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«Pero a cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,12)

1. El contexto

El versículo que vamos a contemplar sólo se puede entender desde el anterior1. El Verbo Creador se hizo presente entre los hombres, tomando carne de una joven virgen nazarena. Nació en el seno del pueblo judío, cumpliendo así las Escrituras. Pero el pueblo depositario de la Promesa no quiso reconocerlo ni acogerlo «porque sus obras eran malas» (Jn 3,19); sino que endureció su corazón y rechazo al Santo y al Justo (cf. Hch 3,14), «clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos» (Hch 2,23). Ese rechazo global del pueblo elegido estuvo encabezado y fomentado por sus representantes religiosos. Fue el Sanedrín quien lo condenó, y quien presionó a la autoridad romana para que lo crucificaran. Por tanto, con toda razón y dolor, puede proclamar el evangelista que «vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11).

Así pues, en la medida en que el rechazo fue culpable, parece que a Israel no queda más que aplicarle el tremendo castigo que, según el autor de la carta a los Hebreos, está destinado para los que rechazan la luz: «Si después de haber recibido el conocimiento de la verdad pecamos deliberadamente, ya no quedan sacrificios por los pecados, sino solo la perspectiva pavorosa del juicio y del furor del fuego que devorará a los enemigos» (Heb 10,26-27).

2. «Pero a cuantos lo recibieron…»

Sin embargo, al rechazo global y oficial del pueblo hay que añadir una matización: algunos israelitas sí creyeron la palabra del Señor y le reconocieron como el Justo, el que tenía que venir. Aunque la mayoría de los destinatarios de la Promesa rechazaron la luz y la vida, la salvación de Dios fue acogida por unos pocos hombres que habían sido interiormente movidos por el Espíritu Santo. Así lo atestigua san Pablo, con su vida y con sus palabras: «También en la actualidad ha quedado un resto, elegido por gracia» (Rm 11,5).

Quedó un pequeño resto de Israel, que fue capaz de descubrir y acoger al Mesías prometido. El pueblo lo rechazó, pero algunos israelitas lo aceptaron: «Israel no consiguió lo que buscaba, mientras que sí lo consiguieron los elegidos. Los demás se endurecieron, según está escrito: Dios les dio un espíritu de embotamiento, ojos para no ver y oídos para no oír hasta el día de hoy» (Rm 11,7-8). Los judíos y sus dirigentes se cegaron y rechazaron al envidado de Dios, hasta el punto de que «agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21,39). Pero un pequeño resto del pueblo supo identificar la voz del buen pastor en la palabra de Jesús, porque los suyos «conocen su voz» (Jn 10,4).

a) El «resto de Israel»

Dios sabe que va a ser rechazado por muchos, pero siempre espera que haya unos pocos que acojan su amor y su llamada. Su misericordia incansable por los hombres se manifiesta en reservarse siempre un pequeño número de íntimos, a través de los cuales espera hacer llegar a todos su gracia y su perdón.

Tras el pecado original, «al ver el Señor que la maldad del hombre crecía sobre la tierra y que todos los pensamientos de su corazón tienden siempre y únicamente al mal» (Gn 6,5), cuando ya estaba a punto de desesperar del hombre y de la creación, «Noé obtuvo el favor del Señor» (Gn 6,8). Noé «era un hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos», que «siguió los caminos de Dios» (Gn 6,9). Dios encontró en él la «razón» para salvar la raza humana y la creación. Por ello, a través del Arca, preservó a la humanidad de la destrucción del diluvio, y estableció un nuevo comienzo para todos: «Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles: “Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra”» (Gn 9,1). Siglos después, el escritor sagrado subrayó la relación que existe entre la fidelidad del hombre justo, y la salvación de la tierra: «Noé fue hallado íntegro y justo, y en el tiempo de la ira hizo posible la reconciliación. Gracias a él un resto supervivió en la tierra, cuando se produjo el diluvio» (Eclo 44,17). Sin un resto santo, Dios no tiene una apoyatura donde sustentar su perdón. Sin los santos, la tierra sería destruida porque no tendría sentido su existencia. Los santos sostienen el universo, preservan la vida y dan sentido a la historia2.

Dios no tuvo suficiente con perdonar al hombre, sino que buscó la manera de sanar su corazón, filtrando su gracia en la humanidad. Para ello, Yahweh llamó a Abrahán para hacerlo padre de un pueblo del todo peculiar. Un pueblo nacido para introducir en el mundo la luz de Dios, para ser su propiedad personal entre las naciones. Israel fue gestado, elegido, consagrado y educado para otorgarle la luz que iba destinada a todas las naciones.

Ante el pecado de su pueblo Israel, Dios siempre se mostró paciente y compasivo, aunque jamás justificó sus acciones. Sus castigos siempre eran explicados en clave de amor: «Reconoce, pues, en tu corazón, que el Señor, tu Dios, te ha corregido, como un padre corrige a su hijo, para que observes los preceptos del Señor, tu Dios, sigas sus caminos y lo temas» (Dt 8,5-6). En medio de la inexorable infidelidad de los israelitas, buscó siempre unos pocos que, por su vida santa y su intercesión, le dieran una «excusa» para poder ejercer su misericordia. Escuchó a Abrahán en su súplica y, si hubiera habido algunos pocos hombres justos, no habría permitido la destrucción de Sodoma. «En atención a los diez, no la destruiré» (Gn 18,32), le aseguró a su elegido; pero no encontró dónde apoyar su perdón.

La historia de Israel es la historia de la llamada de Dios y de la infidelidad de los suyos. Pero Dios siempre se reservó un resto: «Dejaré un resto de siete mil en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron» (1R 19,18), unos pocos que fuesen la levadura que fermenta la masa. De modo que, aunque su pueblo sucumbiera ante el mal, siempre quedaran unos pocos, a través de los cuales hacer brotar un nuevo comienzo: «Como una encina o un roble que, al talarlos, solo dejan un tocón. Ese tocón será semilla santa» (Is 6,13). Y, en medio de los peligros más extremos, Dios asegura esa permanencia: «Ha de brotar de Jerusalén un resto, y supervivientes del monte Sión. El celo del Señor del universo lo realizará» (Is 37,32).

Incluso, cuando la densidad del pecado del pueblo era tal que no había forma de perdonarlo y, desoyendo los avisos de los profetas, siguieron prescindiendo de Dios y de su ley, el pueblo, destrozado y deportado, pudo aún mantener una secreta esperanza, que se convertiría en grito de gozo y agradecimiento al fin del destierro: «¿No te irritarías contra nosotros hasta exterminarnos, sin dejar este pequeño resto? ¡Oh Señor, Dios de Israel, eres justo al haber dejado como muestra este pequeño resto que somos! Aquí nos tienes con nuestra culpa. En verdad, somos indignos de estar en tu presencia» (Esd 9,14-15).

Toda la historia de Israel es iluminadora, y se puede resumir en las palabras del profeta Isaías: «Si el Señor del universo no nos hubiera dejado un resto, seríamos como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra» (Is 1,9).

Tras el destierro, poco duró la contrición de Israel. Pronto el pueblo, amenazado por el dominio helénico y enzarzado en cruentas guerras, fue poniendo de nuevo su esperanza en la pericia de sus líderes guerreros, e identificando liberación política, identidad nacional y ley religiosa. El resultado fue una preocupación por los aspectos más externos de la salvación esperada, una lectura legalista de la revelación y una espera de un Mesías guerrero y vencedor. La invasión romana agudizó más la orientación meramente humana de la esperanza y la cosificación de la ley, llevada a cabo por la interpretación farisea. Frente a esa postura general, aparece discretamente en esta época una corriente religiosa minoritaria y mucho más profunda. Son un nuevo resto religioso, suscitado por Dios, que espera una liberación distinta, netamente religiosa, que sólo puede provenir de lo alto y que no se apoya en el poder de los hombres: «Aquel día, el resto de Israel y los supervivientes de la casa de Jacob no volverán a apoyarse en su agresor, sino que se apoyarán con lealtad en el Señor, en el Santo de Israel. Un resto volverá, un resto de Jacob al Dios fuerte» (Is 10,20-21).

Sólo la paciencia de Dios explica que el pueblo infiel, tantas veces descrito por los profetas como una prostituta (cf. Ez 16,3-63), haya podido sobrevivir y haya podido culminar su vocación de ser cauce de la gracia para todas las naciones. Porque, en medio de su malicia, Israel cumplió su misión: ofreció al mundo el verdadero conocimiento de Dios. Por eso, todos los hombres hemos de estar inmensamente agradecidos a los judíos, y tributarles el reconocimiento de lo que Dios ha hecho en ellos y por ellos: «Esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: “Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación”. Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?» (Dt 4,6-8). Nos dieron el conocimiento de Dios, nos dieron a Cristo… y nos dieron a María. Por cualquiera de estos dones merecen, aún hoy, ser el pueblo más estimado y respetado de entre los que componen la familia humana. Sus muchos pecados no pueden enturbiar, ni de lejos, lo que les debemos.

Los «pobres de Yahweh»

Dios se reservó siempre para sí un pequeño resto, unos pocos israelitas que se habían mantenido fieles a la espera de un Mesías según el corazón de Dios. Las descripciones veterotestamentarias de ese resto son perfectamente aplicables a los que acogieron posteriormente a Jesús: «Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor. El resto de Israel no hará más el mal, no mentirá ni habrá engaño en su boca» (So 3,12-13).

La humildad, la pobreza, la adhesión a la verdad, la sencillez, la esperanza de que Dios cumplirá su palabra, la espera pacífica… son cualidades que definen a esos «pobres de Yahweh». Su espiritualidad, en forma de oraciones confiadas, está recogidas en los salmos: «Levántate, Señor, extiende tu mano, no te olvides de los humildes… Tú ves las penas y los trabajos, tú miras y los tomas en tus manos. A ti se encomienda el pobre… Señor, tú escuchas los deseos de los humildes, les prestas oído y los animas; tú defiendes al huérfano y al desvalido» (Sal 10,12.14.17-18).

El «pobre de Yahweh» es el amigo y el servidor de Dios, en quien se refugia con confianza. Él busca a su salvador con temor y con fe, y está seguro de recibir el pago por su esperanza: «Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro» (Sal 11,7). Es el hombre que puede sintonizar con el Señor; el único que pueden acceder a su morada: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura con engaño» (Sal 24,3-4).

El comienzo de los evangelios de Mateo y Lucas relatan los acontecimientos que rodearon el nacimiento de Jesús. Es muy significativo que todos los personajes que reciben la revelación del nacimiento del Mesías tengan las características de los pobres de Yahweh: son hombres justos que esperan «en silencio la salvación del Señor» (Lam 3,26). La descripción que se nos da de cada uno de ellos muestra una coincidencia fundamental. De Zacarías e Isabel se nos dice que «eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor» (Lc 1,6). También de José se nos dice que «era justo» (Mt 1,19). Simeón es presentado como un «hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel» (Lc 2,25); y la profetisa Ana, que «no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día» (Lc 2,37), «hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén» (Lc 2,38).

Desde el principio el Enviado de Dios es acogido por unos cuantos hombres, llenos de esperanza en Dios y en su Promesa. Una red de corazones, que constituyen el verdadero pesebre del Mesías, donde puede reposar su cabeza (cf. Mt 8,20); el cabezal sobre el que puede reposar agotado en medio de las tempestades de este mundo (cf. Mc 4,37-38); el nido cálido que el Espíritu le ha preparado para que le recibiese cuando saliera del seno materno. Son pocos, pero Dios se goza de hacerlos confidentes suyos y de mostrarles las primicias de su salvación. Ellos son los vigías de los que habla Isaías, que otean la aurora de la salvación: «Tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor» (Is 52,8). Ellos contemplan en Jesús el cumplimiento de la promesa de Dios, el final de su espera, el comienzo del viaje a la casa del Padre: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,29-30).

Pero, entre todos los que conocieron y participaron en el misterio de la venida del Mesías y de la encarnación de la Palabra, sólo una persona condensaba perfectamente las virtudes propias de los pobres de Yahweh. Esa mujer supo creer lo increíble y esperar lo inconcebible. Ella acogió en su corazón de tal modo la Palabra que la recibió en su seno, la acunó en sus brazos y la crio a sus pechos. María es la persona en la que toda la anhelante espera del Antiguo Testamento llega a su sazón, y la que recibe del cielo el cumplimiento de la Promesa. Es aquella que, en último extremo, cumple perfectamente la promesa del salmo: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto» (Sal 85,11-13). Ella ilustra la actitud propia de los pobres de Yahweh, y es su perfecta representante. Su Magnificat es el grito jubiloso de todos los que ponen su confianza en la grandeza divina y en su poder. Es el manifiesto de los «pobres de Yahweh».

Los sencillos

Pero el corazón lleno de alegría de Dios quiso que el comienzo de su intervención definitiva no fuera sólo conocido por aquellos que, de forma consciente y deliberada, tienen las actitudes propias de los pobres de Yahweh. Además de éstos, Dios determinó invitar a esa alegría a otras personas que, sin cumplir formalmente los requisitos de esa corriente religiosa, encajaban, sin embargo, perfectamente bien en la actitud que está a la base de su espiritualidad. Son los sencillos y humildes, abiertos sinceramente a Dios en su pequeñez y bondad. Éste es el motivo por el que los pastores fueron llamados. Pues, aunque no se puede decir que fueran legalmente justos, a los ojos de Dios cumplían las características necesarias para acoger con alegría al Justo. Y, aunque no eran «vigías de la salvación», tampoco dormían, pues pasaban la noche al raso velando. En definitiva, aunque no morían de ansias por contemplar la salvación de Dios, eran hombres buenos y crédulos, no dispuestos a perderse la alegría que les anunciaban los ángeles. Por su sencillez, bondad y alegría serán seleccionados como comité de recepción para el Rey, y formarán la primera corte terrena del palacio de Belén3.

Esa predilección de Dios por los pequeños no se acabó en Belén, sino que marcará definitivamente la vida del Mesías. Cuando Jesús inicia su ministerio público y busca compañeros a los que dar a conocer el nombre del Padre, elige doce hombres de lo más variopinto. Sus caracteres, extracción social y oficios son diversos. Pero a todos ellos Jesús les va a conducir a unas mismas actitudes concretas, que son las únicas que les permitirán ser hijos del Padre del cielo. De hecho, el Señor afirmó repetidas veces que su venida sólo podía ser acogida por los hombres que tuvieran una determinada disposición: «En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10,15). Y así lo proclama en las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12), en las que describe su propio corazón, y en las que proclama que esas cualidades son imprescindibles: sin ellas no se puede heredar la vida eterna. Jesús nos da a conocer las opciones de su Padre: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien» (Lc 10,21). Sólo quien sintoniza con la pequeñez de Dios puede acoger su revelación y a su enviado. Los demás no captan la salvación, porque se ha ocultado para los autosuficientes y mundanos.

Esa clave es necesaria para comprender por qué muchos no pueden reconocer a Cristo, porque «nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44). La misma Escritura que afirma que Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4), asegura que «la fe no es de todos» (2Tes 3,2). Dios quiere que a todos alcance su revelación y que todos reciban a su Hijo, pero no todos adoptan las disposiciones necesarias para poder acogerlo. Sin humildad, confianza en Dios y esperanza, es imposible reconocer la luz que Dios nos ofrece.

Los pecadores arrepentidos

El resto, destinado por Dios para permanecer fieles a su revelación no se agota con aquellos que, más o menos conscientemente, viven las actitudes propias de los «pobres de Yahweh» y de los sencillos; también son destinados por Dios a la salvación los pecadores que, ante la luz de Dios, se duelen de su situación. Sorprende contemplar cómo ante la predicación del Señor se cumplió su anuncio: «Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron» (Mt 21,31-32). Ellos, pecadores públicos y reconocibles, fueron capaces de creer la enseñanza del mensajero de Dios y reconocieron a su enviado. Su pecado, innegable, no les embotó la mente ni les cegó el corazón, de manera que pudieron reconocer, acoger y respetar la Palabra de Dios tal y como se les manifestó. Y pudieron acogerse a la misericordia de Dios al recibir a su enviado.

Así sucedió con Zaqueo, quien aprovechó la oportunidad del encuentro con Jesús para cambiar radicalmente de vida. No sólo le recibió en su casa, sino ante todo en su corazón. Por eso, porque el Señor se supo recibido por este pecador pudo proclamar con alegría: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,9). Perdido estaba también Mateo, quien, sabiéndose indigno, tuvo el valor de seguir al Señor dejándolo todo. Por eso, también él mereció escuchar al Señor defendiéndole de los piadosos fariseos: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13). Y definitivamente perdido estaba Dimas, condenado con justicia, según propia confesión, a causa de sus crímenes; y que, sin embargo, supo reconocer a quién sufría a su lado. A punto de morir, encontró la salvación a la que ya había renunciado y tuvo la astucia de aferrarse a ella, hasta oír la sentencia absolutoria: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Ellos y tantos otros pecadores hicieron verdad las palabras de Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» (Jn 9,39).

b) Los gentiles también son coherederos

Israel rechazó la luz que les estaba destinada. Pero un pequeño resto del pueblo de Israel recibió el don prometido. Sin embargo, el evangelista no se refiere, sin duda, sólo a esos pocos cuando alude a «cuantos lo recibieron». Cuando él escribió su evangelio, la iglesia contaba ya en su seno con un numeroso grupo de creyentes no judíos. La parábola de los viñadores homicidas es profética: «Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21,43). Ese nuevo pueblo está compuesto de hombres «de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9). Ellos son los receptores de la herencia espiritual de Abrahán y los patriarcas; constituyen el nuevo pueblo de Israel. Jesús se lo anuncia con toda claridad a los judíos: «Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios» (Lc 13,28-29).

Por tanto, el evangelista habla de muchos otros receptores del Verbo que no pertenecen en principio a «los suyos». Éstos nuevos beneficiarios han recibido la Luz no como algo «debido» por las promesas gratuitas de Dios, sino como un desbordamiento de su misericordia. Sin embargo, aunque no les pertenecía «el don de la ley, el culto y las promesas» (Rm 9,4), ni eran suyos «los patriarcas», ni «de ellos procede el Cristo, según la carne» (Rm 9,5), «también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio» (Ef 3,6), pues ya «no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28).

Aunque la llamada a los gentiles es un don de la sobreabundante generosidad de Dios, no es un don improvisado. Todo lo contrario, desde el principio Dios le anunció a Abrahán: «En tus descendientes se bendecirán todas las naciones de la tierra» (Gn 26,4). Y el Espíritu Santo anunció por boca del salmista que «todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia» (Sal 86,9). Más aún, podríamos afirmar que ése es el objetivo final de la revelación de Dios a Israel y del envío del Mesías prometido: «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49,6).

Entre los gentiles también algunos acogieron al Verbo cuando vino históricamente a los suyos. Los Magos de oriente representan a esos pueblos que «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,10-11). Vieron la luz de Dios que brilla en lo alto, se llenaron de alegría, entraron en la Iglesia, la casa de Dios, vieron allí a Jesús y a María, y adoraron al que hace tales maravillas entre los hombres.

Lo mismo que los Magos recibieron al Verbo encarnado e inauguraron el culto gentil al Dios humanado, Cornelio inauguró la acogida del Cuerpo eclesial del Verbo. Su pronta obediencia a lo que el ángel le había mandado abrió las puertas del Evangelio a su familia: «Enseguida envié a por ti, y tú has hecho bien en venir. Ahora, aquí nos tienes a todos delante de Dios, para escuchar lo que el Señor te haya encargado decirnos» (Hch 10,33). Y su docilidad fue premiada con el envío del Espíritu Santo: «Todavía estaba exponiendo Pedro estos hechos, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra» (Hch 10,44). De modo que, por su fe, fue el primer gentil en recibir la acogida en la Iglesia, para que a partir de él se cumpliera la palabra de Dios: «Al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío» (Rm 9,25). Demostrando así que «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea» (Hch 10,34-35).

c) La esperanza de san Pablo

Sin embargo, y a pesar del rechazo global de Israel al Verbo, san Pablo conserva todavía el respeto hacia el pueblo descendiente de Abrahán según la carne. San Pablo reconoce que «Israel no consiguió lo que buscaba, mientras que sí lo consiguieron los elegidos. Los demás se endurecieron» (Rm 11,7). Pero, al mismo tiempo encuentra motivos de esperanza en tres razonamientos. Por un lado, que, así como Dios se reservó en tiempos de Elías un resto de Israel, cuando el Señor dijo: «”Me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante Baal”. Así, pues, también en la actualidad ha quedado un resto, elegido por gracia» (Rm 11,4-5). Por tanto, si Israel entonces no fue rechazado definitivamente a pesar de su infidelidad, san Pablo confía en que tampoco lo sea ahora.

En segundo lugar, san Pablo defiende que «Dios no ha rechazado a su pueblo, al que había elegido de antemano» (Rm 11,2), «pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (Rm 11,29). Los israelitas pueden rechazar a Dios, pero Dios no quiere rechazar a su pueblo, porque, a pesar de que la Escritura afirma que «si lo negamos, también él nos negará», también asegura que, «si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2Tm 2,12-13). Por tanto, la fidelidad de Dios y el resto fiel son dos fuentes de esperanza, que se unen a la misericordia de Dios. Dios escuchó la intercesión de Abrahán por la ciudad pecadora (Gn 18,32), y hubiera perdonado a Sodoma si hubiera habido unos pocos justos, y ¿no se compadecerá ahora de su «plantel preferido» en atención al resto que le ha permanecido fiel?

En tercer lugar, san Pablo afirma que la caída de Israel ha sido una bendición para las demás naciones: «Por su caída, la salvación ha pasado a los gentiles, para darles celos a ellos. Si su caída ha significado una riqueza para el mundo y su pérdida, una riqueza para los gentiles, ¡cuánto más significará su plenitud!» (Rm 11,11-12). Del pecado de Israel ha salido, a pesar de todo, algo positivo. Por ello, san Pablo confía que haya una nueva oportunidad para su pueblo, y él trabaja denodadamente para ello: «Siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos» (Rm11,13-14).

En definitiva, san Pablo sigue esperando una intervención salvadora también sobre el Israel de carne: «En cuanto a aquellos, si no permanecen en la incredulidad, serán injertados, pues Dios es poderoso para volver a injertarlos» (Rm 11,23). Pues, como les enseña a los cristianos gentiles, «según el Evangelio, son enemigos y ello ha revertido en beneficio vuestro; pero según la elección, son objeto de amor en atención a los padres» (Rm 11,28).

3. «…les dio poder de ser hijos de Dios»

Recibir a Jesús como él quiere ser recibido produce un resultado desconcertante. En primer lugar, porque es un don inconcebible que provoca un cambio en el hombre imposible de realizar sin la gracia. En segundo lugar, porque san Juan no lo presenta como promesa de futuro, sino como acontecimiento del pasado ya cumplido. Ya hay quien, al recibir al Verbo divino, ha recibido en ese momento la capacidad de ser hijo de Dios. Intentemos profundizar en esta misteriosa afirmación.

a) «…les dio poder»

El don que se ofrece a los que le reciben no se trata de algo que se adquiere por propio derecho, por iniciativa personal o por acumulación de méritos. En primer lugar, porque acoger la Luz, incluso conocer su existencia, es un don, fruto de la acción de Dios en nosotros. Si Dios no atrae -o empuja- nadie puede captar los misterios de Dios, ya que «los que viven según la carne desean las cosas de la carne» (Rm 8,5). «Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu» (1Co 2,14). Por tanto, lo mismo que sólo el que recibe el impulso del Espíritu puede reconocer en Jesús al Cristo, según lo que el Señor le dijo a Pedro: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17); así tampoco nadie puede, sin un nuevo don de Dios, recibir la capacidad de ser hijo de Dios. Son dos dones acumulados, el uno se refiere a la llamada de Dios y el otro a la justificación, como vemos en el pasaje de san Pablo que ya meditamos: «A los que llamó, los justificó» (Rm 8,30).

Así pues, con la recepción del Verbo se abre una posibilidad imprevista que no se tenía antes de acogerlo. Una posibilidad nueva y la capacidad para realizarla. Pero ese don no da un fruto automático sin una adecuada acogida por parte del hombre que ya acogió a Cristo. De manera que a dos dones sucesivos correspondan dos acogidas continuadas. Pues Dios da el poder, la capacidad, para que el hombre dé el paso y acepte abrazar la vida nueva que se le ofrece. A la fe en el Verbo encarnado, sucede el bautismo en su nombre, de modo que la capacidad se transforme en realidad.

El tiempo del Verbo en pasado denota que el evangelista no habla de ninguna promesa futura, sino de acontecimientos que él ha visto cumplirse en sí mismo y en otros. No predica de verdades teológicas abstractas, sino que levanta acta de sucesos acontecidos y conocidos por él, «y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero» (Jn 21,24).

b) «…de ser»

El verbo griego que traduce nuestra Biblia por «ser» es «genesthai», forma verbal de «ginomai», que expresa movimiento en el ser. En unos casos puede referirse a pasar del no ser al ser, mientras que aquí alude a pasar de un estado ontológico a otro. Podría traducirse por «devenir, hacerse, volverse, convertirse en, llegar a ser…»4. Por tanto, la frase podría traducirse, quizá más ajustadamente, así: «Les dio poder para hacerse hijos de Dios». Naturalmente, con la condición de que no se entienda «hacerse» como el fruto del esfuerzo humano; en ese sentido sería mejor «llegar a ser hijos de Dios». Así traducido, la frase expresa que quien recibe al Verbo alcanza la posibilidad de hacerse hijo de Dios, aunque aún es preciso que acoja esa oferta. Por otro lado, aparece más claramente esa mutación como un proceso y no sólo como un fruto automático.

c) «…hijos de Dios»

El objetivo último de la creación

Dios creó todo con un único propósito: incorporar a otras personas a la gloria de la Trinidad; elevando a los hombres, por gracia, al ámbito divino. Esa incorporación, decretada por el Padre y realizada por el Espíritu Santo, se efectúa incorporándonos a la persona del Hijo. De modo que él sea la cabeza de un cuerpo compuesto por aquellos que aceptan su oferta. Por ello, él nos destinó «a ser sus hijos» (Ef 1,5). En su proyecto inicial Dios dispuso que el hombre, para culminar su vocación sobrenatural, se incorporarse al Verbo mediante la acción del Espíritu Santo, de modo que fuese hijo en el Hijo.

Dios no renunció a su proyecto ante el pecado del hombre, sino que, como enseña la plegaria eucarística, «compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca»5. Ese tender la mano lo realizó eligiendo a Israel, al que fue guiando, a través de la Alianza y los profetas, con el objetivo de que fuera la primicia de la salvación de los demás pueblos. De manera, que el pueblo elegido fue tratado siempre por Dios como su hijo: «Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1). Y así fue presentado a los demás pueblos: «Dirás al faraón: “Así dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito. Yo te digo: Deja salir a mi hijo para que me dé culto. Si te niegas a dejarlo salir, yo daré muerte a tu hijo primogénito”» (Ex 4,22-23). Por ello, san Pablo cuenta la filiación entre los dones recibidos por Israel en orden a enriquecer a los demás pueblos: «Ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas» (Rm 9,4). A ellos se les dio en promesa lo que nosotros recibimos de forma cumplida.

La Escritura proclama con toda claridad que Dios tiene un Hijo unigénito, pues desde el principio «el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). Este Hijo tomó carne en María, y vino para hacernos partícipes de su filiación a través de sus enseñanzas y su entrega redentora. Enseñó a sus apóstoles a invocar a Dios como Padre (cf. Mt 6,9); aunque distinguió netamente su filiación de la nuestra: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20,17). El Verbo vino a su casa para llevar a cabo la obra de la salvación de los hombres, que consiste precisamente en hacernos partícipes de su filiación. Pero el Verbo encarnado necesita ser acogido por cada hombre concreto para que su obra redentora sea eficaz para ese individuo concreto; para que la eficacia universal de su entrega llegue a cada uno.

La filiación adoptiva

Los hombres sólo conocemos dos formas de filiación: filiación por procreación y filiación por adopción. La primera supone una herencia física al recibir, por vía de generación, un patrimonio genético. La segunda, una herencia moral al recibir, por vía legal, un patrimonio espiritual. Es evidente que no podemos llegar a ser hijos de Dios por vía de procreación porque no tenemos naturaleza divina. Al contrario, nuestra naturaleza humana, creada y contingente, está infinitamente distante del ser puro de Dios. Por tanto, la imagen que mejor nos cuadra para expresar lo que recibimos a través del don de la gracia es la de la adopción. Lo mismo que el hijo adoptado forma parte de una nueva familia que, puede llamar con toda propiedad suya; lo mismo que se beneficia de los bienes materiales y espirituales de la misma, y puede disponer de los mismos como los demás hijos naturales, así sucede con el hijo adoptivo de Dios.

Humanamente, la adopción filial humana expresa con más nitidez la generosidad y gratuidad de los padres, pues la elección consciente fundamenta una decisión libre que no está condicionada por unos mecanismos biológicos «ciegos». Se adopta en libertad y por amor, y el compromiso legal suple el instinto paternal espontáneo. Salvando las distancias, en el ámbito sobrenatural, también la adopción filial expresa una generosidad extraordinaria, máxime cuando los sujetos adoptados son tan desemejantes con lo divino, y están tan lastrados por limitaciones ontológicas y morales. La penosa situación de los adoptados manifiesta más claramente la generosidad, bondad y libertad de quien adopta, pues no le mueve el atractivo o la ganancia de una relación, que se presume anticipadamente «complicada».

Sin embargo, a pesar de la grandeza de una «adopción filial» concebida como un acto de amor gratuito hacia un ser necesitado, y a pesar de su uso repetido en la Escritura y la tradición de la Iglesia6, la imagen de la filiación adoptiva tiene sus límites y no se acomoda plenamente a lo que Dios le ofrece al hombre. Es una imagen analógica. Y recordemos que la analogía se caracteriza porque, a pesar de que hay una relación de proporción que la justifica, la desemejanza entre los dos términos relacionados es mayor que la semejanza. Es decir, que, aunque pueda establecerse una relación entre la adopción humana y la filiación divina, las diferencias son superiores a las semejanzas. Por tanto, no podemos esperar que la adopción filial exprese exactamente el misterio de la filiación divina. En concreto, donde se muestra más la limitación de la imagen es en el hecho de que la adopción humana no comporta un cambio biológico, sino sólo social y, por decirlo de alguna forma, extrínseco: uno es hijo de quien es y su patrimonio genético no cambia por el hecho de ser acogido en otra familia. Por el contrario, la filiación divina del hombre sí le afecta en lo más íntimo de su ser. No es sólo una transformación extrínseca, que hace que Dios actúe con nosotros como si fuera nuestro padre, sino que es una verdadera transformación intrínseca, que verdaderamente nos transforma ontológicamente. No es sólo recibir una herencia legal, sino también el don real del Espíritu, que nos permite llamar con toda propiedad a Dios «Padre».

«¡Abba, Padre!»

La relación de Jesús con Dios es absolutamente única. El término «abbá» con el que Jesús expresa su relación con Dios es absolutamente nuevo con respecto al judaísmo anterior. Nuevo y escandaloso, por inapropiado, como término para referirse con respeto sagrado a Yahweh. Esa palabra, que refleja una intimidad llena de cariño y familiaridad, manifiesta confianza y seguridad en Dios; y, a la par, muestra obediencia y sumisión a su voluntad. Marcos conserva esta palabra aramea en la oración de Jesús en Getsemaní: «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,36). Precisamente cuando su angustia y su indefensión es mayor, cuando tiene que aceptar el plan de Dios en oscuridad, Jesús se dirige a Dios con el término infantil con el que los niños israelitas llamaban a sus padres. No es concebible que ningún orante judío se atreviera a dirigirse a Dios con una fórmula tan inusual y, para una mentalidad judía, cercana a la irreverencia. Por tanto, el atrevido uso de este término por parte de Marcos sólo se entiende si efectivamente fue utilizado realmente por Jesús.

Aunque ésta es la única ocasión en que esta palabra aparece en los evangelios, es muy probable que, en muchas otras ocasiones en las que fue utilizada por Jesús, haya sido traducida en los evangelios por la palabra griega «pater»; perdiendo así matices preciosos de la relación de Jesús con Dios. Quizá fuera la palabra que subyace al comienzo del «Padrenuestro», donde los discípulos aprendieron a decir lo mismo que Jesús en Getsemaní: «Hágase tu voluntad» (Mt 6,10).

Un testimonio inequívoco de la utilización de esta palabra por parte de Jesús en su oración lo constituye el hecho de que sus discípulos se atrevieran a utilizarla ellos mismos. Nunca habrían tenido tal ocurrencia, ni el atrevimiento de hacerlo, si no hubieran oído a Jesús usar ese término. «Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis, decid: ‘Padre’”» (Lc 11,1-2). Los discípulos, impresionados por la oración de Jesús, le piden que les enseñe a orar. Y Jesús comienza su instrucción por la palabra que constituía el centro de su oración.

No es, pues, raro que encontremos algunos vestigios de esta fórmula de oración en algunos pasajes del nuevo testamento, en concreto en dos ocasiones en las cartas de san Pablo. El Apóstol recuerda a los romanos que han «recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rm 8,15). Y también justifica a los gálatas la utilización del mismo término: «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”» (Gal 4,6). De ambas citas, se deduce que el término «abbá» sólo puede ser utilizado en sentido pleno por Cristo, pues sólo él goza en propiedad de esa relación con el Padre; pero también puede usarla el cristiano en la medida en que ha recibido el Espíritu del Hijo. Ese Espíritu nos abre a un mundo nuevo de relaciones, y nos permite zambullirnos en la experiencia propia del Hijo Unigénito con su Padre. La intimidad, familiaridad, confianza y plena sintonía que expresa este término pueden ser experimentadas ahora por todos los que han recibido el Espíritu del Verbo en sus corazones.

La filiación como proceso

Ya hemos hecho referencia a que el verbo griego que subyace a la traducción «ser hijo de Dios» es un verbo que expresa movimiento y que podría traducirse por «hacerse» o «llegar a ser» hijo de Dios. Ese dato nos da pistas sobre un aspecto de la teología de la filiación divina tanto en san Juan como san Pablo: la filiación divina del hombre, objetivo primero querido por Dios, es preparado a través de varias fases y realizado gradualmente. Incluso una vez alcanzado, necesita un proceso de maduración para manifestarse plenamente. Aquí son aplicables las consideraciones que hicimos en el comentario del versículo anterior sobre Rm 8,30: «A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó». Ciertamente, «él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,4-6). Y a esa predestinación añadió la llamada, cuando «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Gal 4,4-5). Así, cuantos le reciban por la fe serán justificados por el bautismo. Éste es el sacramento que nos eleva a la dimensión divina y nos hace hijos en el Hijo, porque a través de él, «Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”» (Gal 4,6).

Pero, aún después de recibido, el hombre justificado necesita un prolongado ejercicio para que, lo que ya es, se vaya manifestando en plenitud. De modo que alcance la madurez, y se desarrolle plenamente la gracia recibida. Ese paso, de la justificación a la glorificación, es en el que nos encontramos los cristianos en esta vida presente. Ese estado lo expresa san Pablo diciendo que «hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24), puesto que «también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial» (Rm 8,23). No aguardamos lo que ya poseemos, sino la plena manifestación de lo que hemos recibido. San Juan lo dice de forma profunda y misteriosa: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!… Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,1-2). Es tal el misterio que encierra esa transformación en Cristo, que san Juan sólo puede definir el destino último del cristiano apelando a la semejanza con Dios. Cuando se manifieste plenamente nuestra condición de hijos seremos semejantes a nuestro Padre del cielo. De modo que la imagen se nos dio en la creación, y la semejanza se nos regalará al final de todo el proceso. Así seremos transformados, con toda propiedad y plenitud, a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). Ése es «el misterio de su voluntad: el plan que había proyectado realizar por Cristo, en la plenitud de los tiempos» (Ef 1,9-10).

El contenido del concepto «filiación divina» expresa todo lo que el cristiano está llamado a recibir de Dios. De modo que nuestra libertad está llamada a elegir, guiada por la fe en la penumbra de este mundo, entre ser hijo de Dios o quedarse al margen de toda relación con él. Realmente no tenemos más alternativa: esa disyuntiva condensa el contenido de nuestra salvación o nuestra condenación. No hay opción intermedia para el cristiano.

4. «…a los que creen en su nombre»

Este versículo tiene por sujeto al Verbo y como beneficiarios a los hombres que lo acogieron. Es el Verbo «el que dio poder de ser hijos de Dios» «a cuantos lo recibieron». Pero, antes de acabar el versículo, el evangelista añade una nueva especificación de quiénes merecen ser hijos de Dios: son los que creen en su nombre.

De modo que podemos establecer una identificación entre los que conforman las dos clases de hombres que merecen ser hijos de Dios. Los que «lo recibieron» son, a la vez, «los que creen en su nombre». Si estudiamos el paralelismo semántico, podremos profundizar más en lo que caracteriza a estos hombres merecedores de tan alta distinción.

a) Los que «lo recibieron»

Al sostener que algunos hombres recibieron a Jesús, san Juan no quiere decir que le acogieran con cortesía o educación. Ni siquiera que lo aceptaran con entusiasmo y positivamente. De hecho, muchos de los que lo buscaron y frecuentaron, que le agasajaron formalmente, no lo recibieron, en el sentido profundo al que se refiere el evangelista. Con frecuencia buscaban cosas distintas a las que él ofrecía, y acabaron enfrentándose abiertamente con él y rechazándolo.

De los muchos ejemplos que podríamos aducir, podemos recordar la visita apostólica de Jesús «a Nazaret, donde se había criado» (Lc 4,16). Jesús fue recibido con alegría en su pueblo, pues se había convertido en una celebridad, «y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22). Sin embargo, la entusiasta acogida sólo estaba motivada por un interés humano y, cuando Jesús intentó ir más allá, constató que «ningún profeta es aceptado en su pueblo» (Lc 4,24). El episodio terminó dramáticamente cuando los nazarenos intentaron despeñarlo por un barranco (Lc 4,29).

Otros momentos de la vida de Jesús inciden en la misma idea de acogidas que no eran en realidad tales. En numerosas ocasiones fue agasajado por anfitriones deseosos de compartir la comida con él, y en algunas ocasiones la comida concluyó con un fuerte enfrentamiento. Por ejemplo, san Lucas relata el pasaje en el que «un fariseo le rogó que fuese a comer con él» (Lc 11,37). Jesús no sólo no se lavó las manos, sino que aprovechó el escándalo de su anfitrión para censurar la hipocresía de los fariseos, que se preocupan más de las apariencias que de la limpieza del corazón (cf. Lc 11,39-44). Y, no contento con esto, arremetió también contra los maestros de la ley por su interpretación inhumana e insoportable de la ley, que alejaba a aquellos que desearían agradar a Dios (cf. Lc 11,45-52). Fue tal el encontronazo que «al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo implacablemente y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas, tendiéndole trampas para cazarlo con alguna palabra de su boca» (Lc 11,53-54).

Incluso, su presencia fue codiciada por personajes exentos de toda preocupación religiosa. Es el caso, por ejemplo, de Herodes, quien «al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro» (Lc 23,8). Pero el encuentro concluyó con una gran decepción por parte del rey, que despechado «lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato» (Lc 23,11).

Éstos, y tantos otros episodios de la vida de Jesús, inciden en que no cualquiera que le busque, le albergue en su casa, o desee su presencia le recibe como él desea ser acogido. La clave está en las motivaciones que sustentan ese interés. No basta la curiosidad, el afán de novedades, la frivolidad de conocer a alguien famoso. Tampoco la acogida interesada encaja con lo que el Señor desea. De ahí su amargo reproche: «Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros» (Jn 6,26). Ni siquiera es suficiente el deseo de conocer su doctrina, el interés de profundizar en su pensamiento, o el afán por seguirle a él como personaje cautivador.

De hecho, Jesús cuestiona repetidas veces a sus discípulos para hacerles conscientes de lo que buscan, y ayudarles a purificar sus motivaciones. En sus primeras palabras en el primer encuentro con sus dos primeros discípulos les plantea abiertamente la cuestión: «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38). Cuando Jesús va instruyendo privadamente a sus apóstoles les tantea discretamente para conocer la imagen que tienen de su persona y ayudarles a comprender las implicaciones que conlleva su enseñanza. Podríamos decir que la principal labor pedagógica que Jesús desarrolla con los apóstoles es ayudarles a que le acojan no con humano respeto, sino con adhesión de fe: «Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy» (Jn 13,13). Muchos discípulos, aparentemente imbuidos de la grandeza de Jesús, se echaron atrás por no tener una motivación verdaderamente sobrenatural: «Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: “¿Esto os escandaliza?… El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida”» (Jn 6,60-61.63).

b) «los que creen en su nombre»

«los que creen»

Por tanto, recibir a Jesús implica una actitud de fe, que es un don de Dios que necesita ser acogido por el hombre. No basta una benevolencia hacia la figura de Jesús7, ni una predisposición psicológica o moral que conecta con su enseñanza. Tarde o temprano aparecerá el escándalo. Es necesario ser objeto de una invitación de la gracia. Por eso el Señor decía a sus oyentes: «Nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede» (Jn 6,65). A esa invitación de la gracia ha de corresponder el acto humano de fe, por el que «el llamado» responde dócilmente a la luz del Espíritu. Es lo que llena de alegría el corazón de Pablo, pues «al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios» (1Tes 2,13). Esa actitud de fe es la que Jesús celebra ante la profesión de fe de Pedro: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17).

El pecado de los nazarenos es aferrarse a su mirada humana sobre Jesús y cerrarse a la luz que Dios les ofrecía. Por eso, allí «no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe» (Mc 6,5-6). Rechazar a Jesús significa, por tanto, cerrarse a la mirada de fe, y quedarse en una valoración meramente humana. Ver en Jesús un predicador «superstar», un revolucionario social, un maestro moral, un educador de hombres, un mártir de la justicia… es rechazar al Hijo de Dios. Una alta consideración humana de la figura de Jesús nunca derivará por sí sola en la profesión de fe. Si no hay el salto de fe sobrenatural, tarde o temprano llegará el escándalo y el abandono: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» (Jn 6,60). Y «desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él» (Jn 6,66). La apostasía de muchos cristianos hoy tiene quizá su origen en valorar a Jesús con una consideración meramente humana. Son como «aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena» (Mt 7,26).

Acoger a Jesús exige el don divino de la atracción sobrenatural, -ser llamado- y el acto humano de la fe. Si no, es imposible acoger al Verbo encarnado como él mismo demanda y merece. En ese sentido, es particularmente significativo el episodio que nos narra san Lucas de la comida de Jesús en casa del fariseo, y de la mujer pecadora que llora a sus pies. Fariseo y pecadora están en las antípodas, aunque ambos desean el encuentro con Jesús. El fariseo se anticipa y «le rogaba que fuera a comer con él» (Lc 7,36). El ruego del fariseo parece manifestar un deseo sincero de acoger a Jesús. Pero la intervención de la prostituta, aparentemente descarada e irreverente, hace brotar el juicio humano del anfitrión. Por el contrario, la pecadora sólo contempla a Jesús con los ojos de su incipiente fe. Su dolor y sus obras manifiestan su mirada espiritual. Esta mujer acogió a Jesús -¿o fue Jesús quien la acogió a ella?-, mientras que el fariseo lo rechazó, porque no supo dar lo que la presencia de Jesús demandaba. El texto de Jesús en casa de Marta y de María (Lc 10,38-42) puede explicarse desde la misma clave: Marta mira humanamente, María sabe acoger el don que se le regala y traducirlo en una actitud de fe. Ésta queda consolada; Marta, triste por el agobio, rechaza en ese momento a Jesús, no sabe acogerle.

Todo se juega, por tanto, en reconocer a Jesús como el Mesías enviado. De hecho, Jesús resume en ese único punto todo lo que el hombre debe hacer para agradar al Padre. A la pregunta de qué quiere el Padre que el hombre realice, la respuesta es taxativa: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6,29). No hay más. Ahí está todo. Por eso, cuando preferimos enredarnos en otras acciones más meritorias o importantes en apariencia, lo que estamos haciendo es eludir el acto de fe, que es lo único que Dios nos pide.

«…en su nombre»

-El nombre designa la identidad personal

Jesús no se da por satisfecho con ser escuchado o agasajado, él exige un acto de fe en su persona. San Juan lo llama «creer en su nombre». Por nombre hemos de entender la persona entera. De hecho, el nombre humano del Verbo encarnado aún no ha aparecido en los versículos anteriores del Prólogo de san Juan, por lo tanto, no puede pedirnos que creamos en algo que aún no nos ha comunicado.

Realizar algo «en nombre de Jesús» significa hacerlo unido a su persona, con sus mismas disposiciones y objetivos. Por eso, declara el Señor que «el que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí» (Mt 18,5). Y vincula su presencia a estar unidos en su nombre: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Incluso, les asegura su protección y ayuda, siempre que tengan sus mismos sentimientos: «Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,14). Más aún, compromete el auxilio del Padre, que no puede negarle nada al Hijo, a que se pida unido a él: «Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará» (Jn 16,23). Si el creyente permanece en su nombre se hace prolongación del mismo Jesús, y todo lo que desee lo alcanza: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará» (Jn 15,7): harán milagros (cf. Mc 9,39), y «echarán demonios en mi nombre» (Mc 16,17).

Ese permanecer en su nombre por la fe, prolongando sus sentimientos y actitudes, y reproduciendo su vida y acciones, conduce al seguidor de Cristo a compartir su destino: «Seréis odiados por todos a causa de mi nombre» (Mt 10,22). La causa es el vínculo con el Señor, porque «si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió» (Jn 15,20-21). El trasfondo que determina todo es «conocer» a Jesús. «Conocerle para acogerle». «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo». (Jn 17,3). Recibirlo es reconocerle como el enviado de Dios: «Estos han conocido que tú me enviaste» (Jn 17,25).

La vida eterna que trae el Verbo encarnado comienza ya en esta existencia desde el momento en que se le acoge mediante la fe en su nombre: «Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna» (1Jn 5,13). Para eso, la segunda persona de la Santísima Trinidad acampó entre nosotros para hacer las obras del Padre, de modo que los hombres pudieran tener apoyatura suficiente para creer en su nombre. San Juan llama a esas obras signos, porque conducen al reconocimiento de la identidad profunda de Cristo y abren a la posesión de la vida nueva que él trae. Jesús mismos apelaba a esas obras: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras» (Jn 10,37-38). Por eso, los evangelistas consignan sus obras, para suscitar la fe en él y podamos alcanzar) la vida que nos ofrece: «Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn 20,30-31).

-Los dos nombres del Verbo encarnado

«Creer en el nombre de Jesús» ya hemos visto que significa creer en el misterio de su persona, y que san Juan no se refiere directamente a su nombre propio. Sin embargo, el significado de su nombre es el contenido del acto de fe que se nos pide. El profeta Isaías anuncia el nombre que ha de tener el enviado de Dios: «La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel» (Is 7,14). Sin embargo, cuando llegó la plenitud de los tiempos, y el ángel anuncia a la Virgen «concebirás y darás a luz un hijo» (Lc 1,31), el nombre que le asigna es el de «Jesús». San Mateo nos explica el significado oculto en ambos nombres. Enmanuel «significa “Dios con nosotros”» (Mt 1,23). Jesús alude a que «él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).

·El «Dios con nosotros»

El hijo de la Virgen es el Enmanuel prometido, el «Dios con nosotros», porque «el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» y «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,1.14). En él, Dios habita en medio de los hombres.

Desde la salida de Egipto, «el Señor caminaba delante de los israelitas: de día, en una columna de nubes, para guiarlos por el camino; y de noche, en una columna de fuego, para alumbrarlos; para que pudieran caminar día y noche» (Ex 13,21). Después se instaló en la Tienda del Encuentro con un único fin: «Moraré en medio de los hijos de Israel, y seré su Dios. Y reconocerán que yo soy el Señor, su Dios, que los sacó de la tierra de Egipto para morar en medio de ellos» (Ex 29,45-46). «Después apareció en el mundo y vivió en medio de los hombres» (Bar 3,38).

Este anhelo permanente de Dios de estar con el hombre, esta ansia secreta de su presencia, tiene una deliciosa expresión en el libro del Génesis cuando se nos refiere cómo Dios, en el paraíso, gustaba de visitar al hombre a la hora de la brisa (Gn 3,8). Este deseo de Dios de estar «con nosotros» se cumple con la venida del Enmanuel; y se proyecta hasta la eternidad, pues Cristo se lo ha pedido a Dios: «Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy» (Jn 17,24).

Al reconocer en Jesucristo al Enmanuel prometido se está haciendo un acto de fe en su identidad divina, y se le está acogiendo como él pide ser recibido.

·«Él salvará a su pueblo de sus pecados»

Pero la venida del Enmanuel se realiza en unas condiciones históricas determinadas. Dios viene a un mundo oscurecido por las tinieblas del pecado, un mundo marcado por el sufrimiento y la soledad. Su presencia no puede ser estable en un mundo marcado por el mal porque «la santidad es el adorno de tu casa» (Sal 93,5). O ha de irse o a de santificar el oscuro mundo en el que se establece. Jesucristo introduce en el mundo, mediante su cruz, la salvación que ha de redimir a los suyos de sus pecados. Y espera pacientemente que esta salvación vaya extendiéndose humildemente a través de sus elegidos hasta que la historia alcance la plenitud de madurez, y él pueda establecerse ya definitivamente con los suyos.

Creer en su nombre es creer que Jesús es el Salvador, el único que puede traernos la salvación de Dios, liberándonos del pecado. Cuando él proclama: «Si yo expulso a los demonios por el Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt 12,28), y algunos acogen con fe sus palabras, lo reciben como quién es: el Rey Salvador prometido desde antiguo. Ésa es la salvación de los hombres, reconocerle como Salvador, «de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,10-11).

Por tanto, quien cree en el nombre del Señor, lo reconoce como Enmanuel y como Jesús. Sólo así se puede llegar a ser hijo de Dios. Si damos fe a su nombre, él nos otorgará «una piedrecita blanca, y escrito en ella un nombre nuevo, que nadie conoce sino aquel que lo recibe» (Ap 2,17). Acoger su nombre nos abre las puertas para conocer nuestro nombre, aquél con el que el Padre nos conoce desde toda la eternidad.


NOTAS

  1. Vease el anterior fruto de la lectio titulado: «Rechazo de la luz».
  2. Según se endurece el corazón de los hombres, y coge densidad el «misterio de la iniquidad» (2Tes 2,7), la urgencia de santos se hace cada vez más perentoria. Hoy todo se juega en la respuesta radicalmente fiel de unas pocas almas que obtengan el favor de Dios.
  3. Un palacio no es, ante todo, un edificio, sino la residencia real. Donde está Cristo hay un palacio y una corte.
  4. Amador Ángel García Santos, Diccionario del griego bíblico, Estella 2011 (Verbo Divino), 177.
  5. Misal Romano, Plegaria eucarística 4.
  6. La palabra griega que utiliza san Pablo para designar esa relación es «huiothesía», que se traduce como adopción filial. San Pablo es el único autor sagrado que la utiliza, y lo hace en 5 ocasiones: Rm 8,15.22-24; 9,4; Gal 4,4-6; Ef 1,4-6. Sin embargo, san Juan no utiliza ese concepto para aludir a la filiación divina del hombre.
  7. Creemos que también sirve este razonamiento en sentido opuesto: Jesús no se sintió rechazado, en sentido teológico, cuando no recibió hospitalidad en la posada (Lc 1,7), camino de Jerusalén (Lc 9,52-53), o al comienzo del diálogo con la samaritana (Jn 4,9.12). Esos rechazos humanos no pretendían hacer un juicio teológico de Jesús y su misión, sino que eran fruto de reacciones humanas torpes y espontáneas. Sólo cuando hay un conocimiento suficiente, aunque sea intuitivo, se puede rechazar de verdad a Jesús.