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Retiro espiritual

La búsqueda de Dios

 

El hombre que señala el cielo

 

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1. Introducción

El material de este retiro pretende ayudar a descubrir un aspecto fundamental de toda vida cristiana, especialmente necesario para el que quiere vivir la vida cristiana en plenitud y está llamado a ser contemplativo en el mundo: la búsqueda de Dios. Si conseguimos poner bien este cimiento de nuestra vida, luego será más fácil colocar las demás cosas en su sitio, darles su verdadera importancia y encontrar el verdadero sentido que tienen. Porque, si no buscamos a Dios en todo lo que hacemos, rechazando lo que sea incompatible con la búsqueda de Dios, estamos abocados a un activismo insensato que sólo conduce al agotamiento y a la esterilidad. Porque la verdadera eficacia de nuestra vida no radica en el «hacer», sino en el «ser».

Para buscar a Dios en nuestro tiempo de retiro, y para poderlo buscar también cada día, lo primero que hemos de considerar es la importancia del silencio. En el fondo, el silencio como instrumento para escuchar a Dios se parece mucho, en lo material, a la necesidad de silencio para realizar determinadas tareas. Como lo que cuentan que le sucedió a un grupo de trabajadores que estaban apilando serrín en el almacén de una fábrica de hielo. De repente uno de ellos se dio cuenta que se le había caído el reloj en medio del serrín. Inmediatamente, sus compañeros interrumpieron el trabajo para buscarlo. Acabaron tomando la búsqueda como una diversión, lanzándose el serrín unos a otros y armando una polvareda con el serrín que antes habían amontonado. Pero no dieron con el reloj. Entonces, decidieron dejarlo y se fueron a tomar un café.

Un joven, Reloj de bolsillo con cadenaque había estado observando toda la faena, entró en el almacén y, al poco rato, se presentó ante el grupo con el reloj en su mano.

-¿Dónde estaba? -le preguntaron.

-¿Dónde? Pues, en el almacén -les dijo el joven.

-No puede ser -dijeron ellos-, lo hemos buscado por todas partes. ¿Cómo lo has hecho?

-Me he puesto a ello en silencio completo hasta que he oído el suave tic-tac del reloj y lo he sacado de donde estaba enterrado bajo el serrín.

Del mismo modo nosotros necesitamos del silencio y de la oración de escucha para buscar a Dios.

2. La búsqueda de Dios y la vida contemplativa

La búsqueda de Dios, que es necesaria para todo creyente, define muy bien la vida contemplativa. Hasta el punto de que podemos definir al contemplativo como el que «busca a Dios». Todos los pasos que se dan a lo largo de la vida contemplativa tienen como razón fundamental la búsqueda de Dios y el estar dispuesto a todo para encontrarle. Sin esta búsqueda de Dios, todos los demás elementos de la vida contemplativa carecen de sentido. ¿Para qué sirve la oración, el silencio, la lectio, la lucha contra las tentaciones, el discernimiento o el apostolado si no es porque buscamos a Dios?

Pero, frecuentemente, la rutina, la mediocridad, los pequeños o grandes fracasos, las propias limitaciones, etc., van haciendo que pongamos la búsqueda apasionada de Dios en un segundo plano y que nos permitamos dedicarnos simplemente a realizar unas tareas, cuidando lo exterior de las mismas, mientras dejamos que se desvanezca esa atracción hacia Dios que es la única razón que sustenta una entrega tan radical como la que supone la vida contemplativa.

Si no tenemos esa sed de Dios, corremos el peligro de que todo lo que realicemos, por bueno y santo que sea (la entrega, apostolado y hasta la misma oración), se convierta en un sucedáneo de esa búsqueda apasionada, en algo que disimula la sed de Dios y nos da la falsa seguridad de haber llegado a la meta, cuando realmente hemos abandonado el camino de la sincera y arriesgada búsqueda permanente de Dios. En definitiva, resultaría muy lamentable que muchas de las cosas que hacemos se conviertan en un obstáculo para buscar a Dios, no porque sean malas, sino porque en ellas buscamos la seguridad del cumplimiento de un deber de cara a la galería o a nosotros mismos, y no constituyan un modo de caminar permanentemente hacia Dios, buscando su presencia y su voluntad. ¡Cuántos personas se dedican a hacer cosas buenas y santas, y en realidad han sustituido con ese quehacer y esas prácticas el dedicarse a buscar a Dios como él quiere ser buscado!

Por otra parte, la búsqueda de Dios es la que explica todas las demás tareas y acciones del contemplativo: desde la pobreza a la intercesión, desde el silencio a la lectio, desde la intercesión a la formación. Porque busca a Dios, el contemplativo dedica todo el tiempo posible a la oración, busca el silencio en medio del mundo, necesita de la Eucaristía y de la Palabra, y tiene verdadera sed de vivir como Jesucristo y ser, en medio de su vida secular, pobre, casto, humilde y obediente. Y todo lo que surge de esa búsqueda de Dios será valioso y verdadero, porque encajará con lo que se es, un buscador de Dios.

La búsqueda de Dios hasta llegar a encontrarnos con él es el objetivo del contemplativo en el mundo, el núcleo de la vida contemplativa. Y a ese núcleo -como en una obra de artesanía- hay que ir pegando todo lo que ayude a «buscar» eficazmente a Dios, y para conservar intacto ese núcleo hay que rechazar, con la energía con la que se poda un árbol dañado, todo lo que impida buscar a Dios con autenticidad y fuerza.

Podemos aplicar a la vida contemplativa en el mundo la norma que ofrece san Benito para discernir la vocación a la vida monástica de un candidato: «Si verdaderamente busca a Dios»[1], es decir, si se siente atraída de tal manera hacia Dios, que tiende hacia él con todo su ser con un movimiento vital de deseo y de búsqueda.

Para algunos se trata de discernir esa atracción y ese deseo para dedicar la vida a buscar a Dios; pero los que ya han escuchado claramente esa llamada tienen necesidad de volverla a oír y comprobar hasta qué punto encaja su vida con esa sed y esa búsqueda. Se trata de reavivar esa atracción por Dios, para poner toda la vida en función de esa búsqueda de Dios que les define como contemplativos.

«Me sedujiste Señor y me deje seducir; me has agarrado y me has podido» dice el profeta Jeremías (20,7), y continúa diciendo: «Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo no podía». Se trata de volver a sentir la seducción del Señor, su atracción irresistible, su presencia interior como un fuego inextinguible. Se trata, no sólo de no apagar ese fuego, como se siente tentado Jeremías, sino de avivarlo aunque nos consuma. Entonces no podremos dejar de buscar a Dios.

 

Dejándose inundar por la luz

 

Este retiro es una buena oportunidad para comprobar si buscamos verdaderamente a Dios, para percibir interiormente esa llamada de Dios a entrar en comunión con él, para avivar la sed de Dios. Es un buen momento para hacer el discernimiento necesario para dejar a un lado lo que está estorbando a ese encuentro y para descubrir lo que cada uno necesita para realizar esa búsqueda de Dios, para pedir la sed de Dios y la gracia de buscarle incesantemente.

En nuestra tarea de avivar la búsqueda de Dios para vivir con más profundidad la vida cristiana y contemplativa, podemos contemplar a los que aparecen como los buscadores de Dios por excelencia en la Sagrada Escritura. Los tenemos muy cerca de nosotros, son los orantes de los salmos. Cada día oramos con sus palabras que son a la vez Palabra de Dios. Recitar estas oraciones de los buscadores de Dios, tiene que avivar en nosotros la búsqueda de Dios que ellos vivieron y que nosotros queremos emprender con renovado vigor. Meditamos de un modo especial los salmos en este retiro para que cuando oremos cada día con la oración de los que buscan a Dios nos podamos empapar de sus sentimientos de confianza, pobreza y humildad.

3. Dios nos buscó primero

Pero para no empezar la casa por el tejado tenemos que preguntarnos: ¿por qué buscamos a Dios?

Es cierto que todo hombre de una forma más o menos consciente busca la verdad, el bien, la felicidad..., en definitiva busca a Dios como fundamento y meta de la vida. Necesitamos saber quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos.

Pero no es ése el principal fundamento de la búsqueda de Dios del cristiano y del contemplativo. Si buscamos a Dios es porque Dios nos ha manifestado primero su voluntad de mostrarse, de darse a nosotros, a cada de uno de nosotros personalmente. Buscamos a Dios porque nos ha llamado, porque él nos ha buscado primero, porque sabemos que él quiere encontrarse con nosotros. No buscamos a Dios en el vacío, como el que no sabe si hay Dios y busca desesperadamente el sentido de la vida. Buscamos a un Dios que se nos ha mostrado, que hemos visto, pero que no poseemos aún. No un Dios huidizo, sino un Dios deseoso de unirse a nosotros. No buscamos a un Dios cuyo rostro no conocemos; si le buscamos es precisamente porque nos ha mostrado su rostro.

 

Mano tendida

 

Toda la Escritura nos habla de esa búsqueda de Dios hacia nosotros:

a) Si Dios crea al hombre es para entrar con él en comunión de vida. Dice el Catecismo:

De todas las criaturas visibles sólo el hombre es «capaz de conocer y amar a su Creador» (GS 12,3); es la «única criatura a la que Dios ha amado por sí misma» (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y esta es la razón fundamental de su dignidad (Catecismo de la Iglesia Católica, 356).

Es decir: el hombre ha sido creado como buscador de Dios, como el único ser de la creación capaz de buscar y encontrar a Dios. Y si no lo encuentra, queda frustrado en lo más íntimo de su ser.

b) Si Abrahán, modelo y padre en la fe, y también modelo de buscador de Dios, sale de su tierra, es porque primero ha escuchado la llamada y la promesa de Dios, porque Dios ha salido a su encuentro y, en ese encuentro, Abrahán ha descubierto que tiene que salir de su patria para encontrarse con Dios (léase Gn 12). La experiencia de Abrahán no consiste en que un buen día decide ponerse a buscar un Dios desconocido, sino que este hombre de fe sigue una voz que le llama, que sabe su nombre y que le promete una bendición.

c) Durante toda la historia de Israel, Dios sale al encuentro de su Pueblo por medio de Moisés y de los profetas para que le busquen y para establecer con ellos una alianza de amor. Para ese encuentro les saca de Egipto, con ese fin se cuida de ellos, les salva de los enemigos y les castiga cuando se apartan de él:

-«Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué del país de Egipto» (Ex 20,1), «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Dt 6,5), les dice a los israelitas y a nosotros a través de Moisés.

-«Buscadme y viviréis», les recuerda por el profeta Amós (Am 5,4) cuando ellos olvidan la alianza. De ese modo nos recuerda también a nosotros que la clave de la vida -especialmente para el pueblo infiel- se encuentra en Dios y todo lo que nosotros podemos hacer por nuestra parte para llegar hasta él se encierra en esa búsqueda. Ésa es la única posibilidad de salvación para el pueblo.

-Incluso nos dice Dios por medio del profeta Isaías (65,1): «Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije “aquí estoy, aquí estoy” a gente que no invocaba mi nombre». Así descubrimos que Dios busca a todos, incluso al que no le busca, al pueblo infiel y pecador, al traidor. Dios se manifiesta fiel en su búsqueda. Y eso nos da esperanza, respecto de nosotros y de los demás, de que podemos encontrar siempre al Dios que sale a nuestro encuentro.

-Es más, es Dios el que pone en nosotros el deseo de buscarle. El Sal 27,8 dice: «Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Este mandato que oímos en nuestro interior es signo de que Dios nos busca. Nuestra respuesta debe ser buscar el rostro del Señor, pedir que nos lo muestre.

d) Pero en la plenitud de los tiempos, Dios nos habló por medio de su Hijo Jesucristo (léase Heb 1,1ss). En Cristo, Dios sale al encuentro del hombre, para que entremos en comunión con él:

-«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). En Jesucristo, Dios sale definitivamente en busca del hombre para darle la vida. Estas palabras del evangelio de san Juan nos muestran la motivación de la búsqueda de Dios: el amor de Dios que quiere comunicarnos la vida eterna[2].

-El mismo Jesús nos describe a Dios en las parábolas de la misericordia como un Dios que está buscando al hombre (especialmente al pecador) hasta que lo encuentra (puede leerse y orar con Lc 15,4).

También los salmos nos ayudan a descubrir y a gustar esta realidad de la necesidad de buscar a Dios que está precedida y acompañada por la búsqueda de Dios al hombre:

Confiarán en ti los que conocen tu nombre

porque no abandonas a los que te buscan (Sal 9,11).

-Según el paralelismo propio de los salmos, los que buscan al Señor se identifican con los que conocen su nombre. El que busca al Dios Revelado lo hace porque le conoce, Dios no nos ha dicho: «buscadme en el vacío » (Is 45,19). El Señor nos ha mostrado primero su rostro para que luego podamos buscarle y encontrarle.

-No olvidemos que conocer el nombre de alguien es tener acceso a la relación con él, poder hablar con él, poder llamarle. Conocer el nombre de Dios abre además la posibilidad de poder invocarlo: quien conoce el nombre de Dios puede buscarlo, porque puede pedir, puede llamarlo, puede dialogar con él. Son dichosos los que conocen su nombre: «Dichoso el pueblo que sabe aclamarte » (Sal 89,16).

-Pero nosotros, mucho más que los orantes de los salmos, somos dichosos y podemos buscar a Dios porque conocemos su nombre. Jesucristo nos lo enseñó: «Cuando oréis decid Padre » (Lc 11,2); podemos orar con confianza: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá » (Mt 7,7). Conocemos el nombre del Dios hecho hombre: Jesús (Salvador) y sabemos que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos » (Hch 4,12) y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará (Hch 2,21)[3].

-Una cosa más nos dice el salmo 9 sobre los que buscan a Dios: «Dios no los abandonará». Una promesa más del Señor que debe mover nuestro corazón a buscarle: él no va a abandonar a los que emprendan este camino de búsqueda. Aunque esa búsqueda nos lleve a aceptar riesgos, abandonar seguridades o caminar a oscuras, él no va a defraudar al que le busca. Lo que sucede es que no siempre le buscamos a él; y esas otra búsquedas no tienen la garantía de Dios.

· · ·

Buscad al Señor y vivirá vuestro corazón (69,33).

-El salmo 69 nos llena de consuelo, porque nos promete la vida del corazón, la vida verdadera, si buscamos al Señor.

-Estamos a la vez ante un mandato: «Buscad » y ante una promesa: «El que busca al Señor vivirá ». ¿A qué vida se refiere Dios en su palabra?

·A la vida eterna: el que busca al Señor tendrá la vida.

·A una vida terrena feliz en comunión con Dios y con los hombres, bajo la bendición de Dios: así lo entendían en el Antiguo Testamento, antes de conocer la esperanza de la Resurrección.

·Pero también se remite a una vida interior, la vida del corazón que representa el núcleo interior de la persona: la vida que da el amor a Dios y el amor a los hermanos: «Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él… nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte» (1Jn 4,16; 3,14). Ésta es fundamentalmente la vida que se promete al que busca a Dios: la del alma por medio del amor que Dios derrama sobre el que le busca, que vale para esta vida y para la vida eterna.

Toda la Sagrada Escritura, y toda la Historia de la Salvación nos hablan de esta primera verdad: Dios sale a nuestro encuentro, Dios nos busca, quiere unirse a nosotros. Y el descubrimiento de esa búsqueda de Dios es lo que hace que nosotros busquemos a Dios. Que le busquemos nosotros en un tiempo prolongado de oración para que descubramos la forma de buscarle y encontrarle en nuestra vida.

4. Necesidad de nuestra búsqueda

No es suficiente con que Dios nos busque a nosotros como hemos contemplado en el punto anterior de nuestro retiro. No podemos sentarnos y esperar con los brazos cruzados a que Dios nos encuentre. Es necesario que también nosotros busquemos a Dios. Para que se dé el encuentro al que Dios nos llama y para el que ya ha puesto todo de su parte -y que es lo único que nos da plenitud humana, cristiana y en la vida contemplativa- hay que escuchar, responder, dejar actuar a Dios. Ese encuentro que Dios quiere, no se produce sin nuestra colaboración, sin nuestro permiso.

 

Puerta antigua con candado

 

«Dios nos visita frecuentemente. La mayoría de las veces no estamos en casa», dice un proverbio africano. Y es verdad: andamos tan dispersos y tan acelerados por el activismo que difícilmente Dios nos encuentra en casa. Para que la búsqueda de Dios hacia nosotros dé su fruto hace falta, por lo menos, que nos dejemos encontrar; pero es mucho mejor si salimos nosotros a su encuentro por el mismo camino por el que él viene a visitarnos.

Por eso es necesario buscar a Dios, por eso es necesaria una tarea muy concreta por nuestra parte.

Una advertencia importante: la necesidad de nuestra búsqueda no niega que es Dios el que tiene más interés en que se produzca este encuentro y el que ya ha hecho todo lo necesario para que podamos buscarle con éxito. Tenemos que saber y mantener en nuestro corazón que Dios es el que busca primero y el que nos busca con toda intensidad, aunque experimentemos con frecuencia la lejanía de Dios y nos cueste trabajo, esfuerzo y tiempo encontrarle. Pero por grande que sea la dificultad y el esfuerzo de purificación y de renuncia para buscar a Dios, no podemos pensar que Dios se esconde o que no quiere encontrase con nosotros, o que esa búsqueda es imposible para nosotros. Lo que sentimos espontáneamente es la distancia que nos separa de él y lo que nos cuesta a nosotros recorrerla; pero no nos damos cuenta de que somos nosotros los responsables de esa distancia, que si hace falta trabajo y esfuerzo para buscar a Dios es porque nosotros, en nuestro estado actual, no podemos encontrarnos con Dios. Necesitamos un proceso de transformación para ver a Dios: ésa es la búsqueda de Dios que nosotros tenemos que hacer, pero sabiendo que Dios respalda esta búsqueda.

a) Hemos de comenzar prestando atención a lo que nos dice el profeta Jeremías:

Me buscaréis y me encontraréis cuando me busquéis de todo corazón; me dejaré encontrar de vosotros (Jr 29,13).

-Muchas veces nos quejamos de que Dios está lejos de nosotros, y ponemos como excusa nuestros pequeños esfuerzos para encontrarle (hacemos un poco de oración, nos hemos parado un poco a pensar… y queremos resultados inmediatos).

-Pero lo que garantiza encontrar a Dios, según nos dice el profeta, es «buscarle con todo el corazón». Es decir, sin condiciones, sin reservas; del todo, no a ratos o sólo cuando nos interesa.

-Mientras sigamos poniendo otras cosas por encima de la búsqueda de Dios (trabajo, preocupaciones, respetos humanos, perezas), no le buscaremos con todo el corazón y no es extraño que no le encontremos.

-Porque la dificultad de ese encuentro no es un largo camino que recorrer para encontrar a Dios -porque Dios está a nuestro lado-, sino un corazón abierto y limpio en el que Dios pueda entrar, por eso hay que buscarle con todo el corazón.

b) También el salmo 69, al que nos hemos referido antes, nos dice todavía más cosas sobre cómo debe ser el que busca a Dios.

Miradlo, los humildes y alegraos, buscad a Dios y revivirá vuestro corazón (Sal 69,33).

-Es a los «humildes » a los que se manda buscar a Dios. Es a los «pobres » a los que se les promete que Dios les escuchará. El que busca a Dios es el pobre y el pobre busca necesariamente a Dios. Por tanto, el que busca a Dios ha de ser pobre o ha de hacerse pobre, es decir:

·Saberse débil y acudir confiadamente a Dios.

·Estar necesitado y buscar en Dios la salvación.

·Escuchar a Dios con infinito respeto, con sobrecogimiento religioso y obedecer sus palabras.

c) El Sal 14 nos dice:

El Señor observa desde el cielo

a los hijos de Adán,

para ver si hay alguno sensato

que busque a Dios

(Sal 14,2 = 53,3).

-El salmo nos habla de dos categorías de hombres:

·El necio que vive a espaldas de Dios (que no busca a Dios), que es el malhechor, el injusto, el que no invoca a Dios.

·El sensato, el que busca a Dios, el que obra bien. Dios busca desde el cielo a alguien que le busque a él.

-El cristiano, especialmente el contemplativo, ha de tener la sensatez de ponderar lo que merece la pena buscar: lo que vale para siempre, lo que no termina, un tesoro que ni la polilla puede roer ni los ladrones robar: la comunión con Dios.

-Este salmo nos confirma que no podemos dudar que Dios busca al que le busca, que mira desde el cielo para encontrar verdaderos buscadores de Dios.

d) El salmo 24 identifica más claramente al grupo que busca al Señor. Primero aparece una pregunta en el salmo:

¿Quién puede subir al monte del Señor? (Sal 24,6)

Y la respuesta es clara:

El hombre de manos inocentes,

y puro corazón,

que no confía en los ídolos,

ni jura contra el prójimo en falso.

Y concluye:

Este es el grupo que busca al Señor,

que viene a tu presencia Dios de Jacob.

-Ése es el retrato del verdadero buscador de Dios: el hombre justo, de corazón puro (los limpios de corazón verán a Dios, nos dice el Señor, Mt 5,8), que ha puesto su confianza sólo en Dios.

-Esto recitaban los judíos piadosos al acercarse al templo de Jerusalén. Con mayor razón nos lo debemos aplicar nosotros que caminamos a la Jerusalén Celestial. «Este es el grupo que busca al Señor» ha de poder decirse especialmente de los contemplativos, a eso es a lo que debemos ayudarnos con el esfuerzo de cada uno, con el estímulo del mutuo ejemplo, con la corrección fraterna. No buscamos a Dios solos, formamos parte del grupo que busca al Señor.

5. Características de la búsqueda de Dios

Podemos terminar estos puntos de oración contemplando las características fundamentales de la búsqueda de Dios. Ya hemos visto dos de ellas:

1º. Lo primero es la llamada de Dios: él despierta nuestro corazón para que le deseemos y le busquemos, nos muestra su rostro para que podamos buscarlo y reconocerlo.

Llamando a la puerta2º. El hombre debe consentir y recibir ese deseo de Dios como un don precioso de Dios y convertirlo en búsqueda activa de Dios para llegar a entrar en la intimidad que nos ofrece.

Veamos otras características:

3º. El deseo de Dios aumenta según vamos sintiendo más cercana su presencia.

Dios no nos sacia como las cosas del mundo. Una vez que tenemos las cosas que tanto deseábamos, o hemos conseguido las metas por las que tanto luchábamos, se satisface el deseo, nos aburren, no nos parecen ya tan valiosas, incluso nos hartan de tal manera que llegamos a aborrecer lo que antes deseábamos fervientemente.

Con Dios sucede al contrario: cuanto más le conocemos y le tenemos más aumenta el deseo de él; se hace mayor la atracción cuanto más cerca está de nosotros. Se trata de una búsqueda que no termina nunca, mientras dura esta vida; una búsqueda que nos produce el vértigo de sabernos más y más atraídos por Dios, según nos vamos acercando a él.

De nuevo podemos apoyarnos en los salmos para profundizar en esta verdad y avivar este deseo creciente en nosotros.

Como busca la cierva corrientes de agua,

así mi alma te busca a ti, Dios mío;

tiene sed de Dios, del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

(Sal 42,2-3).

-Lejos de ser una imagen bucólica de la cierva que se apacienta en fuentes de agua fresca, la imagen que escoge el salmista es la sed del animal, que es impulso irresistible, una necesidad inaplazable que no permite pensar en otra cosa, buscar otra cosa.

-De ese mismo modo necesitamos a Dios y es esa necesidad la que nos mueve a buscarle. Todo el salmo nos habla de esta realidad.

· · ·

Que por mi causa no queden defraudados

los que esperan en ti, Señor,

Señor de los Ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen,

los que te buscan, Dios de Israel

(Sal 69,7).

-De nuevo el Salmo 69 nos hace una indicación importante. En este momento nos ayuda a descubrir que el que busca al Señor es el que espera en él. El orante del salmo identifica a los dos grupos «los que esperan en Dios» y «los que le buscan», ellos son los que no quedarán defraudados, todo lo contrario, quedarán fortalecidos con la acción salvadora de Dios que pide el salmista.

-También descubrimos que la búsqueda de Dios supone espera, muchas veces en las dificultades, en el dolor o en la oscuridad.

-Pero el que sabe buscar, no desespera, sabe confiar y esperar. El que busca a Dios emprende un camino y se arma de paciencia porque sabe que es el camino verdadero, aunque, de momento, sufra dificultades y se sienta en la oscuridad.

-El Señor nos da la clave de esta espera confiada que se identifica con la causa de la esperanza cristiana y que es el conocimiento de que Dios es Padre: «¡Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7,11).

-De nuevo descubrimos que nos hace falta saber quién es Dios para poder esperar y para poder buscar. Por eso podemos «buscar el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se darán por añadidura» (6,13). Nuestra preocupación tiene que ser sólo buscar a Dios, lo demás hay que dejarlo de su mano.

· · ·

Alégrense y gocen contigo, todos los que te buscan,

digan siempre: «Grande es el Señor», los que desean tu salvación

(Sal 40,17=70,15).

-Los que buscan al Señor son los que anhelan y desean la salvación, como el orante del salmo 40, que, estando en la fosa fatal y en la charca fangosa (¿la enfermedad, la persecución, el pecado...?), esperaba con ansia al Señor y experimentó la salvación del Señor: «afianzó mis pies sobre la roca y aseguró mis pasos». Por eso él puede decir:

·Claramente se identifican los que buscan a Dios y los que desean su salvación. La búsqueda de Dios es sed de salvación, hambre de Dios.

·La búsqueda de Dios se realiza por medio de reconocer y poner ante Dios nuestra necesidad de salvación (por eso le busca el pobre).

·Por eso hay que dejar que aumente en nosotros el hambre y la sed de Dios, sin saciarla con nada, para que aumente así nuestra capacidad de Dios.

·Todo lo que haga aumentar en nosotros el deseo de Dios nos ayuda a buscarle y, por lo tanto, hay que aceptar todas aquellas situaciones que nos hacen sentir ese deseo de salvación: enfermedad, humillación, sequedad, fracaso, incomprensión….

·El que anhela y busca debe alegrarse -nos dice el salmista-, porque experimentará la salvación como el orante de este salmo: «Yo soy pobre y desgraciado y el Señor se cuida de mí».

·Ésa es la promesa que nos ofrecen una y otra vez los salmos: El orante del salmo 34 que ha experimentado en su vida que «si el afligido invoca al Señor, él lo escucha» (v. 7), proclama que «los que buscan al Señor no carecen de nada» (v. 11) y que es «dichoso el que se acoge a él» (v. 9). También el Sal 22 anuncia que «alabarán al Señor los que lo buscan» (22,27), porque ellos encontrarán la salvación de Dios.

4º. Se trata de una búsqueda exigente, que nos absorbe totalmente. No se puede buscar al Señor sólo en los ratos libres. Toda la persona y todas las actividades quedan comprometidas en esta búsqueda. Por eso el Sal 105 nos dice que hay que buscar continuamente su rostro:

Recurrid al Señor y su poder,

buscad continuamente su rostro.

Recordad las maravillas que hizo,

sus prodigios, las sentencias de su boca

(Sal 105,4=1Cro 16,11).

 

Caminante por un camino luminoso

 

Buscar el rostro es entrar en la presencia de Dios para conseguir su favor: como el que puede entrar en la presencia del rey puede conseguir su favor, el que entra en la presencia de Dios y puede ver su rostro está bajo el auxilio, la gracia y el favor de Dios.

Según la Escritura, se busca el rostro de Dios de distintas formas:

a) Por medio de la plegaria: «Recurrid al Señor y su poder» (Sal 105,4).

b) Por la conversión. Puede leerse 2Cro 7,14: «Mi pueblo, sobre el cual es invocado mi nombre, se humilla, orando y buscando mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, yo les oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré la tierra».

c) Por el cumplimiento y la meditación de la ley. El salmista que busca a Dios, busca también sus mandamientos: Sal 119: «Andaré por un camino ancho buscando tus decretos» (v. 45); »sálvame que yo consulto tus leyes» (v. 94).

d) Por la meditación de sus obras y de sus palabras: «Recordad las maravillas que hizo, las sentencias de su boca» (Sal 105,4).

5º. La búsqueda de Dios es algo vital, algo dinámico. No se trata de un estado de quietud, de algo que se consigue y en lo que se permanece. Es algo que nos mantiene en tensión toda la vida, en permanente camino como Abrahán. Por eso exige de nosotros una plena generosidad y una gran libertad interior.

Se trata de que en la oración busquemos a Dios y, sobre todo, descubramos qué es lo que nos hace falta para buscarlo de verdad. En diálogo con el Señor decidamos seguirle de todo corazón y encontremos los caminos concretos que necesitamos para buscar su rostro.

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NOTAS

[1] Regla de san Benito, 58.

[2] En ese mismo sentido se puede leer y meditar: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y al que tú has enviado: Jesucristo » (Jn 17,3); «A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre nos lo ha contado» (Jn 1,18).

[3] Puede verse también en Joel 3,5; Rm 10,9-13.