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Retiro espiritual

El Espíritu Santo

 

La luz que inunda

 

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«El Espíritu es quien da vida, la carne no sirve para nada» (Jn 6,63)

1. Introducción

Dentro del conjunto de la historia del universo y de la salvación, podemos afirmar que vivimos en el tiempo de la Iglesia, que es el tiempo del Espíritu Santo. Hasta el momento de la encarnación del Verbo, el mundo vivió el tiempo del Padre, en diferentes etapas; luego, a partir de Cristo y hasta su ascensión, tuvo lugar el tiempo del Hijo; y, finalmente, desde Pentecostés, empezamos a vivir la plenitud histórica de la salvación: el tiempo del Espíritu Santo. De hecho, toda la obra de la salvación, en su dimensión histórica, se orienta al don del Espíritu Santo por parte de Dios. El Antiguo Testamento primero, y luego la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios tienen como finalidad darnos al Espíritu Santo. Como don de Dios a la Iglesia, pero también como don personal a cada cristiano.

De aquí podemos deducir la absoluta importancia que tiene la tercera persona de la Trinidad para la marcha de la Iglesia y para la vida del creyente. Lo cual contrasta con la visión de la mayoría de los cristianos, que apenas cuentan con Pentecostés y consideran la muerte y la resurrección de Cristo como el culmen de la redención.

Con frecuencia vemos que muchos cristianos no han superado la visión de Dios más raquítica de las que aparecen en el Antiguo Testamento, anclados en la concepción en un Dios distante y justiciero; otros no han pasado del Viernes Santo; y, finalmente, los más audaces, han llegado hasta el domingo de resurrección. Para todos, incluso para estos últimos, Pentecostés no deja de ser, en realidad, más que un hermoso complemento o adorno de la resurrección de Cristo; cuando, en realidad, es la meta a la que confluyen y de la que parten todos los ríos de la redención y la gracia.

Contrasta este olvido con el hecho de que sea precisamente el Espíritu Santo el hilo conductor que vivifica y une al Antiguo Testamento con el Nuevo y con la Iglesia, el motor que va impulsando al mundo a la meta de su salvación, que es la Gloria.

Si esto es así, podemos extraer como primera consecuencia práctica que la autenticidad de la vida cristiana depende de la profundidad con la que se viva la presencia del Espíritu Santo en nosotros. El Espíritu Santo es la referencia objetiva para interpretar los sacramentos, la Palabra de Dios y la moral. Esa presencia es la única puerta que nos abre a la inhabitación de la Trinidad en el alma y la que hace posible la acción de la gracia en nosotros y, consecuentemente, es el único camino para nuestra santificación. Ser cristiano es ser santo y eso sólo lo puede realizar el Espíritu Santo, porque el único modo de ser santo es ponernos en manos del Espíritu y dejar que él nos transforme.

Por ello hemos de comenzar este retiro preguntándonos: ¿Qué lugar real ocupa el Espíritu Santo en mi vida, tanto en mi vida espiritual como en mis actividades, pensamientos, relaciones personales, en mi oración, en mi ascesis, etc.?… Sin el Espíritu Santo, nuestra vida no será sino un conjunto de piezas aisladas, un puzle que no se puede armonizar.

Hay que insistir en la imposibilidad de ser auténticos cristianos sin el Espíritu, porque sin su acción no podemos hacer nada en el terreno evangélico. Él es el que da unidad a nuestra vida de fe y la convierte en un todo armónico en el que se ensamblan perfectamente todas las piezas de nuestra vida: oración, trabajo, diversiones, trato con los demás, apostolado, familia. No hay vida de fe sin su presencia en nosotros, ni puede existir verdadero fruto para nuestra vida sin su acción. Por esta razón, para situarnos en una perspectiva verdadera y adecuada, quizá deberíamos empezar reconociendo que existe una grave desproporción entre la importancia que tiene el Espíritu en el plan salvador de Dios y lo poco que importa realmente en nuestra vida concreta.

 

Jesús y el Espíritu

 

Eso no significa que ignoremos su existencia o que no lo tengamos en cuenta, sino que no le concedemos el lugar y la importancia que tiene en nuestra vida y en nuestra santificación. Es cierto que quizá contamos con el Espíritu Santo como la fuerza que Dios nos da, y que sabemos que lo necesitamos. Pero eso no es, en rigor, el Espíritu: eso es la gracia de Dios. La gracia es «algo» que recibimos de Dios, su acción en nosotros. Pero el Espíritu es muy distinto de «algo»: es «Alguien». Es una persona. Es un tú: el tú fundamental que sostiene todo lo que somos y hacemos, porque no es una persona cualquiera, sino la tercera persona de Dios-Trinidad; la persona que viene a habitar en nosotros y nos trae a las otras dos personas trinitarias para que «hagan su morada» en nosotros (Cf. Jn 14,23). Tenemos que renunciar a pensar que el Espíritu Santo es la «acción» del Padre para empezar a contemplarlo como «persona», una de las tres personas de la Trinidad.

2. Descubrir al Espíritu por sus obras

Es importante considerar que la contemplación del Espíritu Santo no la podemos iniciar directamente, como hacemos con la contemplación del Hijo o del Padre. La creación, la naturaleza, el Antiguo Testamento nos ofrecen muchas facetas del ser y del hacer de Dios-Padre que nos permiten contemplarlo fácilmente al darnos muchos detalles de su actuación, a través de los cuales vislumbramos su ser. Y esto se hace más vivo en el Hijo: los evangelios, y el Nuevo Testamento en general, nos acercan a Cristo de una manera tan viva que podemos sumergirnos de forma natural en una contemplación profunda y cercana de su persona y su misión.

Sin embargo, de la tercera persona de la Trinidad tenemos únicamente algunas referencias de carácter simbólico que sólo nos ofrecen una sombra borrosa de su acción: el viento, el fuego, el agua, la paloma, etc. Esto explica que, en general, los cristianos a lo más que llegan es a considerar la «acción» del Espíritu; o, quizá sería más exacto decir: a considerar al Espíritu Santo como la acción de Dios en la Iglesia y en su vida. Pero el Espíritu Santo no es lo mismo que la gracia. Hemos de renunciar a considerar al Espíritu Santo como la acción de Dios en la Iglesia, para considerarlo como la persona que actúa. Y para ello hemos de aceptar la aventura que supone descubrirlo.

Si queremos salvar la gran laguna que supone todo esto para nuestra vida cristiana, hemos de emprender el camino de un verdadero «descubrimiento», la extraordinaria aventura de conocer a Alguien que forma parte inseparable de nuestra vida, el único que le da su verdadero sentido y que, sin embargo, se escapa de nuestra percepción para desaparecer en la bruma de un misterio inaccesible.

Para empezar nuestra aventura debemos mirar aquello que nos resulta más conocido y familiar: nuestra vida cristiana. No podemos negar que la principal característica de la vida del discípulo de Cristo es el amor, puesto que es uno de los datos más claros del mensaje de Jesús y el principal mandato que deja a sus discípulos[1]. Otra cosa es que estemos de acuerdo en lo que debemos entender por «amor». Normalmente tratamos de proyectar sobre el Evangelio la idea preconcebida que tenemos al respecto; pero lo único que vale en este sentido es la idea que tiene Jesús del amor que nos pide, que es el reflejo del amor que él nos ofrece cuando nos dice en Jn 13,34: «como yo os he amado».

El amor, que define la vida cristiana, no es una simple benevolencia, sino la entrega heroica de la vida en favor de los demás; algo que hemos de reconocer que resulta imposible para nosotros. El Señor no podría pedirnos esto a los cristianos si no dispusiéramos de una fuente de amor infinitamente superior a nuestras capacidades humanas. Y esta capacitación sobrenatural es fruto de la presencia y la acción del Espíritu Santo en el alma, según expresión de San Pablo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5). Podemos amar porque alguien nos guía y nos enseña. Para nosotros es imposible, pero Dios nos pide ese imposible porque poseemos el Espíritu Santo. Por eso hemos de enamorarnos del Espíritu Santo, atraídos por la fuerza de lo que realiza en nosotros. Hemos de descubrir las huellas de aquel que es nuestro Amigo, Confidente, Maestro, Defensor, Compañero, Consolador… Él es quien me hace amigo de Cristo e hijo del Padre.

Pero el amor como tal, por heroico que sea, no basta para definir la vida cristiana. Ésta consiste, fundamentalmente, en la relación personal que establece el creyente con Jesucristo resucitado; una relación tan profunda que le hace participar de la vida, muerte y resurrección de su Señor, cuyo fruto es ese amor que le caracteriza como cristiano.

Frente a esto, el mundo, nuestras pasiones, las circunstancias, etc. discurren normalmente a contrapelo de los valores evangélicos; lo cual hace muy difícil que podamos llegar a esa relación personal profunda a la que nos llama el Señor; y, si llegamos a ella, igualmente resultará difícil mantenernos en ella. Y aquí es donde entra la actuación del Espíritu Santo en nosotros; una actuación a través de la cual podemos acercarnos a la contemplación de su persona.

Los problemas de la vida ejercen sobre nosotros una influencia contraria a la relación personal con Cristo, al atraer hacia ellos nuestra mirada, hasta hacer que dejemos de mirar al Señor y caigamos en la preocupación y la tristeza que nacen de la consideración humana de las dificultades. Y hemos de ser conscientes de que no podemos salir de esa atracción y de esa mirada con nuestras fuerzas. Esa polarización hacia las dificultades y problemas es más fuerte que nosotros. Por eso nos obsesionamos repitiendo: ¿Quién tiene la culpa?, ¿por qué a mí?, ¿cómo lo resolveré?

Sólo podemos salir de este movimiento mirando a Cristo. Ésa es una de las funciones del Espíritu, que nos rescata de la polarización angustiosa hacia nosotros mismos y orienta nuestra mirada siempre hacia el Señor. Aquí conviene distinguir entre «ver» y «mirar». El cristiano no puede evadirse de la realidad, por eso debe «ver» todo lo que sucede a su alrededor, pero sin quedarse en ello; ha de «mirar» siempre a Cristo. El Espíritu Santo hace que «veamos» los motivos de preocupación o tristeza que nos presenta la vida, pero hace también que no nos quedemos ahí porque «miramos» a Cristo, que es, con mucho, superior y mejor que todo, y en el que podemos depositar toda nuestra confianza. Aquí encontramos el camino que nos llena de alegría y de paz, como dice el salmo: «Contempladlo y quedaréis radiantes» (Sal 34,6)

Y de esa «mirada», como atención confiada, surge la esperanza, no porque esperemos que Dios nos vaya a evitar problemas, dificultades y sufrimientos, sino porque Cristo está presente y nos ama siempre, especialmente en los momentos de dificultad y sufrimiento. El Espíritu Santo nos hace descubrir el amor de Cristo y nos enseña que este amor es suficiente para cambiar la realidad. Por eso, si con la ayuda del Espíritu, miramos al Señor, quedamos radiantes; y si miramos sólo la realidad del mundo quedamos oscurecidos y sin esperanza.

 

La cruz y el Espíritu

 

Esto vale también para el pecado, cuyos primeros frutos humanos son el endurecimiento de la conciencia, que lleva a quitarle importancia al pecado para dejarnos falsamente tranquilos, o la desesperanza, que magnifica nuestras faltas para darnos también la tranquilidad de un falso arrepentimiento. De estas deformaciones sólo podemos salir guiados por el Espíritu Santo, el único que nos descubre nuestro pecado en su cruda verdad de ofensa a Dios[2], pero desde el convencimiento de que somos amados por Dios en nuestra condición de pecadores. Y eso nos permite apoyarnos precisamente en esa misma condición de pecadores-amados para mirar a Dios-Amor y entrar en la confiada esperanza del que espera firmemente ser liberado de su pecado. En consecuencia, iluminados por el Espíritu no necesitamos ya justificar nuestros pecados, ni ocultar nuestra situación de pobres, vulnerables y pecadores. El Espíritu de la verdad nos permite abrazar nuestra verdad de pecadores-amados y presentarnos confiadamente ante Dios.

A partir de aquí podemos aspirar a la verdadera vida cristiana, que es la vida espiritual: la vida realizada bajo la acción del Espíritu, que nos saca de lo carnal, que representa al mundo, las pasiones, el amor propio:

Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis (Rm 8,9-12).

Tengamos en cuenta que vivir la vida cristiana es uno de los grandes servicios que podemos ofrecer a un mundo al que cada vez le cuesta más identificar lo genuino de la vida cristiana; un mundo que, por otra parte, exige a la Iglesia y a los cristianos una forma de vida que nada tiene que ver con la vida en el Espíritu, que nos lleva a la imitación de Cristo y a la fidelidad al Evangelio. Esta imitación es también obra del Espíritu Santo, que imprime en nuestra alma un amor apasionado por Dios que empapa todo lo que somos y hacemos, nos saca de una religiosidad superficial o de mínimos y de cumplimientos, y nos lleva a la comunión de amor con la Trinidad que habita en nosotros. Esto es lo único que nos puede hacer cristianos; es fuego ardiente con el que Jesús quiere consumir el mundo: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12,49). Es el fuego de Dios que consume a la Trinidad y que es el mismo Espíritu, como nos dice el Bautista: «Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).

Pero ¿cómo vamos a incendiar el mundo con el fuego del amor de Cristo si no nos dejamos abrasar primero por el Espíritu Santo? Pero se trata de dejarse abrasar por ese fuego, algo que es muy distinto a dejar que nos ilumine o nos caliente cómodamente acercándonos sólo un poco a él, lo suficiente como para que nos conforte pero no nos queme. Esto no es la vida espiritual sino la mediocridad. Y el precio para cumplir nuestra misión no es otro que dejarnos abrasar por el fuego de la Trinidad que consumía a los santos. Por eso hemos de aceptar libremente ser consumidos por ese fuego, porque el Espíritu no puede nada sin nuestro consentimiento. Aquí pasamos del mero sacrificio al holocausto: los sacrificios en Israel suponían el ofrecimiento a Dios de animales que, después de ofrecidos, la grasa y las vísceras se quemaban pero la carne la comían los sacerdotes o el pueblo; pero en el holocausto, se dejaba consumir por el fuego toda la víctima ofrecida, de modo que se entregaba a Dios totalmente, sin que se aprovechase nadie de su carne. Este tipo de sacrificio de holocausto es el que quiere realizar el Espíritu Santo en nosotros, consumiéndonos plenamente por el fuego del amor trinitario para consagrarnos totalmente a Dios.

Sin embargo, ante los sufrimientos que comporta nuestra condición humana, el Espíritu Santo no sólo nos rescata de la presión del mundo, sino que nos transforma a través de toda esa realidad, aparentemente negativa, y lo hace empapándonos de su «dulzura», que es la dulzura de Dios. Por eso podemos vivir plenamente en el mundo y acoger los sufrimientos que la vida comporta, porque el Espíritu Santo está ahí y nos une a Cristo. Gracias al Espíritu todo queda transfigurado y produce en nosotros la dulzura de Dios. Esta dulzura es el fruto del abandono y la docilidad y la fuente de la paz y la alegría invencibles, porque nos libera del miedo. Los riesgos de la vida, las dificultades y problemas, las añoranzas del pasado, las incertidumbres del futuro..., todo eso hace que nos pongamos en tensión, tratando de resistirnos al mal y al sufrimiento.

Y esa resistencia es precisamente la verdadera causa del sufrimiento, porque nos saca del ámbito del abandono y la confianza y nos obliga a crear una coraza para defendernos de las agresiones de la vida y del mal. Y esa misma coraza nos cierra sobre nosotros mismos y nos aísla de Dios y de su misericordia. Y eso nos hace sufrir más. Sólo podemos gustar la misericordia divina si quitamos esa coraza que nos cierra en nosotros mismos, nos aísla de Dios y de su amor; sólo recibiremos la misericordia si dejamos de mentirnos con nuestra autosuficiencia y aprendemos a convivir con nuestra vulnerabilidad y fragilidad y permanecemos siempre pobres y desvalidos o indefensos.

Y ésa es la gran obra del Espíritu Santo: llevarnos al terreno de la pobreza, empaparnos de la dulzura de no ser nada, para poder decirle al Señor de verdad: «Tú eres todo para mí» y no necesito más. Se trata del acto de abandono que podemos hacer porque tenemos el Espíritu Santo que nos da la dulzura de la pobreza, de ser hijos de Dios, de la misericordia. El Espíritu Santo actúa en el ambiente de nuestra pobreza, no para fortalecer nuestras defensas, haciéndonos fuertes y poderosos, como a veces pedimos en la oración. Él vive y actúa en ese ambiente, que es el ambiente de la Encarnación del Verbo, de su nacimiento, su vida oculta y su muerte; pero, sobre todo, es el clima de Getsemaní. Ahí el Hijo es llevado por el Espíritu a la dulzura del abandono absoluto en las manos del Padre[3].

 

El ángel de la agonía

 

Mirando a Getsemaní estamos ante el dilema de hacernos fuertes o doblegarnos; y debemos aprender del Señor que no podemos derrotar al mundo con nuestras fuerzas, que no tenemos nada, ni somos nada; y por eso aceptamos nuestro fracaso y soledad, y damos la respuesta adecuada: el «Hágase» del Verbo en la Encarnación, de María en la Anunciación, del Hijo en el Huerto…, y entonces llega la dulzura, que es el fruto de la invasión de la Misericordia. Esa es la dulzura que contemplamos en la pasión de Cristo, pero que él recibió en Getsemaní, donde fue llevado por el Espíritu al abandono total en las manos del Padre.

3. Habitados por Dios

El amor a Cristo que infunde en nosotros el Espíritu tiene dos consecuencias: La primera en nosotros: suscita la fidelidad a su voluntad, que lleva a no buscar ni amar nada que no sea Cristo. La segunda es la inhabitación trinitaria, tal como nos anunció Jesús: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Esta inhabitación de Dios-Trinidad en nosotros es, pues, el gran fruto del Pentecostés apostólico; algo tan real que hará exclamar a san Pablo: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Co 3,16). Se trata de una presencia real, no meramente «espiritual». Incluso dirá el Apóstol que es una presencia del Espíritu Santo en nuestro «cuerpo»; es decir en la realidad completa de nuestra condición humana, constituida por cuerpo y alma: «¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1Co 6,19). No es una idea piadosa en nuestra mente, él habita realmente en nuestra realidad total.

Y a renglón seguido de esta afirmación, san Pablo saca como consecuencia de la misma que pertenecemos a Dios: «No os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!» (1Co 6,20). Lo cual supone que, al habitar en nosotros, el Espíritu Santo realiza una verdadera «consagración» a Dios de cuanto somos y hacemos. Como toda consagración, somos separados del mundo para ofrecernos a Dios, a quien pertenecemos, y hacer de nuestra vida un culto agradable a Dios, tal como nos pide en Rm 12,1: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual».

Pero para que sea efectiva esta consagración la tenemos que ratificar, puesto que no es algo que el Espíritu pueda hacer al margen de nuestra libertad. Eso exige que reconozcamos la presencia y la acción del Espíritu Santo en nosotros y nos abandonemos confiadamente a su acción como acto de fe y de amor. Tenemos que darle nuestro consentimiento y eso supone orar hasta descubrir y aceptar al Espíritu Santo como amigo, amante y maestro y consentir a su acción y su presencia, eso es, abandonarnos a él.

Más aún; hemos de tener en cuenta que la Trinidad de las tres personas divinas constituye una unidad indivisible en el ser, de modo que las tres personas divinas están en permanente unión y relación. Por esta razón, el Espíritu Santo no permanece solo en nosotros, sino que, con su presencia, trae consigo a la Trinidad para que habiten también en nosotros y nos conviertan en su morada. De este modo podemos decir que el Espíritu Santo no sólo habita en nosotros, sino que introduce a la Trinidad en nosotros y a nosotros en ella, tal como nos decía el Señor en Jn 14,23.

 

Detalle del icono de la Trinidad

 

Esto tiene como consecuencia que, al entrar en la Trinidad, entramos en la realidad más profunda de Dios, que es el amor. Así puede cumplirse el mandato del Señor: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9), es decir, «permaneced en mí por el amor». El Espíritu, que habita en nosotros, nos arrastra, por medio de la corriente del amor trinitario, a la comunión permanente de amor con el Hijo, que se convierte así en nuestra morada, gracias a la unión esponsal con él.

Permanecer es, por tanto, sumergirse; y la consagración no es simplemente un acto de pertenencia, sino una verdadera unión, una fusión de dos personas que, según la imagen esponsal despojada de todo aspecto sexual, son una sola carne aunque no pierdan su propia personalidad.

La realidad de la inhabitación nos permite asomarnos al abismo del ser de Dios que es amor y sentir el vértigo de lanzarnos a él. El abandono es el acto que nos lleva a sumergirnos en ese mar sin fondo que es Dios y que nos lleva a perder pie. Eso nos permite «permanecer» en Dios en cualquier circunstancia y nos hace invencibles, aunque sigamos siendo débiles. Lo esencial es que no se rompa el acto de abandono.

Hemos de reconocer que no podemos permanecer unidos a Dios sólo con nuestra decisión y nuestra fuerza de voluntad, si el Espíritu Santo no nos sumerge en el abismo que es Dios y esa inmersión se hace tan real que él habita en nosotros y nosotros en él. Entonces no hemos de hacer esfuerzos para «permanecer», porque lo complicado ya no es unirnos a Dios sino separarnos de él, porque ya no podemos vivir sin él, y nada nos llena sino él…Y ni siquiera podemos permitirnos la falta de amor que supondría salir un momento de ese «permanecer» para descansar un instante del fuego de Dios que consume.

4. Contemplación litánica del Espíritu Santo

Para terminar y como ayuda para la oración en este retiro espiritual, proponemos una oración litánica contemplativa sobre el misterio y la acción del Espíritu Santo.

 

Dejarse inundar por la luz

 

Espíritu Santo-Dios:

te reconozco como persona,

como Dios-en-mí;

y puesto que me habitas, te suplico:

manifiéstate, lléname, actúa en mí,

y en los demás a través de mí;

compadécete de mi miseria

y muestra en ella tu poder.

 

Espíritu Santo-Dios, alma de mi alma:

te adoro, te amo y me consagro a ti.

 

Tú eres quien sostiene y anima a la Iglesia.

Tú eres quien armoniza la multiplicidad de miembros del Cuerpo de Cristo.

Tú eres quien nos entrega a Cristo por María.

Tú eres quien actualiza la pasión salvadora de Cristo en la Eucaristía.

Tú eres quien hace presente a Cristo en los sacramentos y en la vida.

Tú eres quien configura la vocación y misión de cada cristiano.

 

Tú me habitas y me llenas plenamente, me invades y santificas.

Tú inundas de gracia hasta los rincones más ocultos de mi ser.

Tú traes contigo a la Trinidad y me conviertes en templo de Dios.

Tú reflejas en mi alma la mirada amorosa del Padre y me sumerges en su providencia.

Tú suscitas en mi corazón la pasión que me enamora de Cristo.

Tú reconstruyes mi naturaleza pecadora y la devuelves a la inicial armonía con Dios y con las criaturas.

Tú me modelas a imagen de Cristo y me haces hijo de Dios.

Tú escuchas y comprendes todos mis lamentos y súplicas antes de expresarlos.

 

Tú eres la respiración de mi alma.

Tú eres la luz que ilumina mis pasos.

Tú eres el consuelo que conforta mis penas.

Tú eres la mano que me levanta de la postración.

Tú eres el espejo en el que contemplo a Cristo.

 

Tuyo es el amor que me inunda y sobrepasa.

Tuyo es el impulso hacia el amor más grande.

Tuyo es el suave gesto que me corrige.

Tuya es la dulzura que me hace olvidar las ofensas.

Tuya es la palabra eficaz que pones en mis labios.

Tuya es la libertad frente a todos y a todo.

 

Tú haces suave mi miseria.

Tú conviertes en riqueza mi pobreza.

Tú me salvas de la desesperanza ante el pecado.

Tú haces amables los dolores y humillaciones.

Tú me libras del desánimo por mis fracasos.

Tú renuevas mis fuerzas desgastadas en las luchas de la vida.

Tú afirmas mis pasos en el camino hacia  el Calvario.

Tú me abrazas a la Cruz salvadora de Cristo.

Tú me resucitas en cada instante a la vida nueva de la gracia.

 

Tú me introduces en el eterno diálogo trinitario.

Tú me das la misma mirada de Cristo para ver con luz nueva todas las cosas.

Tú me descubres al Padre con los ojos del Hijo y al Hijo con los ojos del Padre.

Tú me muestras a Cristo en el pobre y desvalido.

Tú conviertes a todos en mis hermanos.

Tú me descubres a Cristo en quien me ofende o me hiere.

 

Tú eres quien hace de Dios mi morada y de mí su templo.

Tú eres quien recrea en mí la vida y las palabras de Cristo.

Tú eres quien alientas mi búsqueda insaciable de Dios.

Tú eres quien confirma mi fe y mi esperanza.

Tú eres quien me regala el gusto por las cosas de Dios.

Tú eres quien me consagra totalmente al Padre.

Tú eres quien me recuerda la Palabra de Dios.

Tú eres quien alienta mi oración.

Tú eres quien me recuerda mi ser esencial.

Tú eres quien ilumina la oscuridad de mi fe.

 

Tú eres quien hace de la Trinidad mi hogar en la tierra y mi eternidad en el cielo.

Tú eres quien me introduce en la eterna corriente del amor trinitario.

Tú eres quien me descubre a Dios como Trinidad de personas.

Tú eres quien me atrae al espíritu de las Bienaventuranzas.

Tú eres quien me sumerge en la misericordia de Dios en la confesión.

Tú eres quien siembra y alienta lo mejor que hay en mí.

Tú eres quien me hace fuerte en el combate.

Tú eres quien convierte mi cruz en gloria.

Tú eres quien me hace nacer de nuevo a la vida de la gracia.

Tú eres quien da fruto evangélico a mi vida.

Tú eres quien me sugiere el gesto o la palabra oportunos.

Tú eres quien acompaña todas mis soledades.

Tú eres quien me fortalece frente al enemigo.

Tú eres quien vigila y acompaña todos mis pasos.

Tú eres la garantía firme de la Gloria.

Tú eres quien me llevará de la mano en mi muerte y la convertirá en tránsito a la vida.

 

Todo eso y mucho más haces en mí; todo eso y mucho más, infinitamente más, eres tú.

Te adoro, te amo y me entrego a ti, consagrándote todo lo que soy:

-para que me consumas en ti, fuego eterno del amor trinitario,

-para que seas el alma de mi alma y la vida de mi vida,

-para que me unas íntimamente a ti en esta vida y me lleves a participar, en el cielo, del amor con el que abrazas al Padre con el Hijo por eternidad de eternidades. Amén.

 

Manos abiertas al Espíritu

 

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NOTAS

[1] Cf.: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12; cf. 13,34; 15,17). «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35).

[2] Eso forma parte de la misión del paráclito según Jn 16,8: «Dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena».

[3] En este sentido resulta significativo que en los tres sinópticos es el Espíritu Santo el que empuja a Jesús al desierto para ser tentado (Cf. Mt 4,1; Mc 1,12; Lc 4,1).