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El lugar de la oración en la vida

Cardenal Robert Sarah

Dios o nada, Madrid 2015 (Palabra), 143-144.

 

Llenar un tarro al máximo 1

 

Cada uno de nosotros debe programar y construir cada día su vida de oración. ¿Cómo? Le voy a contar una pequeña historia que da que pensar.

Un día, contrataron a un viejo profesor para impartir una clase de planificación eficaz del tiempo a un grupo de quince directivos de grandes empresas. Esa clase formaba parte de los cinco talleres de la jornada de formación, de modo que el profesor solo disponía de una hora. Comenzó mirándolos despacio, uno a uno, y les dijo: «Vamos a hacer un experimento». De debajo de la mesa sacó un frasco enorme, con capacidad para varios litros, que colocó con suavidad ante él. Luego mostró una docena de piedras del tamaño de pelotas de tenis y las fue depositando cuidadosamente, una a una, en el frasco. Cuando el frasco estuvo lleno hasta los bordes y era imposible añadir una sola piedra más, alzó los ojos hacia sus alumnos y les preguntó: «¿Está lleno el frasco?». Contestaron todos: «Sí». Él esperó unos segundos y añadió: «¿Seguro?». Entonces volvió a agacharse y sacó de debajo de la mesa un recipiente lleno de grava. Con cuidado, echó la grava por encima de las piedras y agitó fuertemente el frasco. Los trozos de grava se filtraron entre las piedras hasta el fondo. El viejo profesor volvió a alzar la mirada hacia su auditorio y preguntó: «¿Está lleno el frasco?». Esta vez, sus avispados alumnos empezaron a entender su maniobra. Uno de ellos contestó: «Lo más probable es que no?». «¡Muy bien!», respondió el viejo profesor. Se agachó de nuevo y esta vez sacó arena de debajo de la mesa y la echó dentro. Una vez más, preguntó: «¿Está lleno el frasco?». Ahora, sin dudarlo un momento y todos a una, los alumnos contestaron: «¡No!». «¡Muy bien!», repuso el viejo profesor. Y, tal como esperaban los alumnos, cogió la jarra de agua que había encima de la mesa y llenó el frasco hasta arriba. Luego preguntó: «¿Qué gran verdad nos demuestra este experimento?». Como era de prever, el alumno más osado, recordando el lema de la clase, contestó: «Demuestra que, aunque creamos que nuestra agenda está llena, si de verdad se quiere, podemos añadir más citas y más cosas que hacer». «No», replicó el viejo profesor, «no es eso. La verdad que nos demuestra este experimento es esta: si no metemos primero en el frasco las piedras grandes, luego no podrán caber todas». Se produjo un profundo silencio mientras todos se convencían de la evidencia del razonamiento. El viejo profesor continuó: «¿Cuáles son las piedras grandes de vuestra vida? ¿La salud, la familia, los amigos, los sueños, la carrera profesional? Lo que hay que recordar es la importancia de meter en primer lugar las piedras grandes de nuestra vida; si no, corremos el riesgo de no ser felices. Si damos prioridad a la pacotilla -la grava, la arena-, llenaremos nuestra vida de futilidades, de cosas sin importancia y sin valor, y no nos quedará tiempo que dedicar a lo importante. Por eso, no olvidéis preguntaros: ¿cuáles son las piedras grandes de mi vida? Y luego metedlas primero en el frasco de vuestra vida». El viejo profesor saludó a su auditorio con un gesto amistoso de la mano y abandonó lentamente la sala.

¿Es la oración una de esas piedras grandes de mi vida?

 

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