Paul Evdokimov
Las edades de la vida espiritual. De los padres del desierto a nuestros días, Salamanca 2003 (Sígueme), 78-80.
Salvo raras excepciones, la vida espiritual tiene su nacimiento en un acontecimiento que se llama «conversión». Poco importa su contenido preciso, ella es ocasión sugestiva, choque seguido del paso inequívoco de un estado a otro. Como una luz reveladora de las sombras, ella desvela de un solo golpe la insuficiencia del presente inconsistente y orienta hacia las puertas abiertas de un mundo nuevo. Este comienzo de una promesa absolutamente virginal entraña cambios decisivos y comporta el compromiso gozoso de todo nuestro ser. Incluso los que heredan la fe desde su infancia pasan, más pronto o más tarde, por su descubrimiento consciente, por una apropiación absolutamente personal que siempre es transformadora.
Una lectura, un encuentro, una reflexión hacen brotar una súbita y gran luz. A su claridad se ordena todo como en una genial poesía que otorga a todas las cosas un valor virginal e inestimable. Es la primavera religiosa de una tonalidad alegre, mozartiana; como los brotes llenos de savia, el ser humano se siente dilatado por una sorprendente alegría, por una simpatía espontánea hacia todo y hacia cada uno. Un tiempo inolvidable: como una fiesta, iluminada de mil claridades, hace ver en Dios el rostro sonriente del Padre que sale al encuentro de su hijo.
Este tiempo es de corta duración. El rostro del Padre asume la figura del Hijo y su cruz proyecta su sombra en nuestro interior. Nuestra propia cruz se va perfilando con toda claridad y no hay retorno posible a la fe sencilla e infantil de antes. Las dolorosas contradicciones desgarran el alma en su clarividente visión del mal y del pecado, se trata de la tensión extrema entre los dos estados que se excluyen el uno al otro, la brutal experiencia de las caídas y de las impotencias puede llevar al borde de la desesperación.
Es grande la tentación de protestar a gritos por la injusticia, de decir que Dios nos exige demasiado, que nuestra cruz es más pesada que la de los demás. Una vieja historia cuenta la protesta parecida de un hombre sencillo y sincero. Un ángel le conduce entonces hacia un montón de cruces de diferentes tamaños y le propone escoger una de ellas; el hombre encuentra la más llevadera, pero se da cuenta en seguida de que esa era justamente la suya. El hombre nunca es tentado más allá de sus fuerzas.
Dios está al acecho en este instante decisivo. Espera de nuestra fe un acto valiente, la plena y consciente aceptación de nuestro destino; nos pide asumirlo libremente. Nadie puede hacerlo en nuestro lugar, ni siquiera el mismo Dios. La cruz está hecha de nuestras debilidades y de nuestras defecciones, está construida por nuestros impulsos inflados y, sobre todo, por nuestras profundas tinieblas, donde se remueve la sorda resistencia y se corrompe la inconfesable y cómplice fealdad; en resumen: por toda la complejidad que en este preciso momento es el yo auténtico.
Pero «ama a tu prójimo como a ti mismo» comporta un cierto amor de uno mismo. Es la llamada a amar nuestra cruz. Significa, tal vez, el acto más difícil: aceptarse tal como uno es. Se sabe que precisamente los seres más orgullosos, los más sedientos de amor propio, son aquellos que se encuentran mal con ellos mismos, aquellos que secretamente se odian. Este momento infinitamente grave del encuentro consigo mismo exige un desnudarse, la visión inmediata y total de sí en sus pliegues más secretos.
«Aquel que se ve tal como es es más grande que el que es capaz de resucitar a los muertos» (Isaac el Sirio), dicen los espirituales, subrayando de este modo la importancia de semejante acto. La visión es siempre terrible; es necesario también contemplar a Cristo. Y esta es la experiencia de san Pablo y de todo cristiano: «Cuando quiero hacer el bien, se me impone el mal… ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará…? Jesucristo, nuestro Señor» (Rom 7,15-25).
En el momento de la insoportable soledad, sólo la humildad profunda viene en nuestra ayuda, reconociendo la impotencia radical de la naturaleza humana: ella inclina al hombre a poner todo su ser al pie de la cruz, y entonces bruscamente Cristo eleva esta abrumadora pesantez a nuestro nivel: «Aprended de mí… porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30).
El fiat brota: «Hágase tu voluntad», yo la acepto como la mía propia y ahí descifro lo que Dios ha pensado de mí, ahí reconozco mi destino. El hombre queda descentrado de sí mismo, se convierte en ligero y alegre: «Aquí está la esclava del Señor» (Lc 1,38); «el amigo del Esposo… se alegra mucho al oír la voz del Esposo, por eso mi alegría se ha hecho plena» (Jn 3,29).
De acuerdo con los espirituales, el arte de la humildad no consiste en absoluto en ser así o asá, sino en encontrarse exactamente en la medida querida por Dios. Dostoievski describe este instante fulgurante a través de la boca del peregrino Macario en El adolescente. De una sola mirada abarca todo el universo: su vida, el tiempo y la eternidad; y lo único que puede decir, como un acorde final, es esto: «Todo está en ti, Señor; soy tuyo, recíbeme». Sin poder comprenderlo todo aún, el hombre capta más de lo que por el momento necesita. El destino reencuentra el frescor de una existencia apasionadamente amada. Sólo después de este «segundo nacimiento», de este pentecostés personal, comienza propiamente hablando la vida espiritual.
















