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Metodología
La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.
Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.
El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:
Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio de Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:
Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.
Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.
1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.
2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.
3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.
4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.
5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.
6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.
Texto bíblico
1Oración de David.
Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño:
2emane de ti la sentencia,
miren tus ojos la rectitud.
3Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche;
aunque me pruebes al fuego,
no encontrarás malicia en mí.
4Mi boca no ha faltado como suelen los hombres;
según las palabras de tu boca
he evitado las sendas de los violentos.
5Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
6Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
7Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha.
8Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme
9de los malvados que me asaltan,
del enemigo mortal que me cerca.
10Han cerrado sus entrañas
y hablan con boca arrogante;
11ya me rodean sus pasos,
se hacen guiños para derribarme,
12como un león ávido de presa,
como un cachorro agazapado en su escondrijo.
13Levántate, Señor, hazle frente, doblégalo,
que tu espada me libre del malvado,
14y tu mano, Señor, de los mortales,
los mortales de este mundo,
que no tendrán parte en la vida.
Pero de tu despensa les llenarás el vientre,
se saciarán sus hijos
y dejarán a sus pequeños lo que sobra.
15Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante (Salmo 17).
Lectio

Puedo comprobar que este salmo, en el que se repite la petición de ayuda dirigida directamente a Dios (vv. 1-2; 6-8; 13), se caracteriza por la declaración solemne de inocencia por parte del orante (vv. 3-5), que debo interpretar correctamente para no caer en la oración del fariseo que denuncia Jesús en la parábola (Lc 18,11-12).
El mismo título del salmo lo define como «oración» y coloca esta súplica en labios de David. Puedo encajar estas peticiones en labios del rey David, especialmente cuando es perseguido por Saúl para darle muerte. En este caso, David sería el justo acorralado que se dirige a Dios:
David se instaló en los riscos del desierto, en las montañas del desierto de Zif. Saúl le buscó todo el tiempo, pero Dios no lo entregó en su mano […]. Los de Zif subieron a ver a Saúl en Guibeá con esta información: «David está escondido entre nosotros, en los riscos en Jores, en el collado de Jaquilá, al sur de la estepa. Ahora, pues, si el rey desea bajar, baje. Es cosa nuestra entregárselo al rey». Saúl contestó: «Benditos seáis del Señor, porque os habéis compadecido de mí. Andad, seguid preparando todo, reconoced y ved los lugares por donde anda. Quienes lo han visto por allí, me han asegurado que es muy astuto. Observad y mirad todos los escondrijos donde se oculta. Volved a verme con algo seguro e iré con vosotros. Y si se encuentra en el país, lo buscaré por todos los clanes de Judá». Se pusieron en camino hacia Zif, delante de Saúl. David estaba en el desierto de Maón, en la llanura que hay al sur de la estepa. Saúl y sus hombres fueron en su búsqueda. Pero avisaron a David, que bajó a la peña y se estableció en el desierto de Maón. Lo oyó Saúl y salió en su persecución por el desierto de Maón. Saúl iba por un lado de la montaña y David y sus hombres por el otro. David huía a toda prisa, mientras Saúl y los suyos lo tenían acorralado para apoderarse de él y sus hombres (1Sm 23,14.19-26).
Al acercarme a los salmos, debo tener siempre en cuenta que, aunque un salmo haya surgido en una situación determinada, su presencia en el salterio significa que el pueblo de Dios lo empleó en la oración a lo largo de los siglos en diferentes situaciones. Por lo tanto, yo puedo hacer mío este salmo en situaciones en las que también me sienta acorralado por los enemigos, aunque no sean hombres que me persiguen a muerte, y sean mis enemigos en la vida espiritual o cristiana.
Sin embargo, me puede resultar más provechoso encajar este salmo en una institución del Antiguo Testamento, lejana para nuestra mentalidad, pero bien conocida para los israelitas. Se trata del refugio en el templo de Jerusalén para someterse al juicio de Dios: ante el acoso de los enemigos, el justo perseguido se acoge al derecho de asilo en el Templo y se somete al veredicto de Dios, para que, después de pasar la noche en el Santuario, el tribunal de Dios proclame su justicia. Desde el principio, Dios le había encargado a Moisés que estableciese ciudades asilo para para que pudiera refugiarse en una de ellas el que había matado a un hombre accidentalmente y evitara así que le diera muerte el familiar que tenía la obligación de vengar la muerte del fallecido (cf. Nm 35,9-29; Dt 19,1-13). El tribunal establecido en el lugar de asilo determinaba la inocencia o la culpabilidad del que se había refugiado allí, y su juicio era inapelable (cf. Dt 17,8-11; 1Re 8,31-32). Pero de nada valía al culpable intentar acogerse al asilo en el Templo (cf. Jr 7,8-11).
El orante de este salmo acude al Señor y se refugia en él buscando asilo frente a sus enemigos (vv. 7-9), presenta ante Dios su apelación (v. 1.15), manifiesta ante Dios su inocencia (vv. 3-5), y espera recibir a la mañana siguiente el veredicto favorable de Dios que acoja su apelación (v. 15) y lo libre de sus enemigos perseguidores.
Ya he podido descubrir esta misma forma de refugiarse en Dios en otros salmos que he podido asimilar con la lectio: el orante del Salmo 5 expone su causa ante el Señor por la mañana y espera el veredicto absolutorio (Sal 5,4); en el Salmo 7, el salmista también manifiesta su inocencia en los vv. 4-6.9, y se acoge a la sentencia de Dios, juez justo (Sal 7,7.9.12.18).
Lógicamente, aunque este salmo pueda tener este origen judicial y cultual concreto propio del ambiente judío, lo puedo aplicar a mi vida buscando en Dios el refugio frente a los enemigos y esperando en él el veredicto que me salve frente a mis enemigos y falsos acusadores, del tipo que sean.
No debo olvidar que una de las tareas del demonio es la acusación de los justos ante Dios como aparece en el libro de Job (1,6-12; 2,1-6) y en el Apocalipsis (12,10). Dios es el juez justo en el que debo refugiarme ante los ataques del enemigo del alma.
[vv. 1-2] La oración de petición comienza, como es costumbre, con la invocación a Dios para que escuche la oración del que se dirige a él. El paralelismo propio de la poesía de los salmos repite con insistencia tres imperativos dirigidos directamente a Dios, que prácticamente son sinónimos: «escucha, atiende, presta oído».
No es Dios el que necesita la insistencia, sino yo, para realizar el acto de fe en la atención permanente de Dios.
Entre las tres cosas que se le pide a Dios que escuche (mi apelación, mis clamores, mi súplica) destaca la primera, porque donde dice «apelación» literalmente pone «justicia», que hay que entender como «justa petición», en el sentido jurídico de «mi causa» o «mi demanda». Dios es el tribunal al que se puede apelar cuando el justo es acusado injustamente y acorralado por sus enemigos. El orante, que se identifica con el «justo», encuentra su oponente permanente de los salmos en los «malvados», cuya acción describen los vv. 9-12. Esta «apelación» encaja con la «sentencia», lógicamente de inocencia, que el orante espera por parte de Dios, que, como aparece en múltiples ocasiones, es un juez justo y con su justicia salva a los justos.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud (Sal 9,8-9).
Desde el cielo proclamas la sentencia:
la tierra teme sobrecogida
cuando Dios se pone en pie para juzgar,
para salvar a los humildes de la tierra (Sal 76,9-10).
Desde el principio, el orante se presenta como un hombre justo y sincero, su apelación no es engañosa: Dios debe escucharle y atender su petición porque en sus labios no hay engaño. Se pone con sinceridad ante Dios porque él con sus propios ojos puede comprobar su rectitud. Esta justicia del orante es lo que el salmo va a desarrollar en los siguientes vv. en los que el salmista volverá a manifestar su sinceridad: «Mi boca no ha faltado como suelen los hombres» (v. 4).
Se podría expresar lo dicho hasta aquí con palabras de otro salmo, que ya hemos intentado asimilar:
El Señor es juez de los pueblos.
Júzgame, Señor, según mi justicia,
según la inocencia que hay en mí (Sal 7,9).
[vv. 3-5] La presentación de la inocencia que realiza el orante del salmo tiene tres niveles que corresponden a tres partes del cuerpo: el interior que se representa con el corazón, las palabras con la boca y los actos con los pies (lo que en el acto de contrición equivaldría a los pensamientos, palabras y actos).
Los ojos del Señor ven el corazón (cf. 1Sm 16,7), por eso el salmista puede confiar en que los ojos de Dios miran la rectitud (v. 2). También el orante del Salmo 139 sabe que el Señor sondea su corazón (v.1) y se atreve a pedir a Dios que sondee su corazón y lo ponga a prueba (v. 23), pero con la precaución de pedirle a Dios que le corrija si su camino se desvía (v. 24).
No debo pensar que el corazón es simplemente la sede de los sentimientos, de los afectos y del amor, como aparece en nuestra cultura; es el centro del ser humano donde radica el pensar, razonar, planear y decidir, y, por lo tanto, es la fuente de toda la actuación del hombre.
El salmista puede poner su corazón ante la mirada profunda de Dios a la que nada se le oculta para que lo sondee y lo ponga a prueba, como el oro en el crisol, para ver si tiene alguna impureza, con la confianza de que no va a encontrar en él nada malo.
El detalle de que Dios puede visitarlo «de noche» supone que la noche es tiempo de intimidad donde prima el silencio y el recogimiento, de modo que en ese momento el orante no puede ocultar a Dios lo que hay en su corazón y queda al descubierto lo más profundo de su ser. La noche es el tiempo propicio de la reflexión; también de noche instruye Dios el corazón del hombre:
Temblad y no pequéis,
reflexionad en el silencio de vuestro lecho (Sal 4,5).
Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente (Sal 16,7).
Este detalle me lleva a pensar que el orante, que se ha refugiado en el Templo, pasa la noche en su interior, sometiéndose a la mirada escrutadora de Dios y espera la sentencia absolutoria, que se dará por la mañana.
Hay una clara conexión entre el corazón y la boca, como explica el mismo Jesús en el Evangelio: «De lo que rebosa el corazón habla la boca» (Mt 12,34). Ya había dicho el salmista a Dios «en mis labios no hay engaño» (v. 1), y ahora lo reafirma comparándose con la costumbre de mentir y engañar de la mayoría de los hombres.
La inocencia del salmista en este juicio también se manifiesta en sus obras: sus pies no han transitado los caminos de los violentos, sino los del Señor. Desde el comienzo del Salterio hemos identificado claramente los dos caminos que determinan la vida de todo ser humano:
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche […].
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal (Sal 1,1-2.6).
Dios ha planteado a su pueblo claramente esos dos caminos por los que puede dirigir sus pasos y las consecuencias de la elección de uno u otro:
Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla. Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob (Dt 30,15-20).
Los caminos del Señor son, en definitiva, los mandatos que dio en su Alianza, los que manifiesta la Palabra de Dios.
Estos tres elementos: corazón, labios y pies, pueden servirme a mí para un buen examen de conciencia; especialmente si soy capaz de reconocer en el Evangelio, y en el mismo Cristo (cf. Jn 14,6), el camino que deben recorrer mis pasos.
Esta manifestación de inocencia del salmista está muy lejos de la autojustificación del fariseo que le presenta a Dios una serie de méritos, pero le oculta el corazón intentando forzar la aprobación de Dios. En estos vv., el orante se está poniendo bajo la mirada de Dios y le abre con sinceridad su corazón esperando el juicio de Dios, del que depende su salvación: sinceramente pide que Dios sondee su corazón y lo juzgue para que lo salve de los enemigos que le acusan.
No es extraño que los santos tuvieran dificultad para orar con este tipo de salmos (como con el Salmo 7), porque la conciencia de la propia indignidad y de la historia de pecado llevan más bien a acogerse a la misericordia de Dios con las palabras del publicano: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador» (cf. Lc 18,13). Sólo después de haber sido hecho justo por la muerte y resurrección de Jesucristo puedo presentar ante Dios mi justicia: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús» (Rm 3,23-24).
[vv. 6-9] Puedo comprobar que la petición intensa, expresada con nuevos imperativos, se viste ahora de confianza.
Si el salmista se dirige a Dios es porque sabe que Dios escucha al que se dirige a él y salva al que se refugia en él. Es la convicción del que se dirige a Dios en los salmos, como he podido comprobar en los salmos que he ido rumiando:
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo (Sal 3,5).
Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque (Sal 4,4).
Por la mañana escucharás mi voz,
por la mañana te expongo mi causa,
y me quedo aguardando (Sal 5,4).
Apartaos de mí los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración (Sal 6,9-10).
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas (Sal 10,17).
Debo recordar que esta convicción de que Dios escucha a los humildes y oprimidos nace de la experiencia fundacional del pueblo de Dios cuando está esclavizado en Egipto:
El Señor le dijo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas, heveos y jebuseos. El clamor de los hijos de Israel ha llegado a mí y he visto cómo los tiranizan los egipcios» (Ex 3,7-9).
El salmista no se dirige a un juez imparcial, frío o distante, sino a un Dios al que conoce bien y en el que puede refugiarse como un polluelo bajo las alas de su madre; sabe que es valorado por Dios como la niña de sus ojos. Debo detenerme en estas dos imágenes tan intensas con las que el salmista expresa la confianza que suscita en él el refugio que le ofrece Dios, especialmente pensando en el asilo que ofrece el templo.

Las niñas de los ojos son una parte especialmente delicada, sensible y valiosa del cuerpo humano, que está naturalmente protegida de forma especial (cf. Eclo 17,22). El salmista pide que el Señor lo cuide de ese modo, como protegió a su pueblo por el desierto de Sinaí: «Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos: lo rodeó cuidando de él, lo guardó como a las niñas de sus ojos» (Dt 32,10).
La imagen del ave que protege a sus polluelos bajo sus alas resulta especialmente conmovedora1, pero también puede hacer referencia a la protección («sombra») que ofrecen las alas de los querubines que estaban sobre el Arca de la alianza (Ex 25,17-20) o los que cubrían el Santo de los Santos (1Re 6,23-28); son las alas sobre las que Dios llevó a su pueblo para conducirlo hacia la tierra prometida:
Como el águila incita a su nidada,
revoloteando sobre los polluelos,
así extendió sus alas, los tomó
y los llevó sobre sus plumas (Dt 32,11).
Esa misma imagen puedo encontrarla en otros salmos:
¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!,
los humanos se acogen a la sombra de tus alas (Sal 36,8).
Fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo (Sal 63,8).
El orante de los salmos, que tiene experiencia de Dios, sabe bien dónde debe refugiarse:
Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad (Sal 57,2).
Habitaré siempre en tu morada,
refugiado al amparo de tus alas (Sal 61,5).
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
su verdad es escudo y armadura (Sal 91,4).
Mi experiencia de Dios también debe llevarme a saber en quién debo refugiarme. El desconcierto, el desánimo e incluso la desesperación demuestran que mi conocimiento real de Dios no es tan profundo o que me olvido de él en el momento de la prueba.
Esta confianza basada en el conocimiento de Dios hace que la petición del orante vaya más allá de que el justo juez haga justicia y pida que Dios realice las maravillas que proceden de su misericordia. Como hijo de Israel, el salmista sabe que el Señor hizo maravillas para salvar a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Es lo que canta el pueblo de Dios en la misma noche de la liberación de Egipto: «¿Quién como tú, Señor, entre los dioses? ¿Quién como tú, terrible entre los santos, temible por tus proezas, autor de maravillas?» (Ex 15,11). Esta petición de maravillas recuerda la promesa del Señor cuando renueva la Alianza después del desgraciado episodio del becerro de oro: «El Señor dijo a Moisés: “Yo voy a concertar una alianza: en presencia de tu pueblo haré maravillas como no se han hecho en ningún país ni nación, para que el pueblo con el que vives vea las obras terribles que voy a hacer por medio de ti”» (Ex 34,10). En los salmos se proclaman una y otra vez las maravillas que hace el Señor:
Cuántas maravillas has hecho,
Señor, Dios mío,
cuántos planes en favor nuestro;
nadie se te puede comparar.
Intento proclamarlas, decirlas,
pero superan todo número (Sal 40,6; cf. 46,9; 71,17; 75,2 etc.).
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas (Sal 72,18);
Por eso es un pecado y causa de infidelidad a Dios olvidar las maravillas que ha hecho el Señor:
No guardaron la alianza de Dios,
se negaron a seguir su ley,
echando en olvido sus acciones,
las maravillas que les había mostrado (Sal 78,10-11).
Y es una necesidad recordarlas:
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca (Sal 105,5).
Por eso, no es extraño que en la persecución que sufre el orante pida al Señor que muestre sus maravillas, pero unas maravillas que surgen de su misericordia, del Dios que se define a sí mismo como «compasivo y misericordioso» (Ex 34,6). La justicia que surge de la misericordia hace maravillas: «Tu justicia, oh Dios, es excelsa, porque tú hiciste maravillas: Dios mío, ¿quién como tú?» (Sal 71,19).
No sólo necesito conocer y recordar las maravillas que nacen del poder infinito de Dios creador, de la providencia que lleva a cabo el plan de Dios a pesar de los pecados de los hombres o de la justicia que premia a los buenos y castiga a los malos, sino también las maravillas que nacen de su amor a los débiles, a los pequeños y a los pecadores: las que se manifiestan especialmente en la encarnación y en la cruz de Cristo. Contemplarlas y recordarlas me ayuda a pedir que realice conmigo, que soy pobre, pequeño y pecador, las maravillas de su misericordia.
El orante pide ayuda y protección frente al malvado, un enemigo mortal. De nuevo aparece el triángulo propio de los salmos: orante-Dios-enemigos. Enseguida el salmista va a describir la acción del enemigo del que necesita que Dios lo defienda.
[vv. 10-12] Del mismo modo que la inocencia del salmista se define por sus pensamientos, palabras y acciones, representados por el corazón, los labios y los pies (pasos), también la maldad del malvado se describe con esos tres elementos: sus entrañas (el equivalente al corazón del salmista) están cerradas (Sal 119,70: «Tienen el corazón espeso como grasa»), su boca es arrogante (p. ej. Sal 10,7) y sus pasos, en vez de seguir los caminos del Señor, se dedican a cercar al inocente para darle muerte. A eso se añaden las señales que se hacen entre ellos para sincronizar el ataque al orante.
La acción del enemigo se equipara a la de un felino hambriento que acecha silenciosamente a su presa, preparado para un ataque rápido y letal. Lo mismo que el león, el enemigo no ataca de frente, no da oportunidad de defenderse, disimula y se esconde. Otros salmos ven al enemigo como a un león:
En el zaguán se sienta al acecho,
para matar a escondidas al inocente.
acecha en su escondrijo,
como león en su guarida,
acecha al desgraciado para robarle,
arrastrándolo a sus redes;
se agacha y se encoge
y con violencia cae sobre el indefenso (Sal 10,8-10).
Líbrame a mí de la espada,
y a mi única vida de la garra del mastín;
sálvame de las fauces del león;
a este pobre, de los cuernos del búfalo (Sal 22,21-22).
No se me debe olvidar que esa es la actitud del gran enemigo del cristiano, el demonio: «Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe» (1Pe 5,8-9).
Esta descripción no es un desahogo del orante, ni un ataque verbal al enemigo, es la descripción del peligro que le presenta a Dios para que actúe, y forma parte de su petición. Por eso, enseguida retoma la petición con la que inició el salmo (vv. 1-2), la que une a la declaración de confianza (vv. 6-8).
[vv. 13-14] La petición final es fuerte, está a la altura del peligro que corre el salmista y de la maldad de los enemigos que le acechan. El salmista pide que Dios sea el que se enfrente a sus enemigos, porque él es incapaz de vencerlos. Pide que el Juez justo se ponga en pie en el tribunal, al que el salmista ha apelado, para que emita su veredicto de inocencia para el justo y de culpabilidad para sus enemigos. No sólo pide que lo libre de ellos, sino que les de el castigo que merecen. El poder de Dios se representa con su mano y con su espada. Mientras que ellos son simples mortales, que no tienen ningún poder ante Dios.
Es sorprendente que mientras estos enemigos mortales, por la acción de Dios, no tendrán parte en la vida, se saciarán ellos, sus hijos y sus nietos de la despensa de Dios2. Puedo entender esta afirmación en el sentido de que sólo tendrán lo que puede ofrecer este mundo limitado y corrupto, que es lo que han buscado; mientras que no podrán tener la verdadera vida que Dios ofrece, lo que el salmista obtendrá al ver el rostro de Dios (v. 15). Es curioso que el castigo de Dios consistiría en darles lo que piden y lo que buscan con tanto afán (cf. Lc 6,24: «¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!»). En una perspectiva de esperanza en la vida eterna, después de este mundo, lo único que tendrán será esta vida mortal, mientras que el justo tendrá la vida eterna que Dios ofrece.
[v. 15] El orante, que ha acudido al tribunal de Dios pidiendo justicia, confía en una sentencia favorable que se emitirá por la mañana. En contraste con los malvados que se saciarán de lo caduco que puede ofrecer este mundo, el salmista se saciará contemplando el rostro de Dios, con la experiencia profunda de comunión con él. Porque es justo puede acceder a la presencia de Dios.
Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro (Sal 11,7).
El salmista puede esperar disfrutar del mismo privilegio de Moisés, que podía hablar con Dios contemplando su rostro, porque era amigo de Dios: «El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo» (Ex 33,11).
La perspectiva de vida después de la muerte que se puede aplicar al salmo permite ver en el despertar después de la muerte la participación en la vida verdadera al contemplar el rostro de Dios para siempre.
· · ·
La repetición serena y orante del salmo, puede llevar la oración de la lectio por muchos caminos:
Sin duda, puedo hacer mía las peticiones intensas y confiadas del salmo para hacerme oír, es decir, para ser consciente de que Dios me escucha: «Escucha, atiende, presta oído, inclina el oído». Debo hacerlo con confianza, «porque tú me respondes».
Desde luego, el salmo me debe llevar a desear y pedir el refugio en Dios ante cualquier adversidad, interior o exterior, material o espiritual: «Guárdame… con mi apelación vengo a tu presencia». Pero si hago realmente mío el espíritu del salmista lo haré con la confianza en Dios que me refugia a la sombra de sus alas y me cuida como a las niñas de sus ojos.
No resulta fácil ponerse ante el Señor proclamando la propia justicia, salvo que, poniendo los ojos en la Virgen (cf. Lc 1,46-49) proclame la grandeza del Señor que es el que ha hecho en mí maravillas de misericordia, convirtiéndome de pecador en justo.
Con confianza puedo recordar las maravillas que ha realizado la misericordia de Dios en la historia de Salvación, en los santos, en mi propia vida… y atreverme a pedir que las realice ahora conmigo.
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Este salmo me ofrece la oportunidad de contemplar a Cristo, porque él es el verdadero justo perseguido, el único inocente, que puede orar con plena sinceridad este salmo. La persecución de Jesús, especialmente durante la pasión, lleva a plenitud la persecución y el acecho que sufre y expresa el salmista. Durante la pasión, Jesús, el inocente perseguido se pone en las manos del Padre (Lc 23,46). El libro de la Sabiduría ofrece una descripción anticipada de la persecución que sufre el justo (Sab 2,10-20); Jesucristo es el inocente que da la vida por los pecadores, como anuncia el cuarto cántico del Siervo (cf. Is 53,9-11). Condenado injustamente como blasfemo, es proclamado inocente por Poncio Pilato (cf. Lc 23,4.14.22). El Padre es el Juez justo que con la Resurrección ratifica para siempre la inocencia de Jesús, la verdad de su enseñanza y de su identidad de Hijo; y de ese modo derrota a sus enemigos (Hch 2,22-24; 3,13-15).
Y a la vez que justo perseguido, Jesucristo es el Juez justo que al final de los tiempos pondrá a su derecha a los que se han compadecido de los hambrientos, sedientos, enfermos, desnudos y encarcelados; y a su izquierda a todos los que los ignoraron. Un juez que no juzga desde su alto tribunal, sino que se identifica realmente con todos los que sufren (Mt 25,31-46). Jesucristo es el Juez que nos ha dejado claro lo que será necesario para ser escuchados por él: el amor (Jn 13,34) y las bienaventuranzas (Mt 5,3-12). Dios ha constituido a Jesús como «juez de vivos y muertos» (Hch 10,42).
Al mismo tiempo, Jesús es el refugio, al que podemos acogernos, en el que encontramos protección y descanso (Mt 11,28), al que podemos también dirigir las palabras del salmo.
A la luz de la revelación plena en Jesucristo, de su resurrección y de la vida eterna que él ha conseguido para nosotros, encuentran su plenitud las palabras del salmo: los malvados sólo tendrán como lote esta vida y este mundo, será de lo que se sacien ellos y los que son como ellos; no tendrán parte en la vida eterna como lo harán los que se acogen a la salvación que ha obtenido Jesucristo con su muerte y resurrección. El mártir, el perseguido por la justicia, el que pierde la vida por amar como Cristo, puede tener la confianza de que la muerte no será la derrota definitiva, sino que al despertar de la muerte contemplará para siempre el rostro de Dios, será transformado a su imagen (1Jn 3,2) y gozará de la vida eterna que consiste en estar siempre con él (1Tes 4,17).
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Nunca puedo prever si Dios me concederá el don de la contemplación a través de la lectio ni puedo predecir cómo será el camino de la lectura orante de la Palabra a la comunión silenciosa con Dios, pero no debo dudar de que en este salmo hay elementos que Dios puede aprovechar para llevarme a saborear el gusto de la Palabra: encontrar en él el refugio, saberme protegido por la sombra de sus alas, reconocido como la niña de sus ojos…, incluso poder afrontar la oscuridad y la muerte, sabiendo que al despertar me saciaré de su semblante.
El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.
NOTAS
- Cabe recordar la experiencia de santa Teresa de Lisieux: «Al bajar las escaleras, vio a la derecha, bajo el níspero, la gallinita blanca que tenía a todos sus polluelos recogidos bajo sus alas. Algunos sólo enseñaban su cabecita. Se paró a contemplarlos, muy pensativa. Al cabo de un poco, yo le hice señas de que era hora de volver. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Le dije: “¡Estás llorando!”. Entonces se cubrió los ojos con la mano, llorando más todavía, y me respondió: “En este momento no puedo decirte por qué, estoy demasiado emocionada…”. Por la noche, en su celda, me dijo con una expresión celestial: “He llorado al pensar que Dios escogió esa comparación para hacernos creer en su ternura. ¡Eso es lo que ha hecho conmigo durante toda mi vida! ¡Me ha escondido totalmente bajo sus alas…! Luego, al separarnos, lloraba mientras subía la escalera, sin poder ya contenerme, y tenía prisa por volver a la celda. Mi corazón rebosaba de amor y de gratitud”» (Santa Teresa del Niño Jesús, Cuaderno amarillo, 7.6.1).
- El v. 14 es de difícil traducción por lo que otros autores interpretan el texto hebreo de modo que Dios premia a los justos con la vida y castiga a los malvados y a sus descendientes con la muerte: «Dales muerte, Señor, dales muerte con tu mano: no compartan la suerte de los vivos. A tus protegidos, llénales el vientre, que se sacien sus hijos y tengan qué dejar a sus pequeños» (Schökel-Carniti).
















