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«Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive,
es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19-20).

Introducción

El presente retiro espiritual pretende introducirnos en la contemplación de un modo de vivir la pobreza que tiene una gran importancia para la vida contemplativa porque la presenta en su más profunda relación con la cruz, iluminando la vocación contemplativa y garantizando su autenticidad. Y para hacerlo, nos apoyaremos en el apartado de los Fundamentos titulado «Cruz, pobreza y ofrecimiento»1.

Para empezar, hemos de partir de una importante afirmación: Sólo es verdadero cristiano el que, más allá de ideas o intenciones, se ha identificado profundamente con Jesucristo; y no de cualquier modo, sino por una personal participación en su cruz. Se trata de una identificación que resulta imposible para nosotros; pero por eso mismo el Padre nos regala el Espíritu Santo, entre cuyas funciones principales está la de identificarnos ontológicamente con Jesús crucificado, hasta poder decir, con San Pablo, que «estoy crucificado con Cristo» (Gal 2,20). Esto es tan importante que explica y justifica que algunos cristianos experimenten con fuerza este llamamiento universal a identificarse con el Redentor como la vocación personal a la que Dios les llama y que, consiguientemente, es lo que les define y lo que da sentido y eficacia redentora a su vida.

Realmente, esta identificación con Cristo es la santidad, que no es otra cosa que la «cristificación» de nuestra vida; algo que puede parecer en principio difícil o doloroso, y que, sin embargo, por ser un llamamiento de Dios, es don suyo y fruto de su amor, y ha de ser necesariamente algo posible y fácil. De hecho, Dios no nos puede pedir nada que supere nuestras fuerzas, sino que, al pedirnos algo, nos concede precisamente la gracia necesaria para que lo podamos realizar.

Por lo tanto, el itinerario de la santidad, al ser un don de Dios y estar dirigido a todo ser humano, no puede ser un camino casi imposible y exclusivo de los héroes, como se entiende con demasiada frecuencia. Quizá quien haya visto esto con mayor claridad sea santa Teresa del Niño Jesús, que descubrió la importancia de la pobreza y la confianza como el «caminito» que nos lleva fácilmente al cielo, porque es la vía por la que nos abandonamos en las manos de Dios para que sea él quien nos lleve a la unión de amor con él y a la gloria. Ese camino tiene una clave fundamental, que hace simple y diáfana la santidad al convertirla en el proceso de abandono confiado en Dios: es lo que podríamos denominar el ofrecimiento.

Yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.

Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente.

Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de la Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí.

Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré.

Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito C, 2vº-3rº).

· · ·

A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu Amor misericordioso, y te suplico que me consumas sin cesar, haciendo que se desborden sobre mi alma las olas de ternura infinita que se encierran en ti, y que de esa manera llegue yo a ser mártir de tu amor, Dios mío… (Santa Teresa del Niño Jesús, Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso, 9 de junio de 1895, Or 6).

La joven carmelita de Lisieux ha entendido en toda su simplicidad la esencia del Evangelio: Dios no desea otra cosa que derramar a raudales su misericordia. Pero como su mismo nombre indica, «misericordia» significa «corazón puesto en el miserable», por lo tanto, cuanto más pequeño y mísero es uno más puede ser objeto de la misericordia divina. Por eso, el acto de ofrenda que hace santa Teresa consiste simplemente en acoger humildemente el abismo de la propia pobreza para ofrecérselo a Dios como el único modo de permitirle derramar sobre ella el torrente de su misericordia. Así de simple. En eso estriba la esencia de la santidad y la esencia de la relación de amor entre Dios y nosotros: en el ofrecimiento de nuestra miseria a la misericordia de Dios.

La misericordia divina

No estamos ante cualquier tipo de ofrecimiento, sino ante un ejercicio consciente de amor en forma de entrega, que exige una profunda actitud de auténtica pobreza evangélica. Esto toca la raíz de la fe puesto que ella es, en esencia, la relación personal de amor con Dios, del que recibe la salvación como fruto de su amor infinito e incondicional. Y la fe se origina cuando el sujeto humano de dicha relación reconoce que ha recibido de Dios el don de su amor gratuito e incondicional y corresponde al mismo con su acto de amor humano, por el que se entrega a Dios. Pues bien, el modo más eficaz de realizar esta entrega es entregar -«ofrecer»- a Dios lo que le es más propio y decisivo, que es la propia pobreza.

Esto es lógico, pues Dios no necesita en absoluto nuestras cualidades ni nuestra virtud o nuestros méritos, sino todo lo contrario: podríamos decir que, de algún modo, «necesita» nuestra pobreza, todo aquello que nos hace pobres y vulnerables2. La razón de esto es clara, ya que Dios necesita y espera de nosotros aquello que le permite ejercer con nosotros su misericordia y mostrarnos que nos ama incondicionalmente. Y eso es, precisamente, lo que le tenemos que dar para que él pueda establecer con nosotros una relación personal de amor, a través de la cual pueda invadirnos y transformarnos hasta fundir nuestra vida con la de su Hijo.

Es muy importante, y debemos insistir en ello, que lo único que Dios espera de nosotros es todo lo que nos hace pobres, porque ahí se encierra la incondicionalidad del amor de Dios y el realismo de su misericordia. De modo que toda la vida cristiana no tiene otro sentido que la aceptación de la propia pobreza como única vía para recibir la misericordia de Dios en forma de redención. Esto es, precisamente lo que hace el Verbo de Dios al asumir la pobreza humana por medio de su encarnación, su vida y su muerte, y es lo que le lleva a la resurrección y a la gloria.

Estamos ante la enseñanza nuclear del Evangelio, tal como se desprende claramente de las asombrosas parábolas de la misericordia3 y de la misma acción de Jesús frente a pecadores4, y que podría resumirse con estas palabras suyas dirigidas a los fariseos:

No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «Misericordia quiero y no sacrificio»: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores (Mt 9,12-13).

Esto puede parecer a algunos un salvoconducto para permitir y justificar la ingratitud y la caradura para con Dios, pero no es así, sino todo lo contrario, porque nada mueve más a la entrega que la experiencia del amor recibido5. De hecho, podríamos decir que no hay nada más exigente que el amor. Por eso es tan importante descubrir lo que significa la incondicionalidad del amor con el que Dios nos ama como imperativo incuestionable de amor: «Amemos a Dios, porque él nos amó primero» (1Jn 4,19; cf. 4,9-10). De manera que se manifiesta tanto más claramente el amor de Dios por nosotros cuanto más claro es nuestro inmerecimiento; lo que exige, paradójicamente, que para que brille la misericordia divina es necesario que «brille» el pecado y la miseria humanos:

Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5,20).

Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos (Rm 11,32).

Cuando uno descubre, a la luz de la fe, la infinita hondura del amor divino y sus asombrosas características de misericordia, ternura e incondicionalidad resulta muy difícil no sentirse empujado a poner todos los medios para corresponder del mejor modo posible a dicho amor. Y ese impulso tiene mucha más fuerza que cualquier convencimiento o decisión moral que uno pueda hacer apoyándose en su razón y su voluntad.

Para comprender esto no es suficiente con el mero entendimiento humano, sino que necesitamos la fe, que nos lleva a la contemplación de Jesucristo pobre, comenzando porque, como nos dice san Pablo, «se hizo pobre» (2Co 8,9). El Verbo de Dios, que posee la plenitud de la divinidad, tiene que «hacerse» pobre para salvarnos: el «se hizo carne» de Jn 1,14 supone que la segunda persona de la Trinidad asume nuestra condición humana con todo el realismo de la pobreza que comporta. No parte de la pobreza, sino de la riqueza absoluta de la condición divina; de modo que para asumir a fondo la condición humana y hacerse uno de nosotros tiene que dejar de ser lo que es para ser lo que no es, de modo que decide «hacerse» pobre, con lo que supone de elección libre de la pobreza, de renuncia voluntaria a la condición divina y de trabajo constante para mantenerse en una real condición humana. Así se convierte en el más luminoso exponente del infinito amor con el que Dios nos ama y del precio que ese amor tiene para él.

Conviene que contemplemos al Hijo de Dios en el misterio de su anonadamiento en la pobreza humana, que se inicia en el momento de su encarnación y continúa con su nacimiento, su vida oculta y las diversas elecciones que realiza en ese sentido a lo largo de toda su vida pública. Aunque donde esta realidad se hace especialmente clara y luminosa es en el momento de la pasión y la cruz, que es cuando la pobreza de Jesús muestra más claramente su carácter de despojo y la actitud de abandono con la que él lo vive.

Al contemplar la Encarnación, vemos como el Verbo abandona la condición divina para abrazar libremente no sólo la condición humana sino sus mayores pobrezas, haciéndose hombre, pobre, incomprendido, despreciado, asesinado… La Encarnación da lugar al proceso de «empobrecimiento», en forma de despojo y abandono, que lleva al Hijo de Dios hasta la muerte en cruz, donde no sólo lo da todo, sino que se deja despojar de todo.

Aquí, en la pasión y muerte de Jesús, podemos contemplar las etapas más dramáticas de su despojo:

  • -Los judíos le arrebatan su fama de Mesías y de profeta, tratándolo de loco (Mc 3,21), diciendo que está endemoniado (Lc 11,15), negando que pueda ser un profeta (Lc 7,39) y urdiendo un complot para prenderlo y matarlo (Mc 3,6; Jn 7,1; 11,45-57).
  • -Sus mismos discípulos le despojarán de la seguridad y el apoyo humano que necesita su obra, llegando hasta la traición de Judas (Mc 14,10-11), las negaciones de Pedro (Mc 14,66-72) y el abandono generalizado de todos (Mc 14,50).
  • -El Sanedrín le quita, publica y solemnemente, la identidad de Hijo de Dios (Mc 14,63-65).
  • -El pueblo que le ha seguido, que ha escuchado sus enseñanzas, que ha recibido sus milagros le da la espalda y pide que lo crucifiquen (Mc 15,12-13).
  • -Herodes le arrebata la dignidad moral, utilizándolo como una especie de bufón de corte (Lc 23,8-12).
  • -Pilato, aunque sabe que es inocente, le condena, despojándole de la justicia que merece (Lc 23,4.14-22).
  • -Los soldados le quitan la dignidad física, burlándose de él y abofeteándolo. Además, le arrebatan las fuerzas físicas con los azotes, la corona de espinas y haciéndole cargar con la cruz (Mc 15,14.17; Jn 19,16-17).
  • -Llegados al Calvario, lo despojan de los vestidos, privándole de su intimidad más elemental (Mc 14,24).
  • -Siguen las burlas al crucificado por todos los presentes, incluido uno de los condenados que le acompañan (Lc 23,35-37.39).
  • -Finalmente le quitan la vida. E, incluso, después de muerto, por si acaso, le clavan la lanza para que no quede nada por arrebatar y el expolio sea completo (Jn 19,32-34).
  • -Y lo más significativo es que, además de todo este desgarro que sufre Jesús por parte de los hombres, el Padre le priva de su presencia sensible, sin pedirle permiso y cuando más lo necesita. La oración en el huerto de los olivos (Mc 14,32-36) y el grito de Jesús en la Cruz (Mc 15,34) ponen de manifiesto hasta qué extremos inauditos llega el despojo de que es objeto.

A la vez que contemplamos el proceso del expolio que sufre Jesús en su pasión podemos contemplar su respuesta, que está llena de amor al Padre y a la humanidad, expresado en la aceptación del despojo al que le someten, y que toma forma concreta de humildad, silencio, mansedumbre y perdón.

Al contemplar todos los despojos que jalonan la vida de Jesús podemos ver que constituyen una secuencia constante de tirones que le van arrancando todo, de modo que al final no le queda nada, absolutamente nada. Y entonces es cuando se hace realidad, de modo extraordinario, lo que él mismo nos dice: «Os aseguro que el grano de trigo que muere da mucho fruto» (Jn 12,24). Cuando se ha perdido todo, cuando se ha abandonado todo…, entonces, todo eso que se ha dado, que se le ha arrebatado no se ha perdido, lo tiene el Padre en su corazón para que dé el fruto, increíble y asombroso, de la salvación.

Como vemos, pues, la contemplación de Cristo nos descubre que el denominador común que une toda su vida, su misión y su predicación es la pobreza. Y no una simple pobreza material, sino una pobreza global, que afecta a todos los ámbitos de su condición humana, y que no es fruto de una autoimposición, sino la manifestación más significativa del amor divino que sustenta la encarnación del Verbo y todas las obras de la redención.

Desde el primer momento de la encarnación, el Verbo acepta en obediencia, por amor, el designio salvador del Padre, ofreciéndole toda su vida humana; una vida que él ha aceptado precisamente en un abismal ejercicio de pobreza:

Al entrar él [Cristo] en el mundo dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo -pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Heb 10,5-7).

Este texto de la carta a los Hebreos se sitúa en el contexto del culto que los judíos realizaban en el templo, basado en el ofrecimiento material de las víctimas que los sacerdotes ofrecían en sacrificio ritual. Ése es el marco en el que Hebreos presenta a Jesucristo como el verdadero sacerdote de la nueva Alianza, que se ofrece a sí mismo como víctima desde el instante mismo de su encarnación.

Los sacerdotes judíos ofrecían a Dios animales como expresión -y en sustitución- de su propia entrega y de la del pueblo. Frente a este culto exterior, Cristo renuncia a ofrecer una vida llena de sacrificios para ofrecer el sacrificio de su propia vida -de toda ella- a Dios. Y eso lo hace convirtiendo precisamente toda su vida en un auténtico sacrificio vivo, que comienza en la encarnación y culmina en la cruz.

La razón que explica esta entrega es el amor, en un doble sentido: del Hijo al Padre y de ambos a la humanidad. Un amor que no es un amor cualquiera, sino el amor máximo, que lleva a san Juan a afirmar que Jesús «Los amó [a los suyos] hasta el extremo» (Jn 13,1). Un amor que en el Hijo une la renuncia a la condición divina, la aceptación incondicional de la condición humana, el ofrecimiento de esa vida humana recién abrazada y la renuncia a ofrecer ninguna parte de esa vida ni nada externo a ella para sustituir la entrega absoluta de toda la vida al Padre.

Sólo así se puede hacer de la vida ofrecimiento. «No quieres sacrificios externos que sustituyan el sacrificio de mi vida -como dice la carta a los Hebreos-, me das una vida para que yo te la ofrezca y te la ofrezca hecha sacrificio, convertida en ofrenda».

La pobreza

Como acabamos de ver, estamos ante el núcleo de la redención, en cuya base está el ejercicio de pobreza que, por amor, realiza el Hijo de Dios. Es el acto de pobreza mayor -infinito- que puede existir, por el que el Verbo de Dios renuncia a su condición divina para abajarse -kenosis- a la condición de hombre.

Y esta pobreza no sólo define al Hijo de Dios en su encarnación, sino también en toda su vida. De hecho, no hay nada que Jesús diga o haga que rompa la unidad de su existencia humana, desde su encarnación hasta el Calvario. Allí, la entrega de su vida, en la cruz, en las manos del Padre6, conecta con la entrega obediencial que hizo posible su encarnación, y cierra su vida terrena como un proceso en el que jamás se ha roto el hilo conductor que lo sustenta.

Al contemplar este insondable misterio podemos descubrir que el acto de pobreza del Hijo y su ofrecimiento al Padre no es algo externo que se pueda hacer formalmente, sino que expresa y condiciona la realidad de toda su existencia. Esta ofrenda existencial de Jesús está en la línea de las ofrendas sacrificiales en las que se centraba el culto judío, pero se distingue absolutamente del ofrecimiento material de la vida de un animal que «sustituye» el propio ofrecimiento, porque el verdadero amor no deja que nada sustituya la entrega y el sacrificio que comporta. De hecho, toda la vida de Cristo está empapada por el amor más grande y, por tanto, más sacrificado, haciendo de ella una auténtica inmolación, de la que su muerte será la culminación del sacrificio de toda su existencia. Éste es el tipo de amor al que nadie puede acostumbrarse, ni siquiera el mismo Hijo de Dios, porque es el amor que no puede sustituirse por nada ni permite vivir de sus rentas. Así, Jesús, renunciando a vivir de las rentas del sacrificio hecho en un determinado momento, debe consumirse en un ejercicio constante de entrega sacrificial y pobreza.

Esto es lo que aparece multitud de veces en el evangelio de san Juan cuando Jesús se refiere a su «hora» como el momento culminante de vida y hacia la que se orienta toda ella. Es el momento que une el dolor, el amor, la gloria del Padre y la suya propia, y la salvación de la humanidad:

  • -Cuando, antes de la pasión, intentan eliminarlo por su proclamación de la verdad, Jesús anuncia que «todavía no había llegado su hora» (Jn 7,30; 8,20; cf. 2,4). Él es consciente del momento en que va a realizar esa entrega por la que se convertirá en el grano que muere para dar fruto abundante y, de ese modo, va a ser glorificado por el Padre.

Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,23-24).

  • -Se trata de una hora terrible que provoca deseos de huir, pero Jesús es consciente de que ha venido al mundo para realizar en esa hora su misión salvadora, que le glorifica a él y glorifica al Padre por medio de la pasión salvadora.

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre (Jn 12,27-28).

  • -La noche de su pasión él es plenamente consciente de que ha llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, que es también la hora de amar hasta el extremo (Jn 13,1). Hora del abandono de los discípulos en la que pide y acepta que el Padre le glorifique con la pasión que empieza con la traición de Judas (Jn 13,30-31; cf. 16,32).
  • -Con esa consciencia y decisión, estando a las puertas de la pasión, puede dirigirse al Padre y proclamar que esa hora, que aún no había llegado en Caná ni en los intentos de los judíos para atraparlo (Jn 2,4; 7,30; 8,20), ya ha llegado; pero no simplemente como un momento de dolor y muerte, sino como ocasión de glorificación del Padre y también como glorificación del Hijo, que va a dar la vida eterna a los suyos (Jn 17,1-2), y como su elevación para ser instrumento de salvación (Jn 3,14-15; 12,32).

Así habló Jesús y, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado» (Jn 17,1-2).

Como ya hemos visto, san Pablo nos dice que Jesús «siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2Co 8,9), con lo que nos da la razón fundamental de la kénosis del Hijo de Dios, que es el amor. Así pues, el hecho de que Jesús tuviera que hacerse pobre, y que ése fuera el trabajo de toda su vida supone que, al igual que él y con mayor motivo, nosotros no podemos ser pobres sin «hacernos» pobres, hasta llegar a ser como el grano de trigo que muere en tierra (cf. Jn 12,24). El mismo Apóstol, en la carta a los Filipenses, sacará las consecuencias de esta identificación con Cristo en la pobreza, pidiéndonos que asimilemos nuestros sentimientos a los del Señor:

Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2,5-8).

Este proceso de abajamiento o empobrecimiento (kénosis) del Hijo de Dios culmina en su entrega sacrificial de muerte en cruz. Es el acontecimiento que expresa con mayor claridad el despojo absoluto al que se somete Jesús, dejándose expoliar de todo lo que posee, hasta de la misma vida. Éste es el modo que tiene el Señor de amarnos y manifestar el infinito amor del Padre, por el que nos salva del pecado y de la muerte eterna. Por eso, la contemplación de Cristo hace que el creyente se enamore de él y también de la Cruz -la de Cristo y la suya-, porque en ella descubre la declaración de amor que le hace Dios y la forma de corresponderle con su propio amor, hecho oblación, con el fin de poder ser fundido con Dios ya aquí en la tierra y, luego, por toda la eternidad en el cielo.

El fruto de esta contemplación transforma la vida. El que de verdad contempla a Cristo no puede dejar de sentirse atraído y atrapado por él, enamorado de él hasta el punto de sentir la urgencia de corresponder con la propia vida a su amor. Y así, esa contemplación convierte al discípulo en verdadero contemplativo, es decir, en alguien polarizado hacia ese Cristo que contempla hasta transfigurarse en Cristo crucificado, de manera que puede decir con toda propiedad: «Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, más no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,19-20).

Al enamorarse del Crucificado y de su cruz, el contemplativo busca, acepta y ama todo lo que le permite vivir «crucificado con Cristo», es decir, todo lo que hay de duro y amargo en la vida, todos los sufrimientos imposibles de vencer y que amenazan con destruirle: la humillación, la indiferencia de los demás, el fracaso y cualquier forma de pobreza material, psicológica o espiritual. Todo queda relativizado y pasa a un segundo plano en relación con Cristo.

Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte (Flp 3,8-10).

La cruz

Al llegar aquí es donde aparece la dificultad para realizar el ofrecimiento, porque la cruz real se nos impone como algo imposible de abrazar, ya que se opone a nuestras necesidades y pasiones más profundas e ineludibles. Y el que desea abrazarla experimenta que su vida se convierte en un campo de batalla: por un lado, desea abrazar la cruz, lo que le llevaría a identificarse con Cristo; y, por otro, siente un impulso irrefrenable a huir de la cruz, lo que le apartaría del camino del amor y de la eficacia redentora que Dios quiere dar a su vida. Ésta es la gran batalla en la que se juega la santidad, la batalla que el contemplativo tiene que reconocer y en la que debe concentrar todas sus energías.

Detengámonos un momento aquí para aclarar lo que entendemos por «cruz». En rigor, no deberíamos definir como cruz cualquier sufrimiento o problema, por grande o doloroso que resulte, sino aquel sufrimiento ‑o conjunto de sufrimientos‑ que resulta imposible de aceptar, de afrontar y de amar, y que, además, lo percibimos con tal fuerza que nos da la impresión de que va a destruirnos. Es, en suma, lo que más nos duele, hasta resultarnos insoportable y llevarnos al convencimiento de que somos incapaces de superarlo.

Recordemos algunas precisiones de los Fundamentos que iluminan esta realidad:

Este amor a la cruz no significa que tenga que buscar otros sufrimientos distintos de los que le son propios, ni que deba tratar de acumular la mayor cantidad de sufrimientos posibles, como si el sufrimiento fuera un valor en sí mismo. Se trata de identificar como su cruz aquellos sufrimientos que forman parte de su vida y de los que no se puede desprender, y reconocer en ellos la cruz de Cristo, es decir, la máxima expresión del amor infinito del Salvador, que abrazó su cruz para divinizar la nuestra y hacerla redentora y gloriosa.

Es importante, a este respecto, que no proyectemos sobre la realidad de la cruz una visión materialista de la vida, que valora ésta en la medida del placer que proporciona y justifica todo lo que permite evitar el sufrimiento. El materialismo olvida que el dolor forma parte ineludible de la condición humana pecadora, por eso propone la eliminación del sufrimiento, lo que resulta imposible y lleva necesariamente al fracaso y a un mayor sufrimiento, puesto que al dolor inherente a nuestra vida se le añade el que comporta la lucha imposible por eliminarlo (Fundamentos, V.3.C.b)7.

En realidad, ese sufrimiento que llamamos cruz es el camino del verdadero amor, que nos lleva al corazón traspasado del Redentor, nos introduce en el seno de la Trinidad y nos hace entrar en el cielo, incluso desde nuestro hoy en la tierra. Esto es lo único que el contemplativo desea en esta vida y para lo que reconoce que ha sido creado; por eso, sólo aspira a vivir este misterio y a darlo a conocer a los demás.

Sin embargo, cuando intenta abrazarse de verdad a la cruz, experimenta cómo todo su ser se rebela interiormente contra la cruz, negándola, rechazándola, empujándole a huir de ella de cualquier modo, consciente o inconscientemente8.

Pero el que ha contemplado la luz de Dios en el Crucificado ya no puede huir de la cruz, porque sabe que esa huida le lleva a alienarse, haciéndole huir de sí mismo, de la realidad… y del mismo Dios. La huida de la cruz se convierte así, quizá, en la más dramática forma de suicidio existencial, porque al rechazar la cruz, en la que Dios realiza su obra de salvación, se pierde a sí mismo al perder la obra de la gracia en él. Al tratar de evitar el sufrimiento que amenaza destruirle es cuando realmente se destruye completamente:

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna (Jn 12,24-25).

El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 10,38-39).

Este combate no es sólo el combate que supone la aceptación de la cruz concreta en un momento determinado, sino el combate mantenido permanentemente, como hizo Jesús a lo largo de su vida para ser verdaderamente pobre. Se trata, pues, del genuino combate cristiano, que tiene su culmen en el acto de abrazar la cruz, o mejor dicho, de someterse a la Cruz, tal como lo llevó a cabo el Señor, que «se sometió hasta la muerte, y una muerte de Cruz» (Flp 2,8).

Este sometimiento define el modo evangélico de vivir la cruz, no como algo que decidimos o elegimos nosotros, como si fuéramos los protagonistas de algo heroico, sino como algo que nos viene impuesto, como un despojo del que somos objeto, y que nosotros aceptamos libremente y sin resistencia, porque vemos a través de él el profundo misterio del amor divino.

Llegados aquí, hemos de distinguir la diferencia que existe entre «entregar» y «ser despojado». En el primer caso, uno realiza un acto de pobreza desprendiéndose voluntariamente de algo suyo para dárselo a otra persona; mientras que, en el segundo, le es arrebatado algo que le pertenece. Cuando uno renuncia libremente a un bien propio, a la vez que se desprende de ese bien y hace un ejercicio de pobreza, está afirmando que ese bien le pertenece, y que, pudiendo quedárselo, lo entrega libremente; lo cual supone una cierta manifestación de «riqueza». Evidentemente hay un desprendimiento, una pobreza; pero ese mismo desprendimiento contiene una afirmación de la propia posesión, que se está expresando implícitamente así: «Te doy esto porque es mío y porque quiero dártelo». Por el contrario, el despojo supone que a uno le privan de su propiedad y del derecho a disponer libremente de ella, como diciendo: «Esto es mío porque quiero, y por eso te lo arrebato y me lo quedo».

En este sentido, la cruz es una experiencia de despojo, no simplemente una renuncia voluntaria a algo, sino la aceptación voluntaria de un despojo; de tal modo que para vivirla con un sentido de pobreza evangélica se requiere la disposición libre a dejarse despojar. Por esa razón, la verdadera aceptación de la cruz no está tanto en aceptar el sufrimiento que supone cuanto en aceptar el carácter de despojo que origina ese sufrimiento.

Ésta es la disposición que aparece en toda la vida de Jesús, convirtiéndose en el fundamento de su ser de Hijo de Dios encarnado y de su misión como Salvador del mundo. Es la disposición que sustenta las bienaventuranzas (Mt 5,3-12) y de las que el mismo Jesús es modelo, en las que él proclama que el camino de la verdadera felicidad es de los pobres, los mansos, los que lloran, etc., que son los que aceptan libremente las diferentes formas de despojo a las que les somete la vida.

Así es como podemos comprender que pobreza y cruz se unen íntimamente para formar una única realidad que no se puede separar. Eso explica que el contemplativo ame la pobreza, fundamentalmente porque ama al Pobre por antonomasia, que es Cristo; y en él ama a los pobres que lo representan. Ama la pobreza, además, porque le identifica con el Pobre y le hace participar de su vida, de su corazón y de su amor, que es el amor trinitario. Y por eso desea ser pobre, y no quiere otra cosa; alegrándose, más o menos espontáneamente, por todo aquello que le hace pobre.

A la vez, ama la Cruz porque es la del Crucificado, a quien ama. Ama la Cruz porque ama la Pobreza, de la que es su máxima expresión, porque es la prueba máxima del amor más grande, el anillo del desposorio que el Crucificado le ofrece, su más ardiente declaración de amor, la mano tendida que le arrastra a la Gloria. Por eso, sólo busca y quiere abrazar la cruz, y aprovecha todas las ocasiones que le acercan al sufrimiento para colocarse en la actitud de acogida y receptividad que le permita responder al amor que el Señor le ofrece con un amor del mismo estilo.

Este amor al Crucificado arrastra al contemplativo hacia la unión que le identifica con su Señor; pero antes debe pasar por la batalla que le presenta el hombre viejo, que se opone con toda su fuerza a esa transformación y se parapeta en una invencible resistencia para defender precisamente aquello que hay que destruir para alcanzar la meta.

El ofrecimiento

Estamos en el punto crucial en el que se juega nuestra santidad: tenemos que ser verdaderamente pobres, y para ello hemos de hacernos pobres. Ésa es la puerta a la santidad y, a la vez, es el mayor obstáculo para alcanzarla. Y la llave de esa puerta es el ofrecimiento, que exige que unifiquemos todas las fuerzas interiores para realizarlo, como un acto muy simple y doloroso.

Es un acto que comienza por la contemplación del Crucificado, a través de la cual, Dios se dirige al contemplativo para decirle:

«Has aceptado ser pobre, amas la pobreza, la deseas, te reconoces pobre y no te importa serlo porque sabes que eso es lo que yo amo en ti o, mejor dicho, es por lo que te amo. No te amo por lo que tienes, sino por lo que no tienes. Y porque te amo, deseo llenarte de mí, hacerte rico con mi riqueza. Y para ello sólo tienes que abandonarte en mis manos, vaciarte de todo por medio de la pobreza, para que yo te pueda llenar… Pero, ¿por qué, si te has enamorado de la pobreza, no te enamoras de la pobreza real, la pobreza absoluta, la auténtica pobreza?

No busques maneras y maneras de ser pobre, mientras huyes de tu verdadera pobreza. No vayas intentando aceptar cruces, mientras huyes de tu verdadera cruz.

Y, sobre todo, no busques ser pobre por un lado, mientras por otro lado distinto buscas aceptar la cruz que te desarma. Tu cruz es lo que te hace pobre y tu pobreza es tu cruz. No podrás abrazar la cruz si no la identificas con tu pobreza. Si de verdad me amas y amas la Pobreza, buscarás de verdad ser pobre, y descubrirás que eso sólo se consigue cuando aceptas abrazar, libre y voluntariamente, la cruz».

A partir de aquí y para seguir avanzando en nuestra contemplación debemos volver de nuevo a contemplar al Hijo de Dios que tiene que hacerse pobre (2Co 8,9). Al igual que él, y con mayor motivo, nosotros no podemos pretender ser pobres sin «hacernos» pobres. Y para hacernos pobres de verdad sólo necesitamos, simplemente, abrazar la cruz como nuestra pobreza real. Ahí está condensado el camino del seguimiento de Cristo que nos lleva a la identificación con él. Un camino apasionante, que ciertamente puede resultar duro, pero que con esta luz no resultará difícil de recorrer.

Así es como el contemplativo se sabe pobre y reconoce que no vale nada, no tiene nada, no es nada y no puede nada; pero precisamente desde esa pobreza radical puede reconocer, en todas sus dimensiones, la misericordia divina, que constituye su única riqueza y su verdadera grandeza. Y ésa es la alegría del pobre. Por eso es bienaventurado: precisamente porque no tiene nada, al ser el depositario de la Misericordia, lo tiene todo.

A partir de aquí, la misma pobreza, aceptada y ofrecida, permite a Dios volcar en ella su misericordia y su gracia, convirtiéndola en instrumento eficaz de su poder transformador; de modo que la misericordia de Dios resplandece en la miseria humana y el poder divino se hace fuerte en la debilidad del pobre (2Co 12,9).

Ahora bien, la clave de todo este proceso, y lo que lo hace posible y eficaz, está en el ofrecimiento. Es lo contrario de lo que solemos hacer ante la pobreza, el sufrimiento y la cruz, que es huir. He de saber que, si huyo de mi pobreza, tarde o temprano ésta me alcanzará y me destruirá, porque es imposible que pueda huir de lo que es más mío, de lo que realmente soy yo. Pero si, cuando aparece mi pobreza, en vez de negarla e intentar huir de ella, la acepto humildemente y, reconociéndome en ella, la pongo confiadamente en las manos del Padre, en ese momento mi pobreza es abrazada por Dios y se convierte para mí en el cauce más maravilloso de la gracia. Y entonces es cuando Dios transforma mi vida, volcando sobre ella la luminosidad de su misericordia, que resplandece en mi nada y la llena de luz, y así hace posible que, aunque siga siendo nada, me convierta en una nada gloriosa, porque el Todo se ha derramado en ella hasta poseerla plenamente, transfigurándola hasta divinizarla.

El verdadero contemplativo intuye que, a través de la Cruz, Dios le hace una extraordinaria oferta de amor, de luz, de gracia y de misericordia; por eso buscará todo lo que le hace pobre, se someterá a ello, lo abrazará con amor y lo ofrecerá a Dios con humilde confianza. Así podrá decir, con san Pablo: «Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Co 12,10).

Para llegar a esta disposición se necesita el reconocimiento sincero de ser pobre, indigno de juzgar a nadie y merecedor de las palabras del Señor: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo?» (Lc 6,41-42).

De ahí hay que pasar a la aceptación humilde de ser lo más bajo y miserable que existe, de merecer el mal que se recibe de la vida y de los demás, sin tener ningún derecho a quejarse ni a reprochar nada a nadie.

Esto puede parecer que atenta contra la dignidad humana y contra la misericordia de Dios, que, ciertamente, no me quiere ver humillado, ni me reconoce miserable. No tiene nada que ver con eso. Claro que podemos y debemos reconocer cualidades y valores en nosotros. Pero cuando el Señor habla de la mota en el ojo del hermano y la viga en el propio, no se refiere a que haya que comparar ambas, sino a que debemos reconocer nuestra propia miseria y debilidad, independientemente de que la del otro sea mayor o menor que la nuestra. Eso da igual: no somos nadie para juzgar porque no somos nada. Hay que insistir en que no somos nada, porque sólo así podemos salir de la visión psicológica o comparativa de nosotros mismos para poder entrar en la mirada de fe que nos descubre que, si Dios es misericordia, nosotros tenemos que ser «los míseros». Podemos tener muchas cualidades, pero, a parte de que todo eso lo hemos recibido de Dios, no somos nada, somos pura miseria. Por tanto, tenemos que ser pura miseria, porque todo lo que no es miseria impide la Misericordia.

Quizá ésta sea la dificultad que tiene el salto de fe que lleva a la santidad: la dificultad de pasar del acto de humildad como afirmación teórica de nuestra miseria a la aceptación real de la misma. Este reconocimiento y aceptación no puede limitarse a una mera afirmación formal de pobreza o del propio pecado, sino que es el resultado de abrir los ojos y aceptar mantenerlos abiertos ante la verdad de lo que uno es en lo más profundo de su ser en relación con Dios. Tan simple como poder decir: «Tú eres Misericordia, yo soy miseria. Y eso es lo que nos une». De tal manera que, pase lo que pase, uno no salga de esa mirada. Por tanto, todo me habla de la Misericordia y la miseria. Y esto no es deprimente, ni acompleja, ni agobia. Si aparece este tipo de sentimientos es porque nos hemos salido de la visión de fe. Es todo contrario: uno puede gozarse en la miseria, porque sólo en la medida en que ésta es real y profunda es igualmente real y profunda la Misericordia. Ciertamente, el descubrimiento dolorosísimo del mal que marca nuestra propia vida nos lleva al borde del abismo de la desesperanza: afirmar que no soy nada, que soy pura miseria, por sí mismo me lleva a la desesperación. Pero hay que aceptar llegar al límite de ese abismo para dar el salto de la fe, porque ahí precisamente es donde podemos mirar y vivir esa realidad con paz y gozo porque la vemos con los ojos de Dios y porque reconocemos que aquello que nos hace pobres y vulnerables ante él es precisamente lo que le permite colmarnos extraordinaria e infinitamente de su Misericordia.

En la práctica, para poder entrar en este estado de «lucidez» sobrenatural debo dejar que la vida me machaque y me aniquile hasta reducirme a polvo, de modo que pueda reconocer en ese polvo mi ser más verdadero, porque realmente soy polvo (cf. Gn 3,19), indigno de dirigirme a Dios (cf. Gn 18,27) y de alabarle (cf. Sal 30,10).

Desde este sometimiento a la pobreza debe brotar espontáneamente en mí el reconocimiento agradecido a Dios por esa misma pobreza, ya que, precisamente porque no soy nada lo poseo todo, según afirma el Señor cuando dice que son «bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3), porque Dios «levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre» (Sal 113,7, cf. 1Sm 2,8). Así es la misericordia de Dios: «Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (Sal 103,13-14).

Y el fruto de esta disposición es la actitud de humildad, confianza y abandono que llevan al ofrecimiento de toda nuestra pobreza a Dios, como gozoso acto de amor y agradecimiento. Un ofrecimiento que debe ser absoluto, no tanto porque incluye todo lo que somos y tenemos, sino porque se realiza principalmente por medio de la entrega a Dios de aquello que es para nosotros lo fundamental, nuestro «todo», a lo que se apega nuestro corazón y por lo que el Señor dice que «donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21).

En este sentido deberíamos evitar creer que nos acercamos al ofrecimiento total cuando ofrecemos muchas cosas, las más posibles o casi todas. Podemos caer fácilmente en el espejismo de pensar que realizamos un gran ofrecimiento cuando le entregamos a Dios mucho, incluso realidades a las que estamos muy apegados. Pero no basta con entregar mucho, ni «casi todo». La clave del ofrecimiento transformante está en el ofrecimiento de la pobreza. Si le ofrezco a Dios todo menos lo que me hace verdaderamente pobre, es como si no le ofreciera nada, mientras que si me concentro en hacer el verdadero ofrecimiento crucificado de mi pobreza, aunque no ofrezca nada más, en el fondo le estoy entregando a Dios todo.

Este salto no es difícil, todo lo contrario, es muy simple, aunque se nos escape por ser delicado o pueda resultarnos duro. Y, precisamente porque sólo necesita de la pobreza, es un acto que está al alcance de todos, y se puede realizar en un momento y de una manera sencilla, convirtiéndose así en el fundamento de toda una vida ofrecida. Tal como decíamos al principio, no es más que la síntesis del «caminito» que santa Teresa del Niño Jesús descubrió, y que vale para que todos, especialmente las almas pequeñas, puedan alcanzar las cumbres de la santidad.

¡Que no pueda yo, Jesús, revelar a todas las almas pequeñas cuán inefable es tu condescendencia…!

Estoy convencida de que, si por un imposible, encontrases un alma más débil y más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de gracias todavía mayores, con tal de que ella se abandonase con entera confianza a tu misericordia infinita.

¿Pero por qué estos deseos, Jesús, de comunicar los secretos de tu amor? ¿No fuiste tú, y nadie más que tú, el que me los enseñó a mí? ¿Y no puedes, entonces, revelárselos también a otros…?

Sí, lo sé muy bien, y te conjuro a que lo hagas. Te suplico que hagas descender tu mirada divina sobre un gran número de almas pequeñas… ¡Te suplico que escojas una legión de pequeñas víctimas dignas de tu AMOR…! (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito B, 5vº).

El contemplativo -tanto secular como monástico- está llamado a vivir en plenitud su unión con el Señor y, por tanto, tiene que realizar esta ofrenda, por la que abraza la cruz, que le hace absolutamente pobre, para hacer de su nada una permanente ofrenda de amor a la infinita misericordia de Dios.

Ahí es donde se une y se armoniza la realidad de los distintos elementos que configuran la santidad humana: lo que somos nosotros -nuestra pobreza-, la misericordia de Dios, la cruz y la gloria. Todo esto está armonizado y unido en un misterio de amor que tiene forma de donación y de ofrenda, y que, si lo contemplamos con la adecuada actitud, nos invitará a entrar en su dinámica y nos meterá de manera simple y casi espontánea en el camino de la santidad.

La oración del pobre

Podríamos sintetizar todo lo dicho hasta aquí en una oración, que quizá pueda ser de utilidad a algunas almas como ejemplo de la actitud que deben tener en el camino del ofrecimiento de la pobreza. O también puede servir como guía para la contemplación en este campo.

Señor Jesús:

Tú eres el buen pastor9, que te dedicas a buscar a la oveja perdida, olvidando todo lo demás10. Haz que no retrase mi encuentro contigo para darte mi corazón, tal como soy; porque, si para darte mi corazón espero a ser santo, nunca empezaré a amarte de verdad. Y aunque caiga de nuevo, una y otra vez, en esos pecados que detesto, aunque siga siendo mediocre en mi amor, haz que no me olvide de que lo único que me pides es que nunca deje de amarte tal como soy.

Tú conoces a tus ovejas mejor que nadie11, incluso que ellas mismas; por eso conoces mis limitaciones, mis sufrimientos físicos y espirituales, mis pecados y miserias. Ya que nada de esto te impide amarme, sino que es por lo que me amas, concédeme recordar siempre que lo único que deseas de mí es que te ame tal como soy y te entregue mi corazón.

Tú me amas con el amor incondicional del padre del hijo pródigo12, y quieres que te corresponda amándote siempre, en cualquier momento y en toda ocasión. Ayúdame a dejar de mirar mis dificultades y mi indigencia para poder contemplar la infinita ternura del amor incondicional que te lleva a amarme tal como soy.

Tú has venido a buscar al que estaba perdido13 y estás dispuesto a dar la vida por él14. Ya que sólo me pides que te entregue mi corazón, ayúdame a dejarme encontrar por ti. Que nunca olvide que me amas como soy, y que, aunque quieres transformarme, no me exiges que cambie para amarme, sino que me cambias con tu mismo amor.

Tú muestras tu predilección por los pobres y dijiste que de ellos es el Reino de los cielos15. Haz que descubra la ilimitada profundidad de tu amor por mí, que se crece con mi debilidad y me mueve a aceptar incondicionalmente mi pobreza, para que pueda amarte con ella y sea capaz de responder a tu deseo de que, desde esa pobreza, levante a ti mi corazón desgarrado, para gritarte incesantemente: «¡Te amo, Jesús!».

Tú invitas a abrazar su cruz a quien quiera seguirte16 y sabes que me cuesta creer que sólo te importa el grito de mi corazón y que no necesitas mis cualidades, virtudes o méritos. Ayúdame a no preocuparme por lo que hubiera podido darte para poder dedicarme a ofrecerte lo que realmente tengo, y sólo busque llenar con mi amor por ti el momento presente.

Tú eres el Rey del universo17 y, sin embargo, llamas a la puerta de mi corazón y esperas, como un mendigo, a que te abra18. Dame la santa impaciencia del amor para que no me entretenga alegando mi miseria, y me apresure a abrirte, de modo que puedas entrar en mi vida y la llenes de tu incondicional ternura, y así pueda entregarme ya a ti, sin esperar a ser santo para empezar a amarte, porque si no soy capaz de amarte tal como soy en este momento, probablemente nunca podré amarte de verdad.

Tú me amas con el mismo amor con el que el Padre te ama a ti19, y conoces el miedo que tengo a reconocer mi indigencia, porque si la conociera de verdad moriría de dolor. Por eso, dame la gracia de saber que lo único que puede herir tu corazón no es mi miseria, sino el que ella me haga dudar de tu amor y perder la confianza necesaria para abandonarme en tus manos tal como soy.

Tú llamas a ir a ti a los cansados y agobiados20 y me tienes siempre presente en tu corazón21. Haz que nunca me olvide de ti, que piense en ti en todo momento del día y de la noche, que no realice ni la acción más insignificante por un motivo que no sea tu amor. Dame la audaz seguridad de que, cuando me toque sufrir, tú me darás la fuerza para convertir el sufrimiento en amor.

Tú quieres que sea perfecto como el Padre celestial es perfecto22. Haz que, reconociendo y aceptando mi pobreza, no me resigne a no ser santo, sino que, precisamente por ser tan pobre como soy, luche con todas mis fuerzas para corresponder a tu amor, de manera que no se pierda tu gracia y alcance por tu misericordia la plenitud de tu amor que mis acciones no merecen.

Tú me amas el primero, sin esperar a que te ame23. Haz que me acepte y me ame tal como soy, para que pueda abandonarme plenamente en tus manos, con el firme convencimiento de que, si te entrego mi amor, amándote como soy, tú harás que en esta tierra sea capaz de amar más de lo que nunca haya podido imaginar, y me llevarás a gozar de la plenitud de tu amor en la gloria del cielo por toda la eternidad.


NOTAS

  1. Apartado V,3,C,b de Hermandad de Contemplativos en el Mundo, Fundamentos para vivir contemplativamente en el mundo, Madrid 2019 (2ª ed. corregida), 136-148. Para leerlo en nuestra web pinchar aquí.
  2. Recordemos en este sentido Sal 50,8-15: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños. Pues las fieras de la selva son mías, y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos los pájaros del cielo, tengo a mano cuanto se agita en los campos. Si tuviera hambre, no te lo diría; pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos? Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria».
  3. La oveja perdida (Lc 15,3-7), la moneda perdida (Lc 15,8-10) y el hijo pródigo (Lc 15,11-32).
  4. Recuérdese, por ejemplo, el encuentro de Jesús con Zaqueo (Lc 19,1-10) o con la mujer pecadora (Lc 7,36-50).
  5. Es la misma dificultad a la que se opone con contundencia san Pablo después de anunciar el evangelio de la gracia: «¿Qué diremos, pues? ¿Permanezcamos en el pecado para que abunde la gracia? De ningún modo. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo en el pecado? ¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,1-4). «Entonces, ¿qué? ¿Pecaremos, puesto que no estamos bajo ley, sino bajo gracia? ¡En absoluto! ¿No sabéis que, cuando os ofrecéis a alguien como esclavos para obedecerlo, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia? Pero gracias sean dadas a Dios, porque erais esclavos del pecado, mas habéis obedecido de corazón al modelo de doctrina al que fuisteis entregados; liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia» (Rm 6,15-18).
  6. Recordemos las palabras de Jesús en el momento de su muerte: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
  7. Contemplativos en el Mundo, Fundamentos, 139.141.
  8. Cf. Flp 3,18: «Porque -como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos- hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas».
  9. «Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).
  10. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?» (Lc 15,4).
  11. «Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas» (Jn 10,14-15).
  12. «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”» (Lc 15,20-24).
  13. «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2,17).
  14. «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,28).
  15. «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). Cf. Mt 19,-13-14: «Entonces le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban. Jesús dijo: “Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos”»; Mt 25,40: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».
  16. «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24).
  17. «Pilato le dijo: “Entonces, ¿tú eres rey?”. Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”» (Jn 18,37). «Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: “Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos” (Jn 19,19). «Combatirán contra el Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes» (Ap 17,14; cf. 19,16).
  18. «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).
  19. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15,9).
  20. «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).
  21. «No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17,20).
  22. «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48; cf. Lv 11,44-45; 19,2); cf. Lc 6,36: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».
  23. «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados… Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero» (1Jn 4,9-10.19). «Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8).