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Piet Van Breemen, Él nos amó primero,

Santander 1988 (Sal Terrae, 2ª ed.), 207 pgs.

Podríamos definir esta obra como un libro de espiritualidad, empapado de Escritura y trufado de la experiencia de santos y teólogos, apto para iluminar la mente y alimentar la oración. Y no faltaríamos a la verdad. Pero así podríamos definir infinidad de obras que pueblan las tiendas de libros religiosos y las bibliotecas de comunidades y personas piadosas.

Quizá puede ayudar a comprender lo específico de esta obra, y uno de sus valores principales, señalar que pretende iluminar de un modo claro y sencillo lo fundamental de nuestra fe: nuestra relación con Dios.

El autor es consciente de las consecuencias que tiene para la vida, y no sólo para la vida espiritual, la imagen que tenemos de Dios. Purificar y renovar nuestra imagen de Dios es esencial para orientar y revitalizar nuestra vida cristiana. Por eso podemos decir que este autor, hijo de san Ignacio, nos ayuda por medio de estas páginas a iluminar la mirada de la fe para que con ella podamos buscar a Dios con mayor claridad y, sobre todo, relacionarnos adecuadamente con él.

La clave de esta renovada visión está en las palabras de la carta de san Juan a las que alude el título: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él, porque él nos amó primero» (1Jn 4,16.19). El fundamento y el sentido de la vida cristiana está en el amor, pero no en un amor abstracto o teórico, sino en el que se nos ha revelado y regalado en Cristo. Ser cristiano es conocer, creer y responder a ese amor de Dios que toma la iniciativa. El amor libre, gratuito e inmerecido de Dios es el que nos ayuda a entender qué significa ser «amados de Dios» y el que nos mueve a amar al que nos amó primero. Citando a Newman este jesuita holandés afirma que «no me amo yo más a mí mismo de lo que él me ama» y añade «evidentemente es muy importante que ames a Dios, pero es mucho más importante que Dios te ame a ti»:

Contemplando a Dios como pastor y como padre, como vida y amor, podremos asimilar evangélicamente nuestro pecado, asumir el apostolado, abrazar la Cruz y llegar a la adoración.

Seguramente no es casualidad que un jesuita, que conoce bien el camino de los ejercicios ignacianos, que parte del principio y fundamento en el amor de Dios hasta llegar a la contemplación para alcanzar amor como forma de vida, nos abra los ojos al don gratuito del amor de Dios como el origen, el fin y el sostén de toda vida cristiana verdadera.