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Metodología

La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.

Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.

El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:

Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:

Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.

Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.

1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.

2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.

3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.

4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.

5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.

6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.

Introducción

Dios ha perdonado al pueblo el pecado de idolatría cometido por haberse construido el becerro de oro, y vuelve a su plan original: habitar en medio de su pueblo. Vamos a considerar algunos textos de los seis últimos capítulos del libro del Éxodo, referentes a la construcción de la Morada.

La entrega de materiales (Ex 35,4-10)

Texto bíblico

4Moisés dijo a toda la asamblea de los hijos de Israel: «Esto es lo que mandó el Señor: de vuestros bienes ofreced un tributo al Señor; 5todos los de corazón generoso ofrecerán en tributo al Señor oro, plata y bronce, 6púrpura violácea, roja y escarlata, lino y pelo de cabra, 7pieles de carnero teñidas de rojo, pieles de tejón y maderas de acacia, 8aceite para la lámpara, aromas para el óleo de la unción y para el incienso perfumado, 9piedras de ónice y piedras de engaste para el efod y el pectoral. 10Todas las personas expertas entre vosotros, que se presenten para hacer cuanto ha mandado el Señor» (Ex 35,4-10).

Lectio

Moisés, por mandato del Señor, hace una colecta para que los israelitas aporten los materiales para construir la Morada. La idea de la Morada parte de Dios, pero la ejecución debe realizarse a partir del material que aportan los hombres.

Aquí podemos descubrir que la Virgen María es la que aporta su carne al Verbo para que se cumplan los planes de Dios y nosotros tuviéramos a nuestro lado al Dios-con-nosotros y recibiéramos la salvación.

Además, estas ofrendas han de ser voluntarias. De hecho, van a ser tan generosas que en Ex 36,5-6 se dice que «fueron a decir a Moisés: “El pueblo trae más de lo que se necesita para los trabajos que el Señor ha mandado realizar”. Entonces Moisés mandó que se pregonase de viva voz por el campamento: “Que ningún hombre ni mujer traiga más tributos para el Santuario”. Y el pueblo cesó de traerlos». Israel fue generoso con el Señor.

Dios no quiere hacer nada sin la colaboración de los hombres. Somos nosotros los que debemos aportar los materiales para realizar los planes de Dios. Una aportación que debe ser voluntaria y generosa.

En otro lugar se nos dice que las mujeres aportan, además de sus joyas, su colaboración con el trabajo de sus manos (cf. Ex 35,22.25-26). Cuando más adelante se va a construir el templo en Jerusalén, también David pide colaboración, después de haber acumulado una ingente cantidad de materiales necesarios para la construcción, y encontró una respuesta generosa:

[Dijo David:] «¿Quién quiere hacer ahora una ofrenda generosa al Señor?». Los cabezas de familia, los de las tribus de Israel, los de millar y centuria, y los administradores de la hacienda real ofrecieron generosamente y donaron para el servicio del templo del Señor unos ciento setenta quintales de oro, diez mil dáricos, unos tres mil cuatrocientos treinta quintales de plata, unas seis mil ciento setenta y cuatro toneladas de bronce, y unas tres mil cuatrocientas toneladas de hierro. Los que tenían piedras preciosas se las entregaron a Yejiel, el guersonita, para el tesoro del templo del Señor. El pueblo se alegró por estas ofrendas espontáneas que, de todo corazón, daban al Señor; también el rey David sentía una gran alegría (1Cro 29,5-9).

Por lo tanto, aportan generosamente lo que tienen para que Dios pueda habitar en medio de ellos, lo hacen con alegría y su generosidad produce alegría.

Lógicamente surge la duda de si los israelitas podían llevar esa enorme cantidad de materiales al salir de Egipto. Es cierto que se nos dijo que consiguieron de los egipcios una buena cantidad de utensilios de oro, plata y ropa (cf. Ex 12,35-36). Nos encontramos de nuevo con esa forma hiperbólica de presentar los acontecimientos, que idealiza la época del desierto y proyecta en ese momento la generosidad de las donaciones de Israel cuando, ya en la Tierra Prometida, se construye el templo de Jerusalén en tiempos de Salomón. Sean más o menos exageradas las cantidades de las aportaciones del pueblo, lo cierto es que la Morada se realiza gracias a su generosa colaboración.

Es interesante descubrir que las joyas y el oro que entregan los israelitas sirven para construir el becerro idolátrico (cf. Ex 32,2-3), y las aportaciones de esos mismos bienes preciosos sirven para construir la Morada. Lo que no entregan se queda para ellos.

Nosotros hemos recibido dones y cualidades con los que podemos ofender a Dios o agradar a Dios, permitiendo que se haga uno de nosotros, o guardárnoslos para nosotros mismos y que no sirvan para nada como enseña la parábola de los talentos (Mt 25,14-30).

El trabajo de los israelitas (Ex 35,30-36,1)

Texto bíblico

35,30Moisés dijo a los hijos de Israel: «El Señor ha llamado a Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá, 31y le ha llenado del espíritu de Dios, de sabiduría, de prudencia y de habilidad para toda clase de tareas, 32para que trace proyectos, labre el oro, la plata y el bronce, 33cincele piedras de engaste y talle la madera, y para cualquier otro tipo de trabajos. 34También le ha dado talento para enseñar a otros, lo mismo que a Oliab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan. 35Les ha llenado de habilidad para trazar proyectos y realizar cualquier clase de labores: bordar en púrpura violácea, roja o escarlata y en lino, proyectar y realizar toda clase de trabajos». 36,1Besalel, Oliab y todos los expertos a quienes el Señor había dotado de habilidad y destreza para ejecutar los diversos trabajos del Santuario realizaron lo que el Señor había ordenado (Ex 35,30-36,1).

Lectio

No sólo se trata de aportar materiales, sino también de realizar con el propio trabajo lo que Dios tiene proyectado. Deben dedicarse durante meses enteros a realizar con sus capacidades el proyecto de Dios. No se les pide sólo dar parte de sus posesiones, sino poner en juego las capacidades que se tienen para llevar a cabo la empresa de Dios.

Dios no realiza sus empresas sin contar con las capacidades y el trabajo de los hombres. Y este principio no vale sólo para lo material, sino también para la obra de la salvación. El máximo exponente de esa colaboración con Dios es la Virgen María: sin su fe y sin su entrega plena, Dios no habría podido construir en su seno la Morada de Dios con los hombres que es Jesucristo (cf. Col 2,9). Nosotros debemos plantearnos qué hacemos con nuestros bienes y nuestras capacidades, y también qué hacemos con nuestra voluntad. Dios quiere que colaboremos con él para que pueda hacer su obra.

Los israelitas deben ofrecer lo mejor de sí mismos. Y no sólo ponen en juego sus habilidades, sino que deben aportar la capacidad de enseñar a otros. De este modo se inicia un gran movimiento para realizar el sueño de Dios.

También en nuestro apostolado lo más importante no es el fruto final, que lo garantiza Dios, sino que aportemos nuestras vidas y nuestras capacidades para que Dios pueda morar en nosotros. Desgraciadamente pretendemos hacer las cosas al revés: pretendemos hacer nosotros lo que sólo le corresponde a Dios -idear el plan salvador para nosotros y para los demás-, mientras que nos desentendemos de nuestra misión, y no ponemos en juego nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestra ilusión y nuestro deseo.

La consagración de la Morada (Ex 40,1-16)

Texto bíblico

1El Señor habló a Moisés: 2«El día uno del mes primero erigirás la Morada de la Tienda del Encuentro. 3Pondrás en ella el Arca del Testimonio y la cubrirás con el velo. 4Meterás la mesa y dispondrás los panes; meterás el candelabro y encenderás las lámparas. 5Colocarás el altar de oro del incienso delante del Arca del Testimonio y colgarás la cortina de la entrada de la Morada. 6Pondrás el altar de los holocaustos delante de la entrada de la Morada de la Tienda del Encuentro. 7Colocarás la pila entre la Tienda del Encuentro y el altar, y le echarás agua. 8Alrededor dispondrás el atrio y colocarás el tapiz a la entrada del atrio. 9Después tomarás el óleo de la unción y ungirás la Morada y cuanto hay en ella; la consagrarás con todos sus utensilios y será sacrosanta. 10Ungirás asimismo el altar de los holocaustos con todos sus utensilios; consagrarás el altar y será sacrosanto. 11Ungirás también la pila con su peana y los consagrarás. 12Luego mandarás acercarse a Aarón y a sus hijos a la entrada de la Tienda del Encuentro y los harás lavarse con agua. 13Revestirás a Aarón con los ornamentos sagrados, lo ungirás y lo consagrarás para que ejerza mi sacerdocio. 14Después mandarás acercarse a sus hijos y les vestirás las túnicas. 15Los ungirás, como ungiste a su padre, para que ejerzan mi sacerdocio. Su unción les conferirá un sacerdocio perpetuo, de generación en generación». 16Moisés hizo todo conforme a lo que el Señor le había mandado (Ex 40,1-16).

Lectio

Este acontecimiento sucede nueve meses después de haber salido de Egipto.

Como hemos visto, el plan es de Dios y la fabricación la realizan los hombres; pero quien consagra la morada es el mediador, Moisés. Consagrar es destinar una persona, un espacio, un tiempo o una cosa sólo al servicio de Dios, de manera que no se emplee ya para un fin secular; se separa una realidad para que tenga exclusivamente una finalidad religiosa y dedicarla sólo a Dios. Algo está consagrado cuando está destinado exclusivamente a Dios para servirle a él. En el caso de las personas esta consagración es imperfecta porque los sacerdotes aún tienen una vida secular; es cierto que ejercen un oficio sacerdotal, pero se casan, tienen hijos, ejercen oficios, realizan negocios, etc. No se ha alcanzado todavía la plenitud a la que se va a llegar con Jesucristo: él es el sacerdote, no porque reciba un oficio sacerdotal que ejerce en momentos determinados, sino porque está plenamente consagrado a Dios. La consagración de los sacerdotes del Antiguo Testamento es la figura imperfecta de la consagración del único sacerdote que es Jesucristo. Él es elegido para ser sacerdote, como Aarón y sus descendientes, pero con un sacerdocio distinto, según el rito de Melquisedec:

Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy; o, como dice en otro pasaje: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec (Heb 5,5-6).

Cristo es el elegido por Dios para realizar la tarea sacerdotal que tiene una doble dimensión: la glorificación de Dios y la reconciliación de los hombres con Dios. Cristo no recibe su unción como Aarón y sus descendientes por la impregnación de un óleo material, hecho por manos humanas, sino por la recepción plena del Espíritu Santo. Dios consagra a Jesucristo y lo toma plenamente para sí por medio de la efusión plena del Espíritu Santo:

Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido» […]. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,17-18.21; cf. Is 61,1).

Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él (Hch 10,37-38).

La unción es la fuerza que recibe el elegido para entrar en una relación directa con Dios y constituirse en su mediador de cara a los hombres. El Verbo es por naturaleza mediador entre el Padre y los hombres; la humanidad de Cristo recibe la consagración para ser mediador por la unión con la persona divina del Hijo y por la efusión del Espíritu Santo desde el seno materno (cf. Lc 1,35).

En el caso de Cristo, la dedicación a las cosas del Padre ya no es un simple oficio realizado en momentos y lugares concretos, sino una consagración plena que implica toda su existencia; de hecho, la carta a los Hebreos añade al texto que hemo leído un poco más arriba:

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec (Heb 5,7-10).

El sacerdocio para Cristo ya no es una tarea que le ocupa sólo una parte de su tiempo, sino que toda su vida está implicada en esta consagración y en esta ofrenda, porque su sacerdocio no es ritual, sino existencial. Él es el Mediador. A imagen de Cristo surgen los sacerdotes de la nueva alianza, que no son simplemente los presbíteros y los obispos, sino todos los bautizados. Todos los bautizados son ungidos. De hecho, en el sacramento del bautismo se unge con el crisma la frente de los catecúmenos y de los niños, que los consagra como sacerdotes, profetas y reyes. Todos los cristianos son elegidos por Dios para proclamar sus maravillas y acercar así a los hombres a Dios:

Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa (1Pe 2,9).

Y eso afecta a toda la vida del cristiano, sea cual sea su estado de vida, edad o profesión. Todos tenemos este sacerdocio, no como un oficio, sino que supone una consagración, dedicación y entrega que abarca toda la vida. En ese sentido, para el cristiano que ha sido consagrado a imagen de Cristo no hay ninguna actividad profana: ni el trabajo, ni la diversión, ni la familia, ni la sexualidad… Nada queda fuera de su consagración a Dios, todo forma parte de su tarea de proclamar las maravillas del Señor. Por eso, la moral cristiana es tan exigente, porque no se limita a algunos preceptos en algunos aspectos de nuestra vida, sino que toda nuestra vida en todas sus dimensiones debe ser un canto de alabanza a Dios. No hay nada profano, no existe nada que no deba ofrecerse a Dios como alabanza, nada que sea estrictamente nuestro y que podamos utilizar a nuestro gusto y conveniencia. No hay tiempos o aspectos de nuestra vida en los que podamos prescindir de la voluntad de Dios y de sus planes, siguiendo nuestros caprichos o los valores del mundo. Cada cristiano debe recordar siempre que es un consagrado, que es sacerdote, que toda su vida debe estar dedicada a Dios.

Si toda nuestra vida tiene que ser un canto de alabanza a Dios, si no hay nada profano, ¿cuál es la forma más perfecta de ser cristiano, la que mejor expresa nuestra condición sacerdotal? La consagración religiosa expresa y realiza de la forma más perfecta esta entrega plena a Dios. Ciertamente se puede realizar en otros estados de vida, pero con limitaciones como expresa san Pablo: «Quiero que os ahorréis preocupaciones: el no casado se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. También la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, de ser santa en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido» (1Co 7,32-34). Y dentro de la vida religiosa, el monacato realiza de forma más plena esa entrega total de la vida a Dios. Ciertamente cada uno tiene una llamada y un don al que debe responder; y el hecho de que nuestra vocación no sea la más perfecta no significa que nosotros estemos llamados a ser menos perfectos o tengamos que renunciar a la santidad. Es más, el que vive en el mundo tiene que realizar su entrega plena a Dios, su consagración y su sacerdocio, en medio de un mundo hostil; y en nuestro ambiente tenemos que ser sacerdotes y alabar a Dios con toda nuestra existencia, vivir la consagración donde es más difícil vivirla. Necesitamos convencernos de que esta consagración que conlleva la dedicación plena a Dios es para todo bautizado. Todo el pueblo ha sido adquirido por Dios para proclamar su alabanza con una vida santa: «Para ti es mi música Señor» (Sal 101,1). Todos hemos sido sellados por el Espíritu Santo: «En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis» (1Jn 2,20).

La consagración de la Morada que realiza Moisés nos recuerda la consagración de Cristo y nos recuerda que nosotros estamos consagrados y, en consecuencia, formamos parte del ajuar de Dios, que somos suyos. Pero nosotros hacemos lo contrario a lo que somos: el que es consagrado debe vivir para Dios y nosotros vivimos nuestra vida y pretendemos que Dios nos respalde en nuestras decisiones.

Dios toma posesión de la Morada (Ex 40,34-35)

Texto bíblico

34Entonces la nube cubrió la Tienda del Encuentro y la gloria del Señor llenó la Morada. 35Moisés no pudo entrar en la Tienda del Encuentro, porque la nube moraba sobre ella y la gloria del Señor llenaba la Morada (Ex 40,34-35).

Lectio

Los hombres han hecho su trabajo construyendo la Morada, Moisés ha hecho el suyo consagrándola, y en ese momento actúa Dios. Dios que quería vivir en medio de su pueblo toma posesión de lo que él ha planeado y decidido y que han ejecutado los hombres de su pueblo.

Aparece la presencia tremenda de Dios, tan densa que todos tienen que abandonar la morada porque se llena con la nube que manifiesta su presencia; incluso el mismo Moisés debe salir. La Morada es como una sucursal o una franquicia en la tierra de la Morada de Dios en el cielo.

Esta misma forma de presencia de Dios se repite cuando se construye el templo de Jerusalén y Salomón lo inaugura:

Entonces congregó Salomón a los ancianos de Israel en Jerusalén ‑todos los jefes de las tribus y los cabezas de familia de los hijos de Israel ante el rey‑, para hacer subir el Arca de la Alianza del Señor desde la ciudad de David, Sión. En torno al rey Salomón se congregaron todos los varones de Israel. En el mes de etanín, el mes séptimo, por la fiesta, vinieron todos los ancianos de Israel y los sacerdotes condujeron el Arca e hicieron subir el Arca del Señor y la Tienda del Encuentro, con todos los objetos sagrados que había en ella […]. Cuando salieron los sacerdotes del santuario ‑pues ya la nube había llenado el templo del Señor‑, no pudieron permanecer ante la nube para completar el servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor. Dijo entonces Salomón: «El Señor puso el sol en los cielos, mas ha decidido habitar en densa nube. He querido erigirte una casa para morada tuya, un lugar donde habites para siempre» (1Re 8,1-4.10-13).

De nuevo, Dios toma posesión de lo que los hombres han construido según el designio divino.

Hay que recordar que esta nube es la que ha acompañado al pueblo de Israel durante todo el camino por el desierto desde que salió de Egipto. La encontramos ya desde el comienzo del caminar del pueblo tras la salida de Egipto:

El Señor caminaba delante de los israelitas: de día, en una columna de nubes, para guiarlos por el camino; y de noche, en una columna de fuego, para alumbrarlos; para que pudieran caminar día y noche. No se apartaba de delante del pueblo ni la columna de nube, de día, ni la columna de fuego, de noche (Ex 13,21-22).

Cuando el profeta Ezequiel anuncia la destrucción del templo de Jerusalén a los israelitas que ya están en el exilio de Babilonia, señala especialmente que la gloria de Dios sale del templo: «La Gloria del Señor salió levantándose del umbral del templo y se colocó sobre los querubines» (Ez 10,18). Antes de ser destruida la ciudad y profanado el templo, Dios sale del templo y abandona a su pueblo traidor y pecador.

El verdadero y definitivo templo del Señor es sin duda la humanidad de Cristo, pero donde primero habita es en el seno de María. También el templo de Dios, que es el vientre de María, es fruto de la donación que ella hace con sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), y de todo el ejercicio que ella hace de búsqueda de la voluntad de Dios: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1,34). De este modo, María aporta la materia y e trabajo -como los israelitas- para que se pueda realizar la encarnación del Verbo. Y después de que todo esté dispuesto por la acción del Espíritu Santo, que ha ido preparando la morada de Dios en María desde su concepción inmaculada, se realiza la entrada de Dios en su templo por medio de ese mismo Espíritu: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). La sombra con la que el Espíritu Santo cubre a María expresa la misma presencia de Dios en forma de nube entrando en su Morada. Desde entonces, Yahweh establece su morada en medio de su pueblo. Del mismo modo que el primer libro de los Reyes se subraya que se «hace subir el Arca de la Alianza del Señor desde la ciudad de David, Sión» (1Re 8,1), María es la hija de Sión, la que representa lo mejor de Jerusalén. En ella Dios pone su morada, su nuevo templo.

La nube guía al pueblo de Dios (Ex 40,36-38)

Texto bíblico

36Cuando la nube se alzaba de la Morada, los hijos de Israel levantaban el campamento, en todas las etapas. 37Pero cuando la nube no se alzaba, ellos esperaban hasta que se alzase. 38De día la nube del Señor se posaba sobre la Morada, y de noche el fuego, en todas sus etapas, a la vista de toda la casa de Israel (Ex 40,36-38).

Lectio

La nube es la que determina cuando el pueblo ha de caminar o detenerse en su peregrinación hacia la tierra prometida. Lo explica con más detalle el libro de los Números:

El día en que se erigió la Morada, la Nube cubrió la Morada, la Tienda del Testimonio. Desde el atardecer hasta el amanecer se quedaba sobre la Morada con aspecto de fuego. Así sucedía siempre: la Nube la cubría y por la noche tenía aspecto de fuego. Cuando se levantaba la Nube de encima de la Tienda, los hijos de Israel se ponían en marcha, y donde se paraba la Nube, allí acampaban. A la orden del Señor partían los hijos de Israel y a la orden del Señor acampaban. Quedaban acampados todos los días que la Nube estaba parada sobre la Morada. Si se detenía la Nube muchos días sobre la Morada, los hijos de Israel, respetando la disposición del Señor, no se ponían en marcha. Pero si la Nube estaba sobre la Morada pocos días, a la orden del Señor acampaban y a la orden del Señor se ponían en marcha. Si la Nube estaba sobre la Morada solo de la noche a la mañana, y por la mañana se alzaba, se ponían en marcha. Si se quedaba un día y una noche y luego se elevaba, se ponían en marcha. Si, en cambio, se detenía sobre la Morada dos días, o un mes, o más, reposando sobre ella, los hijos de Israel se quedaban en el campamento y no se ponían en marcha; pero en cuanto se elevaba, se ponían en marcha. A la orden del Señor acampaban y a la orden del Señor se ponían en marcha. Respetaban la disposición del Señor transmitida por Moisés (Nm 9,15-23).

Debemos recordar que la nube es el signo visible de la presencia de Dios. Es también signo de la protección de Dios: de día los cubre con su sombra, de noche los ilumina en la oscuridad (cf. Ex 13,21-22; 14,19-20; Sal 105,39; Sab 10,17).

Lo que es más sorprendente y significativo es que el pueblo camine al ritmo que Dios le marca por medio de la nube. De este modo, la peregrinación de Israel se rige por la voluntad de Dios. Comienzan a andar cuando la nube se levanta, siguen el itinerario que marca la nube y acampan cuando la nube se para. Los israelitas no saben cuál es el camino, ni cuando deben parar o caminar. Dios es el guía que lo decide todo. No saben si estarán parados un mes o una sola noche. Y eso obliga al pueblo de Dios a estar permanentemente atento, mirando a la nube que está sobre la morada. Es un pueblo que aprende a mirar a lo alto y está permanentemente preparado para caminar y dispuesto a pararse. No tienen ninguna seguridad, ni ningún plan preestablecido, no saben qué va a pasar al día siguiente. No pueden prever si habrá agua o un lugar para acampar allá donde van, sólo confían en que Dios les proveerá de lo necesario. No tiene sentido que le pregunten a Dios por los motivos para seguir o para hacer un alto en el camino. Sólo cabe fiarse de Dios, estar atentos a la nube y seguirla dócilmente. Es un pueblo que tiene que vivir colgado de Dios.

Nosotros, por el contrario, necesitamos un control absoluto del porvenir, nos angustiamos si no sabemos qué va a ser de nosotros mañana. ¿Somos capaces de vivir así, como el pueblo de Dios tras la nube? Los santos sí siguen así la voluntad de Dios, como el pueblo de Dios a la nube. Por eso no somos santos, porque ser santo significa dejar que Dios marque las etapas, y nosotros no tenemos ni esa docilidad ni esa confianza. Como Israel, los santos aprenden a obedecer, no planificar, dejarse conducir, vivir de la voluntad de Dios, mirando siempre al cielo.

A esa docilidad y obediencia se refiere el profeta Oseas cuando recuerda esta época de noviazgo entre Dios y su pueblo en el desierto, porque en este camino, a pesar del pecado, Israel aprendió a amar a un Dios incontrolable y desconcertante.

Por eso, yo la persuado,
la llevo al desierto, le hablo al corazón,
le entrego allí mismo sus viñedos,
y hago del valle de Acor
una puerta de esperanza.
Allí responderá como en los días de su juventud,
como el día de su salida de Egipto.
Aquel día oráculo del Señor
me llamarás «esposo mío»,
y ya no me llamarás «mi amo» (Os 2,16-18).

Esta forma en que el pueblo de Dios sigue a la nube es una preciosa parábola de cómo debe ser la vida del cristiano: la renuncia al control del futuro y de la propia vida; la renuncia a los planes, preocupándose sólo de la obediencia en cada momento. Así vivió la Virgen María, dejándose sorprender siempre por Dios, siguiendo permanentemente sus planes desconcertantes, obedeciendo a la nube que es la voluntad de Dios. Ella, llena del Espíritu Santo, realiza lo que el Señor le dice a Nicodemo: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu» (Jn 3,8). Hay que tener mucha libertad para dejarse llevar y traer como una hoja por el viento: una gran libertad sobre uno mismo y sobre las realidades materiales. Ésa es la disponibilidad del religioso, del sacerdote, que debe ser consciente de que está de paso, que no posee su parroquia, sino que está prestando un servicio; y, cuando se levanta la nube, la sigue, aunque se le desgarre el corazón. Nosotros tendemos a vivir al revés: gobernamos nuestra vida a nuestro capricho y le pedimos a Dios que bendiga nuestras iniciativas. Así se plantea con frecuencia el matrimonio cristiano: que Dios bendiga lo que los novios deciden por su cuenta sin contar con él. El que quiera vivir santamente el matrimonio buscará que sea Dios el que le dé y le señale la persona con la que tenga que formar el matrimonio que Dios quiera; y esperará el tiempo que Dios quiera y en las circunstancias que Dios quiera. El santo no tiene proyectos sobre su vida, sino que busca por dónde le encamina el Señor. Así se debería elegir una profesión cuando realmente se es cristiano. Nos conformamos con justificar nuestras decisiones diciendo que no es malo lo que hacemos, pero ¿es lo que quiere Dios? Sólo los santos son capaces de imitar este proceder de Israel. Santa Juana Jugan esperó años y años a que Dios le manifestara su vocación; pero ella supo buscar y esperar, escudriñando y obedeciendo la voluntad de Dios cada día. Nosotros, por el contrario, necesitamos controlar nuestra vida. No sabemos esperar ni ponernos en marcha cuando Dios lo dice. Decidimos y actuamos según nuestro gusto y capricho, elegimos a voleo; por eso no nos interesa el discernimiento. Deberíamos aprender a mirar la nube y a dejarnos guiar por Dios. Los Magos de Oriente son también un buen modelo de esta actitud: están atentos a la estrella y se ponen a seguirla sin saber a dónde los lleva ni cuánto va a durar el camino (cf. Mt 2,1-12). ¿Quién es capaz de vivir así? Al final la clave de mi vida es si yo soy mío y me presto al Señor para una tarea -como los sacerdotes de la antigua alianza-, o si soy como Cristo, que mi alimento es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34), y reconozco que soy un enviado.

Nos puede venir una aplicación de este episodio de un autor de nuestro tiempo:

La Nube.

La presencia, la protección, la compañía.

La dirección que hay que seguir, y la orden que determina por cuánto tiempo hay que acampar.

Israel no se moverá mientras la nube no se mueva, pero se levantará inmediatamente y arrollará las tiendas y recogerá el tabernáculo y cargará los asnos y echará a andar como un solo hombre por las arenas dormidas en cuanto la nube comience a despegar.

El pueblo que sigue a la nube.

El pueblo de Dios: nosotros.

Cuarenta años: nuestra vida.

Por el desierto: nuestro mundo.

La nube es libre, caprichosa, imprevisible.

Nadie sabe hacia dónde irá y dónde se posará.

Su camino no es camino, su paso no deja huellas. Arranca y sigue y no dudes y no pares. Un pueblo entero lo hace. Y llevan sobre sus hombros la historia de la humanidad.

La nube se ha parado.

El pueblo descansa.

No son ellos quienes han escogido el lugar, pero lo aceptan al instante, exploran los alrededores, buscan recursos naturales y asientan el campamento. ¿Hay agua cerca por algún sitio? ¿Algún árbol? ¿Pasto para el ganado? ¿Caza para comer? ¿Qué defensas naturales tiene el terreno, dónde apostar centinelas, dónde refugiarse si ataca el enemigo? Han aprendido bien el arte de sobrevivir y pueden explotar cualquier situación y sacar provecho de cualquier circunstancia. Pueden sacar comida de raíces silvestres y atrapar aves en el viento. Pueden incluso sacar agua de una roca. Moisés lo hizo.

A veces el pueblo se queja.

Cómo nosotros.

¿Por qué este sitio, por qué esta comida, por qué este camino?

¿Por qué?

La pregunta que no le gusta a Yahvéh.

La pregunta que solivianta al pueblo.

Malestar, protestas, rebelión.

Y llega la peste y se abre la tierra y los levitas empuñan la espada.

Israel aprende paso a paso los caminos de Dios.

Como nosotros.

Y adoran al Señor en el desierto.

Como nosotros.

Israel espera y comienza a penar. La nube no se mueve. La gente comienza a impacientarse. ¿Hasta cuándo estaremos en este sitio? No es ningún paraíso, y aquí estamos atascados. Han pasado meses. ¿Quién se acuerda de cuántos? ¿Cuándo llegamos a este sitio? Hace siglos ya. Pero la nube… ni menearse: ¿No se suponía que íbamos a llegar a una tierra prometida? ¿Y cómo podemos llegar si no nos movemos? Pero a la nube parece que no le importa. Ha echado raíces en el suelo como un árbol. Hombres han conocido en este lugar el momento de la concepción y el momento del nacimiento, etapa primera del hombre mortal en el seno de su madre. Y la nube no se entera. Cuatro estaciones han pasado: Cada día pensando que será el último.

Cada mañana deseando que la nube se levante. Pero no se mueve. Se queda donde está, Y el pueblo con ella. Algunos mueren allí mismo. Y los entierran en las arenas efímeras.

De repente un día… un grito rompe los cielos y reverbera en el desierto.

¡La nube se levanta!

Todos corren a verla. Todas las miradas convergen en lo alto.

Aún se dirán unos a otros muchos días quién fue el primero en dar la voz.

Y todos ven el milagro olvidado.

¡Se mueve! La nube avanza.

Y el pueblo con ella.

Un año es mucho tiempo, y en él se han hecho pozos, se han levantado vallas, se han edificado viviendas. Todo se deja en un instante. Ni una mirada atrás. La nube ha arrancado, y todo Israel está en marcha. Obediencia Inmediata.

Cada día dispuestos marchar.

Cada día dispuestos a quedarse.

Esa es la vida en el Espíritu.

Ese es el secreto de Israel.

Y el pueblo entero, dejando a sus muertos y tomando a sus recién nacidos, echa a andar en una dirección nueva y con una esperanza nueva. Otra parada.

¿Cuánto durará?

Preparaos para otro año, dice la gente. Comenzad a cavar hoyos y a acarrear piedras. Las necesitaremos otra vez. Esto va para largo. Ya vamos adquiriendo experiencia. Esta vez vamos a asegurarnos de que tenemos un buen campamento desde el principio. Mañana comenzamos a trabajar.

¿Mañana?

Antes del primer rayo de sol, se oye el grito otra vez.

¡¡La nube!!

Se levanta otra vez.

Pero ¡si no puede, ser! Acabamos de llegar aquí. Llevamos sólo una noche. ¿Qué se cree esa nube? ¿Nos está tomando el pelo? ¿No podría tener un poco de juicio y sentido común, y ser algo más consecuente y tener consideración con todo un pueblo?

Tan pronto es un año como un día. No hay quien lo sepa. Ni siquiera Moisés puede ofrecer una explicación. Pero hay que obedecer. ¡Arriba todo el mundo! Olvidad vuestros planes y sacudid la pereza. Volved a atar lo que desatasteis anoche y echad a andar a toda prisa. La nube va ganando terreno y no podemos permitir que se nos escape. A pesar de todos sus caprichos y veleidades, la necesitamos y la queremos y la amamos.

Y… otra cosa.

¿Os habéis fijado en la dirección que lleva la nube?

Parece que vuelve sobre sus pasos.

Por ahí es por donde vinimos.

Y ahora se vuelve por el mismo camino.

¿Es que eso puede tener algún sentido?

No te pares a preguntar, o la perderás de vista y será peor. Levántate, muévete y echa a andar.

Tu único deber es seguir. Sigue fielmente a la nube y no te preocupes de cuándo llegarás ni a dónde.

Esa loca de nube…

Sale, se para, se queda, se mueve.

Avanza y retrocede y da vueltas y no llega nunca.

¿A dónde vamos a parar así?

En cuarenta años de desierto nadie supo nunca qué era lo que la nube iba a hacer en un momento dado. Mucho debieron de hablar entre ellos los israelitas sobre aquella nube. O quizá no hablaron nada. Porque conocían el misterio y sentían la. presencia. Y la seguían en sencilla obediencia. Dispuestos a salir y dispuestos a quedarse. Con los ojos fijos en la nube, los cuerpos tensos ante su cercanía y los pies impacientes por obedecer su mando. Así marchaba Israel

La nube.

El Espíritu.

Símbolo y realidad; promesa y verdad; historia y hecho.

Somos el pueblo de la nube.

El desprendimiento, la entrega, la elección.

Seguir siempre, porque siempre estamos libres para seguir y siempre deseosos de seguir.

Aprender los caminos del Espíritu y seguir las peregrinaciones de la nube. Todos los místicos hablan de ella, todos los devotos la entienden, toda persona comprometida a vivir y a orar y contemplar y a luchar necesita su presencia y su intimidad. Somos el pueblo que sigue a la nube. Eso es fe y esperanza, santa indiferencia y equilibrio electivo, perspectiva del momento y totalidad de la vida. Eso es discernimiento en práctica y eso es saber escoger.

Y eso toda la vida, día y noche, juventud y vejez, en larga paciencia y alegría constante. Cantando salmos, tocando trompetas, cruzando ríos y luchando batallas. Con la esclavitud dejada atrás para siempre, la libertad conquistada, el desierto hecho amigo, y el horizonte abierto para otearlo con esperanza eterna.

Porque detrás de esas montañas está la Tierra Prometida1.

Esto debería ser la vida del cristiano. Nosotros, por el contrario, construimos campamentos, buscamos seguridades, nos establecemos, exigimos que el Señor sea coherente con lo que a nosotros nos parce lógico. Pero Dios es libre y necesita liberarnos de nuestras ideas, planes, propiedades… ¿Quién está dispuesto a vivir así? Eso es ser consagrado: vivir colgado de Dios. María y los santos vivieron así. Cuesta seguir al Señor, no por lo que nos pide, sino porque nunca podremos alcanzarlo. Siempre nos desconcierta porque él no está hecho para nosotros, sino nosotros para él.

El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.


NOTAS

  1. Carlos G. Vallés, Saber Escoger. El arte del discernimiento, Santander 1986 (Sal Terrae), 183-189.