En primer lugar, querría expresar mi más cordial agradecimiento al Rector Magnífico y a las autoridades académicas de la Pontificia Universidad Urbaniana, a los funcionarios principales y a los representantes de los estudiantes, por su propuesta de titular con mi nombre el Aula Magna reestructurada. Querría agradecer en modo absolutamente particular al Gran Canciller de la universidad, cardenal Fernando Filoni, por haber aceptado esta iniciativa. Para mí es motivo de gran alegría poder estar así siempre presente en la labor de la Pontificia Universidad Urbaniana. En el transcurso de las distintas visitas que pude hacer como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe he quedado siempre impresionado por la atmósfera de universalidad que se respira en esta universidad, en la que jóvenes provenientes prácticamente de todos los países del mundo se preparan para servir al Evangelio en el mundo de hoy. También hoy veo interiormente, ante mí, en esta aula, una comunidad formada por numerosos jóvenes que nos hacen percibir en un modo vivo la estupenda realidad de la Iglesia Católica. «Católica»: esta definición de la Iglesia, que pertenece a la profesión de fe desde los tiempos más antiguos, lleva en sí algo de Pentecostés. Nos recuerda que la Iglesia de Jesucristo jamás se ha limitado a un solo pueblo o a una sola cultura, sino que desde el comienzo estaba destinada a la humanidad. Las últimas palabras que Jesús dijo a sus discípulos fueron: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos» (Mt 28,19). Y en el momento de Pentecostés los apóstoles hablaron en todas las lenguas, pudiendo manifestar así, por la fuerza del Espíritu Santo, toda la amplitud de su fe. Desde entonces la Iglesia ha crecido realmente en todos los continentes. Vuestra presencia, queridas y queridos estudiantes, refleja el rostro universal de la Iglesia. El profeta Zacarías había anunciado un reino mesiánico que habría de ir de un mar a otro y que habría de ser un reino de paz (Zac 9,9 y ss.). Y efectivamente, en todo lugar que se celebra la Eucaristía y los hombres, a partir del Señor, forman entre ellos un solo cuerpo, está presente algo de esa paz que Jesucristo prometió dar a sus discípulos. Ustedes, queridos amigos, sean cooperadores de esta paz que, en un mundo desgarrado y violento, se torna cada vez más urgente edificar y custodiar. Por eso es tan importante el trabajo de vuestra universidad, en la que ustedes quieren aprender a conocer más íntimamente a Jesucristo, para poder convertirse en sus testigos. El Señor Resucitado encargó a sus apóstoles, y mediante ellos a los discípulos de todos los tiempos, que llevaran su palabra hasta los confines de la tierra y que convirtieran a los hombres en sus discípulos. El Concilio Vaticano II, retomando en el decreto «Ad gentes» una tradición constante, sacó a la luz las profundas razones de esta tarea misionera y lo ha asignado así con fuerza renovada a la Iglesia de hoy. ¿Pero esto es válido realmente todavía? se preguntan muchos hoy, dentro y fuera de la Iglesia. ¿La misión es realmente actual todavía? ¿No sería más apropiado encontrarse en el diálogo entre las religiones y servir juntas a la causa de la paz en el mundo? La contra-pregunta es: ¿el diálogo puede sustituir a la misión? Hoy, efectivamente, muchos son de la idea que las religiones deberían respetarse y, en el diálogo entre ellas, convertirse en una fuerza común de paz. En este modo de pensar, la mayoría de las veces se da por supuesto que las diferentes religiones son variantes de una única y misma realidad; que la «religión» es el género común que asume formas diferentes según las diferentes culturas, pero que expresa de todos modos una misma realidad. La cuestión de la verdad, la que en el origen motivó a los cristianos más que todo lo demás, aquí es puesta entre paréntesis. Se supone que la auténtica verdad sobre Dios, en última instancia, es inalcanzable y que a lo sumo se puede hacer presente lo que es inefable sólo con una variedad de símbolos. Esta renuncia a la verdad parece realista y útil a la paz entre las religiones del mundo. Pero esto es letal para la fe. En efecto, la fe pierde su carácter vinculante y su seriedad, si todo se reduce a símbolos en el fondo intercambiables, capaces de referirse sólo de lejos al misterio inaccesible de lo divino. Queridos amigos, vean que la cuestión de la misión nos pone no sólo frente a las preguntas fundamentales de la fe, sino también frente a la pregunta de lo que es el hombre. En el ámbito de un breve discurso de bienvenida, evidentemente no puedo intentar analizar en modo exhaustivo esta problemática que hoy nos interesa profundamente a todos nosotros. De todos modos, querría al menos señalar la dirección que debería tomar nuestro pensamiento. Lo hago desplazándome desde dos puntos de partida diferentes. I 1. La opinión común es que las religiones están, por así decir, una junto a la otra, como los continentes y los países individuales en el mapa. Pero esto no es exactamente así. A nivel histórico, las religiones están en movimiento, de la misma manera que están en movimiento los pueblos y las culturas. Hay religiones que están en actitud de espera. Las religiones tribales son de este tipo: tienen su momento histórico y sin embargo están a la espera de un encuentro más grande que las lleve a su plenitud. Nosotros, como cristianos, estamos convencidos que, en el silencio, ellas esperan el encuentro con Jesucristo, la luz que viene de él, la única que puede conducirlas completamente a su verdad. Y Cristo las espera. El encuentro con él no es la irrupción de un extraño que destruye su propia cultura y su propia historia. Por el contrario, es el ingreso en algo más grande, hacia lo cual ellas están en camino. Por eso este encuentro es siempre, a la vez, purificación y maduración. Por otro lado, el encuentro es siempre recíproco. Cristo aguarda su historia, su sabiduría, su visión de las cosas. Hoy vemos cada vez más nítidamente también otro aspecto: mientras que en los países de gran historia el cristianismo, en varios sentidos, se ha cansado y algunas ramas del gran árbol crecido de la semilla de mostaza del Evangelio se han secado y caen a tierra, del encuentro con Cristo por parte de las religiones en espera brota una nueva vida. Donde antes sólo había cansancio se manifiestan y llevan alegría nuevas dimensiones de la fe. 2. En sí, la religión no es un fenómeno unitario. En ella hay siempre muchas dimensiones distintas. Por un lado está la grandeza del extenderse, más allá del mundo, hacia el Dios eterno. Pero por otro lado se encuentran en ella elementos surgidos de la historia de los hombres y de su práctica religiosa. En ellas pueden encontrarse sin duda cosas bellas y nobles, pero también bajas y destructivas, allí donde el egoísmo del hombre se ha adueñado de la religión y, por el contrario, más que en una apertura la ha transformado en un encierro en el propio espacio. Por eso, la religión jamás ha sido simplemente un fenómeno solo positivo o solo negativo: en ella están mezclados uno y otro aspecto. En sus inicios, la misión cristiana percibió en forma muy fuerte sobre todo los elementos negativos de las religiones paganas con las que se encontró. Por este motivo, el anuncio cristiano fue en un primer momento extremadamente crítico de la religión. Solamente superando sus tradiciones, que en parte consideraba también demoníacas, la fe pudo desarrollar su fuerza renovadora. Sobre la base de elementos de este género, el teólogo evangélico Karl Barth puso en contraposición la religión y la fe, juzgando a la primera en forma absolutamente negativa como comportamiento arbitrario del hombre que a partir de sí mismo intenta aferrar a Dios. Dietrich Bonhoeffer ha retomado esta impostación, pronunciándose a favor de un cristianismo «sin religión». Se trata indudablemente de una visión unilateral que no puede ser aceptada. Pero sin embargo es correcto afirmar que cada religión, para permanecer en lo justo, al mismo tiempo debe también ser siempre crítica de la religión. Claramente esto vale, desde sus orígenes y en base a su naturaleza, para la fe cristiana, que por un lado mira con gran respeto a la espera profunda y a la riqueza profunda de las religiones, pero por otro lado ve en forma crítica también lo que es negativo. Es de suyo que la fe cristiana debe siempre desarrollar de nuevo esa fuerza crítica, también respecto a su propia historia religiosa. Para nosotros los cristianos, Jesucristo es el Logos de Dios, la luz que nos ayuda a distinguir entre la naturaleza de la religión y su distorsión. 3. En nuestro tiempo se torna cada vez más fuerte la voz de los que quieren convencernos que la religión como tal está superada. Según esta forma de ver, sólo la razón crítica debería orientar el obrar del hombre. Detrás de parecidas concepciones está la convicción que con el pensamiento positivista la razón, en toda su pureza, ha adquirido definitivamente el dominio. En realidad, también este modo de pensar y de vivir está históricamente condicionado y vinculado a determinadas culturas históricas. Considerarlo como el único válido disminuiría al hombre, al sustraerlo de las dimensiones esenciales de su existencia. El hombre se torna más pequeño, no más grande, cuando no hay más espacio para un ethos que, en base a su naturaleza auténtica, remite más allá del pragmatismo, cuando no hay más espacio para la mirada dirigida a Dios. El lugar propio de la razón positivista está en los grandes campos de acción de la técnica y de la economía, y sin embargo ella no agota todo lo humano. Así, nos espera a nosotros creyentes abrir siempre de nuevo las puertas que, más allá de la mera técnica y el pragmatismo puro, conducen a toda la grandeza de nuestra existencia: al encuentro con el Dios viviente. II 1. Estas reflexiones, quizás un poco difíciles, deberían mostrar que también hoy, en un mundo profundamente mutado, sigue siendo razonable la tarea de comunicar a los otros el Evangelio de Jesucristo. Y sin embargo hay también un segundo modo, más simple, para justificar hoy esta tarea. La alegría exige ser comunicada. El amor exige ser comunicado. La verdad exige ser comunicada. El que ha recibido una gran alegría no puede tenerla simplemente para sí, debe transmitirla. Lo mismo vale para el don del amor, para el don del reconocimiento de la verdad que se manifiesta. Cuando Andrés encontró a Cristo, no puede hacer otra cosa que decir a su hermano: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Y Felipe, a quien le había sido donado el mismo encuentro, no pudo hacer otra cosa que decir a Natanael que había encontrado a aquél de quien habían escrito Moisés y los profetas (Jn 1,45). Anunciamos a Jesucristo no para procurar a nuestra comunidad muchos más miembros posibles, y tanto menos por el poder. Hablamos de Él, porque sentimos que debemos transmitir esa alegría que nos ha sido regalada. Seremos anunciadores creíbles de Jesucristo cuando lo hayamos encontrado verdaderamente en lo profundo de nuestra existencia, cuando mediante el encuentro con Él nos será regalada la gran experiencia de la verdad, del amor y de la alegría. 2. Forma parte de la naturaleza de la religión la profunda tensión entre la ofrenda mística a Dios, en la que nos entregamos totalmente a él, y la responsabilidad por el prójimo y por el mundo creado por él. Marta y María son siempre inseparables, aunque de vez en cuando el acento puede caer sobre una o sobre la otra. El punto de encuentro entre los dos polos es el amor en el que tocamos al mismo tiempo a Dios y a sus creaturas. «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1Jn 4,16): esta frase expresa la naturaleza auténtica del cristianismo. El amor que se realiza y se refleja en modo multiforme en los santos de todos los tiempos es la prueba auténtica de la verdad del cristianismo. 21 de octubre de 2014 Benedicto XVI
Benedicto XVI en su despacho
La renuncia a la verdad es letal para la fe
Benedicto XVI
Benedicto XVI paseando con su secretario Benedicto XVI y su secretario
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