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La habitación de la Trinidad

M. M. Philipon, o. p.

La doctrina espiritual de sor Isabel de la Trinidad, Buenos Aires 1948, 3ª ed. (Dedebec-Desclée), 75-90.

 

La trinidad y el ser humano

 

Todo mi ejercicio es entrar «adentro», y sumergirme en Los que están allí (Bta. Isabel de la Trinidad).

El silencio no es más que una condición de la verdadera vida.

Con el misterio de la Habitación de la Trinidad henos aquí en el punto céntrico de la doctrina y de la vida de sor Isabel de la Trinidad, verdadera santa de la Habitación divina. En eso también, fue Carmelita.

Si hay una verdad predilecta en la doctrina mística del Carmelo, es por cierto ese misterio y esa certeza de que Dios está presente en nosotros, y de que, para encontrarlo hay que entrar «adentro», en ese reino interior. Toda la vida espiritual se resume en eso. En su Camino de Perfección, en ocasión de su comentario del Padrenuestro, santa Teresa observa con profundidad que Dios no está solamente en los cielos «sino en lo más íntimo de nuestra alma» en donde hay que saber recogerse para buscarlo y descubrirlo. En el Castillo interior esta presencia de la Trinidad señala el punto cumbre de su mística: las almas que han llegado a la unión transformadora viven habitualmente en compañía de las Personas Divinas y encuentran en esa Sociedad trinitaria las más beatificantes alegrías de la tierra. De eso hace también san Juan de la Cruz el punto de convergencia de toda su teología mística, principalmente de los estados espirituales más elevados. A menudo celebraba por devoción la misa votiva de la Santísima Trinidad, y durante la celebración del Santo Sacrificio su alma, irresistiblemente arrebatada hacia ese misterio, resistía al éxtasis con dificultad. La tradición del Carmelo ha permanecido fiel a la enseñanza de esos dos grandes maestros espirituales. No es raro encontrar en los claustros teresianos almas cuya vida silenciosa está enteramente dirigida hacia el misterio trinitario. La misma santa Teresa del Niño Jesús ¿no se ofreció como víctima el día de la fiesta de la Trinidad? Su ofrenda al Amor misericordioso forma parte de una oración esencialmente trinitaria: «Oh Dios mío, Trinidad bienaventurada, a fin de vivir en un acto de perfecto amor, me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro Amor misericordioso...»[1] Sin embargo, hay que reconocerlo, sor Isabel de la Trinidad recibió una gracia muy especial para vivir de ese misterio. Dios que la predestinaba a la misión de conducir a las almas al fondo de sí mismas para hacerles tener conciencia de las riquezas divinas de su bautismo, hizo de ella, verdaderamente, la santa de la Habitación de la Trinidad.

1. La santa de la habitación divina

En la primera página de su libreta de apuntes, estando en el siglo había copiado como exergo este pensamiento de santa Teresa: «Es necesario que Me busques en ti.»[2] Hacia la edad de 19 años, se sentía «habitada». A menudo Isabel repetía a una amiga: «Me parece que Él está allí», y hacía el gesto de tenerlo en sus brazos, de apretarlo contra su corazón. «Cuando vea a mi confesor, se decía, le preguntaré qué sucede en mí».

Hemos visto cómo la Providencia le proporcionó el encuentro del Padre Vallée y de qué manera éste, como teólogo contemplativo, la ilustró sobre el dogma cristiano de la Habitación divina. Fue para Isabel Catez una luz deslumbradora y la orientación decisiva de su vida. Tranquilizada sobre la verdad de ese misterio de fe, desde ese día se sepultó con seguridad en el fondo de sí misma para buscar allí a sus «Tres». Testimonios de esa época no dejan duda alguna al respecto: antes de su entrada al claustro Isabel Catez estaba ya «poseída» por el misterio de la Habitación divina en grado excepcional. Lo tenía por tema de sus confidencias íntimas: «La Trinidad era su todo»[3].

Desde el comienzo de esta revelación súbita, que iluminó su vida, no hacía más que conversar sobre ese tema. Unos meses más tarde ya casi no hablaba de ello. Se la sentía más bien, «poseída» por la Trinidad. Este término de un testigo señala bien la pasividad de su alma bajo la acción del Espíritu Santo, desde las primeras gracias místicas del retiro de 1899. «Perdámonos en esta Trinidad santa, en ese Dios todo amor. Dejemos arrebatarnos a esas regiones en donde no hay otra cosa que Él, Él solo»[4]. «“Dios en mí, yo en Él”, sea ésta nuestra divisa. ¡Qué buena es esta presencia de Dios dentro de nosotros, en este santuario íntimo de nuestras almas! Allí lo encontramos siempre, aunque por el sentimiento no sintamos más Su presencia. Pero, con todo, está allí. Allí es donde me gusta buscarlo. Procuremos no dejarlo nunca solitario. Que nuestras vidas sean una oración continua. ¿Quién puede arrebatárnoslo? ¿Quién puede siquiera distraernos de Aquél que se ha apoderado totalmente de nosotras, que nos hace toda suya»[5].

Sor Isabel ha encontrado ya la fórmula de su vida. Ocho días después de su entrada al Convento, no hará más que transcribirla en el cuestionario que le pedirán que llene:

–¿Cuál es vuestra divisa?

–Dios en mí, yo en Él.

En el Carmelo, esta vida en presencia de Dios está considerada como una herencia sagrada que se hace remontar al patriarca Elías: «Estoy en presencia de Yaveh, el Dios vivo»[6]: es la esencia misma del Carmelo. Todos los desprendimientos, todos los silencios, todas las purificaciones tienen sólo un objeto: guardar al alma libre de aplicar todas sus potencias a esta continua presencia de Dios.

Sor Isabel encontró pues sobre este punto toda una doctrina espiritual ya familiar en el ambiente en que vivía. Para su vida interior eso fue la señal de un florecimiento completo. Hasta entonces, Isabel Catez se había mostrado una joven muy pura, muy piadosa, a quien Dios en recompensa de su heroica fidelidad, había concedido algunos toques místicos; pero le faltaba todavía una doctrina y una formación espiritual. El encuentro con el Padre Vallée había establecido su alma con certeza en la luz entrevista. La lectura asidua de san Juan de la Cruz le dio una doctrina. El ambiente religioso hizo lo demás.

Ella misma ha señalado con cuidado los pasajes de su nuevo maestro espiritual que tratan de la naturaleza y de los efectos de esta misteriosa pero muy real y sustancial presencia de la Santísima Trinidad en el alma. Por una gracia única, Sor Isabel de la Trinidad supo encontrar en esa presencia de las Tres Personas divinas en el fondo de su alma «su cielo en la tierra», el secreto de su heroica santidad.

Y ante todo le encantaba su nombre trinitario: «¿Os he dicho alguna vez mi nombre en el Carmelo? María Isabel de la Trinidad. Me parece que ese nombre indica una vocación particular. ¿No es cierto que es hermoso? ¡Amo tanto ese misterio de la Santísima Trinidad! es un abismo en el que me pierdo»[7]. «Yo soy Isabel de la Trinidad, es decir, Isabel que desaparece, se pierde, se deja invadir por los “Tres”»[8].

Esa fue la consigna de su vida de Carmelita: «Todo mi ejercicio es entrar “adentro” y perderme en Los que están allí. ¡Lo siento tan vivo en mi alma! no tengo más que recogerme para encontrarlo dentro de mí. Eso es lo que constituye toda mi felicidad»[9].

«Vivamos con Dios como con un Amigo. Hagamos viva nuestra fe para participar de Él a través de todo. Eso es lo que hace a los santos. Llevamos nuestro cielo en nosotros, puesto que Aquél que sacia a los glorificados en la luz de la visión se da a nosotros en la fe y en el misterio. Es el mismo. Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día en que comprendí eso, todo se iluminó para mí y quisiera decir ese secreto en voz muy baja a los que amo, a fin de que también ellos, a través de todo, se adhieran a Dios, y se realice esta plegaria de Cristo: “Padre, que sean consumados en el Uno”»[10].

Por un fenómeno de apropiación, familiar a las almas dominadas por una idea, ella reduce todo a eso. Las fiestas litúrgicas, en apariencia las más alejadas del misterio trinitario oculto en el fondo de su alma, van a parar a eso por una transposición muy natural para ella. La fiesta de Navidad nos da un ejemplo característico: «Una fiesta de Navidad en el Carmelo, eso es único. Por la noche me instalé en el coro, y allí transcurrió toda mi velada, con la Santísima Virgen, esperando al Divino Pequeño que, esta vez, iba a nacer no ya en el pesebre, sino en mi alma, en nuestras almas, pues es el Enmanuel, el “Dios con nosotros”»[11].

Su inspiración poética encuentra en esta Habitación divina en el fondo de su alma, su tema fundamental:

O Beata Trinitas.

Que la gracia de Dios te penetre y te invada

Derramándose en ti como un río de paz.

Que en sus olas tranquilas estés sepultada

Porque nada de afuera te roce jamás.

Allí en ese misterio, esa calma profunda,

Has de ser visitada por Dios. Y allí es

Do festéjote, madre, en la paz que te inunda

Adorando contigo en silencio a «mis Tres».

Laudem Gloriae - junio de 1906[12].

En ocasión de la fiesta de las hermanas conversas, escribe: «El día de santa Marta, hemos festejado a nuestras buenas hermanas de velo blanco. En honor de su santa Patrona tienen asueto en sus oficios, para entregarse, con Magdalena, al dulce reposo de la contemplación. Las novicias las reemplazan y cocinan. Yo estoy todavía en el Noviciado, pues en él quedamos tres años después de la profesión. He ido pues a pasar un buen día junto al horno. Mientras tenía el mango de la sartén, no he entrado en éxtasis como mi Madre santa Teresa, pero he creído en la divina Presencia del Maestro que estaba en medio de nosotros, y mi alma adoraba, en el centro de sí misma, a Aquél a quien Magdalena había sabido reconocer bajo el velo de la humanidad»[13].

Su correspondencia está llena de consejos sobre la Presencia de Dios: «Que vuestra alma sea su santuario, su reposo en esta tierra en donde es tan ofendido»[14]. «Que Él haga de vuestra alma un pequeño cielo en donde pueda descansar con felicidad. Quitad de ella todo lo que pudiera herir su mirada divina. Vivid con Él. Dondequiera que estéis, cualquier cosa que hagáis, Él no os abandona nunca. Permaneced pues sin cesar con Él. Entrad en el interior de vuestra alma: Lo encontraréis siempre allí, queriendo haceros bien. Hago por vos una oración que san Pablo hacía por los suyos: pedía que “Jesús habitara por la fe en sus corazones, a fin de que estuviesen arraigados en el amor”.[15] Esta palabra, ¡es tan profunda, tan misteriosa! Sí, que el Dios todo amor sea vuestra morada inmutable, vuestra celda y vuestro claustro en medio del mundo. Recordad que Él permanece en el centro más íntimo de vuestra alma como en un santuario en donde quiere ser amado hasta la adoración»[16].

Adaptado a las personas y a las circunstancias, vuelve siempre el mismo pensamiento fundamental: la verdadera vida está en el fondo del alma con Dios. Ahí es donde encuentra a los que le son queridos, ahí también donde encuentra el secreto de la felicidad que ha hecho de su vida un cielo anticipado.

Sor Isabel de la Trinidad fue verdaderamente el alma de una idea. Cuando, el domingo a la hora de Prima, la Iglesia ponía en sus labios el Quicumque, era arrebatada, como antaño su Madre Teresa, hacia ese misterio de los misterios en el que vivía siempre su alma. Consagraba el día domingo en honor de la Santísima Trinidad. Al acercarse la fiesta de la Santísima Trinidad, la invadía una gracia irresistible. Durante varios días, la tierra no existía más para ella. «Esta fiesta de los “Tres” es por cierto la mía. Para mí no hay otra cosa que se le parezca; jamás había comprendido tanto el misterio y toda la vocación que hay en mi nombre. En ese gran misterio te doy cita para que sea nuestro centro... nuestra morada. Te dejo con este pensamiento del Padre Vallée que constituirá tu oración: “Que el Espíritu Santo os transporte al Verbo, que el Verbo os conduzca al Padre, y que seáis consumada en el Uno, como sucedía verdaderamente con Cristo y nuestros Santos”»[17].

Así los años y las gracias de su vida religiosa la sepultaban cada día más en el fondo de sí misma con Aquél cuyo contacto, a cada momento, le comunicaba la vida eterna. Los menores acontecimientos revelaban la toma de posesión competa de esta alma por la Trinidad.

Que le hagan saber el nacimiento de una sobrinita, e inmediatamente manifiesta grande alegría en un movimiento de alma hacia la Trinidad: «Hemos hecho una verdadera ovación a la pequeña Sabel. Esta mañana, durante el recreo, nuestra Reverenda Madre –tan buena–nos mostraba henchida de placer su fotografía, y puedes adivinar si el corazón de tía Isabel latía con fuerza. Oh Guite mía, amo a ese angelito tanto, creo, como su mamita. No es poco decir. Y además, como ves, me siento íntimamente penetrada de respeto frente a ese pequeño templo de la Santísima Trinidad. Su alma se me figura un cristal que irradia a Dios. Si yo estuviera junto a ella, me pondría de rodillas para adorar a Aquel que mora en ella. ¿Quieres abrazarla en nombre de su tía carmelita, y luego tomar mi alma con la tuya para recogerte junto a tu pequeña Sabel? Si estuviera todavía con vosotros, cómo me gustaría darle el biberón, acunarla... ¿qué sé yo? Pero Dios me ha llamado a la montaña a fin de que yo sea su ángel y la envuelva con la plegaria. Por ella hago con alegría el sacrificio de todo lo demás»[18].

En sus conversaciones en el locutorio y en sus cartas con su madre, con su hermana, con sus amigas, con todos los que la tratan, discretamente pero de una manera continua no cesa de hacerse el apóstol, de esa presencia divina en el fondo de las almas: «Pensad qué estáis en Él, que Él se hace vuestra morada aquí abajo. Y luego, que Él está en vos, que lo poseéis en lo más íntimo de vos misma, que, en cualquier hora del día y de la noche, en toda alegría o prueba, podéis encontrarlo allí, muy cerca, bien adentro. Es el secreto de la felicidad, es el secreto de los santos. ¡Ellos sabían tan bien que eran el templo de Dios y que uniéndose a ese Dios se llega a ser “un mismo espíritu con Él”[19], como dice san Pablo! Y así, iban a todo, bajo su resplandor»[20].

Habría que citar todo. Para el que observa de cerca el desarrollo de esta alma, es manifiesto que, cada vez más, el misterio de la Trinidad llega a ser la verdad dominadora de su vida, mientras que todo lo demás se borra y desaparece.

El 21 de noviembre, fiesta de la Presentación de la Virgen, el Carmelo entero renovaba los votos de profesión. Mientras con sus compañeras sor Isabel pronunciaba de nuevo la fórmula de sus votos, sintió que un movimiento de gracia irresistible la arrebataba hacia la Santísima Trinidad. De vuelta a su cuarto, tomó una pluma, y, en una simple hoja de libreta, sin vacilación, sin la menor enmienda, de un solo trazo, escribió su célebre oración, como un grito que se escapa del corazón[21]:

¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayudadme a olvidarme enteramente de mí para establecerme en Vos, inmóvil y apacible, como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de Vos, oh mi Inmutable, sino que cada minuto me sumerja más en la profundidad de vuestro Misterio!

Pacificad mi alma; haced de ella vuestro cielo, vuestra mansión amada y el lugar de vuestro reposo; que nunca os deje solo; antes bien permanezca enteramente allí, bien despierta en mi fe, en total adoración, entregada sin reservas a vuestra acción creadora.

¡Oh amado Cristo mío, crucificado por amor, quisiera ser una esposa para vuestro corazón; quisiera cubriros de gloria, quisiera amaros... hasta morir de amor!... Pero siento mi impotencia, y os pido me revistáis de Vos mismo, identifiquéis mi alma con todos los movimientos de vuestra alma, me sumerjáis, me invadáis, os sustituyáis a mí, para que mi vida no sea más que una irradiación de vuestra Vida. Venid a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.

Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándoos, quiero ponerme en completa disposición de ser enseñada para aprenderlo todo de Vos; luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero tener siempre fija mi vista en Vos y permanecer bajo vuestra gran luz. Oh amado astro mío, fascinadme para que no pueda ya salir de vuestro resplandor.

Oh Fuego abrasador, Espíritu de amor, venid sobre mí para que en mi alma se realice una como encarnación del Verbo; que sea yo para Él una humanidad suplementaria, en la que Él renueve todo su misterio.

Y Vos, oh Padre, inclinaos hacia vuestra pobrecita criatura, cubridla con vuestra sombra, no veáis en ella sino al Amado, en quien habéis puesto todas vuestras complacencias.

Oh mis «Tres», mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad Infinita, Inmensidad en la que me pierdo, me entrego a Vos como una presa, sepultaos en mí para que yo me sepulte en Vos, hasta que vaya a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas.

21 de noviembre de 1904.

Ha sido necesaria toda una vida de santidad para componer plegaria semejante, una de las más bellas del Cristianismo, y un carisma especial para hacerla brotar del corazón.

De ella viven almas religiosas desde hace meses y años, sin cansarse jamás. Mientras en el silencio murmuran esta oración, sor Isabel, fiel a su misión, acoge a esas almas, las ayuda a salir de sí mismas por un movimiento simple y amoroso y las transporta apacibles a la Trinidad.

Después de 1904, fecha de la composición de su Elevación a la Trinidad, cuando Dios fue a visitarla por medio del sufrimiento, también de esta Presencia divina sacó sor Isabel la fuerza de su heroísmo sonriente. En la hora suprema de la partida, con acrecentada ternura se vuelve hacia sus amigas y los suyos para dejarles en testamento: su querida devoción a los «Tres». «... Os dejo mi fe en la presencia de Dios, del Dios todo Amor que habita en nuestras almas. Os lo confío, esta intimidad con Él “adentro” ha sido el hermoso sol que irradió mi vida, transformándola ya en un cielo anticipado. Es lo que hoy me sostiene en el sufrimiento. No tengo miedo de mi debilidad, pues el Fuerte está en mí y su virtud es omnipotente. Ella obra, dice el Apóstol, más allá de lo que podemos esperar»[22].

Igual testamento, más conmovedor aún, a su hermana: «Hermanita, soy feliz en ir allá arriba para ser tu Ángel; cuán solícita estaré de la belleza de tu alma tan amada ya en la tierra. Te dejo mi devoción a los “Tres”. Vive dentro de Ellos, en el cielo de tu alma. El Padre te cubrirá con su sombra, poniendo una como nube entre ti y las cosas de la tierra, para guardarte toda suya. Él te comunicará su poder para que Lo ames con un amor fuerte como la muerte. El Verbo imprimirá en tu alma, como en un cristal, la imagen de su propia belleza, para que seas pura con su pureza, luminosa con su luz. El Espíritu Santo te transformará en una lira mística que, en el silencio, bajo su toque divino, producirá un magnífico cántico al Amor. Entonces serás tú la “alabanza de su gloria”, cosa que yo soñaba ser en la tierra. Tú serás quien me reemplace. Yo seré Laudem Gloriae ante el trono del Cordero, y tú, Laudem Gloriae en el centro de tu alma»[23].

La habitación divina en el centro más profundo de su alma fue para sor Isabel de la Trinidad el secreto de su rápida santidad. Puede creerse su propio testimonio, escrito apenas unos días antes de su muerte: «Allá arriba, en el foco del amor, pensaré activamente en vos. Para vos pediré –y ésa será la señal de mi entrada en el cielo– una gracia de unión, de intimidad con el Maestro. Es lo que ha hecho de mi vida, os lo confío, un cielo anticipado: Creer que un Ser, que se llama el Amor, habita en nosotros en todo momento del día y de la noche y que nos pide que vivamos en Sociedad con Él»[24].

2. Su doctrina de la habitación divina

Vano sería querer pedir a sor Isabel de la Trinidad una doctrina fuertemente sistematizada, cuyos materiales hubieran sido puestos en orden por ella misma. Ella ha vivido como contemplativa los más altos misterios de la fe y especialmente el dogma de la habitación divina sin pretender desempeñar oficio de Doctor o de Teólogo, sin sospechar siquiera el alcance universal reservado por Dios a sus escritos.

En sus notas íntimas ella misma remite a pasajes de san Juan de la Cruz que habían llamado particularmente su atención, en donde el santo Doctor, en su Cántico Espiritual, trata de la naturaleza y de los efectos de esta misteriosa presencia divina. Se encuentra allí la doctrina clásica de la teología católica en una altísima luz contemplativa: Dios está sustancialmente presente en todos los seres por su contacto creador; a esta presencia común se añade una presencia especial en las almas de los justos y los espíritus bienaventurados, como objeto de conocimiento y de amor en el orden sobrenatural.

Sor Isabel de la Trinidad había meditado extensamente esos textos y tomado en san Juan de la Cruz los elementos de una doctrina mística sobre esa presencia íntima de Dios en el alma de los justos, que constituye una de las verdades más tradicionales y consoladoras del cristianismo.

El pensamiento de la Iglesia ha reconocido siempre la fuente de esa doctrina en la enseñanza tan manifiesta de Jesús: «Si alguno me ama y guarda mi palabra, mi Padre lo amará y vendremos a él y estableceremos en él nuestra morada»[25]. El texto es claro. El Hijo y el Padre habitan juntos en el fondo del alma fiel y, al mismo tiempo, el Espíritu Santo que no forma más que Uno con Ellos. Todo el misterio de la Generación del Verbo y de la Espiración del Amor se efectúa silenciosamente en las más íntimas profundidades del alma; nuestra vida espiritual llega a ser una comunión incesante con la vida de la Trinidad en nosotros. El alma, divinizada por la gracia de adopción, es elevada a la amistad divina e introducida en la familia de la Trinidad para allí vivir como el Padre, el Verbo, el Amor, y con Ellos, de la misma luz y del mismo amor, «consumada en Ellos en la Unidad»[26].

Nuestro Señor nos ha dejado, en su oración sacerdotal, la descripción de esta vida deiforme de las almas perfectas, admitidas al consorcio de la vida trinitaria: «Padre Santo, los que Tú me has dado, guárdalos en Tu nombre a fin de que sean Uno como nosotros. Que todos sean Uno como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti, a fin de que ellos también estén en nosotros. Que sean Uno como somos Uno nosotros, Yo en ellos y Tú en Mí, a fin de que sean consumados en la unidad... y que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y Yo en ellos»[27].

Después de tan explícito discurso del Maestro, ¿qué más se quiere? Entre la Santísima Trinidad y nosotros no hay unidad de naturaleza –lo cual sería panteísmo– sino unidad por gracia, que, nos asocia, a título de hijos de adopción, a la vida misma de nuestro Padre que está en los cielos, a imagen del Hijo, en un mismo Espíritu de amor. Sin la Trinidad el alma está desierta. Está habitada cuando, poseyendo en sí a las Personas divinas, entra por la fe y la caridad «en sociedad»[28] íntima con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las Tres Personas divinas están allí, sustancialmente presentes en el alma del pequeño bautizado, convertida, según la palabra de san Pablo, en el «templo del Espíritu Santo»[29]. Toda nuestra vida espiritual, desde el bautismo a la visión, se desarrolla como una ascensión progresiva cada vez más rápida hacia la Trinidad. La visión beatífica y, con mayor razón, todos los estados místicos intermediarios, aun los más elevados, de la unión transformadora, están en germen en el bautismo. No se reflexiona bastante sobre la importancia primordial de esta gracia bautismal a la que debemos el beneficio de entrar como hijo de adopción en la familia de la Trinidad.

Esta hermosa teología de la habitación divina es subyacente a la doctrina espiritual y a la vida mística de sor Isabel. Permite seguirla en los más íntimos repliegues de su alma. Para comprenderla no hay necesidad de largas disertaciones sobre el cómo de la posibilidad del misterio. Por el camino de la sabiduría infusa, con toda sencillez pero con rara profundidad de pensamiento, sor Isabel había penetrado el sentido de su vocación bautismal y comprendido que, ya en este mundo, estaba llamada a vivir, según la palabra de san Juan que tanto le gustaba, «en sociedad»[30] con la Trinidad.

Hasta había compuesto para su hermana, a manera de testamento, todo un retiro para explicarle cómo puede uno «encontrar su cielo en la tierra». Esas páginas, escritas en las últimas semanas de su vida y entregadas a su hermana después de su muerte, constituyen, con el retiro de Laudem Gloriae, como una pequeña Suma de su Doctrina Espiritual en su estadio más evolucionado. Ahora bien, desde la primera oración, sor Isabel, elevándose a la altísima luz contemplativa de la Oración Sacerdotal de Cristo, juzga de nuestro destino sobrenatural según las palabras mismas de su Maestro que llama a las almas, por gracia, a su «consumación en la Unidad»[31] de la Trinidad.

«Padre, quiero que, allí donde estoy yo, estén conmigo los que me habéis dado, para que contemplen la gloria que me habéis dado, porque me habéis amado antes de la creación del mundo»[32]. Tal es la última voluntad de Cristo, su oración suprema antes de volver a su Padre: quiere que allí donde Él está estemos también nosotros, no solamente durante la eternidad sino ya en el tiempo que es la eternidad comenzada y siempre en progreso. Importa pues saber en dónde debemos vivir con Él para realizar su sueño divino. El lugar en donde está oculto el Hijo de Dios: es el seno del Padre o la Esencia divina, invisible a toda mirada mortal, inaccesible a toda inteligencia humana, lo que hace decir a Isaías: «Sois verdaderamente un Dios oculto»[33]. Y sin embargo Su voluntad es que estemos fijados en Él, que permanezcamos en donde Él permanece en la unidad del amor; que seamos, por decirlo así, la sombra de Él mismo. «Por el bautismo, dice san Pablo, hemos sido injertados en Jesucristo»[34] y también: «Dios nos ha hecho sentar en los cielos en Jesucristo, para mostrar a los siglos venideros las riquezas de su gracia»[35], y más lejos: «Ya no sois huéspedes o extranjeros, sino que sois de la ciudad de los santos y de la Casa de Dios». La Trinidad: «he ahí nuestra morada, nuestro hogar, la Casa paterna de la que no debemos salir nunca»[36].

3. El lugar de ésta presencia: el centro más profundo del alma

El lugar de este encuentro del alma con su Dios está en ella misma, en su centro más profundo. Los místicos llaman a ese lugar, el más secreto de las operaciones divinas en donde sólo Dios penetra y puede obrar: la mens o la cima del alma. Sor Isabel, adhiriéndose de preferencia a la terminología de santa Teresa y de san Juan de la Cruz, lo designa como «el centro del alma», su centro más profundo.

Este cielo, esta casa de nuestro Padre, está en el centro de nuestra alma. Cuando estamos en el centro más profundo, estamos en Dios[37]. No tenemos que salir de nosotros para encontrarlo: el reino de Dios está «adentro»[38]. San Juan de la Cruz dice que en la sustancia del alma, hasta donde no pueden alcanzar ni el demonio ni el mundo, es donde Dios se da a ella. Entonces todos sus movimientos se hacen divinos, y aunque sean de Dios son igualmente de ella porque Nuestro Señor los produce en ella y con ella. El mismo santo dice también que «Dios es el centro del alma». Cuando el alma, según toda su fuerza conozca a Dios perfectamente, lo ame y goce de Él enteramente, habrá llegado al centro más profundo que pueda alcanzar en Él. Antes de haber llegado allí, el alma está ya por cierto en Dios que es su centro, pero no está todavía en su centro «más profundo», puesto que puede ir más lejos.

Como es el amor el que une al alma con Dios, cuanto más intenso es este amor, tanto más entra ella profundamente en Dios y se concentra en Él. Cuando posee un solo grado de amor está ya en su centro, pero cuando este amor haya alcanzado su perfección, el alma habrá penetrado en su centro más profundo: allí es donde será transformada hasta llegar a ser «muy semejante a Dios». A esta alma que vive «adentro» pueden dirigirse las palabras del Padre Lacordaire a santa Magdalena: «No preguntéis ya a nadie en la tierra por el Maestro, a nadie en el cielo, pues Él es vuestra alma y vuestra alma es Él»[39].

 


 

[1] Historia de un alma.

[2] Poema enviado por santa Teresa a Mons. Alvaro de Mendoza.

[3] Testimonio de una amiga.

[4] Carta a M. G., 1901.

[5] Carta a M. G., 1901.

[6] 1Re 17,1.

[7] Carta al canónigo A., 14 de junio de 1901.

[8] Carta a G. de G., 20 de agosto de 1903.

[9] Carta al Sr. canónigo A., 15 de julio de 1903.

[10] Carta a la Sra. de S., 1902.

[11] Carta a sus tías R., 30 de diciembre de 1903.

[12] A una hermana del Carmelo de Dijón.

[13] Carta a sus tías R., verano de 1905.

[14] Carta a la Sra. de B., 17 de agosto de 1905.

[15] Ef 3,17.

[16] Carta a la Sra. de B., verano de 1905.

[17] Carta a su hermana, junio de 1902.

[18] Carta a su hermana, marzo de 1904.

[19] 1Cor 6,17.

[20] Carta a M. L. M., 24 de agosto de 1903.

[21] Esta oración de sor Isabel de la Trinidad se encontró sin título en sus notas.

[22] Carta a la Sra. de B., 1906.

[23] Carta a su hermana, 1906.

[24] Carta a la Sra. G. de B., 1906.

[25] Jn 14,23.

[26] Jn 17,23.

[27] Jn 17,11.26.

[28] 1Jn 1,3.

[29] 1Cor 6,19.

[30] 1Jn 1,3.

[31] Jn 17,23.

[32] Jn 17,24.

[33] Is 45,15.

[34] Rm 6,5.

[35] Ef 2,6-7.

[36] «El Cielo en la tierra», 1ª contemplación.

[37] Carta a su hermana, agosto de 1905.

[38] Lc 17,21.

[39] «El Cielo en la tierra», 3ª contemplación.

 

 

 

 

 

 

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