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Santificados en la verdad en medio del mundo

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Introducción

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17,14-19).

El cristiano vive en medio de un mundo que rechaza la verdad, especialmente la Verdad de Dios, o, por mejor decir, la Verdad que es Dios, y que viene expresada en la persona del Hijo y en su Palabra. Jesús, que conoce esta realidad, cuenta con ella y no trata de eliminar este enfrentamiento entre el mundo y la verdad. Por eso, en su oración al Padre no le pide que nos aparte o libere del mundo, sino que «seamos santificados -o consagrados-» (por él) en la verdad, que no es otra cosa que su Palabra -el Verbo-. De modo que el Padre acepta la consagración por la cual el Hijo se le entrega plenamente. Pero, por tratarse de una consagración u ofrenda sacrificial, necesita de un altar y una inmolación. Y ¿cuál puede ser el «altar» más adecuado para entregar la vida «en la verdad» que el mundo de la mentira? Así, la Cruz, que es la mayor expresión del mal, del pecado y de la mentira del mundo es, por eso mismo, el altar sobre el que el Hijo de Dios realiza su consagración, por amor, en la entrega sacrificial de su vida al Padre; una entrega que es fruto de su fidelidad a la Verdad.

El presente retiro espiritual pretende introducirnos en la contemplación de Cristo en su inmolación al Padre en la verdad, para permitir que nos empapemos de este misterio hasta poder reproducirlo en nuestra vida. Como veremos más adelante con todo detalle, Jesús se inmola en la cruz, como acto de ofrenda y holocausto, para que sus discípulos «sean santificados en la verdad», algo que no podemos hacer sino reviviendo en nosotros al acto consecratorio del Señor a través de un modo de ser y de vivir que reproduzca el mismo ser y la misma entrega del Redentor.

Entrar en esta identificación exige necesariamente una profunda contemplación de Jesús en su entrega sacrificial en el altar de la verdad, a manos de un mundo que encarna la mentira. Lo cual nos empuja a entrar en un modo de contemplación de Cristo que nos empape del misterio de su armonía esencial entre sus naturalezas divina y humana, entre lo que es, lo que piensa, lo que dice y lo que hace.

«Santificarnos en la verdad» es, por tanto, la respuesta salvadora a la mentira y al odio del mundo. Eso, que es lo que nos distingue del mundo es, a la vez, lo que constituye nuestra misión en él, como cooperadores de Cristo en la redención del mundo. Se trata de algo tan importante que es, precisamente, lo que Jesús le pide al Padre horas antes de comenzar su pasión; tan importante, que él mismo lo hace suyo y se «santifica» a sí mismo por medio de la pasión para que nosotros seamos santificados en la verdad, con el sentido que tiene la expresión «santificar» como el acto sacrificial por el que uno es consagrado por Dios para convertirlo en su propiedad por la vía de la inmolación -cruenta o incruenta- de la propia vida por amor. Y el hecho de que sea una consagración «en la verdad» tiene como consecuencia práctica inmediata una autenticidad que unifica el ser que recibimos de Dios con las palabras y las acciones con las que manifestamos nuestro ser verdadero, que es sobrenatural.

Para realizar está contemplación deberíamos empezar colocándonos, humildemente, ante la luminosidad del Hijo de Dios en su autenticidad. Con esa actitud, la contemplación amorosa de Jesucristo nos introduce en la asombrosa luminosidad que irradia el Hijo de Dios; una luz que él nos quiere regalar, a través del Espíritu Santo, para guiarnos «hasta la verdad plena» (Jn 16,13) y convertirnos, también a nosotros, en «luz del mundo» (Mt 5,14).

Por este camino, la contemplación del Señor nos tiene que llevar al deseo y a la búsqueda de la imitación de su autenticidad; y, a la vez, a descubrir lo que contradice nuestra condición de discípulos del Testigo de la Verdad (cf. Jn 18,37) que es Cristo. A partir de aquí podemos realizar un preciso discernimiento de nuestra autenticidad evangélica, descubriéndonos la calidad de nuestra vida espiritual y del conjunto de elementos que configuran nuestro seguimiento de Cristo.

En el presente retiro vamos a dirigir nuestra mirada al Señor, objeto fundamental de nuestra contemplación, para dejarnos fascinar por la armonía de todo lo que constituye su ser y su acción, así como por su sacrificio para que nosotros seamos santificados en la verdad. Y, a partir de esa contemplación, podremos ponernos a nosotros mismos ante esa luz, que dimana de la autenticidad del Hijo de Dios, para ver las sintonías o discrepancias que tiene en nosotros, y dejarnos arrastrar por el Espíritu Santo a ser santificados en la verdad en el mismo holocausto de Cristo.

Pero antes de entrar en esa contemplación, es necesario que tomemos en consideración la situación del mundo en que vivimos, para comprender la necesidad que tenemos de «santificarnos en la verdad» como el Señor quiere y las dificultades concretas que ello supone. Sólo en este mundo, que rechaza a Jesús y a los discípulos, es en el que hemos de ser testigos de la verdad; es más, este mundo adverso es la circunstancia en la que se realiza la «santificación en la verdad»: en este mundo concreto tenemos que vivir, a contracorriente, la verdad de Cristo, este mundo hostil es el que convierte el testimonio cristiano en martirio y en sacrificio que nos santifica y salva a la humanidad. Por ello, aunque nuestra contemplación se dirige a Cristo, hemos de tener en cuenta en ella el mundo del que el Señor no quiere separarnos, al que nos envía y que es ocasión de un testimonio que se convierte en ofrenda sacrificial.

Vamos, pues, a acercarnos a la autenticidad, como valor evangélico que garantiza la verdad de nuestro testimonio. Pero antes de empezar, es necesario que aclaremos brevemente la distinción que existe entre la autenticidad y la sinceridad. Por ésta entendemos la coherencia que existe entre lo que uno piensa y lo que dice, algo que tiene que ver con la fidelidad a la verdad, pero que afecta principalmente a lo que uno piensa o cree. De hecho, uno puede ser verdaderamente sincero manifestando una verdad en la que cree, aunque no la viva, mientras que la autenticidad exige que uno viva -o intente vivir- esa verdad en la que cree. De tal modo que no hace falta que se diga nada para ser «auténtico»: la propia vida trasparenta y hace verdad lo que uno cree. En ese sentido, el mismo Jesús puede decir que los cristianos somos «la luz del mundo» (Mt 5,14), no porque pregonemos la luminosidad de la luz, sino porque iluminamos con ella a nuestro alrededor «con nuestras buenas obras» (Mt 5,16).

El mundo al que nos envía el Señor

Un mundo que rechaza la verdad

No cabe duda de que vivimos en un tiempo caracterizado por tremendas presiones de mentiras y manipulaciones en todos los ámbitos de la vida. Los medios de difusión son capaces de extender en un instante cualquier opinión o juicio sin ofrecer ninguna garantía de veracidad e impidiendo, a la vez, el más elemental discernimiento. El resultado de esto es un desprestigio generalizado de la verdad, que ha sido sustituida por la moda y la conveniencia en el pensar o en el actuar. Esto ha llegado hasta el punto de crear un nuevo concepto, el de la «postverdad» o verdad de los tiempos postmodernos, que no es otra cosa que la aceptación acrítica de la mentira oficial y, por tanto, la renuncia a encontrar la verdad. De hecho, ya no importa que algo sea verdad, basta con que sea admitido como verdadero por la mayoría. Una mayoría que, con frecuencia, puede no ser tal, sino una mentira más apoyada sobre estadísticas manipuladas o sobre una eficaz propaganda.

Esto, que en nuestro mundo occidental y en nuestros días parece exacerbado, no es, sin embargo, algo nuevo, aunque hayamos conseguido perfeccionar un mal endémico en la historia de la humanidad. Así, hemos aceptado como normal la mentira sistemática en la política, en la educación o las finanzas, y no sólo en sus manifestaciones más burdas, sino también en las formas solapadas de equilibrios y componendas que se defienden como logros positivos. Pero, en el fondo estamos ante el mismo comportamiento de Pilato preguntándose «¿qué es la verdad?» (Jn 18,38) para traicionar su convencimiento de la inocencia de Jesús frente a las presiones de los judíos poderosos. Es la historia que, abierta o solapadamente, se repite, una y otra vez, a lo largo del tiempo hasta llegar a expresiones tan descaradas como la defensa de la mentira como «arma revolucionaria», por parte de Lenin; o del exterminio judío, que hace Joseph Goebbels, como un servicio a la humanidad amparándose en su famoso principio de que «una mentira mil veces dicha, se convierte en una gran verdad».

Y, en la medida en que la Iglesia se empapa del espíritu del mundo, se ve sumergida en los mismos males que aquejan a la humanidad; una de cuyas consecuencias es la utilización de la mentira como instrumento de gobierno en la misma Iglesia. Es algo de lo que no debemos extrañarnos, ya que junto a la gracia y la virtud siempre acecha el demonio, que es el padre de la mentira (cf. Jn 8,44). Esto es, por ejemplo, lo que hemos podido ver con ocasión de la grave crisis mundial de la pandemia del coronavirus en 2020, donde se ha puesto de manifiesto, de manera clara y grave, esta realidad cuando, desde el Papa a la mayoría de los obispos, se ha ejercido la autoridad pastoral para prohibir las misas, apoyándose en que «en este momento, lo importante es la salud». Esta verdad, aceptada comúnmente, contradice la verdad auténtica que afirma que lo importante es la salvación; en función de lo cual, nunca deben supeditarse los medios sobrenaturales a los medios sanitarios. Precisamente porque lo más importante es la salvación eterna y la salud espiritual, la Iglesia debería haber defendido, con las naturales medidas sanitarias, la facilidad de los fieles al acceso a los sacramentos, especialmente a la eucaristía.

Quien valora y busca la verdad no puede dejar de verse condicionado por esta presión de mentira que domina el mundo; y debe saber que los criterios que recibe del exterior suelen estar viciados por un ambiente general profundamente condicionado por una visión que falsea la realidad. Ante un panorama tal, es muy difícil no caer en el desaliento, la perplejidad, la frustración y el sentimiento de impotencia. Y es que la verdad, siendo una realidad de gran fuerza, no deja de poseer cierta fragilidad frente a la mentira, que aparece poderosa cuando se presenta como verdadera porque viene orquestada con todo tipo de artificios. Solo la contemplación de Cristo-Verdad nos permite descubrir la auténtica fuerza de la verdad que permita derrotar la aparente invulnerabilidad de la mentira.

Entre las dos mentiras del pesimismo y del optimismo

Si a los errores, pecados y limitaciones humanos añadimos la mentira ‑personal o ambiental‑, podemos llegar al convencimiento de que hay multitud de problemas ‑sobre todo los más importantes‑ que no tienen remedio. Desde conflictos internacionales muy difíciles de justificar hasta situaciones personales desconcertantes, pasando por las mentiras e injusticias provenientes de las mismas instituciones entre las que se desarrolla nuestra vida. Y aquí no se puede hacer excepción de la misma Iglesia, garante y poseedora de la Verdad, que es Jesucristo, pero afectada, en mayor o menor medida, por las lacras de nuestro tiempo.

Ante este panorama, la tentación en la que caemos fácilmente para evitar el enfrentamiento con la mentira y sus consecuencias consiste en lanzarse por la pendiente de la ingenuidad o la del pesimismo, que son dos formas diferentes de mentira que comparten la misma finalidad: permitirnos huir de la verdad y sus dolorosas consecuencias.

Frente al agobio que crean los problemas y para librarnos de él hemos desarrollado un optimismo ingenuo que se niega a aceptar la verdad de las situaciones problemáticas o dolorosas, y cierra los ojos a los problemas y a sus consecuencias. Este optimismo suele apoyarse en el dogma que afirma que la sociedad avanza en un progreso imparable que no tiene marcha atrás y, por tanto, a pesar de las apariencias y las dificultades, las cosas acabarán resolviéndose adecuadamente.

Entre los mismos cristianos este optimismo se fundamenta en la verdad incontestable de que el Evangelio nos llama a una mirada positiva y constructora del mundo nuevo al que Dios nos invita. Lo cual es verdad; pero hemos de distinguir entre la esperanza cristiana, que cuenta con el mal y con la cruz, y el optimismo ingenuo, que no tiene que ver con el Evangelio, y que afirma ante los problemas, de forma voluntarista y sin ningún fundamento, que «no pasa nada» y que «todo saldrá bien». Pero, sin una referencia esencial a la verdad de la situación del mundo y a la propuesta de Dios, nuestra mirada, por muy evangélica que parezca, se perderá en la utopía más estéril.

No es solución la ingenuidad, como tampoco lo es el catastrofismo negativista que afirma ante los grandes problemas que, dadas las circunstancias, «no hay solución» y «no se puede hacer nada». Estas afirmaciones del pesimismo son tan falsas como las del optimismo, que sostiene que todo tiene fácil e inmediata solución con un poco de buena voluntad. En ambos casos se niega la verdad, o, lo que es más peligroso, se recorta y se convierte en una media verdad, que es la peor de las mentiras.

Ciertamente tendremos que reconocer que existen cosas que no tienen remedio; pero, en principio, no podemos precipitarnos en ese juicio. No todo está perdido, como tampoco todo está ganado de antemano. Por este motivo, conviene que nos detengamos un momento, intentando hacer un serio análisis que nos permita descubrir la verdad de las realidades que nos toca vivir.

En primer lugar, cuando decimos que algo no tiene arreglo, ¿estamos seguros de ello? A veces se afirma esto por ciertas impresiones, por comentarios o modas; o incluso por pereza o cobardía ante los problemas. En el fondo, la causa de esta actitud suele estar en nuestro interés por convencernos o demostrar que los problemas no tienen remedio para poder evitar el trabajo de remediarlos. Sin embargo, por eso mismo, se hace necesario que nos enfrentemos a los problemas, tanto generales como particulares. Y hay que hacerlo con el arma más poderosa que tenemos, que es el pensamiento. Y no se trata de aplicar la mera razón o una cierta lógica. Estamos inundados de afirmaciones, de juicios o profecías muy «razonables» y muy «lógicos», pero que no conducen a nada. La misma teología o la espiritualidad están plagadas de tópicos que se dan por válidos porque son razonables y, sin embargo, no son verdaderos. Es imprescindible un ejercicio «elevado» de la inteligencia, no un mero análisis superficial de unos cuantos elementos aislados. Porque, precisamente, lo que «no tiene arreglo» es la realidad vista de este modo recortado y al margen de la verdad completa.

Dentro de esta actitud de aceptación activa está la superación de la prisa y la exigencia de inmediatez en la resolución de problemas. Frecuentemente, cuando decimos que algo «no tiene solución», estamos diciendo, en realidad, que «no tiene una solución fácil, instantánea y a nuestro gusto». Este error de visión nos desanima e impide que nos apliquemos a la tarea de descubrir lo esencial. Cuando aparece una epidemia, por grave que sea, no se pide a los biólogos que se pongan a actuar frenéticamente, ni se les exige cualquier «solución» inmediata, sino que se pongan a investigar, con toda seriedad y rigor, y avisen cuando encuentren la respuesta al problema. Aunque no siempre se actúe así, ése debería ser el camino a seguir, dado que las consecuencias de no hacerlo son siempre gravísimas.

Por otro lado, como parte de este ejercicio de sinceridad, hemos de plantearnos siempre si en esas situaciones difíciles o sin remedio hemos hecho o hacemos todo lo que está en nuestra mano, en fidelidad a lo que es nuestro ser y nuestra misión. No vaya a ser que nos quejemos de situaciones de las que participamos plenamente. Con frecuencia se suele caer en una actitud negativa que lleva a complicar más lo que podría tener remedio y que, por una injustificada generalización, hemos dado por perdido. Por esa razón, al plantearnos este tipo de situaciones debemos revisar con sinceridad si hemos utilizado todos los recursos disponibles a nuestro alcance antes de declarar que algo no tiene solución.

Finalmente, cuando se ha reconocido la verdad de la situación, queda la aceptación. Por supuesto, se trata de una aceptación que nada tiene de desalentada resignación pasiva, sino de una actitud que, contando con la verdad de la realidad, mantiene una disposición activa y esforzada. Una vez llegados a la conclusión de que determinadas realidades no tienen arreglo ‑o bien que éste no está en nuestra mano‑, hemos de afirmar claramente que ese hecho no debe ser motivo de desánimo o derrotismo, porque todo lo que no puede arreglarse puede ser aceptable y llevadero con una determinada actitud. Descubrir y generar esta actitud realista es un trabajo esencial de autenticidad. Esto es lo verdaderamente positivo, muy lejos de la inútil ingenuidad o del catastrofismo negativista. Y, si bien no podemos evitar llegar en ocasiones a enfrentarnos a problemas que no se pueden «resolver», sí se pueden «disolver» si los afrontamos desde una óptica verdadera y más elevada.

El único optimismo que me fascina es el de los santos; porque, a su lado, enseguida sentimos que han medido y miden cada día en su carne el peso del misterio de la iniquidad […] No hay optimismo cristiano sin alguna forma de participación en esta Agonía. Tampoco hay pesimismo cristiano sin participación en la paz y en la bienaventuranza que siguen actuando en el corazón mismo de la Agonía de Cristo (Molinié, Cartas a sus amigos, 8)1.

La mentira de la mediocridad

A la hora de considerar las tentaciones contra la verdad y la autenticidad debemos tener en cuenta la mediocridad, que es una de las formas más habituales que empleamos para defendernos de la verdad y del compromiso que conlleva. El arte de la mediocridad consiste, en esencia, en lograr mantenernos aparentemente en la verdad cuando, en realidad, estamos refugiados en la mentira, tratando de conseguir los beneficios de ambas y eludiendo sus inconvenientes. Esto se hace defendiendo unas verdades teóricas más o menos razonables y desvinculándolas de la realidad, y se actúa en función de esta teoría que parece lógica, pero no tiene nada que ver con la realidad en su conjunto. Se trata de un estado intermedio entre la afirmación de la verdad y la negación de ésta, lo que produce un efecto de verdad, cuando, en realidad, es una falsificación de la misma. En este sentido podría ser muy esclarecedor y digno de seria meditación las palabras de san Bernardo: «¡A cuántos he conocido muy tristes por percibir la verdad y mucho más porque no podían acogerse a la ignorancia como excusa, por no cumplir lo que conocían como exigencia de la Verdad!» (Sermón 74, 8).

Cualquiera que intente tomarse en serio el Evangelio, o simplemente trate de vivir en la verdad, conocerá de inmediato la presión del mundo que nos empuja a recortar la verdad y nos lleva por las sendas de la mediocridad. Debemos ser conscientes de la permanente fuerza con la que el mundo tiende a atraparnos en la falsedad y la mentira. Dios, por el contrario, nos llama a la verdad, de donde brotará la verdadera libertad, según las palabras de Jesús: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32). Y ante esta situación de enfrentamiento, el arma con la que cuenta el cristiano para rescatar la verdad en medio de tanta maraña de falsedades es el discernimiento evangélico. Sin esa técnica singular, que nos descubre la voluntad de Dios en lo concreto de nuestra vida, resulta muy difícil eludir la tentación de la mediocridad que siempre acecha al creyente.

Esta presión a la que nos estamos refiriendo, unida a otras influencias externas e internas, originan en el cristiano un proceso muy frecuente de deterioro de la autenticidad que desemboca en la mediocridad y que podemos resumirse en los siguientes pasos:

  • 1. En cierto momento una persona tiene un fuerte convencimiento de la verdad que le propone Jesucristo, cree en la posibilidad de seguir esa verdad y se entrega a ello.
  • 2. A medida que aparecen las dificultades (exteriores e interiores), esa persona cae en la cuenta de que seguir fielmente a Jesucristo es algo gozoso y apasionante, pero costoso. Si no se empeña fielmente en vencerse y en ser fiel a lo que ve como verdadero, acaba desanimándose y reconociendo que «aunque esto que pretendía es verdad, sin embargo, no es para mí, puesto que mis circunstancias, capacidades, etc. lo hacen imposible»; es decir: «el objetivo que me proponía es válido en general, pero no para mí». Así es como uno mismo se convierte en la excepción al principio general al que aspiraba.
  • 3. Pero como a nadie le gusta ser excepción «negativa», el sujeto busca todos los ejemplos posibles de «excepciones» como la suya, de tal modo que, poco a poco, consigue generalizar lo que era una excepción, hasta convertirlo en lo general, de modo que uno puede plantearse el objetivo del siguiente modo: «Esto es tan difícil que no se puede conseguir. Sólo unos cuantos privilegiados -la excepción- pueden lograrlo».

Y así se queda uno con la justificación para su mediocridad y con la tranquilidad de conciencia de que está llamado solamente a alcanzar el proyecto que tiene más a mano, por el cual no tendrá que pagar un precio excesivo, sino que, precisamente, el objetivo coincidirá, en gran medida, con aquello mismo que está viviendo. Evidentemente, si uno aspira a eso mismo que vive, le resulta muy fácil alcanzarlo.

Las consecuencias de este proceso son muy graves, porque suponen que se acepta como normal la mentira de que la santidad, como vivencia seria y radical del Evangelio, estaría reservada a una minoría selecta. Cuando el Señor nos dice que «muchos son los llamados y pocos los escogidos» (Mt 22,14) no se está refiriendo a una especie de examen de selectividad para escoger a una élite, sino que «todos» (el amplio significado de muchos en hebreo) son los llamados y pocos los que responden de verdad al llamamiento.

La necesidad de una mirada que descubra la verdad

No cabe duda de que la presencia tan viva del mal en el mundo, puesto de manifiesto por las diferentes formas de mentira que lo empapan, hace muy difícil que mantengamos fija en el Señor una mirada limpia y serena propia de la contemplación. De hecho, el mundo intentará colocarse frente a nosotros como un filtro que nos impida percibir ninguna luz que esté fuera de él. Esto se ve muy claramente en las realidades ordinarias de nuestra vida, que se nos imponen como permanentes urgencias que reclaman una atención que deberíamos dedicar a lo que realmente es lo más importante, lo que se traduce en el desconcierto ante la falta de sentido sobrenatural de lo cotidiano y el desánimo por perder, como consecuencia, el horizonte de la voluntad de Dios en nuestra existencia.

¿Y qué pasa cuando no vemos claro en medio de esta maraña? Posiblemente sea nuestro caso ahora o pueda serlo en otro momento. Lo habitual, cuando nos vemos desconcertados, es que nos vengan las prisas por ver claro, la angustia ante la oscuridad, y, en definitiva, el desánimo y la desesperanza. Sin embargo, precisamente en esos momentos es cuando debemos avivar el convencimiento de que lo importante no es tanto alcanzar a toda costa una visión nítida de la voluntad de Dios cuanto permanecer en la fe, purificar todo aquello que puede servir de pantalla a la luz de Dios y creer firmemente en la presencia viva del Señor en medio del mundo. No se trata, pues, de ser capaces de descubrir la voluntad de Dios sólo con una ligera ojeada a la realidad, sino de que nuestra atención, interés y esfuerzo constante denoten que creemos en la presencia y la acción de Dios en el instante presente.

Mirar desde la fe

Sólo la fe -la fe verdadera y lúcida- es capaz de presentir la misteriosa presencia de Dios en la profundidad de las circunstancias y de los acontecimientos de la vida y de la historia. Dios se sirve de todo esto para guiarnos, a todos y a cada uno, en la fe. Es como si a través de la vida real Dios nos hiciera «señas». El Espíritu Santo continúa en nuestro interior la obra de Jesucristo de desvelarnos el sentido profundo de la realidad; de tal manera que podemos decir que toda circunstancia es un don de Dios. No existe, por tanto, nada profano.

En cada momento, en cada acontecimiento, en cada encuentro personal, el Espíritu Santo se encarga de continuar en nosotros la obra de Jesucristo, escribiendo en nuestros corazones su propio evangelio. Precisamente, la contemplación constituye la tarea propia de la fe por la que nos colocamos en esta perspectiva, para aprender a mirar la realidad con los ojos del Señor y, en consecuencia, sentir y actuar como él. Y, como fruto natural, esta mirada contemplativa nos introduce en la adoración, que no es otra cosa que el reconocimiento de la presencia de Aquél al que contemplamos. Si descubro que el Señor, por su infinito amor personal a mí, está presente y actuando en todo momento y circunstancia para mi bien, no puedo hacer otra cosa que crear en mí el mayor vacío para que él lo llene todo. Ése es, en esencia, el acto de adoración: desaparecer para que él lo sea todo en mí. De ese modo, la adoración al ponernos ante la verdad de Dios y la nuestra permite que el Espíritu Santo nos transforma hasta hacer verdad en nuestra vida lo que es verdad en el proyecto de Dios para nosotros.

En este sentido, hemos de contar con el hecho de que el pecado, del tipo que sea, deja en penumbra las realidades en las que se desenvuelve nuestra vida. Y al privarlas de la luminosidad propia de la fe impiden que podamos descubrir al Señor a su trasluz y, consecuentemente, dificultan la interpretación que debemos hacer de esas realidades para orientar nuestra vida evangélicamente.

Una mirada que compromete

Como acabamos de ver, hay un nexo esencial entre la contemplación de Jesús, la adoración de su presencia en nuestra vida y el discernimiento evangélico de su voluntad en los acontecimientos. Y aquí, en la capacidad para interpretar evangélicamente los acontecimientos, nos jugamos mucho, por no decir todo. Sólo somos cristianos en la medida en que alcanzamos el verdadero sentido pascual de los acontecimientos, que consiste en saber traducir la realidad en términos de desarrollo del reino de Dios, en saber dar a los distintos momentos de la vida todo el valor que Dios les da.

Nuestros criterios a la hora de juzgar los hechos de la historia no pueden ser los mismos que adoptamos cuando intentamos valorar una obra de arte. La historia, la vida, es algo que nos afecta, que nos compromete. Debemos, pues, juzgarla y valorarla desde una óptica de compromiso, no desde la mirada de un espectador pasivo. Por eso tenemos la tentación de escaparnos, para lo cual estamos siempre inclinados a reducir o simplificar lo real o, sobre todo, a huir de la realidad.

Una de las formas de huida más atrayentes para quienes tratan de vivir una vida de fe es la tentación del idealismo, que consiste en ocultar la fuerza de la verdad de la realidad cuando compromete ofreciendo una cierta lógica más cómoda, pero que es irreal y falsa. Así, el objetivo al que aspiramos puede ser tan elevado como se quiera, pero inalcanzable e «irreal», situado en lo ideal; lo que nos permite vivir la vida real sin la molesta presión de unas aspiraciones «reales». Pero el Evangelio no es un «ideal» de vida, sino la manifestación de lo real divino y, como consecuencia, de lo real humano (porque la verdadera realidad es lo que Dios pretende y lleva a cabo por medio de la creación y redención). El Evangelio constituye el punto central en el que se inserta todo nuestro mundo real.

Jesús no tenía un «ideal», sino que vivía lo real. Son dos cosas diferentes. El Evangelio no puede consistir en un idealismo más que para aquel que habita (o se refugia) en el mundo de las ideas, olvidando los acontecimientos en los que se transmite la voluntad de Dios. Y el desconocimiento de lo real conlleva necesariamente un desconocimiento de Cristo, puesto que Cristo está en la realidad.

Es un verdadero escándalo que el cristianismo no produzca apenas impacto, que pase desapercibido, que no atraiga a los hombres de nuestro tiempo. Quizá una de las causas de este fenómeno haya que buscarla en una predicación y catequesis demasiado «didácticas», que no están en contacto con la verdadera realidad. Antes se enseñaban preferentemente los sacramentos y las virtudes, ahora se enseñan preferentemente valores éticos y sociales, con lo que se ha perdido la fuerza de la llamada a la conversión. El apostolado parece tener como fin la transmisión de unos criterios (en ocasiones la «ideología» religiosa propia del apóstol) y no tanto el hacer posible el encuentro personal con Jesucristo y la realización de una verdadera conversión.

La atención a la realidad, la «consciencia» permanente puede ser la fuerza que dé verdadera luminosidad al mensaje cristiano.

Ponernos en camino

Ciertamente hemos de reconocer que cuesta mirar con una mirada nueva viviendo en medio de un mundo que no tiene aparentemente sensibilidad para lo espiritual. Hemos de aceptar que el proceso para aprender a «mirar» puede ser lento.

Pero de ningún modo podemos refugiarnos en un mundo irreal, buscando distracciones que nos permitan distraernos para poder pasar de largo ante la realidad, insensibles ante la verdad. El Cura de Ars solía repetir algo que es muy importante: «La falta de atención es lo que nos impide llegar a ser santos». Y esa atención es clave para el discernimiento evangélico, sobre todo para el discernimiento habitual, sin el cual es muy difícil ser santo.

A pesar de las dificultades y de la lentitud de la santificación (la lentitud real, no la lentitud que es fruto de nuestra apatía), hemos de mantener un gran entusiasmo, hemos de procurar ampliar constantemente nuestro horizonte, de anhelar el verdadero encuentro de los hombres con Cristo. Esa es la tensión que, con la luz del Espíritu Santo, nos permite captar el verdadero mensaje de la vida.

Ante tantos sacerdotes, religiosos y laicos desalentados por el sentimiento aplastante de impotencia frente a un mundo ajeno al Evangelio, hace falta que surjan hombres y mujeres que se hagan sencillos para recibir la gracia de la luz, de la revelación de Dios, tal como dice Jesús: «Te doy gracias, Padre… porque has revelado estas cosas (las verdades del reino de los cielos) a los pequeños» (Mt 11,25).

No nos vendría nada mal en este aspecto contemplar a la Virgen María. Ella es el modelo de la mujer que «ve» porque está en el nivel de los pobres, los sencillos y porque mantiene un permanente estado de atención a la realidad y de búsqueda constante de fidelidad en la respuesta al Dios que se le muestra y revela. En el fondo, María nos descubre que la cuestión es muy simple: se trata de saber mirar. Realizar un análisis espectroscópico de la luz no significa que seamos capaces de ver las cosas en sus auténticos colores y dimensiones; para ello no se necesita un especial trabajo científico o técnico, solamente hace falta abrir los ojos.

La respuesta ante la mentira y el precio de la verdad

Ante el ataque a la verdad en el mundo es decisivo no entrar en el ambiente de mentira que a veces nos envuelve, evitando engañarnos o engañar a los demás. Eso no significa que no podamos equivocarnos; es más, tenemos derecho al error, siempre que lo reconozcamos y rectifiquemos. Lo que jamás se puede permitir es la mentira, aunque ésta se aplique de modo sistemático en nuestra sociedad.

Y ¿qué hacer con la mentira cuando aparece? Pues desenmascararla y desenmascarar a su portador, evitando así que crezca en autoridad e impidiendo que la mentira se difunda, empezando por nosotros mismos. Sería necesario ‑aunque sea interiormente‑ exigir y exigirnos el mínimo rigor que supone el que se justifiquen las cosas que se dicen o hacen; porque el mayor peligro que entraña la mentira es la impunidad del mentiroso. Y aunque esto no siempre sea posible a niveles importantes; siempre es posible dejar de escuchar o de leer al que miente, no hacerle caso o ignorarlo.

Por otra parte, hay que ofrecer, como contrapartida a los profesionales de la mentira, personas con una voluntad decidida ‑y, si es necesario, heroica‑ de defender la verdad. Y el heroísmo no afecta sólo a lo exterior ‑la imagen o la fama‑, sino, sobre todo, a lo interior: la única respuesta auténtica a la mentira está en una vida que no se permite ninguna mentira. Y, claro está, no se trata de conformarse con no permitirse ninguna mentira «formal», sino de exigirse la verdadera autenticidad del que mantiene su vida en la verdad. Aquí necesitamos una gran valentía para hacer un serio examen de la veracidad de nuestra vida, por encima incluso de nuestros criterios y palabras. Y si descubrimos algún error en este sentido, si caemos en la tentación de la mentira ‑en la medida o en la forma que sea‑, hemos de estar dispuestos a reconocerlo, a rectificar y a purificarnos de inmediato.

Sólo partiendo de una escrupulosa exigencia de verdad, luchando por eliminar la mentira culpable, reconociendo la verdad en toda su complejidad y relaciones, se pueden plantear y afrontar seriamente los problemas. Sólo así podremos encontrar solución a asuntos que creíamos imposibles de resolver o, si esto no es posible, hallaremos la luz necesaria para afrontarlos tal como son y lograr que, no sólo no nos derrumben, sino que se conviertan en realidades constructivas para nosotros y para los demás.

En esta lucha y a la hora de responder adecuadamente a la mentira, hemos de empezar por considerar que la condición de cristiano comporta una actitud fundamental de trasparencia, que tiene mucho que ver con la autenticidad, y forma parte de la misión del contemplativo y de su forma de vivir la verdad en medio del mundo.

Cuanto mayor sea nuestra trasparencia, mayor será el rechazo que provoquemos en el mundo de la doblez y el fingimiento, pero también será mayor la capacidad de conectar con quienes intentan vivir en la verdad y en la libertad. De este modo, la trasparencia se convierte en un auténtico apostolado. Desde ella, el contemplativo se convierte en vínculo de comunión con los demás en la verdad, y va creando a su alrededor la fraternidad a la que Dios nos llama a todos y para la que nos ha creado (Fundamentos, apartado «Sencillez y trasparencia»)2.

Esta trasparencia no es gratuita y nos aboca a la consideración del precio que tiene, que no es otro que el martirio. No debemos olvidar en este sentido que el martirio está siempre en el horizonte de la vida cristiana auténtica, y que parte de la misión del contemplativo en el mundo consiste en abrazar el martirio.

El contemplativo secular ha de brillar como luz del mundo; pero éste empleará todas sus fuerzas contra quien esté decidido a vivir la misma vida del Crucificado, intentando arrastrarlo a una vida distinta o contraria a la que ha sido llamado. Sin embargo, esta misma oposición que sufre el discípulo de Cristo es lo que le permite ofrecer el testimonio incontestable de su fe en forma de martirio. De hecho, mártir significa «testigo» […] La misión del contemplativo reclama de éste que reconozca la necesidad del martirio ‑incruento, pero no por ello menos doloroso‑ y lo abrace como único modo de unirse de verdad al Crucificado y poder dar «testimonio» veraz de él ante el mundo. Esta necesidad exige que el martirio, aunque no sea físico, sea real (Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, apartado «Martirio»)3.

Con todo esto podemos ver con claridad que el que quiere dar una respuesta a la mentira instalada en el mundo y ser testigo de la verdad, tiene que aceptar ser rechazado por el mundo de la mentira y pagar un precio, a veces muy alto, por decir la verdad y por vivirla, aunque sea en silencio. La ingenuidad de pensar que la verdad va a ser acogida con aplausos nos lleva fácilmente al desánimo cuando nos encontramos con que tenemos que pagar el precio de la soledad, la incomprensión, el aislamiento o la crítica por intentar mantener la coherencia de nuestra vida cristiana. Hemos de reconocer que, en muchas ocasiones, es el miedo al precio de la verdad lo que nos hace vivir en la mentira, en el disimulo o en la mediocridad. Por eso mismo, ser conscientes de que existe ese precio y de la dificultad para pagarlo es el primer paso para valorar que la verdad merece el precio más alto y prepararnos a darlo. A ello nos ayudará la contemplación de la autenticidad del Señor y del precio que él paga por proclamar la verdad de Dios y por hacernos capaces de ser testigos de la verdad.

Un examen de nuestra actitud

Antes de contemplar la autenticidad del Señor para poder imitarla sería preciso plantearnos cuál es, en concreto, nuestra actitud frente a la verdad. No tanto para hacer un juicio moral, sino para tener clara nuestra situación y establecer los elementos básicos que nos permitan mirar con libertad la autenticidad del Señor para dejarnos arrastrar por ella.

  • -¿Qué problemas pueden dificultar o empañar mi propia búsqueda personal de la verdad? ¿Qué tipo de compensaciones busco que puedan condicionar esa búsqueda de la verdad? ¿Tengo «refugios» para escaparme de la verdad?
  • -¿En qué medida estoy dispuesto a aceptar la verdad y, sobre todo, las consecuencias de ésta?
  • -¿Soy capaz de identificar en los problemas que me aquejan lo que hay de misión y trabajo a realizar, y lo que hay de cruz a aceptar evangélicamente?
  • -¿Mi nivel de consciencia y de oración me ofrece garantías de poder caminar en la verdad?
  • -¿Tiene mi vida el talante positivo del que busca la verdad completa, o sólo busco las «verdades» que me interesan ‑positivas o negativas‑ para justificar actitudes quizá preconcebidas?
  • -¿Cuál es el tono de las quejas que realizo ante los problemas? ¿Muestro con sencillez la verdad en su complejidad o me lamento inútilmente, recalcando los aspectos negativos?
  • -¿En qué medida conjugo la «caridad de la verdad» con la debida prudencia a la hora de hacer o manifestar juicios?
  • -¿Qué relación existe entre lo que veo ser verdad y lo que vivo? ¿Cuáles son las causas y las consecuencias de los posibles desajustes en este terreno?
  • -En concreto, ¿qué problemas resultan susceptibles, por su importancia, de ser analizados con una visión más acendrada y evangélica? ¿Cómo debería ser ese nuevo enfoque o visión?
  • -¿Qué pautas concretas de reflexión, de actuación, de ayuda y de revisión debo establecer para asegurar un enfoque más verdadero y evangélico de mi vida?

La autenticidad de Jesús y la nuestra

Santificados en la verdad

Volvamos al texto con el que iniciábamos este retiro espiritual. Contemplemos, con más detenimiento y profundidad, la oración del Señor momentos antes de su pasión que ilumina poderosamente la autenticidad de Jesús y la nuestra:

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17,14-19).

El mundo

En principio, hemos de considerar que Jesús ora al Padre en favor de los discípulos y de todos nosotros; «No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17,20); es decir, tiene en cuenta nuestra situación concreta en el mundo, que es la misma de Jesús: no somos del mundo, el mundo nos odia (cf. Jn 15,18), pero estamos en el mundo y somos enviados al mundo. Ése es el ámbito en el que se manifiesta nuestra autenticidad: si somos fieles al Señor, el mundo nos rechazará, como lo rechazó a él; si somos testigos de quién es la Verdad y de la verdad que él nos trae, tendremos que pagar el mismo precio que él pagó; si, por el contrario, nos empeñamos en encajar en el mundo y no estamos dispuestos a pagar el precio de ser testigos de la verdad, acabaremos «siendo del mundo» y negando al Señor.

Tengamos en cuenta que el «mundo» al que se refiere la oración del Señor no es la creación, salida buena de las manos de Dios, sino el mundo que se cierra a la acción de Dios y se opone a Cristo; el mundo marcado por el pecado y cuyo príncipe es el demonio (cf. Jn 12,31; 14,30; 16,11). Y este mundo es también al que Dios, por amor, envía a su Hijo para salvarlo (cf. Jn 3,16). Esto nos ofrece la única mirada verdadera que, en su profundidad, nos permite adentrarnos en la contemplación de Jesús y su autenticidad en relación con el mundo. Una mirada que nos descubre lo siguiente:

  • -Jesús es enviado por el Padre al mundo, aunque el mundo no lo reciba (cf. Jn 5,36-38).
  • -La razón por la que viene a salvar el mundo es el amor (cf. Jn 3,16).
  • -Con su misión, trae al mundo la verdad (cf. Jn 1,17; 18,37).
  • -El mundo odia a Jesús porque rechaza la verdad (cf. Jn 8,40).
  • -A pesar de todo, Jesús mantiene hasta el final la confesión de la verdad (cf. Mc 14,61-62; Jn 18,37).

A partir de esta contemplación del Hijo de Dios, nuestro modelo, podemos contemplarnos en él, como en un espejo, para descubrir los detalles que deben caracterizar nuestra autenticidad:

  • -También nosotros somos enviados al mundo (cf. Jn 17,18).
  • -También nosotros hemos de buscar la salvación del mundo por amor.
  • -También nosotros debemos llevar al mundo la Verdad (la de Jesús, no la nuestra) (cf. Mc 16,15).
  • -Tenemos que aceptar que el mundo, que rechaza la verdad de Jesús, nos rechazará a nosotros si somos fieles a él (Jn 15,18-20; 17,14).
  • -Hemos de asumir la consecuencia de la fidelidad a la Palabra, que es el martirio, que constituye la plena manifestación de la Verdad (cf. Hch 5,25-32.40-41; Ap 12,11).

Uno de los frutos de esta contemplación será la iluminación interior de todas aquellas realidades de nuestra vida que no coinciden con nuestro modelo, que es Jesús. Para ello conviene que conozcamos los riesgos y tentaciones con los que debemos enfrentarnos:

  • -Podemos sentirnos dispensados de ir a un mundo que rechaza a Cristo y que nos odia, como consecuencia de la tentación de huir del mundo para disfrutar de la Verdad, sin lucha, pero sin misión.
  • -Podemos ir al mundo, pero para juzgarlo y condenarlo, sin amor, apartándonos del elemento esencial de la Verdad de Cristo, que es el amor y la salvación a los que el mundo se opone.
  • -Podemos ir al mundo, pero sin llevar la Verdad de Cristo: callando la Verdad, para no ser odiados. Y llevando otra verdad para ser aceptados. Entonces es cuando la sal se vuelve sosa y la luz se mete debajo del celemín (cf. Mt 5,13-15).
  • -Podemos dejarnos sorprender porque el mundo nos rechace, manifestando nuestra sorpresa en forma de lamento, de tristeza, de huida o de parálisis. Si creyéramos en las palabras de Jesús (cf. Jn 15,20) no nos desconcertaríamos, ni buscaríamos una supuesta autenticidad que se pueda conseguir sin pagar el precio que exige.
  • -Podemos olvidar que la incomprensión, el rechazo, el martirio y la cruz que acompañan a los que son fieles (Mt 5,11-12) constituyen la ocasión de llevar hasta el final la autenticidad y el amor salvador unidos a Cristo. Este olvido nos lleva a huir de la cruz con nuestras quejas y egoísmos, desaprovechando la oportunidad de cooperar a la salvación que realiza el Crucificado.

La verdad

La verdad que Cristo y el cristiano llevan al mundo es la Palabra de Dios, tal como dice Jesús: «Tu Palabra es verdad» (Jn 17,17). Y esa Palabra es la que han recibido los discípulos -nosotros- y la que hemos de llevar al mundo. Se trata de una Palabra que va más allá de las simples palabras, e incluso de las verdades, porque es el mismo Cristo, Palabra encarnada (Jn 1,14), lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14.17). Él en persona es la Verdad (Jn 14,6).

A partir de aquí podemos comprender hasta qué punto la autenticidad del cristiano va mucho más allá de la sinceridad, por lo que resulta absolutamente insuficiente conformarse con manifestar lo que se piensa, se siente o incluso lo que se cree. La autenticidad cristiana hace referencia a la Verdad con mayúsculas, que es Cristo, su persona, su vida y su mensaje; y que hemos recibido por gracia, con la misión de transmitirla fielmente al mundo. Sólo entonces seremos «auténticos», porque realizaremos con autenticidad tanto la acogida de la Palabra en una vida que transparente la persona de Cristo, como la transmisión de la verdad al mundo, sin falsificaciones teóricas ni prácticas.

Al contrario de esa sinceridad que defiende una supuesta libertad sin verdad, en la Palabra es donde se unen autenticidad y libertad porque ella es la verdad que nos hace libres; y no sólo para saberla o creerla, sino para «permanecer en ella» (cf. Jn 8,31-32). Mientras que el mundo nos ataca y nos ata con sus verdades, acoger con fidelidad la Palabra de Dios -la única Palabra que es Cristo- es lo único que nos hace verdaderamente libres para poder ser lo que tenemos que ser.

Y con esta Palabra que hemos recibido, el Señor nos envía al mundo; de modo que sólo cumpliremos nuestra misión como cristianos si somos auténticos testigos suyos dando testimonio de ella con la coherencia evangélica de nuestra vida.

Ser «santificados en la verdad»

Merece la pena, por su importancia, contemplar con minuciosidad el sentido de este tipo de santificación. Ser «santificado» es ser «separado» para Dios, y, por tanto, ser «consagrado» y «dedicado» enteramente a él, convirtiéndose en posesión de Dios; y no por decisión propia, sino porque Dios lo decide y lo realiza. Es Dios -el único Santo- el que santifica, y, de ese modo, hace participar al que recibe la santificación en su misma santidad, por lo que ser santificado es también ser «purificado» por Dios a su imagen, de forma que comulga con la santidad de Dios. Así, la santificación afecta al ser porque la persona es transformada esencialmente; pero, además, la acción de Dios afecta también a la misión, de modo que el que es santificado ya puede ser también «dedicado a una misión» concreta que Dios le da, convirtiéndose normalmente en un «enviado» de Dios4.

Resulta significativo el modo como esta oración de Jesús nos muestra que es él mismo quien se santifica y cómo lo hace. Ciertamente es el Padre el que lo ha consagrado para enviarlo al mundo, tal como Jesús había dicho: «A quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”?» (Jn 10,36). Pero ahora es él quien se santifica «a sí mismo»; y lo hace «por» los discípulos, «para» que ellos, a su vez, sean santificados.

El contexto de la oración de Cristo que estamos contemplando, lo que le ha pedido al Padre y el modo en que lo hace nos indica que Jesús mismo se «santifica por», es decir que en la pasión que está a punto de comenzar se sacrifica en favor de sus discípulos para que puedan ser «santificados en la verdad».

Ciertamente, Jesús no dice textualmente de sí mismo que se va a santificar «en la verdad», pero no cabe duda de que se ha dedicado enteramente a la verdad de Dios -que es él mismo-, y que su sacrificio es, entre otras cosas, el precio que paga por haberse dedicado plenamente a la verdad con toda fidelidad, es decir, por su autenticidad.

Estamos, pues, ante tres modos diferentes de santificación, que conviene distinguir: una es la que el Padre realiza al enviar a su Hijo al mundo; otra la que Jesús realiza por sí mismo para consagrar a sus discípulos, entregándose a sí mismo; y otra la que reciben los discípulos para ser purificados por la verdad y ser testigos de la misma.

En la segunda de estas santificaciones contemplamos a Jesús que «se santifica», es decir, «se ofrece» como víctima en favor y en lugar de otros ‑los discípulos‑, nosotros. Es un «santificarse por» que se refiere a la muerte que está a punto de padecer5.

Por ser el sacrificio la consagración suprema, Jesús se orienta entero hacia la cruz. Ofrenda, inmolación, sometimiento al mandato del Padre, adelantan por grados, desde la inicial consagración hasta la última: en continuo alejamiento de sí y acercamiento al Padre. A lo largo del año aceptable, «pasa» hacia la definitiva Pascua, Cada vez menos suyo y más de Otro […] Santificado ya desde su bajada al mundo (Jn 10,36), como quien viene de arriba (Jn 3,31…), se santifica aún más a la hora de volver a Dios. Víctima del sacrificio de la cruz, se consagra al Padre para unirse directamente con él (Orbe)6.

Resulta muy luminoso contemplar cómo Cristo se consagra -se entrega- por los suyos, no sólo para salvarlos, sino para santificarlos y consagrarlos:

Él se entregó a sí mismo por ella [por su Iglesia], para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada (Ef 5,26-27).

Primero dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la ley. Después añade: He aquí que vengo para hacer tu voluntad. Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre […] Con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamentea los que van siendo santificados (Heb 10,8-10.14).

Tal como hemos visto, Jesús se consagra en beneficio de la consagración de los discípulos «en» la verdad, que significa a la vez que son consagrados «por» la verdad y «para» la verdad. Son consagrados «por» la verdad, que tiene una particular eficacia para transformarlos y liberarlos, según proclama Jesús: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32)7. Recordemos que la verdad que santifica no es cualquier verdad, sino la Palabra de Dios, que es Jesucristo. A la vez son consagrados -separados- por Dios «para» la Verdad (Cristo), para transformarlos en Cristo y para hacerlos portadores de Cristo (Verdad de Dios y Palabra de Dios).

Junto con esto, los discípulos, al ser «santificados en la verdad», pasan a ser posesión de Cristo y quedan unidos a él para manifestarlo al mundo.

Además, por su identificación con Cristo y por su situación en el mundo, su «santificación», por y para la verdad, tendrá también un aspecto de sacrificio, de entrega de la vida, de participación en la cruz: el que es consagrado a la verdad de Dios se convierte en testigo, es decir, en mártir. Ahí es a donde lleva en último término el ser santificado por la verdad de Dios, el dedicarse a ella y el entregarse por ella.

En el hombre, la consagración entraña disposiciones morales, y aún físicas, de cuerpo y alma. La de mayor excelencia, una inmolación sacrificial. Aquel se consagra, en el sentido más alto, que se inmola en sacrificio […] «Para que también ellos sean consagrados en la verdad». A consagrar los discípulos en la verdad se dirige la inmolación de Cristo, Sin mirar a eso sólo, mira también a eso. La consagración de la vid repercute en los sarmientos. «Uno murió por todos; luego todos murieron» (2Cor 5,14). Los Once, místicamente identificados -como todos los hombres- con él, están llamados a representar a Cristo ante los hombres (2Cor 5,20). Inmolado él, quedan místicamente inmolados ellos. El apostolado, además, como inmolación continua, perpetúa el sacrificio de Jesús (Orbe)8.

Resumamos el contenido profundo de esta oración del Señor, diciendo: El Padre santifica al Hijo para enviarlo al mundo. El Hijo se consagra a sí mismo por los discípulos. Los discípulos -nosotros- somos santificados por él «en» la verdad.

Contemplar esta realidad nos lleva inmediatamente a contemplar la Pasión de Cristo como sacrificio por nosotros; no sólo por nuestros pecados, sino para que seamos santificados en la verdad. Jesús, consagrado a la verdad, paga el precio de haber defendido con autenticidad la verdad de Dios y manifiesta esa verdad en la Cruz; pero, además, paga el precio para que nosotros, débiles y pecadores, podamos dedicarnos a la verdad y sacrificarnos por ella. Mirando a la Cruz y escuchando esta oración descubrimos la importancia que le da el Señor al hecho de que seamos consagrados en la verdad y que nos sacrifiquemos por ella. La oración de Jesús pone claramente de manifiesto que su santificación sacrificial es don y llamada, porque él ha hecho su parte -santificarse a sí mismo en la Cruz- para que nosotros hagamos la nuestra, que consiste en dejarnos santificar en la verdad por Dios, con todas las consecuencias que ello tiene de purificación, dedicación y entrega hasta el sacrificio.

Toda esta larga disertación adquiere todo su sentido dada la importancia que esta oración de Jesús tiene para nosotros, no sólo por el contenido de sus palabras, sino porque después de ellas, su pasión y muerte las ratifica y les confiere una especial fuerza que estamos llamados a recibir y aprovechar por medio de la contemplación.

Como consecuencia de todo esto podemos contemplar cómo nuestra autenticidad se basa, no en nuestras fuerzas, sino en la santificación que realiza Dios en nosotros gracias al sacrificio de Cristo. Por lo tanto, nuestra falta de autenticidad no es solamente una consecuencia normal de la debilidad propia de nuestra condición limitada, sino el fruto del pecado que supone orientar nuestra vida al margen de la fe y que, por esa falta de fe, desperdiciamos y frustramos el sacrificio de Cristo y su eficacia transformadora en nosotros. Escuchar con fe esta oración de Cristo al Padre nos descubre que somos transformados en la verdad que es Cristo, hechos portadores de la verdad, capaces de entregar nuestra vida como consecuencia y en testimonio de la verdad. Nuestra autenticidad, por tanto, consiste simplemente en ser fieles a lo que ya se nos ha dado, en manifestar la santificación que el Padre ha realizado en nosotros y en secundar la acción del Espíritu Santo que nos lleva a continuar la consagración y la autenticidad de Cristo.

La oración de Jesús y su misma consagración se convierten, así, en una fuerte llamada para la consagración del contemplativo en el mundo, que aprovecha todas las circunstancias en las que vive para entregarse a Dios.

El Señor destina al contemplativo secular a una consagración en la verdad para la que él mismo se consagra: «Y por ellos yo me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la verdad» (Jn 17,19).

La gracia de la consagración que Dios va realizando no separa al contemplativo secular del mundo, sino que lo sumerge más plenamente en él, y le da la capacidad de servirse de todas las realidades seculares que constituyen su vida para ofrecerse plenamente a Dios; de modo que la familia, el trabajo, los problemas, el entorno, la historia, etc., le sirven para convertir su vida en un puro acto de adoración, y para santificar esas mismas realidades, empapándolas de la presencia salvadora de Dios.

Así, la consagración de la propia vida a Dios, que hace el contemplativo secular, no le impide vivir a la intemperie en un mundo frecuentemente hostil. Al contrario, esta misma dificultad le permite crecer cada día en un amor más confiado, recio y universal, aprovechando precisamente la lucha interior por mantenerse fiel al amor que ha recibido. De este modo, vuelve a escoger nuevamente a Jesucristo, como si fuera la primera vez; renovando así, permanentemente, la consagración y la entrega de su vida a Dios (Fundamentos, apartado «La consagración, fundamento del ser y de la misión del contemplativo secular»)9.

Prolongar esta oración de Cristo

Aunque hemos intentado desgranar el contenido de estas Palabras del Señor, no podemos olvidar que no estamos frente una doctrina que él proclama ante los demás, sino ante una oración intensa que dirige al Padre al encaminarse a la Pasión y en la que se nos manifiesta lo más profundo de su alma. Por lo tanto, no sólo la debemos contemplar como oración del Señor, sino que la deberíamos reproducir también como oración dirigida al Padre, unidos a Cristo y dispuestos a entrar en comunión con su Pascua:

  • Padre, tu Hijo amado -Palabra eterna tuya- me ha dado su Palabra, se me ha entregado a mí como Palabra llena de Verdad. Acepto, Padre, que no soy del mundo, como tampoco lo es tu Hijo. Necesito tu luz y tu gracia para no dejarme atrapar por el mundo y confundirme con él. Hazme fiel a Cristo, para ser tuyo y de él, y no ser del mundo. Y, a pesar de que el mundo me odia y me rechaza, te pido que no me retires del mundo, sino que me introduzcas en él como portador de la Verdad que es tu Hijo, Jesucristo. Eso sí, te pido que me guardes del maligno, de sus engaños, de su deseo de llevarse la Palabra sembrada en mi corazón, de sus astucias que me quieren hacer confundir tu Palabra con la palabrería del mundo, que en ocasiones también se introduce en tu Iglesia.
  • Santifícame, Padre, en la Verdad. Apártame y dedícame a la Verdad: a tu Verdad, que es tu Hijo. Purifícame con la Verdad de su Palabra, para que ella sea como el fuego del holocausto que lo consume todo y sólo deja la llama del amor y la luz de la Verdad. Que el sacrificio de Cristo por ser fiel a la Verdad, por realizar la Verdad de tu amor y de tu salvación en la Cruz, no se pierda por mi falta de autenticidad. Ayúdame, para que me deje santificar por su sacrificio en la Cruz, para que pueda entregarme a la Verdad, realizar la Verdad con mi ser y ser testigo valiente de la Verdad, aceptando el precio de ser rechazado por vivir la Verdad y manifestándola a los que la rechazan, para seguir, así, las huellas de tu Hijo crucificado.

El momento culmen de la autenticidad

Toda la vida de Cristo es testimonio valiente y coherente de la verdad de Dios. Ya desde el comienzo de su ministerio público se vislumbra el precio que tiene la autenticidad del Señor, no sólo por proclamar el «Evangelio del reino de Dios», sino por manifestar que él es igual al Padre. Tras el milagro del paralítico, los escribas lo tachan nada menos que de blasfemo por ponerse en el lugar de Dios y perdonar pecados (cf. Mc 2,7). Tras la curación del hombre de la mano paralizada, que realiza abiertamente en sábado, se confabulan para acabar con Jesús (Mc 3,6). A pesar de que la persecución va arreciando, Jesús mantiene con coherencia y valentía la fidelidad a su mensaje y a su mismo ser, sabiendo que esta autenticidad le conducirá a la cruz (cf. Mc 8,31; 10,33-34). Pero es en el momento solemne de su juicio ante el Sanedrín cuando Jesús llega al punto máximo de autenticidad, proclamando solemnemente que él es el Mesías, el Hijo de Dios, sabiendo que el precio que debe pagar por mantener la verdad será la muerte ignominiosa en la cruz como un blasfemo, condenado por el supremo tribunal religioso de Israel.

Esta autenticidad del Señor, que está dispuesto a pagar el precio máximo por la verdad, es especialmente luminosa porque tiene como telón de fondo la impotencia del sumo sacerdote para condenar a Jesús en un juicio injusto plagado de testigos falsos que mienten y se contradicen (cf. Mc 14,55-60). Jesús ha callado ante la mentira y la acusación sin fundamento; pero ante la pregunta sobre la verdad de su ser y de su misión no puede callar, y afirma claramente y sin rodeos quién es y para qué ha sido enviado por el Padre, sabiendo que sus palabras le van a condenar y que su silencio le hubiera salvado. Pero Jesús, que nunca había callado la verdad de Dios, no iba a hacerlo en el momento culminante de su vida, cuando tenía que dar el paso de cumplir la voluntad salvadora de Dios y cuando había que ratificar con la vida la verdad de Dios.

El sumo sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro, preguntó a Jesús:

-¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?

Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote:

-¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?

Jesús contestó:

-Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo.

El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice:

-¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?

Y todos lo declararon reo de muerte (Mc 14,60-64).

La contemplación del acto supremo de autenticidad del Señor contrasta con todas las trampas que hacemos para conseguir nuestros intereses, aunque creamos que son los intereses de Dios, como hacían los judíos del Sanedrín. El silencio de Jesús ante las falsas acusaciones choca con la fuerza con la que defendemos nuestra inocencia o nuestra imagen cuando pensamos que se pueden ver dañadas. La afirmación clara y contundente que hace Jesús de su identidad, consciente de que le va a costar la vida, denuncia nuestras cobardías, medias verdades y silencios cuando proclamarnos cristianos o actuar como tales va a tener un precio, aunque no sea tan alto como el que pagó el Señor.

Tenemos que contemplar, una y otra vez, este acto supremo de autenticidad de Jesús para sentirnos llamados a hacer lo mismo que él y contar con su fortaleza cuando llegue el momento decisivo de decir con palabras y obras que somos hijos de Dios y testigos de su verdad, y estamos dispuestos a morir por ella.

La autoridad que da la autenticidad

En el comienzo de la vida pública, Jesús empieza a predicar y a realizar milagros en Cafarnaún, junto al lago de Galilea. Y desde el primer momento sorprende tanto por su forma de enseñar como por su modo de actuar.

Los que lo contemplan manifiestan su sorpresa aplicando a Jesús la palabra «autoridad». No se trata de que él detente la autoridad del que manda mucho o, menos aún, del que impone su voluntad caprichosa por la fuerza. Lo que notan es una diferencia enorme entre la enseñanza de Jesús y la de los maestros religiosos de Israel: los escribas. Estos hombres enseñaban la voluntad de Dios encadenando interpretaciones, muchas veces contradictorias, de la Ley de Moisés que habían recibido de sus maestros. Interpretaciones frecuentemente alambicadas e incomprensibles para el pueblo llano.

Y Jesús, el nuevo maestro, sorprende porque no se parece en nada a los escribas: habla con toda claridad, no necesita apoyarse en opiniones de otros maestros, habla de lo que sabe, no de lo que le han enseñado, tiene la audacia de corregir la ley de Moisés y habla de Dios como el que lo conoce de primera mano. Por tanto, habla con autoridad porque conoce a Dios, ha venido de él y es igual a él. Y el resultado de esa «autoridad» es una enseñanza verdadera, que ofrece de manera clara, concreta, inteligible y práctica. Su autoridad tiene como fundamento la autenticidad de lo que él es y de lo que enseña.

Pero no sólo sorprende por lo que dice, sino por lo que hace. Aquel maestro es capaz de expulsar a los demonios con sólo su palabra; no con un largo ritual de exorcismo, ni con una larga súplica a Dios, sino con una orden sencilla y directa, que recuerda la fuerza de la palabra creadora de Dios, que lo dijo y existió. La fuerza de su palabra viene de lo que es -el Santo de Dios-, ésa es la fuente de su autoridad. Y sus sorprendentes actos trasparentan lo que es. Su autoridad salvadora es simplemente uno de los aspectos de su autenticidad: sus acciones manan sencillamente de su ser, que se manifiesta en lo que hace, sin afectación ni propagandas. Y los que oyen y ven a Jesús lo notan.

Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:

-¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

Jesús lo increpó:

-¡Cállate y sal de él!

El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:

-¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad (Mc 1,21-27).

Al contemplar la «autoridad» de la enseñanza de Jesús, que se basa en lo que es, en lo que ha visto y no en lo que ha oído o aprendido, queda al descubierto nuestra enseñanza teórica y nuestra palabrería, que esconden con frecuencia nuestra falta de consistencia y de experiencia. Nuestros circunloquios y complicaciones a la hora de hablar de Dios o de nosotros mismos manifiestan que nos falta esa autenticidad del Señor que sorprende por su novedad, sencillez y fuerza.

Nosotros no somos el Hijo de Dios, venido del Padre; no tenemos la autoridad divina para hacer milagros como Jesús. Pero a base de contemplarlo a él y dejarnos transformar en él podemos hablar de lo que conocemos porque el Padre nos lo ha revelado, y podemos hacer obras mayores (cf. Jn 14,12) porque estamos unidos realmente a Jesús y creemos de verdad en él. Del mismo modo, si tuviéramos la autenticidad de nuestro ser de hijos de Dios, transformados en Cristo, portadores del Espíritu, se notaría en una forma nueva de actuar que sorprendería al mundo.

Libertad frente a las dificultades

El evangelio según san Juan recoge largas y fuertes controversias de Jesús con los judíos que no quieren creer en él10. En estas discusiones, Jesús no ataca a sus enemigos, ni se defiende de ellos, sino que proclama la verdad con claridad y con valentía, buscando que sus adversarios se conviertan, y así se lo dice: «Si digo esto es para que vosotros os salvéis» (Jn 5,34; cf. 10,37-38). Jesús afronta con claridad y sinceridad la discusión, proclamando la verdad de Dios, incluso la verdad del pecado de sus interlocutores, asumiendo las consecuencias de su propia autenticidad, que le llevará a ser rechazado por Israel, lo que constituirá la ocasión de su hora, la de las tinieblas y la de gloria.

El Señor contesta a los judíos claramente con palabras y con obras, pero ellos, la parte del pueblo de Dios que rechaza a Jesús, no aceptan sus palabras, porque no forman parte de sus ovejas, porque prefieren la tiniebla a la luz, para no tener que convertirse. Jesús expresa con claridad y autenticidad el punto clave en el que no podrá haber acuerdo y que causará el rechazo frontal si no creen en él: él es el Hijo de Dios, está en plano de igualdad con el Padre y ninguna obra buena que pueda realizar hará que los judíos superen ese «escándalo», si no quieren creer en él.

Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:

-¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente.

Jesús les respondió:

-Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

Los judíos agarraron de nuevo piedras para apedrearlo. Jesús les replicó:

-Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?

Los judíos le contestaron:

-No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios (Jn 10,22-33).

Jesús ha hablado abiertamente durante toda su vida; de modo que quien no lo conoce es porque no quiere. Y, aunque soporta con silencio y humildad la persecución y el sufrimiento, tiene libertad para señalar que intentan acallar la verdad con la violencia.

El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó:

-Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho.

Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:

-¿Así contestas al sumo sacerdote?

Jesús respondió:

-Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas? (Jn 18,19-23).

Contemplar la autenticidad y la libertad que Cristo mantiene en los numerosos enfrentamientos con los judíos nos ayuda a comprender la diferencia que existe entre su comportamiento y el nuestro. Desgraciadamente, nuestros enfrentamientos no suelen ser consecuencia de nuestra defensa de la verdad de Dios y de nuestro verdadero ser, sino del intento de conseguir nuestros intereses, para disimular nuestros pecados o para ocultar nuestras contradicciones. Pero, incluso cuando intentamos defender la verdad de Dios, nos falta la autenticidad que nos permita decir, como Jesús: «Creed a mis obras». Incluso cuando manifestamos la verdad de Dios y denunciamos el pecado de los demás carecemos de una fuerte preocupación por la salvación de los que nos escuchan. Con demasiada frecuencia se nos cuela el interés por defendernos y por convencer a los demás, para eludir la cruz y evitar llegar a la hora a la que el Señor dirigió toda su vida.

La serenidad de Jesús en todas estas luchas es fruto de una autenticidad que armoniza a la vez lo que él es, lo que dice, lo que hace, lo que defiende, lo que busca de sus oponentes y el destino al que le lleva esta oposición. Necesitamos, pues, mirar mucho al Señor para ver lo diferentes que somos de él, para aprender de su ejemplo y para empaparnos de su identificación con la verdad que defiende.

El Espíritu de la verdad

Quizá pueda parecernos imposible de alcanzar la autenticidad que contemplamos en el Señor a lo largo de su vida, que surge del hecho de ser el Hijo de Dios y que se realiza durante toda su existencia terrena en la valentía que muestra al defender la verdad y en la coherencia con los valores que ha elegido. Y seguramente sería imposible si no se nos hubiera dado el Espíritu Santo, que es el «Espíritu de la Verdad», que habita en nosotros por pura misericordia divina.

Ese Espíritu es quien nos permite estar en el mundo sin ser del mundo, el que nos enseña la Verdad, que es Cristo, y nos la va recordando en el momento adecuado. Gracias a su presencia y a su ayuda podemos ser testigos valientes y coherentes de la verdad hasta el martirio. Recordemos en este sentido el cambio operado en los apóstoles a partir del Pentecostés y que describe el libro de los Hechos de los apóstoles. El Espíritu Santo, compañero, maestro y defensor, nos lleva a la plenitud del conocimiento de Jesús y a vivir con fidelidad una Verdad que no es teórica, sino que es una persona y que nos lleva a una comunión con él y a una vida como la suya. Esa verdad plena nos impulsa a la autenticidad que armoniza saber, decir, actuar y ser.

Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros (Jn 14,16-18).

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho (Jn 14,25-27).

Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo (Jn 15,26-27).

Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará (Jn 16,12-14).

Rumiar con fe estas promesas del Señor, cumplidas para nosotros, que hemos recibido el Espíritu, nos permite buscar, pedir e intentar alcanzar la misma autenticidad que contemplamos en el Señor, con la esperanza de que la presencia del Espíritu Santo en nosotros realice lo imposible. La fe en el Espíritu Santo y la docilidad a sus inspiraciones hará posible la autenticidad que encontramos en Pedro después de la resurrección del Señor o en Pablo después de su conversión. Sin olvidar nunca que nuestra fe y nuestra oración tienen que ir acompañadas de la obediencia, porque el Espíritu Santo se da a los que obedecen a Dios (cf. Hch 5,32).

Apéndice: la autenticidad del Señor a lo largo de la Escritura

Llegados a este punto, quizá podría parecer que todo lo dicho hasta aquí se refiere a un solo aspecto de los muchos que conforman la vida y la misión de Jesús; sin embargo, estamos ante una clave esencial de las mismas. Y prueba de ello es que se trata de un asunto que recorre todo el Evangelio de principio a fin. Para ayudar a mantener una sosegada contemplación de la luminosa armonía en la que vive el Hijo de Dios y de la que quiere empaparnos nos podría ser de gran ayuda repasar, con amorosa serenidad, los diferentes aspectos en los que podemos contemplar esa coherencia absoluta que caracteriza al Señor y a la que nos llama a sus discípulos.

Jesús es la Verdad y está lleno de Verdad porque es el Verbo de Dios

La autenticidad del Señor no se construye desde el voluntarismo o el esfuerzo del hombre hecho a sí mismo, sino desde su ser de Verbo de Dios. Contemplar lo que él es desde la eternidad nos permite entender por qué el Verbo encarnado está lleno de la verdad de Dios y trae la luz al mundo. Así pues, vamos a contemplar a lo largo del Evangelio cómo Jesús anuncia la verdad, pero sin olvidar que lo hace porque él «es» la verdad.

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios […] El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo […] Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad […] Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn 1,1.9.14.17-18).

Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14,6).

Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz (Jn 18,37-38).

Nosotros no somos el Hijo de Dios, pero hemos sido hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo. Nuestra autenticidad no nace de lo que podemos conseguir con nuestras fuerzas, sino del ser que hemos recibido: ser-hijos-en-el-Hijo. La verdad de Cristo, su Palabra, y la Verdad que es Cristo, Palabra eterna de Dios, se nos ha dado para que la vivamos y la manifestemos. Seremos auténticos en la medida en que recibamos a este Verbo, Verdad de Dios, y no echemos en saco roto la gracia recibida: «A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,12).

La autenticidad puesta a prueba

Antes del comienzo de la vida pública, Jesús es puesto a prueba por medio de las tentaciones que el diablo le plantea en el desierto. Jesús responde desde la verdad de lo que es, de la misión que el Padre le ha dado y del modo de realizarla que le pide: él es el Mesías humilde, que se ha hecho semejante a nosotros (cf. Flp 2,7-8; Heb 4,15). Las tentaciones intentan que Jesús falsifique su ser y misión, y él las vence contraponiendo la verdad de Dios, apoyado en su Palabra. La afirmación consciente y firme de lo que es y de lo que Dios le pide permite a Jesús iniciar su misión.

Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo:

-Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.

Pero él le contestó:

-Está escrito: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:

-Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».

Jesús le dijo:

También está escrito: «No tentarás al Señor, tu Dios».

De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

-Todo esto te daré, si te postras y me adoras.

Entonces le dijo Jesús:

-Vete, Satanás, porque está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían (Mt 4,1-11).

También nosotros necesitamos el desierto, el ayuno, la oración… y las tentaciones para ser conscientes de nuestro ser y de nuestra misión, y permanecer fieles a lo que Dios nos da y nos pide. Nuestro primer impulso es huir de la prueba y de la lucha, pero no deberíamos olvidar que la tentación es el crisol en el que se depura la autenticidad de nuestra vida, porque nos permiten afirmar la verdad de Dios ante las falsificaciones que se nos proponen.

Asumir el riesgo de plantear las maravillas de Dios

Después de la multiplicación de los panes, Jesús comunica a sus oyentes el significado pleno de ese signo: él es el Pan vivo, bajado del cielo, que da la vida eterna. Sin embargo, a los judíos les cuesta creer tanta maravilla y se escandalizan del ofrecimiento de Jesús: les parece duro que Jesús se entregue como alimento para permanecer en sus discípulos y darles su vida. Pero Jesús no suaviza sus afirmaciones, ni esconde la verdad del don de Dios porque vaya a ser malentendido o rechazado, sino que acepta el abandono de muchos y plantea valientemente a sus discípulos la posibilidad de abandonarle si no aceptan este don.

-Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún. Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron:

-Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?

Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

-¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida […]

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce:

-¿También vosotros queréis marcharos? (Jn 6,55-63.66-67).

Nuestros cálculos para hacer aceptable el don de Dios por miedo a perder seguidores choca con la actitud de Jesús, que asume el riego de proclamar una verdad que va a ser rechazada precisamente porque desborda las expectativas de sus oyentes. Hemos de contemplar e imitar la firmeza del Señor, que no rebajar la verdad de Dios aunque pueda escandalizar a los que están en otra onda.

La trampa del tributo al César

Le envían algunos de los fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta. Se acercaron y le dijeron:

-Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?

Adivinando su hipocresía, les replicó:

-¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea.

Se lo trajeron. Y él les preguntó:

-¿De quién es esta imagen y esta inscripción?

Le contestaron:

-Del César.

Jesús les replicó:

-Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Y se quedaron admirados (Mt 12,13-17).

En este pasaje evangélico podemos contemplar diversos aspectos enormemente luminosos:

  • -Irónicamente, los enemigos de Jesús reconocen su autenticidad: «Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad»; pero lo hacen para tenderle una trampa.
  • -La autenticidad de Jesús va más allá de salirse de la trampa, que consiste en que Jesús tenga que elegir en enfrentarse al pueblo judío diciendo que hay que pagar impuestos al imperio dominador (que además era pagano e idólatra) o, por el contrario, decir que no hay que pagar y poder ser acusado ante los romanos como un revolucionario.
  • -Jesús no sólo se sale de la trampa, sino que les da la enseñanza que necesitan: «y dad a Dios lo que es de Dios», es decir, la fe en su enviado al que se oponen.
  • -Nosotros deberíamos buscar realizar el modelo de Jesús y que se pueda decir de nosotros: «Sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad».
  • -En las controversias que se nos plantean, no debemos buscar salir vencedores, sino decir la verdad que necesita nuestro oponente para salvarse.

Existen en el Evangelio otras situaciones similares, como la alambicada trampa de los saduceos sobre la resurrección de los muertos (Mc 12,18-17), la pregunta capciosa sobre el mandamiento principal (Mt 22,34-40), que en Lc 10,25-37, se convierte en un intento de sacar del doctor de la ley de la justificación a la puesta en práctica.

La autenticidad que exige autenticidad

Volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían:

-¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?

Jesús les replicó:

-Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme.

Se pusieron a deliberar:

-Si decimos que es del cielo, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» ¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?»

(Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta). Y respondieron a Jesús:

-No sabemos.

Jesús les replicó:

-Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto (Mc 11,27-32).

En esta ocasión, la autenticidad de Jesús le lleva a exigir en sus interlocutores la sinceridad necesaria para poder responder a la pregunta que le han hecho. Ciertamente, Jesús no contesta a la pregunta, pero no por eso elude el verdadero problema, que es el que les plantea, haciéndoles ver que no están buscando la verdad ni tienen la sinceridad necesaria para encontrarla.

La exigencia de verdad, fruto del amor del Señor

También en el Apocalipsis Jesús habla a los suyos, a los miembros de las distintas iglesias. En esta ocasión destapa la falsa imagen que tienen estos discípulos de sí mismos y les plantea con crudeza su realidad: piensan que son ricos, que no tienen necesidad de nada y, sin embargo, son pobres, ciegos, están desnudos y son dignos de lástima. Esa mentira hace que se instalen en la mediocridad que asquea al Señor.

Si él los enfrenta a la dura verdad de su vida, no es para hundirles, sino para darles la oportunidad de la conversión y ofrecerles la ayuda para dejar de ser pobres, ciegos y desnudos. Lo que los discípulos sienten como una bofetada dada con la verdad de su situación es en realidad signo del amor de Señor que quiere sacarlos de la mentira y hacer que realicen la verdad a la que han sido llamados.

Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas; y vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez; y colirio para untarte los ojos a fin de que veas. Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten, pues, celo y conviértete (Ap 3,16-19).

Con mucha facilidad también nosotros nos engañamos radicalmente en la percepción de nuestra propia realidad. Necesitamos que Dios, por los medios que tenga a su disposición, nos enfrente a la realidad de nuestra situación, aunque duela. Hemos de aprender a reconocer el amor que hay detrás de esa bofetada que nos da al enfrentarnos a la verdad de lo que somos y la oportunidad que nos ofrece de convertirnos a la verdad de lo que Dios quiere que seamos. Nuestras rabietas ante las situaciones o las personas que nos enfrentan a nuestra verdadera situación son muestra de que no buscamos la verdad y preferimos instalarnos en la mentira de la tibieza que el Señor aborrece.

La Verdad que nos hace libres

Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,31-32).

La libertad no consiste en la plena autonomía para decidir lo que uno quiera con independencia de todo y de todos. La libertad consiste en ser liberados de las ataduras de la mentira para poder realizar la verdad. Y esa verdad es la que nos da Jesucristo con su Palabra. Otras falsas verdades o verdades incompletas no nos traerán la libertad, sino solamente lo hará la palabra del Señor, que no sólo hay que oír y conocer, sino en la que hay que permanecer. Entonces seremos auténticos discípulos.

La sencillez en la autenticidad al hablar

Hay unas palabras de Jesús que reflejan esta transparencia y sencillez que él vive y que es necesaria para la autenticidad, tanto en el hablar como en el ser:

Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno (Mt 5,37; cf. St 5,12).

A la luz de esta enseñanza y siguiendo a san Pablo, podemos descubrir muchas de nuestras complicaciones y circunloquios, que denotan lo poco que nos parecemos al Señor y son síntoma de nuestra falta de autenticidad:

Pues el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre vosotros por mí, por Silvano y por Timoteo, no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su sí en él. Así, por medio de él, decimos nuestro Amén a Dios, para gloria suya a través de nosotros (2Co 1,19-20).

Obrar la verdad o huir de la luz

La actitud ante la luz de la Verdad de Dios, que es Cristo11, divide a la humanidad entre los que reciben esta luz y los que la rechazan. Pero la aceptación o el rechazo de Cristo, Verdad y Luz, depende de la actitud concreta que se tiene previamente ante la verdad. Los que aceptan a Cristo es porque «obran la verdad» y, en consecuencia, no temen la luz. Aquellos, cuyas obras son malas, actúan en contra de la verdad y tienen que huir de la Verdad y de la Luz plenas, lo que les introduce más profundamente en la oscuridad de la mentira y del mal.

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios (Jn 3,19-21).

Las palabras del evangelio pueden parecer que no dejan opción a los que no obran la verdad, de modo que estaríamos determinados definitivamente por nuestras malas obras o por realizar la verdad. Lo que sucede es que está planteando radicalmente las dos opciones para que seamos conscientes de donde viene el rechazo de la Luz y sus consecuencias. Pero queda la posibilidad de que el que no obra la verdad haga el acto de humildad de ponerse ante la Luz para que se vean sus obras y acogerse a la misericordia de Dios para que lo transforme, como hizo el publicano de la parábola (cf. Lc 18,9-14).

La autenticidad de Jesús expresada con imágenes apocalípticas

El Apocalipsis presenta con especialísima fuerza la realidad de Jesús como el Hijo de Dios que entrega su vida para salvar al mundo y es glorificado por el Padre y convertido en Juez-Salvador de la humanidad. La potencia del mensaje del último libro de la Biblia es tal que podemos decir que sus afirmaciones de fe son de las más rotundas de todo el Nuevo Testamento. Bien es cierto que no lo que hace con un estilo semejante a la mayoría del resto de libros sagrados que más conocemos, sino con los símbolos y el lenguaje propio de los libros apocalípticos. A pesar de ello, no debemos olvidar su importante mensaje y pasar por alto la manera como el Apocalipsis presenta la relación de Jesús con la verdad:

  • -Jesucristo es «el Amén, el testigo fiel y veraz» (Ap 3,14; cf. 1,5), «el Santo y el Verdadero» (3,7). Por eso se llama «Fiel y Veraz», y su nombre es «el Verbo de Dios» (Ap 19,11.13). Esta calidad de testigo fiel va unida a la de Cordero degollado puesto en pie (cf. Ap 5,6): su testimonio fiel le ha llevado a dar la vida como un cordero inmolado, pero no está derrotado, sino en pie por la resurrección.
  • -De su boca sale una espada aguda de doble filo, que es su Palabra (cf. Heb 4,12), con la que vence a los enemigos (1,16; 2,12.16; 19,15).
  • -Los que siguen fielmente al Testigo fiel y veraz, dan testimonio de la Palabra con su propia sangre: son testigos y mártires. «Ellos lo vencieron en virtud de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio que habían dado, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte» (12,11; cf. 6,9; 20,4). El mismo Juan, autor del Apocalipsis, está «desterrado en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (1,9).
  • -Con su peculiar lenguaje apocalíptico, el Apocalipsis expresa lo mismo que la oración de Jesús: él se ha consagrado por y para la verdad de su testimonio y el de los suyos.
  • -El Apocalipsis, de este modo, nos conduce a la contemplación de la autenticidad de Jesús con todas sus consecuencias y nos mueve a abrazar las consecuencias de la nuestra.

NOTAS

  1. M.-D. Molinié, Lettres du Père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004 (Téqui), 1, 160.
  2. Fundamentos, VI,2,K.
  3. Fundamentos, VI,2,E. Cf. también: «Por consiguiente, el Señor no le dice al contemplativo secular que se retire del mundo, sino que se guarde del maligno (cf. Jn 17,15). Lo cual no significa que tenga que diluirse en el mundo; porque si el contemplativo pertenece a Dios, no puede pertenecer al mismo tiempo al mundo, puesto que no puede servir a la vez a dos señores (cf. Mt 6,24). Tiene que desarrollar y mantener una opción radical a favor de Dios, aunque esté inmerso en las realidades del mundo, que amenazan con dividirlo. Y para lograrlo, tendrá que aceptar la contradicción, la incomprensión y el rechazo que comporta ineludiblemente la ruptura con el mundo, tal como nos avisa el mismo Jesús [cf. Jn 15,18-19; 17,14-16; 1Jn 2,15] (Fundamentos, apartado «En el mundo sin ser del mundo» [Fundamentos, IV,2]).
  4. «Consagrarse, entre profanos, es darse de lleno a una ocupación, al cumplimiento de un ideal. La Escritura lo concibe, previa la purificación, como entrega estable al servicio de Dios. En su virtud, lo consagrado se sustrae a todo uso profano, y pasa a ser de Dios. En contacto con él le imprime cierto carácter de santidad, un halo de protección que inspira en torno reverencia» (Antonio Orbe, Oración sacerdotal. Meditaciones sobre Juan 17, Madrid 1979 (BAC), 225).
  5. «“Y por ellos me consagro a mí mismo». No pudo anticipar con más sencillez la oblación sublime y última de Jesús en la cruz» (Orbe, Oración sacerdotal, 255).
  6. Orbe, Oración sacerdotal, 253.249.
  7. Este poder purificador de la Verdad,por medio de su palabra, aparece claramente en la carta a los Hebreos: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón» (Heb 4,12).
  8. Orbe, Oración sacerdotal, 225-226.260.
  9. Fundamentos, VII,2.
  10. Estas controversias aparecen después de la purificación del templo (Jn 2,20); después de la curación del paralítico de la piscina de Betesda (Jn 5,16-47); después de la multiplicación de los panes, en el discurso del pan de vida (Jn 6,30-53); en la fiesta de las tiendas (Jn 7,14-30.32-36); después del episodio de la adúltera (Jn 8,12-20.21-27.31-59); después de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9,40-41); en la fiesta de la dedicación (Jn 10,22-39); después de anunciar que iba a ser elevado sobre la tierra (Jn 12,32-36).
  11. Cf. Jn 1,9; 8,12; 9,5; 12,46.