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Retiro espiritual

La simplicidad de la santidad

 

Un simple embarcadero

 

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El problema

A la mayoría de la gente no le importa la voluntad de Dios, ni alcanzar la santidad; sin embargo hemos de tener muy claro que el verdadero cristiano no puede renunciar a ser santo, porque ambas realidades se identifican: sólo es verdadero cristiano el santo. Por eso no podemos aceptar como normal la disociación entre ser cristiano y ser santo; ni la teoría de que, salvo raras excepciones, no podemos ser santos. Si no podemos ser santos, no podemos ser cristianos.

Pero la verdadera dificultad no la tiene el que niega la posibilidad de ser santo, sino el que busca la santidad. ¿Qué sucede cuando alguien acepta la llamada del Señor a la santidad? Cuando alguien pretende tomarse en serio su vida cristiana se encuentra con dos tipos de dificultades que parecen hacerlo imposible:

-En primer lugar, el mundo y el ambiente nos dicen que no es posible ir más allá de lo que hace la mayoría, que no hay que pasarse del nivel de amor o perdón que se considera como normal; y, si a pesar del ambiente, alguien intenta ir más lejos, se encuentra con una fuerte presión, con descalificaciones y ataques, para impedirle salir de la mediocridad general. Y esto es especialmente fuerte entre los mismos cristianos, que en su mayoría atacan a la verdadera santidad como una deformación injustificable del Evangelio. Y esta dificultad para la santidad que crean los de dentro es la más dolorosa y, por tanto, la más importante.

-Pero, en segundo lugar, quien desea abrazar el Evangelio en su totalidad se encuentra con el problema que supone encontrarse frente a un auténtico universo, formado por multitud de conocimientos y prácticas en materia de espiritualidad, moral, ascética, liturgia, apostolado, etc. Es un mundo tan amplio que resulta muy difícil avanzar en él, y parece que hay que resignarse a trabajar algunos aspectos cada vez, dejando otros en segundo lugar; pero estos últimos se resienten de este descuido y flojean, haciendo que el proceso de crecimiento espiritual vaya muy lento, a trompicones, y resulte extremadamente complicado avanzar en la vida cristiana de manera armónica.

Como consecuencia de esto aparece en los mejores cristianos cierta desorientación y desánimo al comprobar que no se corresponden sus esfuerzos con el resultado obtenido; más aún, a veces, un mayor esfuerzo para salir del estancamiento comporta una impresión de retroceso en la vida espiritual. Con esto llegamos de nuevo al convencimiento de que es muy difícil la vida cristiana y la santidad.

Esto no sería grave si la vida cristiana fuera algo parecido a una carrera universitaria o a la capacitación para llevar a cabo un trabajo especialmente complicado. Pero el Evangelio, la gracia y la salvación son accesibles para todos; de modo que no se puede exigir para ser santo ni una especial fuerza física o espiritual, ni un determinado nivel de inteligencia, ni unas habilidades particulares. Tiene que ser algo que pueda entender y vivir un niño, tal como nos dice Jesús en el Evangelio: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3). Si un niño no puede vivir ese grado de vida cristiana, entonces es que esa vida no es auténticamente cristiana o evangélica. Un adulto lo puede entender y vivir con más detalle; pero la santidad en esencia tiene que poderse ser vivida por un niño. Y la prueba de eso es que existen niños santos canonizados. El problema, por tanto, es el contrario: El Evangelio es tan simple que los niños lo pueden vivir fácilmente; por eso nosotros tenemos que hacernos como niños para entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 18,2). Tenemos que partir del hecho de que no somos niños. Los niños entienden fácilmente la lógica del Evangelio y nosotros tenemos que hacer un gran esfuerzo para captarla.

Por lo tanto, todo lo que encontramos en la vida cristiana, en sus diferentes ámbitos, interior o exterior, que haga complicado o difícil el seguimiento de Cristo podemos afirmar que no es evangélico. Esta simplicidad del Evangelio y de la gracia tiene mucho que ver con el principio fundamental del discernimiento cristiano, que afirma que las cosas de Dios se conocen porque van siempre acompañadas de paz y alegría verdaderas. A lo cual habría que añadir que son siempre simples y fáciles.

Que algo sea «fácil» no significa que no exija un determinado esfuerzo por nuestra parte. También los niños tienen que esforzarse en las cosas que hacen, aunque sean sencillas. «Fácil» significa que no se requiere una gran inteligencia, sino un esfuerzo que está a nuestro alcance. Un problema matemático es algo «difícil», porque exige una capacidad intelectual que no todos poseen; mientras que andar puede resultar cansado o duro, especialmente para un niño pequeño o un anciano, pero no requiere desentrañar ningún misterio.

Esto no quiere decir que no sea necesaria la formación, el estudio de la teología, la oración o cualquiera de los elementos que constituyen la vida cristiana. Todo eso es necesario, y algunos de esos elementos imprescindibles. Pero el modo y la finalidad con que empleamos esos medios no deben dificultar el crecimiento en la fe, sino que tienen que favorecerlo. Todos los elementos de la vida cristiana deben estar ordenados a simplificar la santidad, tal como vemos en los santos; por ejemplo: un gran teólogo como santo Tomás, era un hombre muy sencillo.

Nos encontramos, pues, ante un gravísimo problema: En la medida en que uno se toma más en serio la santidad descubre problemas y dificultades que parece que la hacen más inaccesible. Es como si tuviera que navegar en un barco en cuyo casco hay muchas vías de agua que hay que taponar y se vuelven a abrir constantemente. Esto lleva al agotamiento, y de ahí al desánimo y a la pérdida de la fe; por lo menos de la pérdida de solidez de la misma.

 

barco embarrancado

 

Conviene reconocer que esta situación o impresión de imposibilidad que experimentan los que aspiran a la santidad es providencial. Porque, si no experimentásemos que cuanto más en serio queremos tomarnos la fe más difícil nos resulta, no podríamos darnos cuenta de que existe un vicio de raíz en nuestra vida cristiana. Para poder ser santos debemos tomar conciencia de que hemos equivocado el camino hacia la santidad; de que, por mucho que estemos convencidos de que tenemos que ser santos, no estamos en el lugar adecuado para lograrlo. Hemos de reconocer que estamos equivocados en algo esencial. Si no tuviéramos esa impresión de fracaso que nos haga cambiar el rumbo, estaríamos condenados a pasarnos toda la vida intentando en vano un imposible que sólo lleva a la frustración y la desesperanza.

La gravedad de la cuestión se debe, principalmente, a que resulta muy difícil descubrir la clave del problema, la razón que explica por qué cuanto más queremos ser santos, más difícil nos parece y menos lo conseguimos. Y es difícil verlo porque lo que está mal es nuestra mirada. Vivimos una realidad deformada, porque vemos deformada esa realidad. No porque lo esté realmente, sino porque la vemos mal. Y esa mirada nos es tan querida que podemos poner todo en tela de juicio (las decisiones, las tareas, el estilo de vida), pero no nos planteamos que estemos mirando mal. Porque es muy difícil analizar nuestra mirada con nuestra propia mirada. Ése es el problema. Esa mirada nos es tan querida porque la hemos creado nosotros, que no la solemos revisar, ni estamos dispuestos a cambiarla.

Pero la vida cristiana es una construcción que se asienta sobre el fundamento de una determinada visión; de modo que, si la cambiamos, todo el edificio que construyamos se nos vendrá abajo por carecer de los cimientos necesarios. Y de nada servirá que le echemos la culpa a la situación del mundo o de la Iglesia, al pecado de la mayoría, a la dificultad que tiene entender, vivir o testimoniar el evangelio, incluso le podemos echar la culpa a Dios…

Evidentemente hay una base de verdad en esto: ser cristiano es muy difícil realmente, incluso es imposible; pero no porque la realidad lo dificulte, sino porque nuestra visión deformada nos hace ver como real algo que no lo es y entonces no podemos con ello. El que sea más generoso o tenga más voluntad lo intentará con más fuerza, pero llegará al mismo punto. Eso demuestra que no se puede ser santo con esa mirada. Y entonces surge la tentación de creer que tienen razón los que dicen que la santidad es imposible. Pero una cosa es decir que no podemos ser santos porque queremos justificar nuestra mediocridad, y otra muy distinta no poder ser santos porque no sabemos lo que sabe un niño, porque carecemos de la lógica del Evangelio.

En cualquier caso, cuando aparece el problema la tentación es buscar la causa del mismo fuera de nosotros, como si la situación fuera difícil o incluso culpando a Dios, que parece empeñado en ponernos las cosas difíciles; cuando en realidad no tiene ningún interés en ocultarnos el camino si somos sencillos, tal como el Señor dice: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25).

 

La mirada limpia de un niño

 

Afortunadamente la importancia de este grave problema es inversamente proporcional a su solución, que es muy simple. Tan simple como ponerle unas gafas adecuadas a una persona para la que resultaba imposible distinguir a las personas o leer cualquier texto. Sólo hace falta reconocer que vemos mal y buscar las gafas adecuadas.

La santidad es verdaderamente imposible cuando es algo que hemos imaginado nosotros, con nuestros complicados planteamientos, y pretendemos alcanzar con nuestras fuerzas. Pero es muy simple y «fácil» cuando la reconocemos como el plan de Dios, que él realiza en nosotros a través del Espíritu Santo con la simple condición de que le dejemos hacer. Este «dejar hacer» a Dios es muy simple, pero exige renunciar al protagonismo, vencer nuestro amor propio, como nos dice Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mc 8,34), lo cual resulta ciertamente trabajoso o «duro», pero no es «difícil». Pero ése es nuestro único trabajo, para el que estamos perfectamente capacitados, siempre lo puedo hacer.

Primeros pasos hacia la luz

 

Luces en vasijas de barro

 

Si queremos resolver el problema de la imposibilidad de la santidad, el primer paso que hay que dar es, precisamente, tomar conciencia de que la santidad está a nuestro alcance. Y eso supone realizar un acto de fe, aceptar la imagen concreta de Dios, sabiendo que no me pone las cosas difíciles. Y reconocer, por tanto, que si la santidad resulta difícil, eso no es de Dios; no la podemos alcanzar porque intentamos construirla desde una visión equivocada. Recordemos en este sentido la importancia del Espíritu Santo, que es quien nos da esa visión. Por eso tenemos que ser dóciles al Espíritu Santo que habita en nosotros, para ser capaces de mirar todo con los ojos de Dios.

El siguiente paso es buscar el momento en el que se deforma nuestra mirada. Ese momento es siempre una situación marcada por el sufrimiento. Cuando aparece el dolor y la cruz experimentamos la necesidad de ajustar la mirada para explicar el sufrimiento o resolver el problema que lo genera. No cabe duda de que estamos ante la realidad más «dura» de la condición humana. Pero eso no es algo «difícil»; de hecho sufrir es algo natural, forma parte de la vida humana, como respirar, andar, reír o llorar…, aunque es algo que nos molesta; de hecho es lo que más nos molesta de la vida. Y, precisamente por eso, nos hemos convencido de que tenemos que eliminarlo, además de manera fácil e inmediata. No nos hemos desprendido de la mentalidad general que afirma que tenemos derecho a ser felices y no tenemos por qué sufrir; y antes de carecer de lo que se llama «calidad de vida», es preferible no vivir.

Esta mentalidad genera una serie de mecanismos que hacen que vivamos para evitar el sufrimiento. Y como todos nuestros esfuerzos por quitarnos de encima el sufrimiento son vanos, tratamos de eludirlo creando culpabilizaciones, compensaciones, teorías, etc. Cada uno tiene sus mecanismos para huir del sufrimiento o paliarlo como sea.

Y como nada de esto elimina el sufrimiento, insistimos con más fuerza en nuestro propósito, convencidos de que no podremos ser santos si no acabamos con el obstáculo que nos hace sufrir y nos impide ser felices. Creemos que si no eliminamos el sufrimiento no podemos rezar, ni hacer apostolado, ni ser generosos, ni tener paz…Pero, al final, nada de esto sale según nuestros cálculos, y llegamos a la conclusión de que la santidad es algo muy «difícil», que requiere unas capacidades y unos medios extraordinarios, de los que nosotros carecemos.

Lo más dramático del caso es que las capacidades y los medios que necesitamos para ser santos son, precisamente, los que nos proporciona el mismo sufrimiento. Queremos ser santos, pero tenemos unas dificultades que creemos que nos impiden serlo según nuestras ideas y con nuestras fuerzas. Pensamos que debemos de liberarnos de todas esas dificultades para poder dedicarme a ser santo. Pero lo paradójico es que el instrumento de la santidad es precisamente aquello que nos hace sufrir.

El proceso espiritual en el plan de Dios

Llegados aquí, el siguiente paso consiste en aceptar que la cruz forma parte de nuestra santificación, en lo que san Pablo denomina el «escándalo de la Cruz» (cf. 1Co 1,22; Ga 5,11), por el que abrazamos eso que es absurdo y hay que evitar. Y ésa es la sabiduría de Dios y la fuerza de Dios. Hay que aceptar que pretendemos ser cristianos desde la posición opuesta al Evangelio y a la gracia, que consiste en considerar teórica o prácticamente el sufrimiento como nuestro enemigo, y que, por tanto, nuestra meta tiene que ser acabar con él.

Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas (Flp 3,18-19).

Evidentemente no se trata de entender el sufrimiento como un valor en sí mismo, ni mucho menos. El sufrimiento es un mal y es consecuencia del pecado. Por otra parte, se trata de algo inevitable, inherente a la condición humana; por lo que no podemos tener como meta de nuestra existencia terminar con algo que forma parte de la vida y es imposible de eliminar.

El objetivo de nuestra oración en este retiro consiste en contemplar el sufrimiento, y las realidades que nos hacen sufrir, a la luz de la vida y la palabra de Cristo, según el Espíritu Santo las ilumina en nuestro interior. Es decir, contemplar nuestra propia realidad, en lo que tiene de más duro y sangrante, a la luz del Señor, especialmente de su pasión y cruz, para descubrir que, si la cruz y el sufrimiento forman parte de la vida y de la misión de Cristo, también nosotros tendremos que contar con esa realidad. Se trata, pues, de descubrir el lugar que ocupa el sufrimiento en la obra de la salvación y en nuestra santificación personal.

La encarnación del Verbo, el nacimiento del Hijo de Dios, sus años de vida escondida en Nazaret, su ministerio público y, finalmente, su pasión y su cruel muerte nos permiten descubrir que el sufrimiento tiene un puesto importante en la obra de la redención. No sólo forma parte de la mera condición humana, sino que también forma parte, precisamente porque es algo esencialmente «humano», de la obra de la redención. Por eso la encarnación supone que Cristo asume el sufrimiento. Habrá que entender a la luz de la contemplación de Cristo que en el plan de Dios del que forma parte el sufrimiento hay un propósito para él. De modo que nuestra santificación personal sólo será posible si somos capaces de «ver» el lugar que debe ocupar el sufrimiento en nuestra vida según el plan de Dios, y no según nuestros proyectos o intereses.

 

Cruz en el cielo del altardecer

 

Dios no quiere que su Hijo redima el mundo de cualquier manera sino según un proyecto muy concreto, y quiere que yo sea santo de esa misma manera. Dios tiene un plan, un plan general de salvación y un plan particular para cada uno de nosotros. Y ese plan no es arbitrario, aleatorio o cambiante, sino que tiene que ver con la fisonomía, el estilo de ser y de actuar de Dios. De modo que podemos decir que el plan de Dios tiene un «patrón». Dios salva a la humanidad, me salva a mí y me hace santo siguiendo un patrón que se repite, es siempre el mismo. Si yo reconozco ese patrón tengo el mapa del camino a la santidad. Si somos capaces de reconocer en la historia en general y, sobre todo, en nuestra propia vida, ese patrón de la acción de Dios, nos resultará muy sencillo situarnos nosotros y situar todas las realidades que conforman nuestra existencia, incluido el sufrimiento, en ese plan. Y eso es lo único que nos puede permitir avanzar de verdad en el camino de la santidad. No es complicado. Hay un patrón.

Hemos de afirmar que, en definitiva, todo el edificio espiritual es muy sencillo, porque los elementos son muy simples y, además, se configuran respondiendo a un esquema único, que es el «patrón» de la acción divina, que resume y armoniza, por una parte, el amor de Dios y su acción en nosotros, y, por otra, nuestra respuesta a esa acción. Cuando estas dos realidades encajan, se inicia la transformación para la que hemos sido creados, y entramos de manera segura en la vía del cumplimiento de la voluntad de Dios y de la salvación.

Este esquema no es otro que un proceso constante de purificación y gracia que se repite. Si analizamos con mirada sobrenatural nuestra vida en su profundidad más honda podemos descubrir que la purificación que realiza en nosotros y la gracia que recibimos van siempre unidas. Normalmente no nos enteramos de esto porque estamos intentando realizar nuestro propio plan. Pero a poco que nos paremos a pensar que Dios puede tener un plan, y que dicho plan es mejor que el nuestro, podemos descubrir la relación que existe entre purificación y gracia, comprobando que a través de las pruebas de la vida, Dios nos va purificando para darnos su gracia.

Es muy importante que descubramos que los empujones de la gracia que recibimos tienen una preparación previa de sufrimiento. En el momento sólo vemos el sufrimiento; y cuando descubrimos después cuánto nos ayudó esa dificultad pensamos que es una mera casualidad. Pero no es casualidad, sino el patrón de la acción de Dios: Dios nos purifica para que se rompan nuestros esquemas y podernos dar su gracia. Una vez que recibimos la gracia avanzamos en la vida espiritual. Desgraciadamente, a medida que avanzamos, intentamos recomponer las cosas según nuestro amor propio y rehacemos nuestro plan. Necesitamos una nueva purificación para recibir la gracia.

Toda la vida cristiana se basa en ese proceso indefinido que no se detiene hasta que lleguemos a la unión plena con él, en la que nuestra mirada, nuestra voluntad y nuestro amor se identifican plenamente con los suyos, y ahí se para ese proceso porque ya no se necesitan más purificaciones. Si no alcanzamos esa identificación durante la vida, esa purificación la realiza la muerte, que es la última purificación por la que Dios nos da la gracia que necesitamos. Ése es el sentido cristiano de la muerte. Y por eso es absurdo que en esos momentos sólo nos preocupemos por no sufrir, y no de que se realice la purificación que necesitamos para que culmine la obra de la gracia. Si evitamos a toda costa el sufrimiento ‑pensemos en la eutanasia‑ anulamos ese proceso en un momento decisivo. En el fondo, se trata del proceso de poda del que nos habla el Señor cuando nos dice que «al sarmiento que da fruto (el Padre) lo poda para que dé más fruto» (Jn 15,1).

En resumen: cuando aceptamos el despojo adecuado para realizar el vaciamiento interior de nosotros mismos tiene lugar la purificación que da paso a la gracia y a la transformación que ésta realiza en nosotros.

De modo que todos los sufrimientos y dificultades que nos ofrece la vida Dios los convierte en ocasión providencial para realizar la purificación que es imprescindible para que podamos recibir la gracia que necesitamos para que se realice el proceso único de santidad para el que Dios nos ha creado. Ésa es la mirada que debemos tener. Con ella colocamos en su sitio el plan de Dios, el sufrimiento, la gracia, la santidad y vemos que es muy simple, aunque resulte muy duro. Pero es muy distinto afrontar una realidad dura que una realidad difícil.

La Palabra de Dios nos ayuda a entender la utilidad del sufrimiento y adquirir la mirada que nos ayuda a encajarlo en el proceso de purificación:

Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5,3-5).

Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2Co 12,7-10).

Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia (St 1,2-4).

Y, además, existe una proporción entre ambas realidades, no entre la dificultad y la gracia, sino entre la purificación y la gracia. Dios da la gracia en la medida en que aceptamos las dificultades como oportunidad de purificación. De modo que a mayor purificación mayor gracia; y, del mismo modo, las gracias mayores requieren purificaciones más profundas. Tenemos aquí dos principios distintos. El primero nos dice que cuando aparece una cruz grande puedo saber que hay una llamada a una gracia importante. Pero también puedo disponerme a una gracia mayor abrazando más generosamente la cruz. Esto se ve con claridad en los santos: su avance espiritual manifiesta unas gracias especiales que se preparan con fuertes experiencias de cruz.

En este sentido es muy importante descubrir y recordar que podemos disponernos a recibir la gracia con nuestra actitud para abrazar la cruz. Santa Teresa de Jesús abre la gracia de su segunda conversión postrada ante un Cristo muy llagado y dispuesta a no moverse de allí hasta que no le conceda la gracia de no ofenderle más. Santa Teresa del Niño Jesús, en el momento decisivo de su avance espiritual, recibe la «gracia de Navidad», cuando acepta decididamente no dejarse llevar por afectos inútiles. Esas disposiciones abren el paso a un avance definitivo.

Ésta es la visión que hemos de mantener a toda costa. En un momento determinado el Espíritu Santo nos regala esa mirada; pero hay que rescatarla y mantenerla permanentemente, por encima de las apariencias que nos llevan a perdemos en causas y culpables de los sufrimientos y males que nos aquejan. Ciertamente la experiencia de sufrimiento nos bloquea y nos lleva a buscar obsesivamente culpabilidad y soluciones; sin embargo, lo único que importa es descubrir las realidades negativas o dolorosas como «lugar» de la presencia de Dios. Se trata de hacer un acto de fe en cada una de esas situaciones difíciles y afirmar con fuerza: «aquí está Dios», «esto es de Dios», «lo importante es Dios», en lugar de afirmar que lo importante es el sufrimiento y que hay que resolverlo.

Esto es la consecuencia lógica del convencimiento de que Dios es amor. No podemos separar el amor de Dios del sufrimiento o las dificultades. Su ser no cambia, ni puede desdecirse a su mismo. Por eso no podemos actuar como si Dios sólo estuviera presente o nos amara cuando nosotros lo vemos o lo sentimos. No podemos reaccionar al sufrimiento como si Dios cambiara con las circunstancias; porque él no cambia, es el mismo sea cual sea nuestra percepción de su presencia o de su amor. Este convencimiento es lo que proporciona estabilidad a la vida cristiana. Puede hundirse el mundo a mis pies y lo fundamental, que es Dios, no cambiaría nada. Pero sin la base firme de que «Dios es amor siempre» la vida cristiana se convierte en una montaña rusa de altibajos en la fe y en la entrega que nos agota.

Éste es el convencimiento por el que san Pablo afirma que «sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8,28). Estas palabras no significan que Dios elimine todas las dificultades y problemas de la vida para que no suframos. Significan que Dios no cambia, que su amor no cambia, y entonces todo, incluido el sufrimiento, sirve para nuestro bien. Esa actitud es la prueba de que nuestra fe es verdadera, de que realmente creemos que Dios no deja de amarnos porque no lo sienta o piense que deja de guiarnos porque estemos a oscuras.

Apoyado en esa convicción descubro que el sufrimiento es la oportunidad en la que puedo hacer el verdadero acto de fe. Y, por eso, si dudo en el momento del dolor, es que no creo en el amor de Dios. En las circunstancias difíciles es cuando puedo demostrar, a Dios y a mí mismo, que es verdad lo que le digo en la oración: «Tú eres todo para mí». Si no soy capaz de decirlo cuando estoy envuelto en el sufrimiento es que no es verdad; por mucho que lo haya repetido con fuerza envueltos en momentos de luz y de consuelo.

El que aspira a la santidad necesita comprobar constantemente la autenticidad de su fe, y sólo la verificamos si en esa circunstancia que nos destroza decimos a Dios: «Sólo tú». Necesitamos esa reacción en la prueba porque sólo así crece la fe. Eso es lo que no supieron hacer los apóstoles en el momento de la pasión. Y es lo que les quiere decir Jesús a los discípulos que le piden que les aumente la fe, cuando les responde que no tienen fe ni como un granito de mostaza (Lc 17,5-6): Precisamente cuando creemos que tenemos fe es cuando podemos darnos cuenta de que no tenemos fe y lo que nos descubre la necesidad de manifestarla en su auténtica dimensión. Y el sufrimiento es la ocasión para hacer verdad la fe, porque nos permite afirmar de forma real que sólo Dios basta, porque demostramos en la práctica que todo lo demás nos da igual.

Hay que dejar muy claro que el sufrimiento no tiene valor por sí mismo, sino como ocasión para hacer ese acto de fe. Pero es la ocasión necesaria que Dios aprovecha para santificarnos, en su maravilloso amor providente; y la oportunidad que nosotros tenemos que aprovechar para que él sea el absoluto de nuestra vida.

 

Una flor en el cielo

 

La mayoría de las personas no saben nada de esto porque viven al margen de Dios y de la gracia. Pero los que tratamos de vivir de cara a Dios, conscientes de su amor, su presencia y su acción… nos perdemos la mayor parte de las gracias, porque las vicisitudes nos desorientan (y dejamos que nos desorienten) y nos hacen creer que la vida espiritual es una compleja red de acciones y reacciones divinas y humanas. ¿Y si eso fuera falso y todo siguiera las pautas concretas de este esquema tan simple? La esencia del camino a la santidad es muy sencilla y consiste en poder afirmar a Dios en mi vida de forma real, con fe, amor y esperanza. Basta conocer y aplicar este sencillo esquema para tener garantizada la luz sobrenatural que ilumine siempre nuestro camino, sea el que sea, para avanzar adecuadamente en el proceso espiritual. Pero es necesario que no sea una teoría aprendida o un sentimiento fruto de la gracia, sino que nos impliquemos de forma real con un acto en el que pongo todo mi ser.

Hay una pauta en el modo que tiene Dios de transformarnos y, si la conocemos, podemos establecer unas directrices de comportamiento que permitan la acción de Dios en nosotros. Así caminamos en la misma dirección que Dios, y cuando entramos en esa dinámica podemos descubrir que las dificultades actuales, sean las que sean, son los instrumentos de las purificaciones que Dios quiere realizar, y nuestra parte es aceptar dichas realidades con ese mismo sentido de purificación y convertirlas, por esa aceptación, en un acto de ofrenda, confianza, amor, fe y adoración. Nada más.

Nuestra dificultad

 

Conflicto interior

 

Al igual que Dios tiene su patrón de comportamiento, también nosotros tenemos el nuestro, que nos lleva a buscar el modo de eludir todo sufrimiento, porque hemos aceptado que no sufrir es bueno. Por eso, a menudo entendemos la presencia de Dios y su Providencia como un salvoconducto divino para ayudarnos milagrosamente a liberarnos de las dificultades. Eso explica las crisis de fe de muchos cristianos que se sienten abandonados por Dios porque les sobreviene algún problema grave o porque no les salen las cosas según sus deseos.

Sin embargo, hemos de volver a insistir en que la encarnación del Verbo, su vida entera y, sobre todo, su pasión no respaldan nuestro deseo de tener facilidades; más bien nos demuestran que el interés de Dios no consiste en cambiar a nuestro gusto las leyes de la naturaleza o las consecuencias de la libertad humana, que son la fuente los problemas, sino en acompañarnos en todo momento, sobre todo en las ocasiones más duras, compartiendo nuestro dolor y haciéndonos compartir su gloria en ese mismo dolor. Esto es lo que da sentido y plenitud a todos los acontecimientos humanos, incluso los más desconcertantes o dolorosos.

Y éste es, por ejemplo, el sentido de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor (Lc 9,28-36). A las puertas de su pasión, Jesús manifiesta su gloria mientras habla con Moisés y Elías de los sufrimientos que se le avecinan. Esa unión pasión-gloria que los apóstoles ven en la transfiguración es lo que debería darles la luz y la fuerza para vivir la hora de la Cruz como acontecimiento pleno de la presencia de Dios, de su amor y de la fuerza de la salvación. Pero su mirada estaba mal.

Por eso, hemos de entender las palabras de san Pablo antes citadas (Rm 8,28) como la gozosa seguridad de que Dios interviene en todas las cosas, no para facilitar que logremos nuestros intereses, no para evitarnos el sufrimiento, sino para que alcancemos nuestro bien, y ese bien es fundamentalmente la unión con él, que es nuestra plenitud, la santidad a la que hemos sido llamados. La Palabra de Dios nos da la seguridad de que Dios se sirve de todas las circunstancias para ayudarnos a alcanzar nuestro bien Y esto no tiene nada que ver con que todo nos salga bien; más bien suele suceder al contrario: cuando todo sale mal es cuando Dios puede manifestar y realizar su obra.

Hemos de tener, por tanto, mucho cuidado en evitar la tentación de huir de todo aquello que nos parece que no va a servir para nuestro bien, y confiar plenamente en que Dios tiene la capacidad de aprovecharlo todo para nuestra santificación, y por eso lo podemos aceptar todo como instrumento de purificación que nos permite alcanzar la unión con él.

Se trata de una pauta del comportamiento de Dios que debemos aprovechar para el discernimiento. Con frecuencia nos parece que es argumento suficiente para decidir algo el saber que eso «es bueno» o «hace bien». Por supuesto que la elección evangélica se hace entre cosas buenas (¡faltaría más!), no entre cosas buenas y malas. Pero resulta significativo que cuando vemos las elecciones que hacen los demás podemos descubrir fácilmente cuando se escudan en que se trata de algo bueno cuando eligen algo que les interesa en lugar de elegir lo que Dios quiere, que también es bueno, pero les gusta menos.

El verdadero criterio de discernimiento no es que algo sea bueno, sino que eso es lo que Dios quiere para mí porque es lo que más me ayuda a que se realice su plan de salvación en mi vida. Aquí hemos de aplicar el principio que nos ofrece san Pablo (Rm 8,28) que nos dice que Dios trabaja por nuestro verdadero bien, que es la plena unión de amor con él. Y, para eso, nos ayudan más los sufrimientos y dificultades.

En resumen, nuestra dificultad consiste en que, en las dificultades, hacemos un acto de fe o afirmación de unas verdades opuestas al Evangelio: «No puedo ser santo... porque tengo grandes problemas, porque no tengo la ayuda que necesito, porque no tengo los medios adecuados, porque no tengo fuerzas suficientes, porque es muy difícil y no tengo la necesaria inteligencia, porque el ambiente está en contra, porque el mundo está muy mal...». Creemos que todas esas circunstancias adversas son más verdaderas que el amor de Dios.

Para superar esta dificultad es imprescindible que nos coloquemos en una visión verdaderamente evangélica, que es la que nos permite hacer el auténtico acto de fe, por el que proclamamos que Dios es Dios en cualquier circunstancia, es más real que cualquier dificultad y tiene más fuerza que cualquier sufrimiento. Dicha visión se apoya en el acto de fe por el que sabemos a ciencia cierta que Dios da a todos la gracia necesaria, porque quiere que todos se salven y lleguen a la plenitud (cf. 1Tm 2,4). Y a partir de ahí puede afirmar que los aparentes obstáculos para la santidad son los medios idóneos para lograrla.

Nuestra tarea en el proceso: el espíritu de infancia

 

Maraña de tubos

 

Si esto es así, y Dios da a todos su gracia para que lleguen a la plenitud en el amor, eso significa que el proceso está en gran medida en nuestras manos, porque depende de nuestra receptividad concreta. Ciertamente Dios es el gran protagonista y el principal artífice de este proceso, hasta el punto de que podemos decir que él lo hace todo en nuestra transformación y nosotros no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). Pero no hay duda alguna de que Dios, por respeto a nuestra libertad, no puede hacer nada si no le dejamos. Por esta razón se da la paradoja de que él lo hace todo, pero, en la práctica, el proceso está en nuestras manos, no para realizarlo, sino para permitirlo o impedirlo. Seré santo si hago esa pequeña parte que me corresponde. Y entonces, en vez de perderme en múltiples tareas y responsabilidades, me concentraré en algo pequeño, sencillo, concreto y accesible que es «dejarme hacer», abrazando la cruz concreta que me toca.

La iniciativa y el plan de este proceso de purificación son de Dios, porque sólo él sabe lo que hay que purificar, cómo y cuándo hacerlo, y conoce los elementos verdaderamente «positivos y negativos», más allá de nuestra consideración, que permiten sacar adelante su obra santificadora. Ésa es la razón por la que no valen aquí los rezos y sacrificios a nuestro gusto; como tampoco sirve de nada la purificación de lo que nosotros elegimos, el ritmo que nos planteamos y los elementos que nos parecen adecuados, sino lo que nos dispone al proceso concreto de auténtico crecimiento. Por eso, la verdadera ascesis no es tanto la que elegimos nosotros, sino la que nos prepara a aceptar la purificación de Dios[1], ya que la ascesis que elegimos porque encaja con nuestros planes suele ser contraproducente.

Los que son como niños ante Dios se dejan hacer y conducir, son dóciles, tienen confianza en él porque son conscientes de su debilidad. Los niños se dejan educar, incluso aceptan las correcciones y el castigo como prueba de amor. Es más, se sienten decepcionados cuando no recibe la corrección o el castigo proporcionado al mal que han hecho. Así actúa Dios con sus hijos, empleando la corrección que estimula:

Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?...

Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella. Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura (Hb 12,5-7.11-13).

Ser niños no es complicado, lo que nos cuesta es aceptar con humildad que no sólo somos niños, sino niños débiles y necesitados de ayuda y educación.

El problema es actuar como niños cuando no queremos ser niños. El problema viene cuando el niño se empeña en actuar como adulto, lo cual es imposible que le salga bien puesto que no tiene las capacidades de un adulto. Si el niño deja de fiarse de su padre y no se deja corregir porque cree que es mayor, no podrá crecer y se hundirá en la frustración a la que le llevará el fracaso. En ese caso, la vida, las dificultades, las limitaciones y los sufrimientos ya no nos sirven para confiar y nos llevan a endurecernos de diversas maneras: nos rebelamos, huimos, culpabilizamos, nos quejamos, nos resistimos... Consideramos los acontecimientos como aislados de Dios, separamos lo humano de lo sobrenatural.

 

El hombre y su cerebro

 

Nuestra actitud equivocada nos lleva a intentar resolver nosotros lo que tiene que resolver Dios, a buscar caminos distintos a los que Dios nos ofrece en nuestra misma realidad, a demostrarle a Dios que podemos caminar solos. Entonces es cuando se complica enormemente la vida cristiana y la santidad, porque realmente sin él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5) y hemos despreciado el único proceso que puede transformarnos.

De que adoptemos una actitud u otra depende que nuestra vida cristiana se transforme en un proceso simple y eficaz o se atasque en una complicada maraña infructuosa de esfuerzos y huidas. En un caso, las circunstancias de la vida nos van purificando, puliendo y educando…, nos mantienen en el espíritu de infancia y sirven para bien. En el otro, nos hacen huir de la dependencia de Dios y se convierten en obstáculos para el crecimiento.

Cuando se suman la gracia + las circunstancias + el espíritu de infancia, el resultado es la aceptación + la purificación + el crecimiento, y ,en consecuencia, aumenta el espíritu de infancia y se profundiza el proceso.

Cuando se suman la gracia + las circunstancias + el orgullo, el resultado es el rechazo + el endurecimiento + el atasco, y, en consecuencia, aumenta el orgullo y se dificulta más el proceso.

Siempre se dan las circunstancias y la gracia, lo que cambia todo es simplemente nuestra actitud.

Disponernos al proceso de santificación

 

Mirada de niño

 

Si es verdad este proceso y hay una proporción entre purificación y gracia, es vital el modo en el que entramos en dicho proceso. Evidentemente no se puede iniciar desde nuestro ser de niños, porque no lo somos. Tenemos, por tanto, que «hacernos» niños, como nos dice Jesús: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos», Mt 18,2); este trabajo es el único que nos permite disponernos a la gracia que sólo se concede a los niños («Quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él», Mc 10,15).

Y aquí es donde encontramos el verdadero y más importante «trabajo» que nos corresponde en este proceso. No se trata de un esfuerzo por hacer, por construir, sino, por el contrario, un serio trabajo para «destruir» el edificio de nuestras seguridades y permitir así que Dios construya su santidad en nosotros.

El elemento principal de este trabajo consiste en aceptar la cruz de manera real y concreta, porque de ello depende nuestra capacidad para recibir la gracia y la amplitud de la misma. Ésa es nuestra parte en el proceso, eso es lo que está en nuestra mano, lo demás lo hace Dios.

Un signo importante para comprobar que entramos en ese proceso es el lugar que ocupa la cruz en nuestra oración y cómo oramos cuando aparece la cruz en nuestra vida. No sirve para nada darle vueltas a las dificultades en la oración para lamentarnos y buscar culpables y plantear soluciones, porque ni eso es oración ni es un planteamiento evangélico. Lo que hemos de hacer es ir a la oración a comunicarnos con el Señor, colocando las dificultades delante de él, pero fijándonos en él y no en las dificultades. Así, ponemos nuestra fe en el Señor y dejamos el problema en su sitio. La clave está en saber qué lugar tienen que ocupar nuestros problemas en la oración.

Hemos de estar atentos a la aceptación de la cruz, pero no se trata de esperar a que surja la cruz a ver si somos capaces de aguantarla, sino prepararnos para recibir la cruz y abrazarla, de manera que sea la ocasión de crecimiento en la gracia. No podemos permitirnos que la cruz nos desconcierte.

Gracias a que podemos descubrir este proceso también podemos disponernos a la gracia previamente, sea cual sea nuestra situación: eso exige que creamos en Dios, en su amor, en su providencia, en su ternura, en su acción…; que aceptemos ser niños, contra nuestra razón y nuestros sentimientos de adultos autosuficientes, y ponernos en sus manos…, que hagamos el acto de fe y de confianza plena en Dios… Vemos por donde nos viene la cruz, no nos dejamos desconcertar por ella; y, a partir de ahí, podremos abrir incondicionalmente los brazos a la cruz, acogiendo todo como niños, acallando resistencias… y entregándonos incondicionalmente a Dios. Y esta entrega es la que nos da la plena seguridad de poder conquistar el corazón de Dios, que no dejará de volcar su misericordia en sus hijos más pequeños e indefensos.

En concreto, se trata de un simple acto de fe-amor-confianza que lo cambia todo: el acto que nos «arrasa» para que Dios pueda construir. Es un acto sencillo pero que nos machaca, porque está en juego nuestro amor propio. Por eso, al decirle a Dios: «¡qué bueno eres!» en medio del sufrimiento, le decimos a nuestro amor propio que no tiene importancia el motivo que nos hace sufrir. Y en el preciso momento que el amor propio, herido por el sufrimiento, nos empuja a la rebeldía, nosotros tenemos que doblegarlo por medio de un acto de confianza en Dios, y eso no se hace sin sufrir.

Para reconocer y aceptar esta acción de Dios en nuestra vida puede venirnos muy bien la contemplación de este proceso en muchos de los modelos que nos propone la Biblia y en los santos, desde Abraham y los profetas hasta san Pablo, pasando por María, José y el buen Ladrón. En este último se ve con especial claridad como el proceso se puede realizar en un instante, partiendo de la realidad más negativa posible (pecado, sufrimiento, desesperanza, muerte…), a condición de aceptar la pobreza y disponerse a ser «arrollado» por la misericordia.

Este acto de aceptación y entrega pone en marcha eficazmente el proceso de transformación que Dios realiza en nosotros. Porque Dios tiene entrañas de misericordia y está deseando volcar su misericordia en sus hijos indefensos. Como tiene que ser fiel a «su» proceso «tiene» que responder al que se le entrega dándole su gracia de transformación.

Para eso es vital mantener viva la mirada sobrenatural que nos descubre que la cruz es la oportunidad de hacer el verdadero acto de entrega que demuestra nuestro amor.

En el fondo, da igual que Dios «utilice» las dificultades de la vida o que nosotros las «aprovechemos», lo que importa es realizar ese acto que nos hace verdaderamente niños, pobres, pequeños y vulnerables… Se trata de las dos posibilidades igualmente importantes para crecer espiritualmente. En el caso de quienes no han recibido o descubierto la gracia de esa purificación, es necesario saber que pueden hacer el acto de aceptación-ofrenda de manera voluntaria y libre, lo que les introduce en la misma purificación, permitiéndoles recorrer el camino que no conocían o que perdieron en su día a causa de su infidelidad o del endurecimiento provocado por no saber mirar el sufrimiento.

Es aquí donde tiene valor nuestra ascesis como el modo en que podemos favorecer las purificaciones y la aceptación de las mismas. Para poder abrazar la cruz y la purificación que produce nosotros nos imponemos renuncias voluntarias; nos dedicamos a la oración como ejercicio de contemplación de Dios y de su acción para mantenernos dóciles a la misma; intensificamos el amor, para darle sentido de amor a la aceptación de las purificaciones y avivamos la fe como la motivación que necesitamos para aceptar la cruz y abandonarnos en las manos de Dios; afinamos el discernimiento para percibir el plan de Dios más allá del nuestro…

Sí, el que baja sube, el que muere vive, el que pierde gana…

¿Cómo se hace en concreto este acto?

 

La cruz en las manos

 

Si todo el proceso, que tiene como artífice único a Dios, depende de un acto por el que permitimos la acción de Dios, dicho acto constituye la esencia de nuestro trabajo en la vida espiritual. Por eso, antes de concluir, debemos sintetizar este trabajo para entenderlo bien en su simplicidad e importancia y luego ejercitarnos en él.

1. Lo primero es identificar la cruz en concreto, es decir, la realidad que me da miedo, me humilla, me supera, me destruye, me acompleja… Así evitamos que la cruz nos sorprenda.

2. Luego, reconocer que ahí está Dios. Somos obsesivamente conscientes de lo que las realidades negativas tienen de injustas, inoportunas, etc., pero esa perspectiva nos impide descubrirlas como instrumentos de Dios. Hemos de aprender a ser obsesivamente conscientes de que Dios está en esas circunstancias.

3. Hacer el acto de fe por el que admito que Dios es lo más importante, y todo lo demás secundario.

4. Aceptar y agradecer la realidad que me destruye porque Dios está ahí.

5. Hacer el acto concreto (lo más generoso posible, incluso heroico) que me permite esa realidad y por el cual renuncio a mí mismo (necesidades, cálculos, proyectos, afectos, personas…) y hacer el «oppósito per diametrum» [EE 325] a mi amor propio (renuncia, entrega, confianza, humildad…).

En este acto concreto es muy importante el heroísmo, porque las apuestas heroicas siempre dan fruto porque conllevan una ineludible carga de purificación. Esto es algo con lo que no solemos contar porque casi nadie propone el heroísmo como posibilidad de elección; más aún, cualquier propuesta heroica suscita la oposición y el ataque de los demás, que la tacharán de locura, e intentarán frenarla para que no ponga en evidencia la propia mediocridad.

La clave está en encontrar el acto concreto que resume todo esto, que dice sin palabras: «Te reconozco aquí, en esto, te adoro como lo único, reconozco que aquí y en esto me estás amando con infinita ternura. Lo acepto todo. Renuncio a todo... Me pongo incondicionalmente en tus manos…». Pero es importante que esta disposición sea verdadera, para que no podamos vivir sin ese acto de aceptación como ahora no podemos vivir sin lamentaciones y cálculos. Esa actitud que tenemos que hacer verdad en actos concretos es lo que refleja muy bien la oración de Carlos de Foucauld:

Padre me pongo en tus manos,

haz de mí lo que quieras;

sea lo que sea te doy gracias.

Estoy dispuesto a todo,

con tal de que tu voluntad se cumpla en mí

y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma:

te la doy con todo el amor de que soy capaz,

porque te amo y necesito amar,

ponerme en tus manos sin medida,

con una infinita confianza,

porque tú eres mi Padre.

Nuestro trabajo consiste en reconocer la cruz: todas las realidades, circunstancias, defectos, acontecimientos… que me machacan, a los que temo, que me preocupan, me desconciertan (y me llevan a alejarme de Dios por la vida de la preocupación y la necesidad de controlar, de la tristeza, del rechazo, de la rebeldía…), todo eso lo que me permite entrar en la dinámica de la infancia.

La tentación consiste en no contar con las dificultades, el sufrimiento y la cruz, pensar que son el obstáculo para mi santidad en vez del medio para la misma, y aspirar a una santidad utópica e irreal.

Finalmente, no olvidemos que este acto concreto, que realizo en contra de mi amor propio (de mí mismo), no lo hago como un «trabajo» mío que pretende realizar por sí mismo esa transformación; sino que es la expresión real de que abrazo mi cruz con espíritu de infancia, convencido de la inutilidad del acto como tal, pero sabiendo que es lo que abre el corazón de Dios para que me inunde de su misericordia y ésta me transforme según el proyecto primigenio de Dios sobre mí. Sólo el Espíritu Santo puede transformarnos; pero la gracia de esa transformación no la podemos recibir si el mismo Espíritu no hace hueco en nosotros para crear el espacio necesario que necesita la gracia. Y para que pueda abrir ese hueco es necesaria nuestro consentimiento activo a la purificación.

 

Una leve pluma sostenida por el aire

 

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NOTAS

[1] Conviene recordar aquí a lo dicho en el retiro sobre «La radicalidad de los santos», en el apartado «Niveles del trabajo ascético».