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Retiro espiritual

Nuestra transformación

 

Pequeña planta entre las manos

 

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La necesidad de creer en la Palabra de Dios

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10)

Estas palabras del Señor tienen una fuerza especial si tenemos en cuenta que están dichas cuando se proclama a sí mismo el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Jesucristo, muerto y resucitado, es el que da la vida por nosotros, el que vive y el único que nos puede dar la vida de Dios, la vida nueva. Y el Señor nos asegura que concede esta vida de forma abundante y sin medida.

Sin embargo no es infrecuente que escuchemos estas palabras del Señor con cierto escepticismo. No se trata de que no tengamos fe en lo que respecta al Señor: creemos que Jesús ha resucitado y que él es poderoso y generoso para darnos vida. Pero nos falta fe para creer que Cristo puede darme a mí esa vida abundante; o dicho de otra manera, en el fondo no creo que yo pueda tener esa vida nueva que viene del Señor y que transforma plenamente mi ser.

El signo más claro de nuestra falta de fe en esta transformación lo encontramos en la falta de esperanza o de deseo de este profundo cambio de nuestro ser; la resignación a quedarnos como estamos, como si las palabras del Señor fueran mera teoría y no pudieran hacerse realidad en nosotros.

Precisamente una de las mayores dificultades para el avance en la vida espiritual y contemplativa es la falta de fe en que la Palabra de Dios puede cumplirse en mí. Es una forma de falta de fe, tanto más peligrosa en la medida en que pensamos que tenemos fe; porque entonces estamos dispuestos a creer en todo lo que haga falta, pero sólo en teoría, porque en el fondo no esperamos que se haga realidad en nosotros. En la práctica no nos distinguimos mucho de quienes viven sin esperanza porque no esperan que Dios vaya a hacer nada, ni en el mundo ni en su vida.

Así pues, el primer paso que hemos de dar para que pueda transformarnos la oración que hacemos es comenzar a creer que todo lo que el Señor dice en el Evangelio lo quiere realizar en cada uno de nosotros y que este cambio profundo que nos ofrece está al alcance de nuestra mano.

La promesa de una profunda transformación

La «vida en abundancia» que nos promete Jesucristo (Jn 10,10), y que él puede y quiere darnos, ya está anunciada y descrita en el Antiguo Testamento. Especialmente son los profetas quienes describen pormenorizadamente la transformación que Dios pretende realizar en nosotros. Por eso nos resultará muy provechoso acercarnos a estas promesas con la fe de que son expresión de nuestra necesidad más profunda y del proyecto del Señor sobre nosotros. Sabiendo que eso que los profetas anunciaron para el futuro es lo que en el presente hace posible la resurrección de Cristo a través de la acción del Espíritu Santo, y es lo que nosotros tenemos ya a nuestro alcance. Lo que leemos como profecía, hemos de escucharlo como la transformación que Cristo nos quiere dar con abundancia.

El Señor hace lo que dice: Ez 37,1-14

Un primer paso para avanzar en la fe en la transformación que Dios pone a nuestro alcance es la contemplación de la acción de Dios en la grandiosa visión de los huesos secos de Ez 37,1-14. Ante la desesperanza del pueblo que está en el destierro de Babilonia y que piensa que Dios ya no puede hacer nada con ellos, el Señor presenta al profeta un reto para su fe. Le muestra en una visión un valle lleno de huesos viejos y secos y le pregunta: «¿Podrán vivir esos huesos?». La respuesta del profeta es evasiva, pero deja lugar a la acción de Dios: «Señor, tú lo sabes».

 

Abriendo paso entre las aguas

 

La visión tremenda de los huesos que se unen con estrépito, a los que le crecen tendones, carne y piel y que el Espíritu llena de vida, es la prueba del mensaje de Dios: el Señor es poderoso para dar vida a su pueblo por muy desesperada que sea la situación en que se encuentra.

Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos andan diciendo: «Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros. Por eso, profetiza». Les dirás: «Así dice el Señor Yahweh: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. Sabréis que yo soy Yahweh cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahweh, lo digo y lo hago, oráculo de Yahweh» (Ez 37,11-14).

Queda claro que Dios desea la vida para su pueblo. Antes que un símbolo de la resurrección, la visión habla del cambio profundo que el Señor puede realizar en su pueblo, aunque ellos ya no lo esperen.

Aquí podemos encontrar el paralelismo con nuestra propia situación, semejante en muchos aspectos a la que muestra el profeta:

·Nuestras infidelidades, pecados y limitaciones nos hacen creer que ya no podemos cambiar, ni vivir en plenitud la vida cristiana y la relación con Dios, y mucho menos llegar a ser santos.

·Nuestra respuesta ante nuestros propios huesos secos suele ser muy distinta a la del profeta. Nosotros decimos: «No puedes, Señor»; «a mí no me puedes cambiar, Señor».

·Aunque no lo digamos, a veces pensamos como el pueblo de Israel: «Se ha desvanecido nuestra esperanza, todo se ha acabado para nosotros» (Ez 37,11). Y eso es lo que mostramos con nuestra vida cuando andamos tristes, nos acomodamos a la resignación o a la mediocridad, cuando renunciamos de hecho a la santidad.

Toda la visión y la explicación de Dios es la respuesta del Señor a nuestras excusas y justificaciones para no esperar ya nada de él.

En la oración podemos ir poniendo ante el Señor todo lo que nos parece que son «huesos secos», lo que creemos que Dios no puede cambiar o lo que nos hace pensar que ya no podemos tener vida en abundancia. Luego podemos ir contemplando cómo el Señor lo recompone y le da vida, y nos abre así a la esperanza de que la Palabra del Señor realiza esa transformación que promete.

Para ello nos puede venir bien escuchar con fe las palabras del Señor dirigidas a nuestra propia situación: «Os infundiré mi Espíritu y viviréis» (Ez 37,6 y 14).

A la luz de la resurrección de Cristo y del envío del Espíritu Santo, «Señor y dador de vida» (Credo), se tiene que avivar nuestro deseo y nuestra esperanza de que el Señor «lo dice y lo hace» (Ez 37,14). Realmente ya lo ha hecho en Cristo y quiere hacerlo en nosotros.

La vida abundante para el que no lo merece: Ez 16,3-13

El capítulo 16 de Ezequiel (vv. 1-43) es la descripción de la historia de Israel como una historia de amor de Dios con su pueblo, un amor que supera todas las dificultades.

La primera fase de esa historia de amor nos habla de una clara transformación; en este caso, la transformación del que no lo merece.

 

Un corazón de agua entre las manos

 

Así dice el Señor Yahweh a Jerusalén: Por tu origen y tu nacimiento eres del país de Canaán. Tu padre era amorreo y tu madre hitita. Cuando naciste, el día en que viniste al mundo, no se te cortó el cordón, no se te lavó con agua para limpiarte, no se te frotó con sal, ni se te envolvió en pañales. Ningún ojo se apiadó de ti para brindarte alguno de estos menesteres, por compasión a ti. Quedaste expuesta en pleno campo, porque dabas repugnancia, el día en que viniste al mundo. Yo pasé junto a ti y te vi agitándote en tu sangre. Y te dije, cuando estabas en tu sangre: «Vive», y te hice crecer como la hierba de los campos. Tú creciste, te desarrollaste, y llegaste a la edad núbil. Se formaron tus senos, tu cabellera creció; pero estabas completamente desnuda. Entonces pasé yo junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo de los amores. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento, hice alianza contigo —oráculo del Señor Yahweh— y tú fuiste mía. Te bañé con agua, lavé la sangre que te cubría, te ungí con óleo. Te puse vestidos recamados, zapatos de cuero fino, una banda de lino fino y un manto de seda. Te adorné con joyas, puse brazaletes en tus muñecas y un collar a tu cuello. Puse un anillo en tu nariz, pendientes en tus orejas, y una espléndida diadema en tu cabeza. Brillabas así de oro y plata, vestida de lino fino, de seda y recamados. Flor de harina, miel y aceite era tu alimento. Te hiciste cada día más hermosa, y llegaste al esplendor de una reina.

Vemos que Dios no se enamora de la belleza de su pueblo, de su justicia y su santidad. Con lo que se encuentra es con la infidelidad, el inmerecimiento y la falta de encanto: «Cananea de casta y de cuna»: el origen del Pueblo de Dios no es un pueblo fiel, sino un pueblo politeísta, pagano e ilegítimo como el cananeo -el pueblo enemigo de Dios-. Su origen no es distinto.

Dios tiene compasión de la que va a perecer, de la que no ha tenido quien la valore o se compadezca de ella. Humanamente vemos a la criatura completamente abandonada, nacida para morir. Algunos detalles del texto lo subrayan:

·«Te arrojaron a campo abierto»: En la ciudad queda esperanza de que alguien la adopte; en el campo está abandonada a las fieras.

·«Te encontré chapoteando en tu propia sangre».

·«Nadie se apoderó de ti, no te cortaron el ombligo, ni te envolvieron en pañales».

Dios se enamora primero y crea la belleza después. Es Dios quien hace todo: la elige, la toma como esposa y la transforma.

·«Extiende el manto»: es un gesto de compromiso nupcial («te comprometí con juramento, hice alianza contigo y fuiste mía»). Es el desposorio gratuito lo que provoca y realiza la transformación de su pueblo.

·«Te bañé, te limpié, te ungí»: son tareas que tendría que realizar la familia de la novia. Aquí la realiza el esposo. Puede recordarse Ef 5,25-27: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada».

·«Te vestí de bordado, marsopa, lino y seda»: son los materiales propios de las vestiduras del rey o los que se emplean para el templo.

·«Te engalané con joyas, pulseras, collar, anillo en la nariz, pendientes en las orejas»: son los regalos de boda.

En resumen, podemos ver claramente que el esposo (Dios) no se enamora de una reina rica y hermosa, sino de una pobre mujer miserable a la que hace hermosa y la engalana con lo mejor que posee. Todo esto es signo de la vida en abundancia que Dios nos quiere dar. Lo cual tiene una importante aplicación para nosotros. La contemplación de esta acción transformadora del Señor tiene que servirnos para aumentar nuestra fe en la vida plena que el Señor quiere darnos. Descubrimos en esa contemplación que esta acción de Dios es gratuita y generosa:

·Tampoco nosotros la merecemos y también nosotros la necesitamos de modo absoluto.

·Dios nos elige para transformarnos.

·Él se enamora primero y nos transforma después. Crea en nosotros todo lo que nos hace agradables a él.

·Dios, que quiere ser esposo, nos trata como a esposas, como a reinas; es decir, nos transforma con generosidad. Y cuando transforma lo hace con todo lujo; lo que significa que no se conforma con menos que con transformarnos en Cristo.

·El fin último de esa transformación es la unión: que lleguemos a la comunión plena de vida y de amor con el Señor; comunión que viene expresada como la unión esponsal.

La transformación del pecador: Os 2,21-22

 

Ante la cruz de Cristo en el atardecer

 

Nos encontramos ante un texto en el que aparece con más claridad el inmerecimiento de la transformación:

Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tu conocerás a Yahweh.

Vemos al Señor que desposa al pueblo infiel que se ha ido tras otros dioses y que está representado por la mujer adúltera, la que se ha prostituido.

·La que es desposada y transformada merece ser repudiada: «Ella no es mi mujer ni yo soy su marido» (v. 4); «La convertiré en estepa, la transformaré en tierra yerma» (v. 5).

·En lugar de esa transformación negativa -que es la que ha merecido la infidelidad del pueblo-esposa-, Dios va a realizar un nuevo matrimonio y una transformación muy distinta: «La desposaré para siempre».

«Te desposaré en...» es la fórmula que expresa el desposorio previo al matrimonio y en el que el esposo aporta su dote. Luego viene la recepción de la esposa y el comienzo de la vida matrimonial. En este caso, el Señor proclama solemnemente lo que él va a dar como dote -que es lo que va a realizar en el pueblo-, para que ese matrimonio -con la mujer infiel- sea para siempre. Él pone los dones necesarios para esta unión permanente entre Dios y su pueblo. Los dones no son bienes materiales, sino unas actitudes que permiten una nueva relación personal. Todo esto lo pone Dios:

·«Derecho y justicia»: no designan sólo una ley, sino una transformación: el Señor da a su pueblo la justicia, lo hace justo para que pueda ser fiel, para hacer legítima a la infiel.

·«Amor y compasión»: subraya el componente afectivo, que lógicamente comienza en Dios: él es el que ama y el que compadece. Y también él es quien transforma a la esposa y la hace capaz de amar.

·«Fidelidad»: la que pone el Señor, que es fiel a su amor primero, y que garantiza que esa unión esponsal va a ser «para siempre»; también es Dios el que da la fidelidad a la esposa infiel.

Ahora, si la esposa consiente en esa transformación, el matrimonio será perpetuo:

·Ella tiene que ser muy consciente de que todas esas cualidades no las puede sacar de sí misma, sino que las tiene que recibir del Dios-esposo.

·Esto nos lleva a la desconfianza en nosotros mismos y a la plena confianza en Dios, a la esperanza de una transformación que él quiere realizar.

Lo más asombroso es que Dios realiza toda esta transformación en quien no lo merece y, además, ha sido infiel después de todo lo que se le ha dado gratuitamente. San Jerónimo lo recalca gráficamente, comentando que el verbo «desposar» se refiere normalmente a una mujer virgen, pero aquí el Señor lo aplica a quien ha sido infiel hasta el punto de prostituirse (símbolo de la idolatría):

Cuando el hombre toma esposa, la convierte de virgen en mujer, o sea, no virgen; Dios uniéndose incluso con rameras, las transforma en vírgenes... Por eso, el Apóstol, hablando a los corintios, que después de la fornicación y la idolatría han creído, les dice: «Quise desposaros con un solo marido (=Dios), presentándoos al Mesías como una virgen intacta» (cf. 2Cor 11,2)[1].

El mensaje del Señor es claro para nosotros: no hay ninguna infidelidad, por grande que sea, que cambie el deseo de Dios de transformarnos: él nos hace fieles y capaces de una entrega plena y permanente a él. Se trata de creer que, con esta transformación, podemos llegar a una relación esponsal con el Señor que conlleva permanente comunión, intimidad plena, entrega mutua... todo lo que la imagen esponsal contiene para la vida espiritual. Un desposorio que san Juan de la Cruz define como «continuo ejercicio de amor en Dios», sabiendo que «no hay obra mejor ni más necesaria que el amor» (Cant. B, 29,1).

La promesa hecha realidad: Is 61,10; 62,4-5

Entramos ahora en la contemplación de la realización de la promesa de Dios, a través de un canto de júbilo que brota de la experiencia de la acción de Dios:

Desbordo de gozo con el Señor,

y me alegro con mi Dios:

porque me ha vestido un traje de gala

y me ha envuelto en un manto de triunfo,

como novio que se pone la corona,

o novia que se adorna con sus joyas (Is 61,10).

· · ·

Ya no me llamarán «Abandonada»,

ni a tu tierra «Devastada»,

a ti te llamarán «Mi favorita»,

y a tu tierra «Desposada»,

porque el Señor te prefiere a ti,

y tu tierra tendrá marido.

Como un joven se casa con su novia,

así te desposa el que te construyó;

la alegría que encuentra el marido con su esposa,

la encuentra tu Dios contigo (Is 62,4-5).

Veamos algunas pistas para la contemplación:

·El cántico está empapado de gozo; pero este gozo parte de una situación dura y lamentable: el mensaje está dirigido a los desterrados y a la ciudad que había quedado desolada y abandonada.

·Es el gozo de la transformación: la nueva Jerusalén se alegra por la acción de su esposo Dios: de nuevo -como en Ez 16- Dios reviste a la ciudad como a la novia: es la acción generosa y transformadora de Dios que alegra el corazón de su pueblo.

·A la alegría de la esposa se une el gozo de Dios. Esto es lo más sorprendente, lo que más nos cuesta creer: Dios se alegra transformándonos y uniéndose a nosotros.

·La profunda transformación que realiza Dios está expresada en el cambio de nombre: en la Biblia el nombre es la expresión del ser. Dios es capaz de cambiar el nombre, es capaz de transformar profundamente a su pueblo. De abandonada y devastada, la ciudad es transformada en la esposa favorita de Dios.

·La razón de esta transformación no es otra que el amor que Dios nos tiene, un amor gratuito: «El Señor te prefiere a ti».

Conclusión

Todo esto que expresan los profetas es lo que tenía que creer el pueblo de Dios y es lo que tenemos que creer también cada uno de nosotros. Esta maravillosa transformación por medio de la unión con Dios es lo que hace posible la resurrección de Cristo por la que Dios hace nuevas todas las cosas. Por medio del Espíritu Santo Dios pone a nuestro alcance esta renovación y unión esponsal con Cristo, con tal de que lo creamos, lo deseemos y lo busquemos a través del encuentro personal con Jesucristo vivo.

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NOTAS

[1] L. A. Schökel - J. L. Sicre Díaz, Profetas. Comentario, Madrid 1980, II, 879.