El padre Segundo Llorente, jesuita leonés (1906- 1989), pasó 40 años en Alaska evangelizando a los esquimales en condiciones de vida durísimas. Las palabras que ofrecemos a continuación fueron dirigidas a las carmelitas descalzas del Cerro de los Ángeles (Madrid) en Enero de 1964. Además de la experiencia y la sabiduría de Dios que rezuman en su estilo sencillo y directo, estas palabras son un ejemplo más de vida contemplativa en medio de la acción y un buen resumen de los valores y medios fundamentales para mantener una vida contemplativa profunda, que es el cimiento imprescindible de la acción intensa. Por eso el misionero puede hablar con claridad y autoridad de silencio, amor y purificaciones a las carmelitas que dedican su vida a la contemplación dentro del monasterio. Si no hubiera sido por la soledad, yo no hubiera resistido aquello... En la soledad he encontrado al Señor. Al Señor no se le encuentra fácilmente... Hay mucha gente que ama al Señor, así, vagamente, intelectualmente. Una fe así, intelectual..., pero ese contacto íntimo, esa experiencia, esa proximidad, ese sentirle y hablarle... todas esas cosas se sienten allí gracias a la soledad. Por ejemplo: yo por las noches, no todas, pero por las noches, cuando despacho a la gente, abro la puerta que me separa de la iglesia, entro en la iglesia y estoy yo solo con él... yo solo con el Señor… Allí no hay ruidos, nadie tose, nadie estornuda, no se oyen pasos, nadie baja las escaleras... Está uno solo. En aquella soledad uno, al cabo de los años, se va familiarizando, familiarizando, familiarizando más y más con él... hasta que llega un momento en que ya es una especie de transfiguración en él, y está uno que da gloria. Y allí me paso un rato muy largo con él por las noches. Hay noches que hace mucho, mucho, mucho frío y tengo mucho que hacer. Bueno, pues entonces antes de acostarme entro en la capilla, que a lo mejor hace 25 ó 30º bajo cero o algo así... me arrodillo y pongo los codos en el altar y pongo la cabeza así, muy cerca del sagrario, y le digo algunas cosas muy, muy bonitas, muy bonitas, y allí le tiro una infinidad de besos y... me marcho a la cama... Yo noto en muchas familias que cuando los niños van a acostarse dan un beso a sus padres, y yo digo: ¡hombre, esto que se usa en las familias... pues aquí vivimos una familia! Él y yo y la Santísima Virgen. La familia es: la Santísima Trinidad, la Humanidad de Jesucristo, la Santísima Virgen, San José y yo, ¡solos!. Ustedes tienen que formar la suya con el mismo grupo (pero sin mí). Dios es infinito... En esta familia no admito a nadie, estoy de hijo único, unigénito solo con la familia aquella. Y allí ¿pues qué dice un niño? Hay mucha diferencia entre ser uno de casa o no ser. Yo entro allí, entro en casa, y entro en la intimidad con Dios, porque soy de la familia. Y usted también tiene que hacerse su familia, apañárselas como pueda... Entonces yo noto lo siguiente: cuando no se tiene más que un hijo o una hija nada más, se la quiere de una manera especial, porque es la única. Pues para Dios nuestro Señor, que es infinito, cada uno es como si fuera él solo... Somos una familia, claro, una infinitud... Hay dos maneras de ver esto: una manera es verlos a todos debajo del manto de la Virgen... a todos amparados debajo del Sagrado Corazón... a todos en la casa de Dios. Y otra manera, es uno solo. Cuando no se tiene más que un hijo, siempre se le tiene un cariño especial y se le permiten ciertas travesuras... ¡Claro, se le corrige siempre!, pero... se le frunce el entrecejo, pero se supone que la chica hará alguna travesurilla. Mientras la travesurilla sea pequeña, pues está bien, no pasa nada, ¡claro! Por eso cada una de ustedes es hija única de Dios. Bueno, pues a ustedes les permite travesurillas... Miren, cuando no sepan de qué confesarse, estén seguras de que ustedes faltan a lo siguiente: 1ª. «De contentarse prácticamente con una medianía en la vida espiritual», es decir, no apuntar más alto, no aspirar a más, no querer señalarme más en el servicio de Dios, no amar a Dios con todas las fuerzas que debo, no sobrenaturalizar todo lo que hago como debiera hacerlo... y no hacer todo eso supone contentarse con una medianía en la vida espiritual, ¿estamos? 2ª. «De irreverencias internas en el trato con Dios». Ahí caen todas, ¿verdad? Porque si realmente nos diésemos cuenta, así, cuenta completa de qué es lo que tratamos en la santa Misa o en la comunión y esas cosas... pues estaríamos así… como temblando de emoción, en un estado así de ternura temblorosa ante Dios... y al contrario de eso, lo damos por supuesto y vamos bostezando a comulgar... Bueno, bostezando no, pero vamos despreocupados, pensando en Cáceres o pensando en Ocaña, o pensando en yo qué sé, en vez de pensar lo que debemos pensar, de manera que a eso se llama irreverencia interna; externamente estamos muy modositos, muy reguapitos... internamente andamos por los Cerros de Úbeda, ¿verdad? Ya tienen dos acusaciones. 3ª. «Faltar al silencio interno». ¿Saben lo que es silencio interno? Silencio interno es: •pensamientos frívolos, •pensamientos tontos, •pensamientos vanos, •pensamientos del pasado, •pensamientos de cuando fuimos a la escuela, de aquella vez que nos caímos en el río, de aquella vez cuando salimos a bailar..., y por falta de silencio interno Dios nuestro Señor no nos habla como quisiera hablarnos, porque nos encuentra ocupados... Quiere hablarnos, pero estamos ocupados. ¿En qué estamos ocupados? Pues en esos pensamientos. 4ª. «Preocuparme inútilmente en cosas que ni me van ni me vienen». Porque no están muertas todavía... ¿Están muertas ya? Todavía no se han muerto, ¿eh?... Para morir, 1º quererlo, hay que quererlo... 2º Se va uno a la iglesia... y empieza a morir a todo. Mueren: •a la patria, porque si la mandan a Alaska, o la mandan al Congo o al Canadá, usted está dispuesta a dejar España, ¿verdad? Pues usted muere a la patria. •mueren a la lengua. Si la mandan al extranjero tiene que aprender otra lengua. ¿Está dispuesta usted a aprender otra lengua? ¿El japonés o así? ¿Usted va a morir al español? ¿Está dispuesta a sacrificar la lengua española?... Cada muerte de éstas es un golpe formidable en la cabeza del egoísmo, ¿eh?... •mueren a la familia, quiere decir que hay que estar completamente despegada. La familia hay que quererla mucho. ¿eh?, pero hay que dejarla, ¿estamos? Y si alguna hermana de usted se casa, usted se coge la fotografía, le da un par de besos y después la rompe. ¿Por qué? Porque esas cosas atan, esas cosas llenan la habitación, la celda es pequeña, no hay sitio para esas cosas, ¿estamos? Usted rece mucho por ella, rece mucho por la familia. Bueno, pero mueran a la familia. ¿eh?... •después mueren a la voluntad propia. ¡Hombre!, eso es facilísimo. Miren, no tienen que hacer más que lo siguiente: nunca hagan nada porque les gusta, nunca dejen de hacer nada porque les disgusta. Háganlo porque ésa es la voluntad del Padre Dios, todo lo que hacen lo hacen para agradar a Dios, y con eso ya no tienen voluntad propia. Bueno, ¿qué cosas quiere Dios?... Quiere todas las cosas que manda la Regla, eso lo quiere Dios; las virtudes, la práctica de las virtudes, eso lo quiere Dios; el silencio, la unión con Dios. ¿Qué es lo que quiere Dios?... Pues al alma le sale una especie de radar para ver, aunque haya una bruma espesísima a una distancia enorme, aunque sea noche oscurísima, con el cual ve venir los cielos de lejos, ve venir a mil kilómetros ya lo que ofende a Dios y lo que le agrada a Dios... ¿eh? Usted hace las cosas para agradar a Dios. Todo lo que hace lo hace porque Dios lo quiere, se acuesta porque Dios lo quiere, come porque Dios lo quiere. Ustedes hacen todo para gloria de Dios, y cuando les llegue la muerte, dicen: yo me muero porque Dios lo quiere... vivo porque Dios quiere que viva... y si usted se pone enferma, dice: porque Dios lo quiere, así... Y cuando lo sobrenaturalicen todo, cuando hagan todo, como lo han hecho por la gloria de Dios, han muerto ustedes a su propia voluntad... No es imposible, ¿verdad? Pues manos a la obra... •luego mueren a la compañía. Ustedes están aquí con las que Dios les trae, no con las que ustedes quisieron tener. •mueren a los consuelos espirituales. Ustedes se agarran a los consuelos que Dios les dé. A las lágrimas que les dé, agárrense bien a ellas y si Dios se las quita, si Dios quiere que usted pase por esas purificaciones, noches del sentido y noche del espíritu, no se quejen, ¿eh? Y díganle al Señor: Señor si tú a mí no me arredras, tú me estás queriendo... Mientras más árida y seca estoy, más me quieres tú. Así, con eso, pues ya se pasa mejor la aridez... Cuando el demonio las persuada a ustedes de que ustedes están ya condenadas, que ésas son las pruebas de la purificación del espíritu, díganle al Señor: aquí Satanás no hace más que decirme que yo estoy condenada, pero yo no se lo creo... Se lo dicen a él, ¿eh? Y así con eso ya están ustedes despojadas de todo y muertas a todo... •Ah, ¡claro! a la fama, tienen que morir a la fama. A usted lo mismo le da ser abadesa que ser cocinera, ¿verdad? Lo mismo le da un oficio que otro, ¿verdad?... ¿Todavía no están muertas a los oficios?... la fama, las ocupaciones, las compañeras, la voluntad propia, la lengua, la patria, la familia y los consuelos espirituales ... Y cuando hayan muerto a esto, ya están muertas. Y luego después se levantan muertas y echan a andar muertas. ¿Ya está bien?... Hasta que a los tres o cuatro días resucitan... y una vez que resuciten... ¡a morirse otra vez! ¿Saben ustedes cuántas veces hay que morir y resucitar? ¡Setenta veces siete!... Y si las coge la muerte muriendo y resucitando, muriendo y resucitando, son ustedes como el Señor, que iba camino del Calvario, que es la muerte, y allí: Venid, benditos de mi Padre... Y ya está... Es que yo todo se lo cuento al Señor... todo se lo cuento a él. Dice San Juan de la Cruz que las almas así, Dios tira con tal fuerza del alma y las almas tiran con tal fuerza de Dios, que las carnes ya no pueden sujetar al alma y el alma sale, y eso es morir de amor... Y esas almas ya no pasan por el purgatorio, porque ya están purificadas de amor de Dios. Y no pasan por el juicio, porque ya están juzgadas de antemano y aprobadas. Bueno, pues a mí me dio mucha luz... Cuando me veo en algún apuro o viene algún contratiempo o un desplante o algo, digo: Bueno, ¿y a mí qué me importa todo eso, si yo voy a morir de amor?... ¿A mí qué más me da... que me ahogue, o que muera en el hospital, o que muera en la cama, que nieve, que haga frío, que pierda el tren, que no lo pierda, a mí qué más me da, si tengo que morir de amor? ¡A mí que más me da! Puede que a lo mejor les ayude a ustedes. Procuren desarrollar ustedes un poco de soledad por Dios, un poco de soledad por la ausencia de Dios... Eso hace mucho bien al alma... Soledad de Dios... Ausencia de Dios... como que les cuesta llevar ya tanto tiempo aquí, ausentes de él... que la vida se va gritando... Aquello de Santa Teresa cuando daba el reloj se alegraba porque ya le quedaba una hora menos de... ¿verdad que sí? Y luego, al acostarse, pues otro día más cerca... Ya otro día más... por la noche estoy un día más cerca de Dios... Así... cierta ausencia de Dios... Esa ausencia de Dios ayuda mucho al alma, despega mucho de la tierra... ¿estamos?...
Segundo Llorente en Alaska Segundo Llorente en el hielo
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Testimonio de un misionero contemplativo Segundo Llorente, s. j., Cartas desde Alaska, Madrid 2001 (Edibesa), 258-263.
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