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1. Introducción

Para enmarcar el presente retiro espiritual podríamos acudir a algunas de las palabras de Jesús que ponen de manifiesto que cuenta con la oposición que van a sufrir sus discípulos por parte del mundo; y, a la vez, cuenta también con la fuerza de su palabra y de su gracia, que les deja para que puedan afrontar con valentía, sagacidad y sencillez el combate al que les lleva esa oposición del mundo:

Les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo (Jn 17,14-16).

Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10,16).

No podemos ser auténticos discípulos de Cristo sin tener clara nuestra identidad y nuestra misión. Y esto no se realiza en teoría, sino que es algo real y concreto: el cristiano sólo puede vivir su fe, si es verdadera, como un itinerario hacia la santidad en el mundo real. Por eso, la situación del mundo real condiciona la respuesta de fe que tenemos que dar como discípulos de Cristo. No es lo mismo ser cristiano hoy en occidente y en España, que serlo en los años sesenta o en África central en la actualidad. Lo cual requiere que tengamos una conciencia muy clara de dos realidades: nuestra propia identidad y vocación como cristianos y la situación real del mundo en el que vivimos.

Para encontrar esa claridad necesitamos el Espíritu Santo. Sólo él nos puede decir quiénes somos realmente -no lo que nos parece a nosotros- y cómo está el mundo. Solamente desde Dios podemos descubrir el sentido de nuestra propia identidad de cristianos y el verdadero estado del mundo, más allá de las apariencias. Dios es el que sabe cómo están las cosas. Y la oración en esta primera parte del retiro espiritual debe orientarse a abrirnos a la gracia de Dios, a luz que el Espíritu Santo nos quiere dar, para proyectar esa luz sobre nosotros mismos y sobre el mundo, de manera que podamos ver las cosas con los ojos de Dios y discernir, desde esa mirada, lo que quiere Dios. Sin esa mirada no podemos hacer un verdadero discernimiento, porque cada uno percibe lo que Dios quiere de sí mismo cuando se descubre mirado desde Dios, ya que él es el único que tiene la luz para evidenciar la realidad y realizar el verdadero juicio sobre el mundo.

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3,16-21)1.

El verdadero juicio no es tanto un juicio moral sobre los pecados que podemos cometer o las acciones malas, sino la consecuencia de una iluminación que hace evidente la verdad y que deja claro dónde estamos respecto de esa evidencia. Este juicio es esencial para nosotros porque sólo podremos ser lo que tenemos que ser, lo que Dios quiere que seamos, si somos capaces de no engañarnos sobre lo que somos realmente, pero no en teoría sino en verdad, y teniendo muy en cuenta la realidad de lo que somos y de nuestra historia junto con la situación del mundo y de la Iglesia.

Comenzaremos la oración en este retiro tratando de mirar atentamente a nuestro alrededor para descubrir con realismo lo que el mundo de hoy y la Iglesia nos exigen en concreto para ser auténticos cristianos. Para lo cual hemos de partir de una actitud de sinceridad. Porque probablemente no nos guste lo que somos en verdad, ni lo que es el mundo, ni la situación de la Iglesia. Y necesitamos esa sinceridad para ser capaces de aceptar la verdadera realidad del mundo, de la Iglesia y de nosotros mismos, y de lo que eso supone para mí como influencia, manipulación o ayuda. Siendo conscientes de la influencia y relación que existe entre esos tres ámbitos.

Evidentemente, un retiro es un tiempo de oración, no una ocasión para centrarnos en una análisis social, político o incluso religioso. Tenemos que pasar por ese análisis para hacer un juicio. Un juicio que normalmente hacemos, con mayor o menor acierto, pero quedándonos en él, sin pasar más adelante. Por eso hemos de realizar este juicio sin salir de la oración. Así pues, no vamos a hacer un análisis pormenorizado del estado del mundo actual, que es algo que podemos encontrar por otros medios o en otro momento, pero hemos de tener en cuenta esas realidades y esos juicios o estudios que se han hecho en un sentido o en otro. Porque sólo desde ese análisis podemos descubrir que estamos ante una crisis sin precedentes en la historia de la humanidad.

Si dirigimos, por un instante, la mirada a nuestro alrededor es para tratar de descubrir la realidad con los ojos de Dios y a la luz de la fe, algo que necesita de mucha oración. Eso deberíamos hacerlo en todo, porque la mayor parte de los problemas que tenemos proceden de que miramos nuestra realidad al margen de la fe, buscando causas, consecuencias, culpas; nos lamentamos, culpabilizamos, huimos, justificamos; e intentamos resolver las cosas desde ese barullo. Sin embargo, hemos de preguntarnos: ¿Vino Cristo a resolver las cosas? ¿No nos estaremos equivocando al intentar solucionarlo todo, y además, hacerlo desde los parámetros que el mundo, nuestra psicología o nuestras circunstancias nos exigen? Hay que orar mucho para dirigir una mirada sobrenatural a esa realidad, no para resolver las cosas a nuestro gusto, sino para descubrir la voluntad de Dios en general -respecto del mundo, de la humanidad, de la Iglesia- y en particular para cada uno de nosotros mismos.

2. El mundo en la actualidad

a) Análisis de la situación actual del mundo y de la sociedad

Vivimos un tiempo excepcional que reclama de los cristianos una respuesta excepcional. Para poder ser «sal de la tierra y luz del mundo» (Mt 5,13), como nos pide el Señor, tenemos que saber cómo está el mundo, es decir, conocer la verdad de lo que sucede en nosotros y a nuestro alrededor, para poder aplicar a esa realidad la verdad del Evangelio y la fuerza de la gracia. Si no sabemos la verdad del mundo y el Evangelio nos parece una fantasía podemos intentar juntar esas dos realidades, pero no servirá absolutamente para nada. Necesitamos el realismo de la fe, de la gracia y de la salvación. Porque así es como actúa el Señor en su vida terrena. Jesús vive una realidad social, política y religiosa muy concreta, de las que es muy consciente. No aparta la vista de la realidad, capta realmente lo que pasa en el mundo, pero no se detiene ahí. No es un político o un sociólogo, pero sabe lo que está pasando y enjuicia la realidad con objetividad y desde Dios; y desde ese juicio da una respuesta:

  • -Capta el estado de necesidad de la muchedumbre, la causa de esa situación y la respuesta que hay que dar: orar para que Dios envíe a su campo los operarios que se necesitan:

Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt 9,36-38).

  • -Conoce lo que hay en el interior de cada hombre y sabe cuándo la fe es auténtica, sin que nadie se lo tenga que decir. Jesús ofrece la respuesta de la salvación partiendo de la realidad, sabiendo lo que hay verdaderamente en el hombre, más allá de las palabras o de las intenciones:

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre (Jn 2,23-25).

  • -Conoce el auténtico valor de las acciones de los hombres.

Alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo: «En verdad os digo que esa pobre viuda ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Lc 21,1-4).

  • -Juzga con precisión la actitud de los dirigentes religiosos y lo que hay que hacer ante su hipocresía:

Entonces Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor (Mt 23,1-11; cf. vv. 13-15).

  • -Ve con claridad la incredulidad del pueblo de Dios y es consciente de sus terribles consecuencias:

Cuando salió Jesús del templo y caminaba, se le acercaron sus discípulos, que le señalaron las edificaciones del templo, y él les dijo: «¿Veis todo esto? En verdad os digo que será destruido sin que quede allí piedra sobre piedra» (Mt 24,1-2).

Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita» (Lc 19,41-44).

Podemos ir poniendo en correlación este comportamiento de Jesús con lo que nosotros debemos hacer: normalmente hacemos un juicio, a veces dramáticamente exagerado, y luego seguimos tranquilamente con nuestra vida; o, si nos resulta incómodo el hecho, lo disculpamos como si no tuviera importancia o convenciéndonos de que «todo va a salir bien». Jesús ve lo que está pasando, le afecta, se ofrece y da la vida en la cruz.

Para tener la mirada y la actitud del Señor necesitamos mucha oración -una oración contemplativa- y pedir, desear y creer que podemos tener, con la ayuda del Espíritu Santo, la capacidad de ver y juzgar la realidad con los ojos de Dios. Porque solamente con la mirada de Dios podremos hacer un juicio verdadero y podremos actuar con coherencia, con la misma libertad y autenticidad con la que actúa el Señor. De lo contrario, no seremos libres, y tendremos que justificar, culpabilizar, eludir o disimular los problemas.

· · ·

¿Y cuál esa realidad en la que vivimos? Algunos pensadores hablan de que estamos asistiendo al suicidio de Occidente2. Ciertamente estamos viviendo los estertores de una civilización. Otras civilizaciones han nacido, han florecido y han muerto, es cierto, pero nosotros no estábamos allí en el momento de su muerte. Pero ahora sí estamos aquí; y no da igual lo que hagamos nosotros ahora. Y lo grave no es que ante nosotros se esté muriendo la civilización Occidental, sino que se está suicidando. La negación y renuncia de los valores esenciales en los que se apoya nuestra civilización lleva necesariamente a su autodestrucción.

Y el problema de esta muerte se agrava si consideramos la indiferencia con la que asistimos a ella, como si a nadie le importara: mientras el mundo agoniza nosotros seguimos a lo nuestro -no sólo los políticos, sino también los cristianos-, entretenidos en nuestras cosas y en nuestros problemas inmediatos; como si existiera un acuerdo tácito para mirar hacia otro lado y no ver lo que ocurre, para negar una realidad cada vez más evidente ,y para acusar al que se atreve a señalar el mal de pesimista, agorero, demente y retrógrado. Al parecer, lo que hay que hacer, lo «progresista» es decir que todo va bien. Como sucede en la mayoría de las películas americanas, influenciadas por la mentalidad protestante, que ante cualquier catástrofe o calamidad, siempre hay alguien que responde: «No te preocupes, todo saldrá bien». Se ofrece ese consuelo sabiendo que es mentira porque nadie tiene la seguridad de que las cosas se vayan a resolver como esperamos.

La raíz de esta situación hay que buscarla en el momento en el que la civilización occidental da su mayor giro, que es con la revolución francesa, la Ilustración y los coletazos que eso tiene en nuestra historia más reciente, como es el mayo del 683. A partir de estos acontecimientos, la civilización occidental ha emprendido una carrera desenfrenada para liberarse de Dios y de todo lo que él supone, con el propósito de encontrar así la auténtica libertad y la plena realización humana. Y este proceso afecta a la Iglesia desvirtuando su fin evangelizador, de manera que, en lugar de impregnar el mundo con los valores del Evangelio, es el mundo el que ofrece sus valores a la Iglesia y ella los acepta, porque resulta, más cómodo, fascinante, y eficaces que el Evangelio verdadero. Se repiten en la Iglesia y en el cristiano las tentaciones de Jesús en el desierto, que le ofrecen el poder del mundo para realizar su misión (cf. Mt 4,9: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras»).

Ahora, pasado el tiempo, podemos observar las consecuencias de esta opción, comprobando que el progreso, la democracia, la libertad, etc. no están haciendo que el mundo avance hacia mejor, ni que el hombre sea más bueno o más feliz. De hecho, el mundo se ha sumergido, quizá de forma irreversible, en el materialismo, el hedonismo y el relativismo, lo que lo aboca a su destrucción.

El resultado de este proceso de transformación es la búsqueda del estado del bienestar que hemos identificado con la felicidad, que tiene mucho que ver con una sociedad consumista y hedonista. El «estado de bienestar» se opone al sentido de sacrificio y, por tanto, al amor verdadero, que supone abnegación; empujando al desprecio de la bondad, la generosidad, la excelencia, el esfuerzo, etc. La primera consecuencia de este proceso es la esclavitud, ya sea de las modas, de las ideologías, del ambiente, de las opiniones o caprichos de los dirigentes políticos o eclesiásticos que imponen su voluntad en nombre de una supuesta libertad. Se promociona así una libertad inexistente y se llega a la imposibilidad de alcanzar la libertad a la que se aspira y a la incapacidad de ver la esclavitud a la que nos sometemos.

Se observa claramente la obsesión por los derechos y el olvido de los deberes. ¿A dónde va una sociedad en la que sólo hay derechos y hay derecho a todo? Resulta significativo que se conculquen con una terrible fuerza derechos fundamentales en virtud de la defensa de unos discutibles «derechos» de carácter ideológico: Así, con el supuesto derecho de la mujer sobre su cuerpo se niega el derecho a la vida del ser humano nonato. Igualmente, se consideran la blasfemia, el satanismo y los ataques a los cristianos como derecho a la libertad de expresión, mientras se penaliza al homosexual que desea una terapia, para el que no existe ese derecho. Los docentes tienen derecho a enseñar el mal en las escuelas y se persigue al que pretende enseñar el bien…

Al final, la generalización de estos criterios ideológicos como verdaderos acaba por destruir la sociedad entera, con unas consecuencias muy claras:

  • -Se le arrebata al individuo la posibilidad de su encuentro con Dios, y por tanto se le priva de su misma esencia.
  • -Con la imposición ideológica se le priva de la conciencia: no se puede pensar ni decidir libremente, salvo lo que se impone, incluso en las cosas más fundamentales, como la educación de los hijos.
  • -Con la ideología de género se destruye la familia, que es el pilar de la sociedad.
  • -La política se convierte en un instrumento de manipulación y se elimina la libertad de los individuos para satisfacer del ansia de poder y de enriquecimiento de unos pocos.
  • -A esto hay que añadir toda una estrategia, que está ampliamente financiada y organizada, dirigida a dividir y enfrentar a las personas por clase social, por sexo o «género», por ideología, por regiones o «nacionalidades»…, todo ello para crear artificialmente conflictos con el fin de debilitar todas las estructuras de la sociedad y permitir como única solución un gobierno global. No es casualidad que las estructuras supranacionales vayan coincidiendo y encajando hasta confluir en un gobierno global que pretende, en el fondo, una especie de religión laica, que elimina a Dios como enemigo de ese nuevo poder, y crea una estructura orientada a sustentar el poder omnímodo de una dictadura universal.

Este gobierno global sólo se puede alcanzar si se destruye espiritual y moralmente al individuo, para lo cual hay que mantenerlo dócilmente aletargado en una cómoda «sociedad del bienestar» que lo haga inconsciente de lo que sucede y fácilmente manipulable. A partir de ahí se procede a destruir cada uno de los pilares de la persona y de la sociedad. Para conseguirlo se potencian proyectos que justifiquen una serie de luchas que enfrenten y disgreguen a la sociedad, como el calentamiento global, la propagación de la pornografía con todo tipo de desviaciones sexuales, la implantación de la ideología de género y sus consecuencias, el dominio de la sociedad y de la demografía por medio del control de la reproducción y el derecho al aborto, la manipulación del amplio mundo de las drogas, etc.

Estos mismos medios se dedican a crear una mentalidad generalizada que cree que no existe más libertad que la que surge al liberarse de Dios y sus ataduras, para lo cual hay que acabar con la Iglesia y lo que representa, puesto que ella busca ‑dicen- la destrucción de las personas, alienándolas por medio de la fe. El mayor obstáculo en todo este proceso es la Iglesia porque representa y defiende los valores contra los que está luchando el mundo.

Cómplices de esta situación, los medios de comunicación pueden dedicarse impunemente a la desinformación y a la manipulación de las masas porque la libertad de expresión, como derecho a decir lo que se quiera, prima sobre la obligación de decir la verdad o de defender la justicia. Estos medios atacan con saña a la Iglesia, mientras felicitan a los sectores de la misma que defienden los valores del mundo actual, y los ensalzan como la verdadera Iglesia, a la que hay que apoyar para que se enfrente y acabe con la falsa Iglesia tradicional.

Estos contravalores «modernos» se imponen a todos desde la más tierna infancia y por todos los medios: redes sociales, ingeniería social, educación, medios de comunicación, cine, canciones, literatura… Y, desgraciadamente, también en las familias o en la misma educación cristiana en la familia, colegios católicos y parroquias. Y ése es el gran problema.

En definitiva, estamos ante las secuelas del materialismo más absoluto y deshumanizador. Y, paradójicamente, el materialismo capitalista se está revelando, en sus consecuencias, casi tan inhumano como el materialismo marxista, aunque lo sea de forma disimulada.

b) Causas de esa situación del mundo

La ausencia de Dios

En el fondo, el problema no es tanto ideológico, político o económico, sino espiritual. No se reduce a un conflicto de valores, de ideas o de creencias, del tipo que sean, sino que estamos al problema que crea una sociedad que decide liberarse de Dios a toda costa, porque se le considera el mayor obstáculo para lo que se considera como verdadero humanismo.

La ausencia de Dios, al que se le excluye del mundo y de la historia, hace que pierda sentido el bien objetivo4, que se deriva de la transcendencia del ser humano, y se caiga en el imperio del relativismo y la tiranía de las ideologías, tanto marxistas como capitalistas, que asumen el papel de Dios, pero no para beneficiar al ser humano, sino para su propio beneficio, y al precio de la destrucción del ser humano a través de la destrucción de su conciencia5.

Se ha excluido a Dios del pensamiento y de la vida. Por eso, el mundo ha perdido el sentido de la trascendencia, los valores, los criterios morales, el sentido de la verdad, del bien y la justicia.

«¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir», les gritó. «¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos podido hacer eso? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Y quién nos ha dado la esponja para secar el horizonte? ¿Qué hemos hecho al separar esta tierra de la cadena de su sol? ¿Adónde se dirigen ahora sus movimientos? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos incesantemente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, de lado, de todos lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos como errantes a través de una nada infinita? ¿No nos persigue el vacío con su aliento? ¿No hace más frío? ¿No veis oscurecer, cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? (F. Nietzsche, La gaya ciencia).

· · ·

Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido […]

Una sociedad sin Dios -una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente- es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue cuando se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina (Benedicto XVI, La Iglesia y el escándalo del abuso sexual, 2019).

La lucha del Bien y del Mal

En este punto hemos de tener cuidado, porque un juicio crítico como el que hacemos no responde al simple hecho de que existan unas estrategias, más o menos poderosas, para minar los valores humanos o destruir el cristianismo. Esto no es sino la punta del iceberg del verdadero problema, que es mucho mayor, más profundo, más simple y, por supuesto, más serio. Se trata de la lucha ancestral y permanente entre el Bien el Mal, ambos concretos y personales. Esto es más importante que las luchas que vemos entre comunismo y capitalismo, entre clases sociales, entre sexos o entre diferentes concepciones políticas.

No se puede explicar la fuerza de la Iglesia a lo largo de los siglos si no es porque está respaldada por la gracia de Dios y es instrumento suyo para la salvación del mundo. Pero tampoco se puede explicar la fuerza del mal, en sus innumerables manifestaciones, sin recurrir al ser personal que lo sustenta e impulsa, que es el demonio, cuyo poder explica que se haya pervertido la condición humana de manera tan profunda y generalizada.

Si esto es así, no podemos pensar en soluciones sociales y políticas que, ciertamente, son necesarias, pero que se revelarán inútiles en una batalla de dimensiones cósmicas. Hace falta una respuesta que se sitúe en el mismo nivel en el que se está librando la auténtica contienda. Hemos de tener cuidado de no combatir en otra guerra distinta o en otro campo de batalla.

Más adelante veremos detalladamente en qué consiste esta lucha, pero podemos adelantar que la respuesta adecuada a esta situación no es otra que la santidad personal.

3. La Iglesia en el mundo

a) Presión del mundo sobre la Iglesia

La batalla entre el Bien y el Mal tiene para el cristiano una forma muy concreta: el martirio. Vivimos el momento de la historia más claramente marcado por una rabiosa defensa de la libertad, la justicia, los derechos humanos, la verdad, la vida, etc. Y, paradójicamente, nuestro tiempo constituye la etapa histórica en la que quizá haya existido menos libertad verdadera, como lo demuestra el hecho de que sea la etapa en la que ha habido más mártires cristianos, sencillamente porque jamás se ha luchado más contra la libertad, la verdad o el bien, aunque se presuma de buscarlo por encima de todo. De hecho, mientras el mundo dice ofrecer a todos la libertad de todo lo que se quiera, les niega a los cristianos las libertades más básicas, como la de expresar sus ideas, de hacerse visibles, de conciencia, incluso de vivir. Más aún, son perseguidos y aniquilados por ser, precisamente, una amenaza para esas libertades que a ellos se les niegan.

Esta persecución no se limita a la acerba crueldad del mundo comunista. En el occidente democrático y liberal la persecución es menos sangrienta en lo físico, pero más demoledora en lo espiritual y moral, precisamente porque es más disimulada y por tener la complicidad de muchos estamentos y miembros de la misma Iglesia.

La persecución en el mundo capitalista tiene sus más claros exponentes en las principales estructuras globales, como la masonería o el grupo de Bilderberg, que están empeñados en destruir el cristianismo y la Iglesia mediante una serie de estrategias, a las que hemos aludido, perfectamente planeadas y ejecutadas.

Y junto a esta persecución externa, estas estructuras tratan de acabar con la Iglesia desde dentro, porque es la forma más eficaz de conseguir destruirla. Esto lo hacen creando una fascinación general por una supuesta armonía mundial y por una serie de valores etéreos y sin contenido real, adormecen al ser humano y lo sumergen en la mediocridad que lo hace perfectamente sumiso a los imperativos de las estructuras globales anticristianas.

La razón de esta estrategia destructiva no es otra que el hecho de que la Iglesia católica es prácticamente la única que puede poner en peligro los planes inhumanos -además de anticristianos- que pretenden apoderarse del mundo y apartarlo de Dios.

El materialismo en el que vivimos ha llevado a la pérdida de los valores que sustentan a la humanidad y con ello ha hecho que se pierda la valentía para defender esos valores. Veamos qué pocos cristianos se sienten responsables de defender los valores evangélicos aceptando el precio de su postura; o, por el contrario, cuántos cristianos viven avergonzándose en público de serlo y tratando de disimularlo. Como consecuencia, la primacía de la comodidad nos hace creer que la fe tiene que hacer nuestra vida más cómoda y hace imposible que un cristiano se pueda plantear el dar la vida por la fe, la verdad, la justicia…, e incluso que viva las consecuencias elementales de su fe. La valentía al vivir o defender la fe se descalifica como enajenación6, lo que pervierte la esencia de la fe y de la redención, cuya finalidad tendría que ser, según esta visión, ayudarnos a vivir más cómodamente. Al final, el amor que Dios nos muestra y al que nos llama acaba convertido en un cómodo egoísmo que no puede salvar.

b) Consecuencias de la acción del mundo en la Iglesia

División y guerra interior

Esta oposición a la Iglesia, en la medida que consigue entrar dentro de ella, divide a la Iglesia. Y aceptamos como normal la división entre «progresistas» y «conservadores», y que lo que se hace o se dice en una parroquia no tenga nada que ver con lo que realiza otra, como si pertenecieran a iglesias distintas. ¡Pero un rasgo esencial de la Iglesia es la unidad, la comunión! Una Iglesia dividida no es Iglesia de Cristo7.

En el fondo, esta situación lleva a unos y a otros, dentro y fuera de la Iglesia, a realizar un juicio sobre lo que está bien o mal, lo que sirve y se necesita y lo que no vale y estorba. Y los que se han liberado de las cadenas de Dios, la moral o la virtud van creando simpatías que llevan a alianzas para engrosar las filas de un inmenso ejército que pueda eliminar a quien piense de manera diferente. Por eso, el mundo aplaude a los cristianos que se asimilan a él. Estos cristianos reestructuran la fe y la moral para alcanzar la «sintonía» con el mundo8, mientras otros cristianos tratan de defender el patrimonio multisecular y divino de la fe frente al ataque del mundo y de sus tentáculos eclesiales. Estos dos juicios contrapuestos dan origen a una indiscutible tensión y conflicto dentro de la Iglesia, que afecta a todos sus estamentos.

Esta auténtica guerra eclesial es una grave amenaza para la misma Iglesia porque hace imposible la comunión básica en la que ella se fundamenta. Evidentemente, este conflicto se basa en la discrepancia de juicios sobre la realidad; por eso su solución exige que hagamos un juicio crítico sobre lo que sucede. Por eso tendremos que hacer ese juicio, pero no desde una perspectiva meramente humana, al margen de Dios, sino precisamente desde la mirada de Dios y su intención al crear al mundo y al ser humano.

La sal se vuelve sosa

En esta situación es en la que tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo. Pero si la sal se vuelve sosa y la luz se oculta, ya no pueden transformar el mundo. La tragedia de Occidente no se limita a la guerra «espiritual» entre el bien y el mal, en la que la mayor parte de instancias de influencia o poder se alinean con el mal, sino que la sal «se ha vuelto sosa» (Mt 5,13) y la Verdad se ve atacada desde fuera por el mundo y desde dentro de la misma Iglesia. No sin razón afirmó Pablo VI, a propósito de los conflictos que rodearon el concilio Vaticano II que «a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios»9. Y hemos ser conscientes de eso.

Ya hemos señalado que el imperio del materialismo hace muy difícil la defensa de los verdaderos valores humanos, que se denuncian por el mundo como irracionales y deshumanizadores. Esto hace que resulte muy difícil esperar que la Iglesia, en su conjunto y como institución, responda adecuadamente al reto que plantea esta situación generalizada y dé la batalla del Bien contra el Mal, si no se coloca en su sitio.

En la mentalidad imperante se defiende como un axioma incuestionable la importancia de la acción sobre el ser, de donde se desprende el enfoque eminentemente «pastoral» de la Iglesia a partir del Vaticano II, según el cual lo que realmente importa no es tanto el contenido y el sentido de la fe, sino la acción, que comienza por ser expresión de la fe y acaba siendo autónoma de la misma. Es un cambio paralelo al que se ha realizado en la sociedad dándole primacía a la acción sobre los valores, para luego construir una justificación de dicha acción creando nuevos valores sobre los que construir la ética, la política y toda la realidad. El proceso es simple: Primero se determina que lo verdaderamente importante es lo que hacemos, que es lo «real», no lo que pensamos o creemos, que es algo etéreo e «irreal». A partir de aquí, al ser la acción autónoma, uno puede hacer lo que quiera. Finalmente, esa acción, que encarna lo verdadero y bueno, se convierte en patrón para justificar que se siga actuando así, creando un pensamiento, una ética e incluso una teología a gusto del consumidor. Y ya tenernos un «sistema» de pensamiento y de acción perfectamente manipulable por sus dueños e invencible para los extraños.

Estos nuevos «valores», en gran medida anticristianos, han sido asimilados por grandes sectores de la Iglesia como propios, en detrimento de los auténticos valores cristianos de verdad, libertad, amor, respeto, vida, matrimonio, sexualidad o, incluso, democracia.

Igualmente se ha caído en un complejo inducido por el que se cree que la verdad está en lo nuevo, que es lo «progresista», sólo por ser nuevo, con desprecio a la tradición o las propias raíces. Al final, acaba buscándose lo nuevo por nuevo, como si eso fuera sinónimo de verdadero, bueno o justo, mientras se desprecia lo tradicional como inservible, incluso la Tradición, que es un fundamento insoslayable de la Iglesia.

Para justificar esta orientación se crea la necesidad de «leer» la Palabra y la fe a la luz del mundo y sus exigencias, en vez de leer el mundo a la luz del mensaje de Dios.

4. La respuesta de la Iglesia

a) Un intento fallido

Desgraciadamente, en la medida en que la Iglesia se empapa del mundo se hace más insensible y ciega para ver el mal que anida a su alrededor. Y eso nos puede pasar a cada uno de nosotros. Esta ceguera hace imposible que la Iglesia pueda ver con claridad el problema y le dé la respuesta evangélica que debe ofrecerle.

El cristiano no puede cerrar los ojos. Puesto que vive enraizado en el mundo real no puede sustraerse al drama al que asiste, ni puede disimularlo, quitándole importancia, o disculparlo como si fuera una moda pasajera. Los que hacen esto -y son muchos- actúan con la irresponsabilidad del que se encuentra ante un agonizante y le anima diciéndole que tiene una simple indisposición de la que se recuperará en un momento. Al final, esta actitud irresponsable no evitará la muerte del enfermo y le hará un tremendo daño al impedir que sea consciente de su gravedad y pueda ponerle remedio o, por lo menos, se prepare adecuadamente para morir. Tenemos que hacer un esfuerzo para abrir los ojos, mirar y querer ver el problema del mal y sus consecuencias, con conciencia clara de que esta mirada forma parte de la respuesta que hay que dar. Debemos asumir la dificultad que supone descubrir la verdad evangélica y aceptar que esa dificultad duele, entre otras cosas, porque va a contrapelo de los criterios y valores del mundo.

Una mirada lúcida a nuestro alrededor nos descubre que la primera y más grave consecuencia de la fuerte presión que ejerce el mundo sobre la Iglesia es la importancia y extensión que está cobrando el gnosticismo en sus variadas manifestaciones. Ya en los albores del cristianismo se fue extendiendo la pretensión de alcanzar la salvación por medio del conocimiento iluminado que uno adquiere con su razón y sus fuerzas. Es lo que se denominó la gnosis, y en la actualidad está presente en la New Age y en diversos movimientos y espiritualidades de carácter orientalista y sincrético, que cada vez tienen mayor fuerza en la Iglesia.

La gravedad y el peligro de esta desviación herética radica en que ofrece una atractiva visión de la fe desde la razón, en la que el misterio revelado por Dios se diluye ante la soberbia del ser humano, que crea y posee el «misterio» de Dios y la salvación con sus meras capacidades. Se presenta como más atrayente y razonable que el Evangelio. Lógicamente, esta tendencia resulta muy seductora para el mundo de hoy y su pretensión de dominarlo todo con sus fuerzas.

Resulta evidente que una distorsión tan grave y esencial como el gnosticismo, en sus muchas y variadas formas, hace imposible que pueda ofrecer al mundo la respuesta que necesita, que no es una justificación intelectual y teológica de sus opciones, sino el don de la salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo.

La falsedad de esta respuesta natural, con la que muchos cristianos pretenden ayudar al mundo, queda patente, en primer lugar, por sus frutos:

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos (Pablo VI, Homilía en la solemnidad de San Pedro y San Pablo apóstol, 29 de junio de 1972).

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La frase con la que Romano Guardini, hace casi 100 años, expresó la esperanza gozosa que había en él y en muchos otros, permanece inolvidable: «Un evento de importancia incalculable ha comenzado, la Iglesia está despertando en las almas».

Se refería a que la Iglesia ya no era experimentada o percibida simplemente como un sistema externo que entraba en nuestras vidas, como una especie de autoridad, sino que había comenzado a ser percibida como algo presente en el corazón de la gente, como algo no meramente externo sino que nos movía interiormente. Casi 50 años después, al reconsiderar este proceso y viendo lo que ha estado pasando, me siento tentado a revertir la frase: «La Iglesia está muriendo en las almas».

De hecho, hoy la Iglesia es vista ampliamente solo como una especie de aparato político. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas y esto se aplica incluso a obispos que formulan su concepción de la Iglesia del mañana casi exclusivamente en términos políticos (Benedicto XVI, La Iglesia y el escándalo del abuso sexual, 2019).

Sin embargo, con ser grave esta distorsión del Evangelio y de la misión de la iglesia, este mal cada vez tiene más fuerza entre nosotros gracias a la pasividad de la mayoría de los cristianos que no ven el problema, no lo quieren ver o lo ven y no hacen nada; o, lo que es peor, justifican su pasividad, cubriéndola de un aparente celo ardoroso en la crítica de la situación. Así, mientras nos dedicamos a criticar la situación general o los casos concretos en que se manifiesta, nos sentimos justificados porque el hecho de criticarlo supone que tenemos una mirada y una actitud más evangélica, cuando, en realidad, no hemos hecho nada, o incluso estamos haciendo algo perverso.

Es verdad que algunos enfrentan el asunto con valentía, llevando su crítica a la acción, pero en forma de ataque generalizado que no suele salvar los medios evangélicos. Pero en la medida en que el mal afecta a todos los estamentos de la Iglesia, está acción contraria da lugar a una serie de guerras que acaban en divisiones escandalosas o en cismas que no resuelven nada. Al final, la Iglesia se ve sumergida en el mismo combate ideológico que afecta al mundo: progresistas contra conservadores, unas espiritualidades o grupos enfrentados a los otros. Esa respuesta combativa esconde en muchas ocasiones la necesidad que tenemos de seguridad: en la medida que vemos que algo está mal lo criticamos o lo atacamos. Curiosamente se suele escamotear la cuestión fundamental que está el cambio personal. De hecho, quienes así actúan nos suelen tener una gran preocupación por la radicalidad o la fidelidad personal a los verdaderos criterios evangélicos. Les interesa mucho la crítica o el combate porque mientras se entregan a ello creen estar haciendo algo eficaz en la lucha contra el mal y a favor de unos criterios buenos. Pero, en la realidad lo que hacen es hablar y oponerse a los contrarios, pero convertirse y tratar de ser más fieles a la voluntad de Dios.

b) La respuesta evangélica

El problema viene del enemigo

El verdadero problema, tanto en el mundo como en la Iglesia, radica en que no estamos simplemente ante un conflicto entre ideas o criterios, ni siquiera ante el enfrentamiento entre instituciones o grupos sociales. Hay una auténtica guerra, que está patrocinada por un enemigo real y personal que tiene el mayor poder que existe después del de Dios.

Y la respuesta tiene que ser proporcionada y evangélica. Por lo tanto, para poder discernir en tan seria y delicada situación tenemos que buscar la luz que nos ofrece la Palabra de Dios. Podría sernos de utilidad dedicar un tiempo prolongado a orar con la parábola del trigo y la cizaña. Veamos el texto y meditémoslo:

Jesús les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”» […]

Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo». Él les contestó:

«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga (Mt 13,24-30.36-43)10.

  • -Lo primero que vemos aquí es el desconcierto -siempre actual- frente a la existencia del mal: ¿De dónde viene la cizaña? Ante la sorpresa de ver crecer la cizaña entre el trigo, los siervos se dirigen al amo a pedirle explicaciones: «¿No sembraste buena semilla?». Y el amo les hace ver, con claridad, que además de él y su semilla, hay un enemigo y otra semilla. Y que la separación definitiva de los frutos buenos y malos sólo se dará al final.
  • -Del mismo modo que estos personajes de la parábola, también nosotros, en nuestra ingenuidad, nos volvemos a Dios cuando descubrimos el mal en el mundo y le preguntamos si su siembra ha sido buena, si no será él quien se ha equivocado y ha fallado su plan. No podemos olvidar, como dice el Señor en la interpretación de la parábola, que el enemigo que siembra la cizaña es el diablo, y que esa semilla son los partidarios del Maligno.
  • -La parábola nos da también una orientación de enorme importancia para comprender nuestra respuesta y nuestra responsabilidad: «La buena semilla son los ciudadanos del reino», que es lo que siembra el Hijo del hombre. No podemos limitarnos a quejarnos del mal, pensando que no tiene solución: nosotros somos la respuesta de Dios al mal en el mundo. «¿Qué hace Dios ante tanto mal?», decimos. La respuesta somos nosotros: a cada uno de nosotros nos ha puesto Dios ahí como respuesta al mal del mundo. Jesucristo no ha muerto en la cruz para darnos una ideología más, entre tantas como existen, sino para crear personas renovadas capaces de «sembrarse» en el mundo y transformarlo según la voluntad de Dios. «Hacen falta santos, hay que pedir a Dios que mande santos», decimos. Casi nos quejamos a Dios preguntando: «¿dónde están los santos?», «¿por qué Dios no envía santos». Precisamente la parábola hace que esas preguntas se vuelvan contra nosotros y nos obligue a plantearnos qué estamos haciendo nosotros, qué somos en realidad, porque tendríamos que ser la buena semilla que Dios ha sembrado en el mundo en que vivimos.

No nos encontramos ante un problema nuevo. En el fondo, se trata de la lucha entre el Bien y el Mal que ya aparece en las primeras páginas de la Biblia:

Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón (Gn 3,15).

Así pues, estamos en medio de una lucha, y no podemos olvidarlo. Y puesto que estamos en una batalla, tenemos que saber de qué batalla se trata, dónde se está librando, para ir allí y luchar en el bando y en la dirección adecuados. Porque a veces los cristianos somos muy combativos, pero nos equivocamos de enemigo y atacamos en el sentido contrario al que deberíamos atacar.

En esta batalla cada uno de los bandos tiene una estrategia y debemos descubrir como «funciona» la estrategia del enemigo y cómo es la estrategia con la que Dios quiere salvar al mundo. Para conocer la dimensión de esta lucha y cómo se libra nos puede ayudar de forma especial el libro del Apocalipsis, que está dirigido a los cristianos del primer siglo, que sufrían en sus carnes la persecución y debían de ser conscientes del combate del que participaban para librar la batalla con garantías de éxito. Este libro quiere infundir esperanza ante la tremenda persecución que experimentan. Veámoslo en concreto:

  • -Participamos de un combate mucho más importante y definitivo del que podemos ver con nuestros ojos: Después de que el dragón intenta devorar al hijo de la mujer (que es la Iglesia y también es la Virgen), su hijo (el Mesías) es puesto a salvo junto a Dios, Miguel y sus ángeles entablan un combate en el cielo, en el que Satanás es derrotado y precipitado a la tierra. Después de esa derrota, el demonio (Diablo y Satanás) persigue a la mujer, que es llevada al desierto fuera del alcance del dragón y salvada de su persecución, hasta que llegue la derrota definitiva del diablo:

Y se llenó de ira el dragón contra la mujer, y se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús (Ap 12,17).

  • -Para la visión de fe del Apocalipsis es claro que la persecución que sufren los cristianos por parte del imperio de Roma (la Bestia) tiene detrás el poder del demonio (el Dragón), que es quien le concede el poder. Y el mundo se pone del lado de la Bestia. Ésa es la lucha en la que están inmersos los lectores del Apocalipsis, y la que sigue siendo la lucha del cristiano, no contra un poder humano con el que podamos medirnos con nuestras fuerzas, sino la batalla de Dios contra el demonio. Si no damos la batalla de Dios estamos perdidos.

Todo el mundo, admirado, seguía a la bestia; y adoraron al dragón por haber dado su autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: «¿Quién como la bestia?, ¿quién puede combatir con ella?». Y se le dio una boca grandilocuente y blasfema y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses. Abrió su boca para blasfemar contra Dios, para blasfemar contra su nombre y contra su morada y contra los que habitan en el cielo. Y se le dio combatir contra los santos y vencerlos, y se le dio autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. Lo adorarán todos los habitantes de la tierra, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero degollado, desde la creación del mundo. Quien tenga oídos, que oiga: El que está destinado al cautiverio, al cautiverio va. El que mata a espada, a espada tiene que morir. ¡Aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos! (Ap 13,3-10).

  • -El Apocalipsis no nos habla sólo del combate de los primeros cristianos perseguidos o del combate final, sino del combate en el que estamos inmersos. Y nos ayuda a comprender nuestra situación, como el primer paso para dar una respuesta adecuada, que es la que también sugiere el Apocalipsis.

Si los intérpretes del Apocalipsis han reconocido generalmente los rasgos de la Bestia mundana en el Imperio romano y en otros poderes mundanos semejantes de la época, ¿cómo nosotros, cristianos del siglo XX, no descubriremos la Bestia maligna en los Imperios ateizantes de los estados modernos que se empeñan en construir la Ciudad sin Dios? El Imperio romano era para los cristianos un perro de mal genio, con el que se podía convivir a veces, aunque en cualquier momento podía morder, comparado con el tigre del Bloque comunista o más aún con el león poderoso de los Estados occidentales apóstatas, cifrados en la riqueza y en una libertad humana abandonada a sí misma por el liberalismo (Ap 13,2.11). Para hacerse una idea de la ferocidad de cada una de las Bestias citadas, basta apreciar la fuerza histórica real que cada una de ellas ha mostrado para combatir y para vencer a los santos, llevándolos a la apostasía. «Por sus frutos los conoceréis». Recordemos que los primeros apologistas cristianos -Justino, Atenágoras, Tertuliano-, en el mero hecho de componer sus apologías, todavía manifiestan una cierta esperanza de que sus destinatarios, el emperador a veces, atiendan a razones y depongan su hostilidad. Entonces, los poderosos del mundo son paganos; pero no son apóstatas. Los actuales, por el contrario, vienen de vuelta del cristianismo, y saben bien que gracias a que no creen o a que callan en la política su fe en Cristo están donde están. Hoy la Bestia mundana, comparada con sus primeras encarnaciones históricas, es incomparablemente más poderosa y seductora, más inteligente en la persecución de la Iglesia, tiene muchos más cómplices, a veces de altura, entre los cristianos, y está más conscientemente determinada en hacer desaparecer de la faz de la tierra a la descendencia de Cristo (Iraburu, De Cristo o del mundo, 85-86).

  • -Pero el Apocalipsis, a pesar del dramatismo de su lenguaje y sus imágenes, contiene, ante todo, un mensaje de esperanza, que nos asegura que el poder de la Bestia es temporal, y el Dragón será derrotado. Por mucho poder que tenga el Mal, aunque parezca que vaya ganando y venza en algún combate, la guerra la tiene perdida. Y esa victoria, que es la victoria del Cordero inmolado es también la victoria de los que le siguen. Ese mensaje de esperanza es lo que mueve a la fidelidad extrema, hasta el martirio, a los que experimentan toda la fuerza del poder del Mal, y son salvados por la fe, la fidelidad y el testimonio, gracias a la victoria del Cordero degollado puesto en pie, que no es otro que Cristo muerto y resucitado. Ellos «no amaron tanto su vida que temieran la muerte», que es lo opuesto de la «calidad de vida» que el mundo nos ofrece: de hecho, amamos tanto esta vida que no sólo tememos la muerte, sino cualquier riesgo que podamos afrontar por ser fieles a Cristo.

Y oí una gran voz en el cielo que decía: «Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo; porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche. Ellos lo vencieron en virtud de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio que habían dado, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte. Por eso, estad alegres, cielos, y los que habitáis en ellos» (Ap 12,10-12)11.

  • -Se nos exhorta a lo mismo que a las iglesias del Apocalipsis, para dar respuesta a este combate en el que estamos inmersos, a cada una según su propia situación. La oración sobre estos textos nos permitirá identificar la situación vivida por los primeros cristianos con la nuestra y aplicarnos la exhortación que el libro sagrado les dirige:

No tengas miedo de lo que vas a padecer. Mira, el Diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis tentados durante diez días. Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida (Ap 2,10).

Conozco tus obras; mira, he dejado delante de ti una puerta abierta que nadie puede cerrar, porque, aun teniendo poca fuerza, has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre. Mira, voy a entregarte algunos de la sinagoga de Satanás, los que se llaman judíos y no lo son, sino que mienten. Mira, los haré venir y postrarse ante tus pies para que sepan que yo te he amado. Porque has guardado mi consigna de perseverancia, yo también te guardaré de la hora de la tentación que va a venir sobre todo el mundo, para tentar a los habitantes de la tierra. Mira, vengo pronto. Mantén lo que tienes, para que nadie se lleve tu corona (Ap 3,8-11).

Conozco tus obras, tu fatiga, tu perseverancia, que no puedes soportar a los malvados, y que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles, pero no lo son, y has descubierto que son mentirosos. Tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero. Acuérdate, pues, de dónde has caído, conviértete y haz las obras primeras (Ap 2,2-5).

Conozco tus obras, tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Sé vigilante y reanima lo que te queda y que estaba a punto de morir, pues no he encontrado tus obras perfectas delante de mi Dios. Acuérdate de cómo has recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y conviértete. Si no vigilas, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti (Ap 3,1-3).

Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas; y vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez; y colirio para untarte los ojos a fin de que veas. Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten, pues, celo y conviértete (Ap 3,15-19).

Esta lucha fundamental, a la que responde en gran medida el Apocalipsis, no es exclusiva de este libro, sino que está presente en todo el Nuevo Testamento, especialmente en las cartas apostólicas que se dirigen a unas comunidades que están experimentando las persecuciones externas y los conflictos internos:

Por lo demás, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos (Ef 6,10-18).

Así pues, sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce en su momento. Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros. Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que vuestra comunidad fraternal en el mundo entero está pasando por los mismos sufrimientos (1Pe 5,6-9; cf. St 4,7).

Hemos de subrayar que estos textos de la Escritura no se refieren a problemas antiguos ya resueltos, sino que estamos ante un problema universal y permanente a lo largo de la historia, que se ha agravado de manera extraordinaria en nuestro tiempo.

Pablo VI ya aplicó el sentido de este combate a la situación de la Iglesia, que, en lo sustancial, no parece haber cambiado:

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: el demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro -que estamos comentando- y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio -en los labios de Cristo- vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma12.

El mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica todo aquel que rehúsa reconocerla como existente; e igualmente se aparta quien la considera como un principio autónomo, algo que no tiene su origen en Dios como toda creatura; o bien quien la explica como una pseudorrealidad, como una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias […] El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser oscuro y perturbador existe realmente y sigue actuando; es el que insidia sofísticamente el equilibrio moral del hombre, el pérfido encantador que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica, o de las confusas acciones sociales, para introducir en nosotros la desviación13.

Es la misma lucha a la que se refiere el mismo Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes:

A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final (GS 37).

Necesidad de discernimiento

Estamos ante una situación muy complicada, en la que hay una clara estrategia del Maligno y de sus colaboradores humanos por acción o por omisión, por eso no podemos dar por supuesto nada, ni fiarnos de nadie sin un serio discernimiento de sus obras y su vida… Seguir a Jesús hoy significa no cerrar los ojos a la realidad y vivir en permanente estado de atención, vigilancia y discernimiento. Los consejos del Señor en este sentido cobran más que nunca una extraordinaria actualidad:

Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis (Mt 7,15-20).

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas… Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn 10,1-2.6-10).

Me maravilla que hayáis abandonado tan pronto al que os llamó por la gracia de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio. No es que haya otro evangelio; lo que pasa es que algunos os están turbando y quieren deformar el Evangelio de Cristo. Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡sea anatema! (Gal 1,6-9)

Queridos míos: no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo (1Jn 4,1).

Ese discernimiento tiene que llevarnos a desenmascarar, en concreto, las obras que realiza el demonio, sin diluirlas entre nuestros «errores» o entre la multitud de opiniones y opciones entra las que nos movemos. Hemos de ser conscientes de que el bien tiene como artífice consciente y directo a Dios y el mal al demonio. Tenemos que saber lo que es de Dios y lo que no es de Dios, lo que es pecado y lo que es voluntad de Dios; dejando, lógicamente, a Dios el juicio de las personas. Para que este discernimiento sea verdadero y evangélico no podemos plantearlo como un simple ejercicio teórico, sino que tenemos que vivir en nuestra carne el drama permanente del mal y sus consecuencias, que compromete mi vida. Eso es lo que hizo el Señor, ante la visión del mal del mundo, se hizo carne, asumió la realidad humana con todas sus consecuencias, y pagó el precio, dejando que el peso del mal cayera sobre él. ¿Estamos dispuestos a que caigan sobre nosotros las consecuencias del mal? El discernimiento verdadero lo hace el que está dispuesto a pagar el precio del mal. Y la cruz de Cristo es la consecuencia de esa opción.

Forma parte inseparable de la cruz del cristiano en la actualidad la conciencia lúcida del proyecto de Dios para la humanidad y el precio que ha pagado para llevarlo a cabo, y, a la vez, la percepción sangrante de la fuerza y las consecuencias del mal en el ser humano, especialmente en las personas más desprotegidas. Seguir a Cristo crucificado significa aceptar el drama de esa lucha y dejar que me desgarre. No solamente no mirar a otra parte, sino mirar ese misterio de amor y de dolor y hacerlo mío. Mantener viva la misma mirada con la que mira Jesús que desde el patíbulo, que descubre el tremendo drama que supone la lucha entre el Bien y el Mal; una lucha que no tiene una «solución» humana sino una «respuesta» divina, que permite trascender el conflicto por la vía del amor, y que consiste, en definitiva, en hacerse uno con el amor de Dios y ofrecer a manos llenas ese amor a la humanidad, aceptando que ésta tome esas manos para tirar en dirección contraria, intentando destruir ese amor y a su mensajero. Ésa es la cruz, que abrazo de la siguiente manera: veo el mal, dejo que me machaque y, desde ahí, hago una opción por el amor, y demuestro ese amor entregándolo -entregándome- a manos llenas, gratis; y, al entregarlo, los demás no sólo se apropian de ese amor, sino que se apropian de mí y tiran de mí. Y entonces uno se desgarra. Mantenerse conscientemente implicado en esas dos fuerzas antagónicas, que tienen detrás el poder-debilidad de Dios-amor y el poder-fuerza de Satanás es lo que constituye la auténtica cruz de Cristo y de sus verdaderos discípulos.

Ahí, en esa cruz, es donde el cristiano se niega a sí mismo («Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mc 8,34)), muere como el grano de trigo en tierra y da verdadero fruto (Jn 12,24-26).

Este discernimiento exige una pasión absoluta por la verdad14, que lleva a la disposición permanente de pagar por ella el más alto precio, incluso la vida. Quizá nuestro gran pecado no es que seamos malos o que hagamos el mal, sino que nos instalamos, más o menos conscientemente, en la mediocridad y encontramos en ella la excusa para eludir la pasión de Dios en nuestra situación, en nuestras limitaciones o en los que nos rodean. Dios entiende nuestra limitación, pobreza y debilidad; pero el cálculo y el regateo es muy difícil de entender en un contexto de amor. Por eso lo que se está jugando es el ser o no ser. Y aquí es donde entran nuestras trampas: Desde lo alto de la cruz de Cristo, Dios nos dice: «Mira cómo te amo». Y yo le digo que quiero responder, pero en lo que yo decida y como lo crea conveniente. Es lo contrario de la pasión por la verdad que vemos claramente en Jesús, y del que resulta verdaderamente «precursor» Juan el Bautista, que muere a manos de Herodes por defender la verdad de Dios frente a las manipulaciones humanas y sus propios intereses.

Para poder discernir la voluntad de Dios en medio de esta encarnizada batalla hay que comenzar buscando la «armonía» interior que siempre existe entre Dios, su Palabra y la Iglesia. Es algo que no se ve a simple vista, pero que si uno se abre al Espíritu Santo entra en una «onda» que sintoniza con la Verdad y de la que se convierte en receptor y altavoz.

Esa armonía tiene mucho que ver con el «estado de gracia»: La Verdad no la creamos nosotros, ni la podemos recibir con la cabeza, como si fuese una teoría. No es algo que podamos crear con nuestras fuerzas o manipular con nuestra inteligencia. La Verdad sólo existe encarnada en una vida. Primero fue el Verbo de Dios, que es la Verdad hecha carne, vida humana. Pero sólo la pueden descubrir los que están dispuestos a vivirla, los que buscan la Verdad-vida y no la verdad-teoría.

La prueba que nos garantiza la autenticidad del discernimiento evangélico es la disposición a pagar el precio de la verdad, estar dispuesto a ser lo que Dios quiere que sea, intentándolo con todas mis fuerzas, aunque caiga a veces por debilidad, pero sin consentirme caer como consecuencia de mis cálculos tacaños o de mi intento de controlar la entrega. La eficacia de la acción de Dios no se demuestra en el efecto persuasivo de las ideas o las convicciones sino en el poder de la Verdad, que sólo se muestra en aquellos que están dispuestos a pagar su «precio», por alto que sea.

Una parte del «precio» de la verdad consiste en mirarnos en el espejo del mal que denunciamos: en él veremos que, en mayor o menor medida, nosotros consentimos en ese mismo mal; y nos servimos de él para sentirnos justificados apoyados que en otras personas o instituciones ese mal es mayor o más visible que en nosotros15. La verdadera lucha contra el mal comienza en uno mismo, como nos enseñan los santos.

Y parte de la forma de controlar y limitar la búsqueda de la verdad es la crítica. Solemos criticar con fuerza lo que entendemos que es el mal, tanto en las personas como en las instituciones, y desde cualquier perspectiva: conservadores o progresistas, optimistas o pesimistas. Toda la fuerza que empleamos en quejarnos de cómo está el mundo y en criticar el pecado y el mal delata el interés que tenemos por evitar realizar un juicio evangélico de nuestra vida. Todo el esfuerzo que ponemos en pensar cómo resolver la situación del mundo y de la Iglesia está justificándonos para no solucionar nuestra incoherencia y nuestra mediocridad. Nos quejamos de que no hay una buena semilla y nos olvidamos que nosotros tenemos que ser esa semilla que Dios ha plantado en su campo, que es el mundo.

¿Dónde está, pues, la esperanza? El mundo está mal, la Iglesia está mal, los buenos están mal… Pero no es ése el problema. El problema es que faltan buenos y sobran mediocres. ¿Hasta qué punto no es peor el mediocre que el ignorante o el débil?

Optimismo y pesimismo

Está crítica, y el modo de hacerla, plantea la cuestión del optimismo cristiano. Al denunciar con fuerza el pecado, muchos piensan que el cristiano es un agorero y un pesimista. Pero si él ha experimentado en su propia vida el triunfo del bien sobre el mal, su misma denuncia profética del mal y sus consecuencias en los demás es una proclamación esperanzada de que ese mal puede convertirse en bien por la fuerza de la gracia de Cristo resucitado, que es lo que él ha experimentado en sí mismo y de lo que se ha convertido en testigo16.

Pero debemos preguntarnos: ¿En qué consiste el optimismo cristiano? Para entenderlo, pongámonos en situación: La mirada de Cristo desde la cruz, ¿es pesimista u optimista? Evidentemente es optimista, porque en medio del mal y sus consecuencias puede apostar por el amor y descubrir el fruto de ese amor; y porque él mismo, con su amor, entrega y sacrificio hace posible ese triunfo. Pero, ¿quién quiere tener ese optimismo? Preferimos el optimismo facilón del que dice alegremente que «todo se va a resolver». Jesucristo no resolvió nada. Hizo algo muy distinto que resolver problemas.

El optimismo cristiano es un aspecto de la virtud de la esperanza y tiene mucho que ver con la verdad. El optimismo humano es un modo de ingenuidad y, por tanto, es falso, porque ignora o pretende eliminar los aspectos negativos de la realidad. Afirma que «todo se va a arreglar», pero realmente no sabe si será así. Jesús, desde la cruz, apuesta la vida por una salvación que desea, vislumbra y hace posible sin negar nada: ni el mal ni el bien. De igual manera, el cristiano no niega el mal, lo acepta y lo sufre por amor; y ese amor asume el mal y lo transforma en germen de una realidad nueva, maravillosamente renovada.

De este modo, parte de la dramática realidad del mal, que no disimula, y afirma con gran fuerza el triunfo del bien sobre el mal, un triunfo que garantiza el amor que se demuestra en la cruz. De manera que la misma experiencia del mal y de sus consecuencias nos abre a la experiencia del triunfo del bien. Un triunfo que se experimenta ya en la tierra, incluso en la cruz («cruz gloriosa»17), y se disfrutará eternamente en el cielo.

Hemos de tener cuidado en no caer en el pecado tan extendido de defender el optimismo natural como si fuera fruto de la esperanza cristiana, porque es lo contrario. El «¡verás como al final todo se arregla!» es el grito de la falta de esperanza. Como no creemos en la fuerza transformadora de la gracia, tenemos que subrayar nuestras capacidades e ilusionarnos con el maravilloso mundo que vamos a crear por nosotros mismos. En el fondo da igual que este optimismo se fundamente en el materialismo marxista o en el materialismo capitalista, porque ambos aspiran a una utopía que prescinde de Dios y, por tanto, es falsa e imposible.

En este sentido, resultan iluminadoras las palabras de Joseph Ratzinger (texto entre comillas) en el libro-entrevista de Vittorio Messori:

Estaría igualmente fuera de lugar aplicarle otro esquema adocenado (optimista; pesimista), porque cuanto más hace suyo el hombre de fe el acontecimiento en que se funda el optimismo por excelencia -la Resurrección de Cristo-, tanto más puede permitirse el realismo, la lucidez y el coraje de llamar a los problemas por su nombre, para afrontarlos sin cerrar los ojos o ponerse gafas de color rosa.

En una conferencia del entonces teólogo, profesor (era el año 1968), encontramos esta conclusión a propósito de la situación de la Iglesia y de su fe: «Puede que esperaseis un panorama más alegre y luminoso. Y habría motivo para ello quizás en algunos aspectos. Pero creo que es importante mostrar las dos caras de cuanto nos llenó de gozo y gratitud en el Concilio, entendiendo bien de este modo el llamamiento y el compromiso implícitos en ello. Y me parece importante denunciar el peligroso y nuevo triunfalismo en el que caen con frecuencia precisamente los contestadores del triunfalismo pasado. Mientras la Iglesia peregrine sobre la tierra no tiene derecho a gloriarse de sí misma. Esta actitud podría resultar más insidiosa que las tiaras y sillas gestatorias, que, en todo caso, son ya motivo más de sonrisas que de orgullo» (Das NeueVolkGottes, p. 150 y ss.).

Este su convencimiento de que «el puesto de la Iglesia en la tierra está solamente al pie de la cruz», ciertamente no conduce —según él— a la resignación, sino a todo lo contrario: «El Concilio —señala— quería señalar el paso de una actitud de conservadurismo a una actitud misionera. Muchos olvidan que el concepto conciliar opuesto a “conservador” no es “progresista”, sino “misionero”».

«El cristiano -recuerda por si hay alguien todavía que le sospeche pesimista- sabe que la historia está ya salvada, y que, al final, el desenlace será positivo. Pero desconocemos a través de qué hechos y vericuetos llegaremos a ese gran desenlace final. Sabemos que los “poderes del infierno” no prevalecerán sobre la Iglesia, pero ignoramos en qué condiciones acaecerá esto» (Ratzinger, Informe sobre la fe).

La esperanza cristiana termina con la falsa oposición optimismo-pesimismo, porque asume el mal y sus consecuencias con lucidez y lucha contra él con todas las fuerzas con la certeza de una victoria que Dios ya ha conseguido, a pesar de que las apariencias digan lo contrario. El que se coloca en Dios no tiene necesidad de buscar el consuelo falso del optimismo natural porque tiene una verdad: «Yo no sé si se va a arreglar, y menos como tú quieres; pero sí sé que Dios está aquí, vivo, presente y amando. Y va a hacer mucho más que “arreglar” el problema: va a transformar la realidad y nuestro corazón con su amor y a hacer presente su salvación y su gloria». El verdadero cristiano tiene una esperanza firme:

Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve? Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia (Rm 8,22-25; cf. 12,12; 15,4).

Pues para esto nos fatigamos y luchamos, porque hemos puesto la esperanza en el Dios vivo, que es salvador de todos, sobre todo de los que creen (1Tim 4,10).

Esta respuesta se basa necesariamente en la ortodoxia, recta doctrina, búsqueda sincera de la verdad, pero no se conforma con ello, sino que tiene que poner en práctica lo que sabe que es verdadero, tiene que hacer realidad la doctrina si quiere dar una respuesta real a la situación de la Iglesia y el mundo. De este modo se supera la falsa oposición doctrina-pastoral, ortodoxia-ortopraxis: las dos son necesarias y las dos se deben conjugar en la práctica.

La contemplación, único camino

Vayamos ahora al núcleo del presente retiro. Hemos visto con cierto detenimiento el problema y la necesidad de una respuesta. Pero, ¿dónde está esa respuesta? La única respuesta eficaz tiene que venir de Dios. A la hora de enjuiciar el mundo y los problemas que existen hemos de aprender de Dios: sólo con su mirada, su actitud, sus intereses… podremos descubrir la realidad de lo que está pasando. Y esta actitud nos descubre que el verdadero problema consiste en dejar de lado lo fundamental, que es Dios. Evidentemente ése es el mayor problema que tiene el mundo, pero también es quizá el error más grave e incomprensible de los cristianos: Planteamos problemas y soluciones al margen de Dios, y si lo tenemos en cuenta es sólo teóricamente. No tenemos la mirada de Dios.

A mediados del siglo pasado varios pensadores, desde diferentes enfoques cristianos, han defendido que él futuro del mundo está en manos de los místicos. El primero fue André Malraux, diciendo que «el siglo XXI será místico o no será», y luego Karl Rahner -al parecer, recogiendo una frase de Raimundo Panikkar- afirmó que «el hombre religioso de mañana será un místico, una persona que ha experimentado algo, o no podrá seguir siendo cristiano… El cristiano de mañana será místico o no será cristiano».

La única respuesta a la grave situación que vivimos consiste en rescatar lo único que es esencial, que es Dios. Y eso sólo se puede hacer -aunque pueda parecer escandaloso- por medio de la contemplación. Si hay una salida y una respuesta a la situación del mundo no es otra que la contemplación, la mística, que no es tener experiencias extraordinarias, sino tomarse a Dios en serio y vivir plenamente para él en las realidades ordinarias.

El gran drama, el pecado mayor que existe, es la deserción de los místicos. Evidentemente el demonio y los poderes del mundo están actuando, pero más grave resulta el abandono de tantas personas que han sido rescatadas y tocadas claramente por la gracia de Dios para recibir una configuración única con Cristo por la acción del Espíritu Santo y se dedican a hacer lo que les parece, aunque sean cosas buenas o piadosas. De alguna forma han renunciado a Dios y quizá son los mayores responsables de esta situación. Porque Dios les da una gracia y una luz para algo muy concreto, y la usan para lo que les parece mejor y, como es bueno, se sienten tranquilos con lo que hacen. No les falta razón: lo que hacen no es malo; pero, ¿es lo que Dios quiere de ellos? Un índice es este problema es la falta de contemplativos en los monasterios, o las actividades a las que se dedican muchos monasterios, como el yoga o el zen, que sin ser actividades malas desdicen de la finalidad que debe tener la vida monástica. Podemos preguntarnos: ¿Qué han hecho los monjes con el llamamiento explícito y la vocación concreta que han recibido de Dios? Pero cada uno debe pensar si no está haciendo lo mismo: ¿Qué he hecho con una gracia que me llama a Dios? ¿Con qué he sustituido a Dios, aunque sea algo espiritual?

Ya hemos dicho que no debemos negar la realidad: hemos de ser conscientes del mal, contar con él. Nuestra tarea, por tanto, no es otra que contemplar. Pero no podemos dedicarnos a «contemplar» el mal o el pecado. Detrás de la crítica y de la queja permanente lo que hay es la contemplación del mal, una excesiva atención a él para señalarlo, sobre todo en los demás. Y eso impide responder al llamamiento interior que Dios nos hace a vivir para él, a que él sea el centro de su vida. Si esto es así, no puedo mirar a otro sitio, que no sea a Cristo. Tengo que contemplarle a él y no hay más. Pero si no lo quiero hacer, por lo que pueda pasar, lo lógico es que me dedique a analizar al mal del mundo o de los demás, a quejarme de ello y a teorizar sobre sus causas y soluciones. Una cosa es ver el mal, saber que existe…, y otra muy distinta es contemplarlo, centrarnos en él. Eso hace que se desvirtúe la visión evangélica de la vida propia del cristiano.

En la misma línea, hemos de evitar la contemplación del hombre y del mundo. Ciertamente el mal no existe fuera del ser humano, y hemos de saberlo y contar con ello. Pero no podemos perdemos en justificaciones o culpabilizaciones, así como como en los conflictos que ello genera, como si de ese juicio o de la batalla contra los «malos» dependiera exclusivamente la salvación del mundo. No vemos que sea esa la actitud de Jesús.

El único objeto de nuestra contemplación ha de ser el Señor. Y no podemos dedicarnos a contemplar al ser humano, ni siquiera a nosotros mismos: lo que nos pasa, lo que sufrimos, lo que nos dicen… porque entonces convertimos la oración en una farsa ya que nos dedicamos a contemplarnos a nosotros mismos, nuestros sentimientos y problemas. Es normal que esa forma de dar vueltas a nuestras cosas ni nos dé luz, ni nos ayude a iluminar a los demás, porque no es oración.

Quizá sea éste el pecado más peligroso tanto de los optimistas como de los pesimistas: hacer un juicio de la realidad que puede ser verdadero, pero dejando, de hecho, a Dios al margen de esa realidad, sin comprender que Dios forma parte integrante -y esencial- de la realidad. Él es lo más real y lo que sustenta todo lo que existe realmente.

Recientemente ha advertido Benedicto XVI del peligro de intentar solucionar esta situación cambiando la Iglesia con nuestras propias ideas y proyectos, para intentar crear nosotros una Iglesia nueva y mejor:

La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer (Benedicto XVI, La Iglesia y el escándalo del abuso sexual).

Toda la responsabilidad y el trabajo que tenemos que realizar, especialmente de discernimiento y fidelidad a nuestra vocación, no nos debe hacer olvidar de dónde viene la salvación y cuál es nuestro lugar, lo cual nos ayuda a combinar la lucidez, el esfuerzo y la paz:

En un determinado momento le he visto abrir los brazos y brindar su única «receta» frente a una situación eclesial en la que ven luces, pero también insidias: «Hoy más que nunca, el Señor nos ha hecho ser conscientemente responsables de que sólo Él puede salvar a su Iglesia. Esta es de Cristo, y a Él le corresponde proveer. A nosotros se nos pide que trabajemos con todas nuestras fuerzas, sin dar lugar a la angustia, con la serenidad del que sabe que no es más que un siervo inútil, por mucho que haya cumplido hasta el final con su deber. Incluso en esta llamada a nuestra poquedad veo una de las gracias de este período difícil». «Un período -continúa- en el que se nos pide paciencia, esa forma cotidiana de un amor en el que están simultáneamente presentes la fe y la esperanza» (Messori-Ratzinger, Informe sobre la fe).

Nuestra tarea no es solucionar todos los problemas, sino saber que tenemos un Salvador, hacernos uno con el Salvador y entregarlo al mundo. Hemos de renunciar al objetivo prioritario de solucionar problemas, porque la mayoría de los problemas no tienen solución, especialmente los que tienen detrás a las personas, porque las personas no se arreglan como las máquinas. No se trata, entonces, de buscar soluciones a los problemas, sino ofrecer la salvación de Cristo a las personas concretas. No se trata de evitar lo que nos duele, sino ayudar a los demás a salir del pecado. Pero para eso hemos de tener a Cristo dentro de nosotros, pues, de lo contrario, ¿cómo vamos a llevar la salvación a los demás si Cristo no vive en nosotros? Nadie puede dar lo que no tiene.

Y ése es el gran drama de la gracia perdida. Hemos recibido gracias a raudales, ¿para qué? ¿Para que, con muchas lamentaciones, consigamos mantenernos? Nos damos por satisfechos con ser buenos, piadosos, hacer el bien…, cuando no deberíamos conformarnos con menos que con ser santos ¿Acaso Jesucristo muere en la cruz para que tengamos la satisfacción de nuestra propia bondad?, ¿para que sobrevivamos?, ¿para que no seamos malos…?

Uno se pregunta qué hacer ante el mundo moderno, uno se hace muchas preguntas. Me dan ganas de responder: no existe solución, existe el Salvador. No hay más que hacer que seguir al Salvador, hacer hoy lo que nos pide hoy, hacer mañana lo que nos pida mañana. Y yo os puedo decir en seguida lo que El hará en primer lugar: salvaros.

No es suficiente amar a Dios y a los hombres, porque es imposible. Cristo ha venido a hacer posible este amor en nosotros ofreciendo la gracia de su amistad: es el abismo al que él nos pide responder.

En tanto que los hombres no se vuelvan locamente hacia él, comprendiendo que tienen necesidad de ser salvados, nada serio se hará en el mundo: el que no sabe hasta qué punto necesita ser salvado, no puede-comprender hasta qué punto es salvado (Molinié, El coraje de tener miedo, segunda variación).

Respuesta personal concreta

La respuesta a la situación del mundo en este momento está en manos de los cristianos que son conscientes de que han recibido la gracia de Dios, siempre que custodien ese depósito, lo defiendan con la vida y lo trasmitan con fidelidad. Sin embargo, la primera y gran tentación en la que cae la mayoría de los que tienen la gracia del encuentro personal con Jesucristo es convertir esa gracia en una mera experiencia interesante, pero que no tiene que ver con la voluntad de Dios. Y, ¿por qué se hace eso? Porque custodiar el depósito de la gracia, defenderlo y transmitirlo tiene como precio la cruz, la entrega de la propia vida. Eso no quiere decir que esos cristianos tengan que morir físicamente de forma irremediable, sino que hemos de dejar de dedicar tiempo y energías en lamentarnos de la situación y en señalar a los culpables de la misma para emplearnos a fondo en mantenernos fieles a la verdad recibida, sabiendo que esa fidelidad nos va a llevar al martirio; pues, aunque no muramos físicamente tendremos que arrostrar una muerte no menor, fruto de la persecución externa del mundo y la interior proveniente de la misma Iglesia. No en vano estamos asistiendo a la época con mayores mártires cristianos de todos los tiempos. Y lo más significativo no es el hecho de este martirio tan extendido, sino el silencio que se extiende sobre esa realidad, que ni siquiera los mismos cristianos consideran o valoran.

Para esto resulta imprescindible superar la inercia a la comodidad y recuperar el espíritu de heroísmo, que es la prueba del amor cristiano, reconocer la necesidad de esta batalla y decidir entrar en ella. Para lo cual es imprescindible dirigir una mirada enamorada a Cristo que nos empapa de su misma pasión por la gloria del Padre y su mismo amor a la humanidad que hay que salvar por medio del amor crucificado. El que está enamorado de Cristo se enamora también de dar la vida por él.

Hará falta, pues, un nuevo «resto», como el de Israel, para que sobreviva la Verdad ante el ataque generalizado de la Mentira. El resto que convoca el Señor como respuesta al pecado de su pueblo. Un resto que mantenga vivo el calor de la fe, que no es otra cosa que la pasión de Dios, que es la pasión en la que se consume la vida de Cristo. Sin ese «resto» todo estaría perdido:

Si el Señor del universo no nos hubiera dejado un resto, seríamos como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra (Is 1,9; cf. 10,20-22; 37,22).

Y este resto no es cualquier grupo de resistencia, sino algo muy concreto, que debe tener unas características bien definidas.

Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor. El resto de Israel no hará más el mal, no mentirá ni habrá engaño en su boca. Pastarán y descansarán, y no habrá quien los inquiete (So 3,12-13)18.

El único modo de salvar la Verdad exige la fidelidad de esos ‑quizá pocos‑ cristianos, de pequeñas comunidades, que acepten el martirio que supone mantener los ojos abiertos ante el mal, abrazar sus consecuencias en cruz y convertirse, por el amor, en instrumentos de la presencia redentora de Cristo. No sabemos si serán muchos o no, o si la jerarquía de la Iglesia estará a la altura de las circunstancias: pero hacen falta personas que se tomen en serio el vivir a fondo la radicalidad del Evangelio.

La gravedad del problema del mal y su fuerza ponen de manifiesto la necesidad de una respuesta verdadera, proporcionada y eficaz. A esa respuesta hemos de dedicar todos nuestros esfuerzos, evitando dispersarlos en batallas inútiles. Realmente, hoy como siempre, lo único que necesita Dios para salvar al mundo son santos, verdaderos santos; no le sirven personas las personas simplemente bienintencionadas o piadosas.

Esto, en concreto, nos obliga a lo siguiente:

  • -Silencio y autoconciencia, para evitar la manipulación de los medios, la política y la tecnología (especialmente Internet), que pretenden deshumanizarnos, convirtiéndonos en animales de granja, como ya predijo Orwell en «1984» y «Rebelión en la granja».
  • -Oración profunda que rescate la verdad de Dios entre tantas mentiras vestidas de verdad como nos rodean y hay dentro de nosotros.
  • -Autenticidad y fidelidad personales a la voluntad de Dios que nos ha manifestado. Lo menos que se nos puede pedir es que seamos fieles a lo que sabemos que tenemos que hacer. Nos pensamos la vida pensando cómo se solucionar los problemas, mientras descuidamos lo verdaderamente importante, que es ser radicalmente fieles a lo que ya sabemos que es la voluntad de Dios.
  • -Radicalidad evangélica: vivir de verdad los valores que decimos creer.
  • -Pasión por nuestra vocación. No basta con que estemos convencidos de que Dios nos llama a algo, tenemos que enamorarnos de nuestra vocación; pero no como una tarea, una responsabilidad o una carga, sino como fruto del amor de Dios por nosotros y expresión de nuestro amor por él.
  • -Fidelidad a nuestra misión. Si sé cuál es mi misión, tengo que ser fiel a ella.
  • -Atención a los pequeños detalles. La vocación y la misión está en los pequeños detalles reales. Nos podemos perdemos en grandes teorías que no sirven más que para distraernos de lo real, que suele ser sencillo y pequeño.
  • -Vivir el momento presente desde Dios. La realidad de la salvación y el Salvador están aquí y ahora, en el momento presente.
  • -Rescatar lo esencial y centrarnos en ello porque el enemigo siempre nos busca en la dispersión y nos lleva a ella. Esto no es complicado, somos nosotros los que complicamos lo simple y simplificamos lo complicado.
  • -Evitar teorizar para mantenernos siempre en el realismo evangélico.
  • -Apostar por las personas concretas y centrarnos en ellas. En realidad, no existe «la humanidad», ni «los jóvenes»… Existen las personas concretas en el aquí y ahora. Con frecuencia el recurso a los colectivos o estructuras sirve de excusa para eludir el realismo de la caridad, la justicia o el servicio. Es más fácil hacer un plan de transformación de una superestructura que entregarse de verdad a ayudar eficazmente a una persona determinada. Hay que orientar la oración a mirar el comportamiento de Jesús en este sentido. Él, que vivió en medio de estructuras claramente viciadas por el mal nos ofrece el modelo perfecto para contemplar sus actitudes y aprender de su comportamiento.

«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él (Mc 3,4-6).

Entonces Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen (Mt 23,1-3).

Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20,26-28).

  • -Buscar, pedir y cultivar la limpieza de corazón propia de la infancia espiritual. El mundo no lo salvarán los políticos, ni los grandes o los fuertes, lo salvarán los místicos y, si no, los humildes, los niños.
  • -Renunciar a juzgar, dejando el juicio a Dios. Una cosa es ver el mal, saber que existe, contar con ello…, y otra cosa, muy distinta, es dar el paso y juzgar. Para hacer ese juicio tenemos que colocarnos en la realidad humana sin más, olvidándonos de Dios; de modo que, aunque tengamos razón, no la tenemos de verdad porque no contamos con Dios y su providencia, de modo que el hecho de juzgar nos saca automáticamente del ámbito de la gracia. Y, si dejo a Dios fuera, todo se convierte en un problema irresoluble. Si, por el contrario, pongo a Dios en medio, ya no puedo juzgar, porque ha cambiado todo. Entonces tengo que ver la realidad y el mal, pero tengo que ver a Dios en sí mismo y ahí en medio. Y eso lo cambia todo. Y aquí aparece de nuevo el problema, porque   como ver a Dios ahí me complica la vida porque me obliga a preguntarle «¿qué quieres?», entonces dejamos a un lado a Dios y nos entretenemos dándole vueltas al problema y juzgando a los demás y sus estructuras. El único juicio que nos es permitido es el que debemos hacer sobre nosotros, sobre la acción de Dios en nosotros y sobre la presencia del mal en nuestro corazón.
  • -Huir de la tentación de proyectar la visión del mal sobre los demás. Cuando uno está huyendo de la propia conversión y no quiere reconocer esa huida suele aprovechar el mal que ve a su alrededor para señalarlo y justificar su virtud en la denuncia de ese mal y en la lucha para eliminarlo en los demás. La huida de la conversión es un mal, pero si me centro en otro mal mayor, más dramático y más urgente, que critico, analizo y denuncio, yo me siento en un camino de crecimiento y dispensado del asunto de mi conversión. Toda la fuerza «profética» ejercida hacia fuera deberíamos empezar por emplearla hacia dentro.
  • -Aceptar el mal y sus consecuencias por amor. Antes de dar el paso a opinar, decir o resolver, debemos dejarnos crucificar por el mal. Eso es amar y amar como Cristo. Y el que está crucificado es el único que tiene derecho a decir algo, porque no lo dice al margen del amor. Esta aceptación es una experiencia de cruz que nos lleva a la conversión y nos convierte en instrumentos de la acción salvadora de Dios, en lugar de ser ineficaces instrumentos de nuestro personal plan de salvación. Esto es algo que vemos con claridad en el ejemplo que nos dan los santos.
  • -Buscar todo lo que haya de bien en nosotros y a nuestro alrededor, para rescatarlo, cuidarlo y defenderlo como el antídoto contra el mal. Dedicar las energías que tenemos, que no son muchas, a buscar el bien, en nosotros y a nuestro alrededor, un bien abundante que Dios ha sembrado y probablemente está arrinconado. Es lo que hacemos ante una enfermedad grave: no nos limitamos a contemplar sus efectos y magnificar su gravedad, sino que potenciamos la salud buscando lo positivo, potenciando hábitos sanos, tomando medicamentos, realizando terapias…
  • -Evitar la lucha inútil que nos hace perder energías y tiempo en batallas personales estériles… La verdadera batalla no se libra no en lo teórico ni en lo visible. La verdadera batalla, en la que hemos de emplearnos a fondo, es la de la santidad, que empieza por la propia coherencia, se orienta a la conversión personal y se manifiesta en la intercesión y en el humilde testimonio de vida evangélica. Sin esto, sobran los discursos y de nada servirá toda la fuerza del mundo.

Todo esto exige un discernimiento claro de la voluntad de Dios sobre nosotros. Aquí hemos de aplicar especialmente lo que hemos dicho más arriba sobre la necesidad de un discernimiento habitual que nos ayude a vivir nuestra vocación y misión como parte de la respuesta que Dios da al problema del mal en el mundo ante la necesidad de salvación que tiene la humanidad.

Para concluir, podríamos resumir lo dicho hasta aquí diciendo que la grave situación del mundo actual se debe a la ausencia de Dios, y la única respuesta posible es la presencia de Dios: hacer presente a Dios en nuestra vida y en el mundo a través de la contemplación y de la adoración.

Apéndice: el magisterio pontificio reciente

Pío XII: problemas y propuestas

Ya Pío XII intuyó el problema y proporcionó propuestas de solución que hay que tener en cuenta:

Una tibieza demasiado difundida que a muchos impide el emprender aquella vuelta a Cristo, a la Iglesia, a la vida cristiana, que tantas veces hemos señalado como definitivo remedio de la crisis total que agita al mundo […] No podemos permanecer mudos e inertes ante un mundo que inconscientemente prosigue por aquellos caminos que conducen al abismo almas y cuerpos, buenos y malos, civilización y pueblos. El sentimiento de Nuestra responsabilidad ante Dios exige de Nos el intentarlo todo, el emprenderlo todo, para que al género humano le sea ahorrada desgracia tan grande […]

Es necesario que todo fiel, todo hombre de buena voluntad, se torne a examinar, con una resolución digna de los grandes momentos de la historia humana cuanto personalmente pueda y deba hacer, como contribución suya a la obra salvadora de Dios, para venir en socorro de un mundo, que hoy se haya camino de la ruina.

La persistencia de una situación general, que no dudamos en calificar de explosiva a cada instante y cuyo origen tiene que buscarse en la tibieza religiosa de tantos, en el bajo tono moral de la vida pública y privada, en la sistemática obra de intoxicación de las almas sencillas a las que se le propina el veneno después de haberles narcotizado -digámoslo así- el sentido de la verdadera libertad, no puede dejar a los buenos inmóviles en el mismo surco; contemplando con los brazos cruzados un porvenir arrollador […]

Ha llegado el tiempo de dar los otros pasos definitivos, es tiempo de sacudir el funesto letargo; es tiempo de que todos los buenos, todos los preocupados por los destinos del mundo se reconozcan y aprieten sus filas; es tiempo de repetir con el Apóstol: «¡Ya es hora de que nos despertemos del sueño, porque ahora está próxima nuestra salvación!» (cf. Rm 14,11).

Es todo un mundo, que se ha de rehacer desde los cimientos, que es necesario transformar de selvático en humano, de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios. Millones y millones de hombres claman por un cambio de ruta, y miran a la Iglesia de Cristo como fuerte y único timonel que, respetando a la humana libertad, pueda ponerse a la cabeza de empresa tan grande, y le suplican la dirección de ella con palabras claras y más aun con las lágrimas ya derramadas, con las heridas todavía sangrantes, señalando los inmensos cementerios que el odio organizado y armado ha extendido sobre la faz de los continentes […]

Este no es el momento de discutir, de buscar nuevos principios, de señalar nuevos ideales y metas. Los unos y los otros, ya conocidos y comprobados en su sustancia, porque han sido enseñados por el mismo Cristo, iluminados por la secular elaboración de la Iglesia, adaptados a las inmediatas circunstancias por los últimos Romanos Pontífices, tan sólo esperan una cosa: la realización concreta.

¿De qué serviría el investigar las vías de Dios y del espíritu, si en la práctica se eligieran los caminos de la perdición y con docilidad se doblegase la espalda al flagelo de la carne? ¿De qué saber y decir que Dios es Padre y que los hombres son hermanos, cuando se temiese toda intervención de Aquel a la vida privada y pública? ¿De qué serviría el disputar sobre la justicia, sobre la caridad, sobre la paz, si la voluntad estuviese ya resuelta a rehuir la inmolación, el corazón determinado a encerrarse en glacial soledad, y si ninguno osase ser el primero en romper las barreras del odio separador, para correr a ofrecer un sincero abrazo? Todo esto no haría sino convertir en más culpables a los hijos de la luz, a los cuales les está menos perdonado, si han amado menos. No es con esa incoherencia e inercia como la Iglesia transformó en sus comienzos la faz del mundo, y se extendió rápidamente, y perduró bienhechora en el correr de sus siglos y conquistó la admiración y la confianza de los pueblos.

Quede bien claro, amados hijos que en la raíz de los males actuales y de sus funestas consecuencias no está, como en los tiempos pre-cristianos o en las regiones aún paganas, la invencible ignorancia sobre los destinos eternos del hombre y sobre los verdaderos caminos para conseguirlos: sino el letargo del espíritu, la anemia de la voluntad, la frialdad de los corazones. Los hombres, inficionados por semejante peste, intentan, como justificación, el rodearse con las tinieblas antiguas y buscan una disculpa en nuevos y viejos errores. Necesario es, por lo tanto, actuar sobre sus voluntades […].

Manos, pues, al arado: Os mueve Dios que así lo quiere, os atraiga la nobleza de la empresa, os estimule su urgencia; y que el justificado temor de tremendo porvenir que seguirá a una culpable inercia venza todo titubeo y vigorice todas las voluntades (Pío XII, Por un mundo mejor. Exhortación a los fieles de Roma y al mundo, 10 de febrero de 1942).

San Pablo VI

El papa san Pablo VI, después de afirmar que el humo de Satanás se ha colado en la Iglesia, propone una respuesta concreta, porque no sólo ve el mal en la Iglesia:

Y entonces Nos vemos el tercer aspecto que nos gusta tanto contemplar, la gran extensión de la Humanidad creyente. Vemos una gran cantidad de almas humildes, simples, puras, rectas, fuertes, que creen, que son -según dice San Pedro al final de su epístola- «fortes in fide» (fuertes en la fe). Y quisiéramos que esta fuerza de la fe, está seguridad, esta paz, triunfase sobre los obstáculos que la vida -nuestra propia experiencia y la fenomenología de las cosas- ponen delante de nosotros, y que fuéramos siempre «fuertes en la fe».

Hermanos, no decimos cosas extrañas, difíciles ni absurdas. Quisiéramos tan sólo que hicierais la experiencia de un acto de fe, en humildad y sinceridad; un esfuerzo psicológico que nos diga a nosotros mismos que tratemos de cumplir una acción consciente.

¿Es cierto, no es cierto?, ¿acepto, no acepto? Sí, Señor, yo creo en tu palabra; creo en tu Revelación; creo en quien Tú me has dado como testigo y garantía de esta Revelación Tuya, para sentir y probar, con la fuerza de la fe, el anticipo de la bienaventuranza de la vida que con la fe se nos ha prometido (Pablo VI, Homilía en la solemnidad de San Pedro y San Pablo apóstol, 29 de junio de 1972).

Benedicto XVI

Al principio de su tarea de enseñanza, el joven Ratzinger ya entrevió así el futuro de la Iglesia, que sigue siendo una luz para la respuesta que debemos dar ahora:

El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible. Tampoco vendrá de quienes eligen sólo el camino más cómodo, de quienes evitan la pasión de la fe y declaran falso y superado, tiranía y legalismo, todo lo que es exigente para el ser humano, lo que le causa dolor y le obliga a renunciar a sí mismo. Digámoslo de forma positiva: el futuro de la Iglesia, también en esta ocasión, como siempre, quedará marcado de nuevo con el sello de los santos. Y, por tanto, por seres humanos que perciben más que las frases que son precisamente modernas. Por quienes pueden ver más que los otros, porque su vida abarca espacios más amplios. La gratuidad que libera a las personas se alcanza sólo en la paciencia de las pequeñas renuncias cotidianas a uno mismo. En esta pasión cotidiana, la única que permite al ser humano experimentar de cuántas formas diferentes lo ata su propio yo, en esta pasión cotidiana y sólo en ella, se abre el ser humano poco a poco. Él solamente ve en la medida en que ha vivido y sufrido. Si hoy apenas podemos percibir aún a Dios, se debe a que nos resulta muy fácil evitarnos a nosotros mismos y huir de la profundidad de nuestra existencia, anestesiados por cualquier comodidad. Así, lo más profundo en nosotros sigue sin ser explorado. Si es verdad que sólo se ve bien con el corazón, ¡qué ciegos estamos todos! […]

No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en «oraciones» políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma. Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero seguirá siendo aún necesario el sacerdote que no es especialista, que no se queda al margen cuando aconseja en el ejercicio de su ministerio, sino que en nombre de Dios se pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia. Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros […].

Pero en estos cambios que se pueden suponer, la Iglesia encontrará de nuevo y con toda la determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin. La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica […]

Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas. A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte (Ratzinger, Fe y futuro, cap. V, 1970).

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El 3 de mayo de 2005, el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dirigió una conferencia en el encuentro de presidentes de comisiones episcopales de América Latina, de la que destacamos lo siguiente:

La crisis de la teología de la liberación

En los años ochenta, la teología de la liberación en sus formas radicales aparecía como uno de los más urgentes desafíos para la fe de la Iglesia. Un desafío que requería respuesta y clarificación, porque proponía una respuesta nueva, plausible y, a la vez, práctica, a la cuestión fundamental del cristianismo: el problema de la redención. La misma palabra liberación quería explicar de un modo distinto y más comprensible lo que en el lenguaje tradicional de la Iglesia se había llamado redención. Efectivamente, en el fondo se encuentra siempre la misma constatación: experimentamos un mundo que no se corresponde con un Dios bueno. Pobreza, opresión, toda clase de dominaciones injustas, sufrimiento de justos e inocentes, constituyen los signos de los tiempos, de todos los tiempos. Y todos sufrimos; ninguno puede decir fácilmente a este mundo y a su propia vida: detente para siempre, porque eres tan bella. De esta experiencia, la teología de la liberación deducía que esta situación, que no debe perdurar, sólo puede ser vencida mediante un cambio radical de las estructuras de este mundo, que son estructuras de pecado, estructuras de mal. Si el pecado ejerce su poder sobre las estructuras, y el empobrecimiento está programado de antemano por ellas, entonces su derrocamiento no puede producirse mediante conversiones individuales, sino mediante la lucha contra las estructuras de la injusticia. Pero esta lucha, como se ha dicho, debería ser una lucha política, ya que las estructuras se consolidan y se conservan mediante la política. De este modo, la redención se convertía en un proceso político, para el que la filosofía marxista proporcionaba las orientaciones esenciales. Se transformaba en una tarea que los hombres mismos podían, e incluso debían, tomar entre manos, y, al mismo tiempo, en una esperanza totalmente práctica: la fe, de teoría, pasaba a convertirse en praxis, en concreta acción redentora en el proceso de liberación […].

Relativismo: la filosofía dominante

El relativismo se ha convertido así en el problema central de la fe en la hora actual. Sin duda, ya no se presenta tan sólo con su vestido de resignación ante la inmensidad de la verdad, sino también como una posición definida positivamente por los conceptos de tolerancia, conocimiento dialógico y libertad, conceptos que quedarían limitados si se afirmara la existencia de una verdad válida para todos. A su vez, el relativismo aparece como fundamentación filosófica de la democracia. Ésta, en efecto, se edificaría sobre la base de que nadie puede tener la pretensión de conocer la vía verdadera, y se nutriría del hecho de que todos los caminos se reconocen mutuamente como fragmentos del esfuerzo hacia lo mejor; por eso, buscan en diálogo algo común y compiten también sobre conocimientos que no pueden hacerse compatibles en una forma común. Un sistema de libertad debería ser, en esencia, un sistema de posiciones que se relacionan entre sí como relativas, dependientes, además, de situaciones históricas abiertas a nuevos desarrollos. Una sociedad liberal sería, pues, una sociedad relativista; sólo con esta condición podría permanecer libre y abierta al futuro […].

Relativismo en teología: la retractación de la cristología

La identificación de una forma histórica única, Jesús de Nazaret, con lo «real» mismo, el Dios vivo, es relegada ahora como una recaída en el mito. Jesús es conscientemente relativizado como un genio religioso entre otros. Lo Absoluto o el Absoluto mismo no puede darse en la historia, sino sólo modelos, formas ideales que nos recuerdan lo que en la historia nunca se puede captar como tal. De este modo, conceptos como Iglesia, dogma, sacramentos, deben perder su carácter incondicionado. Hacer un absoluto de tales mediaciones limitadas, o, más aún, considerarlos encuentros reales con la verdad universalmente válida del Dios que se revela sería lo mismo que elevar lo propio a la categoría de absoluto; de este modo, se perdería la infinitud del Dios totalmente otro.

Desde este punto de vista […] afirmar que en la figura de Jesucristo y en la fe de la Iglesia hay una verdad vinculante y válida en la historia misma es calificado como fundamentalismo. Este fundamentalismo, que constituye el verdadero ataque al espíritu de la modernidad, se presenta de diversas maneras como la amenaza fundamental emergente contra los bienes supremos de la modernidad, es decir, la tolerancia y la libertad […].

El recurso a las religiones de Asia

Bajo el signo del encuentro de las culturas, el relativismo parece presentarse aquí como la verdadera filosofía de la humanidad; este hecho le otorga visiblemente en Oriente y en Occidente, una fuerza ante la que parece que ya no cabe resistencia alguna. Quien se resiste, se opone no sólo a la democracia y a la tolerancia, es decir, a los imperativos básicos de la comunidad humana, sino que además persiste obstinadamente en la prioridad de la propia cultura occidental, y se niega al encuentro de las culturas, que es notoriamente el imperativo del momento presente. Quien desea permanecer en la fe de la Biblia y de la Iglesia, se ve empujado, de entrada, a una tierra de nadie en el plano cultural; debe, como primera medida, redescubrir la «locura de Dios» para reconocer en ella la verdadera sabiduría […].

Ortodoxia y ortopraxis

La palabra ortodoxia tenía originariamente, en la Iglesia primitiva y en las Iglesias orientales, casi la misma significación. Porque en el sufijo «doxia», por supuesto, doxa no se entendía en el sentido de «opinión» (opinión verdadera): las opiniones, desde el punto de vista griego, son siempre relativas, doxa era más bien entendido en su sentido de «gloria, glorificación». Ser ortodoxo significaba, por tanto, conocer y practicar el modo justo con el que Dios quiere ser glorificado. Se refiere al culto, y, a partir del culto, a la vida […].

Una cosa sin embargo es clara: las teorías relativistas desembocan en el arbitrio y se vuelven por ello superfluas, o bien pretenden una normatividad absoluta, que ahora se sitúa en la praxis, erigiendo en ella un absolutismo que no tiene lugar […].

New Age

Para los partidarios del New Age, el remedio del problema del relativismo no hay que buscarlo en un nuevo encuentro del yo con el tú o con el nosotros, sino en la superación del sujeto, en el retorno extático a la danza cósmica. Al igual que la gnosis antigua, esta solución se considera en sintonía con todo lo que enseña la ciencia y pretende, además, valorar los conocimientos científicos de cualquier género (biología, psicología, sociología, física). Al mismo tiempo, sin embargo, partiendo de estas premisas, quiere ofrecer un modelo totalmente antirracionalista de religión, una moderna «mística» en la que lo absoluto no se puede creer, sino experimentar. Dios no es una persona que está frente al mundo, sino la energía espiritual que invade el Todo. Religión significa la inserción de mi yo en la totalidad cósmica, la superación de toda división […]

La reedición de religiones y cultos precristianos, que hoy se intenta con frecuencia, tiene muchas explicaciones. Si no existe la verdad común, vigente precisamente porque es verdadera, el cristianismo es sólo algo importado de fuera, un imperialismo espiritual que se debe sacudir con no menos fuerza que el político. Si en los sacramentos no tiene lugar el contacto con el Dios vivo de todos los hombres, entonces son rituales vacíos que no nos dicen nada ni nos dan nada; que, a lo sumo, nos permiten percibir lo numinoso, que reina en todas las religiones. Aún entonces, parece más sensato buscar lo originalmente propio, en lugar de dejarse imponer algo ajeno y anticuado. Pero, ante todo, si la «sobria ebriedad» del misterio cristiano no puede embriagarnos de Dios, entonces hay que invocar la embriaguez real de éxtasis eficaces, cuya pasión arrebata y nos convierte al menos por un instante en dioses, y nos deja percibir por un momento el placer de lo infinito y olvidar la miseria de lo finito. Cuanto más manifiesta sea la inutilidad de los absolutismos políticos, tanto más fuerte será la atracción del irracionalismo, la renuncia a la realidad de lo cotidiano.

El pragmatismo en la vida cotidiana de la Iglesia

Junto a estas soluciones radicales, y junto al gran pragmatismo de las teologías de la liberación, está también el pragmatismo gris de la vida cotidiana de la Iglesia, en el que aparentemente todo continúa con normalidad, pero en realidad la fe se consume y decae en lo mezquino. Pienso en dos fenómenos, que considero con preocupación. En primer lugar, existe en diversos grados de intensidad el intento de extender a la fe y a las costumbres el principio de la mayoría, para así «democratizar», por fin, decididamente la Iglesia. Lo que no parece evidente a la mayoría no puede ser obligatorio; eso parece. Pero propiamente, ¿a qué mayoría? ¿Habrá mañana una mayoría como la de hoy? Una fe que nosotros mismos podemos determinar no es en absoluto una fe. Y ninguna minoría tiene por qué dejarse imponer la fe por una mayoría. La fe, junto con su praxis, o nos llega del Señor a través de su Iglesia y la vida sacramental, o no existe en absoluto. El abandono de la fe por parte de muchos se basa en el hecho de que les parece que la fe podría ser decidida por alguna instancia burocrática, que sería como una especie de programa de partido: quien tiene poder dispone qué debe ser de fe, y por eso importa en la Iglesia misma llegar al poder o, de lo contrario más lógico y más aceptable, no creer.

El otro punto, sobre el que quería llamar la atención, se refiere a la liturgia. Las diversas fases de la reforma litúrgica han dejado que se introduzca la opinión de que la liturgia puede cambiarse arbitrariamente. De haber algo invariable, en todo caso se trataría de las palabras de la consagración; todo lo demás se podría cambiar. El siguiente pensamiento es lógico: si una autoridad central puede hacer esto, ¿por qué no también una instancia local? Y si lo pueden hacer las instancias locales, ¿por qué no en realidad la comunidad misma? Ésta se debería poder expresar y encontrar en la liturgia. Tras la tendencia racionalista y puritana de los años setenta e incluso de los ochenta, hoy se siente el cansancio de la pura liturgia hablada y se desea una liturgia vivencial que no tarda en acercarse a las tendencias del New Age […].

Tareas de la teología

Nos encontramos, en resumidas cuentas, en una situación singular: la teología de la liberación había intentado dar al cristianismo, cansado de los dogmas, una nueva praxis mediante la cual finalmente tendría lugar la redención. Pero esa praxis ha dejado tras de sí ruina en lugar de libertad. Queda el relativismo y el intento de conformarnos con él. Pero lo que así se nos ofrece es tan vacío que las teorías relativistas buscan ayuda en la teología de la liberación, para, desde ella, poder ser llevadas a la práctica. El New Age dice finalmente: dejemos el fracasado experimento del cristianismo; volvamos mejor de nuevo a los dioses, que así se vive mejor. Se presentan muchas preguntas. Tomemos la más práctica: ¿por qué se ha mostrado tan indefensa la teología clásica ante estos acontecimientos? ¿Dónde se encuentran los puntos débiles que la han vuelto ineficaz? […]

El problema de la exégesis se encuentra ligado, como vimos, al problema de la filosofía. La indigencia de la filosofía, la indigencia a la que la paralizada razón positivista se ha conducido a sí misma, se ha convertido en indigencia de nuestra fe. La fe no puede liberarse, si la razón misma no se abre de nuevo. Si la puerta del conocimiento metafísico permanece cerrada, si los límites del conocimiento humano fijados por Kant son infranqueables, la fe está llamada a atrofiarse: sencillamente le falta el aire para respirar. Cuando una razón estrictamente autónoma, que nada quiere saber de la fe, intenta salir del pantano de la incerteza «tirándose de los cabellos» por expresarlo de algún modo, difícilmente ese intento tendrá éxito. Porque la razón humana no es en absoluto autónoma. Se encuentra siempre en un contexto histórico. El contexto histórico desfigura su visión (como vemos); por eso necesita también una ayuda histórica que le ayude a traspasar sus barreras históricas. Soy de la opinión de que ha naufragado ese racionalismo neoescolástico que, con una razón totalmente independiente de la fe, intentaba reconstruir con una pura certeza racional los «praeambula fidei»; no pueden acabar de otro modo las tentativas que pretenden lo mismo […]

Debemos esforzarnos hacia un nuevo diálogo entre fe y filosofía, porque ambas se necesitan recíprocamente. La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana.

Perspectiva

Si consideramos la presente situación cultural, acerca de la cual he intentado dar algunas indicaciones, nos debe francamente parecer un milagro que, a pesar de todo, todavía haya fe cristiana. Y no sólo en las formas sucedáneas de Hick, Knitter y otros; sino la fe completa y serena del Nuevo Testamento, de la Iglesia de todos los tiempos. ¿Por qué tiene la fe, en suma, todavía una oportunidad? Yo diría lo siguiente: porque está de acuerdo con lo que el hombre es. Y es que el hombre es algo más de lo que Kant y los distintos filósofos postkantianos quieren ver y conceder. Kant mismo lo ha debido reconocer de algún modo con sus postulados. En el hombre anida un anhelo inextinguible hacia lo infinito. Ninguna de las respuestas intentadas es suficiente; sólo el Dios que se hizo Él mismo finito para abrir nuestra finitud y conducirnos a la amplitud de su infinitud, responde a la pregunta de nuestro ser. Por eso, también hoy la fe cristiana encontrará al hombre. Nuestra tarea es servirla con ánimo humilde y con todas las fuerzas de nuestro corazón y de nuestro entendimiento.

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Recientemente Benedicto XVI, al analizar la crisis provocada por los escándalos sexuales en la Iglesia, especialmente la pederastia, no deja de proponer respuestas que van más allá de lo canónico:

¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino […]

Primero, sugeriría lo siguiente: si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es redimido. Nuestro ser no redimidos es una consecuencia de nuestra incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana […]

Una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva. Nunca olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me escribió en una de sus postales: «¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, preséntelo!» […]

No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva.

Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además hoy hay mucha gente que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos («martyres») en el mundo. Nosotros solo tenemos que estar vigilantes para verlos y escucharlos…

El hoy de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio del Dios viviente. Si miramos a nuestro alrededor y escuchamos con un corazón atento, podremos hoy encontrar testigos en todos lados, especialmente entre la gente ordinaria, pero también en los altos rangos de la Iglesia, que se alzan por Dios con sus vidas y su sufrimiento. Es una inercia del corazón lo que nos lleva a no desear reconocerlos. Una de las grandes y esenciales tareas de nuestra evangelización es, hasta donde podamos, establecer hábitats de fe y, por encima de todo, encontrar y reconocerlos (Benedicto XVI, La Iglesia y el escándalo del abuso sexual, 2019).


NOTAS

  1. Véase también: «Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. En verdad, en verdad os digo: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida» (Jn 5,21-24). «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» (Jn 9,39).
  2. El 8 de junio de 1978, en la Universidad de Harvard, Alexander Solzhenitsyn, pronunció un célebre discurso sobre «El suicidio de Occidente». Luego otros han continuado con el tema como Jonah Goldberg que ha escrito un libro con el mismo título El suicidio de Occidente o Mark Steyn, en America Alone.
  3. Benedicto XVI ha señalado la importancia del 68 en el giro de la modernidad y de la moral de la Iglesia: «Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada. Para los jóvenes en la Iglesia, pero no solo para ellos, esto fue en muchas formas un tiempo muy difícil. Siempre me he preguntado cómo los jóvenes en esta situación se podían acercar al sacerdocio y aceptarlo con todas sus ramificaciones. El extenso colapso de las siguientes generaciones de sacerdotes en aquellos años y el gran número de laicizaciones fueron una consecuencia de todos estos desarrollos» (Benedicto XVI, La Iglesia y el escándalo del abuso sexual, 2019).
  4. «¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios» (Benedicto XVI, La Iglesia y el escándalo del abuso sexual, 2019).
  5. Véase más abajo la acertada identificación que hace Iraburu de las ideologías contemporáneas con la bestia que utiliza el demonio, tal como muestra el Apocalipsis.
  6. En los medios de comunicación, la literatura o en el cine se plantea abiertamente la ineficacia del martirio. Incluso desde diversos ámbitos de la Iglesia se considera que hay que evitarlo porque dificulta la evangelización al estar en la línea del fanatismo religioso, olvidando que el martirio, como su nombre indica, es «testimonio» y constituye la base del ser cristiano y de la verdadera evangelización. Y en la misma línea se ridiculiza cualquier intento de acercarse al «martirio» ordinario que supone la fidelidad y radicalidad al evangelio, como las familias numerosas, la austeridad de vida, la castidad o la simple devoción.
  7. Cf. Mt 12,25: «Todo reino dividido internamente va a la ruina y toda ciudad o casa dividida internamente no se mantiene en pie»; Jn 17,20-21: «No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado».
  8. Véanse, en este sentido, los textos de los últimos papas, especialmente carta de Benedicto XVI sobre los abusos.
  9. Pablo VI, Homilía en la solemnidad de San Pedro y San Pablo apóstol, 29 de junio de 1972.
  10. Es interesante que Benedicto XVI, al analizar la situación de la Iglesia provocada por los abusos sexuales, acude también a este texto, para recordar que no sólo está la semilla del mal (que aparece con enorme fuerza), sino la de Dios: «Jesús mismo comparó la Iglesia a una red de pesca en la que Dios mismo separa los buenos peces de los malos. También hay una parábola de la Iglesia como un campo en el que el buen grano que Dios mismo sembró crece junto a la mala hierba que “un enemigo” secretamente echó en él. De hecho, la mala hierba en el campo de Dios, la Iglesia, es ahora excesivamente visible y los peces malos en la red también muestran su fortaleza. Sin embargo, el campo es aún el campo de Dios y la red es la red de Dios. Y en todos los tiempos, no solo ha habido mala hierba o peces malos, sino también los sembríos de Dios y los buenos peces. Proclamar ambos con énfasis y de la misma forma no es una manera falsa de apologética, sino un necesario servicio a la Verdad» (Benedicto XVI, La Iglesia y el escándalo del abuso sexual, 2019).
  11. Véase el cántico de los redimidos de Ap 19,1-17, que propone la liturgia y está entreverado con el anuncio de la caída del poder opresor que ha utilizado el demonio. También Ap 7,9-17 anuncia que «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!» y que los vencedores son «los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».
  12. Pablo VI, Homilía en la solemnidad de San Pedro y San Pablo apóstol, 29 de junio de 1972. Ratzinger, Informe sobre la fe, lo sitúa también en la Alocución de la audiencia general del 15 de noviembre de ese mismo año.
  13. Pablo VI, Alocución durante la audiencia general del 15 de noviembre de 1972, citado en Ratzinger, Informe sobre la fe. En una audiencia del año 1977 afirmó: «No hay que extrañarse de que nuestra sociedad vaya degradándose, ni de que la Escritura nos advierta con toda crudeza que “todo el mundo (en el sentido peyorativo del término) yace bajo el poder del Maligno”, de aquel al que la misma Escritura llama “el Príncipe de este mundo”».
  14. El problema de la oración y de nuestros atascos en la vida espiritual suele radicar en que la oración es que es una actividad más en nuestra vida y no está sustentada en la pasión por la verdad del que se plantea radicalmente: «¿Quién eres tú, Señor? ¿Quién soy yo? ¿Para qué me has creado? ¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo lo tengo que hacer? ¿Qué esperas de mí? ¿Qué sucede aquí?».
  15. Recuérdese la enseñanza de la Escritura: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano» (Mt 7,3-5); «Porque quien oye la palabra y no la pone en práctica, ese se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era» (Sant 1,23-24); «Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer» (1Co 10,12).
  16. Recuérdese la proclamación del Ap 7,10: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».
  17. Recordemos el himno que canta: «Salve oh Cruz, única esperanza».
  18. Otras promesas de este período: Jl 3,5; Abd 17; Mi 2,12; 4,7; 5,2.6-7; Za 8,11-12.