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El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama «mística», porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos -«los santos misterios»- y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2014).

Juan González Arintero

Cuestiones místicas (o sea las alturas de la contemplación accesibles a todos), Salamanca 1920 (2ª ed. corregida y aumentada), 196-198.341-344.391-3931.
Todos podrían, si de veras lo procurasen, conseguir este inapreciable don.

Estando Dios tan dispuesto, como sabemos que está, a comunicarnos a todos la inestimable gracia de la contemplación, con tal que sinceramente la deseemos y se la pidamos; a nosotros toca, si es que de veras queremos entrar en su íntima comunicación y gozar de las inefables dulzuras de su trato amoroso, no ponerle obstáculos ni resistirle en nada, sino al contrario, quitar de nosotros todo cuanto le desagrade o pueda impedir su venida, salirle al encuentro, buscarle con fervor y perseverancia, y disponernos para recibirlo en la manera que Él desea: de este modo sin duda alguna conseguiremos que algún día venga, con todos sus místicos tesoros, a establecer, según nos ha prometido, su morada deliciosa en nuestros corazones (Joan. 14,23).

Los obstáculos se quitarán procurando la perfecta pureza de corazón y el total desprendimiento y vacío de todo lo terreno; y las disposiciones y medios para hallarlo serán los ardientes deseos, las vivas ansias de amor y tiernos suspiros, la ferviente oración, la continua abnegación y espíritu de sacrificio, la perfecta resignación y entrega, o filial abandono en las manos de Dios, y la fidelidad y perseverancia en buscarle y servirle con toda suerte de virtudes y buenas obras, especialmente con las que más nos recomendó, cuales son la caridad y la sencillez, la humildad y la mansedumbre.

Así no bastan los simples deseos teóricos, fríos y vanos, como son las veleidades que matan al perezoso; sino que son menester unos deseos tan prácticos, tan vivos, ardientes y eficaces, que luego sin dilación se traten de poner por obra en la mejor forma posible: no basta un estéril querría, es menester un vigoroso quiero, que por nada se arredra y está resuelto a pasar por todo, cueste lo que costare.

«A los que quieren beber de esta agua de vida, dice Santa Teresa (Camino de perf., cap. XXI), importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino u no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo… Ningún caso hagáis de los miedos que os pusieren, ni de los peligros que os pintaren».

Y poco antes (cap. XX), advertía muy cuerdamente que el no sentirse aún con tan grande y generosa determinación, no es razón para dejar de emprender este santo camino. «Porque Dios le irá perfeccionando; y cuando no hiciese más de dar un paso en él, el mesmo camino tiene en sí tanta virtud, que no haya miedo lo pierda, ni le deje de ser muy bien galardonado… Por eso a todas las personas que os trataren… procura quitarlas el miedo de comenzar tan gran bien».

Así el mismo camino de Dios inspira fortaleza y aliento a las almas sencillas, mientras tanto asusta a los pecadores y a los tibios, siempre cobardes y perezosos […].

¿Por qué hay tan pocos contemplativos?

Teniendo tantas promesas como quedan hasta aquí referidas y tan plena seguridad de poder lograr, si queremos, el cielo en la tierra -porque, como decía Sor Isabel de la Trinidad, «el cielo eslo Dios, y Dios está en nuestras almas»- no debía restarnos sino limpiar muy bien los ojos de nuestro corazón para poder verle y gozarle (Mt. 5, 8) y ungirlos con el colirio de la caridad y de la divina Sabiduría (Apoc. 3,18), tratando de purificarnos muy de veras de toda mancha del cuerpo y del espíritu y obrando nuestra santificación en el temor y reverencia del Señor (cf. II Cor. 7,1): a quien santamente debemos llevar en nuestros corazones (cf. I Cor. 6,20; I Petr. 3,15), procurando, mediante las buenas obras, asegurar y hacer cierta nuestra elección y santa vocación (II Petri, 3,10).

Mas como por pereza, flojedad o descuido no hacemos eso poco que está de nuestra parte y Dios quiere de nosotros, de ahí que sólo por nuestra culpa permanezcamos siempre tan pobres y desmedrados.

Si, pues, son tantísimos los que de ningún modo llegan a beber en esa fuente de agua viva, no es por falta de invitaciones ni de los auxilios oportunos, sino por sobra de cobardía, de inmortificación, de negligencia o ingratitud en corresponder a los divinos llamamientos, y de resistencias a la gracia, con que siguiéndolos impulsos de la naturaleza y los simples dictámenes de la propia razón y contristando de continuo al Espíritu Santo, se hacen del todo inhábiles para sentir sus admirables operaciones y recibir sus inefables consuelos, y, por tanto, para figurar en el número de los escogidos; los cuales así, por culpa o flaqueza nuestra, aciertan a ser desgraciadamente tan pocos, siendo en realidad muy muchos los llamados. Pero unos, con mil diversos y muy dorados pretextos y excusas, desoyendo los mensajes y menospreciando a los mensajeros del Señor, a sí mismos obstinadamente se excluyen del místico banquete a que con tanto amor habían sido invitados. Otros sin llegar a tanto, antes creyéndose fieles hijos de la Iglesia, buenos cristianos o religiosos, por serlo de nombre, y teniéndose por verdaderos seguidores de Cristo, sólo porque a veces gustan de oír sus palabras y se precian de invocarlo y adorarlo, andan, sin embargo -por no querer violentarse y esforzarse para seguirle de cerca- siempre envueltos en tinieblas y sombras de muerte (cf. Mt. 7,26-27); mientras los que de verdad le siguen, como «han desechado las obras de las tinieblas» (Rom. 13,12), ya «no andan en ellas, sino que tienen luz de vida» (Joan. 8,12). En vez de oír, pues, tan sólo a esa eterna Verdad, que libra de todos los engaños y esclavitudes (ib. 32), y de seguir en todo a ese único Camino que conduce al místico reposo de la plena iluminación y unión con Dios; en vez de dirigirse por la luz de sus santísimos ejemplos y de sus divinas palabras e inspirarse en la prudencia de su Espíritu, In cual es vida y paz, claudican por dos vías (3 Reg. 18,21), queriendo adorar, junto con el Dios vivo y verdadero, muchos idolillos que tienen escondidos en sus propios corazones; y así, creyendo buscar el reino de Dios y su justicia, se buscan a sí mismos, su propia honra, sus comodidades y conveniencias, procediendo, ofuscados, según las falsas máximas del mundo y la prudencia carnal, que es muerte del alma (Rom. 8,6). Así, por más que se precien de buenos cristianos y aun de verdaderos religiosos, como no saben negarse y mortificarse para andar siempre recogidos y en unión con el Salvador, en vez de seguir en todo y acompañar realmente al que es la verdadera «Luz del mundo», viven disipados y entenebrecidos, mezclados con los «muchos que van siempre huyendo de la cruz de Cristo -en que está toda nuestra salud- y acercándose a su eterna ruina, teniendo por dios a su vientre y por gloria su confusión, gustando como gustan de las cosas terrenas»; mientras la conversación de los verdaderos cristianos está toda en los cielos, por lo cual esperan tan confiados la visita de su Salvador (PhiL 3, 18-20) […].

¿Son místicos todos los Santos?

Para convencernos de que no hay ni es posible que haya verdaderos Santos no místicos, y, de que, por lo mismo, para la plena perfección y santificación es necesaria la contemplación infusa, debería bastarnos saber que, según la práctica de la Iglesia, jamás se procede a la canonización, ni aun a la simple beatificación de un siervo de Dios, sino después de haberse probado con todo rigor que practicó habitualmente las virtudes con perfección y heroísmo: lo cual, en realidad, equivale a probar a posteriori, o sea por los frutos, que fué un verdadero místico en toda la extensión de la palabra. En efecto, según enseña Santo Tomás (1-2, q. 68, a. 1 y 2; 2-2, q. 139, a. 1), y reconocen la generalidad de los teólogos (cf. Evolución mística, p. 188), esa perfección y ese heroísmo, sobre todo habituales, son obra manifiesta de los dones del Espíritu Santo, y los presuponen bien desarrollados y ejercitados. Ahora bien, este ejercicio normal de los dones, haciendo como hace que el alma venga a proceder de un modo espiritual, sobrehumano y divino, es cabalmente lo que de una manera indiscutible constituye y caracteriza el estado místico: luego, así como no puede haber verdaderos Santos no heroicos en la virtud, o no espirituales y perfectos en Cristo, así tampoco los puede haber no místicos: lo cual no quita que pueda haber algún mártir cuyo heroísmo no se nos mostrase hasta última hora.

Con sólo esto creemos que podía bastar para dar por resuelta la presente Cuestión. Mas a fin de poner las cosas del todo en claro, veamos más en particular las relaciones de la perfección y santidad con la vida mística, y la clase de oración que de ordinario suelen tener las almas perfectas.

La perfección cristiana y la vida mística.

La verdadera santidad o perfección cristiana, dicen los maestros de espíritu, implica la fiel imitación de N. S. J. C., con una perfecta pureza de corazón y de alma, una íntima unión, comunicación y familiaridad con Dios y una completa docilidad a la continua inspiración, moción y dirección del Espíritu Santo. El cual mediante sus dones, no sólo nos instruye y nos mueve y nos dirige y gobierna, sino que hasta nos imprime y comunica sus mismas propiedades, haciéndonos ser verdaderamente «espirituales», santos, cristianos perfectos y, por lo mismo, hijos legítimos de Dios que, abrasados en amor de Él, proceden en todo según Jesucristo; y así obran ya habitualmente de un modo sobrehumano, o sea del todo sobrenatural y divino.

Mas como esto es precisamente lo constitutivo y característico de la vida mística, es claro que sin ella será imposible nuestra plena santificación y perfección.

Todos los referidos elementos en ésta implicados suponen, en efecto, y entrañan ese «modo pasivo y sobrehumano» propio de quien obra mediante los dones y por tanto característico, según luego veremos, del acto y sobre todo del estado místico.


NOTAS

  1. Antonio Royo Marín, Los grandes maestros de la vida espiritual. Historia de la espiritualidad cristiana, Madrid 1972 (BAC), 440, resume de este modo las principales cuestiones que atañen a este punto: «1ª ¿Es deseable la divina contemplación? Sí, lo es por los grandísimos bienes que trae consigo. Dios la ofrece a todos. Importa mucho para alcanzarla los ardientes deseos de Dios, una buena dirección espiritual, la lectura de los grandes místicos y la fidelidad a la gracia. 2ª ¿Es asequible la divina contemplación a cuantos sinceramente la buscan? Sí, lo es porque la divina contemplación no es una gracia “gratis dada”, sino don exclusivo de los justos, ordenado a la propia santificación, prometido a la fidelidad y perseverancia, y ordinario y común en todas las almas perfectas. Todos podrían, si de veras lo procurasen, conseguir este inapreciable don. 3ª ¿Por qué hay tan pocos contemplativos? Por la falta de generosidad y de abnegación cristianas. Este místico reino padece violencia, y muchos no quieren hacérsela. Falta de perseverancia. 4ª ¿Son místicos todos los santos? Sin duda alguna, ya que la mística no es otra cosa que el predominio de la acción santificadora del Espíritu Santo a través de sus dones. Nadie es ni puede ser santo hasta que el divino Espíritu se apodere plenamente de su alma: y esto es, precisamente, lo que constituye la esencia misma de la vida mística. 5ª ¿Son independientes o difieren esencialmente la mística y la ascética? De ninguna manera. La ascética es el primer paso para la mística. No son dos caminos esencialmente diferentes, sino uno solo con dos etapas sucesivas. La distinción entre ambas es modal y no esencial. Entre la primera y la segunda se da una transición gradual y una mutua compenetración, de suerte que nunca se desligan o desvinculan por completo. A veces el místico tiene que actuar como un asceta. Se trata simplemente de un predominio de la una sobre la otra». Cf. Francisco Gallego Lupiáñez, El P. Arintero en los escritos del P. Royo Marín: Vida Sobrenatural 749 (2024) 248-267.