la existencia de los ángeles no pertenece al núcleo de la fe, como sí sucede, p. ej., con la Trinidad de personas en la única naturaleza divina o la muerte redentora de Cristo. Como afirma el n. 90 del Catecismo, «conviene recordar que existe un orden o “jerarquía” de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana». Por eso es necesario, como harán los n. 331-333 del Catecismo, poner la existencia y la misión de los ángeles en torno al centro de nuestra fe que es Cristo.
La referencia al «primado» de Cristo nos ayuda a comprender que la verdad acerca de la existencia y a la acción de los ángeles (buenos y malos) no constituye el contenido central de la Palabra de Dios. En la Revelación, Dios habla en primer lugar «a los hombres… y pasa con ellos el tiempo para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él», según leemos en la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II (Dei Verbum, 2). De este modo «la profunda verdad, tanto de Dios como de la salvación de los hombres», es el contenido central de la Revelación que «resplandece» más plenamente en la persona de Cristo (cfr Dei Verbum, 2). La verdad sobre los ángeles es, en cierto sentido, «colateral», y, no obstante, inseparable de la Revelación central que es la existencia, la majestad y la gloria del Creador que brillan en toda la creación («visible» e «invisible») y en la acción salvífica de Dios en la historia del hombre. Los ángeles no son por tanto creaturas de primer plano en la realidad de la Revelación, y, sin embargo, pertenecen a ella plenamente, tanto que en algunos momentos les vemos cumplir misiones fundamentales en nombre del mismo Dios2.
En consecuencia, aunque los ángeles no estén en el centro de la Revelación, pertenecen a ella plenamente y no se pueden separar de ella. Dicho de otro modo, su existencia es una verdad de fe3, que es necesario creer para mantenerse en comunión con la Iglesia (cf. el n. 88 del Catecismo).
La afirmación fundamental del Magisterio de la Iglesia sobre la existencia de los ángeles la realizó el IV concilio de Letrán el año 1215, contra el dualismo de los albigenses que defendían la existencia de dos principios opuestos, el del bien y el del mal. Como ya hemos podido comprender al analizar los n. 290 y 299 del Catecismo, Dios es el creador de todas las cosas y todas las cosas salieron buenas de las manos de Dios. Eso vale también para los ángeles. Reproducimos aquí el texto completo del concilio de Letrán al que hace referencia el n. 327 del Catecismo:
[Creemos y confesamos] un solo principio de todas las cosas; Creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles, espirituales y corporales; que por su omnipotente virtud a la vez desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana, y después la humana, como común, compuesta de espíritu y de cuerpo. Porque el diablo y demás demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por naturaleza; mas ellos, por sí mismos, se hicieron malos (Dz 428)4.
Esta doctrina es ratificada por el Magisterio de la Iglesia en fechas más recientes por el concilio Vaticano I (1869-1870), ahora oponiéndose al racionalismo que se resiste a creer en lo que no es observable y demostrable científicamente:
[Del acto de la creación en sí y en oposición a los errores modernos, y del efecto de la creación]. Este solo verdadero Dios, por su bondad «y virtud omnipotente», no para aumentar su bienaventuranza ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección por los bienes que reparte a la criatura, con libérrimo designio, «juntamente desde el principio del tiempo, creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, esto es, la angélica y la mundana, y luego la humana, como común, constituida de espíritu y cuerpo» [Conc. Later. IV, V. 428; Can 2 y 5] (Dz 1783).
El papa Pío XII en la encíclica Humani Generis del año 1950 sitúa entre los errores del modernismo que afecta a la misma Iglesia que «algunos plantean también la cuestión de si los ángeles son criaturas personales y si la materia difiere esencialmente del espíritu» (n. 20; Dz 2318).
Más recientemente, aún en ese mismo ambiente modernista que carcome la fe de la Iglesia, el papa Pablo VI se vio también obligado a ratificar la existencia de los ángeles en el importantísimo Credo del Pueblo de Dios, del año 1968, al que ya hemos aludido al comentar los n. 185 y 193 del Catecismo:
Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles -como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida- y de las cosas invisibles -como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles- y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal (n. 8).
Si la Iglesia se ha visto obligada a afirmar de forma oficial y explícita la existencia de los ángeles es, evidentemente, porque ha sido negada por diferentes grupos e ideologías.
En este sentido hay que recordar que ya en tiempos de Jesús hay un grupo religioso, los saduceos -que sólo aceptan como palabra de Dios los cinco primeros libros de la Biblia y no creen en la resurrección-, que también niega la existencia de los ángeles: «Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus» (Hch 23,8).
Lógicamente, los que no admiten que Dios se haya revelado y que podamos acceder a esa Revelación por medio de la Biblia, negarán la existencia de los ángeles. Y, como la existencia de los ángeles es una verdad muy difundida en todas las religiones5, explicarán la creencia bíblica en los ángeles como influencia de la explicación mítica del mundo propia de las demás religiones. No puede extrañarnos que los materialistas y racionalistas de todos los tiempos, especialmente en los tiempos modernos, hayan negado la existencia de los ángeles, y los hayan interpretado como personificaciones de atributos y acciones divinos6.
El ambiente racionalista ha influido también en los cristianos a la hora de menoscabar la fe en los ángeles, hasta el punto de que negar la existencia de los ángeles empuja a algunos (protestantes y católicos) a poner en duda la verdad de la Biblia y del mismo Cristo.
Hasta la mitad del siglo XIX, los cristianos admitían generalmente, sin gran dificultad, la existencia del mundo angélico. Pero desde esa época se difundió paulatinamente una actitud escéptica. A la tendencia cada vez más más extendida de minimizar el elemento sobrenatural en la religión, se añadía un conocimiento más profundo de las angelologías no judías, que parecían explicar la derivación de las narraciones bíblicas acerca de los ángeles como resultado del sincretismo […].
Desde la época del iluminismo, muchos cristianos trataron de adaptar la fe al principio racionalista de explicar todos los fenómenos sin acudir a intervenciones sobrenaturales. Esta mentalidad no podía reconocer las intervenciones angélicas que describe la Escritura. Por eso, desde la segunda mitad del siglo pasado [se refiere al siglo XIX] se extendió principalmente entre los protestantes liberales la tendencia a negar o poner en duda la existencia de los ángeles buenos y malos.
Naturalmente, por parte de los creyentes, se desea conciliar la suspensión del juicio sobre la realidad del mundo angélico con la aceptación de la autoridad de la Biblia. Se insistió en que la Escritura habla mucho menos que los libros apócrifos acerca de los ángeles. En los libros canónicos la figura de los ángeles y de los demonios queda al margen de la enseñanza religiosa. Se concluyó, pues, que la angelología puede concebirse como una parte de la cosmografía semítico-helenista, que sirve de marco a los autores sagrados, adaptada a las opiniones contemporáneas, para hacer inteligible su mensaje de salvación. Pero al igual que los autores sagrados no comprometen su testimonio en favor de las esferas celestes o de las columnas del firmamento, tampoco intentan afirmar nada sobre los ángeles y los demonios.
Tal afirmación, sin embargo, no podía ser definitiva. Se había observado una gran diferencia entre las afirmaciones cosmológicas y las de los ángeles en la Biblia. La teología positiva, incluso la protestante, demostró que era imposible negar la realidad del mundo angélico sin atribuir a Jesucristo un malentendido fundamental sobre su obra y el significado de su misión. Quienes negaban la existencia de los ángeles y de los demonios, llegaron a negar no solo la inerrancia de la escritura sino también la de Cristo, que en su kénosis habría hecho propia la ignorancia y hasta los errores religiosos de sus contemporáneos. De esta suerte la opinión que negó la existencia de los ángeles desembocó en una herejía cristológica7.
En este mundo postmoderno en el que vivimos, al tratar de los ángeles, la Iglesia debe enfrentarse no sólo al error del que niega la existencia del mundo invisible, del alma y de los ángeles, porque se sale fuera de lo que puede demostrar la ciencia experimental, sino también del polo opuesto que afirma la existencia de los ángeles, pero como seres independientes de Dios, con los que se establece una relación que se aproxima a la idolatría al convertirlos prácticamente en dioses -volviendo a una concepción pagana de los ángeles- y a un trato con ellos que introduce a personas que se consideran muy «espirituales» en el peligroso mundo de la superstición.
Es preciso reconocer que, a veces, la confusión es grande, con el consiguiente riesgo de hacer pasar como fe de la Iglesia respecto a los ángeles cosas que no pertenecen a la fe o, viceversa, de dejar de lado algún aspecto importante de la verdad revelada8.
Conviene no exagerar el poder que los ángeles pueden ejercer con respecto al hombre. Los ángeles no poseen poderes propios, independientes de Dios. Son seres creados por Dios y dependen de Él, tanto en lo que concierne al ser como al obrar. Por consiguiente, sólo pueden hacer lo que Dios les permite, Dios es su señor, lo mismo que de las demás criaturas. Su santidad no puede ser comparada con la de Dios, «¿Quién sobre las nubes semejante al Señor? ¿Quién semejante a Yavé entre los hijos de Dios? Es terrible Dios en la Congregación de los Santos, grande y formidable más que cuantos le rodean» (Ps. 89 [88],7 y sigs.). Véase Job. 4,17 y sigs.; 15,15. Los ángeles no poseen una esfera de acción propia; ellos son quienes ejecutan y cumplen los mandatos y deseos de Dios (Ps. 103,20 y sig.). Como todas las criaturas, los ángeles han sido creados también en atención a Cristo, de modo que Cristo es su señor y su cabeza (Col. 1,16). Para el que no conoce este estado de cosas, los ángeles pueden constituir un peligro (Rom. 8,38), en cuanto que ocupan en su fe el lugar que sólo le corresponde a Cristo. En Colosas, como nos dice San Pablo, se propagaron errores según los cuales Dios está tan lejos del mundo, es un ser de tal modo trascendente, que ni él puede acercarse al hombre ni el hombre puede ser elevado hasta Dios, de modo que el contacto entre Dios y el hombre tiene que manifestarse a través de los ángeles. San Pablo condena severamente estas doctrinas, y dice de sus defensores que son gente orgullosa, carnal (Col. 2,18 y sig.). Cristo está encima de todos los ángeles; éstos no son más que la corte de Dios, sus servidores e instrumentos, del mismo modo que el viento, el fuego y el rayo. Cristo es Rey y Señor (Hebr. 1,5 y sig.). San Pablo, al parecer, teme que la creencia en la grandeza de los ángeles pueda oscurecer la grandeza de Jesucristo, que falsos mediadores pasen a ocupar el lugar del único y verdadero Mediador, es decir, de Cristo9.
No debe olvidarse la importancia que adquieren los ángeles en la falsa espiritualidad que promueve la Nueva Era.
Uno de los elementos más comunes de la espiritualidad de la Nueva Era es la fascinación por las manifestaciones extraordinarias y en particular por los seres paranormales […]. Otros amigos y consejeros del mundo del espíritu son los ángeles (que se han convertido en centro de un nuevo negocio de libros e imágenes). Cuando en la Nueva Era se habla de ángeles, se hace de manera poco sistemática, pues las distinciones en este ámbito no siempre se consideran útiles, sobre todo si son demasiado precisas, ya que «hay muchos niveles de guías, entidades, energías y seres en cada octava del universo… Están allí para que los escojas y elijas según tus propios mecanismos de atracción-repulsión»10.
Por eso, además de sostener la existencia de los ángeles, debemos de mantener con fuerza su realidad de criaturas y su dependencia de Dios. Es lo que aparecerá con claridad al profundizar en lo que dice la Revelación sobre los espíritus puros creados por Dios. Podemos recordar la enseñanza de los Santos Padres:
Cuántos dicen que el mundo fue creado por los ángeles o por algún otro demiurgo sin la voluntad soberana del del Padre que todo lo gobierna, están bien equivocados al pensar que los ángeles podrían llevar a cabo una tan inmensa y maravillosa creación contrariando la voluntad del Dios supremo. Esto implicaría que los ángeles fueran más poderosos que Dios o capaces de despistarle o le fueran imprescindibles (San Ireneo)11.
Según su oficio hemos aprendido a llamarlos ángeles o mensajeros, y por ser divinos, hallamos en las divinas Escrituras les da nombre de dioses; no de forma, empero, que se nos mande dar culto y adorar, en lugar de Dios, a los que son servidores y nos traen los recados de Dios. Y es así que toda petición, y oración, y súplica, y acción de gracias, ha de ser enviada al Dios supremo por medio del sumo sacerdote, que está por encima de todos los ángeles, el Logos y Dios vivo (Orígenes)12.
Para hacer justicia a todos los lugares de la Escritura en la que aparecen los ángeles, necesitaríamos confeccionar un comentario a toda la Biblia e ir recorriendo cada uno de sus libros, porque «si quisiéramos desembarazarnos de los ángeles, se debería revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y con ella toda la historia de la salvación»13.
En las primeras páginas de la Biblia aparecen ya los ángeles, p. ej. el que custodia la entrada al paraíso (Gn 3,24), los que aparecen en el episodio de Sodoma y Gomorra (Gn 18-19), el que impide que Abrahán dé muerte a Isaac (Gn 22,11) o los numerosos ángeles que vio Jacob como subían y bajaban por una escalera que unía cielo y tierra (Gn 28,12). El ángel del Señor acompaña a Israel durante el éxodo (Ex 14,19; 23,20-23). Posteriormente vemos, p. ej., como un ángel ejecuta el castigo a causa del orgullo de David (2Sm 24,16) y un ángel ayuda a Elías a continuar su camino hacia el Sinaí (1Re 19,5.7). Cuando el profeta Isaías, en el momento de su vocación, contempla la gloria de Dios, ve junto a él a los serafines proclamando tres veces santo al Señor del universo (Is 6,1-3). Un ángel es el que salva a los tres jóvenes que están en el horno encendido a causa de su fidelidad a Dios (Dn 3,49). Los ángeles ayudan a los macabeos a la liberación del pueblo de Dios (cf. 2Mac 10,29)14.
El Antiguo Testamento subraya sobre todo la especial participación de los ángeles en la celebración de la gloria que el Creador recibe como tributo de alabanza por parte del mundo creado. Los Salmos de modo especial se hacen intérpretes de esa voz cuando proclaman, por ejemplo: «Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo, todos sus ángeles…» (Sal 148,1-2). De modo semejante el Salmo 102 (103): «Bendecid a Yavé vosotros sus ángeles, que sois poderosos y cumplís sus órdenes, prontos a la voz de su palabra» (Sal 102/103, 20). Este último versículo del Salmo 102 indica que los ángeles toman parte, a su manera, en el gobierno de Dios sobre la creación como «poderosos ejecutores de sus órdenes» según el plan establecido por la Divina Providencia. A los ángeles está confiado en particular un cuidado y solicitud especiales para con los hombres, en favor de los cuales presentan a Dios sus peticiones y oraciones, como nos recuerda, por ejemplo, el Libro de Tobías (cfr especialmente Tob 3,17 y 12,12), mientras el Salmo 90 proclama: «a sus ángeles les ha dado órdenes… te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra» (cfr Sal 90/91,11-12). Siguiendo el Libro de Daniel, se puede afirmar que las funciones de los ángeles como embajadores del Dios vivo se extienden no sólo a cada uno de los hombres y a aquellos que tienen funciones especiales, sino también a enteras naciones (Dn 10, 13-21)15.
El Nuevo Testamento se refiere con frecuencia a los ángeles, en perfecta continuidad con el Antiguo.
Los ángeles aparecen en relación con la persona y la misión de Jesucristo (véase lo que dice el n. 333 del Catecismo).
Se hacen presentes en los acontecimientos que rodean el nacimiento de Jesús. El ángel Gabriel anuncia el nacimiento del precursor a Zacarías (Lc 1,11-20) y el del Hijo de Dios a la Virgen María (Lc 1,26-38). Un ángel es el que muestra a José su papel en el nacimiento del Niño (Mt 1,18-21), y los ángeles son los encargados de anunciar a los pastores el nacimiento del Salvador (Lc 2,8-14). Será un ángel el que comunique a José que debe huir a Egipto ante la persecución de Herodes (Mt 2,13) y que puede volver a Palestina (Mt 2,19-20).
También los ángeles se muestran como consuelo de Jesús en momentos especiales de lucha: tras las tentaciones del desierto (Mc 1,13; Mt 4,11), y en la agonía en el huerto de los Olivos (Lc 22,43).
Son los ángeles los encargados de anunciar la resurrección de Jesús (Mc 16,5-7; Mt 28,2-7; Lc 24,4-7; Jn 20,12-13).
Jesús anuncia la presencia de los ángeles en los acontecimientos finales de la historia de la salvación. Ellos son los encargados de reunir a los elegidos y apartar a los malos (Mc 13,27; Mt 24,31; cf. Mt 13,41-42). En la segunda venida, Jesucristo vendrá rodeado de sus ángeles (Mt 16,27; 25,31).
Los ángeles, según la enseñanza de Jesús en el Evangelio, también se ocupan de los hombres. Los niños tienen sus ángeles, que además contemplan el rostro de Dios (Mt 18,10), y se alegran por la conversión de los pecadores (Lc 15,10).
La Iglesia naciente también goza de la ayuda de los ángeles. Después de la Ascensión anuncian la futura venida de Cristo (Hch 1,10-11). Un ángel libera a Pedro y Juan de la cárcel para que sigan predicando (Hch 5,19-20). También un ángel es quien guía al diácono Felipe para que salga al encuentro del ministro de la reina de Etiopía (Hch 8,26). Cornelio manda a buscar a Pedro por la indicación de un ángel (Hch 10,3-8). De nuevo, Pedro es liberado de la cárcel con la ayuda de un ángel (Hch 12,7-10). También a Pablo un ángel le avisa de que dará testimonio en Roma (Hch 27,23-24).
Los ángeles aparecen con frecuencia en las cartas de san Pablo. También el Apóstol afirma su papel en el juicio final (1Tes 4,16; 2Tes 1,7) y su atención a lo que hacen las comunidades cristianas (1Co 4,9; 11,10). El misterio de Cristo es mostrado a los ángeles (1Tm 3,16).
El libro del Apocalipsis es el que menciona con más frecuencia a los ángeles. Ellos forman la corte celestial en la que destacan los cuatro vivientes que están junto al trono (Ap 4,6-8), semejantes a los que vio Ezequiel (Ez 1,4-12) y a los serafines que se le mostraron a Isaías (Is 6,1-3). Son numerosísimos (Ap 5,11). Los ángeles forman un ejército celestial, capitaneado por el arcángel san Miguel, que combate y derrota al demonio y sus ángeles (Ap 12,7-9). Cada una de las siete iglesias a la que se les escriben las cartas de los capítulos 2 y 3, tiene su ángel, aunque tal vez sea la forma de referirse al obispo de cada comunidad. A pesar del aspecto terrible y magnífico de los ángeles (cf. Ap 10,1-3; 18,1), están al servicio de Dios (cf. Ap 19,10; 22,8-9), se postran ante Dios y ante el Cordero (cf. Ap 4,10; 5,8; 19,4). Son portadores de los mensajes de Dios y los que realizan las plagas que llaman a la conversión (p. ej. los que tocan las siete trompetas (Ap 8,2); o los que llevan las siete plagas (Ap 15,6); o el que anuncia la caída de la ciudad pecadora (Ap 18,1-3), etc.). Y esos mismos ángeles tienen una función litúrgica ante el trono de Dios (cf. Ap 7,11-12; 8,3-4).
Hay que señalar que hay un especial interés en el Nuevo Testamento por no exagerar la importancia de los ángeles y enseñar su subordinación a Cristo. Lo cual fundamenta la respuesta que hoy debemos dar a los que buscan una extraña relación con los ángeles como hemos visto más arriba.
En las cartas de la cautividad y a los Hebreos se constata además la preocupación de reaccionar contra un culto exagerado a los ángeles y de asentar firmemente el primado de Cristo sobre ellos. Los ángeles han sido creados en Cristo y por Cristo (Col 1,16); por eso Cristo es la cabeza de todo principado y potestad (Col 2,10). Cristo, por su resurrección, ha sido ensalzado por encima del mundo de los ángeles (Ef 1,21); ha recibido un nombre ante el que ha de doblarse toda rodilla en la tierra, en el cielo y en los abismos (Fil 2,10). En los primeros capítulos de la carta a los Hebreos (1,4 a 2,9) se insiste mucho en la superioridad de Cristo respecto a los ángeles que están a su servicio y al de quienes, por Cristo, alcanzan la salvación (1,14). Ya en la primera carta a los Corintios, había declarado Pablo que los cristianos en unión con Cristo juzgarán al final de los tiempos a los mismos ángeles. Según la tradición judía, recordada por san Esteban, la ley fue dada a los hebreos por medio de los ángeles (Hech 7,38-53). En los escritos paulinos se recoge dicha tradición (Gál 3, 19; Heb 2, 2). La superioridad del Nuevo Testamento es confirmada también por el hecho de que tiene por mediador a Cristo y, por consiguiente, es bastante más grave la violación del nuevo pacto (Heb 2,2-4). En este contexto se colocan las afirmaciones de san Pablo en relación al triunfo de Cristo sobre los principados y potestades (Col 2,14) A ellos les ha sido descubierto, a través de la existencia de la Iglesia, el misterio de la redención (Ef 3, 9)16.
El testimonio de la Tradición de la Iglesia, expresado por los Santos Padres y la liturgia, es unánime a la hora de afirmar la existencia de los ángeles:
Está contenido en la predicación eclesiástica que existen ciertos ángeles de Dios y potencias buenas, que le prestan servicio para lograr la salvación de los hombres (Orígenes)17.
Aunque no presenciemos apariciones de los ángeles, por la fe sabemos que existen, leemos que se han aparecido a muchos. Lo defendemos como verdad y no nos es lícito dudar de ello (San Agustín)18.
Aunque la existencia de los ángeles la conocemos por la Revelación y la aceptamos con la fe, no es contraria a la razón:
La revelación de la existencia de seres buenos y malos, intermediarios entre Dios y los hombres, que actúan en el mundo en que vivimos, no repugna en absoluto a nuestra razón. Es ciertamente inconciliable la existencia de los «genios» paganos, concebidos como divinidades secundarias, con el concepto de Dios creador, que puede descubrir la razón por sí misma. Sería asimismo absurda la idea de seres naturalmente malos, creados tales por un Dios bueno. Pero los ángeles que nos describe la revelación dependen completamente de Dios en su ser y en su obrar, y los demonios son malos no por naturaleza sino por un pecado que cometieron libremente, sin poder sustraerse por ello al dominio supremo de su creador. Es más, la existencia de seres puramente espirituales hace más armoniosa la imagen del universo, que de esta suerte aparece constituido simétricamente por espíritus, por seres materiales y por el hombre en el que se unen la materia y el espíritu19.
Quiénes son los ángeles

[329] San Agustín dice respecto a ellos: Angelus officii nomen est, non naturae. Quaeris nomen huius naturae, spiritus est; quaeris officium, angelus est: ex eo quod est, spiritus est, ex eo quod agit, angelus («El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel») (Enarratio in Psalmum, 103,1,15). Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan «constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos» (Mt 18,10), son «agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra» (Sal 103,20).
[330] En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales (cf Pío XII, enc. Humani generis: DS 3891) e inmortales (cf Lc 20,36). Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello (cf Dn 10,9-12).
La palabra «ángel» procedente del griego, significa «mensajero» y nos habla de una de las tareas fundamentales de los seres que denominamos con este nombre. Es necesario ir más allá para comprender qué son los ángeles, cuáles son sus cualidades y sus funciones.
Podemos definir a los ángeles como criaturas espirituales y personales, dotadas de inteligencia y voluntad.
-Criaturas
Los ángeles forman parte de la creación de Dios. Por lo tanto, no existen desde la eternidad y su naturaleza no es divina. Hubo un momento en que fueron creadas de la nada por Dios20. Es lo que afirmó, como hemos visto, el concilio de Letrán: «Al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual» (cf. Catecismo, n. 327). El concilio Vaticano I recuerda, citando al IV concilio de Letrán que esta creación se realiza, como no puede ser de otra forma, «de la nada» (Dz 1873)21.
Es cierto que la Biblia no narra la creación de los ángeles, como hace con la de los hombres, pero la afirma claramente. Cuando Sal 148,5 manda a todas las criaturas que «alaben el nombre del Señor, porque él lo mandó y existieron», pone en primer lugar a los ángeles: «Alabadlo todos sus ángeles; alabadlo todos sus ejércitos» (Sal 148,2). Cuando la carta a los Colosenses afirma el papel de Cristo en la creación, porque todo fue creado por medio de él, hace mención explícita de los ángeles en sus diversas categorías: «Porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él» (Col 1,16).
Como criaturas los ángeles deben su existencia a Dios, dependen de él y proclaman -de un modo más excelente que las demás criaturas- la gloria de su creador.
Dios, siendo como es el único bien y la fuente y el origen de todo lo bueno, quería que hubiera otros muchos que pudieran compartir las riquezas de sus tesoros y así decidió crear un conjunto completo de criaturas racionales, que implica poderes reales inteligentes y semejantes a los divinos, ángeles y arcángeles, espíritus no materiales y completamente puros (Eusebio de Cesarea)22.
Aunque las cosas visibles son ya para nosotros suficiente demostración de la magnificencia omnipotente del Creador, si acudimos a las diversas fuerzas invisibles, se nos explayará la mente considerando los batallones de los ángeles, de los arcángeles, de las potestades celestes, de los tronos, de las dominaciones, de los principados, de las virtudes, de los querubines, de los serafines: ¡Es tal su majestad que ninguna mente humana puede concebir ni palabra alguna expresar! (San Juan Crisóstomo)23.
Pero, a pesar de su excelencia y superioridad sobre las demás criaturas no tienen dominio sobre ellas24.
Del mismo modo que cada alma humana (Catecismo, n. 366), cada uno de los ángeles es creado directamente por Dios.
Como todo lo que sale de la mano del Creador, los ángeles son buenos. La existencia de los demonios, de naturaleza angélica, aunque pervertida por la caída, no está en un defecto de la creación divina, sino que es fruto de la libertad de los ángeles que no superaron la prueba de la fe.
Los ángeles se encontraron primero en estado de peregrinación (in statu viae), por el cual debían merecer, con la ayuda de la gracia y mediante su libre cooperación a ella, la visión beatífica de Dios en un estado definitivo (in statu termini). Los ángeles buenos que salieron airosos de la prueba recibieron como recompensa la felicidad eterna del cielo (Mt 18,10; Tob 12,15; Hebr 12,12; Apoc 5,11; 7,11), mientras que los ángeles malos, que sucumbieron a la prueba, fueron condenados para siempre (2Petr 2,4; Iuda 6)25.
En consecuencia, hay que excluir toda idea de que los ángeles son emanación de la sustancia divina26. También es absurda la idea que unos ángeles puedan generar a otros27.
-Espirituales
A diferencia de los seres humanos, formados por alma y cuerpo, un elemento material y otro espiritual, los ángeles son puramente espirituales28. No forman parte de la creación material, del mundo de lo visible. El hecho de ser sólo espíritu les confiere muchas de las cualidades que veremos a continuación. Una de ellas es la inmortalidad: al ser sólo espíritu, no les afecta la corrupción que corresponde al mundo material. Así lo afirma Jesús al poner a los ángeles como modelo de inmortalidad: «Los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos […] ya no pueden morir, ya que son como ángeles» (Lc 20,35-36). La Sagrada Escritura los llama con frecuencia «espíritus». Hay que tener en cuenta que, aunque no tienen cuerpo, sí pueden manifestarse con apariencia humana.
Los ángeles no tienen «cuerpo» (si bien en determinadas circunstancias se manifiestan bajo formas visibles a causa de su misión en favor de los hombres), y por tanto no están sometidos a la ley de la corruptibilidad que une todo el mundo material. Jesús mismo, refiriéndose a la condición angélica, dirá que en la vida futura los resucitados «(no) pueden morir y son semejantes a los ángeles» (Lc 20,36)29.
-Personales
Los ángeles, como los seres humanos, son seres personales, dotados de personalidad propia y con capacidad para las relaciones personales: fundamentalmente con las personas de la Trinidad, pero también entre ellos y con los hombres.
Al hablar de seres personales, nos referimos a seres semejantes al hombre, en cuanto a dotados de inteligencia y voluntad y que, por tanto, son capaces de entrar en diálogo con otros30.
Los ángeles son pues personales y, en cuanto tales, son también ellos, «imagen y semejanza» de Dios31.
A esta realidad de los ángeles como personas están unidas dos cualidades esenciales de su naturaleza comunes a los seres humanos, que están potenciadas por su realidad puramente espiritual: el conocimiento y la voluntad.

Tobías y el ángel
-Inteligentes
El conocimiento superior de los ángeles depende de su naturaleza espiritual, pero es limitado porque son criaturas. «Su vida cognoscitiva se diferencia de la humana lo mismo que la vida cognoscitiva de un ignorante se diferencia de las visiones del genio»32. La Biblia simboliza este conocimiento privilegiado de los ángeles afirmando que sus rostros están vueltos a todas partes (Ez 1,5-6) o que están cubiertos de ojos (Ap 4,6-8). Lógicamente su conocimiento es distinto al nuestro, que depende de los sentidos, de la abstracción y de la deducción33.
Los santos ángeles no conocen a Dios por los sonidos de las palabras, sino por la misma presencia de la Verdad inmutable, es decir, por su Verbo unigénito. Y conocen al mismo Verbo y al Padre y al Espíritu Santo de ambos, y que ellos forman la Trinidad inseparable, y que cada una de las personas en ella es sustancial, y, sin embargo, todas no son tres dioses, sino un solo Dios; y de tal modo lo conocen, que les es más claro a ellos esto que nosotros a nosotros mismos. Conocen también a la criatura mejor allí, es decir, en la sabiduría de Dios, como en el arte con que fue hecha, que en sí misma; y por esto se conocen mejor allí a sí mismos que en sí mismos, aunque se conozcan también en sí mismos (San Agustín)34.
Sin embargo, este conocimiento, distinto y muy superior al de los hombres, es limitado. No conocen lo íntimo de Dios, donde sólo puede penetrar el Espíritu Santo (cf. 1Co 2,11). Tampoco conocen los pensamientos del hombre, salvo que Dios se lo revele (cf. 1Re 8,39). Desconocen el futuro, especialmente el día y la hora del juicio (Mc 13,32).
¿No está escrito que «los ángeles de los pequeños están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos»? Pero los ángeles ven, no todo lo que Dios es, sino hasta donde ellos alcanzan. El mismo Jesús es quien dice: «No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre». Los ángeles, pues, ven según su capacidad; los arcángeles según su potencia; los tronos y dominaciones, un poco más que los primeros, aunque menos que lo que Dios es. Solo el Espíritu Santo -junto con el Hijo- puede conocer lo que él es (San Cirilo)35.
Atentos a todo lo que realizan los hombres y a la agilidad de su pensamiento van adquiriendo un conocimiento completo del saber humano. Ese conocimiento, unido a su voluntad, fundamentan su capacidad de reacción y acierto en las diversas circunstancias.
-Dotadas de voluntad
También la voluntad de los ángeles, superior a la de los hombres, está en función de su independencia del mundo material: como seres puramente espirituales, no les afectan, como a nosotros, las pasiones y limitaciones que proceden de la carne. En consecuencia, su libertad es más perfecta, lo que les hace también más responsables. Esta capacidad de decidir con más libertad, acompañada de un conocimiento más pleno, hacen que sus decisiones sean definitivas36. Como en el caso de los seres humanos, esta libertad está en función de la relación de amor verdadero -y por tanto libre- que Dios quiere establecer con sus criaturas.
En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados desde el principio, en virtud de su inteligencia, a conocer la verdad y amar el bien que conocen en la verdad de modo mucho más pleno y perfecto que cuanto le es posible al hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre, por lo cual también para los ángeles la libertad significa posibilidad de hacer una elección en favor o en contra del Bien que ellos conocen, esto es, Dios mismo. Hay que repetir aquí lo que ya hemos recordado a su debido tiempo a propósito del hombre: creando a los seres libres, Dios quiere que en el mundo se realice aquel amor verdadero que sólo es posible sobre la base de la libertad. Él quiso, pues, que la criatura, constituida a imagen y semejanza de su Creador, pudiera, de la forma más plena posible, volverse semejante a Él: Dios, que «es amor» (1Jn 4,16). Creando los espíritus puros, como seres libres, Dios en su Providencia, no podía no prever también la posibilidad del pecado de los ángeles. Pero precisamente porque la Providencia es eterna sabiduría que ama, Dios pudo sacar de la historia de este pecado, incomparablemente más radical, en cuanto pecado de un espíritu puro, el definitivo bien de todo el cosmos creado37.
Los principados y potestades y todas las demás criaturas angélicas alcanzan la santidad por su empeño y entrega meritoria, pero no se les puede llamar propiamente santos por naturaleza. Para alcanzar los bienes que desean deben participar de la santidad de Dios, que reciben en proporción a su amor por él (San Basilio)38.
El poder que emana de la voluntad de los ángeles es, sin embargo, limitado: dependen totalmente de Dios y sólo pueden hacer lo que Dios les permite. «Los ángeles carecen del poder de crear de la nada y de obrar milagros estrictamente tales, poderes que competen únicamente a Dios»39.
Su voluntad limitada, por lo tanto, mudable, es lo que explica que siguiendo su libertad puedan aceptar a Dios o rechazarlo. Lo que sucede es que esa decisión es irrevocable, por lo que, después de superar la prueba de la fe, los ángeles buenos ya no pueden caer:
Cada criatura hecha por el Dios inmutable es mudable por naturaleza, aunque ninguno de los santos ángeles ahora pueda pervertirse, pues recibieron todos la dicha eterna, en la que gozan de Dios para siempre, sin poder ya perderlo. Pero este estado… no es el implantado por naturaleza sino que les fue concedido después de su creación por la generosidad de la gracia divina. Porque si los ángeles hubieran sido creados inmutables por naturaleza, nunca se habrían alejado el diablo y sus ángeles de la compañía divina (San Fulgencio)40.
La naturaleza angélica, cuando fue creada, recibió el libre albedrío, para que quisiera mantenerse en la humildad y permanecer en la presencia de Dios omnipotente, o se precipitara en la soberbia y perdiera la bienaventuranza […]. Los ángeles santos [que] persistieron en su bienaventuranza [y no cayeron como algunos] recibieron en premio no poder ya caer jamás, en estos su naturaleza por no poder quedar ya sujeta a mutación (San Gregorio)41.
· · ·
Como consecuencia de su naturaleza los ángeles no dependen del tiempo y del espacio. Están sólo presentes en un determinado lugar, pero pueden ir de un lugar a otro con velocidad inconcebible y llegar a lo inaccesible para el ser humano42.
Los ángeles son numerosísimos, como indica la Escritura:
Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él. Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes (Dn 7,9-10; cf. Ap 5,11).
Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles (Heb 12,22)
Según la Biblia, en esta multitud de ángeles pueden distinguirse diferencias que provocan una jerarquía angélica: Ezequiel habla de querubines (Ez 10,3), Isaías de serafines (Is 6,2), y san Pablo recoge diversas categorías:
En él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él (Col 1,16; cf. Ef 1,21).
Se han propuesto diversas clasificaciones ordenadas jerárquicamente. La del Pseudo Dionisio tuvo bastante aceptación43.
- 1ª jerarquía: serafines – querubines – tronos
- 2ª jerarquía: dominaciones – virtudes – potestades
- 3ª jerarquía: principados – arcángeles – ángeles
Hay diversas formas de organizar esta jerarquía, de forma que, aunque sería temerario negar que existe, ninguna de ellas se puede considerar como definitiva u obligatoria44. Hay que tener muy en cuenta lo que dice san Agustín respecto a este tema:
¿De qué modo está constituida aquella beatísima y celestial sociedad? ¿Qué diferentes categorías hay allí? Porque, aun cuando a todos con nombre general se les llama ángeles (pues eso se nos quiso indicar en la epístola a los Hebreos, donde leemos: ¿A cuál de los ángeles dijo alguna vez: Siéntate a mi diestra?), no obstante, sabemos que allí hay también arcángeles. ¿Acaso a estos mismos arcángeles se les llama virtudes, y por eso se dijo: Alabadle vosotros, sus ángeles todos; alabadle vosotras, todas sus virtudes? Como si dijera: Alabadle vosotros, sus ángeles todos; alabadle vosotros, todos sus arcángeles. ¿Qué diferencia hay entre aquellos cuatro nombres, en los cuales parece que el Apóstol quiso comprender toda aquella sociedad, cuando dice: los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades? Díganlo quienes pudieren, con tal que puedan probar lo que dicen; yo confieso que lo ignoro (San Agustín)45.
Los ángeles como criaturas personales, libres y conscientes están llamados a la vida sobrenatural, y tienen una relación amorosa, personal y consciente con las personas de la Trinidad46. La Revelación lo expresa afirmando que contemplan el rostro de Dios (cf. Mt 18,10). Los ángeles están en relación íntima con Dios, de modo que la Escritura afirma que son santos (cf. Sal 89,6).
Cuando afirmamos que los ángeles están en el cielo no queremos señalar simplemente el lugar donde habitan, sino su estado de bienaventuranza -de perfección y santidad- que va creciendo según progresa la historia de la salvación.
Los espíritus puros tienen un conocimiento de Dios incomparablemente más perfecto que el hombre, porque con el poder de su inteligencia, no condicionada, ni limitada por la mediación del conocimiento sensible, ven hasta el fondo la grandeza del Ser infinito de la primera Verdad, del sumo Bien. A esta sublime capacidad de conocimiento de los espíritus puros Dios ofreció el misterio de su divinidad, haciéndoles así partícipes, mediante la gracia, de su infinita gloria. Precisamente en su condición de seres de naturaleza espiritual, había en su inteligencia la capacidad, el deseo de esta elevación sobrenatural a la que Dios los había llamado, para hacer de ellos, mucho antes que del hombre, «partícipes de la naturaleza divina» (cfr 2Pe 1,4), partícipes de la vida íntima de Aquel que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, de Aquel que, en la comunión de las tres Divinas Personas, «es Amor» (1Jn 4,16). Dios había admitido a todos los espíritus puros, antes y en mayor grado que al hombre, a la eterna comunión del Amor47.
Como afirma el Salmo 8,6, los ángeles son superiores a los hombres:
Los ángeles son seres misteriosos, potentes, inmensamente superiores a los hombres, poderosos, que hasta infunden el miedo y terror. Miedo es la primera impresión que produce la aparición de un ángel. Por esto, las primeras palabras que suelen pronunciar al aparecerse son las siguientes: «¡No temas!». El hombre se estremece ante su presencia. Por eso tiene que animar a Zacarías, cuando le anuncia el nacimiento de San Juan (Lc. 1,11-13); a María, cuando le anuncia la encarnación del Hijo de Dios (Lc. 1,26-28); a los pastores en la campiña de Belén (Lc. 2,9 y sigs.), a las mujeres, a quienes se aparece con semblante resplandeciente la mañana de la Resurrección (Mt. 28,2-5). En las descripciones simbólicas de la Sagrada Escritura se insinúa que son superiores a los hombres, más aún, superiores a todo lo que los hombres pueden comprender (véase, especialmente Dan. 10,4-21; Is. 6,1 y sigs.)48.
· · ·
Una de las actividades fundamentales de los ángeles depende de su cercanía a Dios: ellos tributan a Dios un culto constante de adoración y alabanza. La alabanza no es una obligación añadida a su ser, sino que está impresa en su esencia de modo que adorar y alabar constituye su gozo y manifiesta su perfección. Hay que recordar la actividad de los ángeles en la visión de Isaías:
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!». Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo (Is 6,1-4).
Y también el culto de los ángeles en el comienzo del libro del Apocalipsis:
Los cuatro vivientes, cada uno con seis alas, estaban llenos de ojos por fuera y por dentro. Día y noche cantan sin pausa: «Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir». Cada vez que los vivientes dan gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adoran al que vive por los siglos de los siglos y arrojan sus coronas ante el trono diciendo: «Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado» (Ap 4,8-11).
Por eso el salmo puede decir:
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes,
prontos a la voz de su palabra.
Bendecid al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplís sus deseos (Sal 103,20-21).
Como veremos más adelante, la liturgia de la Iglesia proclama y sintoniza con esta tarea de los ángeles, que son modelo de la vida contemplativa:
Su esencia es la adoración. Sólo se ocupan de alabar a Dios en actos continuos de amor contemplativo […]. La alabanza de Dios constituye la felicidad y la perfección de los ángeles. En ellos se halla realizado el estado sobrenatural de perfección, que nosotros llamamos «cielo»49.
Los ángeles están al servicio de los planes de Dios, son «poderosos ejecutores de sus órdenes» (Sal 103,20):
Su única y exclusiva función es la de servir a la voluntad divina y no hacer en absoluto nada que no se les ordene (Lactancio)50.
A la vez que adoradores de Dios, los ángeles son servidores de los hombres de cara a su salvación: «Los ángeles pueden ejercer sobre el hombre una influencia regeneradora y santificante. Por eso no solamente se relacionan con Dios, tienen relación también con nosotros»51. Lo podemos comprobar en la Sagrada Escritura:
¿Es que no son todos espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación? (Heb 1,14).
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos (Sal 91,11).
Debería llenarnos de asombro y de agradecimiento que Dios haya puesto a nuestro servicio a seres tan cercanos a él y tan superiores a nosotros. No deberíamos olvidar nunca que forma parte de la providencia de Dios con nosotros la ayuda de los ángeles. Más adelante (al comentar el n. 336 del Catecismo) haremos alusión al ángel que Dios ha dado a cada persona para que lo ayude a alcanzar la salvación.
Los ángeles colaboran en la construcción del reino de Dios, lo que hacen de forma definitiva en la lucha final contra el demonio y sus ángeles que describe Ap 12. Son mensajeros fieles y poderosos de la voluntad de Dios. Pero no actúan por su cuenta ni con su poder, simplemente son fieles ejecutores de la voluntad de Dios.
Los ángeles son protectores de la vida humana, tanto corporal como espiritual:
En aquel instante, la oración de ambos fue escuchada delante de la gloria de Dios, el cual envió al ángel Rafael para curarlos: a Tobit, para que desaparecieran las manchas blanquecinas de sus ojos y pudiera contemplar la luz de Dios; a Sara, hija de Ragüel, para darla en matrimonio a Tobías, hijo de Tobit, liberándola del malvado demonio Asmodeo (Tob 3,16-17).
Y no sólo de las personas, sino de la Iglesia y de sus diversas partes e instituciones.
Se puede señalar el papel de los ángeles en el juicio definitivo de nuestra vida:
Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios (Lc 12,8-9).
El vencedor será vestido de blancas vestiduras, no borraré su nombre del libro de la vida y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles (Ap 3,5).
Lo cual debe ser motivo de esperanza, porque «si los ángeles toman parte en el juicio de Dios, están interesados en la vida del hombre»52.
Podemos resumir todo este apartado con palabras de un santo padre de la Iglesia:
El ángel es una sustancia intelectual en movimiento, incorpórea, que sirve a Dios y por la gracia ha alcanzado la inmortalidad en la naturaleza propia. Solo el creador conoce la forma y el límite de su esencia. En cambio, se dice incorpóreo inmaterial en comparación nuestra […]. Todos los ángeles han sido creados a través del Verbo, y han sido perfeccionados por el Espíritu Santo a través de la santificación «en proporción con la categoría y orden» de la iluminación y la gracia que participen. Son limitados, porque cuando están en el cielo no están en la tierra, y cuando son mandados a la tierra por Dios no se quedan en el cielo. Pero no están limitados ni por muros ni por puertas, ni por cerrojos ni por sellos […]. Contemplan a Dios según la capacidad que han recibido y poseen este alimento. Están por encima de nosotros en cuanto incorpóreos y destituidos de toda pasión corporal; pero no son impasibles, porque solamente la divinidad es impasible. Por el contrario, cambian de forma en aquella que ordene Dios, el soberano. De este modo se aparecen a los hombres y les revelan los misterios de Dios. En el cielo se emplean y tienen un único trabajo: alabar y servir a la voluntad divina (San Juan Damasceno)53.
Cristo «con todos sus ángeles»

[331] Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles…» (Mt 25,31). Le pertenecen porque fueron creados por y para Él: «Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él» (Col 1,16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: «¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?» (Hb 1,14).
[332] Desde la creación (cf Jb 38,7, donde los ángeles son llamados «hijos de Dios») y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos, anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrenal (cf Gn 3,24), protegen a Lot (cf Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cf Gn 21,17), detienen la mano de Abraham (cf Gn 22,11), la ley es comunicada por su ministerio (cf Hch 7,53), conducen el pueblo de Dios (cf Ex 23,20-23), anuncian nacimientos (cf Jc 13) y vocaciones (cf Jc 6,11-24; Is 6,6), asisten a los profetas (cf 1R 19,5), por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor y el del mismo Jesús (cf Lc 1,11.26).
[333] De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce «a su Primogénito en el mundo, dice: “adórenle todos los ángeles de Dios”» (Hb 1,6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: «Gloria a Dios…» (Lc 2,14). Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1,20; 2,13.19), le sirven en el desierto (cf Mc 1,12; Mt 4,11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22,43), cuando Él habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26,53) como en otro tiempo Israel (cf 2M 10,29-30; 11,8). Son también los ángeles quienes «evangelizan» (Lc 2,10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2,8-14), y de la Resurrección (cf Mc 16,5-7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1,10-11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13,41; 25,31 ; Lc 12,8-9).
Ya hemos señalado el peligro de considerar a los ángeles al margen del Dios creador y olvidar su plena dependencia de Dios, que los pone al servicio de su plan salvador. Ahora queremos subrayar su relación con Cristo, proclamada con toda fuerza por san Pablo: todo es Creado «en» Cristo, «por medio» de él, y «para» él; también los ángeles en sus diferentes categorías. Ya hemos indicado, al comentar el n. 328 del Catecismo, la relación estrecha de los ángeles con la persona y la misión de Jesucristo tal como aparece en el Nuevo Testamento:
Su participación en la Encarnación vida pasión y muerte de Jesucristo revela que Cristo viene de arriba (Io. 8,23) y pone de manifiesto, al mismo tiempo, la importancia trascendental de su obra que abarca los cielos y la tierra. En particular los ángeles son mensajeros, testigos, cooperadores de la encarnación, del nacimiento, de la resurrección, de la ascensión del juicio54.
Pero esa relación estrecha de los ángeles con la persona y la misión de Jesucristo no nos puede hacer pensar que su vida está llena de apariciones angélicas55 o que los ángeles jueguen un papel de especial importancia en la redención56.
Queremos detenernos ahora en una afirmación que merece la pena ser desarrollada: «Cristo es el centro del mundo de los ángeles». Los ángeles tienen su lugar y su función en la historia de la salvación y, como no puede ser de otra forma, lo tienen especialmente en el culmen de la revelación y salvación de Dios que es Jesucristo. Los ángeles están en relación con Cristo, subordinados a él, y sólo pueden comunicar la salvación que él nos ha obtenido con su muerte y resurrección. Los ángeles participan de la misión de Cristo, no tienen otra.
Los ángeles están sometidos a Cristo y dependen completamente de la voluntad y dominio de Dios, que determina su misión y el modo de cumplirla. Los ángeles adoran a Cristo57.
La carta a los Hebreos, con profusión de referencias al Antiguo Testamento, especialmente a los Salmos, muestra la superioridad de Cristo a los ángeles58:
Tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado.
Pues ¿a qué ángel dijo jamás:
Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy (Sal 2,7);
y en otro lugar:
Yo seré para él un padre,
y él será para mí un hijo? (2Sam 7,14)
Asimismo, cuando introduce en el mundo al primogénito, dice:
Adórenlo todos los ángeles de Dios (Dt 32,43; Sal 97,7).
De los ángeles dice:
Hace de los espíritus sus ángeles;
de las llamas de fuego, sus ministros (Sal 104,4).
En cambio, del Hijo:
Tu trono, oh Dios, permanece para siempre;
y cetro de rectitud es tu cetro real.
Amaste la justicia y odiaste la iniquidad;
por eso Dios, tu Dios, te ha distinguido
entre tus compañeros,
ungiéndote con aceite de júbilo (Sal 45,7-8).
También:
Tú, Señor, en los comienzos cimentaste la tierra;
los cielos son obra de tus manos;
ellos perecerán, tú permaneces;
se gastarán como la ropa,
los envolverás como un manto.
Serán como vestido que se muda.
Pero tú eres siempre el mismo
tus años no se acabarán (Sal 102,26-28).
Y ¿a cuál de los ángeles dijo jamás:
Siéntate a mi derecha
mientras pongo a tus enemigos por estrado de tus pies? (Sal 110,1)
¿Es que no son todos espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación? (Heb 1,4-14).
Los ángeles están al servicio de la salvación que trae Jesucristo y, en consecuencia, son inferiores a ella.
El misterio de Cristo envuelve, pues, también a los ángeles. También los ángeles dependen de la Revelación de Cristo y no pueden añadir nada a ella ni quitar nada de ella. La intangibilidad del misterio de Cristo es tan grande, que el ángel que quisiera modificarlo incurriría en la maldición (Gal. 1,8). La gloria de este misterio es tan grande, que también los ángeles desean contemplarlo (IPet. 1,12). Los que están al servicio de ese misterio son un espectáculo no solo para los ángeles, sino también para los hombres (ICor. 6,3). La salvación depende de la unión con Cristo. Los que la adquieren, los santos, serán jueces también de los ángeles (ICor. 6,3); es decir, Dios les revelará lo que piensa sobre los ángeles y reconocerán que su juicio es justo. Donde falta el amor a Cristo, de nada sirve ni aun el hablar con lenguas de ángeles (ICor. 13,1)59.
Los ángeles en la vida de la Iglesia

[334] De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles (cf Hch 5,18-20; 8,26-29; 10,3-8; 12,6-11; 27,23-25).
Al mencionar las numerosas menciones a los ángeles en la Sagrada Escritura comentando lo dicho por el n. 328 del Catecismo ya señalamos la ayuda de los ángeles a la Iglesia naciente, que lógicamente se prolongará hasta el final de los tiempos.
Lo mismo que los ángeles sirven y protegen a Cristo, así también guardan y protegen a su cuerpo, es decir, la Iglesia, La asisten en las tribulaciones, la consuelan, transmiten encargos y prescripciones60.
[335] En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo (cf Misal Romano, «Sanctus»); invoca su asistencia (así en el «Supplices te rogamus…» [«Te pedimos humildemente…»] del Canon romano o el «In Paradisum deducant te angeli…» [«Al Paraíso te lleven los ángeles…»] de la liturgia de difuntos, o también en el «himno querúbico» de la liturgia bizantina) y celebra más particularmente la memoria de ciertos ángeles (san Miguel, san Gabriel, san Rafael, los ángeles custodios).
La lex orandi, es decir, la verdad que la Iglesia transmite por medio de la liturgia, nos ayuda a reafirmar la existencia de los ángeles y su relación con la Iglesia y sus miembros.
Resulta muy útil la consideración de cómo expresa el culto litúrgico la fe de la Iglesia en la existencia de ángeles buenos y malos. Por medio de este testimonio, no solo nos damos cuenta de la seriedad con que la iglesia actual, a par que la de los primeros siglos, recibe y conserva la angelología de la Biblia, sino que también se puede conocer la forma en que son invitados todos los cristianos a vivir sus relaciones con el mundo de los ángeles61.
La liturgia romana celebra la fiesta de los santos arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael el 29 de septiembre y en ella se afirma su tarea protectora: «Que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo» (oración colecta); su papel en la misma ofrenda eucarística: «Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de alabanza y te suplicamos humildemente que, llevado ante tu majestad por manos de los ángeles, lo recibas en tu bondad» (oración sobre las ofrendas)62; su custodia y su compañía: «Avancemos con valentía por la senda de la salvación bajo la fiel custodia de tus ángeles» (oración después de la comunión); y que en su magnificencia son reflejo de la gloria de Dios: «Pues lo que se honra verdaderamente en ellos redunda en tu grandeza y gloria. Siendo ellos dignísimos de todo honor, tú eres inmenso y has de ser reconocido sobre todas las cosas» (prefacio).
Como señala este número del Catecismo, el Santo de la misa que se reza o se canta entre el prefacio y la plegaria eucarística es un momento especial en que nos unimos a la Iglesia celeste, ángeles y santos. Lógicamente resuena la visión del profeta Isaías en su vocación:
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!». Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo (Is 6,1-4).
Pero no hay que olvidar que también hay un eco de la liturgia del cielo que aparece una y otra vez en el libro del Apocalipsis (cf., por ejemplo, Ap 4, que recoge este mismo canto).
El Sanctus es el momento en que se subraya más explícitamente que la oración de la asamblea litúrgica se une a la de los ángeles. En ella suplicamos que nuestra alabanza se asocie a la de los ejércitos celestiales a fin de celebrar la gloria de Dios que llena toda la tierra63.
En el acto penitencial de la misa, al reconocernos pecadores, también invocamos la intercesión de los ángeles:
Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros hermanos, que intercedáis por mi ante Dios nuestro Señor.
La Iglesia señala la presencia de los ángeles en la liturgia, no sólo en la eucaristía:
Es natural que cuando una multitud se congrega del modo debido, para alabar a Cristo, la rodeen los ángeles que temen a Dios, que éstos acompañen al hombre cuya protección y guía les ha sido encomendada. De este modo surge entre los fieles congregados una doble comunidad: la de los hombres y la de los ángeles (Orígenes)64.
Los ángeles toman parte del en el culto de la Iglesia. Según las oraciones de la liturgia, intervienen en las acciones litúrgicas, por ejemplo, en el bautismo, eucaristía matrimonio, o, por lo menos, están presentes. El armenio Juan Mandukaniz escribe: «No sabes que en el momento en que el Santo Sacramento viene al altar se abren los cielos, desciende Cristo y que las milicias angélicas bajan a la tierra y rodean el altar donde está el Sacramento del Señor, quedando todos llenos del Espíritu Santo»65.
En el Te Deum, que culmina el oficio de lecturas de domingos, fiestas y solemnidades, los ángeles ocupan su lugar principal:
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
La oración de completas de las solemnidades que no coinciden en domingo invoca la protección de los ángeles:
Visita, Señor, esta habitación: aleja de ella las insidias del enemigo; que tus santos ángeles habiten en ella y nos guarden en paz, y que tu bendición permanezca siempre con nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
También se invoca a los ángeles cuando se ora por un fiel cristiano fallecido. El Catecismo menciona el canto gregoriano medieval In paradisum, que se sigue empleando en nuestra liturgia:
Al paraíso te conduzcan los ángeles;
a tu llegada te reciban los mártires,
y te conduzcan a la ciudad santa de Jerusalén.
El coro de los ángeles te reciba,
y con Lázaro otrora pobre
tengas el eterno descanso.
No es la única mención que se hace a los ángeles en la liturgia de las exequias cristianas:
Oremos. Recibe, Señor, a tu siervo (sierva) N., que, salido del Egipto de este mundo, llega ahora a tu presencia; que los santos ángeles salgan a su encuentro y lo (la) introduzcan en la verdadera tierra de promisión; reconócelo (reconócela), Señor, como criatura tuya, llena de alegría su alma y no te acuerdes más de sus culpas pasadas, pues, aunque haya pecado, jamás negó ni al Padre ni al Hijo ni al Espíritu Santo, antes bien creyó [fue celoso (celosa) de tu honra] y te adoró fielmente a ti, Creador del cielo y de la tierra. Por Jesucristo, nuestro Señor. R. Amén (oración en casa del difunto).
Oremos. Oh, Dios, en cuya misericordia encuentran su descanso las almas de los fieles, [dígnate ben+decir este sepulcro y] manda a tus santos ángeles que custodien esta tumba; que nuestro hermano (nuestra hermana), que va a ser enterrado (enterrada) en ella, obtenga el perdón de todos sus pecados, a fin de que resucite glorioso (gloriosa) al final de los tiempos con todos los santos y pueda alegrarse en ti por los siglos de los siglos. R. Amén (al bendecir el sepulcro).
[Oremos.] Dueño de la vida y Señor de los que han muerto, acuérdate de nuestro hermano (nuestra hermana) N., que, mientras vivió en este mundo, fue bautizado (bautizada) en tu muerte y asociado (asociada) a tu resurrección y que ahora, confiando en ti, ha salido ya de este mundo; cuando vuelvas en el último día, acompañado de tus ángeles, concédele resucitar del sepulcro; sácalo (sácala) del polvo de la muerte, revístelo (revístela) de honor y colócalo (colócala) a tu derecha, para que, junto a ti, tenga su morada entre los santos y elegidos y con ellos alabe tu bondad por los siglos de los siglos. R. Amén (al depositar el cuerpo en el sepulcro).
[336] Desde su comienzo (cf Mt 18,10) hasta la muerte (cf Lc 16,22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf Sal 34,8; 91,10-13) y de su intercesión (cf Jb 33,23-24; Za 1,12; Tb 12,12). «Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida» (San Basilio Magno, Adversus Eunomium, 3,1: PG 29,656B). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.
A partir de los datos de la Escritura, la Iglesia ha tomado conciencia del ministerio de los ángeles en favor de los seres humanos y ha confesado la existencia de un ángel custodio para cada hombre que viene a este mundo.
Además de los textos evangélicos citados en este número, recuérdese lo dicho en la carta a los Hebreos:
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial (Mt 18,10).
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán (Lc 16,22).
¿Es que no son todos espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación? (Heb 1,14).
Especialmente el libro de Tobías ilustra la tarea del ángel que acompaña al fiel a lo largo de la vida.
La Tradición afirma la existencia de los ángeles custodios, por ejemplo, Orígenes:
Mientras seamos imperfectos y caminantes que requieren ayuda para escapar de los males, necesitaremos un ángel. A él se refería Jacob cuando dijo: «el ángel que me libró de todos mis males»66.
[Dios] pone además a sus propios ángeles para custodia de los piadosos para con él, a fin de que no los ángeles contrarios, ni el príncipe de ellos, que es llamado «príncipe de este mundo», puedan hacer nada contra los que se han consagrado a Dios67.
Un ángel está junto a cada uno de los fieles, incluso si es el menor de la Iglesia, que según dice el Salvador ve siempre el rostro de Dios Padre, y por ello este ángel, que estaba unido a aquel a quien custodiaba, si el otro se vuelve indigno por la desobediencia a Dios, se dirá que le ha quitado el ángel68.
La afirmación solemne de san Basilio sobre los ángeles custodios se ve ratificada de nuevo por la lex orandi que aparece en la memoria de los ángeles custodios que la Iglesia romana celebra el 2 de octubre. La Providencia de Dios nos ha enviado a los ángeles «para nuestra custodia», por eso le pedimos a Dios no sólo «ser defendidos siempre por si protección», sino también «gozar eternamente de su compañía», de tal modo que la relación con el santo ángel de la guarda no termina en esta vida (oración colecta). «Su continua protección» nos ayuda a vernos libres de los peligros de esta vida y alcanzar la vida eterna (oración sobre las ofrendas).
Los himnos latinos de la liturgia de las Horas nos ayudan a comprender la tarea de los ángeles custodios:
Os ensalzamos con himnos a vosotros, guardianes del hombre, a quienes Dios ha puesto al lado del débil para acompañarle y para que, indefenso, no sea vencido por la astucia de los enemigos. Porque desde que el espíritu de la tradición sucumbió vilmente, siendo arrojado de la gloria y despojado de su antigua majestad, anhela envidioso arrastrar al abismo a aquellos que han sido llamados por Dios para ir al cielo. Por eso, desciende tu hasta abajo, guardián vigilante, y evita al país que goza de tu protección las miserias del alma y todo lo que amenaza la seguridad, descanso y paz del peregrino… (Himno de vísperas).
¡Dios eterno, rector de los mundos! Con tu amor omnipotente has creado todo lo que existe, conservando el ser y las formas. Escucha las ardientes plegarias de la comunidad; seas Tú para ella guardia y protección, y cuando llegue la mañana, infunde nueva luz en los corazones. Envíanos tu ángel y dígnese el permanecer entre nosotros y protegernos, para que no seamos víctimas de la ignominia del pecado y para que podamos resistir la tentación. Destruya el engaño, la astucia y el odio del viejo enemigo para que la falsedad y la mentira no hagan que el corazón prevarique. Expulse todo lo que nos es hostil todo lo que nos atemoriza y pueda perjudicarnos y proporcione descanso y paz al peregrino, protegiéndole contra la peste y toda clase de penuria… (Himno de laudes)69.
Por nuestra parte, «al cuidado y protección de los ángeles corresponde la veneración e invocación»70.
Siempre creyó la Iglesia que los Apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado el supremo testimonio de fe y de caridad con el derramamiento de su sangre, nos están más íntimamente unidos en Cristo; les profesó especial veneración junto con la Bienaventurada Virgen y los santos ángeles e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 50).
Y, a esa veneración hay que unir el agradecimiento a Dios que nos hace tal regalo por amor:
¡Grande es la dignidad de las almas, ya que cada una tiene desde el instante de su nacimiento un ángel encargado de su custodia! (San Jerónimo)71.
· · ·
Al terminar esta reflexión sobre los ángeles al hilo de las enseñanzas del Catecismo debemos afirmar con la tradición de la Iglesia que los ángeles son verdaderos contemplativos:
Son también «contemplativos» no porque contemplen imágenes sensibles o del entendimiento, ni porque se eleven a Dios en variada contemplación de las Sagradas Escrituras. Lo son porque están llenos de una luz superior que excede todo conocimiento y porque los invade una triple luz trascendente ya que el que es principio y fuente de toda hermosura. Contemplativos también porque han logrado entrar en comunión con Jesús, no ya por medio de símbolos sagrados que presenten la bondad de Dios actuando desde fuera; sino porque realmente intiman con Él y participan en el conocimiento hondo de las luces divinas que operan luego fuera. Privilegio especial de ser como Dios, en cuanto les es posible con su poder, ante todo participan en la actuación de Él y sus amables virtudes (Pseudo Dionisio)72.
Por eso, la consideración de los ángeles tiene un especial valor para el contemplativo, ya que son un verdadero modelo de la perfección que puede alcanzar el ser humano. No extraño, pues, que la vida de perfección y la vida contemplativa puedan llevar el calificativo de «angélica»:
En los ángeles aparece paradigmáticamente el perfeccionamiento sobrenatural del hombre73.
En los ángeles aparece con toda claridad hasta qué punto quedará transformada nuestra actual forma existencial74.
Debido a esta ejemplaridad, la contemplación de los ángeles y la relación con ellos no resulta infructuosa, sino que constituye una verdadera revelación del ser humano, especialmente valiosa para el contemplativo:
El encuentro religioso con el mundo de los seres puramente espirituales se convierte en preciosa revelación de su ser no solo cuerpo, sino también espíritu, y de su pertenencia a un proyecto de salvación verdaderamente grande y eficaz dentro de una comunidad de seres personales que para el hombre y con el hombre sirven al designio providencial de Dios75.
El contemplativo debe imitar, ya en este mundo, la tarea fundamental de los ángeles, que será, además, la tarea que tengamos en el cielo:
Los ángeles solo existen en cuanto alaban sin cesar al Señor. Su esencia es la adoración. Sólo se ocupan de alabar a Dios en actos continuos de amor contemplativo (Orígenes)76.
Para que los ángeles de Dios nos sean propicios y no dejen de hacer nada en favor nuestro, basta que nuestra disposición respecto a Dios imite, en cuanto cabe en la naturaleza humana, el propósito de ellos, que imitan a su vez a Dios, y que nuestra noción del Verbo, Hijo suyo, no contradiga a la más clara que tienen los santos ángeles (Orígenes)77.
No debería sorprendernos esta presentación de los ángeles y de la vida del cielo como modelo del comportamiento humano ante Dios, porque es lo que el Señor nos enseña a pedir en el Padrenuestro
En la tercera petición decimos: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. ¿Qué quiere decir esto? Como los ángeles te sirven en el cielo, así te servimos también nosotros en la tierra. Sus santos ángeles, en efecto, le obedecen no le ofenden cumplen sus preceptos por amor (San Agustín)78.
Nos has mandado que deseemos los bienes por venir y que apresuremos el paso en nuestro viaje hacia el cielo; mas en tanto que el viaje no termina, aún viviendo en la tierra, quiere que nos esforcemos por llevar vida del cielo. «Es preciso -nos dice- que deseéis el cielo y los bienes del cielo; sin embargo, antes de llegar al cielo, yo os mando que hagáis de la tierra cielo y que, aún viviendo en la tierra, todo lo hagáis y digáis como si ya estuvierais en el cielo». Y esto es lo que debemos suplicar al Señor en la oración. El vivir en la tierra no es obstáculo alguno para que podamos alcanzar la perfección de las potencias del cielo. Posible es, aún permaneciendo aquí, hacerlo todo como si ya estuviéramos allí. Lo que dice, pues, el Señor es esto: «A la manera como en el cielo todo se hace sin estorbo y no se da allí el caso de que los ángeles obedezcan en unas cosas y desobedezcan en otras, sino que todo lo cumplen prestamente porque poderosos son en fuerza, dice el salmista, y cumplen su mandato (Sal 102,20), así concédenos a nosotros los hombres no cumplir a medias tu voluntad, sino cumplirlo todo como tú quieres»79.
NOTAS
- «Ya en el símbolo de Nicea (D. 54) se afirma la fe en Dios, creador de todas las cosas visibles e invisibles, y se profesa que por medio del Verbo han sido hechas todas las cosas en el cielo y en la tierra. Los ángeles están contenidos ciertamente entre las cosas invisibles y las realidades celestiales. La profesión de fe de la iglesia de Ancira, hacia el año 372, confirma esta interpretación: “Las cosas visibles y las invisibles, ya los tronos, ya las dominaciones, ya los principados, ya las potestades, todo ha sido creado por el Verbo y por medio de Él”» (M. Flick – Z. Alszeghy, Los comienzos de la salvación, Salamanca 1965 (Sígueme), 617.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre. Catequesis sobre el Credo (I), Madrid 1998 (Rialp, 4ª ed.), 266-267 (Audiencia general del 9 de julio de 1986). Cf. G. L. Müller, Dogmática. Teoría y práctica de la teología, Barcelona1998 (Herder), 122, que reconoce la «importancia menor» de la doctrina de los ángeles, aunque no matiza en qué sentido «la existencia y la actividad de los ángeles no son objetos expresos de la fe», porque como veremos enseguida que su existencia es dogma de fe.
- Cf. L. Ott, Manual de Teología Dogmática, Barcelona 1986 (Herder, 7ª ed.), 193. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 618, afirma con más precisión que «la existencia de seres personales, buenos y malos, superiores a los hombres y sometidos a Dios, su creador, está contenida en la Sagrada Escritura y la Iglesia la enseña como doctrina revelada. Por tanto […] es de fe divina y católica».
- Con anterioridad al IV concilio de Letrán, el concilio de Braga del año 561 había definido contra la herejía de Prisciliano que «si alguno cree que las almas humanas o los ángeles tienen su existencia de la sustancia de Dios, como dijeron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema» (Dz 235) y «si alguno dice que el diablo no fué primero un ángel bueno hecho por Dios, y que su naturaleza no fué obra de Dios, sino que dice que emergió de las tinieblas y que no tiene autor alguno de sí, sino que él mismo es el principio y la sustancia del mal, como dijeron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema» (Dz 237).
- Cf. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 552-559.
- Ott, Manual de Teología Dogmática, 193.
- Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 552.561-562.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 266 (Audiencia general del 9 de julio de 1986).
- M. Schmaus, Teología dogmática, Madrid 1961 (Rialp), II, 253-254.
- Consejo Pontificio de la Cultura-Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso, Jesucristo portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la “Nueva Era” (2003), 2.2.1.
- San Ireneo, Refutación de las herejías, 2,2,1.
- Orígenes, Contra Celso, 5,4,14-22.
- A. Winklhofer, citado en Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 266 (Audiencia general del 9 de julio de 1986).
- Puede verse un desarrollo más completo en Schmaus, Teología dogmática, 241-244; Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 564-569.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 272-273 (Audiencia general del 30 de julio de 1986).
- Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 576.
- Orígenes, Sobre los principios, 1, pref. 10.
- San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 103,1,15.
- Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 607. Cf. Schmaus, Teología dogmática, 247-248. «La razón natural no puede probar con rigor la existencia de los ángeles, pues éstos fueron creados por una libre decisión de la voluntad divina. Más la serie en que van ascendiendo las perfecciones ontológicas de las criaturas (seres puramente materiales – seres compuestos de materia y espíritu) nos permite deducir con su probabilidad la existencia de seres creados puramente espirituales» (Ott, Manual de Teología Dogmática, 194).
- Los Padres de la Iglesia intentaron determinar si la creación de los ángeles sucedió «antes» o «a la vez» que la creación del mundo material. Al final, como puede verse en la definición del IV concilio de Letrán, se fue imponiendo la idea de simultaneidad. Según santo Tomás de Aquino, una de las razones para esta simultaneidad es excluir la idea de que el mundo material es una especie de castigo por los errores del mundo espiritual. Pero el Doctor Angélico también afirma que creer lo contrario -que fueron creados antes del mundo material- no es un error contra la fe. Para esta cuestión véase Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 620-622.
- La naturaleza creatural de los ángeles elimina toda posibilidad de concebirlos como seres mitológicos: «Carece de fundamento el empleo de la palabra mitología, puesto que los ángeles aparecen como criaturas y no se dice de ellos que sean seres semejantes o iguales a Dios» (Schmaus, Teología dogmática, 247).
- Eusebio de Cesarea, Demostración evangélica, 4,1.
- San Juan Crisóstomo, Sobre el Génesis, 4,5.
- Es cierto que en ocasiones se les atribuyeron funciones en el gobierno del mundo material (cf. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 602-604).
- Ott, Manual de Teología Dogmática, 198. Trataremos en otra ocasión la caída de los ángeles cuando comentemos los n. 391-395 del Catecismo.
- Este error gnóstico fue condenado por el concilio de Braga del año 561: «Si alguno cree que las almas humanas o los ángeles tienen su existencia de la sustancia de Dios como dijeron Maniqueo y Prisciliano sea anatema» (Dz 235).
- Teodoreto de Ciro, contra este error, afirma: «No creó al principio únicamente dos ángeles como en el caso de los hombres, sino los millares que quiso. Porque la naturaleza que no está sometida a la corrupción no necesita multiplicarse sucesivamente» (Haereticarum fabularum compendium, 5, 5; citado en Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 619-620. Benedicto XII (1341) condenó el error de los que defienden que unos ángeles emanan de otros (Dz 533).
- Es cierto que algunos Santos Padres, como san Agustín, atribuyeron a los ángeles un cierto cuerpo sutil y etéreo, semejante al fuego, por influencias de la filosofía estoica y platónica. Pero esa idea fue claramente desechada y santo Tomás de Aquino, apoyándose em el esquema aristotélico, afirma claramente que los ángeles son sustancias puramente espirituales, como formas subsistentes sin matera (Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 195-196).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 275 (Audiencia general del 6 de agosto de 1986).
- Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 551.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 275 (Audiencia general del 6 de agosto de 1986).
- Schmaus, Teología dogmática, 252.
- Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 196-197.
- San Agustín, La ciudad de Dios, 11,29.
- San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 6,6.
- «Debido a la persistencia y agudeza del entendimiento, capaz de comprender el sentido de los acontecimientos, y debido también a la gran fuerza de su voluntad, los ángeles pueden tomar sus decisiones sin titubeos, sin tener que reflexionar, instantáneamente, con gran firmeza, y no las revocan nunca» (Schmaus, Teología dogmática, 253).
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 268-269 (Audiencia general del 23 de julio de 1986).
- San Basilio Magno, Contra Eunomio, 3,2,21-33.
- Ott, Manual de Teología Dogmática, 197.
- San Fulgencio de Ruspe, A Pedro, sobre la fe, 22-23.
- San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, 1,7,18.
- Cf. Schmaus, Teología dogmática, 252.
- «Hemos dicho que son nueve los coros de ángeles porque, según el testimonio de la sagrada Escritura, sabemos ciertamente que hay ángeles, arcángeles, virtudes, potestades, principados, dominios, tronos, querubines y serafines. Que hay ángeles y arcángeles lo atestiguan casi todas las páginas de las sagradas Escrituras; de los querubines y serafines hablan con frecuencia, como he sabido, los libros de los profetas; también san Pablo habla de otros cuatro coros, cuando escribiendo a los de Éfeso dice: “Sobre todo los principados, y potestades, y virtudes, y dominaciones”. El cual, otra vez, escribiendo a los colosenses dice: “Ora sean tronos, o dominaciones, o principados, o potestades”… Juntando por los tronos a aquellos cuatro de que habló a los efesios… y agregando los ángeles, los arcángeles, los querubines y los serafines, cierto se halla que son nueve los coros de los ángeles» (San Gregorio Magno, Homilías sobre los cuatro evangelios, 2,34,7). Sobre los detalles de esta jerarquización y su valoración puede verse Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 626-230.
- Cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 194.
- San Agustín, Enchiridion, c. LVIII. «Ciertamente dice el Apóstol: “Ya sean los tronos, ya las dominaciones, ya los principados, ya las potestades”. Así, pues, creo firmemente que en la organización celeste existen los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades, y sostengo con inquebrantable fe que difieren algo entre sí. Pero para que me bajes del pedestal, pues piensas que soy un gran doctor, te diré que ignoro que sean y en qué se diferencian entre sí. En verdad, creo que por esta ignorancia no peligro, como peligraría por la desobediencia si desdeñara los preceptos del Señor» (San Agustín, A Orosio, 11,14). «Está contenido en la predicación eclesiástica que existen ciertos ángeles de Dios y potencias buenas, que le prestan servicio para lograr la salvación de los hombres. Pero, cuando fueron creados, cuáles son o de qué modo son, no se distingue de manera suficientemente clara» (Orígenes, Sobre los principios, 1, pref. 10). «[Estas especulaciones] no se fundan en el testimonio de la Sagrada Escritura ni son propiamente resultado de razones teológicas, sino que derivan, en parte, de una tradición oculta y, en parte, de opiniones y conjeturas. A estos razonamientos tan abstrusos sobre cosas tan lejanas de la experiencia del hombre y desconocidas, el hombre prudente, que quiere evitar ser temerario, no debe prestar mucha fe» (Petavio, De angelis, 2,13,2, citado en Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 629).
- «Los ángeles no son solamente espíritus, sino que son espíritus compenetrados por el Espíritu Santo, o sea, que han sido introducidos en el ámbito interno de la vida divina personal, que toman parte en la vida divina trinitaria» (Schmaus, Teología dogmática, 254). «Dios ha fijado a los ángeles un fin último sobrenatural, que es la visión inmediata de Dios, y para conseguir este fin les ha dado la gracia santificante» (Ott, Manual de Teología Dogmática, 197). Según san Agustín y santo Tomás los ángeles fueron creados en estado de gracia santificante, lo cual subraya la gratuidad de esta elevación.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 269-270 (Audiencia general del 23 de julio de 1986).
- Schmaus, Teología dogmática, 248. A continuación, analiza el texto de Ez 1,4-14 en el que se describe la naturaleza sobrehumana de los ángeles y propone la lectura de Ap 4-5; 14,6-15,8, que describen la misma realidad.
- Schmaus, Teología dogmática, 255-256.
- Lactancio, Las instituciones divinas, 2,16,6.
- Schmaus, Teología dogmática, 258.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 278 (Audiencia general del 6 de agosto de 1986).
- San Juan Damasceno, Exposición de la fe ortodoxa, 2,3.
- Schmaus, Teología dogmática, 261.
- Los ángeles le sirven después de las tentaciones en el desierto (Mc 1,13), y un ángel le consuela en la oración del huerto (Lc 22,43); pero son intervenciones ocultas a la multitud. De hecho, rechaza la tentación de que los ángeles le recojan si se tira del pináculo del templo (Mt 4,5-6) y que un ejército de ángeles le defienda para librarlo de la pasión (Mt 26,53).
- Cf. Schmaus, Teología dogmática, 261-262.
- Schmaus, Teología dogmática, 260. Puede verse en S. Vergés, Dios y el hombre. La Creación, Madrid 1980 (BAC), 637-638, cómo la teología postconciliar se esfuerza en poner a los ángeles en relación a Cristo.
- «Se afirma que han sido creados por Cristo (Col 1,16) y que precisaron de su reconciliación (Col 1,20). La angelología empieza así a ocupar su debido lugar en la historia de nuestra salvación […]. A través de esta descripción resplandece el señorío de Cristo sobre todo lo creado. De forma que la confesión de la supremacía de Jesucristo sobre todos los ángeles es uno de los temas preferidos del NT (Mc 13;32; Ef 3,20s; Col 1,16s)» (Vergés, Dios y el hombre, 635).
- Schmaus, Teología dogmática, 261.
- Schmaus, Teología dogmática, 262.
- Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 611.
- En el canon romano, después de la consagración, se pide que «esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel». Seguramente se trata de un eco de Ap 8,3-4, que narra cómo un ángel hace subir a la presencia de Dios las oraciones de los santos (cf. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 612).
- Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 612.
- Orígenes, Tratado sobre la oración, III,31,5.
- Schmaus, Teología dogmática, 262.
- Orígenes, Comentario al evangelio de san Mateo, 13,26.
- Orígenes, Contra Celso, 8,36,26-31.
- Orígenes, Sobre los principios, 2,10,7.
- Esta traducción se encuentra en Schmaus, Teología dogmática, 265-266.
- Schmaus, Teología dogmática, 265.
- San Jerónimo, Comentario al evangelio de san Mateo, 13,26.
- Pseudo Dionisio Areopagita, La Jerarquía celeste, 7,2.
- Schmaus, Teología dogmática, 256.
- Schmaus, Teología dogmática, 258.
- Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 276-277 (Audiencia general del 6 de agosto de 1986).
- Schmaus, Teología dogmática, 255.
- Orígenes, Contra Celso, 5,5,10.
- San Agustín, Sermón 59, 5.
- San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 19,5.
















