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Metodología
La «lectio divina» es un modo de leer la Palabra de Dios que me permite acogerla interiormente de una manera tan viva que me lleva a la contemplación. La finalidad, pues, de la lectio es llegar al punto de especial resonancia de la Palabra que enlaza con una silenciosa acogida de ésta en sosiego contemplativo.
Como este tipo de lectura suele hacerse de forma continuada, al comenzar un capítulo o un apartado de la Escritura conviene que lo lea despacio y completamente. Luego, dependiendo del tiempo de que disponga o la importancia del texto, me detendré en los primeros versículos para hacer la lectio sobre ellos. Al día siguiente continuaré con el versículo o versículos que siguen, y así sucesivamente hasta terminar.
El orden a seguir debería asemejarse al siguiente:
Antes de empezar, me pongo en presencia de Dios y le pido que me ilumine por medio del Espíritu Santo para mostrarme internamente la luz de su Palabra. Puedo servirme de la siguiente oración:
Ven, Espíritu Santo,
y haz que resuene en mi alma la Palabra de Dios,
que se encarnó en las entrañas de María virgen
y se nos entrega en la Escritura, inspirada por ti.
Purifícame de todo pensamiento malo o inútil
así como de intereses y apegos contrarios a tu voluntad,
a fin de que busque sólo la Verdad y la Vida.
Concédeme la fe y la humildad necesarias
para que acoja dócilmente a Aquél que,
siendo la Palabra divina y eterna,
se hizo Palabra humana y temporal.
Ilumina mi entendimiento e inflama mi corazón
para que, meditando con devoción la Palabra,
la reciba con amorosa docilidad
y haga posible que habite en mi alma
y fructifique en mi vida para gloria de Dios. Amén.
Luego, selecciono el pasaje concreto sobre el que voy a hacer la lectio.
1. Comienzo leyendo despacio el texto que he escogido, con la actitud y el deseo de que me «empape» interiormente e ilumine mi corazón, recogiendo las resonancias que descubro en mi interior.
2. Realizo una lectura sencilla de los materiales que me ayudan a entender el texto, fijándome especialmente en las conexiones que encuentro con las resonancias que me había ofrecido el texto sagrado.
3. Vuelvo a leer el texto, deteniéndome en aquello que ha resonado en mí, iluminándolo con los aspectos que el material me brinda para iluminar y profundizar en esas resonancias, sin preocuparme de abarcar toda la información que me ofrece dicho material de ayuda.
4. Realizo una repetición orante y gustosa de las palabras de la Escritura que Dios me va iluminando. Aquí, lo importante no es abarcarlo todo, sino continuar el proceso de la «lectio» del texto propuesto, para lo cual debo seleccionar sólo aquellos «bocados» de la Palabra que más me ayudan a acoger de forma amorosa lo que Dios me dice, sin preocuparme por agotar todo el texto bíblico ni los materiales complementarios.
5. Dejo que esas resonancias de la Palabra repetida vayan tomando forma en mi interior y susciten mi entrega generosa al Señor como respuesta amorosa al don que él me da en la Escritura.
6. Me voy sumergiendo en el amoroso diálogo iniciado, que se va simplificando a través del silencio de acogida y amorosa donación mutua, para desembocar en la contemplación de Dios y de lo que él me muestra, me regala y me pide; así me quedo largamente en el silencio de la comunión de amor que ha establecido conmigo a partir de su Palabra.
Introducción
El episodio de Ex 33,7-11, al que vamos a acercarnos en esta ocasión, puede resultar desconcertante porque, según los estudiosos, está colocado fuera de su contexto original: antes de este acontecimiento aparece la intercesión de Moisés ante Dios después del episodio del becerro de oro (Ex 32,30-35 y 33,1-6), y esa intercesión continuará en Ex 33,12-171, después de los versículos que vamos a considerar.
Además, en Ex 33,7-11 se menciona la Tienda del Encuentro, cuya construcción no se narra hasta el capítulo 35. Resulta desconcertante en este episodio que las dimensiones de esta tienda parecen más pequeñas que las de la Morada que deben construir, como si se tratara de una tienda normal como las que usan los demás israelitas en su peregrinar por el desierto. También sorprende que los sacerdotes que sirvan en la Morada serán los descendientes de Aarón y los pertenecientes a la tribu de Leví, pero aquí es Josué, de la tribu de Efraín, es el que permanece en el interior de la Tienda. Tampoco parece que esta tienda esté dedicada al sacrificio de animales, con los elementos necesarios para este tipo de culto, empezando por el altar; más bien es el lugar donde Moisés se dirige a Dios para conocer su voluntad. Se trata de una tarea que conocemos por Ex 18,15-16: «Moisés respondió a su suegro: “El pueblo acude a mí para consultar a Dios; cuando tienen un pleito, vienen a mí y yo decido entre unos y otros, y les enseño los mandatos del Señor y sus instrucciones”». Esta tienda podría ser el lugar donde los israelitas acudían a Moisés para que consultara a Dios. Es lo mismo que hará el pueblo de Dios acudiendo a los profetas para que le comuniquen la voluntad de Dios:
Preguntó Josafat: «¿No hay aquí algún profeta del Señor para consultar al Señor por medio de él?». Uno de los servidores del rey de Israel respondió: «Está Eliseo, hijo de Safat, el que vertía el agua sobre las manos de Elías». Y Josafat afirmó: «Por él llega la palabra del Señor». Jorán, Josafat y el rey de Edón bajaron entonces adonde estaba él (2Re 3,11-12).
Moisés ejerce una función profética, que parece extraña en la Morada que se dedica especialmente a los sacrificios. Otra diferencia entre esta tienda y la Morada que van a construir más tarde es que en esta ocasión la presencia del Señor es puntual, cuando entra Moisés en ella; sin embargo, en el Santo de los Santos la presencia de Dios es permanente, y nadie puede entrar en él, salvo el sumo sacerdote una vez al año. Por último, hay que señalar que Moisés coloca esta tienda fuera del campamento, a cierta distancia. La Morada que construyen los levitas se sitúa en medio del campamento, como afirma Ex 25,8: «Hazme un Santuario y moraré en medio de ellos», rodeada por tres tribus por cada lado2.
Cuando Moisés va a nombrar a jueces para que le ayuden en esa tarea profética de resolver las consultas del pueblo y comunicar y explicar las leyes que proceden de Dios, éstos no pertenecen a una tribu concreta. Moisés Los coloca alrededor de la tienda, que puede ser esta misma que aparece en nuestro texto de Ex 33,7-11: estaba fuera del campamento, un tanto alejado de éste. Este episodio sucede antes de llegar al monte Sinaí.
Moisés salió y comunicó al pueblo las palabras del Señor. Después reunió a los setenta ancianos y los colocó alrededor de la tienda. El Señor bajó en la Nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. En cuanto se posó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar. Pero no volvieron a hacerlo. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque eran de los designados, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento». Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: «Señor mío, Moisés, prohíbeselo». Moisés le respondió: «¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!». Luego Moisés volvió al campamento con los ancianos de Israel (Nm 11,24-30).
Al reunir todos estos datos, tenemos la impresión de que había una tienda portátil, como la de los demás israelitas, donde Moisés se encontraba con Dios y que estaba situada fuera del campamento. Después de la alianza del Sinaí, Dios le pide a Moisés que haga una Morada, que se sitúa en el centro del campamento, en medio del pueblo santo con el que se ha unido en alianza; una Morada más estable, dedicada, no sólo a escuchar los oráculos divinos, sino a realizar los sacrificios necesarios para que el pueblo establezca su unión con Dios.
Al margen de estas disquisiciones es interesante aprovechar lo que la Palabra de Dios nos dice en esta ocasión para tenerlo en cuenta para nuestra vida de fe.
Moisés habla con Dios como con un amigo (Ex 33,7-11)

Texto bíblico
7Moisés levantó la tienda y la plantó fuera, a distancia del campamento, y la llamó «Tienda del Encuentro». El que deseaba visitar al Señor, salía fuera del campamento y se dirigía a la Tienda del Encuentro. 8Cuando Moisés salía en dirección a la tienda, todo el pueblo se levantaba y esperaba a la entrada de sus tiendas, mirando a Moisés hasta que este entraba en la tienda. 9En cuanto Moisés entraba en la tienda, la columna de nube bajaba y se detenía a la entrada de la tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés. 10Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la tienda, se levantaba y se postraba cada uno a la entrada de su tienda. 11El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo. Después Moisés volvía al campamento, mientras Josué, hijo de Nun, su joven ayudante, no se apartaba del interior de la tienda (Ex 33,7-11).
Lectio
[v. 7] Moisés tiene que salir del campamento para el encuentro con Dios.
Eso nos viene muy bien a nosotros, que, en un principio, no podemos pretender encontrarnos con Dios en el mundo; aunque más tarde sí seamos capaces de hacerlo. Hay que separarse de lo profano y de lo mundano para encontrarse con Dios. Lo mismo hará Jesús cuando se aparte de noche a un descampado para hablar con el Padre (Mt 14,23; Mc 1,35). Su encuentro definitivo será fuera de las murallas de Jerusalén, en Getsemaní y en el Calvario. Cuando el pueblo se convierte en pueblo de Dios por medio de la alianza ya se puede establecer la Morada en medio del campamento. Lo mismo sucede con nosotros respecto de la Iglesia: no tenemos que salir de la Iglesia para encontrarnos con Dios, sino que él se hace presente en el corazón de la Iglesia, donde Dios mora, en la humanidad de Cristo. Para encontrarse con Dios hay que salir del mundo, pero no hay que salir de la Iglesia.
[vv. 8-10] Cuando Moisés sale al encuentro con Dios, todo el pueblo, con respeto y atención, se coloca a la entrada de sus tiendas y de pie lo mira hasta que entra en la Tienda del Encuentro. Todos reconocían que, fuera del campamento, el elegido de Yahweh se encontraba con él. Todos expresaban su adoración a Dios y su respeto a Moisés de este modo, aunque luego lo desobedecieran y lo criticaran. El pueblo de Dios necesita ver y valorar el encuentro del elegido con Dios.
[v. 11] Es impresionante y sorprendente la afirmación de que Moisés hablaba con Dios «cara a cara», como «con un amigo». Moisés es amigo de Dios, y Dios se adapta a su amigo para hablarle como se hablan los amigos humanos. Para entender lo que puede significar hablar «cara a cara» con Dios, podemos recordar el pasaje de la Transfiguración, en la que Jesús aparece hablando con Moisés y con Elías (Mc 9,4). ¿Pudo ver Moisés con anticipación el rostro de Cristo glorificado? No sabemos lo que veía Moisés cuando hablaba con Dios «cara a cara», pero no es desencaminado pensar que tendría alguna experiencia del que es el rostro del Padre, que es el Hijo.
Dios caminará con su pueblo (Ex 33,12-17)

Texto bíblico
12Moisés dijo al Señor: «Tú me has dicho: “Guía a este pueblo”; pero no me has comunicado a quién enviarás conmigo. No obstante, tú me has dicho: “Yo te conozco personalmente y te he concedido mi favor”. 13Ahora bien, si realmente he obtenido tu favor, muéstrame tus designios, para que yo te conozca y obtenga tu favor; mira que esta gente es tu pueblo». 14Respondió el Señor: «Iré yo en persona y te daré el descanso». 15Replicó Moisés: «Si no vienes en persona, no nos hagas salir de aquí; 16pues ¿en qué se conocerá que yo y tu pueblo hemos obtenido tu favor, sino en el hecho de que tú vas con nosotros? Así tu pueblo y yo nos distinguiremos de todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra». 17El Señor respondió a Moisés: «También esto que me pides te lo concedo, porque has obtenido mi favor y te conozco personalmente» (Ex 33,12-17).
Lectio
Ésta es la petición de Moisés cuando habla con Dios cara a cara: «No me has comunicado a quién enviarás conmigo… Muéstrame tus designios». Ya vimos el verdadero combate con Dios para que perdonara al pueblo pecador (cf. Ex 32,30-35)3. Moisés necesita saber quién va a ir con él. Yahweh le contestará enseguida, diciéndole que irá él en persona.
La razón por la que Dios acompañará a Moisés, el que debe guiar al pueblo hasta la tierra prometida, es doble: porque lo conoce personalmente y porque le ha concedido su favor. Si Dios va a acompañar al pueblo de Israel es porque ha elegido a Moisés, le ha concedido su favor en un misterio de predilección, por el cual Moisés no es uno más, sino que ante Dios tiene un nombre, un rostro concreto, una importancia y un peso. La respuesta del Señor no se basa en que el pueblo se lo merezca, sino en que Moisés encuentre el descanso que necesita, que es una expresión de la delicadeza que nace de la amistad entre Dios y Moisés. ¿En quién podría descansar Moisés, sino en Dios? Dios es su descanso. Yahweh lo sabe, e irá con Moisés para que no cargue él solo con todo ese pueblo.
Moisés quiere que sea Dios en persona quién les acompañe para ponerse en camino, porque distingue perfectamente entre las ayudas, los dones, los mensajeros de Dios y Dios mismo. Es mucho más valioso tener a Dios que los dones de Dios. Es preferible el camino con Yahweh que llegar a la Tierra Prometida sin su compañía.
También para nosotros debería ser más importante tener a Jesucristo que alcanzar la vida eterna, si se puede hablar así. Ciertamente no es posible la vida eterna sin él; pero a veces, insensatamente, nos planteamos un cielo en el que la relación con Dios no es el centro ni el núcleo. Deseamos la vida eterna porque allí tendremos en plenitud la comunión con él, ciertamente; pero el objetivo de nuestra esperanza no debe ser gozar de los bienes de Dios, sino de Dios del que proceden todos los bienes.
Dios cede en todo lo que le pide Moisés, por esa relación especial que tiene con él.
Moisés quiere ver la gloria de Dios (Ex 33,18-23)
Texto bíblico
18Entonces, Moisés exclamó: «Muéstrame tu gloria». 19Y él le respondió: «Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero». 20Y añadió: «Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida». 21Luego dijo el Señor: «Aquí hay un sitio junto a mí; ponte sobre la roca. 22Cuando pase mi gloria, te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. 23Después, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás» (Ex 33,18-23).
Lectio
[v. 18] Moisés ha conseguido que Dios perdone al pueblo (Ex 32,30-35) y vaya con él (Ex 33,12-17). La intercesión de Moisés ha dado resultado, pero no se conforma con eso, sino que da el paso definitivo. No le basta que su intercesión sea eficaz, ser un instrumento en las manos de Dios: Moisés es el que habla con Dios como un amigo, al que Dios conoce personalmente y el ha obtenido su favor. Pero lo que ahora quiere es la intimidad con Dios: Moisés le pide algo más que el hablar con él cara a cara: «Muéstrame tu gloria». Si Dios le dice, al que habla con él como un amigo, cara a cara, que no le puede mostrar su gloria, es porque es algo distinto a lo que ya tenía en la Tienda del Encuentro (Ex 33,7-11). Los exegetas eliminan esta diferencia entre «hablar cara a cara» y «mostrar la gloria» suponiendo que estamos ante tradiciones distintas de un mismo hecho: la yahwista, más ingenua, en la que Moisés puede hablar con Dios cara a cara; y la elohísta que tiene una visión más trascendente de Dios, en la que resulta imposible ver la gloria de Dios. Más allá de las distintas fuentes con sus diferencias, hay que tener en cuenta que la Biblia es un escrito revelado por Dios que tiene sentido en su conjunto como Palabra de Dios, y esta diferencia debe tener sentido en el relato continuado del libro del Éxodo. Moisés le está pidiendo a Dios ir más allá de hablar con él cara a cara y quiere ver su esencia. Él es consciente que la zarza que ardía sin consumirse (Ex 3,2), que la nube que acompaña al pueblo (Ex 14,19-20), que el rostro que contempla en la Tienda del Encuentro (Ex 33,11) son realidades que manifiestan a Dios sólo en apariencia, no son Dios. Y él quiere ver realmente al Dios que es su amigo, ansía penetrar en el corazón de Dios y le pide: «Muéstrame tu gloria». Queda claro con esta petición que lo que él busca es un don que no puede alcanzar, que sólo puede suplicarlo. Lo pide porque no lo tiene, porque es algo más que hablar con él cara a cara, viendo su rostro. También Dios sabe que le está pidiendo otra cosa. Quiere ver a Dios sin velos, directamente, sin signos. Esto muestra el deseo insaciable de Dios que tiene Moisés, que no se puede saciar en esta vida.
Es significativo que a nosotros nos valga lo que sabemos de Dios y no sintamos esa ansia infinita de Dios. Es señal de que nos conformamos con menos que con Dios. Nuestro anhelo debería estar a la altura de lo que Dios es, y Dios es infinito. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de Dios. Nosotros buscamos simplemente un refugio, un lugar donde reclinar la cabeza. Jesús no lo tuvo (cf. Mt 8,20). Él tenía un ansia infinita del Padre. Nosotros no tenemos esa ansia y nos conformamos con obtener un poco de ayuda para esta vida. ¿Qué buscamos nosotros? ¿Con qué nos conformamos? ¿Me doy cuenta de que estoy llamado a la unión con Dios -a la vida mística- o me conformo con ir tirando? Hemos de saber que esta oferta de vida mística es para todos los cristianos. Para cada uno según sus características y circunstancias, pero lo que se nos ofrece a cada uno no es menos que la unión con Dios.
Santa Teresa del Niño Jesús hablará de la importancia de tener grandes deseos:
Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme… Pero no es así… Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre.
Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas… Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla…
Siento en mí la vocación de sacerdote. ¡Con qué amor, Jesús, te llevaría en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo…! ¡Con qué amor te entregaría a las almas…! Pero, ¡ay!, aun deseando ser sacerdote, admiro y envidio la humildad de san Francisco de Asís y siento en mí la vocación de imitarle renunciado a la sublime dignidad del sacerdocio.
¡Oh, Jesús, amor mío, mi vida…!, ¿cómo hermanar estos contrastes? ¿Cómo convertir en realidad los deseos de mi pobrecita alma?
Sí, a pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los profetas y como los doctores.
Tengo vocación de apóstol… Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas… Quisiera se misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos…
Pero, sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre…
¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo… Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio… Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos…
Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada… Quisiera morir desollada, como san Bartolomé… Quisiera ser sumergida, como san Juan, en aceite hirviendo… Quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires… Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar mi cuello a la espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús… Al pensar en los tormentos que serán el lote de los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí… Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas quisiera realizarlas yo por ti…
Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras…? ¿Existe acaso un alma pequeña y más impotente que la mía…? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más grandes que el universo… (Manuscrito B, 2vº-3rº).
Y debemos caer en la cuenta de que Dios no regaña a nadie por aspirar a demasiado. Yahweh le muestra a Moisés que no es posible en esta vida alcanzar lo que pide, pero en ningún momento le regaña. Se trata de la necesidad que surge del amor y que aparece en todos los santos.
Los místicos son conscientes de que no es posible ver lo que anhelan sin dejar este mundo, pero se lo piden. Lo expresa poéticamente santa Teresa de Jesús:
Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego4.
· · ·
Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero […]
¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero (Poesía 1).
San Juan de la Cruz también comunica en sus poesías la misma experiencia:
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro! (Poesía 8)5 .
Y Dios fomenta este anhelo de algo que es inalcanzable porque no quiere que nos saciemos de las cosas de este mundo; ni siquiera con lo que vemos de él en este mundo. Quiere que anhelemos lo que no tiene fin, el conocimiento de su esencia. Por eso san Cirilo de Alejandría nos ayuda a entender que Dios fomenta el deseo insaciable de Moisés en esta vida, porque lo quiere saciar en la otra:
Ambicionas una gran cosa Moisés, dice el Señor; acepto tu deseo insaciable, y «cumpliré esta palabra contigo»; pero conforme a tu capacidad6.
Por otro lado, Moisés hace esta petición en el contexto del episodio del becerro de oro, cuando el pueblo de Israel se fabrica a un ídolo que puede ver, tocar y manipular; por el contrario, Moisés quiere ver al Dios verdadero para adorarlo y amarlo. Moisés es consciente de que el pueblo necesita ver, pero algo muy distinto a lo que pretenden con el ídolo: a Dios tal cual es. También los pueblos paganos hacían imágenes con las que pretendían ver a sus dioses. Pero Moisés no quiere ofender la grandeza de Dios, sino adaptarse a ella.
Nosotros debemos preguntarnos si, por miedo a sentirnos defraudados, al compromiso que supone o a ir más allá de lo que concebimos, terminamos renunciando a «ver» lo que podríamos ver ya en esta vida y a vislumbrar lo que estamos llamados a ver en el cielo. ¿Te conformas con ver para creer o aceptas la invitación a ver para alabar? ¿Necesitas evidencias para creer? o ¿crees ya y necesitas ver más para amar y adorar?
En este momento, Moisés ya no es el intercesor que emplea Dios para comunicarse con el pueblo y que le pide a Dios la salvación de los israelitas. Ya no se trata de la misión, porque «ver» -el trato con Dios- es un fin en sí mismo. Ciertamente la misión de Moisés es extraordinaria, pero detrás de cada misión hay una vocación y un ser. Antes que intercesor, Moisés es el amigo de Dios. Y él quiere profundizar en esa amistad, viendo su gloria.
Conocer a Dios es un fin en sí mismo y, por desgracia, son muy pocos los que quieren conocer a Dios con todas las consecuencias. Es algo que olvidamos en la misma Iglesia, en la que nos andamos preguntando para qué «sirven» las personas, las vocaciones o las actividades, y acabamos ignorando que nuestra vocación profunda es alabar a Dios, recibir su gloria, ser glorificados por él y así glorificarle a él. Nuestro objetivo no es provocar la fe o transformar el mundo; lo que sucede es que no se puede separar la glorificación de Dios, el testimonio y la transformación. Cuando se ilumine el rostro de Moisés al contemplar la gloria de Dios será un testimonio y una referencia para el pueblo. No es posible acercarse a Dios y luego no brillar, pero el objetivo no es llegar a Dios para poder ayudar, sino por él mismo. Se es sacerdote para dar gloria al Padre en Cristo, no en primer lugar para salvar almas.
Lejos de regañar a Moisés por tener la osadía de pedirle que le muestre su gloria, Dios le está moviendo interiormente a ello porque no utiliza a Moisés como un mero instrumento, sino que quiere la amistad con él.
El dinamismo de la fe lleva a querer ver el rostro de Dios. Es un don que Dios quiere dar plenamente en la vida eterna, pero que podemos desear legítimamente ya en ésta y podemos acercarnos a ella. Ésa es la vida de los místicos: alcanzar la visión de Dios ya en esta tierra, aunque saben que sólo lo alcanzarán cuando, con la muerte, se rompa la tela de ese dulce encuentro.
Ver la gloria, como pide Moisés, es la intimidad con Dios que no se puede conseguir en esta tierra, ya que «mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida» (v. 20). Es tal la distancia entre la santidad de Dios y la indignidad de los hombres, que, cuando uno se encuentra con Dios, queda aplastado en lo humano por su santidad. Ya lo comprobamos en el episodio de la teofanía del Sinaí: «Y dijo el Señor a Moisés: “Baja, intima al pueblo para que no traspase los límites para ver al Señor, pues perecerían muchos”» (Ex 19,21). Lo vemos a lo largo de la Escritura, pero nos conformamos con unos ejemplos del Pentateuco.

Ni siquiera el sumo sacerdote puede acercarse cualquier día a la presencia de Dios en el santo de los santos:
El Señor mandó a Moisés: «Di a tu hermano Aarón que no entre en cualquier fecha en el Santuario, detrás del velo, ante el propiciatorio que cubre el Arca. Así no morirá. Porque yo me muestro en una nube sobre el propiciatorio» (Lv 16,2).
A los levitas, cuando montan y desmontan la Morada, no se les permite siquiera ver las cosas santas:
Haced lo siguiente, para que vivan y no mueran al acercarse a las cosas santísimas: Aarón y sus hijos entrarán y asignarán a cada uno su servicio y la carga que ha de llevar. Pero no entrarán, ni por un instante, a ver las cosas santas, pues morirían (Nm 4,19-20).
Es tal la fuerza de la presencia de Yahweh, lo que brilla su poder, que hay que cubrirse el rostro ante él. Es lo que le pasa a Moisés en el encuentro con Dios en la zarza ardiente:
Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado». Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios. (Ex 3,5-6).
También Elías tiene la misma reacción, cuando en el mismo monte Sinaí encuentra la presencia del Señor en la brisa suave:
Allí se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor preguntando: «¿Qué haces aquí, Elías?». Y él respondió: «Ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela». Le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva (1Re 19,9-13).
Pero en esta ocasión Moisés no quiere ya cubrirse el rostro, quiere ver su gloria, aunque no sabe lo que pide, como podemos comprobar en la visión de Isaías que supuso para el profeta el momento de su vocación:
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!» (Is 6,1-3).
Hasta los serafines se cubren el rostro con dos de sus alas en la presencia de Dios: los que están delate de Dios no pueden soportar la contemplación de su gloria. ¡Y es lo que pide Moisés!, aunque el que ve a Dios tiene que morir.
Ciertamente el que ve a Dios muere. Tiene que morir antes de ver a Dios. Lo vemos en Moisés, que llega a ser amigo de Dios muriendo a sí mismo por medio de los ayunos, la soledad, los sufrimientos. Poco a poco muere a sí mismo porque ya no es el que era. Y después de ver a Dios ya no se puede seguir viviendo, como les sucede a los místicos: en la misma medida que experimentaban la unión con Dios en éxtasis y visiones, les resultaba imposible seguir viviendo. ¿Cómo va a hablar luego con los hombres el que ha hablado con Dios? Lo único que puede decir es «muero porque no muero». Cuando uno ha paladeado la dulzura del Señor y entra en la intimidad con él ya no puede volver atrás.
Lo mismo le sucede al mismo apóstol san Pablo, al que, una vez que ha conocido a Cristo, todo le parece basura:
Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte (Flp 3,8-10).
El amigo de Dios va muriendo en la misma proporción en la que se va acercando a Dios. Naturalmente sólo se puede contemplar definitivamente a Dios cuando, con la muerte, se rompe el tenue velo que separa al hombre de Dios. Y esto es lo que Dios quiere para todos y cada uno de los cristianos.
Podríamos preguntarnos ante esta intimidad de Moisés con Dios si éste es más importante que Juan Bautista, que no tiene esta experiencia del que habla con Dios cara a cara, pero del que ha dicho Jesús: «En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él» (Mt 11,11). Y nosotros formamos parte del reino de Dios. Lo que para Moisés es una prerrogativa extraordinaria e increíble es lo cotidiano para nosotros. Estamos llamados a entrar en el conocimiento profundo de Dios, un conocimiento místico que tiene que desembocar en un conocimiento sustancial. Es lo que se puede intuir a partir de lo que rezamos en la segunda plegaría eucarística de la misa: «Nos haces dignos de servirte en tu presencia». Lo que es imposible para los hombres de las demás religiones que buscan a Dios se nos da a los cristianos: dignos de estar y servirle en su presencia.
La gloria de Dios, que quiere contemplar Moisés, no es otra sino Jesús, que se manifiesta de forma más plena en la Transfiguración, donde Moisés y Elías vuelven a contemplar a Dios. Realmente el único que ha contemplado plenamente a Dios es el Hijo: «A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). El Verbo es el que conoce el rostro del Padre desde la eternidad, sólo Cristo puede penetrar en el santuario del cielo con su propio cuerpo cuando sea glorificado, con el cuerpo recibido de la Virgen María y con su cuerpo místico que es la Iglesia entera. Sólo el Verbo encarnado puede dar a conocer al Padre en profundidad, porque sólo él tiene acceso a ese conocimiento profundo al que ni siquiera Moisés pudo llegar. Lo proclama el mismo Jesús con toda solemnidad: «Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,22).
A propósito de ese deseo de llegar a conocer la gloria de Dios, podemos describir los diversos grados del acercamiento de Dios que aparecen en la Escritura.
- –Siervo: el que comparte la tarea del Hijo en el seguimiento, como dice Lc 17,10: «Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”». Se trata de ser instrumento de la gloria de Dios. También Moisés empieza por este grado de relación con Dios.
- –Amigo: No sólo comparte el servicio, sino el conocimiento del Hijo: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).
- –Hijos y hermanos: se comparte la vida nueva del Hijo de Dios: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20,17); «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1Jn 3,1).
- -Pero se puede llegar a más, a compartir el ser de Dios: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,2).
Moisés lo pide todo, quiere llegar hasta el final. Dios no se lo puede dar porque no tiene capacidad para recibirlo, y menos aún en esta vida mortal.
Nosotros, por la misericordia de Dios, somos siervos, instrumentos elegidos para su servicio; por esa misma misericordia, podemos ser amigos, porque la amistad no se impone; también la misericordia nos hace hijos y hermanos y podemos vivir como tales; pero debemos llegar hasta el final y anhelar verle tal cual es y así llegar a ser semejantes a él. Desgraciadamente a nadie le importa llegar hasta ahí, conocerle, saber cómo es; nadie cree que sea posible la vida mística. La consideramos un privilegio para superdotados; como si no fuera el don que Dios quiere dar a los suyos. Somos nosotros los que renunciamos a la vida mística, a veces inconscientemente y con el pretexto de la falsa humildad del que piensa que no es digno de lo que Dios quiere regalarle.
[vv. 19-23] ¿Cómo responde Dios a esta petición de Moisés? Dios quiere que Moisés llegue a ver su gloria, pero no es posible, y le da lo que puede darle. Y lo da a quien quiere. La grandeza de Moisés no es tanto que él sea elegido, sino que elige permanecer como elegido. El problema es que el peso de Dios es tan grande que la mayoría de los elegidos eluden serlo.
¿Esto no es sólo para algunos selectos, o sólo para los buenos? Cuando Dios dice «yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero» (v. 19), como cuando le dijo «has obtenido mi favor y te conozco personalmente» (v. 17), ¿es ilegítimo que nosotros nos lo apliquemos? ¿Es sólo una prerrogativa para el que es menos que el que a su vez es menos que el menor en el reino de Dios? (cf. Mt 11,11). Nosotros estamos llamados a eso por la misericordia de Dios: «Pues a Moisés le dice: Me compadeceré de quien me compadezca y me apiadaré de quien me apiade. En consecuencia, no está en el que quiere ni en el que corre, sino en Dios que se compadece» (Rm 9,15-16). ¿Y si lo que sucede es que Dios nos ha concedido un regalo que no queremos recibir? ¿Y si el problema no es que tenemos que hacernos dignos de ese don, sino que no somos capaces de recibirlo y no queremos hacerlo? Quizá ni siquiera somos conscientes de que el Señor nos lo está ofreciendo. ¿Y si el problema es que nos autoexcluimos de esa relación con Dios? Tal vez no queremos la vida mística porque nos resulta molesta y nos obliga a morir a nosotros mismos. Es un don para todo cristiano: no las visiones, levitaciones y revelaciones, sino el crecimiento en la fe hasta poder contemplar el rostro de Dios en tanto en cuanto es posible en este mundo, como Moisés, y en la medida en que Dios lo quiere para cada uno de nosotros. El problema es que a nadie le interesa lo que Dios le está ofreciendo. Algunos por desconocimiento; otros por falsa humildad, y otros porque huyen del compromiso que conlleva. Incluso, para justificarnos, intentamos convencernos y convencer a los demás de que no puede haber elegidos o que todos son elegidos y, de ese modo, no responder a la llamada personal del Señor. Es lo que sucede cuando «democratizamos» la santidad, que consiste en sustituir la santidad heroica, mística y profunda -a la que todos estamos llamados- por una santidad fácilmente alcanzable por todos porque se rebaja la respuesta que hay que dar a la gracia de Dios. En el fondo se está renunciando a la excelencia de la intimidad con Dios: como no creemos que sea posible una intimidad profunda y plena con Dios, rebajamos el nivel de relación con Dios necesario para la santidad. Somos muchos los que nos admiramos fuera de la tienda viendo como otros, como Moisés, entran en la tienda y hablan cara a cara con Dios presente en la nube; y son pocos los que realmente quieren implicar su vida en esa relación plena con Dios. Esto es muy importante porque al haber rebajado tanto el nivel de la vida sacerdotal, religiosa, matrimonial, seglar…, y haber creado un ambiente de mediocridad, la aspiración máxima que nos planteamos es tener un trato cercano con Dios, y ni nos atrevemos a soñar con la intimidad de hablar con él cara a cara, ni nos planteamos que podamos pedirle que nos muestre su gloria para conocerlo plenamente.
La respuesta de Dios a toda esta ansia de Moisés es hacer pasar ante él «toda la bondad», porque la gloria se identifica con la bondad. La esencia de Dios es el amor (1Jn 4,8), y el mismo nombre que pronuncia ante Moisés lo revela:
El Señor pasó ante él proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación» (Ex 34,6-7).
El nombre que Yahweh se da a sí mismo, cuando Moisés le pide que le muestre su gloria, es ya muy revelador: porque manifiesta que su gloria es su bondad, su compasión y su misericordia.
Algunos Padres de la Iglesia piensan que este nombre tiene un contenido misterioso que manifiesta la Trinidad de Dios. Dios pronuncia por dos veces «Señor, Señor», como si además de él hubiera otras dos personas a las que se puede llamar también «Señor».
Dios no puede darle a Moisés lo que pide, no puede ver su rostro sin morir, pero le va a dar una respuesta: Dios va a inventar un modo de satisfacer la petición de Moisés. Es el mismo Dios el que suscita el deseo de ver la gloria, el que le comunica que se lo quiere dar, y el que ofrece un modo de dar todo lo que puede. Y para ello le manda ponerse en un sitio que hay cerca de él, poniéndose sobre la roca. Los Santos Padres dicen: «El lugar es la Iglesia»7. Ya san Pablo nos había dicho que «la roca era Cristo». Ponerse sobre la roca, es cimentarse sobre Cristo, como el que construye su casa sobre roca (Mt 7,24), es «permanecer» como dice el Señor en el cuarto evangelio (Jn 8,31;15,4-10). La oquedad de la roca en la que debe meterse Moisés, al paso del Señor, según Orígenes, es la que nos sirve para conocer a Dios, comentando el texto del Éxodo:
Yo te pondré en una hendidura de la peña y verás mi espalda. Por consiguiente, esta peña que es Cristo no está cerrada por todas partes, sino que tiene una hendidura. Pues bien, hendidura de la peña es la que revela y hace a los hombres conocer a Dios. En efecto, «nadie conoce al Padre, sino el Hijo»8.
Pero se puede ir más allá y reconocer en esa hendidura de la peña, que es Cristo, el costado abierto por la lanza de la que mana agua y sangre (Jn 19,34). Es en esa hendidura en la que nos quiere introducir Dios como a Moisés.
Además, una vez en esa hendidura, Dios cubrirá a Moisés con su mano. San Ireneo decía que Dios tiene dos manos: el Hijo y el Espíritu9. Esa mano con la que Dios cubre a Moisés, que está en la hendidura de la roca que es Cristo, es el Espíritu. Lo mismo que el Espíritu viene sobre María y la cubre con su sombra (cf. Lc 1,35), esa misma mano del Espíritu cubre a Moisés para protegerlo de la consecuencia mortal de ver su gloria.
Para que Moisés pueda ver algo de Dios él realiza todo este invento: el lugar, la roca, la hendidura y la mano, que representan la Iglesia, a Cristo, su costado abierto y la mano del Espíritu. Después de todas esas prevenciones, Moisés podrá ver su espalda. De este modo la Escritura nos dirige a la Encarnación: como no podemos ver directamente la gloria de Dios, para que podamos conocerle el Padre hace un cuerpo, el de Cristo, en ese cuerpo va a construir un sitio donde nos podamos meter, su costado, y si nos cimentamos en esa roca, que es Cristo, y permanecemos en ese lugar, que es su Iglesia, podremos empezar a ver a Dios, su espalda, hasta que algún día podamos llegar a ver su rostro completo.
San Gregorio Nacianceno, respecto de su vida mística dice:
¿Cómo he experimentado esto, oh amigos, iniciados en los misterios y prendados conmigo de la verdad? Yo corrí como el que deseaba alcanzar a Dios y así subí a la montaña y penetré en la nube, metiéndome en su interior, lejos de la materia y de las cosas materiales, y concentrándome en mí mismo cuanto me era posible. Y cuando miré, apenas pude ver las espaldas de Dios, y eso a pesar de que yo estaba todavía protegido por la roca, es decir, por el Logos hecho carne por nosotros.
Inclinándome un poco vi no la naturaleza primera y sin mezcla, tal como ella se conoce a sí misma -me refiero evidentemente a la Trinidad-, y todo lo que queda detrás del primer velo y se encuentra cubierto por los querubines, sino lo que está al final y llega hasta nosotros. Tal es, por cuanto yo conozco, la grandeza de Dios en las criaturas y en las cosas producidas y gobernadas por el o, como dice el mismo David, su magnificencia; pues espalda de Dios es todo lo que se puede conocer de él tras su paso, como las sombras del sol sobre las aguas y las imágenes que representan al sol para los ojos enfermos, puesto que a él mismo no es posible mirarlo, dado que la pureza de su luz sobrepuja nuestros sentidos10.
Cuando Dios pasa, todo habla de Dios, todo queda iluminado en su presencia. En principio no tenemos acceso a esa espalda. Pero los Santos Padres llaman la atención señalando que la espalda de la gloria de Dios es el Verbo encarnado, su humanidad, la que los cristianos podemos contemplar gracias a la Encarnación: no podemos ver su rostro, que es la divinidad, pero estamos llamados a contemplar su rostro, la divinidad del Verbo, que es la gloria de Dios. En esta vida podemos ir asomándonos a la divinidad por medio de la humanidad del Verbo, sin prescindir de ella. Llegará el día en que podamos contemplarlo todo, la espalda y el rostro, la humanidad y la divinidad.
Pero siempre surge para nosotros la misma pregunta: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8). ¿A alguien le interesa conocer a Dios de verdad? Nos conformamos con contemplar la hermosura de las criaturas, e incluso las desconectamos de la causa de su hermosura, que es Dios. Cuántos cristianos, que estamos llamados a la vida mística, huimos de ella por el compromiso que supone, porque intuimos que hay que morir para ver a Dios. Nos sucede lo mismo que a los judíos, que intuyeron desde el principio que Yahweh es un Dios magnífico pero que lo pide todo, y es necesario morir para verlo; prefirieron un Dios controlable, un becerro que expresara el poder del que deseaban disfrutar, pero que no les exigiera nada, para que no fuera necesario morir. Nadie quiere encontrarse con Dios, y ése es el gran drama y el gran peligo: que hablamos de esto, pero no lo vivimos. Y, lo que es peor, no lo queremos vivir. Preferimos no creer en estas cosas, porque si las creyéramos, pondría en duda todo lo que hacemos. Nos preocupamos más por nuestros problemas y los problemas de nuestro mundo que de conocer a Dios, cuando la unión con Dios nos permitiría dar la respuesta adecuada y eficaz a todos los problemas.
Tenemos que enfrentarnos a la responsabilidad y al peligro que supone conocer las verdades de nuestra fe a partir de la Escritura y no plantearnos en serio la respuesta que debemos dar. Ciertamente hay todo tipo de dificultades interiores y exteriores, personales y sociales; pero Dios cuenta con todo eso y no nos llama a un imposible. El problema es que somos nosotros los que decidimos quedarnos anclados en esas dificultades porque con ellas vamos tirando pero vivimos, y no tenemos que morir para aceptar el anhelo de unión con Dios que él suscita en nosotros. Muy pocos están dispuestos a morir. Sólo los santos. ¿Alguien cree realmente en la vida mística? ¿Alguien quiere conocer a Dios como él quiere ser conocido? ¿Alguien aspira a ir al cielo sin pasar por el Purgatorio? ¿Alguien aspira a alcanzar en esta vida la plenitud que le es posible? Es triste y vergonzoso que sea Dios el que nos quiera dar la plenitud en este mundo y seamos nosotros los que nos conformemos con mucho menos.
Ésa fue la tristeza de Dios hasta que se encontró con María: ella es una criatura que sólo vive para este encuentro y que desde el principio muere a sí misma y sólo ansía encontrarse cara a cara con el Padre. Tenemos la seguridad de que esa criatura está plenamente, en cuerpo y alma, viendo la gloria de Dios.
El salto a la contemplación es absolutamente gratuito por parte de Dios, pero debe prepararse por mi parte con el deseo ardiente de esa contemplación y una disposición de plena docilidad ante la presencia y la acción de Dios, que puede llevarme por cualquier camino. Para ello debo convertirme en una caja de resonancia en la que resuene interiormente lo que Dios me ha mostrado en su Palabra, recogiendo esa resonancia en el silencio y el recogimiento prolongados hasta que queden llenos del suave eco de la misma, en el cual me abandono y cuyo fruto procuraré apasionadamente que no se pierda en mi vida concreta ordinaria.
NOTAS
- Puede verse el comentario a estos textos en el tema anterior: «El becerro de oro», especialmente el apartado Intercesión de Moisés.
- Puede verse la explicación de estos detalles, con ilustraciones, en el tema de nuestra web titulado «La Morada».
- Véase también lo dicho en el tema «El becerro de oro», en el apartado titulado Intercesión de Moisés (Ex 32,30-35 y 33,12-17).
- Copla atribuida a santa Teresa. En realidad, la escuchó en el convento de Salamanca a una novicia, Isabel de Jesús, e inmediatamente entró en éxtasis.
- Así lo explica en Llama de amor viva, 1,28: «Y esta alma eso quiere, que no se espere a que se acabe la vida naturalmente, ni acuerdo de que se corte; porque la fuerza del amor y la disposición que en sí ve, la hace querer y pedir que se rompa con algún encuentro e ímpetu sobrenatural de amor. Porque sabe allí muy bien el alma que es condición de Dios llevar a las tales almas antes de tiempo, por darles los bienes y sacarlas de males, consumándolas él en breve tiempo por medio de aquel amor lo que en mucho tiempo pudieran ir ganando, como dice el Sabio (Sab. 4, 10-14)».
- San Cirilo de Alejandría, Catequesis, 10,7.
- Platerio, Explanación del Éxodo, 58 (PL 79,751).
- Orígenes, Comentario al Cantar de los Cantares, 4,15.
- Cf. San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 2,30,9 y 4,20,1, citado en Catecismo de la Iglesia Católica, 292.
- San Gregorio Nacianceno, Discurso Teológico, 28,3.
















