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«El Espíritu es quien da vida, la carne no sirve para nada» (Jn 6,63)

1. Introducción

Dentro del conjunto de la historia del universo y de la salvación, podemos afirmar que vivimos en el tiempo de la Iglesia, que es el tiempo del Espíritu Santo. Hasta el momento de la encarnación del Verbo, el mundo vivió el tiempo del Padre, en diferentes etapas; luego, a partir de Cristo y hasta su ascensión, tuvo lugar el tiempo del Hijo; y, finalmente, desde Pentecostés, empezamos a vivir la plenitud histórica de la salvación: el tiempo del Espíritu Santo. De hecho, toda la obra de la salvación, en su dimensión histórica, se orienta al don del Espíritu Santo por parte de Dios. El Antiguo Testamento primero, y luego la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios tienen como finalidad darnos al Espíritu Santo. Como don de Dios a la Iglesia, pero también como don personal a cada cristiano.

De aquí podemos deducir la absoluta importancia que tiene la tercera persona de la Trinidad para la marcha de la Iglesia y para la vida del creyente. Lo cual contrasta con la visión de la mayoría de los cristianos, que cuentan con Pentecostés y consideran la muerte y la resurrección de Cristo como el culmen de la redención.

Con frecuencia vemos que muchos cristianos no han superado la visión de Dios más raquítica de las que aparecen en el Antiguo Testamento, anclados en la concepción en un Dios distante y justiciero; otros no han pasado del Viernes Santo; y, finalmente, los más audaces, han llegado hasta el domingo de resurrección. Para todos, incluso para estos últimos, Pentecostés no deja de ser, en realidad, más que un hermoso complemento o adorno de la resurrección de Cristo; cuando, en realidad, es la meta a la que confluyen y de la que parten todos los ríos de la redención y la gracia.

Contrasta este olvido con el hecho de que sea precisamente el Espíritu Santo el hilo conductor que vivifica y une al Antiguo Testamento con el Nuevo y con la Iglesia, el motor que va impulsando al mundo a la meta de su salvación, que es la Gloria.

Si esto es así, podemos extraer como primera consecuencia práctica que la autenticidad de la vida cristiana depende de la profundidad con la que se viva la presencia del Espíritu Santo en nosotros. El Espíritu Santo es la referencia objetiva para interpretar los sacramentos, la Palabra de Dios y la moral. Esa presencia es la única puerta que nos abre a la inhabitación de la Trinidad en el alma y la que hace posible la acción de la gracia en nosotros y, consecuentemente, es el único camino para nuestra santificación. Ser cristiano es ser santo y eso sólo lo puede realizar el Espíritu Santo, porque el único modo de ser santo es ponernos en manos del Espíritu y dejar que él nos transforme.

Por ello hemos de comenzar este retiro preguntándonos: ¿Qué lugar real ocupa el Espíritu Santo en mi vida, tanto en mi vida espiritual como en mis actividades, pensamientos, relaciones personales, en mi oración, en mi ascesis, etc.?… Sin el Espíritu Santo, nuestra vida no será sino un conjunto de piezas aisladas, un puzle que no se puede armonizar.

Hay que insistir en la imposibilidad de ser auténticos cristianos sin el Espíritu, porque sin su acción no podemos hacer nada en el terreno evangélico. Él es el que da unidad a nuestra vida de fe y la convierte en un todo armónico en el que se ensamblan perfectamente todas las piezas de nuestra vida: oración, trabajo, diversiones, trato con los demás, apostolado, familia. No hay vida de fe sin su presencia en nosotros, ni puede existir verdadero fruto para nuestra vida sin su acción. Por esta razón, para situarnos en una perspectiva verdadera y adecuada, quizá deberíamos empezar reconociendo que existe una grave desproporción entre la importancia que tiene el Espíritu en el plan salvador de Dios y lo poco que importa realmente en nuestra vida concreta.

Eso no significa que ignoremos su existencia o que no lo tengamos en cuenta, sino que no le concedemos el lugar y la importancia que tiene en nuestra vida y en nuestra santificación. Es cierto que quizá contamos con el Espíritu Santo como la fuerza que Dios nos da, y que sabemos que lo necesitamos. Pero eso no es, en rigor, el Espíritu: eso es la gracia de Dios. La gracia es «algo» que recibimos de Dios, su acción en nosotros. Pero el Espíritu es muy distinto de «algo»: es «Alguien». Es una persona. Es un tú: el tú fundamental que sostiene todo lo que somos y hacemos, porque no es una persona cualquiera, sino la tercera persona de Dios-Trinidad; la persona que viene a habitar en nosotros y nos trae a las otras dos personas trinitarias para que «hagan su morada» en nosotros (Cf. Jn 14,23). Tenemos que renunciar a pensar que el Espíritu Santo es la «acción» del Padre para empezar a contemplarlo como «persona», una de las tres personas de la Trinidad.

2. Descubrir al Espíritu por sus obras

Es importante considerar que la contemplación del Espíritu Santo no la podemos iniciar directamente, como hacemos con la contemplación del Hijo o del Padre. La creación, la naturaleza, el Antiguo Testamento nos ofrecen muchas facetas del ser y del hacer de Dios-Padre que nos permiten contemplarlo fácilmente al darnos muchos detalles de su actuación, a través de los cuales vislumbramos su ser. Y esto se hace más vivo en el Hijo: los evangelios, y el Nuevo Testamento en general, nos acercan a Cristo de una manera tan viva que podemos sumergirnos de forma natural en una contemplación profunda y cercana de su persona y su misión.

Sin embargo, de la tercera persona de la Trinidad tenemos únicamente algunas referencias de carácter simbólico que sólo nos ofrecen una sombra borrosa de su acción: el viento, el fuego, el agua, la paloma, etc. Esto explica que, en general, los cristianos a lo más que llegan es a considerar la «acción» del Espíritu; o, quizá sería más exacto decir: a considerar al Espíritu Santo como la acción de Dios en la Iglesia y en su vida. Pero el Espíritu Santo no es lo mismo que la gracia. Hemos de renunciar a considerar al Espíritu Santo como la acción de Dios en la Iglesia, para considerarlo como la persona que actúa. Y para ello hemos de aceptar la aventura que supone descubrirlo.

Si queremos salvar la gran laguna que supone todo esto para nuestra vida cristiana, hemos de emprender el camino de un verdadero «descubrimiento», la extraordinaria aventura de conocer a Alguien que forma parte inseparable de nuestra vida, el único que le da su verdadero sentido y que, sin embargo, se escapa de nuestra percepción para desaparecer en la bruma de un misterio inaccesible.

Para empezar nuestra aventura debemos mirar aquello que nos resulta más conocido y familiar: nuestra vida cristiana. No podemos negar que la principal característica de la vida del discípulo de Cristo es el amor, puesto que es uno de los datos más claros del mensaje de Jesús y el principal mandato que deja a sus discípulos1. Otra cosa es que estemos de acuerdo en lo que debemos entender por «amor». Normalmente tratamos de proyectar sobre el Evangelio la idea preconcebida que tenemos al respecto; pero lo único que vale en este sentido es la idea que tiene Jesús del amor que nos pide, que es el reflejo del amor que él nos ofrece cuando nos dice en Jn 13,34: «como yo os he amado».

El amor, que define la vida cristiana, no es una simple benevolencia, sino la entrega heroica de la vida en favor de los demás; algo que hemos de reconocer que resulta imposible para nosotros. El Señor no podría pedirnos esto a los cristianos si no dispusiéramos de una fuente de amor infinitamente superior a nuestras capacidades humanas. Y esta capacitación sobrenatural es fruto de la presencia y la acción del Espíritu Santo en el alma, según expresión de San Pablo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5). Podemos amar porque alguien nos guía y nos enseña. Para nosotros es imposible, pero Dios nos pide ese imposible porque poseemos el Espíritu Santo. Por eso hemos de enamorarnos del Espíritu Santo, atraídos por la fuerza de lo que realiza en nosotros. Hemos de descubrir las huellas de aquel que es nuestro Amigo, Confidente, Maestro, Defensor, Compañero, Consolador… Él es quien me hace amigo de Cristo e hijo del Padre.

Pero el amor como tal, por heroico que sea, no basta para definir la vida cristiana. Ésta consiste, fundamentalmente, en la relación personal que establece el creyente con Jesucristo resucitado; una relación tan profunda que le hace participar de la vida, muerte y resurrección de su Señor, cuyo fruto es ese amor que le caracteriza como cristiano.

Frente a esto, el mundo, nuestras pasiones, las circunstancias, etc. discurren normalmente a contrapelo de los valores evangélicos; lo cual hace muy difícil que podamos llegar a esa relación personal profunda a la que nos llama el Señor; y, si llegamos a ella, igualmente resultará difícil mantenernos en ella. Y aquí es donde entra la actuación del Espíritu Santo en nosotros; una actuación a través de la cual podemos acercarnos a la contemplación de su persona.

Los problemas de la vida ejercen sobre nosotros una influencia contraria a la relación personal con Cristo, al atraer hacia ellos nuestra mirada, hasta hacer que dejemos de mirar al Señor y caigamos en la preocupación y la tristeza que nacen de la consideración humana de las dificultades. Y hemos de ser conscientes de que no podemos salir de esa atracción y de esa mirada con nuestras fuerzas. Esa polarización hacia las dificultades y problemas es más fuerte que nosotros. Por eso nos obsesionamos repitiendo: ¿Quién tiene la culpa?, ¿por qué a mí?, ¿cómo lo resolveré?

Sólo podemos salir de este movimiento mirando a Cristo. Ésa es una de las funciones del Espíritu, que nos rescata de la polarización angustiosa hacia nosotros mismos y orienta nuestra mirada siempre hacia el Señor. Aquí conviene distinguir entre «ver» y «mirar». El cristiano no puede evadirse de la realidad, por eso debe «ver» todo lo que sucede a su alrededor, pero sin quedarse en ello; ha de «mirar» siempre a Cristo. El Espíritu Santo hace que «veamos» los motivos de preocupación o tristeza que nos presenta la vida, pero hace también que no nos quedemos ahí porque «miramos» a Cristo, que es, con mucho, superior y mejor que todo, y en el que podemos depositar toda nuestra confianza. Aquí encontramos el camino que nos llena de alegría y de paz, como dice el salmo: «Contempladlo y quedaréis radiantes» (Sal 34,6)

Y de esa «mirada», como atención confiada, surge la esperanza, no porque esperemos que Dios nos vaya a evitar problemas, dificultades y sufrimientos, sino porque Cristo está presente y nos ama siempre, especialmente en los momentos de dificultad y sufrimiento. El Espíritu Santo nos hace descubrir el amor de Cristo y nos enseña que este amor es suficiente para cambiar la realidad. Por eso, si con la ayuda del Espíritu, miramos al Señor, quedamos radiantes; y si miramos sólo la realidad del mundo quedamos oscurecidos y sin esperanza.

Esto vale también para el pecado, cuyos primeros frutos humanos son el endurecimiento de la conciencia, que lleva a quitarle importancia al pecado para dejarnos falsamente tranquilos, o la desesperanza, que magnifica nuestras faltas para darnos también la tranquilidad de un falso arrepentimiento. De estas deformaciones sólo podemos salir guiados por el Espíritu Santo, el único que nos descubre nuestro pecado en su cruda verdad de ofensa a Dios2, pero desde el convencimiento de que somos amados por Dios en nuestra condición de pecadores. Y eso nos permite apoyarnos precisamente en esa misma condición de pecadores-amados para mirar a Dios-Amor y entrar en la confiada esperanza del que espera firmemente ser liberado de su pecado. En consecuencia, iluminados por el Espíritu no necesitamos ya justificar nuestros pecados, ni ocultar nuestra situación de pobres, vulnerables y pecadores. El Espíritu de la verdad nos permite abrazar nuestra verdad de pecadores-amados y presentarnos confiadamente ante Dios.

A partir de aquí podemos aspirar a la verdadera vida cristiana, que es la vida espiritual: la vida realizada bajo la acción del Espíritu, que nos saca de lo carnal, que representa al mundo, las pasiones, el amor propio:

Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis (Rm 8,9-12).

Tengamos en cuenta que vivir la vida cristiana es uno de los grandes servicios que podemos ofrecer a un mundo al que cada vez le cuesta más identificar lo genuino de la vida cristiana; un mundo que, por otra parte, exige a la Iglesia y a los cristianos una forma de vida que nada tiene que ver con la vida en el Espíritu, que nos lleva a la imitación de Cristo y a la fidelidad al Evangelio. Esta imitación es también obra del Espíritu Santo, que imprime en nuestra alma un amor apasionado por Dios que empapa todo lo que somos y hacemos, nos saca de una religiosidad superficial o de mínimos y de cumplimientos, y nos lleva a la comunión de amor con la Trinidad que habita en nosotros. Esto es lo único que nos puede hacer cristianos; es fuego ardiente con el que Jesús quiere consumir el mundo: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12,49). Es el fuego de Dios que consume a la Trinidad y que es el mismo Espíritu, como nos dice el Bautista: «Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).

Pero ¿cómo vamos a incendiar el mundo con el fuego del amor de Cristo si no nos dejamos abrasar primero por el Espíritu Santo? Pero se trata de dejarse abrasar por ese fuego, algo que es muy distinto a dejar que nos ilumine o nos caliente cómodamente acercándonos sólo un poco a él, lo suficiente como para que nos conforte pero no nos queme. Esto no es la vida espiritual sino la mediocridad. Y el precio para cumplir nuestra misión no es otro que dejarnos abrasar por el fuego de la Trinidad que consumía a los santos. Por eso hemos de aceptar libremente ser consumidos por ese fuego, porque el Espíritu no puede nada sin nuestro consentimiento. Aquí pasamos del mero sacrificio al holocausto: los sacrificios en Israel suponían el ofrecimiento a Dios de animales que, después de ofrecidos, la grasa y las vísceras se quemaban pero la carne la comían los sacerdotes o el pueblo; pero en el holocausto, se dejaba consumir por el fuego toda la víctima ofrecida, de modo que se entregaba a Dios totalmente, sin que se aprovechase nadie de su carne. Este tipo de sacrificio de holocausto es el que quiere realizar el Espíritu Santo en nosotros, consumiéndonos plenamente por el fuego del amor trinitario para consagrarnos totalmente a Dios.

Sin embargo, ante los sufrimientos que comporta nuestra condición humana, el Espíritu Santo no sólo nos rescata de la presión del mundo, sino que nos transforma a través de toda esa realidad, aparentemente negativa, y lo hace empapándonos de su «dulzura», que es la dulzura de Dios. Por eso podemos vivir plenamente en el mundo y acoger los sufrimientos que la vida comporta, porque el Espíritu Santo está ahí y nos une a Cristo. Gracias al Espíritu todo queda transfigurado y produce en nosotros la dulzura de Dios. Esta dulzura es el fruto del abandono y la docilidad y la fuente de la paz y la alegría invencibles, porque nos libera del miedo. Los riesgos de la vida, las dificultades y problemas, las añoranzas del pasado, las incertidumbres del futuro…, todo eso hace que nos pongamos en tensión, tratando de resistirnos al mal y al sufrimiento.

Y esa resistencia es precisamente la verdadera causa del sufrimiento, porque nos saca del ámbito del abandono y la confianza y nos obliga a crear una coraza para defendernos de las agresiones de la vida y del mal. Y esa misma coraza nos cierra sobre nosotros mismos y nos aísla de Dios y de su misericordia. Y eso nos hace sufrir más. Sólo podemos gustar la misericordia divina si quitamos esa coraza que nos cierra en nosotros mismos, nos aísla de Dios y de su amor; sólo recibiremos la misericordia si dejamos de mentirnos con nuestra autosuficiencia y aprendemos a convivir con nuestra vulnerabilidad y fragilidad y permanecemos siempre pobres y desvalidos o indefensos.

Y ésa es la gran obra del Espíritu Santo: llevarnos al terreno de la pobreza, empaparnos de la dulzura de no ser nada, para poder decirle al Señor de verdad: «Tú eres todo para mí» y no necesito más. Se trata del acto de abandono que podemos hacer porque tenemos el Espíritu Santo que nos da la dulzura de la pobreza, de ser hijos de Dios, de la misericordia. El Espíritu Santo actúa en el ambiente de nuestra pobreza, no para fortalecer nuestras defensas, haciéndonos fuertes y poderosos, como a veces pedimos en la oración. Él vive y actúa en ese ambiente, que es el ambiente de la Encarnación del Verbo, de su nacimiento, su vida oculta y su muerte; pero, sobre todo, es el clima de Getsemaní. Ahí el Hijo es llevado por el Espíritu a la dulzura del abandono absoluto en las manos del Padre3.

Mirando a Getsemaní estamos ante el dilema de hacernos fuertes o doblegarnos; y debemos aprender del Señor que no podemos derrotar al mundo con nuestras fuerzas, que no tenemos nada, ni somos nada; y por eso aceptamos nuestro fracaso y soledad, y damos la respuesta adecuada: el «Hágase» del Verbo en la Encarnación, de María en la Anunciación, del Hijo en el Huerto…, y entonces llega la dulzura, que es el fruto de la invasión de la Misericordia. Esa es la dulzura que contemplamos en la pasión de Cristo, pero que él recibió en Getsemaní, donde fue llevado por el Espíritu al abandono total en las manos del Padre.

3. Habitados por Dios

El amor a Cristo que infunde en nosotros el Espíritu tiene dos consecuencias: La primera en nosotros: suscita la fidelidad a su voluntad, que lleva a no buscar ni amar nada que no sea Cristo. La segunda es la inhabitación trinitaria, tal como nos anunció Jesús: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Esta inhabitación de Dios-Trinidad en nosotros es, pues, el gran fruto del Pentecostés apostólico; algo tan real que hará exclamar a san Pablo: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Co 3,16). Se trata de una presencia real, no meramente «espiritual». Incluso dirá el Apóstol que es una presencia del Espíritu Santo en nuestro «cuerpo»; es decir en la realidad completa de nuestra condición humana, constituida por cuerpo y alma: «¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1Co 6,19). No es una idea piadosa en nuestra mente, él habita realmente en nuestra realidad total.

Y a renglón seguido de esta afirmación, san Pablo saca como consecuencia de la misma que pertenecemos a Dios: «No os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!» (1Co 6,20). Lo cual supone que, al habitar en nosotros, el Espíritu Santo realiza una verdadera «consagración» a Dios de cuanto somos y hacemos. Como toda consagración, somos separados del mundo para ofrecernos a Dios, a quien pertenecemos, y hacer de nuestra vida un culto agradable a Dios, tal como nos pide en Rm 12,1: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual».

Pero para que sea efectiva esta consagración la tenemos que ratificar, puesto que no es algo que el Espíritu pueda hacer al margen de nuestra libertad. Eso exige que reconozcamos la presencia y la acción del Espíritu Santo en nosotros y nos abandonemos confiadamente a su acción como acto de fe y de amor. Tenemos que darle nuestro consentimiento y eso supone orar hasta descubrir y aceptar al Espíritu Santo como amigo, amante y maestro y consentir a su acción y su presencia, eso es, abandonarnos a él.

Más aún; hemos de tener en cuenta que la Trinidad de las tres personas divinas constituye una unidad indivisible en el ser, de modo que las tres personas divinas están en permanente unión y relación. Por esta razón, el Espíritu Santo no permanece solo en nosotros, sino que, con su presencia, trae consigo a la Trinidad para que habiten también en nosotros y nos conviertan en su morada. De este modo podemos decir que el Espíritu Santo no sólo habita en nosotros, sino que introduce a la Trinidad en nosotros y a nosotros en ella, tal como nos decía el Señor en Jn 14,23.

Esto tiene como consecuencia que, al entrar en la Trinidad, entramos en la realidad más profunda de Dios, que es el amor. Así puede cumplirse el mandato del Señor: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9), es decir, «permaneced en mí por el amor». El Espíritu, que habita en nosotros, nos arrastra, por medio de la corriente del amor trinitario, a la comunión permanente de amor con el Hijo, que se convierte así en nuestra morada, gracias a la unión esponsal con él.

Permanecer es, por tanto, sumergirse; y la consagración no es simplemente un acto de pertenencia, sino una verdadera unión, una fusión de dos personas que, según la imagen esponsal despojada de todo aspecto sexual, son una sola carne aunque no pierdan su propia personalidad.

La realidad de la inhabitación nos permite asomarnos al abismo del ser de Dios que es amor y sentir el vértigo de lanzarnos a él. El abandono es el acto que nos lleva a sumergirnos en ese mar sin fondo que es Dios y que nos lleva a perder pie. Eso nos permite «permanecer» en Dios en cualquier circunstancia y nos hace invencibles, aunque sigamos siendo débiles. Lo esencial es que no se rompa el acto de abandono.

Hemos de reconocer que no podemos permanecer unidos a Dios sólo con nuestra decisión y nuestra fuerza de voluntad, si el Espíritu Santo no nos sumerge en el abismo que es Dios y esa inmersión se hace tan real que él habita en nosotros y nosotros en él. Entonces no hemos de hacer esfuerzos para «permanecer», porque lo complicado ya no es unirnos a Dios sino separarnos de él, porque ya no podemos vivir sin él, y nada nos llena sino él…Y ni siquiera podemos permitirnos la falta de amor que supondría salir un momento de ese «permanecer» para descansar un instante del fuego de Dios que consume.

4. Hijos de Dios por el amor

Hemos de empezar afirmando que, «Dios es amor» (1Jn 4,8); por tanto, Dios ama. Ése es su ser y su acción, puesto que, como dice santo Tomás de Aquino, «el obrar sigue al ser». Pero hemos de tener cuidado porque, al hablar del amor de Dios, solemos proyectar sobre Dios la experiencia humana que tenemos del amor magnificándola; sin embargo eso no nos sirve para acercarnos al verdadero amor divino, porque reduce considerablemente el amor infinito de Dios a nuestros límites. Tenemos que hacerlo al revés: lo primero es entrar en el conocimiento del amor de Dios y, a partir de ahí, descubrir el auténtico amor humano, que es reflejo temporal del amor de Dios. El amor divino no es el amor humano perfeccionado, sino que el amor humano es el amor divino limitado por nuestra condición.

Esto significa que no podemos amar y, por tanto, no podemos ser personas plenas sin conocer y poseer el amor de Dios. Y este conocimiento no es algo que podamos alcanzar con nuestras fuerzas, sino que es un don que Dios nos concede por medio del Espíritu. Por eso necesitamos al Espíritu Santo para que nos introduzca en el amor de Dios y nos descubra ese amor por vía de experiencia. Esto no es algo que podamos descubrir con nuestras capacidades o que nos puedan comunicar desde fuera, sino que sólo lo podemos conocer como fruto de una revelación interior que realiza el Espíritu Santo. De esta revelación surge el verdadero conocimiento y la experiencia del amor divino y, a partir de ahí, nos adherimos, por la fe, a ese Dios que descubrimos que nos ama; y esa adhesión nos lleva a la unión de amor con Dios, que es el fin último de nuestra vida, aquí en esta vida y de forma plena en la eternidad. Eso es lo que nos dice San Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 4,16). De modo que la esencia de la vida cristiana es conocer el amor de Dios, creer en ese amor y permanecer en el amor que es Dios.

Esta «revelación» es el único camino para comprender, por vía de experiencia, el amor genuino de Dios, que es la fuerza que trasforma necesariamente toda nuestra vida. El que entra en esta experiencia no puede dejar de cambiar. Por eso la conversión o la santidad no es algo difícil, como piensan muchos; lo difícil es no ser santo cuando uno tiene esta experiencia de unión de amor con Dios por medio el Espíritu Santo, porque él nos cambia en lo esencial. Luego queda el pecado, el ambiente, nuestra libertad…, pero el don está entregado y el cambio está hecho.

Esta revelación transformante es algo que sólo el Espíritu Santo puede hacer, porque él es el que mejor conoce el amor divino trinitario, ya que él mismo es el nexo de amor que une al Padre con el Hijo en el seno de la Trinidad. El Espíritu Santo conoce lo profundo de la Trinidad, porque es el que une a las personas trinitarias en el amor. Y puesto que habita en nosotros, en lo más profundo de nuestra alma, es el que mejor nos conoce y puede revelarnos interiormente el amor entrañable que Dios tiene por nosotros. De hecho está ahí para eso. Él quiere y puede revelarnos ese amor. Sin esa revelación del Espíritu Santo no podemos hacer nada, evangélicamente hablando; y la vida cristiana se convierte en una ideología, en una moral o en una religión más. Sin esta manifestación interior del amor de Dios no hay vida cristiana; aunque, lamentablemente, muchos cristianos viven su fe simplemente como una religión más, que les ha tocado vivir por su lugar de nacimiento. Realizar esta «revelación» forma parte esencial de la misión específica que tiene el Espíritu cuando Jesús nos lo envía desde el Padre.

Hemos de preguntarnos: ¿Qué amor nos revela el Espíritu Santo? Ya hemos dicho que nos revela el amor de Dios. Pero, ¿cómo es ese amor? Y hemos de responder que lo más genuino del amor de Dios por nosotros, lo más peculiar e inimaginable del amor de Dios, que sólo podemos conocer por revelación del Espíritu Santo es la Misericordia. «Misericordia» significa «corazón vuelto el mísero», el amor que se deshace por el pobre, por el limitado, por el miserable. Ése es el modo que tiene Dios de amarnos, y es lo que nos descubre la debilidad de su corazón por nuestra miseria, de modo que podemos decir que Dios está enamorado de nuestra miseria. Es como el padre que quiere a todos sus hijos por igual, pero siente una especial ternura y debilidad por el hijo deficiente o enfermizo, al que no puede evitar quererlo más que a los otros, aunque siga defendiendo que los quiere a todos por igual; porque el amor paternal y maternal se orienta inevitablemente a la miseria, a ejemplo del amor divino. Porque Dios no se enamora de la inteligencia, los méritos o la fuerza que podamos tener. Él de eso lo posee todo y no necesita nada que le podamos dar nosotros. Pero lo único que Dios no posee es la miseria; y por eso le atrae y se enamora de la debilidad, la pobreza, la menesterosidad, la vulnerabilidad…, porque es lo que no tiene y es hacia lo que siente una atracción irrefrenable.

Esta inclinación de Dios por nuestra pobreza es la razón por la que el Espíritu Santo nos anima a dejarnos amar por ese amor, para lo cual nos mueve a desnudarnos de toda apariencia de mérito, de importancia, de fuerza o de virtud, para así abismarnos en la misericordia de Dios. Este impulso del Espíritu es lo contrario que se suele hacer en las religiones en general, y que también hacen la mayoría de los cristianos, que se aplican a acumular méritos ante Dios para ganarse su favor. Pero el camino del Espíritu es el contrario, porque nos muestra que no necesitamos alcanzar el favor de Dios porque lo tenemos ganado de antemano.

Estamos, pues, ante una realidad asombrosa y luminosamente simple, aunque muy delicada; porque, a la vez que esa misericordia de Dios es un don increíble y extraordinario, también es una responsabilidad y un problema, porque, por fascinante que sea el regalo, tenemos una gran dificultad en recibirlo, ya que nos resulta mucho más difícil dejarnos amar que amar. Espontáneamente estamos mucho más dispuestos a «construir» un gran amor a Dios que a dejarnos amar por él; porque amar supone que asumimos un protagonismo, mientras que dejarnos amar exige renunciar a dicho protagonismo y entrar en una «pasividad» contraria a la necesidad de autoafirmación a la que tendemos espontáneamente.

Sin embargo, todos nuestros esfuerzos por ser los protagonistas del amor no llegan muy lejos y nos sirven de poco ante Dios. Lo único que Dios espera de nosotros es que nos dejemos amar. Y eso nos cuesta más porque exige la humildad de aceptar nuestra pobreza y nuestra incapacidad. Recordemos en este punto el retiro «¿Por qué no soy santo?» a partir del apartado 4, El plan de Dios y el muro. Ahí ofrecíamos pistas que nos ayudasen a profundizar en la necesidad de aceptar nuestra miseria como base de la vida evangélica.

Para revelarnos este peculiar amor de Dios, el Espíritu Santo, que conoce de primera mano lo íntimo de Dios, se convierte en el testigo de nuestra miseria, que también conoce de primera mano porque nos penetra hasta lo más hondo de nosotros mismos, y porque desde dentro nos muestra lo que somos realmente. Esto lo necesitamos porque nos cuesta aceptar nuestra pobreza. De hecho, incluso en la misma confesión manifestamos los fallos que hemos tenido a pesar de ser buenos, la sorpresa de una debilidad que no aceptamos y el propósito de eliminar el pecado con nuestras propias fuerzas. Lejos de mostrar ante Dios nuestra miseria invencible, para que él tenga misericordia y nos cambie, caemos en el colmo de la inaceptación, presentándole nuestro entusiasta afán por eliminar nuestra debilidad como condición para que nos perdone.

Tenemos el Espíritu Santo que nos dice que no necesitamos garantizarle a Dios que vamos a cambiar lo que no podemos cambiar, que lo que tenemos que hacer es conocernos y descubrir que no podemos nada. El Espíritu Santo nos muestra nuestra debilidad y nos ofrece la oportunidad de cambiar, que sólo es posible si le dejamos que nos cambie. Y, tristemente solemos elegir no cambiar, preferimos hacer los pequeños remiendos al alcance de nuestras fuerzas, que no sirven para nada, con tal de no reconocer que somos incapaces de ese cambio y perder el protagonismo de nuestra transformación dejando a Dios que lo haga.

El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios (1Co 2,11. Cf. Rm 8,27).

El Espíritu de Dios conoce la esencia del amor de Dios; y, a la vez, está en nosotros y conoce nuestra miseria. Este Espíritu, que hemos recibido en el bautismo y en la confirmación, habita en nosotros, es el testigo del amor infinito de Dios y nos deslumbra mostrándonos ese amor infinito que le lleva a Dios a desposarse con nuestra miseria. La oración, por tanto, debe llevarnos a tomar conciencia de estas realidades, tan simples como alejadas de nuestra mentalidad, para lo cual hemos de dejar que el Espíritu Santo nos muestra el inconcebible proyecto de amor que tiene Dios y que no podríamos soñar ni intuir si no se nos hubiera revelado desde dentro.

Para acercarnos a intuir un amor tan singular recordemos lo que ya dijimos en el retiro sobre La radicalidad de los santos, donde proponíamos como reflejo del amor de Dios el amor humano más grande, que es el amor de la madre, y presentábamos el ejemplo de la falta de repugnancia, y hasta cierto punto casi de un tierno «gusto», que tiene una madre hacia los excrementos de su bebé, y a la que le resulta incluso grato el cambiar sus pañales4. La madre no encuentra desagradable cambiar los pañales de su hijo, incluso hace fiesta por lo que ha hecho su niño. Como apuntan los psicólogos, el bebé apenas es consciente de casi nada, pero tiene consciencia de que él, incapaz de hacer algo, lo único que puede «fabricar» es su caca y su pis; eso sí es suyo, porque lo ha hecho él. Y se lo regala a quien más quiere, como prueba de amor. Por eso para el bebé es muy importante cómo recibe su madre este «regalo» precioso. Y la madre puede recoger las deposiciones del niño con la misma alegría con la que su hijo se las ofrece, porque ambos se aman y así expresan y comparten su amor.

Esta experiencia humana tan significativa nos ayuda a vislumbrar lo que constituye la reacción de Dios ante nuestra miseria. Nosotros estamos empeñados en disimular nuestra miseria -nuestra «caca»- para que no se note. Estamos empeñados en ocultarla porque estamos convencidos de que nadie puede amar nuestra miseria. La novedad que nos aporta el Espíritu Santo consiste en descubrirnos con gozosa evidencia que no tiene sentido que construyamos un caparazón para ocultar nuestra miseria y encerrarnos con ella, porque Dios ama nuestra miseria y él está deseando abrazarla y transformarla, por maloliente que nos parezca.

El reto que nos plantea el amor de Dios consiste en dejar de disimular nuestra podredumbre, abrirle las puertas de nuestra vida y dejar que se vean nuestras miserias; dejar que Dios entre en nuestra casa, llena de suciedad y de basura, sabiendo que él lo limpia todo con sólo su presencia, porque es la luz, la verdad y el amor. Hemos de entrar en esta experiencia, y no de manera teórica sino de manera real. Así descubriremos el modo de amarnos que tiene Dios, lo que es de vital importancia para nosotros, porque sólo de la experiencia de este amor gratuito e incondicional puede brotar la auténtica confianza en Dios que caracteriza nuestro amor de correspondencia hacia él.

Estamos, por tanto, ante un conocimiento «experiencial», que trasciende lo teórico, al que tenemos acceso porque hemos recibido el mismo amor divino. Tal como nos dice san Pablo en el texto clave de Rm 5,5 al que nos vamos a referir muchas veces, este amor extraordinario e inimaginable de Dios por nosotros es el fruto inmediato del don del Espíritu Santo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». Dios no nos da el Espíritu Santo como un lujo o como un capricho, sino como una ayuda imprescindible, porque no podemos tener la experiencia del verdadero amor si no nos la regala con su Espíritu. Por eso, a partir de la exaltación de Cristo y su glorificación a la derecha del Padre, éste envía a la tercera persona de la Trinidad para que habite en nosotros, inundándonos del amor trinitario y, por medio de ese amor el Espíritu Santo nos configure de nuevo a imagen de Cristo con una nueva creación.

Porque, si le abrimos las puertas, este cambio imparable que realiza el Espíritu en nosotros es una nueva creación, nos re-crea de nuevo. Es el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu del que nos habla el Señor en Jn 3,5 y por el que dejamos de ser lo que éramos para ser Cristo. Nicodemo, lógicamente, no entiende cómo puede realizarse este nuevo nacimiento, porque es el Espíritu Santo el que lo realiza. Y la re-creación que lleva a cabo no sólo hace que nos «parezcamos» a Cristo, sino que modela nuestro ser más profundo, «re-creándonos» a imagen del mismo Cristo. Así podemos decir como san Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20); de modo que, a partir de esa re-creación, se establece una relación peculiar entre Dios y nosotros; de manera que el Padre pueda ver en nosotros al Hijo y, a pesar de nuestra pobreza, por haber sido hechos «hijos-en-el-Hijo», le demos al Padre la verdadera gloria que él espera, la cual no es otra que la que le da el Hijo en nosotros. De modo que puedo decir que vivo y siento como Cristo, tengo sus actitudes y sus objetivos y, con mi pobreza, al ser hijo en el Hijo puedo darle auténtica gloria a Dios, no con mis méritos, sino paradójicamente con mi miseria, porque se la he ofrecido a Dios, él la ha aceptado y, por medio del Espíritu Santo que me ha regalado, estoy indisolublemente unido a Cristo y le puedo ofrecer al Padre la gloria propia del Hijo.

Esta transformación es tan real que podemos afirmar que, a partir del bautismo y por la acción del Espíritu Santo, somos en verdad «hijos de Dios»:

Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él (Rm 8,14-17).

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,1s).

Hay que detenerse en estos textos para abismarnos en la hondura de lo que supone que podemos llamar a Dios Abbá, es decir: «papaíto», como puede hacer con toda razón el niño indefenso que se entrega a su padre sabiendo que éste le ama precisamente por su vulnerabilidad. Y así podemos dirigirnos a Dios, con esa confianza y abandono, para que venga, abrace y cambie nuestra miseria ‑nuestros pañales‑ y nos inunde con la limpieza de su amor transformante.

La vida cristiana, que es vida de la gracia, y nuestra salvación dependen de que se realice esta transformación en nosotros. Por eso necesitamos absolutamente esta acción del Espíritu Santo; que es, además, la acción que él quiere realizar en nuestra alma y sólo él puede realizarla. Porque sólo esa acción puede hacernos santos, ya que es lo único que nos hace verdaderos hijos de Dios. Pero sólo podemos recibir esa gracia si nos abandonamos incondicionalmente en las manos de Dios, tal como acabamos de ver en Rm 8,14-17 (cf. Gal 4,4-7).

5. Amor y pobreza

La acción del Espíritu Santo en nosotros es tan real y concreta que le lleva a establecerse en nosotros -en nuestro «cuerpo»-, como morada estable. Sólo así podemos conocer, recibir y expresar en la vida el amor de Cristo y, como ya hemos visto, sólo así podemos mantenernos permanentemente en él, tal como nos pide el Señor cuando nos dice: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). La vida del cristiano no consiste en realizar y acumular actos de amor a Dios y al prójimo, sino en «permanecer» en el amor de Dios, en quedar sumergido en el amor trinitario.

Es importante que subrayemos lo asombroso que resulta el hecho de que esta unión entre Dios y la persona humana, sea tan real y profunda, que una dos realidades infinitamente distantes como son Dios y el ser humano. Es un gran milagro, porque se trata de algo imposible: sólo el milagroso fruto del amor infinito de Dios es capaz de unir íntimamente a dos polos infinitamente dispares como son Dios y el hombre. Pero para que se lleve a cabo el milagro es necesario que los dos polos estén en su sitio, porque el amor exige la verdad del ser de los que se aman.

Uno de los problemas de la vida espiritual es que nuestra relación con Dios puede resultar falsa. Voy a rezar, pero lo que le digo o le presento a Dios tiene muy poco que ver con mi realidad. Y se lo cuento, no al Dios verdadero, sino a la falsa imagen que me he creado de él. Muchas veces la vida espiritual es un montaje en el que un ser humano que se parece muy poco a mí se relaciona con un ser divino que se parece muy poco a Dios. Y para llegar a «permanecer en el amor» es necesario que esas dos realidades que se unen estén en la verdad, no  en los sentimientos, en las intenciones o en las justificaciones. Por eso es imprescindible que esa relación se lleve a cabo desde la verdad de lo que cada uno es: desde el ser de Dios que es Amor, y el ser del hombre que es miseria. Y entonces entre ambos se establece una relación de amor tan íntima y permanente como corresponde a ese «permanecer» al que nos invita el Señor en Jn 15,9.

Sólo desde la verdad se puede decir con serena lucidez: «yo no soy nada y tú eres todo», «yo soy el que no soy y tú eres el que eres», «yo soy el vacío, la pobreza…, tú eres la plenitud, la omnipotencia», tal como han expresado los santos. Hasta llegar a esta actitud hay que hacer mucho ejercicio de esta verdad, porque psicológicamente nos mentimos a nosotros mismos y nos creemos nuestras justificaciones, cálculos, añoranzas, miedos y huidas, de modo que vivimos en la mentira sobre lo que somos de manera permanente. Y alimentamos esa mentira, nos la creemos e intentamos que los demás se la crean. Y no nos damos cuenta de que esa mentira es la que realmente dirige nuestra vida. Mientras creemos que nuestra vida se orienta por la grandeza y el valor de lo que sentimos o creemos ser, en realidad es nuestra pobreza, nuestra miseria lo que nos guía; sin que seamos conscientes del engaño, porque nos empeñamos en ocultar y alejar nuestra miseria de la mirada y de la acción de Dios, disimulándola como podemos.

Luego nos quejamos de que nos cuesta descubrir la voluntad de Dios, o defendemos extrañas opciones porque decimos que «lo hemos visto en la oración». Pero son nuestros complejos, miedos, necesidades o manías lo que está decidiendo nuestra vida, sin que nos demos cuenta. Al final acabamos intentando endosarle a Dios como su voluntad el resultado de nuestras mentiras. Sin embargo, ¿qué Dios es ése al que le podemos endosar tan fácilmente nuestras mentiras? ¿cómo es posible esto? Pues, sencillamente, porque nuestra vida espiritual y nuestras relaciones se orientan a defender y ocultar la mentira radical de lo que somos. Y esto no sólo nos afecta a nosotros sino también a los demás, porque necesitamos aceptar la mentira de ellos para así poder defender también la nuestra.

Es función del Espíritu Santo el llevarnos de la mentira a la verdad; para lo cual tiene que decirnos: «Eres nada, simple miseria; pero no te inquietes, no pasa nada, porque Dios es tu Padre y te ama incondicionalmente; por eso, no tengas miedo, abre las puertas de tu corazón y deja de esconder tu miseria».

Este amor tan extraordinario que recibimos es el milagro que realiza el Espíritu Santo en nosotros, a condición de que las dos realidades que se unen en ese amor se mantengan en la verdad de su ser: que Dios sea Dios y la creatura sea pobreza. Por eso, todo se viene abajo cuando la creatura trata de elevarse, por la fuerza de sus méritos, a una supuesta altura que le permita acortar la distancia que la separa de Dios, porque eso es imposible. Yo no puedo alcanzar a Dios, pero el problema es que, al intentarlo, salgo de la verdad que exige el amor, dando al traste con la obra de la salvación.

Por eso, el Espíritu Santo nos mantiene en la permanente consciencia de nuestra pobreza, especialmente en la oración. Realmente para orar no hay que convencer a Dios de lo que vamos a hacer o del cambio que vamos a conseguir. Para orar, sencillamente hemos de ser conscientes de nuestra nada, que es lo que nos lleva al verdadero espíritu de infancia que conquista a Dios. Esa consciencia de la verdad de lo que somos nos descubre la fuente profunda de nuestra pobreza radical, que es el pecado, enseñándonos a mirarlo con paz y alegría interior, haciéndonos saber que jamás podremos ser otra cosa que miseria; pero, a la vez, que somos incondicionalmente amados, precisamente porque somos amados por esa misma miseria, que es lo que conquista el corazón del Padre gracias al gemido del Espíritu que ora en nuestra alma (Cf. Rm 8,26).

Para ayudarnos a permanecer en nuestro ser de pecadores-salvados, miserables-amados, el Espíritu es el único que nos permite mantener unidas estas dos realidades inseparables, y para ello nos empuja a salir de las justificaciones, culpabilizaciones, complejos, huidas, comparaciones, mentiras, teorías, etc. con los que tratamos de negar nuestra miseria y nuestro pecado; y nos ayuda a entrar en la verdad profunda de lo que somos en esencia: pecadores infinitamente amados por Dios.

Por eso el Espíritu Santo suscita en nosotros la locura de desear la pobreza, el ser nada. Pero cuidado: no olvidemos que la pobreza es un don; de modo que no podemos aceptar la pobreza, por mucho que lo deseemos, si no tenemos al Espíritu Santo. Sólo él sabe el camino de la bienaventuranza de la pobreza; es el único que puede tomarnos de la mano, como a niños, y llevarnos por ese camino. Él es el que nos lleva a la aceptación de la pobreza, el que nos introduce en la locura que supone que lo humanamente inaceptable lo podamos abrazar con normalidad y nos mueve a aceptar que ese sea el único modo de ser amados por el amor trinitario. Ése es, precisamente el deseo de Dios: hacernos partícipes del amor que une a las tres divinas personas. Y para hacer posible que recibamos ese amor es por lo que el Espíritu se hace presente en nosotros y nos transforma.

6. Desposorio

Como hemos dicho, la variedad de acciones que realiza en nosotros el Espíritu Santo nos ayuda a descorrer un poco el velo del misterio que lo envuelve, y nos permite conocerlo como persona, a partir de sus obras; pero no a partir de lo exterior, como nos sucede con el Padre, al que conocemos por el Antiguo Testamento, o con el Hijo, que nos es muy conocido por los Evangelios. En el caso del Espíritu tenemos que servirnos de las obras que realiza en nuestro interior, que nos permiten conocerlo y establecer con él una relación personal de intimidad y amor. Por eso es importante que configuremos nuestra vida espiritual como el trabajo que hacemos para descubrir la presencia y la acción de una Persona que actúa en nosotros y que no podemos controlar. Igualmente el discernimiento evangélico también consiste, en el fondo, en buscar a través de las huellas la acción del Espíritu Santo que está actuando, y a través de lo que hace descubrirle a él, y por él conocer al Padre y su voluntad sobre nosotros.

Recordemos que el Credo de la Iglesia nos dice de Cristo que es el Hijo de Dios que «fue concebido por obra del Espíritu Santo y se encarnó de María Virgen». El Espíritu Santo no tiene, por tanto, con María una función meramente instrumental: no es «algo» a través de lo cual Dios realiza la encarnación, sino «Alguien» que la realiza. No es un instrumento, es una persona que actúa. Lo cual supone principalmente que el Espíritu Santo es ante todo una persona, con todo lo que eso significa: es la persona trinitaria que engendra en María al Verbo de Dios -la segunda persona de la Trinidad- como hombre. Hay que orar mucho y profundamente para empaparse de esta realidad: hay una persona divina que realiza en una mujer la encarnación del Hijo de Dios.

De esto se deduce que, lógicamente, la Virgen María tuvo con el Espíritu Santo una extraordinaria y profunda intimidad, una verdadera «esponsalidad», a la medida de la distancia entre Dios y la criatura, pero que era el mayor vínculo de amor que podía existir entre los dos. Eso significa que el Espíritu Santo es el «esposo» de María Virgen; descartando, por supuesto, el aspecto «carnal» de esta relación, porque es incompatible con la condición espiritual del Espíritu Santo. Y a esa misma intimidad y esponsalidad ‑salvadas las diferencias‑ estamos llamados todos nosotros, hasta el punto de poder afirmar que esa relación de esponsalidad es el fundamento sobre el que se construye la auténtica vida cristiana. Esa realidad tiene unas consecuencias muy importantes que, en clima de oración profunda, nos permiten descubrir a qué estamos llamados.

Hemos visto que hay una gran distancia entre la vida cristiana como acumulación de méritos y esa misma vida entendida como la transformación que el Espíritu Santo realiza cuando nos re-crea como hijos de Dios. Y esa re-creación, que consiste en encarnar en nosotros al Hijo, ¿no se realizará de un modo semejante al que el Espíritu Santo llevó a cabo para engendrar al Verbo hecho hombre en María? ¿No estaremos llamados a vivir con el Espíritu Santo una relación de intimidad ‑salvadas las distancias‑ como la que tuvo María con el Espíritu Santo? ¿No será esa esponsalidad el fundamento sobre el que se construye la vida cristiana?

A esta realidad apunta la vida contemplativa, tanto monástica como secular, como experiencia radical de la fe propia de la vida cristiana verdadera. Por eso no se puede reducir la vida monástica a «rezar por los que no rezan», y la vida cristiana secular a «ayudar a los demás», según afirman los tópicos más extendidos. El horizonte de nuestra vida cristiana y espiritual es la esponsalidad con el Espíritu Santo, el desposorio con Dios, como forma de que Cristo se encarne en mí y, por tanto, en el mundo. ¿Cómo puedo decir, como san Pablo, «completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo» (Col 1,24), si yo no soy Cristo, si no puedo afirmar que «Cristo vive en mí» (Ga 2,20)? En el fondo todo esto no es otra cosa que la consecuencia natural de la vivencia apasionada del primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5). ¿No apunta este amor a la esponsalidad a la que ya estaba llamando Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento?5

Toda la obra de la salvación, desde el instante siguiente al pecado original y especialmente a partir de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento, se orienta a la encarnación del Verbo, que es la puerta grande por la que el Salvador entra en la historia humana. Y ese acontecimiento tiene un protagonista humano, que es la Virgen María. De hecho, la encarnación del Hijo de Dios en su seno marcará su vida de una manera absoluta. Se trata de una realidad que vive la Virgen María de una forma eminente y extraordinaria, pero no de manera única. Todo lo contrario: lo que ella vive en el misterio de la Encarnación es el patrón de la historia de amor que Dios quiere vivir con la humanidad y con cada uno de nosotros. Y ésa es la razón por la que nos envía al Espíritu Santo. De hecho, la unión de amor con Dios a la que nos empuja el Espíritu tiene el carácter esencial de esponsalidad que vemos en su relación con María.

En nuestro tiempo, al hablar de la fe, se suele hablar de compromiso, solidaridad, apertura a los demás, etc. Estas realidades están bien, pero es algo que puede hacer cualquiera y desde cualquier perspectiva. Dios no hace una obra tan maravillosa e inconmensurable como la redención para decirnos que tenemos que ser solidarios. La razón por la que Dios crea un asombroso plan de salvación y lo lleva a cabo, implicándose tan fuertemente, es porque tiene que hacer algo extraordinario, que va más allá de nuestros compromisos y convicciones; y su objetivo es la unión que quiere tener con nosotros, que es semejante a la unión que tuvo con María: la unión esponsal.

Es muy importante que contemplemos detenidamente a María, su relación con el Espíritu Santo y la obra de éste en ella, porque ahí está nuestra vocación para la que Dios nos ha creado y la gracia que recibimos para vivir dicha vocación. Y ahí, en el misterio de María en la encarnación, descubrimos lo que es la acción del Espíritu Santo en nosotros, la inhabitación de la Trinidad y la «encarnación» del Verbo. En el caso de María se trata de una encarnación «física» y en el caso nuestro es una encarnación espiritual, pero también es encarnación. Si no fuera así no podríamos decir, como san Pablo, «no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). ¿Cómo puede vivir Cristo en mí si mi realidad es pecado, pobreza y miseria? Porque el Espíritu Santo nos capacita para el desposorio con Dios que llegará a su plenitud en el cielo. De hecho la gloria eterna del cielo no es otra cosa que vivir plenamente, sin restricciones de tiempo y espacio, el desposorio con Dios en la gloria, desposorio que ya comienza en este mundo.

Evidentemente se trata de algo que rompe todos nuestros esquemas humanos. Y no hay que avergonzarse de ello. Tenemos un gran empeño en traducir el Evangelio, la gracia y la salvación para que encajen en los patrones del mundo y se puedan entender fácilmente. Y evidentemente hay que hacer algo de esto; pero sin olvidar el que, por muy comprensible que lo hagamos, estamos ante el misterio. Si reducimos el misterio de Dios y la revelación a categorías comprensibles, si lo hacemos fácilmente accesible, humanamente hablando, lo que presentamos ya no es Dios, ya no es misterio. Reducimos el cristianismo a una ideología, y la Iglesia a una ONG.

Pero ese Dios, que queremos hacer accesible y aceptable de manera inmediata para cualquiera no es el misterio que necesita de la persona trinitaria, que es el Espíritu Santo para que lo atisbemos y para que realice el proyecto de Dios en nosotros.

Estamos ante realidades a las que sólo podemos acercarnos por la fe. Por lo tanto, la oración de este retiro tiene que llevarnos a un acto profundo de fe que nos descubra la finalidad del extraordinario proyecto de salvación en el que Dios se implica tan a fondo que llega a hacerse hombre, a asumir una vida pobre y limitada y a acabar muriendo en el patíbulo. Esa finalidad no se limita a que seamos buenos, solidarios o naturalmente religiosos, conformándonos con lo que el mundo nos pide. Para esto no necesitamos una gracia especial, porque es algo que ya está grabado en nuestra naturaleza y en nuestra conciencia.

Si Dios llega a entrar en esa locura que es el modo concreto que eligió para encarnarse y morir por nosotros, es que quiere mostrarnos y realizar en nosotros algo inimaginable e imposible, como dice san Pablo: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». (1Co 2,9). Toda la locura de amor contenida en la vida de Jesús tiene esa doble finalidad: Dios quiere enseñarnos algo inimaginable y quiere realizarlo en nosotros. Y nos está diciendo que ese imposible es real. Y para aceptar esto sin recortes necesitamos la fe y la oración.

Por eso necesitamos imprescindiblemente la oración como el acto por el que nos sumergirnos en la realidad de lo que es Dios. Normalmente hacemos lo contrario: en la oración intentamos meter a Dios en nuestros esquemas, criterios, miedos, manías… Y por el contrario: deberíamos meternos en el abismo que es Dios hasta perder pie. Sólo ese modo de orar se ajusta al interés de Dios que tiene un especial empeño en que comprendamos que lo que nos ofrece es algo de trascendental importancia en lo que nos jugamos la vida, algo imposible pero que él ya ha lo ha realizado. Así se entiende que lleve a cabo en María el prototipo de la extraordinaria transformación que quiere realizar en todo ser humano por medio del Espíritu Santo. Y por eso María es el modelo de la locura del desposorio que quiere realizar en nosotros y la prueba de que puede hacerlo.

Ya hemos ido viendo que el Espíritu Santo es el vínculo por el que la Trinidad abraza con infinito amor nuestra miseria y se desposa con ella. Nunca insistiremos demasiado en ello, porque por mucho que lo pensemos jamás llegaremos a entender el amor infinito e incondicional de Dios por cada uno de nosotros, que nos ama con locura siendo lo que somos. ¡Cuánto hay que mirar al Señor, cuánta oración, cuánto amor, cuánto abandono se necesita para poder intuir esta verdad! Un Dios locamente enamorado de mí, de mi miseria. El todo enamorado de la nada.

Ese desposorio que realiza Dios con nosotros, pobres miserables, ese abismo que separa a la criatura y al creador, el Todo de la nada, eso lo salva el Espíritu Santo, a condición de que aceptemos ese amor sin renegar de nuestra miseria. Esos dos polos son esenciales y hemos de mantenerlos: Hemos de creer en ese amor de Dios y también hemos de creer en nuestra miseria. No tenemos que ganarnos y justificar el amor de Dios por nosotros apoyándonos en nuestra bondad o nuestros méritos. Precisamente todos los esfuerzos que van en esa línea nos alejan de la misericordia.  El camino es otro: consiste en abrirnos al Espíritu Santo, que lleva a cabo el desposorio y el fruto del mismo, que es la encarnación; pero a condición de que creamos en esos dos polos: lo que es Dios y lo que somos nosotros. Y ahí está, precisamente, la gran dificultad de la fe: en creer en mi miseria y no entrar en la desesperación, sino en saberme amado y no renegar de mi miseria; aunque sin caer en el error contrario de enorgullecerme de ella.

El amor esponsal tiene como fruto normal la generación de una vida nueva. Y ése es el verdadero apostolado. No somos apóstoles porque convenzamos a los demás de unas ideas, sino porque generamos hijos de Dios en el Hijo, porque dejamos que el Verbo se encarne en nosotros, de modo que quien nos mire vea al Señor y el que se encuentre con nosotros se encuentre con él, según el «ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). Ése es el apostolado y el fruto de la evangelización. Por lo tanto, la obra que el Espíritu Santo realiza en nosotros, por la fe, es «como una encarnación del Verbo», tal como se atreve a afirmar magistralmente santa Isabel de la Trinidad:

¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero volverme totalmente dócil, para aprenderlo todo de ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas mis impotencias, quiero fijar siempre la mirada en ti y habitar en tu inmensa luz.

¡Oh Astro mío querido!, fascíname, para que ya no pueda salir de tu esplendor.

¡Oh Fuego abrasador, Espíritu de amor!, «desciende sobre mí», para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo: que yo sea para él una humanidad suplementaria, en la que renueve todo su misterio6.

Esto es ser cristiano. Para entender este proceso y permitir que Dios lo lleve a cabo en nosotros nada mejor que contemplar e imitar a María como modelo de lo que Dios desea, de la locura de su amor, de la acción del Espíritu Santo, de la respuesta de la criatura en la atención al Espíritu Santo y la acogida de la tercera persona trinitaria, de la docilidad a su acción y, por último, del fruto de todo ello.

7. Comunicación de amor y oración

Todo este proceso se realiza en la comunicación interpersonal entre el Espíritu Santo y nosotros por medio de la oración profunda, que es la contemplación. Ahí hemos de pedirle a Dios que nos fascine, para no hacer otra cosa que mirarle, incapaces de salir de la contemplación de su esplendor. Que nuestra vida sea mirar al Señor y en la oración serena y prolongada aprendamos a contemplarle de manera que ya no podamos mirar otra cosa y no podamos dejar de verlo en todas las cosas. Y entonces, cuando termina la oración y nos sumergimos en el mundo ‑porque vivimos en el mundo‑ no dejamos de contemplar ese rostro de Dios que se revela en Cristo porque el Espíritu Santo nos lo muestra en todas las cosas, en todas las personas, en todos los acontecimientos, en todos los momentos, buenos y malos.

El Espíritu Santo, que habita en nosotros, quiere comunicarnos el misterio profundo de Dios, esa « sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, …una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria… » (1Co 2,6-7). Tenemos que entrar en esa sabiduría, a eso estamos destinados. ¿Qué sentido tiene que andemos hambreando migajas de sabiduría humana y despreciemos la sabiduría profunda de Dios?

En clima de contemplación es donde el Espíritu Santo despliega en nuestra alma el atractivo del amor divino para fascinarnos y hacer que nos rindamos a esa fascinación como ante la más asombrosa declaración de amor. De aquí se deduce que la verdadera oración que Dios espera de nosotros para realizar su obra de transformación interior consiste en ceder ante esa corriente de amor, ante ese fuego abrasador; aceptar que nos arrastre, que nos abrase; aceptar perder pie, abandonarnos a su fuerza, a su locura… Dejarnos empujar, derribar, quemar, llevar…; que es lo contrario de lo que creemos que tenemos que hacer, que es mover, empujar, derribar, alcanzar… Entramos así en el terreno de las pasividades, que necesitan mucho más valentía y esfuerzo que las «actividades» que tanto nos gustan. De hecho es mucho más difícil dejarse amar que amar, dejarse derribar que derribar. Es paradójico que pretendamos fascinar a los demás y a Dios, cuando lo importante y lo difícil es dejarnos fascinar y dejarnos conquistar por Dios. Es lo que vivieron los apóstoles cuando se encontraron con Jesús, y la razón por la que lo dejaron todo y lo siguieron al instante.

Pero esto no se puede hacer directa o inmediatamente; porque aceptar que Dios nos abrase y devaste, aceptar perder pie y abandonarnos a una auténtica locura, va contra la más básica necesidad de seguridad de nuestra naturaleza. Entonces, ¿cómo responder a esa acción del Espíritu Santo que nos empuja, nos arrastra, nos lleva, nos mueve, nos derriba, nos destruye, nos quema hasta consumirnos? No es fácil, porque espontáneamente vamos a lo contrario. Para dar la orientación evangélica a nuestra vida necesitamos de una ascesis, una renuncia y una mortificación que sean adecuadas a ese abandono real en las manos de Dios. Una ascesis precisa y valiente, porque lo único que necesitamos es entrar en la actitud de quien se deja quemar, destruir, pulverizar por el Espíritu Santo, sabiendo y aceptando por donde discurre esa tarea de demolición y a dónde lleva.

Toda la vida humana tiende a encontrar seguridades apoyaturas, afectos, reconocimiento…, por eso, si buscamos que Dios sea todo y lo único para nosotros, necesitamos ejercitarnos en la muerte a nuestras seguridades, fuerzas y méritos. En este sentido resulta significativo que la ascesis y la oración que normalmente hacen muchos cristianos sea, en gran medida, una contra-ascesis y contra-oración. Rezamos para no encontrarnos con Dios y rellenamos el tiempo de oración con palabrería, oraciones, música, puestas en común, para huir del silencio o buscar un silencio que es sólo evasión y no escucha. Nada de eso es cristiano, pero parece que lo buscamos para justificar nuestra huida de la verdadera oración y, por tanto, de Dios. Y lo mismo sucede a la hora de amar o de creer: Buscamos sucedáneos que nos libren del amor y de la fe verdaderos.

Pues bien, a la hora de la mortificación pasa lo mismo: hacemos grandes renuncias con tal de no renunciar a lo que tenemos que renunciar. ¿A cuántas cosas estamos dispuestos a renunciar para no renunciar precisamente a aquello que impide la acción del Espíritu Santo en nosotros? ¿Cuántos esfuerzos podemos hacer para poder decir «yo renuncio», «yo me venzo», «yo doy»…, con tal de no dejarnos hacer? Cada uno debe concretar esa ascesis y ejercitarla, como signo de que acepta la locura del amor divino y como expresión del amor con el que pretende corresponder a la locura del amor que Dios le manifiesta. Pero para ello tiene que dar ese salto de fe real, algo que es humanamente imposible porque estamos en las antípodas de la verdadera fe; lo cual exige necesariamente la ascesis más básica, que consiste en dejar de endurecerse creando un caparazón de fortaleza y méritos que se opone al abandono que nos pide Dios. Eso exige poner todos los medios a nuestro alcance para vivir de ese amor y para ese amor: hacer el vacío interior de todo lo que no es Dios, silenciar afectos, pasiones, apegos, profundizar en el recogimiento, la adoración, la atención permanente a Dios, la docilidad a su voluntad, etc.

La misma oración forma parte de esa ascesis que nos dispone a la acción del Espíritu Santo; y no como un deber o un ejercicio espiritual, sino como comunicación con el Espíritu Santo, es decir, la oración profunda que se hace durante un tiempo prolongado, manteniendo el silencio interior y el recogimiento, olvidándonos de nosotros mismos para atender sólo a Dios, cuidando la preparación previa a la oración y su proyección posterior sobre la vida.

Por tanto, la ascesis primera y principal que nos pide el Espíritu Santo es la oración. Que la oración no sea un elemento más de nuestra vida cristiana, de forma que podamos decir que «vivimos para orar». Esta oración, como ascesis, nos permite entrar en la comunicación interpersonal por la que el Espíritu y la persona humana se encuentran en la verdad de lo que son, y pueden amarse sumergidos en la corriente del amor trinitario. Ésa es la oración verdadera y auténticamente eficaz, porque es la oración que realiza el Espíritu en nosotros. Él es el que se comunica con el Padre en nosotros, el que recrea en nosotros la relación intertrinitaria de amor, porque él es el que une al Padre y al Hijo en el amor, y está en nosotros. Orar no es otra cosa que despojarnos de nosotros mismos y de todas nuestras resistencias -ésa es la parte de ascesis‑ y entrar en la docilidad que nos permite sumergirnos en la corriente de amor trinitaria. Eso es lo que el Espíritu Santo hace en la Trinidad y también lo que hace en nosotros.

El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios (Rm 8,26-27).

Orar no es otra cosa que dejar que el Espíritu gima en nuestro interior, sienta, viva, ame, glorifique en nosotros. Todo eso que es la acción del Espíritu Santo lo hace en nosotros, y ésa es nuestra oración. Tenemos que descubrir qué tipo de ascesis y de oración debemos realizar para entrar en la corriente del amor trinitario, porque orar es encontrarnos con el Espíritu Santo y dejarnos caer en ese flujo permanente de amor que une a la Trinidad.

Por eso, si queremos orar de verdad, no tenemos otro camino que dejarnos arrastrar por la oración del Verbo al Padre. El Hijo está permanentemente vuelto al Padre y el Espíritu Santo recrea en nuestra alma esa relación, ese diálogo de amor, hasta que esa oración -como comunicación del amor trinitario entre las divinas personas- sea verdaderamente nuestra propia oración.

Ésta es la oración cristiana, la comunicación de amor entre Dios y el alma, que nos da la libertad y que exige la libertad, y que se tiene que realizar en el marco de la gratuidad. Desde el momento en que uno tiene intereses personales, necesidad de éxito, de aprecio o de seguridad no podemos orar, porque no somos libres. Al entrar en la dinámica de la oración verdadera, de la comunicación de amor de la Trinidad todo eso pierde importancia y entonces empezamos a ser libres. Ya no me importa que me valoren, que me quieran o que fracase…, porque estoy en otra cosa. No podemos pretender buscar a Dios, amarle y servirle y estar polarizados por nuestras cosas o nuestros problemas.

El Espíritu Santo, al recrear en nosotros a Cristo, nos da la capacidad de complacer a Dios, porque realmente oramos para complacer a Dios. Como hemos dicho, orar consiste en dejarnos arrastrar por la oración de Cristo; y la oración de Cristo, en el fondo, es mirar al Padre y darle, en total libertad y gratuidad, lo que él quiere. De hecho, Dios no tiene necesidad de nuestra oración, pero se complace en ella, porque le agrada que le amemos y que le demostremos que le amamos porque él nos ama; y al que ama no le es indiferente que le correspondan. La oración cristiana se fundamenta en esa extraordinaria capacidad que nos da el Espíritu Santo: la capacidad de complacer a Dios como el Hijo complace al Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Entonces debemos preguntarnos: ¿Qué tiene que ver todo esto con el mercantilismo de la vida espiritual en el que convertimos la oración cristiana? El Espíritu Santo nos lleva a complacer a Dios presentándonos como hijos-en-el-Hijo dándole gloria, adorándole, amándole, consolándole, escuchándole, acogiéndole, abandonándonos, en definitiva, amando…

Como nos dice san Pablo (1Co 2,9-15), el Espíritu Santo, por ser Dios, conoce perfectamente y a fondo a Dios; y al dársenos, nos permite conocer lo profundo de Dios. Eso hace que la oración pueda ser un auténtico diálogo en verdad y amor, una auténtica experiencia de amistad, en la que el Espíritu Santo nos descubre también la verdad profunda del ser humano y nos permite ver con claridad la importancia y profundidad del mal frente al relativismo del mundo y las justificaciones del pecado al que nos inducen el demonio y nuestras pasiones (cf. Jn 16,8-10).

8. Docilidad

A partir de lo dicho hasta aquí podemos entender que la esencia de la vida cristiana es consentir en la acción del Espíritu Santo, que nos introduce en la comunión trinitaria de amor desde nuestra radical miseria. Nunca insistiremos lo suficiente en la necesidad de dejar de huir de nuestra miseria, tratando de ocultarla, para aprovechar la miseria y ser lo que somos realmente: pobres. He de dejar de hacer fuerza para parecer fuerte y, ya que soy débil, mostrarme débil y consentir que sea el Espíritu Santo el que me introduzca en esa comunión de amor desde la propia pobreza.

Todo el trabajo que hay que hacer para ser cristianos se reduce a romper la coraza de nuestros miedos, seguridades, necesidades, exigencias, cálculos…, todo eso con lo que pretendemos aislarnos del sufrimiento. Se trata, en resumen, de romper esa coraza y abrirnos totalmente al fuego del Espíritu Santo que nos coloca incondicionalmente en las manos de Dios tal como somos: vulnerables, pobres, necesitados, perdidos… Dejamos de ser, así, el arma dura y quebradiza con la que queremos defendernos, para ser junco flexible que no se quiebra, dócil al soplo del viento. Es lo que hace exclamar a san Pablo:

Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5,3-5).

Ésta es la docilidad de los verdaderos hijos de Dios, que se dejan llevar por el Espíritu (Rm 8,14); es la esencia del mensaje de Jesucristo plasmado en las bienaventuranzas como el camino hacia la verdadera felicidad humana y sobrenatural. Un camino que estaba apuntado ya en el Siervo de Dios de Isaías, sobre el que reposa el Espíritu (Is 42,1), que no se quebrará ante la fuerza del mal (Is 42,4) y que anuncia la mansedumbre que caracterizará a Jesús y a sus discípulos:

«El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos» (Is 50,5-6).

El Espíritu Santo no nos empuja a ser fuertes, a imponernos, sino a hacernos «blandos». Y los sufrimientos, las dificultades, la cruz, todo lo que en la vida humana y espiritual podemos sufrir, el Espíritu Santo lo aprovecha para hacernos blandos, permeables al sufrimiento, llevándonos a renunciar a todas las resistencias. Eso es lo que nos hace entrar en el espíritu de las bienaventuranzas, que propone una sabiduría y una fuerza inversas a las del mundo. Si aceptamos ese empuje interior del Espíritu, entonces los golpes podrán herir nuestro cuerpo o nuestra sensibilidad -y más cuanto más dependemos de nuestros apegos-, pero no pasa nada. Notamos ese dolor, pero pasa. Reconocemos la vulnerabilidad de nuestro corazón, nos dolerá, nos pueden herir y humillar…, pero a la vez que notamos esa mordedura tenemos que saber notar ese fuego interior que precisamente entonces nos invita a abandonarnos, desde ese dolor, en el abismo del fuego del Espíritu. De ese modo las dificultades y sufrimientos nos herirán, pero no tocarán nuestra alma: la atravesarán sin herirla, como un cuchillo atraviesa el aire sin dañarlo.

La secuencia de Pentecostés, en el latín original, pide al Espíritu: Flecte quod est rigidum (¡Doblega lo que es rígido!). Es la fuerza que posee el junco, que ante el fuerte viento se dobla pero no se quiebra, frente al roble, que frente al mismo viento, no se dobla y acaba quebrándose. El junco invencible, que clama el poder de su debilidad ante la soberbia del lema clásico: Frangar, non flectar (Me quebraré, pero no me doblegaré).

Precisamente esta «ductilidad» espiritual es lo que caracteriza el espíritu de infancia que pide el Señor al que quiera entrar en el Reino de los cielos: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18,3-4)7. Tenemos que «hacernos» niños, porque de inicio no lo somos. Y no podemos serlo, si el Espíritu Santo no nos hace niños; y no puede hacernos niños si no nos doblega… y si no nos dejamos doblegar. Porque el niño se pone confiadamente en las manos de sus padres y se deja hacer por ellos; y es la manifestación de su independencia y la resistencia a dejarse hacer lo que señala la salida de la infancia para entrar en la adolescencia.

Pero, ¿cómo podemos llegar hasta ahí? Porque puede parecer muy hermoso, pero irrealizable, una hermosa utopía inalcanzable. ¿Cómo se compagina este extraordinario proyecto de santidad con nuestros pecados y limitaciones, unidos a los del mundo y de la Iglesia? Pues se compagina por la fe. De hecho, esta maravilla no es real en nuestra vida y en la vida de la Iglesia porque no creemos; porque sólo creemos en lo que podemos hacer y solucionar nosotros con nuestras ideas y nuestras fuerzas. No creemos de verdad en la presencia del Espíritu Santo en nosotros ni en el poder de Dios. Y quizá la razón por la que no queremos creer sea porque el poder de Dios tiene unos caminos que no son los nuestros y nos desconciertan. Pero si creyéramos, si le diéramos al Señor la oportunidad de actuar, si nos dejáramos hacer, toda la maravilla de re-creación que lleva al espíritu de infancia sería posible en nosotros y en el mundo.

La actitud que se requiere no necesita de una fuerza humana extraordinaria; de hecho es perfectamente compatible con nuestras limitaciones y pecados. Pero exige la actitud de verdadera fe en el Espíritu, es decir, el reconocimiento de su inhabitación en nosotros, la plena confianza en su poder y el abandono a su acción. Con eso se llega a la confianza audaz (parresía) que caracteriza al cristiano y que san Pablo expresaba magistralmente diciendo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4,13). En definitiva, el Espíritu suscita en nosotros el permanente milagro de la fe que nos hace capaces de todo precisamente porque no podemos nada.

Sólo el Espíritu Santo puede animarnos a lanzarnos a lo imposible; porque no se trata de una utopía, sino de un imposible. No es algo a lo que hay que tender sabiendo que no llegaremos nunca, sino algo que podemos esperar, porque se trata del milagro cotidiano que supone vivir en fe. Sin la acción del Espíritu Santo no podemos ni creer, ni soñar, ni esperar nada de esto, y entonces estamos condenados a permanecer en nuestro baluarte, encerrados con nuestros miedos, para que no nos hagan daño y poder sobrevivir tristemente. Pero ahí está el Espíritu Santo, que tiene un deseo vehemente de invadirnos y poseernos plenamente. Y sólo podrá hacerlo si creemos en él y luego nos abandonamos a él. La confianza nace del abandono del que sabe que Dios es Dios y yo soy yo, él es todo y yo no soy nada. Pero si él me llama, puedo fiarme de él y abandonarme. Y, por tanto, sólo él puede hacernos verdaderos cristianos. Sin su impulso, seremos unos pusilánimes que reducen la fe al cumplimiento que da seguridad o unos imprudentes que se dejan llevar por un espiritualismo subjetivo y alienante.

La razón por la que hay que insistir tanto en la importancia que tiene el abandono y la infancia espiritual, sin los cuales no puede haber vida cristiana, no estriba en que ese abandono sea un fin en sí mismo. Ser cristiano no consiste en abandonarse a Dios, sino en nacer de nuevo como hijo-en-el-Hijo. Pero esto es absolutamente imposible sin el abandono completo que nos permite entrar en la docilidad que requiere el Espíritu Santo para actuar libremente en nosotros y darnos el nuevo ser de hijos de Dios.

El deseo ferviente del Espíritu Santo es invadirnos, poseernos plenamente; y esto sólo lo podrá realizar si nos abandonamos a él con una confianza absoluta, aceptando las purificaciones, necesarias y dolorosas, que le permiten liberarnos de las ataduras que impiden ese abandono. Esta disposición a aceptar las purificaciones es la garantía real, más allá de intenciones o palabras, del abandono que nos hace dóciles al Espíritu Santo e hijos de Dios.

Por eso, toda la vida cristiana se reduce, en esencia, a la acción del Espíritu en nosotros y a nuestra aceptación de esa acción. Precisamente Dios nos ha hecho libres para que podamos aceptar esa acción del Espíritu. Y la conjunción de la acción del Espíritu y nuestra libre aceptación de la misma es la fuente del amor en el alma y en nuestra vida. De aquí se deduce que toda la vida espiritual consiste en hacer posible esta aceptación, lo que exige el trabajo ascético de impedir que nuestras pasiones, la influencia del mundo y todo lo que nos esclaviza imposibiliten nuestro libre abandono a la acción del Espíritu. Es lo que nos pide san Pablo cuando nos dice: «Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis » (Rm 8,13).

Como consecuencia de lo dicho hasta aquí, la ascesis cristiana, la verdadera mortificación, no consiste principalmente en hacer actos aleatorios de privación, sino en renunciar a lo que nos impide la docilidad al Espíritu Santo8. De cada uno depende elegir las renuncias oportunas para entrar en la mejor disposición que permita al Espíritu actuar más libremente; lo que va configurando en una persona la pobreza -interior y exterior- como el estilo de vida del que renuncia a las seguridades humanas para vivir «colgado» sólo de Dios.

La vida de fe a través de la vida contemplativa, de la oración profunda, de la mirada a Cristo, del ejemplo de la Virgen María nos lleva a arrojarnos al vacío de la confianza. Todos creemos en Dios, pero a la hora de la verdad nos pueden nuestros miedos y nuestros cálculos que acaban sustituyendo a la fe; y el Espíritu es el único que desde dentro nos pide que nos rindamos al vértigo de ese vacío y nos arrojemos a él. Estamos ante un salto abismal que es humanamente incomprensible, porque exige un abandono total que rompe toda lógica humana. Es un salto que sólo se puede dar porque el mismo Espíritu que anima a la confianza absoluta en él, hace posible dicha confianza. Sin su apoyo no seríamos capaces de dar un salto que humanamente parece un suicidio; pero con su presencia somos capaces de experimentar en la oración la solidez de su impulso y de su fuerza, la seguridad que nos da la audacia de lanzarnos a un imposible que se nos muestra posible, con una certeza serena que nada tiene de idealismo o alucinación.

A través de la oración, el Espíritu Santo nos sumerge en la dulzura de la vulnerabilidad hasta que caigan todas las resistencias y nos hagamos tan blandos que el mal no pueda herirnos, al igual que el cuchillo nada puede contra el agua o contra el aire. En el fondo se trata simplemente de no resistir al mal sino abandonarnos al Espíritu Santo, dedicar las energías que perdemos tratando de enfrentarnos al mal en abandonarnos al Espíritu. Él nos llama a arrojamos al vacío de la confianza; y sólo nos pide que nos rindamos al vértigo de ese vacío y nos arrojemos a él.

Ésta es la clave de todo el proceso de nuestra santificación, la sabiduría divina que está más allá de toda sabiduría y que el Espíritu quiere derramar en nuestros corazones. Porque aquí nos lo jugamos todo, el sentido de nuestra vida y nuestra salvación. Y no sólo nosotros. Esto es tan importante porque en ello también Dios se lo juega todo; ya que lo ha apostado todo al entregar al Hijo, implicándose totalmente en nuestra vida con la encarnación y la redención; y su interés no es otro que conseguir que le dejemos hacer libremente su obra de amor salvador en nosotros. Y ahí es donde nos la jugamos nosotros. Con ese fin nos entrega a la Tercera persona trinitaria para que nos arrastre a la corriente de confianza y entrega absolutas que caracteriza al amor trinitario, del que nos hace participar precisamente el Espíritu que hemos recibido del Padre a través del Hijo. Merece la pena volver nuevamente sobre el texto paulino al que ya hemos aludido anteriormente:

Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino que, como está escrito: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios. Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos (1Co 2,9-10).

Aquí podríamos recordar lo que nos dice Santiago a propósito de la verdadera sabiduría, que viene de Dios:

La sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, intachable, y además es apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera. El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz (Sant 3,17-18).

En este sentido podría servirnos como materia de oración de petición humilde, seguir contemplativamente el ritmo de la Secuencia de Pentecostés:

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

9. La locura de la cruz y la Gloria

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Esta actitud de docilidad y abandono que hemos visto hasta aquí encuentra su mejor ejemplo en el Hijo de Dios. En él contemplamos el modelo perfecto del que se deja llevar por el Espíritu Santo y le permite realizar plenamente su obra de salvación. Mirándole descubrimos el estilo de la acción de Dios y qué es lo que tenemos que hacer nosotros. Desde el primer instante de la Encarnación, el Verbo se somete completamente a la voluntad del Padre, tal como nos dice la carta a los Hebreos, citando el salmo 40,7: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo -pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí- para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Hb 10,6-7).

Toda la vida de Jesús está movida por la docilidad al Espíritu Santo. Es la docilidad al Espíritu la que lo empujará al desierto, para someterse a la prueba y a la tentación (Mt 4,1; Lc 4,1; Mc 1,12), la que le llevará a aceptar una purificación mayor en Getsemaní (Mt 14,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,39-46) y, después, le hará aceptar en silencio la ignominia de la Pasión, hasta llegar al abandono absoluto en la Cruz: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Mt 23,46).

Existe un significativo paralelismo entre esta actitud de Jesús y la de la Virgen María durante la pasión de su Hijo y, especialmente, en la Anunciación. En ese instante coinciden perfectamente el abandono del Verbo y el de María que, unidos, hacen posible la encarnación de aquél en las entrañas de ésta por obra del Espíritu Santo. Y todo ello respondiendo a la locura de un amor obsesivo de Dios por nosotros, en cuanto «míseras» creaturas.

En todos esos momentos podemos descubrir el estilo genuino de la acción del Espíritu Santo, que ahora se hace presente encendiendo en nosotros ese mismo amor obsesivo por el Verbo, porque es el único modo de hacer que se encarne en nosotros. Y, en ese amor, nos descubre al Verbo encarnado como el Crucificado y, en él, nos muestra el valor glorioso de la Cruz y nos anima a abrazarla con amor. Esto es lo que les faltó por hacer a los Apóstoles en la pasión y que luego pudieron realizar gracias al envío del Espíritu Santo. Nosotros, que vivimos en el tiempo del Espíritu, disponemos de su presencia y su acción para vivir el mismo amor que recibieron los Apóstoles en Pentecostés.

Finalmente, antes de terminar, debemos preguntarnos qué hemos de hacer, en concreto, para responder a la efusión del Espíritu Santo que hemos recibido, cuál debe ser nuestra respuesta a su acción. Para lo cual hemos de ser conscientes de que la principal tentación y el riesgo mayor que tenemos ante el proyecto de santidad que tiene Dios para nosotros consiste en negar o traicionar el plan de Dios. Hay muchas formas, más o menos conscientes, de afirmar: «No me interesa el plan de Dios, no quiero complicarme la vida; con mis miedos, y mis defensas me las apaño muy bien. No quiero abrir las ventanas y que entre el aire del Espíritu, porque nunca se sabe lo que puede entrar». Es la forma de darle la espalda al plan de Dios, como hicieron los Apóstoles en la pasión de Jesús.

Pero lo más probable es que no lleguemos a una negación o traición frontal, que se acercaría al pecado contra el Espíritu Santo, haciendo lo contrario a lo que él nos inspira. Cuando traicionaron y abandonaron a Jesús en su pasión, los Apóstoles no cayeron en el pecado contra el Espíritu Santo porque no habían recibido el Espíritu y carecían de la luz y la gracia que él les iba a proporcionar. Pero nuestro caso no es el de los Apóstoles, porque hemos recibido el Espíritu Santo; y no podemos escudarnos en que no tenemos la luz o la fuerza necesarias para responder a la voluntad de Dios.

Ciertamente no vamos a vender al Señor como hizo Judas, a traicionarlo como Pedro o a abandonarlo como el resto de los Apóstoles. Quizá nuestra tentación sea más sutil y peligrosa. Para descubrirla quizá nos ayudaría aplicarnos la recomendación de San Pablo, que nos dice: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que él os ha sellado para el día de la liberación final» (Ef 4,30). ¿A qué se refiere el Apóstol? Quizá esté hablando de los que no llegan a pecar contra el Espíritu Santo, pero obstaculizan seriamente su misión en el alma. Lo más probable es que se esté refiriendo a la actitud, tan frecuente entre los que pueden reconocer la presencia y la luz del Espíritu Santo, de quienes no niegan esa presencia y esa luz, pero tampoco le dan la importancia que tienen, y se acostumbran tanto a la presencia del Espíritu como a desoír sus mociones, convencidos de que es una actitud normal y aceptable.

Estamos ante la actitud en la que no negamos al Espíritu, ni nos oponemos a la gracia; simplemente vivimos «como si no pasara nada» porque no somos fieles a sus inspiraciones. Sabemos que el Espíritu Santo actúa, lo conocemos, notamos su presencia y su acción, pero nos escudamos en que es difícil saber lo que Dios quiere y la vida es muy complicada… Y al final hacemos lo que buenamente nos parece, y nos conformamos con el resultado, renunciando en el fondo a la santidad. Esto es algo que Dios no puede compensar, porque no entra en el ámbito de la miseria, ya que hay un punto de cálculo y un juicio: el mismo juicio del que no acepta ser miserable o intenta disimular su miseria. No pasaría nada si reconociéramos que somos cobardes y no somos capaces de vivir lo que vemos con evidencia, pero lo intentáramos sinceramente. Estamos ante la superficialidad y la mediocridad que nos cierran a la acción del Espíritu y nos privan de la salvación. Por eso, esta recomendación de san Pablo debería hacernos especialmente delicados a la hora de secundar las mociones interiores que el Espíritu suscita en nuestra alma.

Como conclusión y resumiendo, debemos quedarnos con el convencimiento, luminoso y agradecido, de que no podemos salvarnos sin el Espíritu Santo, que es la garantía de la vida eterna; ya que él nos injerta en Dios aquí en la tierra y nos introduce en la vida gloriosa de Dios en el cielo, que es nuestra meta, como nos anuncia san Pablo: «Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.» (Rm 8,11).

10. Contemplación litánica del Espíritu Santo

Para terminar y como ayuda para la oración en este retiro espiritual, proponemos una oración litánica contemplativa sobre el misterio y la acción del Espíritu Santo.

Espíritu Santo-Dios:
te reconozco como persona,
como Dios-en-mí;
y puesto que me habitas, te suplico:
manifiéstate, lléname, actúa en mí,
y en los demás a través de mí;
compadécete de mi miseria
y muestra en ella tu poder.

Espíritu Santo-Dios, alma de mi alma:
te adoro, te amo y me consagro a ti.

Tú eres quien sostiene y anima a la Iglesia.
Tú eres quien armoniza la multiplicidad de miembros del Cuerpo de Cristo.
Tú eres quien nos entrega a Cristo por María.
Tú eres quien actualiza la pasión salvadora de Cristo en la Eucaristía.
Tú eres quien hace presente a Cristo en los sacramentos y en la vida.
Tú eres quien configura la vocación y misión de cada cristiano.

Tú me habitas y me llenas plenamente, me invades y santificas.
Tú inundas de gracia hasta los rincones más ocultos de mi ser.
Tú traes contigo a la Trinidad y me conviertes en templo de Dios.
Tú reflejas en mi alma la mirada amorosa del Padre y me sumerges en su providencia.
Tú suscitas en mi corazón la pasión que me enamora de Cristo.
Tú reconstruyes mi naturaleza pecadora y la devuelves a la inicial armonía con Dios y con las criaturas.
Tú me modelas a imagen de Cristo y me haces hijo de Dios.
Tú escuchas y comprendes todos mis lamentos y súplicas antes de expresarlos.

Tú eres la respiración de mi alma.
Tú eres la luz que ilumina mis pasos.
Tú eres el consuelo que conforta mis penas.
Tú eres la mano que me levanta de la postración.
Tú eres el espejo en el que contemplo a Cristo.

Tuyo es el amor que me inunda y sobrepasa.
Tuyo es el impulso hacia el amor más grande.
Tuyo es el suave gesto que me corrige.
Tuya es la dulzura que me hace olvidar las ofensas.
Tuya es la palabra eficaz que pones en mis labios.
Tuya es la libertad frente a todos y a todo.

Tú haces suave mi miseria.
Tú conviertes en riqueza mi pobreza.
Tú me salvas de la desesperanza ante el pecado.
Tú haces amables los dolores y humillaciones.
Tú me libras del desánimo por mis fracasos.
Tú renuevas mis fuerzas desgastadas en las luchas de la vida.
Tú afirmas mis pasos en el camino hacia el Calvario.
Tú me abrazas a la Cruz salvadora de Cristo.
Tú me resucitas en cada instante a la vida nueva de la gracia.

Tú me introduces en el eterno diálogo trinitario.
Tú me das la misma mirada de Cristo para ver con luz nueva todas las cosas.
Tú me descubres al Padre con los ojos del Hijo y al Hijo con los ojos del Padre.
Tú me muestras a Cristo en el pobre y desvalido.
Tú conviertes a todos en mis hermanos.
Tú me descubres a Cristo en quien me ofende o me hiere.

Tú eres quien hace de Dios mi morada y de mí su templo.
Tú eres quien recrea en mí la vida y las palabras de Cristo.
Tú eres quien alientas mi búsqueda insaciable de Dios.
Tú eres quien confirma mi fe y mi esperanza.
Tú eres quien me regala el gusto por las cosas de Dios.
Tú eres quien me consagra totalmente al Padre.
Tú eres quien me recuerda la Palabra de Dios.
Tú eres quien alienta mi oración.
Tú eres quien me recuerda mi ser esencial.
Tú eres quien ilumina la oscuridad de mi fe.

Tú eres quien hace de la Trinidad mi hogar en la tierra y mi eternidad en el cielo.
Tú eres quien me introduce en la eterna corriente del amor trinitario.
Tú eres quien me descubre a Dios como Trinidad de personas.
Tú eres quien me atrae al espíritu de las Bienaventuranzas.
Tú eres quien me sumerge en la misericordia de Dios en la confesión.
Tú eres quien siembra y alienta lo mejor que hay en mí.
Tú eres quien me hace fuerte en el combate.
Tú eres quien convierte mi cruz en gloria.
Tú eres quien me hace nacer de nuevo a la vida de la gracia.
Tú eres quien da fruto evangélico a mi vida.
Tú eres quien me sugiere el gesto o la palabra oportunos.
Tú eres quien acompaña todas mis soledades.
Tú eres quien me fortalece frente al enemigo.
Tú eres quien vigila y acompaña todos mis pasos.
Tú eres la garantía firme de la Gloria.
Tú eres quien me llevará de la mano en mi muerte y la convertirá en tránsito a la vida.

Todo eso y mucho más haces en mí; todo eso y mucho más, infinitamente más, eres tú.
Te adoro, te amo y me entrego a ti, consagrándote todo lo que soy:
-para que me consumas en ti, fuego eterno del amor trinitario,
-para que seas el alma de mi alma y la vida de mi vida,
-para que me unas íntimamente a ti en esta vida y me lleves a participar, en el cielo, del amor con el que abrazas al Padre con el Hijo por eternidad de eternidades. Amén.


NOTAS

  1. Cf.: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12; cf. 13,34; 15,17). «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35).
  2. Eso forma parte de la misión del paráclito según Jn 16,8: «Dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena».
  3. En este sentido resulta significativo que en los tres sinópticos es el Espíritu Santo el que empuja a Jesús al desierto para ser tentado (Cf. Mt 4,1; Mc 1,12; Lc 4,1).
  4. Retiro La radicalidad de los santos, apartado «Niveles de trabajo ascético» n. 6.
  5. Recuérdese, p. ej, cómo los profetas describen la alianza de Dios con su pueblo con imágenes matrimoniales de desposorio, fidelidad, infidelidad…: Os 1,16-17; 2, 16-25; Is 54,1-10; 62, 2-5; Jr 2,2; 31,2-4. No se puede olvidar que el Cantar de los Cantares es leído por la Iglesia como la relación de Dios con su pueblo o de Dios con el alma. Puede encontrarse un comentario de algunos de estos textos aplicados a la vida contemplativa en Fundamentos, 7,4: «Un proceso con una meta: el desposorio».
  6. Beata Isabel de la Trinidad, Elevación a la Santísima Trinidad.
  7. En el mismo sentido: «Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre» (Sal 131,2).
  8. Recordemos la segunda parte del retiro espiritual sobre «La radicalidad de los santos».