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Introducción

Vamos a adentrarnos en estos números del Catecismo no sólo para profundizar en el conocimiento de Dios, que es todopoderoso y creador, sino también para descubrir el lugar que ocupamos nosotros en el acto creador por el que el Dios Trinidad de personas sale de sí mismo para manifestar su amor y para poder derramar su amor fuera de sí mismo, de una forma totalmente libre y, por lo tanto, plenamente gratuita.

El conocimiento del acto creador de Dios nos ayudará a liberarnos de la visión recortada que nos da el cientifismo materialista en el que nos movemos que, eliminando a Dios del origen de la creación, priva al mundo de su sentido y de toda esperanza.

La contemplación del amor de Dios en la creación nos tiene que llevar a un amor agradecido que se expresa en alabanza, entrega y colaboración con la acción creadora de Dios.

Éste es el lugar de nuestro tema en el conjunto del Catecismo:

Primera sección: Creo-Creemos

Segunda sección: La profesión de la fe cristiana

 (Los símbolos de la fe)

 Cap. 1: Creo en Dios Padre

    Artículo 1: «Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra»

       Párrafo 1: Creo en Dios

       Párrafo 2: El Padre

         V. Dios realiza su designio: la divina providencia

       Párrafo 5: El cielo y la tierra

       Párrafo 6: El hombre

       Párrafo 7: La caída

  Cap. 2: Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios

  Cap. 3: Creo en el Espíritu Santo

El Todopoderoso

[268] De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de Dios es nombrada en el Símbolo: confesarla tiene un gran alcance para nuestra vida. Creemos que esa omnipotencia es universal, porque Dios, que ha creado todo (cf. Gn 1,1; Jn 1,3), rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre (cf. Mt 6,9); es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando «se manifiesta en la debilidad» (2Co 12,9; cf. 1Co 1,18).

Muchos son los atributos que se pueden aplicar a Dios: omnisciente, justo, bondadoso, santo… En el Símbolo de la fe sólo se hace mención de que Dios es «todopoderoso», posiblemente por su relación directa con lo que sigue en el Credo: es todopoderoso el creador de todas las cosas.

La omnipotencia de Dios no es simplemente un atributo abstracto que le podemos aplicar a Dios en función de la esencia divina y que no nos afecta a nosotros en nada.

La doctrina de las propiedades divinas no puede desarrollarse a partir de una naturaleza esencial subyacente bajo las Personas divinas. Cuando se habla de propiedades divinas, el lenguaje debe anclarse directamente en el Dios que se ha revelado a través de sus obras como Padre1.

Conocemos que Dios es todopoderoso por medio de la Revelación realizada en la historia. De manera que «todopoderoso» no es simplemente un calificativo de Dios, una cualidad divina, sino un verdadero título, un nombre de Dios: cuando en la Biblia griega aparece la palabra todopoderoso (pantokrator) está traduciendo un nombre específico hebreo dado a Dios: El-Shaddai o Yahweh Sebaoth. No se trata de deducir simplemente que todo lo puede porque es Dios, sino de descubrir que él es el que lo gobierna y lo sostiene todo con su poder, como puede verse por sus acciones en la historia de la salvación2. Es lo que va a desarrollar el n. 269 del Catecismo.

Es una confesión de que el Padre es Señor del universo. Se habla, por tanto, de la acción por la que Dios erige y mantiene su reino. Pero de la acción de Dios se puede deducir el estado de su ser que significamos con la palabra omnipotencia […]. La denominación omnipotens es inmediatamente una designación funcional. Pero refleja el ser de Dios y sirve para distinguir el verdadero Dios de los falsos dioses, ídolos débiles e impotentes, que adoran los paganos3.

Que Dios sea todopoderoso es la fuente de nuestra esperanza, ya que eso significa que no hay nada en nuestra vida ni en la historia que quede al margen de su poder. Podemos fiarnos de él, obedecerle, porque no hay otro dios que esté en competencia con él y pueda vencerle, porque no hay ningún ámbito de nuestra vida que dependa de poderes superiores o independientes de Dios. No hay un dios malo en competencia con el dios bueno, como afirman los maniqueos, lo que nos colocaría en una batalla con un final incierto para nosotros. No hay que temer ofender a uno de los dioses paganos que tiene su esfera de acción específica y limitada interfiriendo en el ámbito de su poder, ni intentar agradar al dios que tiene influencia en el aspecto de la vida que nos interesa, como pasa en las religiones politeístas. Conocer al Dios Todopoderoso nos hace saber que no estamos sometidos a la tiranía del azar y la necesidad en un universo sin Dios, como piensan muchos hombres de nuestro tiempo. El Dios todopoderoso hace ridícula toda superstición y todo orgullo ante Dios, y fundamenta la confianza en cualquier situación de nuestra vida. Cuando miramos los poderes de este mundo no tememos, porque sabemos que por encima de todos ellos está el poder de Dios.

Las tres características de la omnipotencia divina son las que irán desarrollando los siguientes números del Catecismo: universal (n. 269), amorosa (n. 270-271) y misteriosa (272-273). Al final volveremos a contemplar cómo la omnipotencia de Dios fundamenta nuestra vida cristiana (n. 274).

«Todo cuanto le place, lo realiza» (Sal 115,3)

[269] Las sagradas Escrituras confiesan con frecuencia el poder universal de Dios. Es llamado «el Poderoso de Jacob» (Gn 49,24; Is 1,24, etc.), «el Señor de los ejércitos», «el Fuerte, el Valeroso» (Sal 24,8-10). Si Dios es Todopoderoso «en el cielo y en la tierra» (Sal 135,6), es porque Él los ha hecho. Por tanto, nada le es imposible (cf. Jr 32,17; Lc 1,37) y dispone de su obra según su voluntad (cf. Jr 27,5); es el Señor del universo, cuyo orden ha establecido, que le permanece enteramente sometido y disponible; es el Señor de la historia: gobierna los corazones y los acontecimientos según su voluntad (cf. Est 4,17c; Pr 21,1; Tb 13,2): «El actuar con inmenso poder siempre está en tu mano. ¿Quién podrá resistir la fuerza de tu brazo?» (Sb 11,21).

El n. anterior ya anunciaba que nuestra fe en el poder universal de Dios se basa en que él lo ha creado todo. No hay nada fuera de Dios que no haya sido creado por él, que no dependa de su poder creador. Es su poder en acto que lo crea todo lo que nos permite reconocer que es todopoderoso. Por eso, el Catecismo nos recuerda la gran afirmación bíblica de la creación del mundo para fundamentar la omnipotencia de Dios que contiene la regla de la fe: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1,1). A lo que podemos añadir, anticipando el amor que caracteriza a la omnipotencia de Dios: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1,31). Eso mismo podemos decir desde la plenitud de la revelación cuando comprendemos el papel del Hijo en la creación: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,1-3). Nada queda al margen de la acción creadora del Verbo.

Es lo que afirman los Santos Padres:

Dios es señor, porque señorea sobre todas las cosas; padre, porque es antes que todas las cosas; artífice y hacedor, porque él es el creador y hacedor de todas las cosas; altísimo porque él está sobre todas las cosas; omnipotente porque él domina todas las cosas y las abarca. Porque las alturas de los cielos y las profundidades de los abismos y los confines de la tierra habitada están en sus manos (Teófilo de Antioquía)4.

Esta omnipotencia aparece con toda fuerza cuando se subraya la creación «de la nada», de la que hablaremos más adelante (n. 296-298).

Todo lo que es hecho y todo lo que alguien hace lo hace o de sí o de otra cosa o de la nada. El hombre, al no ser omnipotente, hace de sí al hijo; se hace algo de otra cosa cuando, por ejemplo, el carpintero hace de la madera un arca o de la plata un vaso. Él pudo hacer el vaso, pero no la plata; pudo hacer el arca, pero no la madera. En cambio, ningún hombre puede hacer que exista algo a partir de lo que no existe en absoluto. Pero Dios, como es omnipotente, engendró de sí un Hijo, hizo al mundo de la nada y formó al hombre del barro, para mostrarnos por estos tres actos de poder que su acción llega a los tres niveles (San Agustín)5.

El Antiguo Testamento hebreo no suele emplear términos abstractos como «omnipotencia» y tampoco adjetivos como «omnipotente», que empiezan a aparecer en los libros del Antiguo Testamento redactados en griego (p. ej. Sabiduría). Por eso prefiere expresar este poder ilimitado de Dios a través de títulos divinos. Por ejemplo, cuando Sal 91,1 se dirige al que vive a la «sombra del Omnipotente», según nuestra edición litúrgica española, lo que encontramos en el texto hebreo es el nombre divino Shaddai. El Catecismo recoge alguno de estos nombres: «El Poderoso de Jacob» (Gn 49,24), «de Israel» (Is 1,24), que solemos traducir por «El Fuerte». En Sal 24,8, aparece otro término hebreo que significa fuerte, se le llama por dos veces valiente, y se emplea al final el título «Señor de los ejércitos», en nuestra traducción litúrgica «Señor, Dios del Universo». En Sal 135,6 no aparece un adjetivo ni un título, sino una afirmación que nos ayuda a entender su poder:

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro Dios más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos (Sal 135,5-6).

Quizá merece la pena que nos detengamos un poco en la denominación de Dios como «Señor de los ejércitos» (que ha desaparecido de nuestra traducción litúrgica).

  • -El título primitivo parece ser «Yahweh Dios de los ejércitos», que más tarde se resumió en «Señor de los ejércitos». La dificultad consiste en saber a qué ejércitos se refiere.
  • -Si se refiere a Yahweh como jefe de los ejércitos de Israel, se haría mención a un Dios guerrero que da la victoria a su pueblo. Es lo que aparece en el relato del Éxodo (Ex 12,41; 15,2-10) y el sentido que puede tener en lugares como Sal 24,8ss; 1Sm 17,45; 2Sm 5,10; Am 5,14. Pero se puede dudar de que los «ejércitos» a los que se refiere el texto sean, en su sentido originario, los ejércitos de Israel que luchan contra sus enemigos (resultando así un Dios guerrero), porque no aparece en los relatos de la conquista, sino en los profetas que quieren presentar a Yahweh como Señor del universo.
  • -Tampoco parece que se refiere al ejército celeste que rodea a Yahweh o a las estrellas, porque en esos casos la palabra «ejércitos» está en singular, no en plural.

·El sentido originario sería, más bien, «el conjunto de potencias celestes y terrestres que están al servicio de Yahvéh y luchan por él»6, que corresponde al sentido universalista que le dan los profetas (Jos 10,10-15; Jue 5,20; Sal 18,8-16;103,21). La traducción griega de los LXX lo sustituye por «Señor de las potencias» y por Pantocrátor o «todopoderoso». Los profetas designan así a Yahweh como Señor supremo del cielo y de la tierra (Is 6,3; 10,16.23.26.33; Jr 31,35). Seguramente es también un modo de oponerse a la religión astral de Babilonia: Yahweh domina sobre los astros, que no son dioses, sino servidores de Dios.

La consecuencia del poder que manifiesta Dios en la creación es que «para Dios nada hay imposible», como dice el ángel a la Virgen (Lc 1,37), y ya proclamó solamente Jeremías:

¡Ay, mi Señor! Tú has hecho el cielo y la tierra con gran poder y poderoso brazo. Nada te resulta imposible. Tú manifiestas tu amor a lo largo de generaciones, pero pides cuentas a los hijos de la culpa de los padres. Tú eres un Dios grande y fuerte: te llamas Señor del universo. Tus decisiones son magníficas, y tus acciones, poderosas. Te fijas en el comportamiento de los hijos de Adán para pagar a cada cual según su conducta, conforme merecen sus acciones. Hiciste signos y portentos en Egipto, cuyo recuerdo perdura hasta hoy (Jr 32,17-20).

Él lo ha dispuesto todo a su voluntad, es lo que tienen que saber todos los humanos, especialmente los poderosos:

Esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: Decid a vuestros soberanos: Yo he creado la tierra, el ser humano y los animales que pueblan la tierra, usando mi gran poder y mi poderoso brazo, y lo doy todo a quien me parece (Jr 27,4-5).

El Dios todopoderoso es el que ha establecido el orden del universo: de él dependen las leyes del cosmos que la ciencia se dedica a buscar, y así buscan a Dios, a veces conscientemente. En consecuencia, Dios puede cambiar ese orden, porque no está sometido a él (eso forma parte de lo que son los milagros, cf. n. 156.547-550).

El Creador, todopoderoso, es también el Señor de la historia, lo cual no quiere decir que elimine la libertad, o que la historia progrese siempre en sentido lineal, o que los acontecimientos se sucedan según nuestros planes o según nuestra comprensión: Dios hace que todo sirva para bien de los que aman a Dios (cf. Rm 8,28), y que la historia humana con sus altibajos se encamine al final que Dios le tiene destinado.

Mardoqueo, recordando las maravillas del Señor, oró así: «¡Señor, Señor, rey omnipotente! El mundo entero está sometido a tu poder. Cuando te propones salvar a Israel, no hay quien pueda volverse contra ti. Porque tú creaste el cielo y la tierra y las maravillas que existen bajo el cielo. Eres Señor de todo, y nadie puede oponerse a ti, Señor» (Est 4,17a-17c).

El corazón del rey es una acequia
que el Señor canaliza adonde quiere (Pro 21,1).

Dijo Tobías: «Bendito sea Dios, que vive eternamente;
y cuyo reino dura por los siglos.
Él azota y se compadece;
hunde hasta el abismo y saca de él
y no hay quien escape de su mano» (Tob 13,1-2).

El poder de Dios es creador, más aún, absolutamente creador, por su absoluta independencia y falta de supuestos. Obra el ser y la acción de las cosas (véase la doctrina de la creación) y los obra sin esfuerzo, sin cansancio ni agotamiento. Su poder se manifiesta especialmente en que puede conceder poder a las creadas, haciéndolas causas. Del poder de Dios se sigue su absoluta soberanía, su derecho de propiedad y su poder de gobierno. Como Dios no obra sobre las cosas desde fuera, sino que crea y domina su ser más íntimo, tiene también poder sobre este. Lo demuestra especialmente en los milagros7.

El Dios que se revela a Sí mismo por boca de los Profetas es omnipotente. Esta verdad impregna profundamente toda la revelación, a partir de las primeras palabras del Libro del Génesis: «Dijo Dios “Hágase”…» (Gen 1,3). El acto creador se manifiesta como la omnipotente Palabra de Dios: «Él lo dijo y existió…» (Sal 32/33,9). Al crear todo de la nada, el ser del no-ser, Dios se revela como infinita plenitud de Bien, que se difunde. El que Es, el Ser subsistente, el Ser infinitamente perfecto, en cierto sentido se da en ese «ES», llamando a existencia, fuera de sí, al cosmos visible e invisible: los seres creados. Al crear las cosas, da origen a la historia del universo, al crear al hombre como varón y mujer, da comienzo a la historia de la humanidad. Como Creador, pues, es el Señor de la historia. «Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos» (1Cor 12,6)8.

La omnipotencia de Dios se traduce para el creyente en confianza, que se expresa de forma especial en la oración ante las dificultades de todo tipo.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos (Sal 18,2-4).

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.
Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo (Sal 27,2-3).

Solo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
solo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré […].
Descansa solo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
solo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré (Sal 62,2-3.6-7).

«Te compadeces de todos porque lo puedes todo» (Sb 11, 23)

[270] Dios es el Padre todopoderoso. Su paternidad y su poder se esclarecen mutuamente. Muestra, en efecto, su omnipotencia paternal por la manera como cuida de nuestras necesidades (cf. Mt 6,32); por la adopción filial que nos da («Yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso»: 2Co 6,18); finalmente, por su misericordia infinita, pues muestra su poder en el más alto grado perdonando libremente los pecados.

La omnipotencia de Dios, como anunciaba, el n. 268, es amorosa, es decir, está regida por el amor, Dios la utiliza para amar, para su plan salvador. No podría ser de otra manera, porque «Dios es amor».

De ningún modo podemos sentirnos amenazados por la omnipotencia de Dios, como si Dios la pudiera usar en nuestra contra. Ciertamente nos sentimos sobrecogidos por el poder de Dios que se manifiesta en la creación y en la historia de la salvación, pero no como ante un tirano invencible, sino ante el Padre amoroso que es a la vez todopoderoso. Esa unión entre el amor paternal y la omnipotencia de Dios es lo que aparece en el Credo de los Concilios: «Creo en Dios Padre Todopoderoso».

Ya hemos desgranado en nuestra reflexión sobre el Catecismo que Dios es amor (n. 218-221) y que Jesús revela a Dios como Padre (n. 238-240). Baste recordar el fragmento del Sermón del Monte que señala este n. del Catecismo, y que encuentra toda su fuerza si tenemos en cuenta que este Padre del que nos habla Jesús es omnipotente:

No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso […]. Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden! (Mt 6,25-32; 7,7-11).

Como decíamos, de aquí surge la confianza para el creyente: que el Dios Padre es todopoderoso y nada escapa de su mano; y que el Dios todopoderoso es Padre y usa su omnipotencia en favor de sus hijos. Esta confianza en el poder sin límite del Padre lleva a una forma concreta de orar.

Pero el poder creador del Padre no se limita a que nos cuide como un padre o como el mejor de los padres, sino a que nos hace realmente hijos. Es la omnipotencia de Dios, que actúa a través de su gracia poderosa, especialmente en el bautismo, la que nos hace realmente hijos en el Hijo y nos introduce en una verdadera relación paterno-filial con él. Ésa es nuestra realidad después de participar sacramentalmente de la muerte y resurrección de Cristo:

Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios (Gal 4,4-7).

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1Jn 3,1).

Éste es el plan de Dios, incluso antes de la creación:

Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos (Ef 1,4-5).

Una de las expresiones más fuertes y claras de la omnipotencia amorosa de Dios es el perdón de los pecados: algo que sólo puede hacer Dios y que manifiesta claramente para qué emplea su poder:

Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?». Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados ‑dice al paralítico‑: “Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”». Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual» (Mc 2,5-12).

Así lo proclama también la liturgia: «Oh, Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia»9.

En otro tema desarrollaremos al hilo del Catecismo la especial manifestación de la omnipotencia amorosa de Dios que es la providencia (n. 302-314).

[271] La omnipotencia divina no es en modo alguno arbitraria: «En Dios el poder y la esencia, la voluntad y la inteligencia, la sabiduría y la justicia son una sola cosa, de suerte que nada puede haber en el poder divino que no pueda estar en la justa voluntad de Dios o en su sabia inteligencia» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., I, q. 25, a.5, ad 1).

Hemos de tener mucho cuidado, cuando hablamos de la omnipotencia de Dios, de no aplicar el uso arbitrario, caprichoso, interesado e incluso cruel que hacemos del poder los seres humanos en muchas ocasiones. La omnipotencia de Dios no se puede separar de lo que Dios es: Dios es amor en sí mismo y amor que se derrama hacia fuera de sí. En Dios se conjugan perfectamente, como nos señala la cita de santo Tomás, la omnipotencia, la sabiduría, la justicia y, en definitiva, el amor y la misericordia.

Como hemos visto, el poder de Dios emana de su esencia, se confunde con ella, por eso es inimaginable pensar que en Dios su omnipotencia se contradiga con su esencia:

Como el poder de Dios se identifica con su esencia, no puede aplicarse a aquello que repugne con la esencia y atributos divinos. De ahí que Dios no pueda cambiar, no pueda mentir, hacer que lo sucedido no haya sucedido, ni realizar nada intrínsecamente contradictorio10.

Sin negar que Dios tenga una omnipotencia absoluta con la que pudiera haber creado un universo distinto con otras leyes, su omnipotencia se ha manifestado en el mundo que él ha creado y las opciones que ha tomado libremente11:

Dios puso cierto vínculo a su omnipotencia al decidirse libremente por un determinado orden del universo entre los muchos órdenes posibles que pudo haber escogido. El poder de Dios, que actúa dentro del margen del mundo real, se denomina potentia ordinata, a diferencia de la potentia absoluta12.

En ese sentido, los Santos Padres hablaban de las cosas que Dios no puede hacer, no porque no sea omnipotente, sino porque no se niega a sí mismo:

De hecho, no sometemos bajo necesidad alguna la vida y la presciencia de Dios cuando decimos que es necesario que Dios viva siempre y lo sepa todo. Tampoco queda disminuido su poder cuando afirmamos que no puede morir o equivocarse. Cierto que no lo puede, pero si lo pudiera, su poder sería, naturalmente, más reducido. Así que muy bien está que llamemos omnipotente a quien no puede morir ni equivocarse. La omnipotencia se muestra en hacer lo que se quiere, no en sufrir lo que no se quiere. Si esto tuviera lugar, jamás sería omnipotente. De ahí que algunas cosas no le son posibles, precisamente por ser omnipotente (San Agustín)13.

El misterio de la aparente impotencia de Dios

[272] La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. Así, Cristo crucificado es «poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (1Co 2,24-25). En la Resurrección y en la exaltación de Cristo es donde el Padre «desplegó el vigor de su fuerza» y manifestó «la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes» (Ef 1,19-22).

[273] Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la omnipotencia de Dios. Esta fe se gloría de sus debilidades con el fin de atraer sobre sí el poder de Cristo (cf. 2Co 12,9; Flp 4,13). De esta fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó que «nada es imposible para Dios» (Lc 1,37) y pudo proclamar las grandezas del Señor: «el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es Santo» (Lc 1,49).

Además de universal y amorosa, como anunciaba el n. 268, la omnipotencia de Dios es misteriosa, porque no siempre la percibimos en nuestra experiencia de la naturaleza y de la historia, especialmente en las catástrofes naturales y en el sufrimiento de los inocentes. De hecho, la existencia del mal y del sufrimiento ponen a prueba la fe en el poder universal de Dios, de modo que para muchos hombres la existencia del mal es prueba de la no existencia de Dios o, por lo menos, de un Dios todopoderoso y bueno.

Ahí tenemos las enfermedades, las epidemias y los variados deterioros tanto del cuerpo como del espíritu. ¡Cuánto dolor físico atroz y, vinculado a él, cuánto dolor psíquico que procede del rostro multiforme de la enfermedad! Además, deben sumarse los terremotos, las inundaciones, las olas de frío extremo y las sequías, las hambrunas y las penalidades. ¿No es la ley del mundo «devorar y ser devorado dolorosamente», «nacer y tener que morir»? Por si todo lo anterior fuera poco, deben añadirse los peligros que presentan tanto el mundo animado como el inanimado: los animales salvajes, los árboles que caen, los accidentes de cualquier clase. Y existe, en fin, la obstinación del mundo, que le hace frente al hombre que trabaja entre cansancio, pesadumbres y dolores. No es el ser humano quien ocasiona todo esto: no nace de su libertad sino, evidentemente, de la constitución de la creación misma. ¿Cómo concuerda esto con un Dios bueno y con la convicción de fe de que la creación es buena?14.

El n. 29 del Catecismo señalaba «la rebelión contra el mal del mundo» una de las razones por las que se rechaza la existencia de Dios o la unión con él, y al comentarlo decíamos que «es muy necesario que en la presentación del mensaje cristiano no nos olvidemos nunca de mostrar de dónde surge el mal del mundo y cuál es la respuesta de Dios al sufrimiento del inocente, respuesta que se concentra en la cruz».

Debemos recordar que la omnipotencia de Dios no es algo que nosotros deducimos de la esencia divina tal como la concebimos, sino que se manifiesta en la Revelación, y no podemos olvidar cómo se ha manifestado la omnipotencia salvadora de Dios en la plenitud de los tiempos: en la debilidad de la Encarnación y en el aparente fracaso de la Cruz. Dios no elimina el mal como nos gustaría a nosotros, sino que lo asume y lo abraza en la encarnación y en la cruz de Cristo. Ésa es la sabiduría de la cruz, a la que se refiere san Pablo en 1Co 1,18-22. Por ese camino es como se conjuga en concreto omnipotencia universal, amor, misericordia y victoria.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta que la omnipotencia de Dios es misteriosa, pero para nosotros, no para Dios: Dios es luz, sin ninguna oscuridad (cf. 1Jn 1,5) y no tiene ninguna oscuridad respecto a cómo realiza con su omnipotencia su plan salvador a lo largo de la historia en la que interviene el mal, introducido por la libertad creada, que es la que provoca el sufrimiento. No debemos contraponer la omnipotencia al mal y al sufrimiento, porque ningún mal puede vencer la omnipotencia de Dios, y ningún sufrimiento tuerce los planes de Dios. Lo que pone a prueba el mal y el sufrimiento es nuestra fe en la omnipotencia universal y amorosa de Dios.

En consecuencia, es la fe lo que hay que fortalecer y utilizar para descubrir la omnipotencia de Dios en los acontecimientos de este mundo que parecen desmentirla. Para ello debemos apoyarnos en lo que la misma Palabra de Dios nos enseña:

  • -Para superar las dudas que provoca que la omnipotencia de Dios no termine ya con todo el mal del mundo:

Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión […]. Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia. Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y considerad que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación (2Pe 3,8-9.13-15)15.

  • -Para fortalecer la esperanza necesaria para confiar en que se manifieste la omnipotencia de Dios de forma plena y definitiva:

Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve? (Rm 8,24).

  • -Para descubrir que la omnipotencia de Dios no sólo actúa por medio del bien o eliminando el mal, sino transformando el mal en bien, como manifiesta de forma plena la cruz de Cristo:

Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio (Rm 8,28).

Como decimos, el mal no puede ser motivo de escándalo, si Dios se puede servir de él para sacar bienes superiores. Una vez que el mal apareció en el mundo Dios podía haberlo suprimido, pero prefirió aprovecharlo para sacar de él bienes mayores. Dios aprovecha el mal para sus planes de bendición y misericordia. Decía San Agustín que ni el mal ni el pecado los habría tolerado Dios si no fuera tan grande su omnipotencia y su bondad que aún del mal pudiera sacar el bien: «Dios ha juzgado que sacar el bien del mal es mejor que no permitir la existencia de algún mal». Cuando tengamos la perspectiva del cielo, veremos cómo ciertos acontecimientos, que nosotros juzgamos como males, sirvieron para nuestra salvación. Dios, que lo ve todo, tiene una lógica que a nosotros, hombres de poca fe, nos parece a veces inaceptable. Nos falta la perspectiva de Dios16.

  • -Para fortalecer nuestra fe en que ningún mal supera el amor de Dios que se nos ha manifestado ya de forma definitiva:

Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 8,31-39).

La omnipotencia de Dios elimina el pecado, el sufrimiento y la muerte, pero por el camino de la Cruz. Por lo tanto, no nos puede extrañar que esta omnipotencia tenga «vías misteriosas» que tenemos que aprender a «abrazar»17. Necesitamos activar y utilizar la fe para acoger confiadamente los acontecimientos que parecen desmentir la omnipotencia amorosa de Dios. La Virgen María nos sirve de modelo para que nosotros también meditemos en nuestro corazón los acontecimientos a la luz de la fe para que podamos superar las dificultades que nos plantean.

En definitiva, será el amor de Dios el que tendremos que aprender a conjugar con la presencia del sufrimiento, pero en la perspectiva que nos da la Revelación:

Si Dios quiere al hombre y su libertad como condición para poder dar a las criaturas participación en su gloria divina y el hombre se halla esencialmente vinculado a un mundo que va en correspondencia con él y gracias al cual entra en múltiples relaciones con los demás hombres, queda dado al mismo tiempo el envés de la libertad: hay en tal caso necesariamente dolor estructural. Todo ello quiere decir, en lo que hace a nuestra cuestión de la compatibilidad del dolor con la imagen cristiana de Dios, que el hecho del dolor no habla contra el Dios creador bueno ni contra la bondad de la creación. Más bien, visto desde estas reflexiones, el dolor es el precio de la libertad; mejor dicho, el precio del amor. Un Dios que por su omnipotencia y su bondad impidiera el dolor, tendría que hacer imposible el amor, que presupone libertad. Amor sin dolor es, pues, lo mismo que hierro de madera o círculo triangular.

Y sin embargo, el dolor como precio del amor -ni podemos ni necesitamos exponer este punto aquí con detalle- podría haberse pagado «fácilmente» si nuestra manera de experimentar el dolor no estuviera teñida por el pecado. El pecado humano ha roto la experiencia de la inmediatez de Dios y la transparencia del amor que Dios nos tiene, lo cual ha eliminado o dificultado la posibilidad de integrar el dolor en la totalidad de la persona y en la relación viva con Dios. El pecado también destruye, por tanto, el auténtico «horizonte de sentido» para manejar el dolor, porque «no hay mal que tenga un efecto tan aniquilador como el dolor que se experimenta como algo absurdo y carente de sentido». Así, es a causa del pecado por lo que el dolor se convierte en ese dolor que experimentamos concretamente como lo que desintegra, como lo oscuro, como lo oprimente18.

La Escritura, la historia de la Iglesia y la vida de los santos nos ayudan a ese ejercicio de fe. No podemos permitirnos juicios o actuaciones contra la fe en la omnipotencia, porque nos apartan de Dios, nos hacen perder la esperanza y nos llevan a la infidelidad, por ejemplo, ante la muerte de un ser querido o ante un sufrimiento injusto. También la forma en que san Pablo afrontó las dificultades y sufrimientos en su misión apostólica nos sirven de apoyo y modelo:

«Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2Co 12,9-10).

Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4,13).

Más adelante, cuando contemplemos con la ayuda del Catecismo la providencia de Dios, nos detendremos a considerar cómo se conjuga la providencia y el escándalo del mal (n. 309-314).

[274] «Nada es, pues, más propio para afianzar nuestra fe y nuestra esperanza que la convicción profundamente arraigada en nuestras almas de que nada es imposible para Dios. Porque todo lo que (el Credo) propondrá luego a nuestra fe, las cosas más grandes, las más incomprensibles, así como las más elevadas por encima de las leyes ordinarias de la naturaleza, en la medida en que nuestra razón tenga la idea de la omnipotencia divina, las admitirá fácilmente y sin vacilación alguna» (Catecismo Romano, 1,2,13).

El Catecismo Romano nos ayuda a entender que vamos a necesitar mantener a punto nuestra fe en la omnipotencia de Dios para ir descubriendo y aceptando tanta maravilla como se va a desplegar ante nuestra mirada según vayamos contemplando, al ritmo del Catecismo y, en definitiva, de la Escritura y de la Tradición, la obra maravillosa de la creación y la aún mas maravillosa de la redención. La fe en la omnipotencia abre nuestra fe y nuestra esperanza a acoger verdades y dones que, precisamente por maravillosas, nos resultarían difíciles de aceptar. Y cada maravilla del amor creador y salvador de Dios nos afianzará en la fe en la omnipotencia amorosa de Dios y nos ayudará a conocer el modo concreto en que él la ha ejercido para su gloria y para nuestro bien.

De nuevo, miramos a María para acoger como ella la palabra del ángel, «para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37), sabiendo que Dios no se contradice a sí mismo y que sus planes son más elevados que los nuestros (cf. Is 55,8-9).

El Creador

[279] «En el principio, Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1,1). Con estas palabras solemnes comienza la sagrada Escritura. El Símbolo de la fe las recoge confesando a Dios Padre Todopoderoso como «el Creador del cielo y de la tierra», «de todo lo visible y lo invisible». Hablaremos, pues, primero del Creador, luego de su creación, finalmente de la caída del pecado de la que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a levantarnos.

Después de contemplar el poder universal e ilimitado de Dios, que lo hace realmente todopoderoso, vamos a centrarnos en la manifestación de este poder en la creación. Siguiendo el comienzo de la Biblia y del Credo proclamamos que Dios, el todopoderoso, creó todo, el cielo y la tierra, lo visible y lo invisible.

A lo largo de los párrafos siguientes del Catecismo iremos desarrollando este artículo primero del Credo y contemplaremos en sus diversos elementos la creación de Dios. Este número nos sirve como índice e introducción de lo que sigue: primero hablaremos del Creador (n. 279-314) -lo que nosotros desarrollaremos en esta entrada y en la siguiente en la que hablaremos de la providencia-, luego de la creación de lo invisible (los ángeles) (n. 328-336), y del mundo visible (n. 337-349), especialmente del hombre (n. 355-379). Aunque no pertenece estrictamente al tema de la creación, antes de pasar a hablar en el segundo artículo de Jesucristo, el Salvador, el Catecismo nos hablará del pecado y de sus consecuencias (385-412), de lo que vino a librarnos el Hijo de Dios al hacerse hombre.

[280] La creación es el fundamento de «todos los designios salvíficos de Dios», «el comienzo de la historia de la salvación» (DCG 51), que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin en vista del cual, «al principio, Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1,1): desde el principio Dios preveía la gloria de la nueva creación en Cristo (cf. Rm 8,18-23).

La meta de todo el plan de Dios es llevar al ser humano a la comunión de amor con el Dios trino (cf. n. 1: «Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada»), y la creación es el primer paso de esa historia de salvación, que desembocará en la visión cara a cara de Dios en la vida eterna que nos hará semejantes a él (cf. 1Jn 3,2).

Es necesario que tengamos siempre en cuenta la vinculación de la creación con la plenitud de la salvación en Cristo, para no pensar -influenciados por un cientificismo ateo- que hay una creación independiente del hombre y del plan salvador de Dios, como si la creación tuviera sentido al margen del hombre al que Cristo quiere llevar a la comunión con él.

Desde el primer momento, debemos tener en cuenta que el misterio salvador de Cristo constituye el motivo y la finalidad de la creación. Lógicamente, sin mundo y sin ser humano no puede haber plenitud de la humanidad en Cristo; pero sin la plenitud que Cristo ofrece al hombre, la creación entera quedaría sin sentido y sin meta. Dios crea primero el ámbito necesario para la persona humana ‑espíritu encarnado‑ en la que va a volcar su amor infinito, luego crea a esa persona; pero desde el principio, antes de la misma creación, quiere llevar al ser humano, que vive en el mundo creado, a la comunión con él por medio del Hijo hecho hombre.

[281] Por esto, las lecturas de la Noche Pascual, celebración de la creación nueva en Cristo, comienzan con el relato de la creación; de igual modo, en la liturgia bizantina, el relato de la creación constituye siempre la primera lectura de las vigilias de las grandes fiestas del Señor. Según el testimonio de los antiguos, la instrucción de los catecúmenos para el bautismo sigue el mismo camino (cf. Egeria, Peregrinatio ad loca sancta, 46: PLS 1,1047; san Agustín, De catechizandis rudibus, 3,5).

Tanto la catequesis como la liturgia reflejan que la creación es el primer paso de la historia de la salvación, el fundamento necesario para todo lo que sigue, tanto en la historia de Israel, como en la plenitud de los tiempos que trae Jesucristo.

La catequesis debe ofrecer una síntesis completa de las verdades de la fe:

El objeto de la catequesis son el misterio de Dios y sus obras, es decir las obras que Dios hizo, hace y hará por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Todas estas cosas guardan entre sí una vital coherencia y constituyen la economía de la salvación. Una catequesis que descuide esta organicidad y armonía del contenido se haría incapaz de lograr la finalidad que persigue (Directorio Catequístico General, 39).

Por ello comienza con el relato de la creación y las enseñanzas que contiene.

El mundo creado de la nada es el mundo en el cual, en realidad, se realiza la salvación y la redención por Jesucristo […] La verdad de la creación no hay que proponerla simplemente como una verdad que separada de las demás tiene consistencia en sí misma, sino como algo que de hecho se ordena a la salvación realizada por Jesucristo. La creación de lo visible y lo invisible, del mundo y de los ángeles, es el comienzo de la Historia de la salvación (Cfr. DV, 3); la creación del hombre (Pío XII, Enc. Humani generis, ASS, 1950, p. 575; GS. 12, 14). Hay que tomarla como el primer don y la primera llamada que conduce a la glorificación de Cristo (Rom. 8, 29-30). Mientras el cristiano oye la explicación de la doctrina de la creación, además de considerar el primer acto por el que Dios «creó el cielo y la tierra» (Gen. 1,1), debe abrir su mente a todas las obras salvíficas de Dios. Estas están siempre presentes en la historia del hombre y del mundo y brilla con luz especial en la historia de Israel, encaminan al supremo evento de la Resurrección de Cristo y alcanzan la consumación al fin del mundo cuando tendremos los cielos nuevos y la tierra nueva (Cfr. II Pet. 3, 13) (Directorio Catequístico General, 51).

Cuando san Cirilo de Alejandría en sus famosas catequesis bautismales presenta a los bautizandos los diez dogmas fundamentales, en el primero de ellos, después de hablar del Dios único, les presenta la realidad de la creación:

La primera verdad sobre Dios que debe estar firmemente asentada en vuestra alma es que Dios es uno solo, ingénito, sin principio, inmóvil, inmutable; no engendrado por otro, sin otro que le suceda en la vida; que no empieza a vivir en el tiempo, que no muere jamás; que es bueno y justo el mismo […]. Dios es uno solo, el que crea los cuerpos y las almas; uno solo el que hizo el cielo y la tierra, el creador de ángeles y arcángeles. Es creador de todas las cosas, pero Padre antes de los siglos de uno solo, sólo del unigénito nuestro Señor Jesucristo, su Hijo, por quien hizo todas las cosas, las visibles y las invisibles19.

En el texto de san Agustín citado por el Catecismo, el santo de Hipona habla de las normas para la exposición de la fe y afirma: «Tenemos una exposición completa cuando la catequesis comienza por la frase: Al principio creó Dios el cielo y la tierra, y termina en el período actual de la historia de la Iglesia»20.

La liturgia de la palabra de la vigilia pascual, que presenta la historia de la salvación que culmina en la resurrección de Jesucristo, comienza por el relato de la creación de Gn 1,1-2,2, al que se le añade la siguiente oración:

Dios todopoderoso y eterno, admirable en todas tus obras, que tus redimidos comprendan cómo la creación del mundo, en el comienzo de los siglos, no se no fue obra de mayor grandeza que el sacrificio de Cristo, nuestra Pascua inmolada, en la plenitud de los tiempos. Por Jesucristo, nuestro Señor (Misal Romano).

La catequesis sobre la creación

[282] La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: «¿De dónde venimos?» «¿A dónde vamos?» «¿Cuál es nuestro origen?» «¿Cuál es nuestro fin?» «¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?» Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar.

El Catecismo parte de que la pregunta sobre los orígenes es inherente al ser humano, de hecho, el hombre es el único ser del universo que se pregunta por su origen y por su destino. Algo que no sólo sucedía en los humanos primitivos o de la antigüedad, sino también en el hombre actual, que insistentemente a través de la ciencia intenta responder a la pregunta del origen del universo y del hombre, consciente de que esa respuesta determina en gran medida nuestra identidad y nuestro quehacer. Ciertamente, la ciencia dará distintas respuestas, algunas muy poco satisfactorias, pero no dejará de hacerse esa pregunta.

Es un hecho extraño que el hombre resulte, para sí mismo, a la vez tan próximo y tan misterioso. Desde que adquiere consciencia de que existe, se interroga sobre su naturaleza, sus orígenes, su destino. A esta triple cuestión, los paganos antiguos pretendían responder por medio de mitos, por los cuales el hombre prolongaba, en arquetipos ideales, los componentes constantes de su naturaleza, Los modernos han sustituido esta solución mítica por un tanteo científico, a través de las ciencias humanas, sondeando las profundidades de su prehistoria y buceando en los arcanos de su espíritu, en un intento de despejar la incógnita del pasado y del porvenir. Pero terminan siempre por hundirse en una región oscura, que ninguna mirada humana puede esclarecer. Hay una parte del hombre -su parte esencial- vinculada en sentido estricto al misterio, y en la que sólo la Revelación nos puede introducir. Es lo que otorga un valor incomparable a los capítulos II y III del Génesis21.

La pregunta del origen está vinculada con las otras dos preguntas transcendentales del hombre: ¿a dónde voy? y ¿quién soy? La respuesta a estas tres preguntas marca el sentido de nuestra vida, y ese sentido marca las decisiones y los pasos de nuestra existencia…, salvo que renunciemos a su sentido y dejemos que nuestra vida carezca de rumbo. Por esa razón es muy importante no apagar esas preguntas, especialmente en los niños y en los jóvenes, y ayudar a que se las planteen y las respondan con rigor y coherencia, como parte imprescindible del ser humano y como paso previo para la evangelización. ¿Cómo van a acoger la respuesta a las preguntas sobre la vida que ofrece Dios por medio de la Revelación si ni siquiera se hacen esas preguntas? También nosotros, que tenemos la respuesta, hemos de ser conscientes de la importancia de la pregunta, para valorar la Palabra que nos hace capaces de caminar con la luz de la verdad:

En él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17,28).

Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él (Col 1,16-17).

Por lo tanto es una cuestión de vital importancia saber hacerse las verdaderas preguntas:

Dios nunca nos reprochará que le hagamos preguntas, pero todo depende del tono de esas preguntas.

Está el porqué agresivo que acusa más que pregunta; y el porqué secretamente humilde de la «blasfemia» de Job.

Está la pregunta maravillada del niño, que pregunta por qué el sol se levanta. Este «porqué» agrada a los padres, aunque no sepan responder. En el fondo, éste es el porqué de los sabios, si son realmente sabios… es decir, contemplativos.

«Tenía apenas cinco años, cuando me dedicaba a escaparme de mis amigos y de los niños de mi edad para ir al bosque, errar por el campo, sentarme sobre los cerros del monte, donde pasaba horas meditando: “¿Existe Dios? ¿Tiene Dios una mujer? ¿Unos hijos? ¿Qué come? ¿Qué bebe? ¿De dónde viene? ¿Quiénes son sus padres? ¿Por qué él es Dios y no otro? ¿Por qué yo no soy Dios? ¿Qué soy yo? ¿Por qué quiere él que yo ande, mueva la cabeza, hable, coma, que esté sentado, mientras que los árboles, las plantas y las flores no pueden hacer lo mismo?” El fenómeno que siguió provocando en mí una fuerte impresión durante más tiempo fue el sol y la noche, ¡las estrellas! No llegaba a comprender cómo se movía el sol» (Archimandrita Spiridon).

Un verdadero sabio es un niño que tiene paciencia. Amontona las hipótesis, pero si no funcionan vuelve a empezar: no critica la realidad, critica sus hipótesis. Las borra y se olvida: sus preguntas a la naturaleza son preguntas de enamorado, no de celoso.

Existe el porqué de los escépticos, que ni siquiera esperan respuesta, como Pilato. De todas las preguntas que podéis plantear, no hay casi ninguna en la que yo no haya reflexionado durante años con violencia y pasión. Si ponéis en ello la misma violencia y la misma pasión, será fácil poner también ahí un poco de confianza y de humildad. Pero, ¡ay de los que toman las cosas a la ligera y hacen preguntas como Pilato o para desembarazarse de Dios! Yo respeto su verdadero deseo, no respondiendo. El cura de Ars se lo decía a la cara a los que querían «disputar» con él.

Hay preguntas que son blasfemias, y hay «blasfemias» que son una adoración. Está el porqué de los niños enfadados. Está la pregunta de María: «¿Cómo será esto?» Está el porqué de Cristo en la cruz: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»… y la respuesta es la Resurrección.

¿Con qué tono planteamos las preguntas a Dios, a la Iglesia, a los sacerdotes? En Occidente hay una acusación perpetua. Los musulmanes son mucho menos arrogantes, quizá precisamente porque saben menos que nosotros. Dios ha hecho demasiado por nosotros. Somos niños mimados.

Por lo tanto, primer punto: atención a la manera con la que hacemos las preguntas22.

[283] La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los sabios e investigadores. Con Salomón, éstos pueden decir: «Fue él quien me concedió el conocimiento verdadero de cuanto existe, quien me dio a conocer la estructura del mundo y las propiedades de los elementos […] porque la que todo lo hizo, la Sabiduría, me lo enseñó» (Sb 7,17-21).

[284] El gran interés que despiertan a estas investigaciones está fuertemente estimulado por una cuestión de otro orden, y que supera el dominio propio de las ciencias naturales. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuando apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser transcendente, inteligente y bueno, llamado Dios. Y si el mundo procede de la sabiduría y de la bondad de Dios, ¿por qué existe el mal? ¿de dónde viene? ¿quién es responsable de él? ¿dónde está la posibilidad de liberarse del mal?

Los descubrimientos de la ciencia, lejos de anular estas preguntas fundamentales, o de eliminar la respuesta de la Revelación, son una expresión más de la necesidad humana de saber el origen, el destino y el sentido de la vida, lo cual, como hemos dicho, es una característica exclusiva del hombre que implica por sí sola que somos más que materia o producto de una evolución ciega.

Todo lo que la ciencia nos descubre, desde la inmensidad del cosmos hasta la composición íntima de la materia, pasando por las maravillas del mundo animal, nos impulsa a la motivación última de estas preguntas: la admiración de lo que existe. Eso nos ayuda a admirar aún más que el hombre primitivo o antiguo la grandeza de la creación y del Creador. La ciencia no debe anular la admiración, sino ayudarnos a profundizar en ella.

La demostración de la existencia de Dios es tan simple que la dificultad no está en la demostración misma, sino en la intuición de partida. Esta intuición no se apoya en la existencia de Dios, sino en el esplendor de la creación que tenemos ante nuestros ojos. Es necesario que este esplendor nos produzca un impacto; sin ese impacto, ninguna demostración nos convencerá.

El álbum del padre Loew intenta provocar este impacto a partir de una fábrica: esta fábrica es algo inteligente, hay en ella un orden que no puede explicarse por la casualidad. Cuanto más comprendemos la ingeniosidad de un aparato y la complejidad de su montaje, más admiramos la inteligencia del inventor: los que no comprenden nada de mecánica admiran poco, y a fuerza de tonterías podrán preguntarse si hay realmente un inventor o si la máquina no es fruto de la casualidad. Toda la dificultad de la demostración de la existencia de Dios esta ahí: si sois ignorantes no admiraréis el universo, creeréis ser espíritus superiores al no admirar nada de eso.

Es así como san Pablo y toda la Iglesia nos enseñan a descubrir a Dios mirando al mundo: «Las maravillas visibles del universo nos desvelan las perfecciones invisibles de Dios». Pero si las maravillas del universo no aparecen maravillosas, no hay demostración para curar esta ceguera.

Comprendemos entonces la frase de Pascal: «Un poco de ciencia aleja de Dios; mucha nos lleva a él». Si el funcionamiento del corazón es genial, qué decir del conjunto del cuerpo; si admiramos los inventos humanos, ¿podemos encontrar «lógicos», sin más, los inventos de la naturaleza?

Sé que existe el problema del mal que corta el camino de la admiración a muchos espíritus y corazones. No se trata de esquivar este problema: solamente es necesario primero aprender a ser atormentado por el misterio del Bien. Esto se traduce en admirarse, pero con una admiración tan profunda que se convierte en un tormento.

Ahí comienza nuestra libertad: puesto que no demostramos que la naturaleza es genial, somos libres de rechazar esta luz y este tormento23.

El problema no lo constituyen tanto los resultados de la ciencia, sino por la actitud de algunos científicos que creen que pueden explicarlo todo y tienen el derecho a manipularlo todo, de modo que ya no buscan el sentido de lo que existe y del hombre, sino que lo utiliza todo como materia prima (incluido el hombre), sin que haya ningún sentido, ningún origen y ningún destino. Pero eso la dificultad para afirmar al Dios creador no es el resultado de la ciencia, sino el presupuesto de algunos científicos que excluyen el razonamiento filosófico y se cierran a la revelación. La ciencia plantea con su método un tipo de preguntas y respuestas: el qué, el cómo y el cuándo… Pero no es suficiente, necesitamos saber el por qué y el para qué, en definitiva, el sentido de la realidad y especialmente de la existencia del hombre.

De la admiración y la búsqueda del sentido podemos llagar a la existencia de un Dios trascendente, sabio y bueno, que es el origen de todo. Por el contrario, pensar que la realidad es simplemente fruto del azar o la necesidad nos llevaría a creer en un destino ciego y a experimentar un sinsentido que dejaría al ser humano perdido en el universo, con la opción de dar cualquier sentido a su existencia, sabiendo que, en definitiva, ese sentido es artificial y no tiene fundamento.

El problema del origen del mal surge enseguida como una dificultad a un Dios creador bueno y sabio. Algo hemos dicho al comentar el carácter misterioso de la omnipotencia de Dios (n. 272) y volveremos sobre ello al contemplar la providencia divina que coexiste con la realidad del mal (n. 309-314). Pero eliminar la existencia de Dios por el hecho de la existencia del mal, tendría que eliminar a la vez el escándalo y la rebelión contra un supuesto dios que crea el mal, lo que tampoco soluciona el problema que provoca el mal moral, si simplemente surge del azar, el destino o la necesidad.

[285] Desde sus comienzos, la fe cristiana se ha visto confrontada a respuestas distintas de las suyas sobre la cuestión de los orígenes. Así, en las religiones y culturas antiguas encontramos numerosos mitos referentes a los orígenes. Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de esta fuente y retorna a ella ; otros han afirmado incluso la existencia de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas concepciones, el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no aceptan ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una materia que ha existido siempre (materialismo). Todas estas tentativas dan testimonio de la permanencia y de la universalidad de la cuestión de los orígenes. Esta búsqueda es inherente al hombre.

Las respuestas al origen del mundo -y en consecuencia a su finalidad y sentido- han sido muy diferentes. Desde el comienzo de la humanidad, los relatos mitológicos de la creación han intentado proporcionar satisfacer la necesidad del ser humano de conocer el origen del mundo en que vivían y el propio origen del hombre. Se conservan representantes importantes de estos relatos en Egipto y Babilonia, en los que las relaciones entre los dioses, a imagen de las humanas, dan origen a los elementos del mundo y a los hombres.

La mayoría de los mitos de creación que han surgido en los diversos pueblos entienden el acto creador como una lucha de fuerzas míticas personificadas especialmente entre dos principios primigenios: uno luminoso, el principio del bien, y otro, tenebroso, el principio del mal24.

Lo que caracteriza a estos mitos, en realidad, es que las fuerzas de la naturaleza son consideradas en ellos como personajes divinos. La cosmogonía para ellos es una teogonía. El caos primordial que es la divinidad primitiva prolífera en fuerzas múltiples, que constituyen el universo del politeísmo25.

La filosofía, lógicamente, también se ha preocupado de esta cuestión fundamental, pero ha ofrecido un abanico amplio de respuestas:

  • -Panteísmo: Dios es el todo y el todo es divino. En el fondo no hay diferencia entre Dios y el mundo, ni un existe un Dios personal con el que relacionarnos personalmente. Este panteísmo está de nuevo de moda con la Nueva Era que recupera visiones de las religiones del oriente antiguo.
  • -Para otros, el mundo surge de Dios y vuelve a Dios, pero de forma necesaria, no voluntaria o amorosa, como en la Creación bíblica. El mundo y el hombre formarían parte de un proceso necesario. En este modo de entender el origen del mundo se puede sustituir al Dios creador por la «Naturaleza» y el resultado sería la concepción del cientifismo actual: todo está regido por las leyes de la física, de modo que lo que vivimos es un momento de la evolución de la materia que pasará como han pasado otros.
  • -El maniqueísmo sostiene que hay dos principios que luchan entre sí, dos dioses. Es un modo de explicar el mal en el mundo, pero que elimina la idea de un único Dios, omnipotente y abre la posibilidad de ponerse de lado de uno u otro dios a conveniencia. San Agustín pasó gran parte de su juventud atrapado por esta forma de entender la existencia del mundo y el lugar del ser humano en él.
  • -El dualismo gnóstico, que se puede combinar con el maniqueísmo, afirma que lo material es malo y lo espiritual es bueno, por lo que el ser humano debe eliminar todo lo material y corporal para alcanzar la plenitud que es meramente espiritual.
  • -El deísmo afirma que hay un Dios creador, pero como mera explicación teórica de lo que existe: no hay creación por amor, ni providencia, ni intervención de Dios en el mundo. El deísmo, nacido con la modernidad, es un paso al ateísmo porque se puede prescindir fácilmente de este Dios que no aporta nada a la vida de los hombres y con el que no nos podemos relacionar, y poner en su lugar una causa natural, o el mismo azar que proponen determinados científicos y filósofos.
  • -Para otros, opuestos en cierta medida al gnosticismo, no existiría más que la materia, de modo que incluso en el hombre, el pensamiento, todo se explica por medio de las leyes que rigen la materia, y en consecuencia no tiene sentido plantearse la creación, el sentido de la existencia, los valores… Lógicamente cierto evolucionismo encaja perfectamente en este modo materialista de entender el mundo y el hombre.

Aunque este breve recorrido deje cierto desasosiego por la diversidad de las respuestas, estas opiniones dejan constancia de la necesidad del ser humano de plantearse la pregunta del origen, el destino y el sentido de la realidad y darle una respuesta y, por eso mismo, aparece con claridad la cualidad peculiar del ser humano, que necesita una respuesta a la pregunta del origen.

[286] La inteligencia humana puede ciertamente encontrar por sí misma una respuesta a la cuestión de los orígenes. En efecto, la existencia de Dios Creador puede ser conocida con certeza por sus obras gracias a la luz de la razón humana (cf. Concilio Vaticano I: DS, 3026), aunque este conocimiento es con frecuencia oscurecido y desfigurado por el error. Por eso la fe viene a confirmar y a esclarecer la razón para la justa inteligencia de esta verdad: «Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de manera que lo que se ve resultase de lo que no aparece» (Hb 11,3).

[287] La verdad en la creación es tan importante para toda la vida humana que Dios, en su ternura, quiso revelar a su pueblo todo lo que es saludable conocer a este respecto. Más allá del conocimiento natural que todo hombre puede tener del Creador (cf. Hch 17,24-29; Rm 1,19-20), Dios reveló progresivamente a Israel el misterio de la creación. El que eligió a los patriarcas, el que hizo salir a Israel de Egipto y que, al escoger a Israel, lo creó y formó (cf. Is 43,1), se revela como aquel a quien pertenecen todos los pueblos de la tierra y la tierra entera, como el único Dios que «hizo el cielo y la tierra» (Sal 115,15; 124,8; 134,3).

Estos dos números del Catecismo aplican al origen de la creación lo que ya sabemos acerca de la posibilidad del conocimiento racional de Dios (n. 36 y 47) y la limitación de ese conocimiento (n. 37), que abre paso a la Revelación para que el hombre pueda acceder sin dificultad y con certeza a la realidad de Dios (n. 38)26.

Si «Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas» (Concilio Vaticano I, citado en el n. 36 del Catecismo), eso significa que, con la razón, usada rectamente, podemos dar la respuesta adecuada a la pregunta del origen del universo: partiendo de la realidad de la Creación llegamos por la razón al Dios creador como la causa necesaria de la existencia de todo. Aquí siguen siendo válidas las «vías» de santo Tomás que recoge el Catecismo en los n. 31-34. Cabe recordar, siguiendo el n. 36, que esta capacidad de conocer el origen de todo lo que existe por medio de la razón no es independiente de Dios de forma absoluta, ya que «el hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado “a imagen de Dios”».

Esta posibilidad del conocimiento del Creador a partir de la creación está atestiguada por la misma Palabra de Dios, en dos textos a los que necesariamente hay que hacer referencia:

El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo. De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar, con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: «Somos estirpe suya». Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre (Hch 17,24-29).

Porque lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables (Rm 1,19-20).

Que sea posible establecer con la razón la conexión entre la creación y su Creador no significa que sea fácil para todos los hombres y que no exista la posibilidad de error, especialmente para el hombre caído en el pecado. La prueba está en las diferentes interpretaciones que ha descrito el Catecismo en el n. 285.

A pesar de que la razón humana, sencillamente hablando, pueda verdaderamente por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y gobierna el mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, sin embargo hay muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto su poder natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles, y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan de que son falsas, o al menos dudosas, las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas (Pío XII, enc. Humani generis: DS 3875, citado en el n. 37 del Catecismo).

Por esta razón, la misericordia de Dios ha querido revelar su existencia y, con ella, el origen de la creación, «a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error» (Concilio Vaticano I, citado en el n. 38 del Catecismo). De nuevo comprobamos que la fe y la razón llegan a la misma verdad por caminos distintos, que no se oponen, sino que se complementan y se apoyan entre sí. La importancia del conocimiento del origen de la creación y del hombre en particular justifican que estas realidades formen parte de la revelación de Dios, es «saludable» conocer estas verdades, o lo que es lo mismo, es necesario y conveniente este conocimiento para nuestra salvación:

Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la divina revelación, Dei Verbum, 11).

Hay que recordar también en este momento una característica importantísima de la Revelación de Dios: es «progresiva», Dios se revela «gradualmente» (cf. Catecismo, n. 53). Lo que aparece en las primeras páginas de la Biblia no es lo primero que Dios reveló a su pueblo. Primero se manifestó a Abrahán como Dios personal que sale a su encuentro en su historia concreta, le guía y le ofrece promesas; especialmente al liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto Dios se muestra como el que es poderoso para salvar a su pueblo; y, cuando se manifiesta como el único Dios, el Dios de todos los pueblos, al que pertenece la tierra entera, se revela ya con toda claridad como el Dios que hizo el cielo y la tierra.

Lo afirman los profetas, especialmente desde el exilio en Babilonia, porque revelación plena del Dios único y del Dios creador van de la mano:

¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?
El Señor es un Dios eterno
que ha creado los confines de la tierra.
No se cansa, no se fatiga,
es insondable su inteligencia (Is 40,28).

Esto dice el Señor, tu libertador,
que te ha formado desde el seno materno:
«Yo soy el Señor, que hace todas las cosas.
Despliego los cielos por mí mismo,
pongo los fundamentos de la tierra,
¿y quién me ayuda?» (Is 44,24).

Así dice el Señor, creador del cielo
él es Dios ,
él modeló la tierra,
la fabricó y la afianzó,
no la creó vacía,
sino que la formó habitable:
«Yo soy el Señor, y no hay otro» (Is 45,18).

Los salmos proclaman a Dios creador como motivo de alabanza y fundamento de la confianza:

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios?».
Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:
tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;
tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta […]
Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los que temen al Señor,
pequeños y grandes.
Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos.
Benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra (Sal 115,1-7.12-15).

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra (Sal 124, 8).

El Señor te bendiga desde Sión,
el que hizo cielo y tierra (Sal 134,3).

[288] Así, la revelación de la creación es inseparable de la revelación y de la realización de la Alianza del Dios único, con su pueblo. La creación es revelada como el primer paso hacia esta Alianza, como el primero y universal testimonio del amor todopoderoso de Dios (cf. Gn 15,5; Jr 33,19-26). Por eso, la verdad de la creación se expresa con un vigor creciente en el mensaje de los profetas (cf. Is 44,24), en la oración de los salmos (cf. Sal 104) y de la liturgia, en la reflexión de la sabiduría (cf. Pr 8,22-31) del pueblo elegido.

La revelación de Dios como Creador de todo lo que existe no se manifiesta de forma aislada de la historia de la salvación en la que Dios va realizando la alianza con su pueblo. Todo lo contrario, el Dios creador se va revelando en la medida que sale al encuentro de su pueblo y va estableciendo con él la alianza que culmina en el monte Sinaí. De hecho, la revelación de la creación no es una información aséptica desde el punto de vista religioso, sino que se presenta el acto creador de Dios como el primer paso de la historia de la salvación, encaminado a la alianza entre Dios y los hombres; por otro lado, el poder que manifiesta Dios en la creación sirve de apoyo para confiar en el poder salvador del Dios de la Alianza.

Este primer capítulo [de la Biblia] no es una magnitud autónoma y puramente aislada, un documento perfectamente completo en sí mismo, y que se puede interpretar totalmente dentro de sus propias coordenadas. De ninguna manera; el relato de la creación no es más que el comienzo de un gigantesco libro, que comprende toda una historia. Una historia que empieza con la creación del mundo, sigue con los sucesos de los patriarcas, contempla la constitución de Israel como pueblo, se detiene a placer en los acontecimientos que tuvieron lugar en el monte Sinaí, cuenta los largos años de travesía del desierto y se cierra con la toma de posesión de la tierra prometida, el país de Canaán. […]. Su intención es presentar el proceso que llevó a Israel a convertirse en pueblo y la intervención de Dios en esa historia particular, conduciendo sus avatares, orientando sus decisiones y realizando, por medio de ese pueblo único, sus planes de alcance universal. Pero ahí está lo sorprendente: el libro, esta grandiosa etiología de Israel, no comienza -como sería lo más lógico- con Abrahán, primer antepasado y figura fundacional del pueblo, sino con la creación del mundo. Eso encierra, indudablemente, una pretensión extraordinaria: para poder hablar correctamente sobre Israel, para poder entender con exactitud la peculiaridad de ese pueblo, hay que remontarse hasta la misma creación del mundo, ya que en el pensamiento universal de Dios Israel tiene un puesto bien determinado. Por eso, el Génesis, primer libro de esa historia, comienza con la creación. Y procede así no por un interés científico, que podríamos denominar neutral, por la cuestión del origen del universo, como lo hizo la antigua filosofía natural griega que trataba de encontrar un último principio que proporcionase la clave de la comprensión del mundo. No; si el Génesis comienza con la creación del mundo es porque aquí empieza una historia entre Dios y el hombre; y en esa historia Israel va a ocupar un puesto central. Este es el significado más profundo de ese comienzo de la Biblia: no se puede entender correctamente a Israel, en sus convicciones de fe o en la peculiaridad de su culto, si no se le contempla desde el telón de fondo de la creación originaria. Sólo entonces se puede apreciar en su justa medida todo lo que este libro dice sobre Israel […]. El relato de la creación no es más que el comienzo de una gran obra histórica. Con la creación del mundo queda desvelada la finalidad de la historia; concretamente, de una historia en la que se revelan de manera creciente las intervenciones salvíficas de Dios. La exaltación lírica de muchos salmos está en perfecta consonancia con esta doctrina sacerdotal, mucho más hierática y escriba, cuando cantan la creación del universo como la primera intervención salvífica de Dios27.

· · ·

La creación, en la Biblia, no es simplemente un acontecimiento que pasó o sucedió de una vez para siempre. La doctrina de la creación, en el libro sagrado, se contiene en otra de valor religioso más inmediato y que está, por ello, más explícita: la doctrina de la dependencia actual de Israel respecto de Dios. Dios, para su pueblo, es ante todo el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, que ha hablado a Moisés y conduce al pueblo con el que ha pactado la alianza, La idea de la creación, aunque ciertamente es una de las verdades que pertenecen al más antiguo patrimonio religioso del judaísmo, no aparece explicitada hasta más tarde, cuando se profundizó en la idea religiosa del dominio universal de Dios28.

Es cierto que el relato de Gn 1 está despojado de florituras retóricas y se concentra en formulaciones teológicas y afirmaciones precisas, pero también la Escritura sabe, especialmente en los salmos, hablar de forma emocionada y poética de la creación29.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
aceite que da brillo a su rostro,
y el pan que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros del león rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
¡Aleluya! (Sal 104; cf. Sal 74,13-17; 81,10-14).

Cuando la reflexión sapiencial ponga sus ojos en la sabiduría creadora de Dios, expresará cómo Dios ha realizado la creación por medio de ella:

El Señor me creó al principio de sus tareas,
al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remoto fui formada,
antes de que la tierra existiera.
Antes de los abismos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Aún no estaban aplomados los montes,
antes de las montañas fui engendrada.
No había hecho aún la tierra y la hierba,
ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;
cuando sujetaba las nubes en la altura,
y fijaba las fuentes abismales;
cuando ponía un límite al mar,
cuyas aguas no traspasan su mandato;
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a él, como arquitecto,
y día tras día lo alegraba,
todo el tiempo jugaba en su presencia:
jugaba con la bola de la tierra,
y mis delicias están con los hijos de los hombres (Pr 8,22-31).

[289] Entre todas las palabras de la sagrada Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un lugar único. Desde el punto de vista literario, estos textos pueden tener diversas fuentes. Los autores inspirados los han colocado al comienzo de la Escritura de suerte que expresan, en su lenguaje solemne, las verdades de la creación, de su origen y de su fin en Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación del hombre, finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la salvación. Leídas a la luz de Cristo, en la unidad de la sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia, estas palabras siguen siendo la fuente principal para la catequesis de los misterios del «comienzo»: creación, caída, promesa de la salvación.

Los tres primeros capítulos del Génesis -y de toda la Biblia- siguen ocupando el lugar privilegiado de la revelación de la creación (cap. 1-2) y de la caída (cap. 3). No son relatos míticos ni historias para niños, sino que expresan verdades fundamentales de la fe, envueltas en las concepciones del universo de su tiempo, como no podía ser de otra manera.

Para comprender debidamente la descripción bíblica de la actividad creadora de Dios (la Obra de los seis días), conviene tener en cuenta que toda la Sagrada Escritura es una obra inspirada, pero que no pretende comunicarnos conocimientos científicos, sino las cosas que se relacionan con los planes salutíferos de Dios con nosotros. Las constataciones científicas de la Biblia no deben ser consideradas como enseñanzas sobre problemas de Física o Historia Natural, sino como el cuerpo, es decir, como revestimiento del contenido revelado. Pertenecen, por tanto, a la forma de expresión literaria. Los escritores sagrados tuvieron que servirse de una forma que pudiese ser comprendida por sus contemporáneos. Por consiguiente, al referirse a cosas o fenómenos de la naturaleza que habían de constituir, como el cuerpo, o el revestimiento de los contenidos religiosos que pretendían comunicar, tuvieron que servirse del lenguaje e ideas de su tiempo. La palabra de Dios, si ha de ser comprendida por el hombre, tiene que manifestarse bajo las formas de intuición y pensamiento de una determinada situación histórica. Los hagiógrafos, lo mismo que los antiguos escritores eclesiásticos, tuvieron que servirse de la cosmología antigua al atestiguar el origen divino del mundo. Este testimonio en cuanto tal no depende de aquella cosmología. Por eso no ha perdido nada de su valor después que han sido superadas las ideas cosmológicas de la antigüedad. Cualquiera que sea el modo de concebir el mundo, ya se trate de la cosmología de los antiguos o de la ciencia moderna tal como ha sido representada por Galileo, Kepler, Newton, Planck, Einstein, Heisenberg, etc., lo cierto es que el mundo ha sido creado por Dios. El hecho de que los sagrados escritores se hayan servido de las ideas cosmológicas de su tiempo para dar testimonio de la actividad creadora de Dios no se opone de ningún modo a la inspiración de la Sagrada Escritura. La inspiración sólo exige que la forma de expresión se sirva de los medios adecuados para manifestar el contenido religioso que ha de ser revelado, careciendo de toda importancia el que el modo de expresión corresponda o no a las exigencias rigurosas de las Ciencias Naturales30.

Estos capítulos del Génesis revelan verdades y realidades que siguen siendo muy valiosas para el hombre de hoy: no sólo hablan de que Dios crea todo lo que existe, sino también del fin, orden y bondad de todo lo creado y, en especial, de la realidad del hombre: su origen, su dignidad, su vocación y su destino. De momento nos ocuparemos de los dos relatos de la creación (Gn 1-2) y más tarde aprovecharemos la enseñanza sobre el pecado y sus consecuencias en Gn 3, que nos ayudan a comprender la situación del hombre y la redención de Cristo.

Como toda Palabra de Dios estos primeros capítulos del Génesis han de leerse en el conjunto de la Biblia; y, como parte del Antiguo Testamento que son, deben interpretarse a la luz de Cristo y con la ayuda irrenunciable de la Tradición de la Iglesia. Debemos tener en cuenta, especialmente, la perspectiva de la creación que aporta el Nuevo Testamento, al manifestar el papel fundamental del Hijo en ella, como veremos enseguida (cf. Jn 1,1-10; Col 1,15-17).

En los dos primeros capítulos del Génesis encontramos dos relatos distintos de la creación:

  • -El primero (Gn 1,1-2,4a) se trata de una enseñanza sacerdotal, escrita después del exilio de Babilonia (538-450 aC). Es un relato elaborado durante siglos, ordenado, preciso y concentrado. Manifiesta con sobriedad la creación de Dios. No tiene nada que ver con lo simbólico, de hecho, va contra los mitos de su época. La creación se describe en el marco de siete días, en orden creciente de relación con el Creador. Se basa en la «ciencia» de su época, pero es una afirmación sobre la creación realizada por Dios. Subraya a cada paso que lo creado «era bueno», hasta decir al final que «era muy bueno». Aparece el día del descanso de Dios. Queda clara la creación de la nada, como un hecho único e irreversible, que es el comienzo de la historia. Tiene especial importancia sus afirmaciones sobre el hombre y la mujer.
  • -El segundo relato (Gn 2,4b-25), paradójicamente es más antiguo y pertenece a la fuente denominada yahwista (de la época de Salomón, alrededor del año 950 aC), que, a su vez, recoge tradiciones más antiguas. Tiene la forma de una narración, no de una doctrina, que recoge un momento único de la historia de Dios con el hombre. Es un relato más descuidado que el sacerdotal, que no busca tanto la coherencia y la exactitud. Utiliza imágenes sencillas y claras, que pretenden comunicar verdades y realidades, aunque de un modo más indirecto que el primer relato. Se centra en la creación del hombre y de su relación con el Creador. No es el paso del caos al cosmos, como el primer relato, sino del desierto al jardín: Dios crea el mundo cercano que el hombre necesita, sin fijarse en el universo. El hombre es la primera de las criaturas, ligado a la tierra, pero con un soplo divino que le transmite la vida. Es en este relato donde aparecen Adán y Eva, el Paraíso, el árbol de la vida y la prohibición de comer del árbol del bien y del mal. El relato de la caída (Gn 3) es continuación de él y también pertenece a la tradición yahwista.

Al margen del ropaje literario de estos dos relatos es imprescindible saber reconocer en ellos las verdades que Dios quiere revelar y siguen siendo válidas y necesarias para el hombre de todos los tiempos:

Contenido doctrinal del primer capítulo del Génesis. Podemos resumirlo brevemente después de esta larga exposición.

-La enseñanza fundamental es la creación de todas las cosas por el único Dios. Si no se ve formalmente el concepto filosófico de la creación ex nihilo se contiene equivalentemente.

-Resplandecen claramente los principales atributos divinos: la omnipotencia, creando con una sola palabra; la sabiduría, organizando el cosmos y declarando buenas las cosas salidas de sus manos; la providencia atendiendo al sostenimiento de los animales y del hombre.

-Se subraya la primacía la supremacía del hombre sobre todas las cosas visibles por la deliberación divina que antecede a su creación (Gén. 1,26), por la descripción que se hace de su creación a imagen de Dios (Gén. 1,27), y por el dominio que se le confiere sobre todos los animales (Gén. 1,28).

-La ley del descanso sabático tiene su fundamento en la bendición y santificación del séptimo día tal como se describe en Gén. 2,2s31.

· · ·

Resumiendo, pues, constatamos que la Sagrada Escritura nos ofrece las siguientes enseñanzas:

1º El mundo depende totalmente de Dios en su ser y en su obrar: esta verdad se enseña claramente y contiene en sí, de modo implícito, la creación de la nada. Si elemento constitutivo del mundo fuera la materia increada, esa dependencia absoluta sería imposible.

2º Dios es autor del mundo y de todo cuanto en él existe. No hay en el mundo fuerzas o seres que no provengan de Dios. También esta verdad se halla explícita en la Biblia.

3º Dios ha creado el mundo de la nada. Esta doctrina, en su formulación metafísica, figura menos en el campo de la enseñanza religiosa de la Escritura; está, empero, presente como fundamento de la integral dependencia del mundo respecto de Dios y no faltan pasajes en que aparece expresada con suficiente claridad: a) 2 Mac 7,21-28: en las palabras de la madre de los Macabeos, aprobadas por el autor inspirado. b) Gén 1 y en los lugares dependientes de él, donde se ve la absoluta independencia de Dios en la producción del mundo. c) Prov 8,22-26, y en las descripciones semejantes, donde se afirma que sólo Dios existía antes del mundo. d) En muchas afirmaciones del Nuevo Testamento que muestran que todo procede de Dios32.

La creación: obra de la Santísima Trinidad

[290] «En el principio, Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1,1): tres cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: el Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de Él. Solo Él es creador (el verbo «crear» -en hebreo bara– tiene siempre por sujeto a Dios). La totalidad de lo que existe (expresada por la fórmula «el cielo y la tierra») depende de Aquel que le da el ser.

Este primer versículo de la Biblia, que pertenece al primer relato de la creación (de la fuente sacerdotal), es una especie de resumen previo de la acción creadora de Dios que se va a desplegar en los seis días previos al descanso de Dios.

Debemos entender este v 1 como enunciado sumario de lo que luego, paso a paso, se irá desarrollando a continuación33.

Cuando el autor de este versículo habla de «el cielo y la tierra» se refiere claramente a la totalidad de lo que existe. Como hemos visto, el relato que sigue depende de la concepción del universo que se tiene en ese momento y de cómo se entiende que está estructurado el cielo y la tierra. Pero el contenido de la afirmación vale para cualquier concepción del cosmos: todo ha sido creado por Dios.

Se trata de una concepción simplista que se basaba en los datos suministrados por las apariencias externas. Según esta concepción, la casa cósmica constaba de tres partes: sótano, planta baja y piso superior. El sótano era la morada de los muertos (sheol); la planta baja o tierra era la habitación del hombre, y el plano superior era el cielo de Dios (Ps. 103,19). La tierra se concibe como una inmensa extensión discoidal (Prov. 8,26; Is. 40,20; ISam. 2,8) asentada sobre columnas (IISam. 22,6; Ps. 75,4; Ps. 104,5; Ps. 18,16; Prov. 8,29 Job 9,6; 38,4-8) y sostenida por las aguas del mar inferior sobre el cual flota (Ex. 20,4; Ps. 24,2; Ps. 136,6) de tal manera que los ríos son aberturas por donde salen las aguas subterráneas (Gén. 8,2; Prov. 8,28). El cielo o firmamento es una inmensa superficie de metal luciente o cristal (Ex. 24,10; Job 37,18) o como una tienda (Prov. 8,27; Ps. 104,2), que está sujeto por columnas (Job 26,11) que son los collados eternos y que sirven también de muro a la parte inferior de la casa cósmica. Encima del firmamento están las aguas superiores (Ps. 104,13 y Ps.148,4), que a veces pueden caer tumultuosamente sobre la tierra si Dios abre las cataratas del cielo (Gén. 7,11). También en el firmamento están los tesoros o departamentos en los que se contienen los vientos (Ps.135,7); nubes (Ecclo. 43,15); hielos (Job 38,29); granizo (Job 38,22); nieve (Job 38,22); luz (Job 38,19). Los astros son como recipientes de un poco de esa luz y unos están fijos en el firmamento mientras otros son movibles. El sol y la luna alternan en el dominio del día y la noche saliendo de sus respectivas moradas excavadas en los montes eternos (Ps.19,56; Job 9,7). De toda esta concepción primitiva se vale el autor para enseñar que Dios hizo todas las cosas34.

· · ·

Si el relato de la creación se hubiera limitado a afirmar que «al principio Dios creó el mundo», si hubiera quedado satisfecho con esta profesión de fe contenida en el primer versículo del libro, nos habríamos ahorrado muchos quebraderos de cabeza. Pero como la fe pasa revista a las expresiones concretas sobre la relación de Dios con sus creaturas y a las regulaciones particulares que ordenan la relación mutua entre las propias criaturas, el relato tiene que hablar aquí y allá de esas cosas según la concepción científica de su tiempo. Es, en definitiva, lo que también nos pasa a nosotros: cuando queremos expresar nuestras convicciones de fe, no tenemos más remedio que echar mano de los conocimientos científicos que nos proporciona nuestra época35.

El contenido de estas palabras es rico e importante. Todo lo que existe fuera de la Trinidad tiene su origen en Dios, por lo tanto, Dios es el creador de todo; y, no sólo, el que le da la existencia a todo, sino el que lo mantiene todo en el ser. Es necesario precisar que según estas palabras lo que tiene principio es la creación, no Dios, que es eterno; y que crea él solo, sin ningún intermediario y sin ningún oponente, sin materia prima anterior a lo creado.

Es de especial importancia el verbo empleado aquí en el texto hebreo para el acto de crear (bara‘), que se trata de una acción exclusiva de Dios; y, aunque no afirme de forma explícita la creación de la nada, está muy cerca de ella.

Para el concepto de la creación divina, la lengua hebrea dispone de un verbo que, como bien indica su correspondiente fenicio, podría designar también la creación artística; pero el uso que el AT hace de tal término no permite semejante comparación: lo emplea exclusivamente para designar la creación divina. Esta coerción teológica, cuyos efectos se extienden hasta la lingüística, tiene gran importancia (cfr salah «perdonar», reservado al perdón divino). Trátase de un crear carente por completo de analogías. Con razón se dice que el verbo bará «crear», contiene por un lado la noción de una total ausencia de esfuerzo y por el otro la idea de una creatio ex nihilo, pues nunca ha sido ligado a la creación de la materia. El pathos oculto de esta frase está en que Dios es el Señor del universo. Pero no sólo en el sentido de que él sometió a su voluntad ordenadora un caos preexistente. Resulta asombroso ver cuán netamente se separó el pequeño pueblo de Israel de un entorno de mitos cosmogónicos y teogónicos que parecía preponderante. No se trata aquí de un misterio generador del mundo primigenio del que se dedujese una divinidad, ni de un combate «creador» entre fuerzas míticamente personificadas, cuya resultante fuese el cosmos, sino de aquel que no es combatiente ni engendrador, de aquel a quien sólo conviene el atributo de Creador36.

· · ·

Lo decisivo aquí no es que antes de la creación no hubiera «nada», sino el hecho de que la actuación de Dios hace surgir algo nuevo, algo que antes no existía de ese modo. De por sí, pues, el verbo no designa una creatio ex nihilo, pero viene a significar precisamente lo que en otras mentalidades se quiere asegurar por medio de la expresión creatio ex nihilo: la creación extraordinaria, soberana, sin esfuerzo y completamente libre, por parte de Dios37.

Cuando el Salmo 51,12 se refiera a la acción extraordinaria que da al pecador un corazón puro, volverá a emplear este verbo bará con toda propiedad: sólo Dios puede hacerlo.

Esta acción de Dios no se reduce a ese momento primero, sino que permanece en el tiempo, porque todo lo que existe depende de Dios, es él quien mantiene todo en la existencia:

«Creación» quiere decir no sólo que Dios al principio llamó al mundo a la existencia, sino que Dios lleva en su mano y cuida continuamente de sus creaturas, para que no recaigan en el abismo de la informidad originaria que cada segundo se abre bajo su existencia38.

Las cosas creadas por Dios no pueden subsistir, después de creadas, sin su virtud infinita. Por eso mismo, Dios está presente a todas las cosas creadas por su Providencia, conservándolas en el ser con el mismo poder con que las creó al principio, sin lo cual volverían a la nada (Sab. 11,26.) (Catecismo Romano, parte I, c. 2, n. 21).

Es falsa, por consiguiente, la teoría de los deístas, los cuales afirman que la conservación del mundo es meramente negativa, es decir, una no-destrucción. Falsa es también la opinión de los que afirman que la conservación del mundo es una creación continuamente renovada (Bayle). La conservación del mundo es una creación incesantemente duradera39.

[291] «En el principio existía el Verbo […] y el Verbo era Dios […] Todo fue hecho por él y sin él nada ha sido hecho» (Jn 1,1-3). El Nuevo Testamento revela que Dios creó todo por el Verbo Eterno, su Hijo amado. «En él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra […] todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16-17). La fe de la Iglesia afirma también la acción creadora del Espíritu Santo: él es el «dador de vida» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano), «el Espíritu Creador» (Liturgia de las Horas, Himno Veni, Creator Spiritus), la «Fuente de todo bien» (Liturgia bizantina, Tropario de vísperas de Pentecostés).

[292] La acción creadora del Hijo y del Espíritu, insinuada en el Antiguo Testamento (cf. Sal 33,6;104,30; Gn 1,2-3), revelada en la Nueva Alianza, inseparablemente una con la del Padre, es claramente afirmada por la regla de fe de la Iglesia: «Sólo existe un Dios […]: es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es decir, por su Verbo y por su Sabiduría», «por el Hijo y el Espíritu», que son como «sus manos» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 2,30,9 y 4,20,1). La creación es la obra común de la Santísima Trinidad.

Al afirmar que la creación es obra común de la Trinidad, sólo estamos aplicando al acto creador, por lo tanto, externo a las relaciones de las tres personas divinas, lo que ya conocíamos por el n. 258:

Toda la economía divina es la obra común de las tres Personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola y misma operación (cf. Concilio de Constantinopla II, año 553: DS 421). «El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de las criaturas, sino un solo principio» (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1331).

Para que esto quede meridianamente claro, indica los lugares de la Escritura y de la Tradición en los que aparece con claridad el papel del Hijo y del Espíritu Santo en la creación.

El Nuevo Testamento revela con claridad el papel del Hijo en la obra creadora:

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió […]. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció (Jn 1,1-5.9-10).

  • -Es claro el paralelismo del comienzo del prólogo del evangelio de san Juan y las palabras de Gn 1,1. Si el primer versículo de la Biblia nos habla del «principio», el momento en el que comienza el tiempo con la creación, san Juan nos lleva también al principio, pero el principio eterno de la relación entre el Padre y el Hijo -el Verbo- en el seno de la Trinidad.
  • -Ya el primer relato de la creación que aparece en el libro del Génesis habla de la creación por medio de la palabra de Dios, que dice «exista la luz», y la luz comienza a existir (cf. Gn 1,3). Ahora Dios lo crea todo por su Verbo, que es divino: cuando dice que el Verbo era Dios, no lo identifica con la persona del Padre, sino que participa de la cualidad de Dios como el Padre40.
  • -Lo mismo que el relato de Gn 1 subraya la bondad de todo lo creado apartándose del dualismo y del gnosticismo, también san Juan en su prólogo subraya que el Padre crea todo por medio del Verbo y, por lo tanto, es bueno.
  • -La causalidad del Verbo en la creación puede ser, a la vez, eficiente y ejemplar: no sólo produce el efecto de la realidad creada, sino que deja en ella su huella.

· · ·

Él [el Hijo] es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él (Col 1,15-17).

  • -Hay que tener en cuenta que estas afirmaciones sobre el papel creador del Hijo están enmarcadas en el himno de Col 1,15-20, que constituye el núcleo doctrinal de la carta, en el que además del papel del Hijo en la creación se afirma claramente su preexistencia, el ser imagen de Dios y la tarea de la reconciliación. Cristo no sólo será cabeza de la creación, sino de la Iglesia.
  • -El que es «imagen» de Dios, manifestando su especial relación con el Padre (cf. Catecismo, n. 241), es, a la vez que creador y revelador: «Es aquel por cuyo medio Dios, radicalmente inaccesible, crea el mundo y se comunica al que no puede verle directamente»41.
  • -Aunque san Pablo le denomine «primogénito de toda criatura», eso no quiere decir que el Hijo sea la primera de las cosas creadas, como muestra la afirmación posterior de que «es anterior a todo» y «todo fue creado por él». Quiere decir que está colocado al frente de todos, «aquel que lleva a cabo el devenir y el proceso de todos los seres que le siguen. No es, pues, simplemente el primer objeto pasivo de la acción de Dios, sino el sujeto activo en la extensión de esta acción a las criaturas que le siguen»42.
  • -Subraya que «todo» fue creado por él y para él, lo celeste y lo terrestre, lo visible y lo invisible, es decir, también el mundo de los ángeles.
  • -Al comienzo parece que se le da un sentido local a su acción creadora: «En él fueron creadas todas las cosas»43, «el lugar donde el mundo vive», como cuando se afirma que «todo se mantiene en él» y que «en él» reside toda la plenitud. Pero más adelante se afirma claramente que todo es creado «por medio de él» y «para él»: es el origen y a la vez la meta y el objetivo (escatológico), el que da sentido a todo lo creado, y no sólo su modelo.
  • -El Hijo conserva la creación, mantiene en la existencia lo creado: «La totalidad de lo que existe depende de Aquel que le da el ser» (Catecismo, n. 290); «da cohesión al mundo y lo preserva de la disgregación»44.

Aunque el papel del Espíritu Santo en la creación no está tan explícitamente afirmado, tenemos suficientes pistas en la Escritura para afirmar con el Credo de los Concilios que el Espíritu Santo es «dador de vida», invocar con la liturgia la venida del «Espíritu Creador», y afirmar con los Padres que el Padre crea con sus dos manos: el Hijo y el Espíritu.

La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas (Gn 1,2).

La palabra del Señor hizo el cielo;
el aliento de su boca, sus ejércitos (Sal 33,6).

Envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra (Sal 104,30).

La teología nos puede ayudar a descubrir como del amor entre las tres divinas personas surge la obra común de la creación:

Como quiera que Dios ama en cuanto que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, el amor divino podría ser definido de la siguiente manera: Dios se ama a sí mismo en cuanto que el Padre ama al Hijo y al Espíritu; el Hijo, al Padre y al Espíritu; el Espíritu Santo, al Padre y al Hijo. El amor con que el Padre ama al Hijo es tan íntimo e intenso, que no solamente desea para Él la felicidad que le proporciona su propio amor paternal, sino también el amor de otra persona. En primer lugar, y sobre todo, le desea el amor del Espíritu Santo. Pero el Padre quiere, además, que lleguen hasta su Hijo las llamas de un amor externo a Dios. Además, le desea la felicidad que implica toda forma de entrega amorosa, le desea que pueda difundir su amor no sólo en los ámbitos de lo divino, sino también fuera de ellos. Con este fin proyecta la creación de una realidad distinta de la divina, para que el Hijo pueda amarla y pueda ser amado por ella. En la generación comunica al Hijo este plan del mundo concebido por amor al Hijo. Este lo acepta por amor al Padre. Es decir, desea para el Padre lo que el Padre desea para Él. El Padre y el Hijo comunican dicho plan al Espíritu Santo en la aspiración. Le desean al Espíritu Santo lo mismo que se desean mutuamente. El Espíritu Santo acepta el plan del mundo y actúa su amor al Padre y al Hijo, del mismo modo que éstos el amor con que aman al Espíritu Santo. En el Espíritu se consuma el movimiento que comienza en el Padre, y desde aquél, cuando el Dios trinitario lo quiere, sobrepasa las fronteras del amor y ser divinos. Aun cuando Dios no realizase de este modo el placer que le produce su propia perfección y el amor con que la ama, ese placer no sería inferior. Pero en los arcanos de su inescrutable voluntad está dispuesto que ha de realizar también el amor que se tiene a sí mismo difundiendo hacia fuera su perfección. Nosotros no sabemos por qué Dios lo ha decidido así, siéndonos por eso desconocido el fundamento profundo de la creación del mundo. Se trata aquí de un misterio inescrutable del amor divino45.

El mundo ha sido creado para la gloria de Dios

[293] Es una verdad fundamental que la Escritura y la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar: «El mundo ha sido creado para la gloria de Dios» (Concilio Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas las cosas, explica san Buenaventura, non […] propter gloriam augendam, sed propter gloriam manifestandam et propter gloriam suam communicandam («no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla») (In secundum librum sententiarum, dist. 1, p. 2, a.2, q. 1, concl.). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt («Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas») (Santo Tomás de Aquino, Commentum in secundum librum Sententiarum, 2, prol.) Y el Concilio Vaticano I explica:

El solo verdadero Dios, en su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección por los bienes que otorga a sus criaturas, con libérrimo designio, justamente desde el comienzo del tiempo, creó de la nada una y otra criatura (DS 3002).

[294] La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros «hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,5-6): «Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4,20,7). El fin último de la creación es que Dios, «Creador de todos los seres, sea por fin “todo en todas las cosas” (1Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad» (AG 2).

Dios no crea por necesidad alguna, ni tampoco porque la creación le añada algo que no tenga o le enriquezca de algún modo. Sólo le mueve a crear su amor y su bondad, su deseo de que el amor que es en sí mismo desborde fuera de él. Es lo que expone bellamente santo Tomás: es la llave del amor la que abre la mano (las manos que son el Hijo y el Espíritu) por la que Dios crea todas las cosas.

El mundo, por tanto, no tiene su fin en sí mismo, sino en Dios:

De él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén (Rm 11,36).

Todo fue creado por él y para él (Col 1,16).

Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último (Ap 22,13).

Dios no ha creado para recibir, sino para dar. ¿Qué podría recibir de las criaturas el Dios infinito, omnipotente y transcendente?

El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo (Hch 17,24-25).

Dios comunica su perfección y su bondad a las criaturas y, por esa razón manifiestan la perfección y la bondad de Dios (cf. Gn 1,31: «Vio Dios que era muy bueno»), y son una invitación a alabar a Dios. Eso es lo que expresamos cuando decimos que las criaturas glorifican a Dios.

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje (Sal 19,2-5).

También la historia de la salvación es una manifestación del poder y la bondad de Dios y una invitación a proclamar su gloria.

Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria,
caballos y carros ha arrojado en el mar.
Mi fuerza y mi poder es el Señor,
Él fue mi salvación.
Él es mi Dios: yo lo alabaré;
el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré (Ex 15,1-2).

El hombre, como criatura de Dios, refleja de un modo especial sus perfecciones porque ha sido creado «a imagen y semejanza» suya (Gn 1,26), y está llamado a percibir y proclamar la gloria de Dios de un modo consciente y personal; y si no lo hace, el ser humano no es fiel a la capacidad y a la misión que Dios le ha concedido.

Discernimiento, lengua y ojos,
oídos y corazón les dio para pensar.
Los llenó de ciencia y entendimiento,
y les enseñó el bien y el mal.
Puso su mirada en sus corazones,
para mostrarles la grandeza de sus obras,
y les concedió gloriarse por siempre de sus maravillas.
Por eso alabarán su santo nombre,
para contar la grandeza de sus obras (Eclo 17,6-10).

Lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias (Rm 1,19-21).

Todo esto lo expresamos diciendo que el mundo ha sido creado «para gloria de Dios».

El término hebreo kebôd yhwh [gloria de Yahweh] significa etimológicamente algo grave, de peso, que el hombre puede percibir; pertenece, por tanto, a la esfera de lo sensiblemente perceptible. La gloria se halla indisolublemente unida a la santidad […]. La gloria en su núcleo esencial es propia de Dios: pone de manifiesto que Dios está oculto en su trascendencia, pero también presente en la revelación. En virtud de su estructura intrínseca, el idioma hebreo permite expresar ambos aspectos con el término santidad. Sin embargo, en razón de la gran importancia del dinamismo divino para con el hombre, el hebreo ha hecho de la expresión «gloria de Dios» un término técnico especial que significa la manifestación exterior de la santidad de Yahvé46.

En la Biblia hebraica la palabra que significa gloria implica la idea de peso. El peso de un ser en la existencia define su importancia, el respeto que inspira, su gloria. Para el hebreo, pues, a diferencia del griego y de nosotros mismos, la gloria no designa tanto la fama cuanto el valor real, estimado conforme a su peso […]. La expresión «la gloria de Yahveh» designa a Dios mismo en cuanto se revela en su majestad, su poder, el resplandor de su santidad, el dinamismo de su ser47.

Las criaturas dan gloria a Dios de distintas maneras:

La gloria que dan las criaturas a Dios se denomina gloria externa. Se divide en objetiva y formal. La primera la tributan todas las criaturas, sin excepción, por el hecho de su mera existencia, en cuanto que las perfecciones de las criaturas reflejan las perfecciones del Creador; cf. Ps 182: «Los cielos pregonan la gloria de Dios»; Dan 3,52ss (Benedícite); Ps 148. La gloria formal la rinden únicamente las criaturas racionales con su entendimiento y voluntad por el hecho de que ellas conocen y reconocen la perfección de Dios; Ps 146-150 (Laudate Dominum)48.

Como muy bien ilustra el texto de san Buenaventura las creación dan gloria a Dios, no porque con la ella aumente la gloria de Dios, sino porque la manifiesta y la comunica.

El hombre, con sus cualidades como persona creada a imagen y semejanza de Dios, contempla esta gloria de Dios, la proclama, la alaba y la agradece: en este sentido da gloria a Dios:

Puesto que la expresión gloria de Dios contiene en sí la noción de participación y de alabanza podemos asegurar que el mundo existe para gloria de Dios, entendiendo estas palabras indiferentemente en el sentido de que el mundo ha sido creado para participar de la bondad de Dios o que ha sido creado para alabar49.

De ningún modo deben oponerse los aspectos fundamentales de la gloria de Dios: por un lado, participación de la bondad y perfección de Dios; y, por otro, proclamación y alabanza del ser bondadoso y perfecto de Dios:

Hemos visto que el fin de la creación es la comunicación de la bondad divina la criatura; los textos aportados señalan como fin de la creación la alabanza de Dios. No hay, sin embargo, oposición entre estas dos afirmaciones, sino que se completan mutuamente. La comunicación de la bondad divina llega a su perfección suma precisamente cuando el hombre acepta alabar a Dios. El que «ama a Dios» se hace «conforme con la imagen de su Hijo» y así es «glorificado» por Dios (Rm 8,28-30)50.

Es cierto que Dios nos crea para hacernos participar de su bienaventuranza, pero eso mismo manifiesta su gloria de forma eminente, porque de ese modo otorga a una criatura lo más propio de sí, la vida eterna; y esa criatura personal, libre y racional que entra en la vida de Dios, manifiesta la gloria de la Trinidad y puede alabar plenamente la gloria de Dios.

El mundo participa de la bondad divina en cuanto que es semejante a Dios. Ahora bien, la mayor semejanza con Dios que puede darse en este mundo consiste en su conocimiento y en su amor por parte de las criaturas racionales, imitando así la vida trinitaria, que consiste en el conocimiento y en el amor. Por consiguiente, la participación de la bondad divina que se realiza en el mundo y es su fin supremo, consiste precisamente en la alabanza de Dios por parte de la criatura racional, no en cuanto que esta alabanza le procure fama, sino porque en el acto de alabar a Dios se participa ontológicamente la bondad que Dios ama y quiere comunicar al mundo51.

Ya nos lo había enseñado el Catecismo en el n. 257:

Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el «designio benevolente» (Ef 1,9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, «predestinándonos a la adopción filial en Él» (Ef 1,4-5), es decir, «a reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8,29) gracias al «Espíritu de adopción filial» (Rm 8,15). Este designio es una «gracia dada antes de todos los siglos» (2Tm 1,9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario.

Al hacernos «hijos en el hijo» podemos convertirnos en «alabanzas de la gloria de Dios» participando de la máxima glorificación de Dios que es la que realiza el Verbo encarnado: el Hijo es el reflejo de la gloria del Padre (Heb 1,3); el rostro de Cristo refleja la gloria de Dios (2Co 4,6); el Verbo encarnado tiene la gloria propia del Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad (Jn 1,14); es el Padre quien lo glorifica (Jn 8,54). Jesucristo manifiesta su gloria con sus signos (Jn 2,11; 11,4.40).

Pero es con su obediencia y entrega en la cruz cuando glorifica de forma plena al Padre:

«Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo» (Jn 12,27-28).

Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará» (Jn 13,31-32).

Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese (Jn 17,1-5).

Por la resurrección, Jesús entra en la gloria de Dios (Lc 24,26), recibe del Padre la gloria (1Pe 1,21), es glorificado por él (Hch 3,13). Esa gloria se manifestará en plenitud cuando al final de los tiempos vuelva el Hijo de Dios (Mt 24,30; 25,31).

Los cristianos reciben la gloria de Jesús, y la manifiestan con su ser y con su obrar:

  • -Dios, que ha predestinado a los cristianos a reproducir la imagen del Hijo los llama, los justifica y los glorifica (Rm 8,29-30).
  • -Jesús da a los discípulos la gloria que recibe del Padre (Jn 17,22).
  • -En los discípulos, que el Padre le ha dado, es glorificado el Hijo (Jn 17,10).
  • -Dan gloria dando fruto abundante unidos a la Vid (Jn 15,8).
  • -Dan gloria al nombre del Hijo por medio del apostolado (Rm 1,5).
  • -Sufriendo con Cristo son glorificados con él (Rm 8,17-18).
  • -La entrega martirial de la vida da gloria a Dios (Jn 21,19)
  • -Glorifican al Padre por medio la unión de sentimientos y de almas (Rm 15,6).
  • -Por la acción del Espíritu Santo nos transformamos en imagen del Señor y reflejamos su gloria (2Co 3,18).
  • -También con el cuerpo, especialmente por la castidad, glorifican a Dios (1Co 6,20).
  • -Realmente pueden glorificar a Dios con todo lo que hagan (1Co 10,31).

Ahora podemos entender con más plenitud las famosas palabras de san Ireneo que siempre hay que proclamar completas: la gloria de Dios es que el hombre viva, porque el ser humano ha recibido con mayor plenitud la gloria de Dios, y, transformado y unido a Jesucristo, manifiesta con mayor claridad la gloria de Dios. La gloria de Dios es que el hombre viva, pero la vida del hombre es Dios, es decir, participar de la vida y del amor que se da en las tres personas divinas. Es esa vida -y no otra- la que da gloria a Dios. La vida del hombre que da gloria a Dios no es independiente de Dios ni puede estar al margen de él, sino que consiste en la comunión con él porque hemos sido creados para él. La plenitud del hombre es la unión con Dios, y cuando alcanzamos esa plenitud damos gloria a Dios que ha querido manifestar su gloria creando al hombre, dándole la creación y ofreciéndole entrar en comunión con él. Esa gloria llega a plenitud cuando veamos a Dios y nos transformemos en él (1Jn 3,2).

Las palabras de san Ireneo nos ayudan a entender definitivamente que la gloria de Dios y la del hombre no se contraponen ni se limitan: la gloria de Dios es que el hombre viva, pero en plenitud, que tenga la vida de Dios, que refleje con su vida la gloria de Dios. Coinciden al final la gloria de Dios y la felicidad del hombre. En consecuencia, se manifiesta la gloria de Dios en el hombre en la medida en que puede realizarse en cada ser humano su plan de amor y salvación, cuando deja que Dios le comunique se gloria para poder reflejarla. Esto se realiza no sólo por las cualidades humanas del ser creado a su imagen y semejanza, sino especialmente porque llegamos a ser imagen del Hijo y así reflejamos su gloria y la alabamos.

Esto supone una clara motivación para buscar la plenitud de nuestra vida espiritual, es decir, la santidad, convirtiéndonos en alabanza de la gloria de Dios.

Esta glorificación del Padre supone y exige para nosotros la identificación profunda con el Hijo y la más perfecta imitación de su amor al Padre y de su estilo de vida, compartiendo eficazmente la misión de Jesucristo de salvar a los hombres a través de la obediencia amorosa al Padre hasta dar la vida en la cruz.

Como consecuencia directa de la encarnación del Verbo, que une para siempre lo humano y lo divino, el contemplativo puede asumir el amor obediencial que lleva al Hijo al sacrificio de su vida para gloria del Padre y salvación de los hombres. Es algo tan extraordinario que podríamos decir que en el Hijo estalla la gloria de Dios, inundando al universo entero y a toda la humanidad con la gloria divina, y haciendo a los hombres partícipes y portadores de esa gloria […]. El Verbo encarnado es la perfecta trasparencia de la gloria de Dios, siempre y en toda ocasión. Todo lo que es, vive o hace Jesucristo manifiesta la plenitud de la gloria divina; pero el contemplativo se siente especialmente movido a contemplar y adorar al Señor en aquellos momentos que son, aparentemente, más contrarios a la gloria, como la silenciosa encarnación, el nacimiento en la pobreza de un pesebre, la vida humilde y escondida en Nazaret, la árida prueba en el desierto, la dolorosa oración en Getsemaní, los diferentes momentos de la Pasión y la muerte en la Cruz.

Y no estamos ante una idea o utopía, sino ante una realidad muy concreta, que tiene que plasmarse efectivamente en la propia vida. Ser «alabanza de la gloria» de Dios constituye la esencia del cristiano y del contemplativo, razón por la cual sustenta toda su vida y su actividad. Así, por ejemplo, será el «alma» de su oración, el elemento clarificador de sus decisiones y el fundamento de su misión de intercesión […].

Resumiendo, podríamos decir que la esencia de la misión del contemplativo no es otra que vivir la vida que Dios le regala, de tal modo que se realice en él esa presencia y acción divinas que le convierten para Dios en alabanza de su gloria; y para los demás, en trasparencia de la gloria del mismo Dios52.

· · ·

Una Alabanza de gloria es un alma que mora en Dios, que le ama con amor puro y desinteresado, sin buscarse a sí misma en la dulzura de ese amor; que le ama independientemente de sus dones y le amaría aunque nada hubiese recibido de él; que sólo desea el bien del Objeto amado […]. Cumpliendo su voluntad […]. Esta alma debe entregarse tan plena y ciegamente al cumplimiento de esa voluntad divina que no pueda querer sino lo que Dios quiera.

Una Alabanza de gloria es un alma silenciosa que permanece como una lira bajo el toque misterioso del Espíritu Santo para que produzca en ella armonías divinas.

Una Alabanza de gloria es un alma que contempla permanentemente a Dios en la fe y en la simplicidad […]. Es como un abismo sin fondo donde él puede entrar y expansionarse […]. Un alma que permite de este modo al Ser divino satisfacer en ella su necesidad de comunicar todo cuanto él es y todo cuanto posee…

Una Alabanza de gloria es, en fin, un ser que vive en estado permanente de acción de gracias (Santa Isabel de la Trinidad, El cielo en la tierra, día décimo).

El misterio de la creación

Dios crea por sabiduría y por amor

[295] Creemos que Dios creó el mundo según su sabiduría (cf. Sb 9,9). Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad: «Porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad lo que no existía fue creado» (Ap 4,11). «¡Cuán numerosas son tus obras, Señor! Todas las has hecho con sabiduría» (Sal 104,24). «Bueno es el Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras» (Sal 145,9).

Ya hemos subrayado que «Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad» (Catecismo, n. 293), citanndo el hermoso texto de santo Tomás: «Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas». Si la finalidad de toda la creación es la gloria de Dios, como acabamos de ver, la motivación primera del acto creador es el amor. Dios crea por amor -no le mueve otra razón-, para amar -el objetivo es establecer la relación de amor libre y gratuito con la criatura humana- y porque es amor: la creación en su origen y en su meta está en clara correspondencia con lo que es Dios: amor entre las tres personas divinas. Ese amor desborda fuera de la Trinidad por el acto de la creación, especialmente para que haya criaturas a imagen y semejanza de Dios que puedan entrar en esa corriente de amor que hay entre las tres divinas personas.

Cuando Dios al principio creó lo que quería crear, es decir, naturalezas racionales, no tenía otro motivo para crear que Él mismo, esto es, su bondad (Orígenes)53.

Porque él es bueno, nosotros existimos (San Agustín)54.

No fabricó Dios el mundo de materia alguna, sino que le creó de la nada, ni hizo esto forzado de alguna violencia o necesidad, sino de su libre y mera voluntad. Ni hubo otra causa que le indujese a esta obra, sino la de comunicar su bondad a las cosas que creó. Porque la naturaleza de Dios siendo por sí misma infinitamente bienaventurada, de nada necesita, como dice David: «Dije al Señor, tú eres mi Dios, porque no necesitas de mis bienes» (Sal 15,1). Así como movido de su bondad hizo cuánto quiso, así también, al crear todas las cosas, no se guio por algún ejemplar o modelo que estuviese fuera de sí mismo, sino que por contenerse en su inteligencia divina el ejemplar de todas ellas, viéndole en sí mismo el supremo artífice, y como imitándole, creó en el principio el universo con aquella sabiduría e infinita virtud que le es propia. “Porque él dijo, y las cosas fueron hechas; él mandó y luego fueron creadas” (Sal 148,5) (Catecismo Romano, parte I, c. 2, n. 44).

· · ·

Dios no ha tenido más que un motivo, a saber, el amor a su propia perfección. Por razones inescrutables para nosotros ha querido manifestar su bondad en las criaturas, según las posibilidades de éstas, para poder encontrar su gloria también allende el ser divino y para poder derramar su amor en lo que existe fuera de sí mismo […]. Afirmar que las cosas tienen un origen divino quiere decir que proceden del amor divino, de modo que es el amor de Dios a las cosas el que comunica a éstas su nota característica. En los seres impersonales se manifiesta esto bajo la forma de unidad e interdependencia. En cuanto al espíritu creado tenemos como resultado que el amor es la esencia íntima del ser personal. Desde este punto de partida empieza a comprenderse nuevamente que el hombre tiende necesariamente hacia el «tú», que tiene que entregarse a alguien; en definitiva, al Tú divino, que es por esencia un ser destinado a vivir en comunidad, y, viceversa, que el egoísmo, el atrincherarse y amurallarse enfrente del «tú» produce resultados negativos y opuestos a las exigencias del ser55.

No podemos contemplar la creación sin recordar que es señal y prueba de amor de Dios, del amor que es Dios, y que está directamente dirigido a hacernos participar personalmente de ese amor desbordante de Dios.

Hay que tener en cuenta que la visión materialista de la realidad, que caracteriza a la forma mayoritaria de enfocar la ciencia, se opone a la contemplación del amor gratuito y libre de Dios en su obra creadora, porque intenta explicarlo todo por medio de las leyes de la naturaleza. Pero, si no hubiera más que materia, ¿de dónde surgirían esas leyes de la materia o la materia con esas leyes?

Frente a la doctrina del cristianismo se alza la teoría materialista de la casualidad, según la cual el mundo de hoy se ha ido formando por una evolución puramente mecánica de la materia eterna56.

También se ha mencionado en este mismo tema que la creación es un acto libre de Dios, sin que nada fuera de sí mismo le obligue a ello57. La creación es un acto exclusivo de Dios, que crea de la nada, y que no está determinado por ningún otro dios, como en los mitos de las religiones, ni por ninguna materia preexistente, ni por un ciego azar, ni por ninguna ley de una naturaleza -que existe con estas características precisamente por la acción libre de Dios-. Sólo la decisión totalmente incondicionada que nace libremente del amor de Dios es la causa de la creación. Negar esto es olvidarse de la realidad del Dios uno y omnipotente.

Este solo verdadero Dios, por su bondad «y virtud omnipotente», no para aumentar su bienaventuranza ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección por los bienes que reparte la criatura, con libérrimo designio, «juntamente desde el principio del tiempo creó que la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, esto es, la angélica y la mundana, y luego la humana, como común, constituida de espíritu y cuerpo» (Concilio Vaticano I, Dz 1783)58.

La Escritura afirma con claridad que Dios ha realizado la obra de la creación con su sabiduría. Conviene asimilar lo que dice el libro de la Sabiduría al que se refiere el Catecismo:

Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras,
que te asistió cuando hacías el mundo,
y que sabe lo que es grato a tus ojos
y lo que es recto según tus preceptos (Sab 9,9).

Viene bien recordar en este momento como describe la Escritura esta sabiduría personificada que actúa en la creación:

El Señor me creó al principio de sus tareas,
al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remoto fui formada,
antes de que la tierra existiera.
Antes de los abismos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Aún no estaban aplomados los montes,
antes de las montañas fui engendrada.
No había hecho aún la tierra y la hierba,
ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;
cuando sujetaba las nubes en la altura,
y fijaba las fuentes abismales;
cuando ponía un límite al mar,
cuyas aguas no traspasan su mandato;
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a él, como arquitecto,
y día tras día lo alegraba,
todo el tiempo jugaba en su presencia (Pro 8,22-30).

Conviene tener en cuenta la nota explicativa de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española a este pasaje:

Prov 8,22-36 Texto importantísimo en el desarrollo de la tradición hebrea sobre la sabiduría. De una sabiduría pragmática, prudencial e intramundana se pasó a considerar la sabiduría como una criatura primordial, testigo excepcional de la creación y, por tanto, de la sabiduría divina. De ahí su privilegiado estatus magisterial y cuasi divino, diríamos. La Patrística lo aplicó al Logos (Jesús), en consonancia con el comienzo del Evangelio de Juan. La liturgia cristiana ha visto también en esta figura de la sabiduría a la Virgen María.

Con los salmos podemos manifestar la admiración ante la creación y la bondad y sabiduría que se translucen a través de ella.

Dios crea «de la nada»

[296] Creemos que Dios no necesita nada preexistente ni ninguna ayuda para crear (cf. Concilio Vaticano I: DS 3022). La creación tampoco es una emanación necesaria de la substancia divina (cf. ibíd., 3023-3024). Dios crea libremente «de la nada» (Concilio de Letrán IV: DS 800; Concilio Vaticano I: ibíd., 3025):

«¿Qué tendría de extraordinario si Dios hubiera sacado el mundo de una materia preexistente? Un artífice humano, cuando se le da un material, hace de él todo lo que quiere. Mientras que el poder de Dios se muestra precisamente cuando parte de la nada para hacer todo lo que quiere» (San Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum, 2,4: PG 6, 1052).

Las primeras palabras de toda la Biblia nos han puesto en la pista de la creación de la nada al emplear un verbo (bara‘) que se aplica a una acción exclusiva de Dios (cf. n. 290). La creación por medio de la palabra, tal como aparece en el relato de Gn 1,1-2,4a y por medio del Verbo eterno, igual a Dios (cf. Jn 1,1-3), excluye toda forma mítica de entender la creación a partir de una materia preexistente. La creación de la nada, sin necesidad de ningún elemento anterior o distinto de Dios, es lo único que encaja con la realidad de Dios que es trascendente, omnipotente y libre. La verdadera omnipotencia de Dios se manifiesta en que hace que llegue al ser lo que no existía, no en modelar o dominar una materia previa. Es lo que expresa san Teófilo en el texto que cita el Catecismo.

Dios, que es un ser personal, decide libre y voluntariamente realizar la creación. No es una consecuencia inevitable de su ser, como si una naturaleza divina sin libertad, voluntad ni consciencia produjera necesariamente -como una emanación de su ser- una especie de subproducto; como si fuéramos una parte de Dios, no una criatura de Dios, tal como afirma un panteísmo que se vuelve a poner de moda en nuestro tiempo. Hay que tener en cuenta, para descubrir el fundamento bíblico de esta afirmación, el texto del segundo libro de los Macabeos que ofrece el catecismo en el n. siguiente y el de Romanos que volveremos a mencionar en el n. 298:

Según está escrito: Te he constituido padre de muchos pueblos; la promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe (Rm 4,17).

Lógicamente se trata de una doctrina que aparece con claridad en los Santos Padres

Los santos padres consideran la creación del mundo de la nada como una verdad fundamental de la fe cristiana, defendiéndola contra el falso dualismo de la filosofía pagana y de las herejías gnósticas y maniqueas. El Pastor de Hermas escribe hacia mediados del siglo II: «Cree ante todo que no hay más que un solo Dios que ha creado todas las cosas y las dispone sacándolas del no ser al ser» (Mand. I,1)59.

Por nuestra parte conservemos la Regla de la Verdad, que se resume en lo siguiente: Hay un solo Dios Soberano universal que creó todas las cosas por medio de su Verbo, que ha organizado y hecho de la nada todas las cosas para que existan (2 Mac 7,28; Sab 1,14), como dice la Escritura: «Por la Palabra del Señor se afirmaron los cielos, y sus estrellas con el Espíritu de su boca» (Sal 33[32],6); y también: «Todo fue hecho por él, y sin él nada ha sido hecho» (Jn 1,3). Nada de lo que existe se exceptúa, sino que el Padre ha hecho todas las cosas por sí mismo, las visibles y las invisibles (Col 1,16), las sensibles y las inteligibles, las temporales en vista de una Economía y las sempiternas y eternas (2 Cor 4,18). No las hizo por medio de Ángeles o de Potestades separadas de su voluntad; pues el Dios de todas las cosas no necesita de ellos; sino que hizo todas las cosas por medio de su Verbo y de su Espíritu, las ordena, gobierna y da el ser a todas. Él ha hecho el mundo, pues el mundo es parte del universo; él plasmó al hombre (Gén 2,7). Este mismo es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (Mt 22,29; Ex 3,6), sobre el cual no hay ningún otro Dios, ni Principio, ni Potestad ni Pléroma. Él mismo es el Padre de nuestro Señor Jesucristo (Ef 1,3), como adelante probaremos (San Ireneo)60.

[297] La fe en la creación «de la nada» está atestiguada en la Escritura como una verdad llena de promesa y de esperanza. Así la madre de los siete hijos macabeos los alienta al martirio:

«Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus leyes […] Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo Dios y que también el género humano ha llegado así a la existencia» (2M 7,22-23.28).

[298] Puesto que Dios puede crear de la nada, puede por el Espíritu Santo dar la vida del alma a los pecadores creando en ellos un corazón puro (cf. Sal 51,12), y la vida del cuerpo a los difuntos mediante la Resurrección. Él «da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean» (Rm 4,17). Y puesto que, por su Palabra, pudo hacer resplandecer la luz en las tinieblas (cf. Gn 1,3), puede también dar la luz de la fe a los que lo ignoran (cf. 2Co 4,6).

Hay una clara relación entre la fe en la creación de la nada y el poder de Dios de dar la vida a los muertos: creación y resurrección se apoyan mutuamente, y son de especial importancia para fundamentar la esperanza que permite afrontar el martirio. Es lo que afirma la madre de los siete hermanos macabeos cuando quiere animarles al testimonio supremo de la vida: el Dios poderoso de la creación es el Dios poderoso de la resurrección, por eso, apoyándonos en la creación, podemos perder la vida con esperanza de recuperarla.

Estos textos de la época helenística, que están escritos en griego, ya pueden emplear un lenguaje abstracto más cercano al nuestro y hablar de «creación de la nada».

El poder omnipotente de Dios, que crea de la nada, se manifiesta también en el perdón de los pecadores, que da la vida al alma y «crea» un corazón puro: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 51,12). Recuérdese que aquí se emplea el mismo verbo que en Gn 1,1, que supone una acción que sólo Dios puede realizar.

Esa misma acción extraordinaria de Dios para transformar al pecador la describe de otra forma, no menos sorprendente, el profeta Ezequiel:

Les daré otro corazón e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis preceptos y cumplan mis leyes y las pongan en práctica: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios (Ez 11,19-20).

También en el Evangelio el perdón de los pecados es una acción exclusiva de Dios, equiparable a un milagro. Jesús es capaz de realizar el milagro del perdón porque es el Hijo de Dios.

Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?». Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados ‑dice al paralítico‑: “Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”». Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual» (Mc 2,6-12).

En la predicación de Jesús la conversión que produce la misericordia es un milagro equiparable a la resurrección:

Era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado (Lc 15,32).

También el acto de producir la fe es un acto del Dios todopoderoso del mismo rango que la creación de la nada:

Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo (2Co 4,6).

Dios crea un mundo ordenado y bueno

[299] Porque Dios crea con sabiduría, la creación está ordenada: «Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso» (Sb 11,20). Creada en y por el Verbo eterno, «imagen del Dios invisible» (Col 1,15), la creación está destinada, dirigida al hombre, imagen de Dios (cf. Gn 1,26), llamado a una relación personal con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cf. Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cf. Jb 42,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad («Y vio Dios que era bueno […] muy bueno»: Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material (cf. San León Magno, c. Quam laudabiliter, DS, 286; Concilio de Braga I: ibíd., 455-463; Concilio de Letrán IV: ibíd., 800; Concilio de Florencia: ibíd.,1333; Concilio Vaticano I: ibíd., 3002).

Que el mundo creado por Dios sea ordenado es consecuencia de la sabiduría divina con la que ha sido realizada. A los textos bíblicos mencionados en ese lugar (Sab 9,9; Pro 8,22-30; Sal 104,24, citados en el n. 295), hay que añadir esta otra cita del libro de la Sabiduría que expresa que la obra de la creación tiene una proporción querida por Dios (Sab 11,20). Una proporción y un orden que la ciencia va descubriendo y que debería acercarle al Dios creador. Y el Nuevo Testamento, que afirma con claridad el papel del Verbo en la creación (Jn 1,1-3; Col 1,15-17), nos ayuda a entender que el orden y la proporción de lo creado dependen del Verbo, lleno de gracia y verdad, por el que se ha hecho todo, el que lo mantiene todo y al que tiende todo. A esto se añade que el mundo se ha creado para el hombre, para que sea signo del amor, del poder y de la sabiduría de Dios para el hombre, que es un ser racional capaz de descubrir el orden y la proporción de las cosas. Dios crea un mundo inteligible para la inteligencia del ser que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios para entrar en comunión con él. Por eso, a través de la creación podemos conocer el poder y la divinidad de Dios, que nos lleva a darle gloria (cf. Rm 1,19-21).

Este orden que caracteriza a la creación y la capacidad del ser humano para captarlo no implica que sea fácil para todos percibir la realidad de Dios a partir de las cualidades de lo creado. No sólo hace falta esfuerzo, sino también humildad y respeto ante Dios y su obra, para que podamos participar con nuestra inteligencia de la luz del entendimiento divino. El pecado y el orgullo oscurecen esta capacidad que nos permite llegar a Dios desde el orden, la belleza y la bondad de sus criaturas. Es lo que nos ayudan a reconocer las palabras de Job, recriminado por Dios:

«¿Quién es ese que enturbia mis designios
sin saber siquiera de qué habla?».
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba,
de maravillas que superan mi comprensión (Jb 42,3).

La bondad de la creación, reflejo de la bondad divina, se subraya de forma especial en el relato de Gn 1,1-2,4a, que por sí sólo sirve para eliminar todo maniqueísmo61 y negar cualquier acusación de que la fe cristiana rechaza el mundo material. Repite como una letanía que lo creado por Dios «vio Dios que era bueno» (vv. 10.12.18.21.25), para proclamar solemnemente al final que era «muy bueno» (v. 31).

Toda esta contemplación del orden y la bondad de la creación de Dios nos ayuda a considerarla como don de Dios al hombre y nos enseña a recibirla como regalo y herencia de Dios. El respeto a la naturaleza se basa para nosotros en el origen y el destino de lo creado y en lo que significa de regalo y signo de la bondad de Dios para nosotros.

Agradecimiento y amor son también actitudes de la criatura frente al Creador. El mundo es una donación divina. Todas las cosas que nos rodean son presentes que Dios nos hace. El florecimiento, el crecimiento, la madurez, cosas éstas de que está lleno el mundo, los actos del conocimiento y del amor, son regalos divinos. En cierto sentido puede decirse que son gracias que Dios nos concede62.

El mandato divino que pone la creación en manos del hombre (Gn 1,28-30; 2,15) no es un permiso para destruirla, sino la misión de desarrollar el orden y la bondad con la que Dios nos la ha dado.

Dios transciende la creación y está presente en ella

[300] Dios es infinitamente más grande que todas sus obras (cf. Si 43,28): «Su majestad es más alta que los cielos» (Sal 8,2), «su grandeza no tiene medida» (Sal 145,3). Pero porque es el Creador soberano y libre, causa primera de todo lo que existe, está presente en lo más íntimo de sus criaturas: «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Según las palabras de san Agustín, Dios es superior summo meo et interior intimo meo («Dios está por encima de lo más alto que hay en mí y está en lo más hondo de mi intimidad») (Confessiones, 3,6,11).

Cuando comprendemos que Dios es totalmente otro, que no es una criatura más, que él es la causa sin causa, el que existe por sí mismo, el origen y la meta de todo, que crea de la nada sólo con su palabra…, nos damos cuenta fácilmente que está más allá de todo lo creado, que transciende la creación.

Dicho en el lenguaje poético y sencillo del Antiguo Testamento que Dios es más grande, como afirman los salmos que cita el Catecismo. Dios está por encima de toda medida, de modo que el Universo entero no puede contenerlo.

Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he erigido! (1Re 8,27).

Podemos decir con la Tradición de la Iglesia que es «inmenso»:

Cual el Padre, tal el Hijo, tal (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso (Símbolo Quicumque, Dz 39).

Cree ante todo que no hay más que un solo Dios que ha creado todas las cosas y las dispone sacándolas del no ser al ser (Pastor de Hermas, Mand. I,1).

Por eso rechazamos el panteísmo, que se pone de moda con la Nueva Era, que considera todo como emanación o parte de Dios y al conjunto de la realidad como Dios: un Dios que no dejaría de estar en la misma categoría del ser que los demás seres del universo.

Pero precisamente porque es trascendente, y no una cosa más, del mismo rango, puede estar presente en todas sus criaturas, no de forma material, como una cosa más, con las limitaciones que impone la materia a hacerse presente en el espacio y en el tiempo, sino que puede estar plenamente presente en cada momento y en cada lugar.

Dicho de otro modo, no podemos confundir a ninguna cosa creada con Dios, ni Dios es la suma de todas las cosas; y, a la vez, no podemos «salirnos» de Dios porque todo vive por él y en él, como dice el apóstol san Pablo en el libro de los Hechos «no está lejos de ninguno de nosotros» (Hch 17,27), y como ya anunciaba el profeta: «Si alguien se oculta en su escondrijo, ¿creéis que no podré verlo? ‑oráculo del Señor‑. ¿No lleno el cielo y la tierra? ‑oráculo del Señor‑» (Jr 23,24).

El Catecismo, con la ayuda de san Agustín, aplica esta presencia de inmensidad de Dios a nuestra propia existencia, de modo que cada uno puede decir que Dios es totalmente superior a él y, sin embargo, estamos inmersos en Dios y Dios está en lo íntimo de cada ser humano. El Dios más grande y trascendente, por eso mismo, es el más cercano y el más íntimo, porque su trascendencia le libera de los límites del espacio y del tiempo que impone la sustancia creada. El Salmo 139 nos ayuda a comprenderlo y a expresarlo en la oración confiada:

¿Adónde iré lejos de tu aliento,
adónde escaparé de tu mirada?
Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;
si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha (Sal 139,7-10).

San Clemente Romano lo recoge diciendo: «¿Adónde se podrá huir y adónde se podrá escapar del que envuelve a todo el universo?»63.

La teología afirma la omnipresencia de Dios y distingue una presencia de poder, de saber y de esencia. Dios se halla presente en todas las criaturas como causa inmediata de su existencia, lógicamente también en los ángeles y en los hombres. Dios llena todo el espacio creado, pero no como una realidad material, sino al modo del ser de Dios que es simple y espiritual. Además de esta presencia general y natural de Dios existe otra forma de presencia sobrenatural, que llamamos inhabitación, que se da en el alma de los justos.

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14,23).

¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1Co 3,16; cf. 6,19).

Es única la inhabitación de Dios en la humanidad de Cristo por la unión en una sola persona de la naturaleza humana y la divina.

Porque en él [Cristo] habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9).

Dios mantiene y conduce la creación

301 Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término. Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza:

«Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo hubieras creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que no hubieses querido? ¿Cómo se conservaría si no la hubieses llamado? Mas tú todo lo perdonas porque todo es tuyo, Señor que amas la vida» (Sb 11, 24-26).

La acción creadora de Dios no termina tras los seis día que menciona el relato de Gn 1,1-2,4a, sino que permanece garantizando la subsistencia de las cosas.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente (Sal 145,15-16).

Tú cuidas la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales;
así preparas la tierra.
Riegas los surcos,
igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes.
Coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría;
las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que aclaman y cantan (Sal 65,10-14).

El Nuevo Testamento proclama la acción del Verbo encarnado en esta tarea. Ya lo mencionábamos al contemplar el papel del Verbo (n. 291) en la obra creadora apoyándonos en Col 1,15-17, que dice claramente que «todo se mantiene en él», y lo refuerza la carta a los Hebreos cuando después de proclamar que el Hijo es «reflejo de la gloria de Dios e impronta de su ser», afirma que «sostiene el universo con su palabra poderosa» (Heb 1,3).

La conservación de la creación forma parte del trabajo del Padre y del Hijo que menciona el Señor en Jn 5,17, por lo que la obra de la creación no cesa con el descanso del séptimo día:

¿Cómo vamos a dudar hoy de que todo lo que ahora se crea es hecho por Dios, puesto que el Señor mismo dice: «Mi padre obra hasta ahora»? Por eso el descanso del séptimo día hay que entenderlo en el sentido de que Dios cesó de crear las cosas naturales, pero no cesó de dirigirlas después que las hubo creado, como se dice en la narración del Génesis. Por consiguiente, como quiera que el Creador rige la Naturaleza, surgiendo todo según un orden determinado, en el lugar y tiempo debidos, Dios sigue obrando hasta ahora (San Agustín)64.

Esta verdad se opone a la imagen de los deístas que pensaban que Dios creó el mundo, pero se desentendió de él, como un relojero que pone en marcha el aparato que ha creado, pero no necesita estar pendiente de él para que funcione.

Frente a las enseñanzas del deísmo, según el cual Dios, Creador del mundo, lo tiene abandonado por completo a sí mismo, el magisterio ordinario y universal de la Iglesia proclama que Dios está conservando continuamente en la existencia a todas las cosas creadas. El concilio Vaticano enseña: «Dios protege con su providencia todas las cosas que ha creado», es decir, las preserva de caer en la nada; Dz 1784; cf. Cat. Rom. 1 2,21: «Si la providencia divina no conservara las cosas con el mismo poder con que las creó en un principio, volverían enseguida a recaer en la nada»65.

Del mismo modo que la acción creadora de Dios depende de la Trinidad (cf. n. 290-292), también la conservación de la creación en el ser depende de las tres personas divinas.

Como es natural, Dios realiza la conservación del mundo, lo mismo que su Creación, en el orden de las relaciones y procesiones inmanentes. El Padre conserva el mundo mediante el Hijo en el Espíritu Santo (la conservación del mundo se atribuye con frecuencia al Hijo)66.

Por eso, también la contemplación de cómo se mantiene el ser de cualquier criatura animada o inanimada, no digamos del ser humano, nos lleva a comprobar el amor y el poder de Dios que da y mantiene en el ser a todas las cosas.

Como quiera que todas las criaturas solo existen en cuanto que Dios las produce en un acto perenne, el mundo entero y todas las cosas en él se convierten para nosotros en un encuentro con Dios. En el preciso momento en que nos hallamos frente a un ser humano o una cosa, se presentan como surgiendo de los abismos del amor divino. Las cosas incesantemente surgen del interior del amor divino que las crea y conserva y por eso se hallan en continuo movimiento. El exsistere debe entenderse en sentido literal. Las cosas existen en cuanto que salen y vienen de Dios […]. De ahí resulta que para el creyente, el encuentro con Dios que conserva el mundo se convierte en un encuentro con el Dios trino. Instruidos por la Revelación, moviéndonos en dirección inversa, desde el mundo hacia Dios, podemos descubrir en el hombre y las cosas un camino que en el Espíritu Santo mediante Cristo conduce hacia el Padre67.

· · ·

Al final de estas reflexiones que en muchos momentos pueden parecer áridas y abstractas, inadecuadas para la oración y la contemplación, debemos detenernos brevemente a considerar cómo todas estas verdades influyen decisivamente en la vida cristiana, a partir de los mismos manuales de teología que pueden parecer fríos y estériles para la oración68:

La doctrina de la creación no es simplemente una serie de verdades sobre el origen del universo, sino una fuerte invitación a fundamentar y fortalecer nuestra relación con Dios.

Conocer que Dios es nuestro creador nos salva de permanecer encerrados en la realidad material, solos en un universo, sin origen ni sentido, como si no hubiera otra cosa que lo visible. Nos libra a la vez de la autosuficiencia del que cree que puede explorarlo y dominarlo todo por sí mismo y de la indefensión de que se enfrenta en soledad a las leyes del universo. Conocer al Creador que lo transciende todo nos lleva a la permanente compañía del Dios en quien nos movemos y existimos y que está sosteniendo lo profundo de nuestro ser. El cientifismo materialista se ha convertido en una fuente de inhumanidad de la que nos salva saber que Dios es el creador de todo, y que todo tiene un sentido y una meta.

La conciencia de saber que lo que somos y todo lo que nos rodea es fruto de la acción de Dios nos revela nuestra realidad limitada, que necesita de Dios para subsistir y llegar a la plenitud, del mismo modo que ha necesitado de él para comenzar a existir. Con la mirada cristiana, la realidad se convierte en fuente de humildad, pero también de acción de gracias por lo recibido, de confianza en el Dios que crea por amor y de súplica al que está por encima de todo y sostiene la creación entera.

Puede darnos cierto vértigo el saber que Dios nos crea libremente, sin que ninguna necesidad le obligue a ello, sin que necesite nada de nosotros. Pero el hecho de nuestra contingencia nos introduce en el misterio del amor de Dios que libremente ha querido que existiéramos y que da un sentido a nuestra vida. La creación es el primer paso de la historia de la salvación que culmina con el misterio pascual de Cristo. Somos contingentes y, por tanto, fruto de un acto libre del amor de Dios que ha querido que existiéramos, lo que nos da un valor infinito, no por lo que conseguimos o merecemos, sino porque somos amados por el Dios creador y omnipotente.

El conocimiento del Dios creador nos ofrece un modo concreto de encontrarnos con Dios, accesible además a todo hombre que viene a este mundo. Según la sugerencia de los clásicos, Dios ha creado tres libros para que podamos conocerle: la creación, la Biblia y Jesucristo. El libro de la creación sigue siendo valioso para el que conoce a Dios por medio de la Escritura y del rostro de Cristo. Se trata de un conocimiento que lleva a la admiración y al amor.

Conocer la acción gratuita y poderosa de la creación nos conduce a un optimismo que es capaz de asumir todos los males y sufrimientos: podemos confiar en que el Dios creador acompaña al hombre que ha creado por amor, y que este Dios que sostiene el universo y lo conduce a su meta puede conducir todas las cosas para nuestro bien (cf. Rm 8,28).

La condición de criaturas, limitadas y dependientes, no nos hace olvidar que somos creados por Dios por amor y para entrar en comunión con él: somos pequeños pero amados por este Dios creador y omnipotente. Recordamos en toda ocasión que se nos ha regalado todo por amor y que todo es signo del amor de Dios. Este amor no sólo lleva a la admiración y a la alabanza, sino también al deseo de entrega como forma de corresponder al Dios que nos da el ser y todo lo que nos rodea; a servirle también en el cuidado de la creación que ha puesto en nuestras manos.

El amor personal y eficaz de Dios nos exige una respuesta de amor que debe ser, a su vez, personal y eficaz, Si Dios ha dado todo, gratuitamente, nosotros «con mucha razón y justicia» debemos ofrecer y dar a la divina Majestad todas nuestras cosas y a nosotros mismos. Esta donación comprende dos elementos. El primero es la aceptación serena y alegre de todo lo que sucede en la vida. Persuadido de que todo es don de un amor omnipotente, que todo es gracia, el cristiano responde a su vez con un abandono amoroso en manos de la Providencia. El segundo elemento está en nuestra generosa colaboración activa con el designio paternal de Dios. El dogma de la libertad de la creación puede convertirse entonces en uno de los fundamentos de la espiritualidad de los hombres de acción69.


NOTAS

  1. G. L. Müller, Dogmática. Teoría y práctica de la teología, Barcelona 1998
    (Herder), 240.
  2. Cf. T. C. Oden (ed.), El Credo comentado por los Padres de la Iglesia, Madrid 2018 (Ciudad Nueva), I, 178-179.
  3. M. Schmaus, Teología dogmática, Madrid 1963 (Rialp, 2ª ed.), I, 678.
  4. Teófilo de Antioquía, A Autólico, 1,4,2.
  5. San Agustín, Actas del debate con Félix, 2,18.
  6. Haag-van den Born-Ausejo, Diccionario de la Biblia, Barcelona 1981 (Herder, 8ª ed.), col. 532.
  7. Schmaus, Teología Dogmática, I, 679.
  8. Juan Pablo II, Creo en Dios Padre. Catequesis sobre el Credo (I), Madrid 1998 (Rialp, 4ª ed.), 130-131 (Audiencia general del 18 de septiembre de 1985).
  9. Misal Romano, oración colecta del domino 26 del tiempo ordinario.
  10. L. Ott, Manual de Teología Dogmática, Barcelona 1986 (Herder, 7ª ed.), 93.
  11. Al hablar de las opciones concretas que Dios ha tomado en la obra de la creación y al afirmar que hay cosas que Dios no puede hacer, conviene afirmar con claridad a la vez que «Este Dios, espíritu infinitamente perfecto y omnisciente es absolutamente libre y soberano también respecto al mismo acto de la creación. Si Él es el Señor de todo lo que crea ante todo es Señor de la propia Voluntad en la obra de la creación. Crea porque quiere crear. Crea porque esto corresponde a su infinita Sabiduría. Creando actúa con la inescrutable plenitud de su libertad, por impulso de amor eterno» (Juan Pablo II, Creo en Dios Padre, 131 (Audiencia general del 18 de septiembre de 1985)).
  12. Ott, Manual de Teología Dogmática, 93-94.
  13. San Agustín, La ciudad de Dios, 5,10,1.
  14. G. Greshake, ¿Por qué el Dios del amor permite que suframos?, Salamanca 2014
    (Sígueme), 62-63.
  15. A lo que se podría añadir el mensaje de la parábola del trigo y la cizaña en Mt 13,24-30 y su explicación en 36-43.
  16. J. A. Sayés, Dios existe, Madrid 1982 (Edapor), 133-134.
  17. Nos atrevemos a señalar aquí una mala traducción del texto del Catecismo que propone una frase difícil de entender: «Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la omnipotencia de Dios». Creemos que es más correcto y comprensible: «Sólo la fe puede abrazar las vías misteriosas de la omnipotencia de Dios», tal como aparece en el texto inglés: «Only faith can embrace the mysterious ways of God’s almighty power») y en el texto francés del que parece surgir la confusión: «Seule la foi peut adhérer aux voies ystérieuses de la Toute-Puissance de Dieu», teniendo en cuenta que adhérer á significa también «abrazar».
  18. Greshake, ¿Por qué el Dios del amor permite que suframos?, 68-69, que cita a A. Kreiner, Gott im Leid, 396.
  19. San Cirilo de Jerusalén, Catequesis bautismales, 4,4.
  20. San Agustín, La catequesis de los principiantes, 3,5.
  21. J. Danielou, Trilogía de la salvación, Madrid 1964 (Guadarrama), 38.
  22. Molinié, Adoración o desesperación, nº 2: M.-D. Molinié, Adoration ou désespoir. Une catéchèse pour les jeunes… et les autres, Chambray 1989 (CLD), 13-14.
  23. Molinié, Adoración o desesperación, nº 3: Adoration ou désespoir, 17.
  24. G. von Rad, La acción de Dios en Israel, Madrid 1996 (Trotta), 102.
  25. Danielou, Trilogía de la salvación, 31.
  26. Puede verse nuestro comentario en el tema de formación de nuestra web titulado El conocimiento de Dios.
  27. Von Rad, La acción de Dios en Israel, 100-101.108.
  28. M. Flick – A. Alszeghy, Los comienzos de la salvación, Salamanca 1965 (Sígueme), 38.
  29. Cf. G. von Rad, El libro del Genesis, Salamanca 1988 (3ª ed., Sígueme), 76.
  30. M. Schmaus, Teología Dogmática, Madrid 1961 (Rialp, 2ª ed.), II, 40-41.
  31. S. Muñoz Iglesias, Introducción a la lectura del Antiguo Testamento, Madrid 1965 (Taurus), 60.
  32. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 49-50.
  33. Von Rad, Génesis, 58.
  34. Muñoz Iglesias, Introducción a la lectura del Antiguo Testamento, 49-50.
  35. Von Rad, La acción de Dios en Israel, 106-107.
  36. Von Rad, Génesis, 57-58.
  37. E. Jenni – C. Westermann, Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento, Madrid 1978 (Cristiandad), I, col. 490.
  38. Von Rad, La acción de Dios en Israel, 103.
  39. Schmaus, Teología Dogmática, II, 141.
  40. «En el v. 1c juega el himno joánico con la aplicación del término “Dios” al Hijo, pero al suprimir el artículo evita sugerir una identificación de la Palabra con el Padre» (R. E. Brown, El Evangelio según san Juan (I-XII), Madrid 1979 (Cristiandad), 199-200). Sí aparece el artículo cuando en el v. 1b se habla de la relación del Verbo con el Padre.
  41. E. Schweizer, La carta a los Colosenses, Salamanca 1987 (Sígueme), 66.
  42. Schweizer, La carta a los Colosenses, 65.
  43. Aunque cabría también aquí la traducción del en griego por «por medio de él» (cf. M. Zerwick, Análisis gramatical del griego del Nuevo Testamento, in loc.).
  44. Schweizer, La carta a los Colosenses, 68.
  45. Schmaus, Teología Dogmática, II, 102-103.
  46. E. Pax, en H. Fries (ed.), Conceptos fundamentales de la teología, Madrid 1966 (Cristiandad), II, 167.
  47. X. Léon-Dufour, Vocabulario de teología bíblica, Barcelona 1982 (Herder, 12ª ed.), 357.
  48. Ott, Manual de Teología Dogmática, 144.
  49. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 184.
  50. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 184.
  51. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 187.
  52. A. Carreres Esparza, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2024 (Nazaret), 124-125.127.
  53. Orígenes, Sobre los principios, II,9,6.
  54. San Agustín, Sobre la doctrina cristiana, I,32,35.
  55. Schmaus, Teología Dogmática, II,104-105.
  56. Ott, Manual de Teología Dogmática, 142.
  57. La teología distingue entre la «libertad de contradicción» según la cual Dios pudo realizar o no el acto de la creación, y la «libertad de contrariedad», que no existe en Dios, según la cual Dios podría elegir entre el bien y el mal (cf. Ott, Manual de Teología Dogmática, 146-148, y lo dicho al comentar el n. 271 del Catecismo).
  58. La cita de del Concilio de Letrán, año 1215, Dz 428.
  59. Ott, Manual de Teología Dogmática, 142.
  60. San Ireneo, Contra los Herejes, I,22,1.
  61. «El principio fundamental de este sistema filosófico-religioso es el dualismo entre el espíritu y la materia. El principio del bien es Dios, identificado con la luz; el principio del mal es autor de la materia, al que se identifica con el diablo» (Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 76).
  62. Schmaus, Teología Dogmática, II, 74.
  63. San Clemente Romano, Carta a los Corintios, 28,4.
  64. San Agustín, Carta 205, 17.
  65. Ott, Manual de Teología Dogmática, 151.
  66. Schmaus, Teología Dogmática, II, 145.
  67. Schmaus, Teología Dogmática, II, 145.
  68. Resumimos aquí las sugerencias de Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 77-80.103-104.
  69. Flick – Alszeghy, Los comienzos de la salvación, 104.