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Dietrich von Hildebrand

El Caballo de Troya en la Ciudad de Dios, Madrid 1969 (Fax), 242-249.

No cabe duda de que, en el pasado, se ha acentuado excesivamente el culto de algunos santos, especialmente en los países latinos, entre las personas sencillas e incultas. En las oraciones de esa gente, algunos santos han desempeñado a veces un papel más importante que nuestro mismo Señor. En sus pensamientos, en sus necesidades, cuando buscaban ayuda del cielo, acudían primordialmente a la intercesión de algún santo popular, como San Antonio o San José.

Ciertamente, es necesario combatir esos abusos. Pero la acentuación exagerada de una cosa buena nunca nos da derecho a negar la cosa buena en cuestión, y su lugar legítimo en la jerarquía de los seres puesta por Dios […].

La acentuación excesiva de la intercesión de los santos y del papel que los santos desempeñan en la vida religiosa, no disminuye lo más mínimo la importancia de las oraciones de intercesión. Y mucho menos aún podrá debilitar el inefable don de Dios que son sus santos, y la enorme y esencial significación que tienen en el Cuerpo Místico de Cristo.

En el ensayo del Cardenal Newman acerca de la Santísima Virgen hallamos una manera ejemplar de tratar esta cuestión. Mientras que combate cierta exageración en las devociones populares a María, Newman pone de manifiesto -lleno de respeto- la veneración sublime y profundamente católica de la Madre de Dios, y el puesto único que ella debe ocupar en nuestra vida religiosa. Newman muestra el mismo espíritu cuando habla de los santos. Por tanto, no nos dejemos engañar por la agitación de algunos católicos contra los santos y contra el papel que ellos desempeñan en la Iglesia. Si reaccionaran simplemente contra abusos, adoptarían una actitud y una conducta parecidas a las de Newman. Pero, lejos de eso, están dando muestras de sus inclinaciones secularistas.

Indudablemente, uno de los síntomas de regresión espiritual o pérdida del sensus supranaturalis entre los católicos progresistas es su actitud hacia los santos. No comprenden ya la inmensa importancia del hecho de que, a pesar de toda su fragilidad humana, ha habido personas que han sido transformadas plenamente en Cristo. El hecho para citar al Cardenal Newman «de la existencia de esos raros servidores de Dios que surgen de vez en cuando en la Iglesia Católica como ángeles disfrazados y que difunden luz en derredor suyo según van caminando su camino hacia el cielo» es una prueba de que Cristo ha redimido realmente al mundo y de que el Espíritu Santo ha descendido sobre los fieles el día de Pentecostés. Un solo santo bastaría para probar la realidad de esos acontecimientos, ya que su santidad no podría explicarse jamás en un plano meramente natural. Cada santo, cuya personalidad manifiesta claramente su transformación en Cristo, que hace patente la cualidad de la verdadera santidad con todo su aroma y esplendor sobrenatural, es -al mismo tiempo- una prueba de que, a pesar de toda nuestra miseria y de todos nuestros pecados, también nosotros podemos alcanzar nuestra plena transformación en Cristo. Los santos, por su mismo ser, no sólo han convertido a innumerables personas, sino que además han suscitado en muchos aquella pregunta que se hiciera San Agustín: «Si éstos y aquéllos han podido, ¿por qué no voy a poder yo?».

Cada santo es una realización del reino de Dios, por cuya llegada oramos en el Padrenuestro. Porque en él ha producido la gracia todos sus frutos. Y en su humanidad se refleja la Santa Humanidad de Cristo. Así que un solo santo glorifica más a Dios que todo el progreso del bienestar terreno de los hombres, y no hablemos del «proceso evolutivo» y de los «acontecimientos cósmicos». Además de esto, cada santo es un inaudito regalo de Dios para nosotros. Se nos concede la gracia de ser testigos de la victoria de Cristo sobre un ser humano, y de saborear la esencia misma de la santidad. Todo hombre que no experimente eso como un don maravilloso, que no se sienta embriagado por el hecho de que en la personalidad de cada santo se nos conceda un destello de la gloria sobrenatural, no ama realmente a Cristo y no es verdadero católico.

Para muchos católicos, que orgullosamente se llaman a sí mismos «progresistas», las actividades puramente humanitarias y las instituciones sociales son más atractivas que la santidad. Más aún, el ideal que ellos han escogido, está muy alejado del llamamiento que cada santo significa para nosotros. Se han hecho ciegos al lumen Christi. Aspirar a la justicia social -por bueno y meritorio que sea- no presupone que morimos a nosotros mismos, que rompemos con el espíritu del mundo, que renunciamos a Satanás y a las galas de este mundo. Pero cada santo, por el hecho esplendoroso de su santidad, conmueve nuestra conciencia, y nos exige también que renunciemos al mundo y a sus vanidades.

Los santos son un molesto desafío para los que no tienen sed de cambiar de rumbo hacia la santidad. Precisamente porque esos católicos progresistas no quieren que se les moleste en sus gustos, precisamente porque no desean salir del ghetto de la «ciudad secular», quieren acabar con los santos. Los santos acercan a nosotros incómodamente lo sobrenatural. Enfrentan a los hombres con el ethos de la santidad y llenan de turbación a los que tratan de interpretar la meta de la vida cristiana según sus propios caprichos.

Todos los que no muestran interés por la existencia de los santos, todos los que tratan, de excluir lo más posible a los santos de la vida de la Iglesia, no hacen más que evidenciar que algo anda mal en sus relaciones con Cristo. No olvidemos que la doctrina de la Iglesia acerca de la justificación insiste en la posibilidad de que los hombres sean transformados plenamente en Cristo, de que lleguen a ser santos. Aquí es donde existe la diferencia más radical entre la Iglesia Católica y la doctrina de Lutero acerca de la sola fides. La posibilidad de llegar a ser santo está vinculada profundamente con la concepción católica del pecado original, con la colaboración con la gracia (colaboración a la que toda persona bautizada está llamada), con la libertad de la voluntad, y con muchos otros elementos fundamentales del depósito de la fe católica. Si un hombre no está interesado por este punto central de la doctrina católica, entonces da muestras de un grave síntoma de pérdida de la genuina fe.

Y no es un ecumenismo mal concebido, un ecumenismo orientado hacia los protestantes, el que constituye la base de esta tendencia a eliminar a los santos o a minimizar su importancia.

Por muy deplorable que sea falsificar la doctrina católica para borrar la diferencia que separa a los católicos del Protestantismo, hay mucho más detrás de esa antipatía actual hacia los santos. Esa antipatía lleva consigo, como acabamos de indicar, la pérdida del sensus supranaturalis y la infección del secularismo. Y, realmente, ese secularismo es un obstáculo mayor para la comunión con los protestantes ortodoxos que la veneración de los santos.

Hay que mencionar, además, otro aspecto de la posición de los santos en la Iglesia: la grandiosa, bellísima y auténticamente católica intercesión de los santos en favor de los creyentes. La fe de que los que están unidos con Dios para siempre en la eternidad, y están en posesión plena de la visión beatífica, son capaces de interceder por nosotros -y, ciertamente, están llamados a interceder- esa fe está enraizada en la profunda comunión que existe entre la Iglesia militante, la Iglesia purgante y la Iglesia triunfante. Una manifestación gloriosa del lazo indestructible de unión en Cristo y de caridad cristiana, la tenemos en el hecho de que podemos dirigirnos a los santos y solicitar su intercesión. El amor inextinguible con que los santos abrazaron a sus hermanos durante su vida en la tierra, no cesa una vez que han alcanzado el status termini. Tal es el poder del lazo que los une con sus hermanos en Cristo.

La objeción de que Dios no necesita esa intercesión, de que podemos dirigirnos directamente a Dios por medio de Cristo, es una objeción tan ilógica como irrelevante. Evidentemente, Dios no necesita la intercesión de los santos para escuchar nuestras súplicas. Pero la pregunta misma de si Dios «necesita» algo, encierra un falso antropomorfismo. Dios, en su omnipotencia, no necesita nada. Lo que a nosotros nos interesa saber es si Dios lo ha querido así o no. Si Dios lo ha querido así, entonces nuestra tarea es apreciar la belleza y gloria infinita de sus dones, de esos dones que Él ha querido darnos. Los caminos que Dios ha escogido para la salvación de la humanidad no son expresión de una necesidad, sino de su infinito amor. Así, para todos los que captan la gloriosa belleza de la comunión de los santos, del Cuerpo Místico de Cristo, del hecho de que los santos -en el cielo- interceden amorosamente por nosotros, la cuestión de si tal intercesión es necesaria o no, queda fuera de lugar. Esa intercesión, ¡qué duda cabe!, no es indispensable ni esencial para nuestra salvación, Y Dios podría haber dispuesto las cosas de otra manera. Pero nosotros debemos alabarle por la intercesión de los santos, que es un don gratuito de su inefable amor.