PŠgina de navegaciůn-Contemplativos en el mundo
Casa edificada sobre roca SŪmbolo del correo electrůnico La balanza de la justicia Tomando apuntes en una reuniůn Campanario al atardecer La luz que ilumina el libro Rostro del padre Moliniť Caminando en la soledad del desierto Caja de herramientas NiŮo mirando a flor que sale del asfalto La cruz y el EspŪritu
Para suscribirse a las novedades:
°nuevo!

Retiro espiritual

El Espíritu Santo (2)

 

Luz y fguego del Espíritu

 

Descargar el presente documento en PDF

 

En el presente retiro vamos a ofrecer orientaciones concretas para entrar en una oraci√≥n profunda y contemplativa que nos introduzca en la experiencia viva del Esp√≠ritu Santo como alma de nuestra alma y nos ayude a conocerlo mejor. Para ello nos apoyaremos en la materia que desarrollamos en el retiro anterior sobre el Esp√≠ritu Santo y que, continuando donde lo dejamos, nos servir√° para avanzar en la profundizaci√≥n de lo que constituye el n√ļcleo esencial de la vida espiritual cristiana.

1. Hijos de Dios por el amor

 

Tomado de la mano del padre

 

Hemos de empezar afirmando que, ¬ęDios es amor¬Ľ (1Jn 4,8); por tanto, Dios ama. √Čse es su ser y su acci√≥n, puesto que, como dice santo Tom√°s de Aquino, ¬ęel obrar sigue al ser¬Ľ. Pero hemos de tener cuidado porque, al hablar del amor de Dios, solemos proyectar sobre Dios la experiencia humana que tenemos del amor magnific√°ndola; sin embargo eso no nos sirve para acercarnos al verdadero amor divino, porque reduce considerablemente el amor infinito de Dios a nuestros l√≠mites. Tenemos que hacerlo al rev√©s: lo primero es entrar en el conocimiento del amor de Dios y, a partir de ah√≠, descubrir el aut√©ntico amor humano, que es reflejo temporal del amor de Dios. El amor divino no es el amor humano perfeccionado, sino que el amor humano es el amor divino limitado por nuestra condici√≥n.

Esto significa que no podemos amar y, por tanto, no podemos ser personas plenas sin conocer y poseer el amor de Dios. Y este conocimiento no es algo que podamos alcanzar con nuestras fuerzas, sino que es un don que Dios nos concede por medio del Esp√≠ritu. Por eso necesitamos al Esp√≠ritu Santo para que nos introduzca en el amor de Dios y nos descubra ese amor por v√≠a de experiencia. Esto no es algo que podamos descubrir con nuestras capacidades o que nos puedan comunicar desde fuera, sino que s√≥lo lo podemos conocer como fruto de una revelaci√≥n interior que realiza el Esp√≠ritu Santo. De esta revelaci√≥n surge el verdadero conocimiento y la experiencia del amor divino y, a partir de ah√≠, nos adherimos, por la fe, a ese Dios que descubrimos que nos ama; y esa adhesi√≥n nos lleva a la uni√≥n de amor con Dios, que es el fin √ļltimo de nuestra vida, aqu√≠ en esta vida y de forma plena en la eternidad. Eso es lo que nos dice San Juan: ¬ęNosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos cre√≠do en √©l. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en √©l¬Ľ (1Jn 4,16). De modo que la esencia de la vida cristiana es conocer el amor de Dios, creer en ese amor y permanecer en el amor que es Dios.

Esta ¬ęrevelaci√≥n¬Ľ es el √ļnico camino para comprender, por v√≠a de experiencia, el amor genuino de Dios, que es la fuerza que trasforma necesariamente toda nuestra vida. El que entra en esta experiencia no puede dejar de cambiar. Por eso la conversi√≥n o la santidad no es algo dif√≠cil, como piensan muchos; lo dif√≠cil es no ser santo cuando uno tiene esta experiencia de uni√≥n de amor con Dios por medio el Esp√≠ritu Santo, porque √©l nos cambia en lo esencial. Luego queda el pecado, el ambiente, nuestra libertad‚Ķ, pero el don est√° entregado y el cambio est√° hecho.

Esta revelaci√≥n transformante es algo que s√≥lo el Esp√≠ritu Santo puede hacer, porque √©l es el que mejor conoce el amor divino trinitario, ya que √©l mismo es el nexo de amor que une al Padre con el Hijo en el seno de la Trinidad. El Esp√≠ritu Santo conoce lo profundo de la Trinidad, porque es el que une a las personas trinitarias en el amor. Y puesto que habita en nosotros, en lo m√°s profundo de nuestra alma, es el que mejor nos conoce y puede revelarnos interiormente el amor entra√Īable que Dios tiene por nosotros. De hecho est√° ah√≠ para eso. √Čl quiere y puede revelarnos ese amor. Sin esa revelaci√≥n del Esp√≠ritu Santo no podemos hacer nada, evang√©licamente hablando; y la vida cristiana se convierte en una ideolog√≠a, en una moral o en una religi√≥n m√°s. Sin esta manifestaci√≥n interior del amor de Dios no hay vida cristiana; aunque, lamentablemente, muchos cristianos viven su fe simplemente como una religi√≥n m√°s, que les ha tocado vivir por su lugar de nacimiento. Realizar esta ¬ęrevelaci√≥n¬Ľ forma parte esencial de la misi√≥n espec√≠fica que tiene el Esp√≠ritu cuando Jes√ļs nos lo env√≠a desde el Padre.

Hemos de preguntarnos: ¬ŅQu√© amor nos revela el Esp√≠ritu Santo? Ya hemos dicho que nos revela el amor de Dios. Pero, ¬Ņc√≥mo es ese amor? Y hemos de responder que lo m√°s genuino del amor de Dios por nosotros, lo m√°s peculiar e inimaginable del amor de Dios, que s√≥lo podemos conocer por revelaci√≥n del Esp√≠ritu Santo es la Misericordia. ¬ęMisericordia¬Ľ significa ¬ęcoraz√≥n vuelto el m√≠sero¬Ľ, el amor que se deshace por el pobre, por el limitado, por el miserable. √Čse es el modo que tiene Dios de amarnos, y es lo que nos descubre la debilidad de su coraz√≥n por nuestra miseria, de modo que podemos decir que Dios est√° enamorado de nuestra miseria. Es como el padre que quiere a todos sus hijos por igual, pero siente una especial ternura y debilidad por el hijo deficiente o enfermizo, al que no puede evitar quererlo m√°s que a los otros, aunque siga defendiendo que los quiere a todos por igual; porque el amor paternal y maternal se orienta inevitablemente a la miseria, a ejemplo del amor divino. Porque Dios no se enamora de la inteligencia, los m√©ritos o la fuerza que podamos tener. √Čl de eso lo posee todo y no necesita nada que le podamos dar nosotros. Pero lo √ļnico que Dios no posee es la miseria; y por eso le atrae y se enamora de la debilidad, la pobreza, la menesterosidad, la vulnerabilidad‚Ķ, porque es lo que no tiene y es hacia lo que siente una atracci√≥n irrefrenable.

 

Abrazando la pobreza

 

Esta inclinación de Dios por nuestra pobreza es la razón por la que el Espíritu Santo nos anima a dejarnos amar por ese amor, para lo cual nos mueve a desnudarnos de toda apariencia de mérito, de importancia, de fuerza o de virtud, para así abismarnos en la misericordia de Dios. Este impulso del Espíritu es lo contrario que se suele hacer en las religiones en general, y que también hacen la mayoría de los cristianos, que se aplican a acumular méritos ante Dios para ganarse su favor. Pero el camino del Espíritu es el contrario, porque nos muestra que no necesitamos alcanzar el favor de Dios porque lo tenemos ganado de antemano.

Estamos, pues, ante una realidad asombrosa y luminosamente simple, aunque muy delicada; porque, a la vez que esa misericordia de Dios es un don incre√≠ble y extraordinario, tambi√©n es una responsabilidad y un problema, porque, por fascinante que sea el regalo, tenemos una gran dificultad en recibirlo, ya que nos resulta mucho m√°s dif√≠cil dejarnos amar que amar. Espont√°neamente estamos mucho m√°s dispuestos a ¬ęconstruir¬Ľ un gran amor a Dios que a dejarnos amar por √©l; porque amar supone que asumimos un protagonismo, mientras que dejarnos amar exige renunciar a dicho protagonismo y entrar en una ¬ępasividad¬Ľ contraria a la necesidad de autoafirmaci√≥n a la que tendemos espont√°neamente.

Sin embargo, todos nuestros esfuerzos por ser los protagonistas del amor no llegan muy lejos y nos sirven de poco ante Dios. Lo √ļnico que Dios espera de nosotros es que nos dejemos amar. Y eso nos cuesta m√°s porque exige la humildad de aceptar nuestra pobreza y nuestra incapacidad. Recordemos en este punto el retiro ¬ę¬ŅPor qu√© no soy santo?¬Ľ a partir del apartado 4, El plan de Dios y el muro. Ah√≠ ofrec√≠amos pistas que nos ayudasen a profundizar en la necesidad de aceptar nuestra miseria como base de la vida evang√©lica.

Para revelarnos este peculiar amor de Dios, el Espíritu Santo, que conoce de primera mano lo íntimo de Dios, se convierte en el testigo de nuestra miseria, que también conoce de primera mano porque nos penetra hasta lo más hondo de nosotros mismos, y porque desde dentro nos muestra lo que somos realmente. Esto lo necesitamos porque nos cuesta aceptar nuestra pobreza. De hecho, incluso en la misma confesión manifestamos los fallos que hemos tenido a pesar de ser buenos, la sorpresa de una debilidad que no aceptamos y el propósito de eliminar el pecado con nuestras propias fuerzas. Lejos de mostrar ante Dios nuestra miseria invencible, para que él tenga misericordia y nos cambie, caemos en el colmo de la inaceptación, presentándole nuestro entusiasta afán por eliminar nuestra debilidad como condición para que nos perdone.

Tenemos el Esp√≠ritu Santo que nos dice que no necesitamos garantizarle a Dios que vamos a cambiar lo que no podemos cambiar, que lo que tenemos que hacer es conocernos y descubrir que no podemos nada. El Esp√≠ritu Santo nos muestra nuestra debilidad y nos ofrece la oportunidad de cambiar, que s√≥lo es posible si le dejamos que nos cambie. Y, tristemente solemos elegir no cambiar, preferimos hacer los peque√Īos remiendos al alcance de nuestras fuerzas, que no sirven para nada, con tal de no reconocer que somos incapaces de ese cambio y perder el protagonismo de nuestra transformaci√≥n dejando a Dios que lo haga.

El Esp√≠ritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¬Ņqui√©n conoce lo √≠ntimo del hombre, sino el esp√≠ritu del hombre, que est√° dentro de √©l? Del mismo modo, lo √≠ntimo de Dios lo conoce solo el Esp√≠ritu de Dios (1Co 2,11. Cf. Rm 8,27).

El Esp√≠ritu de Dios conoce la esencia del amor de Dios; y, a la vez, est√° en nosotros y conoce nuestra miseria. Este Esp√≠ritu, que hemos recibido en el bautismo y en la confirmaci√≥n, habita en nosotros, es el testigo del amor infinito de Dios y nos deslumbra mostr√°ndonos ese amor infinito que le lleva a Dios a desposarse con nuestra miseria. La oraci√≥n, por tanto, debe llevarnos a tomar conciencia de estas realidades, tan simples como alejadas de nuestra mentalidad, para lo cual hemos de dejar que el Esp√≠ritu Santo nos muestra el inconcebible proyecto de amor que tiene Dios y que no podr√≠amos so√Īar ni intuir si no se nos hubiera revelado desde dentro.

Para acercarnos a intuir un amor tan singular recordemos lo que ya dijimos en el retiro sobre La radicalidad de los santos, donde propon√≠amos como reflejo del amor de Dios el amor humano m√°s grande, que es el amor de la madre, y present√°bamos el ejemplo de la falta de repugnancia, y hasta cierto punto casi de un tierno ¬ęgusto¬Ľ, que tiene una madre hacia los excrementos de su beb√©, y a la que le resulta incluso grato el cambiar sus pa√Īales[1]. La madre no encuentra desagradable cambiar los pa√Īales de su hijo, incluso hace fiesta por lo que ha hecho su ni√Īo. Como apuntan los psic√≥logos, el beb√© apenas es consciente de casi nada, pero tiene consciencia de que √©l, incapaz de hacer algo, lo √ļnico que puede ¬ęfabricar¬Ľ es su caca y su pis; eso s√≠ es suyo, porque lo ha hecho √©l. Y se lo regala a quien m√°s quiere, como prueba de amor. Por eso para el beb√© es muy importante c√≥mo recibe su madre este ¬ęregalo¬Ľ precioso. Y la madre puede recoger las deposiciones del ni√Īo con la misma alegr√≠a con la que su hijo se las ofrece, porque ambos se aman y as√≠ expresan y comparten su amor.

 

Limpiando al bebé

 

Esta experiencia humana tan significativa nos ayuda a vislumbrar lo que constituye la reacci√≥n de Dios ante nuestra miseria. Nosotros estamos empe√Īados en disimular nuestra miseria -nuestra ¬ęcaca¬Ľ- para que no se note. Estamos empe√Īados en ocultarla porque estamos convencidos de que nadie puede amar nuestra miseria. La novedad que nos aporta el Esp√≠ritu Santo consiste en descubrirnos con gozosa evidencia que no tiene sentido que construyamos un caparaz√≥n para ocultar nuestra miseria y encerrarnos con ella, porque Dios ama nuestra miseria y √©l est√° deseando abrazarla y transformarla, por maloliente que nos parezca.

El reto que nos plantea el amor de Dios consiste en dejar de disimular nuestra podredumbre, abrirle las puertas de nuestra vida y dejar que se vean nuestras miserias; dejar que Dios entre en nuestra casa, llena de suciedad y de basura, sabiendo que él lo limpia todo con sólo su presencia, porque es la luz, la verdad y el amor. Hemos de entrar en esta experiencia, y no de manera teórica sino de manera real. Así descubriremos el modo de amarnos que tiene Dios, lo que es de vital importancia para nosotros, porque sólo de la experiencia de este amor gratuito e incondicional puede brotar la auténtica confianza en Dios que caracteriza nuestro amor de correspondencia hacia él.

Estamos, por tanto, ante un conocimiento ¬ęexperiencial¬Ľ, que trasciende lo te√≥rico, al que tenemos acceso porque hemos recibido el mismo amor divino. Tal como nos dice san Pablo en el texto clave de Rm 5,5 al que nos vamos a referir muchas veces, este amor extraordinario e inimaginable de Dios por nosotros es el fruto inmediato del don del Esp√≠ritu Santo: ¬ęEl amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp√≠ritu Santo que se nos ha dado¬Ľ. Dios no nos da el Esp√≠ritu Santo como un lujo o como un capricho, sino como una ayuda imprescindible, porque no podemos tener la experiencia del verdadero amor si no nos la regala con su Esp√≠ritu. Por eso, a partir de la exaltaci√≥n de Cristo y su glorificaci√≥n a la derecha del Padre, √©ste env√≠a a la tercera persona de la Trinidad para que habite en nosotros, inund√°ndonos del amor trinitario y, por medio de ese amor el Esp√≠ritu Santo nos configure de nuevo a imagen de Cristo con una nueva creaci√≥n.

Porque, si le abrimos las puertas, este cambio imparable que realiza el Esp√≠ritu en nosotros es una nueva creaci√≥n, nos re-crea de nuevo. Es el nuevo nacimiento del agua y del Esp√≠ritu del que nos habla el Se√Īor en Jn 3,5 y por el que dejamos de ser lo que √©ramos para ser Cristo. Nicodemo, l√≥gicamente, no entiende c√≥mo puede realizarse este nuevo nacimiento, porque es el Esp√≠ritu Santo el que lo realiza. Y la re-creaci√≥n que lleva a cabo no s√≥lo hace que nos ¬ęparezcamos¬Ľ a Cristo, sino que modela nuestro ser m√°s profundo, ¬ęre-cre√°ndonos¬Ľ a imagen del mismo Cristo. As√≠ podemos decir como san Pablo: ¬ęNo soy yo el que vive, es Cristo quien vive en m√≠¬Ľ (Ga 2,20); de modo que, a partir de esa re-creaci√≥n, se establece una relaci√≥n peculiar entre Dios y nosotros; de manera que el Padre pueda ver en nosotros al Hijo y, a pesar de nuestra pobreza, por haber sido hechos ¬ęhijos-en-el-Hijo¬Ľ, le demos al Padre la verdadera gloria que √©l espera, la cual no es otra que la que le da el Hijo en nosotros. De modo que puedo decir que vivo y siento como Cristo, tengo sus actitudes y sus objetivos y, con mi pobreza, al ser hijo en el Hijo puedo darle aut√©ntica gloria a Dios, no con mis m√©ritos, sino parad√≥jicamente con mi miseria, porque se la he ofrecido a Dios, √©l la ha aceptado y, por medio del Esp√≠ritu Santo que me ha regalado, estoy indisolublemente unido a Cristo y le puedo ofrecer al Padre la gloria propia del Hijo.

Esta transformaci√≥n es tan real que podemos afirmar que, a partir del bautismo y por la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, somos en verdad ¬ęhijos de Dios¬Ľ:

Cuantos se dejan llevar por el Esp√≠ritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no hab√©is recibido un esp√≠ritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que hab√©is recibido un Esp√≠ritu de hijos de adopci√≥n, en el que clamamos: ¬ę¬°Abba, Padre!¬Ľ. Ese mismo Esp√≠ritu da testimonio a nuestro esp√≠ritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, tambi√©n herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con √©l, seremos tambi√©n glorificados con √©l (Rm 8,14-17).

Mirad qu√© amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¬°lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoci√≥ a √©l. Queridos, ahora somos hijos de Dios y a√ļn no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando √©l se manifieste, seremos semejantes a √©l, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,1s)

Hay que detenerse en estos textos para abismarnos en la hondura de lo que supone que podemos llamar a Dios Abb√°, es decir: ¬ępapa√≠to¬Ľ, como puede hacer con toda raz√≥n el ni√Īo indefenso que se entrega a su padre sabiendo que √©ste le ama precisamente por su vulnerabilidad. Y as√≠ podemos dirigirnos a Dios, con esa confianza y abandono, para que venga, abrace y cambie nuestra miseria ‚ÄĎnuestros pa√Īales‚ÄĎ y nos inunde con la limpieza de su amor transformante.

La vida cristiana, que es vida de la gracia, y nuestra salvaci√≥n dependen de que se realice esta transformaci√≥n en nosotros. Por eso necesitamos absolutamente esta acci√≥n del Esp√≠ritu Santo; que es, adem√°s, la acci√≥n que √©l quiere realizar en nuestra alma y s√≥lo √©l puede realizarla. Porque s√≥lo esa acci√≥n puede hacernos santos, ya que es lo √ļnico que nos hace verdaderos hijos de Dios. Pero s√≥lo podemos recibir esa gracia si nos abandonamos incondicionalmente en las manos de Dios, tal como acabamos de ver en Rm 8,14-17 (cf. Gal 4,4-7).

2. Amor y pobreza

 

El abrazo del padre

 

La acci√≥n del Esp√≠ritu Santo en nosotros es tan real y concreta que le lleva a establecerse en nosotros -en nuestro ¬ęcuerpo¬Ľ-, como morada estable. S√≥lo as√≠ podemos conocer, recibir y expresar en la vida el amor de Cristo y, como ya hemos visto, s√≥lo as√≠ podemos mantenernos permanentemente en √©l, tal como nos pide el Se√Īor cuando nos dice: ¬ęPermaneced en mi amor¬Ľ (Jn 15,9). La vida del cristiano no consiste en realizar y acumular actos de amor a Dios y al pr√≥jimo, sino en ¬ępermanecer¬Ľ en el amor de Dios, en quedar sumergido en el amor trinitario.

Es importante que subrayemos lo asombroso que resulta el hecho de que esta unión entre Dios y la persona humana, sea tan real y profunda, que una dos realidades infinitamente distantes como son Dios y el ser humano. Es un gran milagro, porque se trata de algo imposible: sólo el milagroso fruto del amor infinito de Dios es capaz de unir íntimamente a dos polos infinitamente dispares como son Dios y el hombre. Pero para que se lleve a cabo el milagro es necesario que los dos polos estén en su sitio, porque el amor exige la verdad del ser de los que se aman.

Uno de los problemas de la vida espiritual es que nuestra relaci√≥n con Dios puede resultar falsa. Voy a rezar, pero lo que le digo o le presento a Dios tiene muy poco que ver con mi realidad. Y se lo cuento, no al Dios verdadero, sino a la falsa imagen que me he creado de √©l. Muchas veces la vida espiritual es un montaje en el que un ser humano que se parece muy poco a m√≠ se relaciona con un ser divino que se parece muy poco a Dios. Y para llegar a ¬ępermanecer en el amor¬Ľ es necesario que esas dos realidades que se unen est√©n en la verdad, no  en los sentimientos, en las intenciones o en las justificaciones. Por eso es imprescindible que esa relaci√≥n se lleve a cabo desde la verdad de lo que cada uno es: desde el ser de Dios que es Amor, y el ser del hombre que es miseria. Y entonces entre ambos se establece una relaci√≥n de amor tan √≠ntima y permanente como corresponde a ese ¬ępermanecer¬Ľ al que nos invita el Se√Īor en Jn 15,9.

S√≥lo desde la verdad se puede decir con serena lucidez: ¬ęyo no soy nada y t√ļ eres todo¬Ľ, ¬ęyo soy el que no soy y t√ļ eres el que eres¬Ľ, ¬ęyo soy el vac√≠o, la pobreza‚Ķ, t√ļ eres la plenitud, la omnipotencia¬Ľ, tal como han expresado los santos. Hasta llegar a esta actitud hay que hacer mucho ejercicio de esta verdad, porque psicol√≥gicamente nos mentimos a nosotros mismos y nos creemos nuestras justificaciones, c√°lculos, a√Īoranzas, miedos y huidas, de modo que vivimos en la mentira sobre lo que somos de manera permanente. Y alimentamos esa mentira, nos la creemos e intentamos que los dem√°s se la crean. Y no nos damos cuenta de que esa mentira es la que realmente dirige nuestra vida. Mientras creemos que nuestra vida se orienta por la grandeza y el valor de lo que sentimos o creemos ser, en realidad es nuestra pobreza, nuestra miseria lo que nos gu√≠a; sin que seamos conscientes del enga√Īo, porque nos empe√Īamos en ocultar y alejar nuestra miseria de la mirada y de la acci√≥n de Dios, disimul√°ndola como podemos.

Luego nos quejamos de que nos cuesta descubrir la voluntad de Dios, o defendemos extra√Īas opciones porque decimos que ¬ęlo hemos visto en la oraci√≥n¬Ľ. Pero son nuestros complejos, miedos, necesidades o man√≠as lo que est√° decidiendo nuestra vida, sin que nos demos cuenta. Al final acabamos intentando endosarle a Dios como su voluntad el resultado de nuestras mentiras. Sin embargo, ¬Ņqu√© Dios es √©se al que le podemos endosar tan f√°cilmente nuestras mentiras? ¬Ņc√≥mo es posible esto? Pues, sencillamente, porque nuestra vida espiritual y nuestras relaciones se orientan a defender y ocultar la mentira radical de lo que somos. Y esto no s√≥lo nos afecta a nosotros sino tambi√©n a los dem√°s, porque necesitamos aceptar la mentira de ellos para as√≠ poder defender tambi√©n la nuestra.

Es funci√≥n del Esp√≠ritu Santo el llevarnos de la mentira a la verdad; para lo cual tiene que decirnos: ¬ęEres nada, simple miseria; pero no te inquietes, no pasa nada, porque Dios es tu Padre y te ama incondicionalmente; por eso, no tengas miedo, abre las puertas de tu coraz√≥n y deja de esconder tu miseria¬Ľ.

Este amor tan extraordinario que recibimos es el milagro que realiza el Espíritu Santo en nosotros, a condición de que las dos realidades que se unen en ese amor se mantengan en la verdad de su ser: que Dios sea Dios y la creatura sea pobreza. Por eso, todo se viene abajo cuando la creatura trata de elevarse, por la fuerza de sus méritos, a una supuesta altura que le permita acortar la distancia que la separa de Dios, porque eso es imposible. Yo no puedo alcanzar a Dios, pero el problema es que, al intentarlo, salgo de la verdad que exige el amor, dando al traste con la obra de la salvación.

Por eso, el Esp√≠ritu Santo nos mantiene en la permanente consciencia de nuestra pobreza, especialmente en la oraci√≥n. Realmente para orar no hay que convencer a Dios de lo que vamos a hacer o del cambio que vamos a conseguir. Para orar, sencillamente hemos de ser conscientes de nuestra nada, que es lo que nos lleva al verdadero esp√≠ritu de infancia que conquista a Dios. Esa consciencia de la verdad de lo que somos nos descubre la fuente profunda de nuestra pobreza radical, que es el pecado, ense√Ī√°ndonos a mirarlo con paz y alegr√≠a interior, haci√©ndonos saber que jam√°s podremos ser otra cosa que miseria; pero, a la vez, que somos incondicionalmente amados, precisamente porque somos amados por esa misma miseria, que es lo que conquista el coraz√≥n del Padre gracias al gemido del Esp√≠ritu que ora en nuestra alma (Cf. Rm 8,26).

Para ayudarnos a permanecer en nuestro ser de pecadores-salvados, miserables-amados, el Esp√≠ritu es el √ļnico que nos permite mantener unidas estas dos realidades inseparables, y para ello nos empuja a salir de las justificaciones, culpabilizaciones, complejos, huidas, comparaciones, mentiras, teor√≠as, etc. con los que tratamos de negar nuestra miseria y nuestro pecado; y nos ayuda a entrar en la verdad profunda de lo que somos en esencia: pecadores infinitamente amados por Dios.

Por eso el Esp√≠ritu Santo suscita en nosotros la locura de desear la pobreza, el ser nada. Pero cuidado: no olvidemos que la pobreza es un don; de modo que no podemos aceptar la pobreza, por mucho que lo deseemos, si no tenemos al Esp√≠ritu Santo. S√≥lo √©l sabe el camino de la bienaventuranza de la pobreza; es el √ļnico que puede tomarnos de la mano, como a ni√Īos, y llevarnos por ese camino. √Čl es el que nos lleva a la aceptaci√≥n de la pobreza, el que nos introduce en la locura que supone que lo humanamente inaceptable lo podamos abrazar con normalidad y nos mueve a aceptar que ese sea el √ļnico modo de ser amados por el amor trinitario. √Čse es, precisamente el deseo de Dios: hacernos part√≠cipes del amor que une a las tres divinas personas. Y para hacer posible que recibamos ese amor es por lo que el Esp√≠ritu se hace presente en nosotros y nos transforma.

3. Desposorio

 

Corazón en llamas

 

Como hemos dicho, la variedad de acciones que realiza en nosotros el Esp√≠ritu Santo nos ayuda a descorrer un poco el velo del misterio que lo envuelve, y nos permite conocerlo como persona, a partir de sus obras; pero no a partir de lo exterior, como nos sucede con el Padre, al que conocemos por el Antiguo Testamento, o con el Hijo, que nos es muy conocido por los Evangelios. En el caso del Esp√≠ritu tenemos que servirnos de las obras que realiza en nuestro interior, que nos permiten conocerlo y establecer con √©l una relaci√≥n personal de intimidad y amor. Por eso es importante que configuremos nuestra vida espiritual como el trabajo que hacemos para descubrir la presencia y la acci√≥n de una Persona que act√ļa en nosotros y que no podemos controlar. Igualmente el discernimiento evang√©lico tambi√©n consiste, en el fondo, en buscar a trav√©s de las huellas la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo que est√° actuando, y a trav√©s de lo que hace descubrirle a √©l, y por √©l conocer al Padre y su voluntad sobre nosotros.

Recordemos que el Credo de la Iglesia nos dice de Cristo que es el Hijo de Dios que ¬ęfue concebido por obra del Esp√≠ritu Santo y se encarn√≥ de Mar√≠a Virgen¬Ľ. El Esp√≠ritu Santo no tiene, por tanto, con Mar√≠a una funci√≥n meramente instrumental: no es ¬ęalgo¬Ľ a trav√©s de lo cual Dios realiza la encarnaci√≥n, sino ¬ęAlguien¬Ľ que la realiza. No es un instrumento, es una persona que act√ļa. Lo cual supone principalmente que el Esp√≠ritu Santo es ante todo una persona, con todo lo que eso significa: es la persona trinitaria que engendra en Mar√≠a al Verbo de Dios -la segunda persona de la Trinidad- como hombre. Hay que orar mucho y profundamente para empaparse de esta realidad: hay una persona divina que realiza en una mujer la encarnaci√≥n del Hijo de Dios.

De esto se deduce que, l√≥gicamente, la Virgen Mar√≠a tuvo con el Esp√≠ritu Santo una extraordinaria y profunda intimidad, una verdadera ¬ęesponsalidad¬Ľ, a la medida de la distancia entre Dios y la criatura, pero que era el mayor v√≠nculo de amor que pod√≠a existir entre los dos. Eso significa que el Esp√≠ritu Santo es el ¬ęesposo¬Ľ de Mar√≠a Virgen; descartando, por supuesto, el aspecto ¬ęcarnal¬Ľ de esta relaci√≥n, porque es incompatible con la condici√≥n espiritual del Esp√≠ritu Santo. Y a esa misma intimidad y esponsalidad ‚ÄĎsalvadas las diferencias‚ÄĎ estamos llamados todos nosotros, hasta el punto de poder afirmar que esa relaci√≥n de esponsalidad es el fundamento sobre el que se construye la aut√©ntica vida cristiana. Esa realidad tiene unas consecuencias muy importantes que, en clima de oraci√≥n profunda, nos permiten descubrir a qu√© estamos llamados.

Hemos visto que hay una gran distancia entre la vida cristiana como acumulaci√≥n de m√©ritos y esa misma vida entendida como la transformaci√≥n que el Esp√≠ritu Santo realiza cuando nos re-crea como hijos de Dios. Y esa re-creaci√≥n, que consiste en encarnar en nosotros al Hijo, ¬Ņno se realizar√° de un modo semejante al que el Esp√≠ritu Santo llev√≥ a cabo para engendrar al Verbo hecho hombre en Mar√≠a? ¬ŅNo estaremos llamados a vivir con el Esp√≠ritu Santo una relaci√≥n de intimidad ‚ÄĎsalvadas las distancias‚ÄĎ como la que tuvo Mar√≠a con el Esp√≠ritu Santo? ¬ŅNo ser√° esa esponsalidad el fundamento sobre el que se construye la vida cristiana?

A esta realidad apunta la vida contemplativa, tanto mon√°stica como secular, como experiencia radical de la fe propia de la vida cristiana verdadera. Por eso no se puede reducir la vida mon√°stica a ¬ęrezar por los que no rezan¬Ľ, y la vida cristiana secular a ¬ęayudar a los dem√°s¬Ľ, seg√ļn afirman los t√≥picos m√°s extendidos. El horizonte de nuestra vida cristiana y espiritual es la esponsalidad con el Esp√≠ritu Santo, el desposorio con Dios, como forma de que Cristo se encarne en m√≠ y, por tanto, en el mundo. ¬ŅC√≥mo puedo decir, como san Pablo, ¬ęcompleto en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo¬Ľ (Col 1,24), si yo no soy Cristo, si no puedo afirmar que ¬ęCristo vive en m√≠¬Ľ (Ga 2,20)? En el fondo todo esto no es otra cosa que la consecuencia natural de la vivencia apasionada del primer mandamiento: ¬ęAmar√°s al Se√Īor, tu Dios, con todo tu coraz√≥n, con toda tu alma y con todas tus fuerzas¬Ľ (Dt 6,5). ¬ŅNo apunta este amor a la esponsalidad a la que ya estaba llamando Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento?[2]

Toda la obra de la salvaci√≥n, desde el instante siguiente al pecado original y especialmente a partir de la revelaci√≥n de Dios en el Antiguo Testamento, se orienta a la encarnaci√≥n del Verbo, que es la puerta grande por la que el Salvador entra en la historia humana. Y ese acontecimiento tiene un protagonista humano, que es la Virgen Mar√≠a. De hecho, la encarnaci√≥n del Hijo de Dios en su seno marcar√° su vida de una manera absoluta. Se trata de una realidad que vive la Virgen Mar√≠a de una forma eminente y extraordinaria, pero no de manera √ļnica. Todo lo contrario: lo que ella vive en el misterio de la Encarnaci√≥n es el patr√≥n de la historia de amor que Dios quiere vivir con la humanidad y con cada uno de nosotros. Y √©sa es la raz√≥n por la que nos env√≠a al Esp√≠ritu Santo. De hecho, la uni√≥n de amor con Dios a la que nos empuja el Esp√≠ritu tiene el car√°cter esencial de esponsalidad que vemos en su relaci√≥n con Mar√≠a.

En nuestro tiempo, al hablar de la fe, se suele hablar de compromiso, solidaridad, apertura a los demás, etc. Estas realidades están bien, pero es algo que puede hacer cualquiera y desde cualquier perspectiva. Dios no hace una obra tan maravillosa e inconmensurable como la redención para decirnos que tenemos que ser solidarios. La razón por la que Dios crea un asombroso plan de salvación y lo lleva a cabo, implicándose tan fuertemente, es porque tiene que hacer algo extraordinario, que va más allá de nuestros compromisos y convicciones; y su objetivo es la unión que quiere tener con nosotros, que es semejante a la unión que tuvo con María: la unión esponsal.

 

La Virgen esposa y madre

 

Es muy importante que contemplemos detenidamente a Mar√≠a, su relaci√≥n con el Esp√≠ritu Santo y la obra de √©ste en ella, porque ah√≠ est√° nuestra vocaci√≥n para la que Dios nos ha creado y la gracia que recibimos para vivir dicha vocaci√≥n. Y ah√≠, en el misterio de Mar√≠a en la encarnaci√≥n, descubrimos lo que es la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo en nosotros, la inhabitaci√≥n de la Trinidad y la ¬ęencarnaci√≥n¬Ľ del Verbo. En el caso de Mar√≠a se trata de una encarnaci√≥n ¬ęf√≠sica¬Ľ y en el caso nuestro es una encarnaci√≥n espiritual, pero tambi√©n es encarnaci√≥n. Si no fuera as√≠ no podr√≠amos decir, como san Pablo, ¬ęno soy yo el que vive, es Cristo quien vive en m√≠¬Ľ (Ga 2,20). ¬ŅC√≥mo puede vivir Cristo en m√≠ si mi realidad es pecado, pobreza y miseria? Porque el Esp√≠ritu Santo nos capacita para el desposorio con Dios que llegar√° a su plenitud en el cielo. De hecho la gloria eterna del cielo no es otra cosa que vivir plenamente, sin restricciones de tiempo y espacio, el desposorio con Dios en la gloria, desposorio que ya comienza en este mundo.

Evidentemente se trata de algo que rompe todos nuestros esquemas humanos. Y no hay que avergonzarse de ello. Tenemos un gran empe√Īo en traducir el Evangelio, la gracia y la salvaci√≥n para que encajen en los patrones del mundo y se puedan entender f√°cilmente. Y evidentemente hay que hacer algo de esto; pero sin olvidar el que, por muy comprensible que lo hagamos, estamos ante el misterio. Si reducimos el misterio de Dios y la revelaci√≥n a categor√≠as comprensibles, si lo hacemos f√°cilmente accesible, humanamente hablando, lo que presentamos ya no es Dios, ya no es misterio. Reducimos el cristianismo a una ideolog√≠a, y la Iglesia a una ONG.

Pero ese Dios, que queremos hacer accesible y aceptable de manera inmediata para cualquiera no es el misterio que necesita de la persona trinitaria, que es el Espíritu Santo para que lo atisbemos y para que realice el proyecto de Dios en nosotros.

Estamos ante realidades a las que sólo podemos acercarnos por la fe. Por lo tanto, la oración de este retiro tiene que llevarnos a un acto profundo de fe que nos descubra la finalidad del extraordinario proyecto de salvación en el que Dios se implica tan a fondo que llega a hacerse hombre, a asumir una vida pobre y limitada y a acabar muriendo en el patíbulo. Esa finalidad no se limita a que seamos buenos, solidarios o naturalmente religiosos, conformándonos con lo que el mundo nos pide. Para esto no necesitamos una gracia especial, porque es algo que ya está grabado en nuestra naturaleza y en nuestra conciencia.

Si Dios llega a entrar en esa locura que es el modo concreto que eligi√≥ para encarnarse y morir por nosotros, es que quiere mostrarnos y realizar en nosotros algo inimaginable e imposible, como dice san Pablo: ¬ęNi el ojo vio, ni el o√≠do oy√≥, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman¬Ľ. (1Co 2,9). Toda la locura de amor contenida en la vida de Jes√ļs tiene esa doble finalidad: Dios quiere ense√Īarnos algo inimaginable y quiere realizarlo en nosotros. Y nos est√° diciendo que ese imposible es real. Y para aceptar esto sin recortes necesitamos la fe y la oraci√≥n.

Por eso necesitamos imprescindiblemente la oraci√≥n como el acto por el que nos sumergirnos en la realidad de lo que es Dios. Normalmente hacemos lo contrario: en la oraci√≥n intentamos meter a Dios en nuestros esquemas, criterios, miedos, man√≠as‚Ķ Y por el contrario: deber√≠amos meternos en el abismo que es Dios hasta perder pie. S√≥lo ese modo de orar se ajusta al inter√©s de Dios que tiene un especial empe√Īo en que comprendamos que lo que nos ofrece es algo de trascendental importancia en lo que nos jugamos la vida, algo imposible pero que √©l ya ha lo ha realizado. As√≠ se entiende que lleve a cabo en Mar√≠a el prototipo de la extraordinaria transformaci√≥n que quiere realizar en todo ser humano por medio del Esp√≠ritu Santo. Y por eso Mar√≠a es el modelo de la locura del desposorio que quiere realizar en nosotros y la prueba de que puede hacerlo.

Ya hemos ido viendo que el Esp√≠ritu Santo es el v√≠nculo por el que la Trinidad abraza con infinito amor nuestra miseria y se desposa con ella. Nunca insistiremos demasiado en ello, porque por mucho que lo pensemos jam√°s llegaremos a entender el amor infinito e incondicional de Dios por cada uno de nosotros, que nos ama con locura siendo lo que somos. ¬°Cu√°nto hay que mirar al Se√Īor, cu√°nta oraci√≥n, cu√°nto amor, cu√°nto abandono se necesita para poder intuir esta verdad! Un Dios locamente enamorado de m√≠, de mi miseria. El todo enamorado de la nada.

Ese desposorio que realiza Dios con nosotros, pobres miserables, ese abismo que separa a la criatura y al creador, el Todo de la nada, eso lo salva el Esp√≠ritu Santo, a condici√≥n de que aceptemos ese amor sin renegar de nuestra miseria. Esos dos polos son esenciales y hemos de mantenerlos: Hemos de creer en ese amor de Dios y tambi√©n hemos de creer en nuestra miseria. No tenemos que ganarnos y justificar el amor de Dios por nosotros apoy√°ndonos en nuestra bondad o nuestros m√©ritos. Precisamente todos los esfuerzos que van en esa l√≠nea nos alejan de la misericordia.  El camino es otro: consiste en abrirnos al Esp√≠ritu Santo, que lleva a cabo el desposorio y el fruto del mismo, que es la encarnaci√≥n; pero a condici√≥n de que creamos en esos dos polos: lo que es Dios y lo que somos nosotros. Y ah√≠ est√°, precisamente, la gran dificultad de la fe: en creer en mi miseria y no entrar en la desesperaci√≥n, sino en saberme amado y no renegar de mi miseria; aunque sin caer en el error contrario de enorgullecerme de ella.

El amor esponsal tiene como fruto normal la generaci√≥n de una vida nueva. Y √©se es el verdadero apostolado. No somos ap√≥stoles porque convenzamos a los dem√°s de unas ideas, sino porque generamos hijos de Dios en el Hijo, porque dejamos que el Verbo se encarne en nosotros, de modo que quien nos mire vea al Se√Īor y el que se encuentre con nosotros se encuentre con √©l, seg√ļn el ¬ęya no soy yo, es Cristo quien vive en m√≠¬Ľ (Ga 2,20). √Čse es el apostolado y el fruto de la evangelizaci√≥n. Por lo tanto, la obra que el Esp√≠ritu Santo realiza en nosotros, por la fe, es ¬ęcomo una encarnaci√≥n del Verbo¬Ľ, tal como se atreve a afirmar magistralmente santa Isabel de la Trinidad:

¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero volverme totalmente dócil, para aprenderlo todo de ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas mis impotencias, quiero fijar siempre la mirada en ti y habitar en tu inmensa luz.

¡Oh Astro mío querido!, fascíname, para que ya no pueda salir de tu esplendor.

¬°Oh Fuego abrasador, Esp√≠ritu de amor!, ¬ędesciende sobre m√≠¬Ľ, para que en mi alma se realice como una encarnaci√≥n del Verbo: que yo sea para √©l una humanidad suplementaria, en la que renueve todo su misterio[3].

Esto es ser cristiano. Para entender este proceso y permitir que Dios lo lleve a cabo en nosotros nada mejor que contemplar e imitar a Mar√≠a como modelo de lo que Dios desea, de la locura de su amor, de la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, de la respuesta de la criatura en la atenci√≥n al Esp√≠ritu Santo y la acogida de la tercera persona trinitaria, de la docilidad a su acci√≥n y, por √ļltimo, del fruto de todo ello.

4. Comunicación de amor y oración

 

Manos orantes

 

Todo este proceso se realiza en la comunicaci√≥n interpersonal entre el Esp√≠ritu Santo y nosotros por medio de la oraci√≥n profunda, que es la contemplaci√≥n. Ah√≠ hemos de pedirle a Dios que nos fascine, para no hacer otra cosa que mirarle, incapaces de salir de la contemplaci√≥n de su esplendor. Que nuestra vida sea mirar al Se√Īor y en la oraci√≥n serena y prolongada aprendamos a contemplarle de manera que ya no podamos mirar otra cosa y no podamos dejar de verlo en todas las cosas. Y entonces, cuando termina la oraci√≥n y nos sumergimos en el mundo ‚ÄĎporque vivimos en el mundo‚ÄĎ no dejamos de contemplar ese rostro de Dios que se revela en Cristo porque el Esp√≠ritu Santo nos lo muestra en todas las cosas, en todas las personas, en todos los acontecimientos, en todos los momentos, buenos y malos.

El Esp√≠ritu Santo, que habita en nosotros, quiere comunicarnos el misterio profundo de Dios, esa ¬ę sabidur√≠a que no es de este mundo ni de los pr√≠ncipes de este mundo, condenados a perecer, ‚Ķuna sabidur√≠a divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria... ¬Ľ (1Co 2,6-7). Tenemos que entrar en esa sabidur√≠a, a eso estamos destinados. ¬ŅQu√© sentido tiene que andemos hambreando migajas de sabidur√≠a humana y despreciemos la sabidur√≠a profunda de Dios?

En clima de contemplaci√≥n es donde el Esp√≠ritu Santo despliega en nuestra alma el atractivo del amor divino para fascinarnos y hacer que nos rindamos a esa fascinaci√≥n como ante la m√°s asombrosa declaraci√≥n de amor. De aqu√≠ se deduce que la verdadera oraci√≥n que Dios espera de nosotros para realizar su obra de transformaci√≥n interior consiste en ceder ante esa corriente de amor, ante ese fuego abrasador; aceptar que nos arrastre, que nos abrase; aceptar perder pie, abandonarnos a su fuerza, a su locura... Dejarnos empujar, derribar, quemar, llevar‚Ķ; que es lo contrario de lo que creemos que tenemos que hacer, que es mover, empujar, derribar, alcanzar‚Ķ Entramos as√≠ en el terreno de las pasividades, que necesitan mucho m√°s valent√≠a y esfuerzo que las ¬ęactividades¬Ľ que tanto nos gustan. De hecho es mucho m√°s dif√≠cil dejarse amar que amar, dejarse derribar que derribar. Es parad√≥jico que pretendamos fascinar a los dem√°s y a Dios, cuando lo importante y lo dif√≠cil es dejarnos fascinar y dejarnos conquistar por Dios. Es lo que vivieron los ap√≥stoles cuando se encontraron con Jes√ļs, y la raz√≥n por la que lo dejaron todo y lo siguieron al instante.

Pero esto no se puede hacer directa o inmediatamente; porque aceptar que Dios nos abrase y devaste, aceptar perder pie y abandonarnos a una aut√©ntica locura, va contra la m√°s b√°sica necesidad de seguridad de nuestra naturaleza. Entonces, ¬Ņc√≥mo responder a esa acci√≥n del Esp√≠ritu Santo que nos empuja, nos arrastra, nos lleva, nos mueve, nos derriba, nos destruye, nos quema hasta consumirnos? No es f√°cil, porque espont√°neamente vamos a lo contrario. Para dar la orientaci√≥n evang√©lica a nuestra vida necesitamos de una ascesis, una renuncia y una mortificaci√≥n que sean adecuadas a ese abandono real en las manos de Dios. Una ascesis precisa y valiente, porque lo √ļnico que necesitamos es entrar en la actitud de quien se deja quemar, destruir, pulverizar por el Esp√≠ritu Santo, sabiendo y aceptando por donde discurre esa tarea de demolici√≥n y a d√≥nde lleva.

Toda la vida humana tiende a encontrar seguridades apoyaturas, afectos, reconocimiento‚Ķ, por eso, si buscamos que Dios sea todo y lo √ļnico para nosotros, necesitamos ejercitarnos en la muerte a nuestras seguridades, fuerzas y m√©ritos. En este sentido resulta significativo que la ascesis y la oraci√≥n que normalmente hacen muchos cristianos sea, en gran medida, una contra-ascesis y contra-oraci√≥n. Rezamos para no encontrarnos con Dios y rellenamos el tiempo de oraci√≥n con palabrer√≠a, oraciones, m√ļsica, puestas en com√ļn, para huir del silencio o buscar un silencio que es s√≥lo evasi√≥n y no escucha. Nada de eso es cristiano, pero parece que lo buscamos para justificar nuestra huida de la verdadera oraci√≥n y, por tanto, de Dios. Y lo mismo sucede a la hora de amar o de creer: Buscamos suced√°neos que nos libren del amor y de la fe verdaderos.

Pues bien, a la hora de la mortificaci√≥n pasa lo mismo: hacemos grandes renuncias con tal de no renunciar a lo que tenemos que renunciar. ¬ŅA cu√°ntas cosas estamos dispuestos a renunciar para no renunciar precisamente a aquello que impide la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo en nosotros? ¬ŅCu√°ntos esfuerzos podemos hacer para poder decir ¬ęyo renuncio¬Ľ, ¬ęyo me venzo¬Ľ, ¬ęyo doy¬Ľ‚Ķ, con tal de no dejarnos hacer? Cada uno debe concretar esa ascesis y ejercitarla, como signo de que acepta la locura del amor divino y como expresi√≥n del amor con el que pretende corresponder a la locura del amor que Dios le manifiesta. Pero para ello tiene que dar ese salto de fe real, algo que es humanamente imposible porque estamos en las ant√≠podas de la verdadera fe; lo cual exige necesariamente la ascesis m√°s b√°sica, que consiste en dejar de endurecerse creando un caparaz√≥n de fortaleza y m√©ritos que se opone al abandono que nos pide Dios. Eso exige poner todos los medios a nuestro alcance para vivir de ese amor y para ese amor: hacer el vac√≠o interior de todo lo que no es Dios, silenciar afectos, pasiones, apegos, profundizar en el recogimiento, la adoraci√≥n, la atenci√≥n permanente a Dios, la docilidad a su voluntad, etc.

La misma oración forma parte de esa ascesis que nos dispone a la acción del Espíritu Santo; y no como un deber o un ejercicio espiritual, sino como comunicación con el Espíritu Santo, es decir, la oración profunda que se hace durante un tiempo prolongado, manteniendo el silencio interior y el recogimiento, olvidándonos de nosotros mismos para atender sólo a Dios, cuidando la preparación previa a la oración y su proyección posterior sobre la vida.

 

Postrado en oración

 

Por tanto, la ascesis primera y principal que nos pide el Esp√≠ritu Santo es la oraci√≥n. Que la oraci√≥n no sea un elemento m√°s de nuestra vida cristiana, de forma que podamos decir que ¬ęvivimos para orar¬Ľ. Esta oraci√≥n, como ascesis, nos permite entrar en la comunicaci√≥n interpersonal por la que el Esp√≠ritu y la persona humana se encuentran en la verdad de lo que son, y pueden amarse sumergidos en la corriente del amor trinitario. √Čsa es la oraci√≥n verdadera y aut√©nticamente eficaz, porque es la oraci√≥n que realiza el Esp√≠ritu en nosotros. √Čl es el que se comunica con el Padre en nosotros, el que recrea en nosotros la relaci√≥n intertrinitaria de amor, porque √©l es el que une al Padre y al Hijo en el amor, y est√° en nosotros. Orar no es otra cosa que despojarnos de nosotros mismos y de todas nuestras resistencias -√©sa es la parte de ascesis‚ÄĎ y entrar en la docilidad que nos permite sumergirnos en la corriente de amor trinitaria. Eso es lo que el Esp√≠ritu Santo hace en la Trinidad y tambi√©n lo que hace en nosotros.

El Esp√≠ritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Esp√≠ritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cu√°l es el deseo del Esp√≠ritu, y que su intercesi√≥n por los santos es seg√ļn Dios (Rm 8,26-27).

Orar no es otra cosa que dejar que el Espíritu gima en nuestro interior, sienta, viva, ame, glorifique en nosotros. Todo eso que es la acción del Espíritu Santo lo hace en nosotros, y ésa es nuestra oración. Tenemos que descubrir qué tipo de ascesis y de oración debemos realizar para entrar en la corriente del amor trinitario, porque orar es encontrarnos con el Espíritu Santo y dejarnos caer en ese flujo permanente de amor que une a la Trinidad.

Por eso, si queremos orar de verdad, no tenemos otro camino que dejarnos arrastrar por la oración del Verbo al Padre. El Hijo está permanentemente vuelto al Padre y el Espíritu Santo recrea en nuestra alma esa relación, ese diálogo de amor, hasta que esa oración -como comunicación del amor trinitario entre las divinas personas- sea verdaderamente nuestra propia oración.

√Čsta es la oraci√≥n cristiana, la comunicaci√≥n de amor entre Dios y el alma, que nos da la libertad y que exige la libertad, y que se tiene que realizar en el marco de la gratuidad. Desde el momento en que uno tiene intereses personales, necesidad de √©xito, de aprecio o de seguridad no podemos orar, porque no somos libres. Al entrar en la din√°mica de la oraci√≥n verdadera, de la comunicaci√≥n de amor de la Trinidad todo eso pierde importancia y entonces empezamos a ser libres. Ya no me importa que me valoren, que me quieran o que fracase‚Ķ, porque estoy en otra cosa. No podemos pretender buscar a Dios, amarle y servirle y estar polarizados por nuestras cosas o nuestros problemas.

El Esp√≠ritu Santo, al recrear en nosotros a Cristo, nos da la capacidad de complacer a Dios, porque realmente oramos para complacer a Dios. Como hemos dicho, orar consiste en dejarnos arrastrar por la oraci√≥n de Cristo; y la oraci√≥n de Cristo, en el fondo, es mirar al Padre y darle, en total libertad y gratuidad, lo que √©l quiere. De hecho, Dios no tiene necesidad de nuestra oraci√≥n, pero se complace en ella, porque le agrada que le amemos y que le demostremos que le amamos porque √©l nos ama; y al que ama no le es indiferente que le correspondan. La oraci√≥n cristiana se fundamenta en esa extraordinaria capacidad que nos da el Esp√≠ritu Santo: la capacidad de complacer a Dios como el Hijo complace al Padre: ¬ęEste es mi Hijo amado, en quien me complazco¬Ľ (Mt 3,17). Entonces debemos preguntarnos: ¬ŅQu√© tiene que ver todo esto con el mercantilismo de la vida espiritual en el que convertimos la oraci√≥n cristiana? El Esp√≠ritu Santo nos lleva a complacer a Dios present√°ndonos como hijos-en-el-Hijo d√°ndole gloria, ador√°ndole, am√°ndole, consol√°ndole, escuch√°ndole, acogi√©ndole, abandon√°ndonos, en definitiva, amando‚Ķ

Como nos dice san Pablo (1Co 2,9-15), el Espíritu Santo, por ser Dios, conoce perfectamente y a fondo a Dios; y al dársenos, nos permite conocer lo profundo de Dios. Eso hace que la oración pueda ser un auténtico diálogo en verdad y amor, una auténtica experiencia de amistad, en la que el Espíritu Santo nos descubre también la verdad profunda del ser humano y nos permite ver con claridad la importancia y profundidad del mal frente al relativismo del mundo y las justificaciones del pecado al que nos inducen el demonio y nuestras pasiones (cf. Jn 16,8-10).

5. Docilidad

 

Juncos flexibles al viento

 

A partir de lo dicho hasta aquí podemos entender que la esencia de la vida cristiana es consentir en la acción del Espíritu Santo, que nos introduce en la comunión trinitaria de amor desde nuestra radical miseria. Nunca insistiremos lo suficiente en la necesidad de dejar de huir de nuestra miseria, tratando de ocultarla, para aprovecharla y ser lo que somos realmente: pobres. He de dejar de hacer fuerza para parecer fuerte y, ya que soy débil, mostrarme débil y consentir que sea el Espíritu Santo el que me introduzca en esa comunión de amor desde la propia pobreza.

Todo el trabajo que hay que hacer para ser cristianos se reduce a romper la coraza de nuestros miedos, seguridades, necesidades, exigencias, cálculos…, todo eso con lo que pretendemos aislarnos del sufrimiento. Se trata, en resumen, de romper esa coraza y abrirnos totalmente al fuego del Espíritu Santo que nos coloca incondicionalmente en las manos de Dios tal como somos: vulnerables, pobres, necesitados, perdidos… Dejamos de ser, así, el arma dura y quebradiza con la que queremos defendernos, para ser junco flexible que no se quiebra, dócil al soplo del viento. Es lo que hace exclamar a san Pablo:

Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5,3-5).

√Čsta es la docilidad de los verdaderos hijos de Dios, que se dejan llevar por el Esp√≠ritu (Rm 8,14); es la esencia del mensaje de Jesucristo plasmado en las bienaventuranzas como el camino hacia la verdadera felicidad humana y sobrenatural. Un camino que estaba apuntado ya en el Siervo de Dios de Isa√≠as, sobre el que reposa el Esp√≠ritu (Is 42,1), que no se quebrar√° ante la fuerza del mal (Is 42,4) y que anuncia la mansedumbre que caracterizar√° a Jes√ļs y a sus disc√≠pulos:

¬ęEl Se√Īor Dios me abri√≥ el o√≠do; yo no resist√≠ ni me ech√© atr√°s. Ofrec√≠ la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escond√≠ el rostro ante ultrajes y salivazos¬Ľ (Is 50,5-6).

El Esp√≠ritu Santo no nos empuja a ser fuertes, a imponernos, sino a hacernos ¬ęblandos¬Ľ. Y los sufrimientos, las dificultades, la cruz, todo lo que en la vida humana y espiritual podemos sufrir, el Esp√≠ritu Santo lo aprovecha para hacernos blandos, permeables al sufrimiento, llev√°ndonos a renunciar a todas las resistencias. Eso es lo que nos hace entrar en el esp√≠ritu de las bienaventuranzas, que propone una sabidur√≠a y una fuerza inversas a las del mundo. Si aceptamos ese empuje interior del Esp√≠ritu, entonces los golpes podr√°n herir nuestro cuerpo o nuestra sensibilidad -y m√°s cuanto m√°s dependemos de nuestros apegos-, pero no pasa nada. Notamos ese dolor, pero pasa. Reconocemos la vulnerabilidad de nuestro coraz√≥n, nos doler√°, nos pueden herir y humillar‚Ķ, pero a la vez que notamos esa mordedura tenemos que saber notar ese fuego interior que precisamente entonces nos invita a abandonarnos, desde ese dolor, en el abismo del fuego del Esp√≠ritu. De ese modo las dificultades y sufrimientos nos herir√°n, pero no tocar√°n nuestra alma: la atravesar√°n sin herirla, como un cuchillo atraviesa el aire sin da√Īarlo.

La secuencia de Pentecostés, en el latín original, pide al Espíritu: Flecte quod est rigidum (¡Doblega lo que es rígido!). Es la fuerza que posee el junco, que ante el fuerte viento se dobla pero no se quiebra, frente al roble, que frente al mismo viento, no se dobla y acaba quebrándose. El junco invencible, que clama el poder de su debilidad ante la soberbia del lema clásico: Frangar, non flectar (Me quebraré, pero no me doblegaré).

Precisamente esta ¬ęductilidad¬Ľ espiritual es lo que caracteriza el esp√≠ritu de infancia que pide el Se√Īor al que quiera entrar en el Reino de los cielos: ¬ęEn verdad os digo que, si no os convert√≠s y os hac√©is como ni√Īos, no entrar√©is en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga peque√Īo como este ni√Īo, √©se es el m√°s grande en el reino de los cielos¬Ľ (Mt 18,3-4)[4]. Tenemos que ¬ęhacernos¬Ľ ni√Īos, porque de inicio no lo somos. Y no podemos serlo, si el Esp√≠ritu Santo no nos hace ni√Īos; y no puede hacernos ni√Īos si no nos doblega‚Ķ y si no nos dejamos doblegar. Porque el ni√Īo se pone confiadamente en las manos de sus padres y se deja hacer por ellos; y es la manifestaci√≥n de su independencia y la resistencia a dejarse hacer lo que se√Īala la salida de la infancia para entrar en la adolescencia.

 

Seguridad en el abrazo

 

Pero, ¬Ņc√≥mo podemos llegar hasta ah√≠? Porque puede parecer muy hermoso, pero irrealizable, una hermosa utop√≠a inalcanzable. ¬ŅC√≥mo se compagina este extraordinario proyecto de santidad con nuestros pecados y limitaciones, unidos a los del mundo y de la Iglesia? Pues se compagina por la fe. De hecho, esta maravilla no es real en nuestra vida y en la vida de la Iglesia porque no creemos; porque s√≥lo creemos en lo que podemos hacer y solucionar nosotros con nuestras ideas y nuestras fuerzas. No creemos de verdad en la presencia del Esp√≠ritu Santo en nosotros ni en el poder de Dios. Y quiz√° la raz√≥n por la que no queremos creer sea porque el poder de Dios tiene unos caminos que no son los nuestros y nos desconciertan. Pero si crey√©ramos, si le di√©ramos al Se√Īor la oportunidad de actuar, si nos dej√°ramos hacer, toda la maravilla de re-creaci√≥n que lleva al esp√≠ritu de infancia ser√≠a posible en nosotros y en el mundo.

La actitud que se requiere no necesita de una fuerza humana extraordinaria; de hecho es perfectamente compatible con nuestras limitaciones y pecados. Pero exige la actitud de verdadera fe en el Esp√≠ritu, es decir, el reconocimiento de su inhabitaci√≥n en nosotros, la plena confianza en su poder y el abandono a su acci√≥n. Con eso se llega a la confianza audaz (parres√≠a) que caracteriza al cristiano y que san Pablo expresaba magistralmente diciendo: ¬ęTodo lo puedo en aquel que me conforta¬Ľ (Flp 4,13). En definitiva, el Esp√≠ritu suscita en nosotros el permanente milagro de la fe que nos hace capaces de todo precisamente porque no podemos nada.

S√≥lo el Esp√≠ritu Santo puede animarnos a lanzarnos a lo imposible; porque no se trata de una utop√≠a, sino de un imposible. No es algo a lo que hay que tender sabiendo que no llegaremos nunca, sino algo que podemos esperar, porque se trata del milagro cotidiano que supone vivir en fe. Sin la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo no podemos ni creer, ni so√Īar, ni esperar nada de esto, y entonces estamos condenados a permanecer en nuestro baluarte, encerrados con nuestros miedos, para que no nos hagan da√Īo y poder sobrevivir tristemente. Pero ah√≠ est√° el Esp√≠ritu Santo, que tiene un deseo vehemente de invadirnos y poseernos plenamente. Y s√≥lo podr√° hacerlo si creemos en √©l y luego nos abandonamos a √©l. La confianza nace del abandono del que sabe que Dios es Dios y yo soy yo, √©l es todo y yo no soy nada. Pero si √©l me llama, puedo fiarme de √©l y abandonarme. Y, por tanto, s√≥lo √©l puede hacernos verdaderos cristianos. Sin su impulso, seremos unos pusil√°nimes que reducen la fe al cumplimiento que da seguridad o unos imprudentes que se dejan llevar por un espiritualismo subjetivo y alienante.

La razón por la que hay que insistir tanto en la importancia que tiene el abandono y la infancia espiritual, sin los cuales no puede haber vida cristiana, no estriba en que ese abandono sea un fin en sí mismo. Ser cristiano no consiste en abandonarse a Dios, sino en nacer de nuevo como hijo-en-el-Hijo. Pero esto es absolutamente imposible sin el abandono completo que nos permite entrar en la docilidad que requiere el Espíritu Santo para actuar libremente en nosotros y darnos el nuevo ser de hijos de Dios.

El deseo ferviente del Espíritu Santo es invadirnos, poseernos plenamente; y esto sólo lo podrá realizar si nos abandonamos a él con una confianza absoluta, aceptando las purificaciones, necesarias y dolorosas, que le permiten liberarnos de las ataduras que impiden ese abandono. Esta disposición a aceptar las purificaciones es la garantía real, más allá de intenciones o palabras, del abandono que nos hace dóciles al Espíritu Santo e hijos de Dios.

Por eso, toda la vida cristiana se reduce, en esencia, a la acci√≥n del Esp√≠ritu en nosotros y a nuestra aceptaci√≥n de esa acci√≥n. Precisamente Dios nos ha hecho libres para que podamos aceptar esa acci√≥n del Esp√≠ritu. Y la conjunci√≥n de la acci√≥n del Esp√≠ritu y nuestra libre aceptaci√≥n de la misma es la fuente del amor en el alma y en nuestra vida. De aqu√≠ se deduce que toda la vida espiritual consiste en hacer posible esta aceptaci√≥n, lo que exige el trabajo asc√©tico de impedir que nuestras pasiones, la influencia del mundo y todo lo que nos esclaviza imposibiliten nuestro libre abandono a la acci√≥n del Esp√≠ritu. Es lo que nos pide san Pablo cuando nos dice: ¬ęSi con el Esp√≠ritu dais muerte a las obras del cuerpo, vivir√©is ¬Ľ (Rm 8,13).

Como consecuencia de lo dicho hasta aqu√≠, la ascesis cristiana, la verdadera mortificaci√≥n, no consiste principalmente en hacer actos aleatorios de privaci√≥n, sino en renunciar a lo que nos impide la docilidad al Esp√≠ritu Santo[5]. De cada uno depende elegir las renuncias oportunas para entrar en la mejor disposici√≥n que permita al Esp√≠ritu actuar m√°s libremente; lo que va configurando en una persona la pobreza -interior y exterior- como el estilo de vida del que renuncia a las seguridades humanas para vivir ¬ęcolgado¬Ľ s√≥lo de Dios.

La vida de fe a trav√©s de la vida contemplativa, de la oraci√≥n profunda, de la mirada a Cristo, del ejemplo de la Virgen Mar√≠a nos lleva a arrojarnos al vac√≠o de la confianza. Todos creemos en Dios, pero a la hora de la verdad nos pueden nuestros miedos y nuestros c√°lculos que acaban sustituyendo a la fe; y el Esp√≠ritu es el √ļnico que desde dentro nos pide que nos rindamos al v√©rtigo de ese vac√≠o y nos arrojemos a √©l. Estamos ante un salto abismal que es humanamente incomprensible, porque exige un abandono total que rompe toda l√≥gica humana. Es un salto que s√≥lo se puede dar porque el mismo Esp√≠ritu que anima a la confianza absoluta en √©l, hace posible dicha confianza. Sin su apoyo no ser√≠amos capaces de dar un salto que humanamente parece un suicidio; pero con su presencia somos capaces de experimentar en la oraci√≥n la solidez de su impulso y de su fuerza, la seguridad que nos da la audacia de lanzarnos a un imposible que se nos muestra posible, con una certeza serena que nada tiene de idealismo o alucinaci√≥n.

 

√Ārbol derribado por el viento

 

A trav√©s de la oraci√≥n, el Esp√≠ritu Santo nos sumerge en la dulzura de la vulnerabilidad hasta que caigan todas las resistencias y nos hagamos tan blandos que el mal no pueda herirnos, al igual que el cuchillo nada puede contra el agua o contra el aire. En el fondo se trata simplemente de no resistir al mal sino abandonarnos al Esp√≠ritu Santo, dedicar las energ√≠as que perdemos tratando de enfrentarnos al mal en abandonarnos al Esp√≠ritu. √Čl nos llama a arrojamos al vac√≠o de la confianza; y s√≥lo nos pide que nos rindamos al v√©rtigo de ese vac√≠o y nos arrojemos a √©l.

√Čsta es la clave de todo el proceso de nuestra santificaci√≥n, la sabidur√≠a divina que est√° m√°s all√° de toda sabidur√≠a y que el Esp√≠ritu quiere derramar en nuestros corazones. Porque aqu√≠ nos lo jugamos todo, el sentido de nuestra vida y nuestra salvaci√≥n. Y no s√≥lo nosotros. Esto es tan importante porque en ello tambi√©n Dios se lo juega todo; ya que lo ha apostado todo al entregar al Hijo, implic√°ndose totalmente en nuestra vida con la encarnaci√≥n y la redenci√≥n; y su inter√©s no es otro que conseguir que le dejemos hacer libremente su obra de amor salvador en nosotros. Y ah√≠ es donde nos la jugamos nosotros. Con ese fin nos entrega a la Tercera persona trinitaria para que nos arrastre a la corriente de confianza y entrega absolutas que caracteriza al amor trinitario, del que nos hace participar precisamente el Esp√≠ritu que hemos recibido del Padre a trav√©s del Hijo. Merece la pena volver nuevamente sobre el texto paulino al que ya hemos aludido anteriormente:

Sabidur√≠a, s√≠, hablamos entre los perfectos; pero una sabidur√≠a que no es de este mundo ni de los pr√≠ncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que ense√Īamos una sabidur√≠a divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los pr√≠ncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Se√Īor de la gloria. Sino que, como est√° escrito: Ni el ojo vio, ni el o√≠do oy√≥, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Y Dios nos lo ha revelado por el Esp√≠ritu; pues, ¬Ņqui√©n conoce lo √≠ntimo del hombre, sino el esp√≠ritu del hombre, que est√° dentro de √©l? Del mismo modo, lo √≠ntimo de Dios lo conoce solo el Esp√≠ritu de Dios. Pero nosotros hemos recibido un Esp√≠ritu que no es del mundo; es el Esp√≠ritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos (1Co 2,9-10).

Aquí podríamos recordar lo que nos dice Santiago a propósito de la verdadera sabiduría, que viene de Dios:

La sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, intachable, y además es apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera. El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz (Sant 3,17-18).

En este sentido podría servirnos como materia de oración de petición humilde, seguir contemplativamente el ritmo de la Secuencia de Pentecostés:

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las l√°grimas

y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si t√ļ le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,

seg√ļn la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno. Amén.

6. La locura de la cruz y la Gloria

Esta actitud de docilidad y abandono que hemos visto hasta aqu√≠ encuentra su mejor ejemplo en el Hijo de Dios. En √©l contemplamos el modelo perfecto del que se deja llevar por el Esp√≠ritu Santo y le permite realizar plenamente su obra de salvaci√≥n. Mir√°ndole descubrimos el estilo de la acci√≥n de Dios y qu√© es lo que tenemos que hacer nosotros. Desde el primer instante de la Encarnaci√≥n, el Verbo se somete completamente a la voluntad del Padre, tal como nos dice la carta a los Hebreos, citando el salmo 40,7: ¬ęT√ļ no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni v√≠ctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aqu√≠ que vengo -pues as√≠ est√° escrito en el comienzo del libro acerca de m√≠- para hacer, ¬°oh Dios!, tu voluntad¬Ľ (Hb 10,6-7).

Toda la vida de Jes√ļs est√° movida por la docilidad al Esp√≠ritu Santo. Es la docilidad al Esp√≠ritu la que lo empujar√° al desierto, para someterse a la prueba y a la tentaci√≥n (Mt 4,1; Lc 4,1; Mc 1,12), la que le llevar√° a aceptar una purificaci√≥n mayor en Getseman√≠ (Mt 14,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,39-46) y, despu√©s, le har√° aceptar en silencio la ignominia de la Pasi√≥n, hasta llegar al abandono absoluto en la Cruz: ¬ęPadre, a tus manos encomiendo mi esp√≠ritu¬Ľ (Mt 23,46).

Existe un significativo paralelismo entre esta actitud de Jes√ļs y la de la Virgen Mar√≠a durante la pasi√≥n de su Hijo y, especialmente, en la Anunciaci√≥n. En ese instante coinciden perfectamente el abandono del Verbo y el de Mar√≠a que, unidos, hacen posible la encarnaci√≥n de aqu√©l en las entra√Īas de √©sta por obra del Esp√≠ritu Santo. Y todo ello respondiendo a la locura de un amor obsesivo de Dios por nosotros, en cuanto ¬ęm√≠seras¬Ľ creaturas.

En todos esos momentos podemos descubrir el estilo genuino de la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, que ahora se hace presente encendiendo en nosotros ese mismo amor obsesivo por el Verbo, porque es el √ļnico modo de hacer que se encarne en nosotros. Y, en ese amor, nos descubre al Verbo encarnado como el Crucificado y, en √©l, nos muestra el valor glorioso de la Cruz y nos anima a abrazarla con amor. Esto es lo que les falt√≥ por hacer a los Ap√≥stoles en la pasi√≥n y que luego pudieron realizar gracias al env√≠o del Esp√≠ritu Santo. Nosotros, que vivimos en el tiempo del Esp√≠ritu, disponemos de su presencia y su acci√≥n para vivir el mismo amor que recibieron los Ap√≥stoles en Pentecost√©s.

Finalmente, antes de terminar, debemos preguntarnos qu√© hemos de hacer, en concreto, para responder a la efusi√≥n del Esp√≠ritu Santo que hemos recibido, cu√°l debe ser nuestra respuesta a su acci√≥n. Para lo cual hemos de ser conscientes de que la principal tentaci√≥n y el riesgo mayor que tenemos ante el proyecto de santidad que tiene Dios para nosotros consiste en negar o traicionar el plan de Dios. Hay muchas formas, m√°s o menos conscientes, de afirmar: ¬ęNo me interesa el plan de Dios, no quiero complicarme la vida; con mis miedos, y mis defensas me las apa√Īo muy bien. No quiero abrir las ventanas y que entre el aire del Esp√≠ritu, porque nunca se sabe lo que puede entrar¬Ľ. Es la forma de darle la espalda al plan de Dios, como hicieron los Ap√≥stoles en la pasi√≥n de Jes√ļs.

Pero lo m√°s probable es que no lleguemos a una negaci√≥n o traici√≥n frontal, que se acercar√≠a al pecado contra el Esp√≠ritu Santo, haciendo lo contrario a lo que √©l nos inspira. Cuando traicionaron y abandonaron a Jes√ļs en su pasi√≥n, los Ap√≥stoles no cayeron en el pecado contra el Esp√≠ritu Santo porque no hab√≠an recibido el Esp√≠ritu y carec√≠an de la luz y la gracia que √©l les iba a proporcionar. Pero nuestro caso no es el de los Ap√≥stoles, porque hemos recibido el Esp√≠ritu Santo; y no podemos escudarnos en que no tenemos la luz o la fuerza necesarias para responder a la voluntad de Dios.

Ciertamente no vamos a vender al Se√Īor como hizo Judas, a traicionarlo como Pedro o a abandonarlo como el resto de los Ap√≥stoles. Quiz√° nuestra tentaci√≥n sea m√°s sutil y peligrosa. Para descubrirla quiz√° nos ayudar√≠a aplicarnos la recomendaci√≥n de San Pablo, que nos dice: ¬ęNo entristezc√°is al Esp√≠ritu Santo de Dios, con el que √©l os ha sellado para el d√≠a de la liberaci√≥n final¬Ľ (Ef 4,30). ¬ŅA qu√© se refiere el Ap√≥stol? Quiz√° est√© hablando de los que no llegan a pecar contra el Esp√≠ritu Santo, pero obstaculizan seriamente su misi√≥n en el alma. Lo m√°s probable es que se est√© refiriendo a la actitud, tan frecuente entre los que pueden reconocer la presencia y la luz del Esp√≠ritu Santo, de quienes no niegan esa presencia y esa luz, pero tampoco le dan la importancia que tienen, y se acostumbran tanto a la presencia del Esp√≠ritu como a deso√≠r sus mociones, convencidos de que es una actitud normal y aceptable.

Estamos ante la actitud en la que no negamos al Esp√≠ritu, ni nos oponemos a la gracia; simplemente vivimos ¬ęcomo si no pasara nada¬Ľ porque no somos fieles a sus inspiraciones. Sabemos que el Esp√≠ritu Santo act√ļa, lo conocemos, notamos su presencia y su acci√≥n, pero nos escudamos en que es dif√≠cil saber lo que Dios quiere y la vida es muy complicada‚Ķ Y al final hacemos lo que buenamente nos parece, y nos conformamos con el resultado, renunciando en el fondo a la santidad. Esto es algo que Dios no puede compensar, porque no entra en el √°mbito de la miseria, ya que hay un punto de c√°lculo y un juicio: el mismo juicio del que no acepta ser miserable o intenta disimular su miseria. No pasar√≠a nada si reconoci√©ramos que somos cobardes y no somos capaces de vivir lo que vemos con evidencia, pero lo intent√°ramos sinceramente. Estamos ante la superficialidad y la mediocridad que nos cierran a la acci√≥n del Esp√≠ritu y nos privan de la salvaci√≥n. Por eso, esta recomendaci√≥n de san Pablo deber√≠a hacernos especialmente delicados a la hora de secundar las mociones interiores que el Esp√≠ritu suscita en nuestra alma.

Como conclusi√≥n y resumiendo, debemos quedarnos con el convencimiento, luminoso y agradecido, de que no podemos salvarnos sin el Esp√≠ritu Santo, que es la garant√≠a de la vida eterna; ya que √©l nos injerta en Dios aqu√≠ en la tierra y nos introduce en la vida gloriosa de Dios en el cielo, que es nuestra meta, como nos anuncia san Pablo: ¬ęSi el Esp√≠ritu del que resucit√≥ a Jes√ļs de entre los muertos habita en vosotros, el que resucit√≥ de entre los muertos a Cristo Jes√ļs tambi√©n dar√° vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Esp√≠ritu que habita en vosotros.¬Ľ (Rm 8,11).

 

La cruz y la luz

 

____________________

NOTAS

[1] Retiro La radicalidad de los santos, apartado ¬ęNiveles de trabajo asc√©tico¬Ľ n. 6.

[2] Recu√©rdese, p. ej, c√≥mo los profetas describen la alianza de Dios con su pueblo con im√°genes matrimoniales de desposorio, fidelidad, infidelidad‚Ķ: Os 1,16-17; 2, 16-25; Is 54,1-10; 62, 2-5; Jr 2,2; 31,2-4. No se puede olvidar que el Cantar de los Cantares es le√≠do por la Iglesia como la relaci√≥n de Dios con su pueblo o de Dios con el alma. Puede encontrarse un comentario de algunos de estos textos aplicados a la vida contemplativa en Fundamentos, 7,4: ¬ęUn proceso con una meta: el desposorio¬Ľ.

[3] Beata Isabel de la Trinidad, Elevación a la Santísima Trinidad.

[4] En el mismo sentido: ¬ęAcallo y modero mis deseos, como un ni√Īo en brazos de su madre¬Ľ (Sal 131,2).

[5] Recordemos la segunda parte del retiro espiritual sobre ¬ęLa radicalidad de los santos¬Ľ.