M.-D. Molinié
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Testimonios sobre el P. Molinié

 

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Padre Philip-Marie Pasquet, o. p.

El padre Marie-Dominique Molinié (1918-2002) entró en la orden dominicana en 1944 después de convertirse al catolicismo. Metafísico, predicador, discípulo de santa Teresa de Lisieux, puso las bases de una síntesis teológica de la vida mística que une la intuición de la tradición ortodoxa y el rigor de la teología occidental. Presentación de este religioso fuera de lo común por uno de sus hijos espirituales (Publicada en la revista La Nef, nº 180, marzo de 207, 24-25).

Me resulta imposible olvidar aquel retiro de 1972 en Friburgo en el que pude decir que «el cielo me cayó encima» a través de su predicación. Me sentí atrapado, no podía ignorar lo que se me había concedido ver, pero no llegaba a aceptar lo que iba a trastocar toda mi vida. La Palabra de Dios era realmente «una espada de doble filo que penetra hasta el fondo del alma». En ese estado fui a la India y estuve allí durante varios meses y, a mi vuelta, me había rendido: estuve un año junto a él antes de entrar en los dominicos.

Me pregunté en muchas ocasiones acerca de la fuerza con la que el padre Molinié te ponía en presencia de Dios, de toda la inmensidad de su Amor a nosotros.

 

Rostro de Molinié detalle

 

Creo que esto sucede, en primer lugar, porque él mismo «estaba poseído por este misterio». Desde su más tierna infancia –el nació en Saint-Lô en 1918‑ se dejó alcanzar por las grandes preguntas que plantean el mundo que nos rodea y la fe, por el problema del mal y del infierno, sin protegerse nunca, esquivar o desviar esas cuestiones, hasta el punto de perder la fe en un determinado momento a causa del infierno. Este tormento, que le habitó, hizo de él un metafísico nato, como lo atestigua el shock que experimentó hacia los catorce años al descubrir en un manual de filosofía todas las grandes preguntas que él se planteaba desde los siete años acerca de Dios, la inmortalidad del alma, la libertad, el bien y el mal, la evolución. Fueron un deslumbramiento y una alegría. Se comprende su atracción por esos grandes profetas que fueron Pascal y Dostoyevski. Y la tesis con la que terminó sus estudios en los dominicos en Saulchoir –Principios y esbozo de una meditación sobre el ser‑ es reveladora de un verdadero talento metafísico.

En segundo lugar, porque es un convertido que encontró a Dios a los 25 años y estaba devorado por el deseo de «atrapar a Aquel que le había atrapado».

Había en él una mezcla de intuiciones que estallaban sin cesar –corolario de una sensibilidad extrema que ha desconcertado a muchos‑ y de un poder intelectual poco común. Se comprende por qué siempre ha sido, en el fondo, un marginal. Lo que a su vez le ha dado la libertad de buscar y decir la verdad de la fe sin concesiones ni tibieza, con una fuerza que ha herido a muchos, al mismo tiempo que alegraba a los que sufren al ver cómo la sal se vuelve sosa y no se arredran ante las asperezas del carácter.

Pero para los que le conocían, qué encuentros intensos, ¡de los que no se salía indemne! Pero también, qué discusión, porque en realidad ésta no cesaba, mientras que, no paraba de rumiar, volviendo sin cesar a lo que ya había sido dicho, corrigiéndolo si era necesario, sin temor de retractarse, nunca satisfecho.

Antes de su conversión había establecido una profunda amistad con Cioran, que conservó las cartas que el padre Molinié le envió después de entrar en el convento.

Se da en él algo raro, incluso único: un pensamiento que no se detiene nunca, que no se encierra en estrechos límites, un pensamiento concreto que se interesa por las verdaderas preguntas, la felicidad, la amistad, la santidad, el sufrimiento… a mil millas de los debates entre intelectuales, en resumen, un pensamiento que vive y disfruta la verdad, el gaudium de veritate. Cómo no pensar en las palabras de san Agustín: «¿Qué diremos, pues, acerca de Dios, hermanos míos? Si comprendéis lo que queréis decir, no es Dios. Si habéis podido entender, habéis entendido algo distinto a él. Si pensáis haberle entendido sois el juguete de vuestro propio pensamiento. Él no es lo que habéis entendido. Él es lo que no comprendéis»[1]. Él decía que sólo puede hablar de Dios una inteligencia sumergida en la adoración, una inteligencia y un corazón intensamente atrapado por los misterios que nos envuelven, en el cielo y en la tierra. Comprendió que la única actitud verdadera es sumergirse en lo que él llama en una carta a sus amigos «el abismo de la súplica confiada». Un día volvió a decir: «Si hay que conservar algo de lo que he dicho es el abismo de la súplica confiada».

En definitiva, se da aquí de forma evidente el encuentro con santa Teresa del Niño  Jesús y sus intuiciones que le han fulminado, no sólo porque es el antídoto absoluto al orgullo fariseo de la perfección que dormita en nosotros, sino sobre todo porque nos revela la Misericordia divina, el amor de Dios a la miseria de los pecadores que llega a invitarles a convertirse en víctimas de holocausto al Amor misericordioso… Puso toda su capacidad y rigor de teólogo al servicio de estas intuiciones para darles el alcance universal que merecen, contra aquellos que las reducen a una espiritualidad o una devoción particular.

Siempre me han impresionado dos actitudes fundamentales que tenía constantemente: la escucha de la tradición de la Iglesia («no he inventado nada», le gustaba decir), y el deseo de llegar hasta el límite de las luces de la fe, sometiendo a la criba de la controversia sus intuiciones fulgurantes, como aquella extraída de una entrevista realizada por Famille chrétienne: «Tengo una profunda veneración por la Virgen María y por María Magdalena. Una y otra han vertido las mismas lágrimas: la contricción de María Magdalena no contemplaba sus faltas, sino el Corazón de Cristo herido por sus faltas; y la compasión de María miraba a este mismo Corazón porque el Amor no es amado»[2].

Durante los años de estudio en los dominicos, donde ingresó a los 26 años, deslumbrado y fascinado, devora literalmente a santo Tomás de Aquino y se convierte en discípulo de una luz que había buscado toda su vida y que al final le fue concedida. Con el padre Dehau, o. p., leyó a Juan de santo Tomás y descubrió la gran doctrina de las Misiones divinas, verdadera revelación para el teólogo neófito que era: Dios no se contenta con darnos la gracia santificante, quiere darse a sí mismo. La inhabitación trinitaria no es, pues, un simple don creado, son las Tres Personas dándose al alma, y las gracias místicas son la emergencia consciente de la presencia de los Tres en el alma en estado de gracia. Comprende entonces que la vida cristiana consiste esencialmente en dejar vivir en nosotros a las Tres Personas, lo suficiente para que se nos conceda poder decir un día: «No soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí».

 

Santo Domingo de Guzmán

 

Con esta luz hizo suya la gran tesis tomista desarrollada por el padre Garrigou-Lagrange, según la cual, la vida mística auténtica no es otra cosa que el desarrollo normal de la gracia santificante: por lo tanto está más allá de todos los carismas más o menos espectaculares a la que la reducimos frecuentemente y supera todas las consolaciones sensibles. Es más profunda en la medida en que se desarrolla como una semilla en la oscuridad de la fe, porque a través del don creado de la gracia santificante, es la presencia misma del Increado la que actúa y vive en nosotros.

Ordenado sacerdote a la edad de 31 años, el padre Molinié es predicador antes de ser escritor, y lo que escribe brota primero del fuego de la predicación como un fruto de su relación con Dios, con la Virgen que dominaba su vida como el refugio, y de su encuentro con las almas. Rechazando siempre la comodidad intelectual, rumia, interroga y profundiza permanentemente. Escribe dictando regularmente los textos que son accesibles durante años bajo la forma de Cuadernos policopiados de los que decía el cardenal Journet: «La teología que se desarrolla en los Cuadernos del padre M.-D. Molinié, o. p., es una teología de gran estilo, a la vez, como conviene, contemplativa y mística, elevada por un soplo poderoso y original, tanto más audaz cuanto más se enraíza en la fe teologal»[3].

En 2001 se publicaron estos Cuadernos por las ediciones Téqui en una serie de diez volúmenes titulados Un fuego sobre la tierra. Esta síntesis pretende ser una reflexión sobre la teología de los santos, a la escucha de lo que ellos creen, viven y dicen. Su espíritu y su amplitud hacen de ella una verdadera Suma teológica para nuestro tiempo.

La «genialidad» del padre Molinié consiste en establecer la unión entre la ontología de la superabundancia desarrollada poderosamente por santo Tomás y las intuiciones de santa Teresa del Niño Jesús sobre el Amor misericordioso que se abaja a nuestra nada. De este modo, ha mostrado que la vida cristiana es una respuesta libre a la superabundancia divina que da todo a cambio de nada, un canto gratuito en el que no tenemos otra cosa que hacer que ofrecer nuestro propio rostro, es decir, nuestra nada, nuestra miseria, nuestro desamparo, nuestro pecado, y la humilde pobreza confiada que Dios nos mendiga. A esta luz contempló el misterio de la Encarnación y de la pobreza increíble del Hijo eterno que se ha hecho hijo de María, hijo de Adán.

Profundamente marcado, no sólo por la gravedad del diálogo instaurado entre Dios y nosotros, sino también por la intensidad del deseo infinito que Dios tiene de recibir nuestra miseria como un regalo hecho a su Amor, estaba atrapado por la herida que nuestra indiferencia y nuestro orgullo infligen al Amor divino. Esta herida divina que contemplaba en Cristo crucificado le impulsaba a escribir a sus amigos suplicándoles: «Tened piedad de Dios».

Christophe Geffroy

El padre Molinié era un gran místico que ha marcado profundamente las almas con las que se ha cruzado. Pero es también un maestro espiritual por los libros que escribió, libros a la vez simples y profundos, marca incontestable de su genio espiritual (Tomado de la revista La Nef, nº 180, marzo de 207, 29).

Si el padre Molinié era un verdadero teólogo, también era un maestro espiritual apreciado, influenciado de forma particular por el genio universal de la pequeña Teresa de Lisieux. Heredó de ella su simplicidad, la limpieza de su «caminito» basado en la confianza y el abandono y, por último, su capacidad de ir sin rodeos al fondo de las cosas. Le consagró un libro luminoso, Lo elijo todo[4]. A través de la vida de Teresa, el padre Molinié nos lleva a penetrar en el corazón de su mensaje: «La percepción teresiana que está en la base al acto de ofrenda conlleva dos niveles de profundidad: 1. Ofrecerse a la herida del Amor para consolarle del rechazo de los pecadores y sobre todo de los incrédulos. 2. Comulgar el cáliz del dolor del Amor frente a ese rechazo. Hay una estrecha conexión entre estos dos niveles y las diferentes facetas de la intuición teresiana: confianza, pobreza, valor infinito de la simplicidad creada, deseo de sufrir prácticamente sin límite, asociado a la percepción de una debilidad y de una miseria igualmente sin límites. Todo esto se distingue y no es más que una cosa: si llegamos a comprenderla, habremos entrevisto lo que nos quiere decir Teresa, o más bien Dios a través de ella»[5].

El espíritu de santa Teresa

 

Santa Teresa del Niño Jesús

 

Volvemos a encontrar el espíritu de Teresa en sus otros libros de espiritualidad, especialmente en El coraje de tener miedo[6], donde muestra sencillamente que la salvación está al alcance de todos y tiene por nombre Jesucristo. Si buscamos con inquietud lo que hay que hacer, no hemos comprendido que Dios quiere ser el único que nos salva. Y qué importa que el mundo se derrumbe a nuestro alrededor, lo que cuenta es saber que somos amados. Al principio buscamos ante todo amar a Dios; al final comprendemos que basta con dejarse amar por él y que nos da en todo momento la gracia para hacer su voluntad. «Basta que Dios nos dé la gracia del momento para la prueba del momento ‑escribe el padre Molinié‑. Si consideramos al mediodía la prueba de las dos, veremos muy bien la dificultad, pero la veremos sin la gracia de las dos, que no es imaginable... La prueba imaginaria es, pues, siempre insostenible, mientras que la prueba real no lo es nunca»[7]. «Es, pues, normal sentirse impotente frente a lo que Dios no nos pide de hecho. Cuando nos lo pida, nos dará la gracia necesaria»[8].

¿Por qué, entonces, «el coraje de tener miedo»? «Si no aceptamos confesar que en cierto sentido nuestra salvación eterna no está asegurada, es que rechazamos tener confianza. Si se ha hecho casi imposible hablar del infierno a los cristianos, no es porque tienen miedo, sino porque no quieren tener miedo […] Lo que yo llamo el coraje de tener miedo es sencillamente el coraje de creer en el infierno»[9]. Y añade. «Si el peligro no es real, no está nada claro qué es lo que Jesús vino a hacer en la cruz»[10].

La preocupación por los jóvenes

El padre Molinié es un convertido y, como tal, tiene la preocupación de hablar a los hombres de su tiempo ‑y especialmente a los jóvenes‑ que desesperan porque no han respondido a la llamada divina de la fe. Adoración o desesperación[11] es un libro dedicado a ellos. El plan puede parecer confuso, porque la obra está formada por 52 capítulos que abordan cada uno de forma independiente un tema que responde a los interrogantes del hombre de hoy. Pero el conjunto tiene una gran fuerza apologética con fórmulas simples que dan en el clavo: «La solución que no queremos es estar ligados a un Maestro absoluto: si no somos hijos de un mismo Padre, nunca seremos hermanos»[12]. Por otra parte, por ejemplo, explica que la moral cristiana sólo es practicable con dos condiciones: «1. En el punto de partida, la moral cristiana supone la confesión de nuestra impotencia absoluta, la llamada de socorro y el acto de confianza […] 2. Este acto de fe nos libera del desamparo, no dispensándonos de las obras, sino dándonos la esperanza en un milagro diario, de una educación cotidiana de la Iglesia, de la Virgen y del Espíritu Santo que nos enseñan a practicar lo imposible y a caminar sobre las aguas..., no sin fallos y recaídas perpetuas, pero con una confianza creciente que permite decir: “Todo lo puedo en aquel que me fortalece”. Ésa es la paradoja final: no puedo nada y lo puedo todo»[13].

 

Grupo de jóvenes sonrientes

 

Entre sus otros libros citamos ¿Quién comprenderá el corazón de Dios?[14], que se dirige a «los hombres de poca fe» que somos nosotros, que profesamos el Credo, pero que nos cuesta tanto creer realmente que Dios está aquí, que pasa realmente por nuestra vida. Descubrid al padre Molinié, no os arrepentiréis.

Otros testimonios

Madre abadesa del monasterio benedictino de Notre-Dame Saint-Eustase

Recogido en La Nef, nº 180, marzo de 207, 31.

 

Claustro de monasterio

 

Fue en el monasterio, hacia el final de mi noviciado, en 1973, cundo me encontré con el padre Molinié, primero a través de sus grabaciones, después por sus escritos. Inmediatamente la impresión fue fuerte: esta predicación hace tocar a Dios, su misterio, contiene una luz que abre las almas al Evangelio. Lo hemos escuchado  mucho, con nuestra madre maestra, y leído en privado. Después en 1975 vino a predicar nuestro retiro anual, y allí descubrimos al «predicador perturbador», como Dios nos perturba… Para una institución tan establecida como es un monasterio, no es evidente dejarse perturbar… El orden resiste a lo inesperado del soplo de Dios.

En 1995, el padre Molinié volvió a llamar a nuestra puerta, como un pobre en busca de un techo, nosotras abrimos la puerta y recibimos un padre. Con él entró el misterio de la Caridad y descubrimos que es ella la que perturba, la que nos perturba, ¡a nosotras que hacemos profesión de tender a la Caridad perfecta! Con paciencia, con un gran respeto a nuestras almas, el padre Molinié intentó hacernos entrar en este universo de la amistad, en el que nada es debido y todo es dado. Yo le pido hoy que continúe esta obra para mí y para cada una de mis hermanas.

Madre Marie Denise de la Trinité, carmelita en Créteil

Recogido en La Nef, nº 180, marzo de 207, 32.

 

Entrada de monasterio

 

Fue en 1975 cuando me encontré por primera vez con el padre Molinié, cuando vino a predicarnos el retiro de la comunidad. Pero ya había leído sus «cuadernos teológicos» que nos había recomendado el cardenal Journet. Estaba maravillada, no sólo por la profundidad, la seguridad de doctrina de estos cuadernos, sino también por la experiencia espiritual que revelaban, lo que santa Teresa de Ávila deseaba tanto para sus hijas.

Cuando nos predicó ese primer retiro fue impactante: se le notaba incandescente. No sólo daba la Palabra de Dios, sino que estaba enamorado de ella. Era imposible permanecer insensible. Era como un revelador, como el mismo Jesús. Ante él o bien te adherías plenamente o lo rechazabas, pero no podías permanecer neutral.

Enseguida confíe en él plenamente y descubrí cada vez más hasta qué punto estaba configurado a Jesucristo: hombre de oración intensa, siempre vuelto hacia el Padre, entregado a su voluntad, apóstol apasionado de su reino en las almas, y que deseaba con predilección el fervor de la vida contemplativa.

Sin duda alguna era un profeta: amante de la Sabiduría, su lucidez, su seguridad de juicio, como su amor y su fidelidad a la Iglesia, le hacían discernir los acontecimientos y los errores de los tiempos (sus Cartas a sus amigos dan fe de ello) con gran perspicacia.

Lo que le mantenía en esa rectitud sólo podía ser su humildad tan profunda, tan verdadera.

Tuvo que sufrir mucho, desde todos los puntos de vista, sin duda. Siguió a Jesús en su Cruz por amor y en paz, por la salvación de las almas. Tenía la inmensa Misericordia que le comunicaba su Señor, su amor a los pequeños, a los pobres, a todos los que sufren. ¡Y qué fidelidad a los que habían confiado en él! Me lo demostró durante más de 25 años.

Qué hermoso era, con el paso de los años, comprobar la expansión creciente y constante de su bondad, de su dulzura, de su paz serena y la alegría que iluminaba su rostro y su sonrisa después de haber atravesado tantas pruebas.

¿Cómo sorprenderse entonces de que, estando tan injertado en la Vid, haya dado tanto fruto? En sus últimos años me escribió un día: «Dios me concede conversiones un poco a paletadas. Pida por mí». Sus sermones cada vez eran más llamadas conmovedoras a recurrir a la divina Misericordia.

Padre Pierre Descouvemont

Tomado del prólogo a las Cartas a sus amigos[15].

Todos los que han tenido la dicha ‑la gracia‑ de encontrarse con el padre Molinié o de escuchar la grabación de alguna de sus conferencias han sido atrapados por el vigor de su pensamiento, un pensamiento siempre en marcha. Se notaba que nunca estaba plenamente satisfecho de lo que acababa de enunciar. Siempre estaba a la búsqueda de una nueva formulación, de una nueva parábola, para hacer comprender lo que él atisbaba del misterio inefable de Dios.

Encontramos esta búsqueda en las cartas que dirigió durante más de treinta años a sus amigos con el deseo de precisar y profundizar lo que escribía por otra parte en sus libros.

Hay que agradecer a las hermanas del monasterio de Notre-Dame Saint-Eustase, que acogieron al padre Molinié en los últimos años de su vida, haber imaginado y preparado la edición de estas cartas.

Los lectores de esta edición póstuma estarán contentos de volver a escuchar su exhortación constante: «¡Desconfiad de vuestra terrible propensión al orgullo! ¡Desconfiad de Satanás que quiere arrastraros a un espantoso orgullo! ¡No olvidéis nunca de que estáis en peligro de perder eternamente vuestra vida! ¡Pero tened confianza! Al precipitaros con confianza, como la pequeña Teresa, en los brazos de Jesús, el Buen Pastor, no arriesgáis nada, ¡estáis salvados! […]

El padre Molinié no se hacía ilusiones. Sabía que no basta con cincelar hermosas formulaciones para convertir al mundo. Cristo ya había prevenido de ello a sus discípulos. También ellos debían llevar su cruz, la cruz de sus fracasos, para que sus «ovejas» conocieran un día la alegría de postrarse ante su Salvador y Señor.

«Cuando quise ayudar a mis hermanos, descubrí que muchos no esperaban nada. Ante ellos no podemos hacerlo mejor que lo hizo Jesucristo, que no pudo decirles nada: el discípulo no es más que su maestro»[16].

Sor Ana-María Té, cssr, hermana del siervo de Dios Marcel Van

Recogido en La Nef, nº 180, marzo de 207, 32.

Sabed que pienso mucho en nuestro muy querido padre Molinié. ¿Se ha pensado en abrir su causa? Es un gran santo…

El padre Molinié narra su conversión

El padre Molinié ha redactado el relato de su conversión. Texto actualmente imposible de encontrar, realmente merece ser conocido (Publicado en la revista La Nef, nº 180, marzo de 207, 24-25)

 

Molinié mirando por la ventana

 

Mi vida ha estado dominada por la interferencia entre dos problemas: el del Amor y el de la Verdad, a los que más tarde se vino a añadir un tercero.

En un principio, estos dos problemas se sitúan en un plano muy diferente, y esta misma diferencia será dolorosa: el problema del amor concierne a mi vida, al comienzo no tuvo un alcance universal. Incluso cuando buscaba su significado filosófico, no será en primer lugar filosófico sino práctico, en el sentido en que una enfermedad personal es para un médico un problema totalmente distinto al de la enfermedad en sí. Por el contrario, el problema de la Verdad concierne a la Verdad: es el deseo intenso de saber lo que es. Naturalmente hay una interferencia constante entre estos dos planos, y un deseo profundo de establecer la unidad entre ellos. Pero, en una primera aproximación, hay que distinguir entre el problema del Amor, que concierne en primer lugar a la necesidad que tenía de ser feliz, y el problema de la Verdad, que concierne a la necesidad de luz, la necesidad de saber.

En consecuencia, la lectura de algunas novelas (Tristán e Isolda) me habían puesto desde muy joven en la presencia del Amor. Toda mi sed de felicidad se concentró en torno a la necesidad de amar y ser amado. Sin embargo, esta necesidad no era irreflexiva; estaba acompañada de una certeza cada vez más profunda a medida que me hacía mayor y meditaba sobre mi tormento: que la felicidad de amar no era solamente la más intensa, sino también la más verdadera, e incluso la única verdadera, la única que proporcionaba un sentido a la vida, la única que situaba al hombre en la verdad de su condición, y le permitía aclarar realmente su situación en el mundo con todos los problemas que plantea. Siempre he estado convencido de que sólo el que ama está en la verdad, que sólo él no miente y no se engaña a sí mismo, y al mismo tiempo sólo él es feliz: en consecuencia siempre he estado seguro, más allá de todas las angustias e incluso cuando vivía de otro modo, que la felicidad y la verdad coinciden, y que esta coincidencia es el Amor. Certeza sin explicación filosófica durante mucho tiempo, pero certeza, y no emoción o instinto. Cuanto más caminaba, más convencido estaba de que la vida es el Amor: y aunque esta convicción se enraizaba en una experiencia, también la superaba y la juzgaba. Aunque no lo veía claro, porque chocaba con otras certezas abrumadoras, de las que tengo que hablar.

El deseo de amar

El deseo de amar tomaba dos direcciones bastante distintas, cuya coincidencia profunda buscaba y presentía, pero en el plano humano presentía su separación radical y dolorosa: una dirección íntima y más subjetiva (el Amor de los novelistas y de los poetas), una dirección universal y más objetiva (el Amor de los hombres). Muy pronto me sublevó la injusticia social; sin embargo, aunque a la edad de 16 años me afilié al socialismo, no era en el plano político ni siquiera social donde se situaba mi preocupación más profunda: la abolición del sufrimiento y de la injusticia no era para mí un fin absoluto (aunque en ciertos momentos de mi desarrollo hubiera dedicado mi vida simplemente a disminuir el sufrimiento humano). El fin era el amor. Había comprendido claramente que la felicidad para la que está hecho el hombre es amar y ser amado, lo había comprendido demasiado claramente como para que no me pareciera que el único mal estaba ahí; los hombres no se aman los unos a los otros. Sentía y veía hasta la evidencia que bastaba con que en la historia del mundo un solo hombre no hubiera accedido al Amor ‑ya sea que haya rechazado el amor, o que nadie le haya amado (lo que más me atormentaba, ante el fracaso masivo de la sed de amor que atormenta a los hombres, ante los huérfanos, los enfermos, ante los que no son hermosos, ni buenos, ni agradables, simplemente ante los que no están ahí en el momento adecuado, que no tienen elección, que pierden a los que les aman, en una palabra, ante esa masa de solitarios que puebla las prisiones, los hospitales, los orfanatos, los lugares de placer, los salones de té, las academias)‑ este fracaso, de un solo hombre, es suficiente para que el mundo me parezca perverso; y toda felicidad, en particular mi felicidad, imposible. Yo mismo era de estos solitarios que buscan un ser al que amar, y lo encontraba menos en la medida que mezclaba en ello esta angustia filosófica… De este modo, estaba desgarrado entre dos certezas:

 

El padre Molinié

 

-Por una parte, bastaba un fracaso para que el mundo fuera perverso y la felicidad imposible (y sin embargo, ¡cuántos fracasos!).

-Por otra parte, a pesar y más allá de todo fracaso, el amor sigue siendo el Amor, y la felicidad de amar sigue siendo legítima, es suficiente para fundar el sentido y el éxito de la vida.

De esta manera me orientaba oscura y lentamente hacia un presentimiento misterioso, que a veces se precisaba y parecía iluminarse, y a veces volvía a caer en las tinieblas, a saber, que si fuéramos capaces (si yo fuera capaz, si alguno fuera capaz) de amar con toda pureza, de darse con toda pureza, sin ningún egoísmo, escaparía inexplicablemente al dilema de las dos certezas, porque se situaría en un plano en el que se superaría la distinción entre el amor íntimo, el amor a dos y el amor universal. Todo el desgarro venía ciertamente de esta distinción: imposible ser felices si amamos a los hombres que sufren o no aman ‑masa desalentadora de miseria, a la que podemos entregarnos por convicción, por deber, pero sin esperanza, sin alegría, sin felicidad y, en consecuencia, a fondo, sin amor (porque yo sabía, yo había visto, que el mutuo don de uno mismo da la felicidad)‑, pero imposible también hacer entre dos una felicidad más egoísta que la misma soledad, olvidando el gran clamor de los inocentes a los que se les martiriza cada día.

Sin embargo, presentía la existencia de un amor que fuese íntimo sin dejar de ser universal, recíproco y bienaventurado a la vez que cargase cada día con el dolor del mundo y de los hombres sin amor. Yo lo presentía a título de posibilidad en mí, me sentía misteriosamente atraído por él; lo presentía también, y sin duda primero, en la figura de Cristo. En una palabra, sentía que la única actitud a la vez verdadera (auténtica) y artífice de bienaventuranza, cuando se toma entre esta sed de amar y la implacable realidad del mundo y del sufrimiento, es subir a la Cruz por amor. Veía claramente que, en apariencia, esto no servía de nada, pero sentía que a pesar de todo era la verdad. Y precisamente leía en la Cruz el misterio de un amor excesivo que quiere identificarse con los sufrimientos del que ama. Y porque era intenso sentía que este amor crucificado era la suprema y única felicidad sobre la tierra, porque la felicidad es inseparable de todo amor intenso. Que un amor universal pudiera ser intenso (y en consecuencia dirigirse a cada uno de los hombres, no a la «humanidad») es lo que yo presentía en Cristo (y los personajes de Dostoyevski) y que me dejaba una oscura esperanza en medio de una total incredulidad.

El problema del mal

En efecto, no creía en Dios ni en la inmortalidad del alma. Las cuestiones especulativas y metafísicas me apasionaban desde la edad de diez u once años, cuando buscaba demostrar la existencia de Dios. El problema del mal y de la libertad me detuvieron enseguida, como he dicho, a causa de su repercusión afectiva. Después, sin tener mayor objeción contra las pruebas de la existencia de Dios, me preguntaba muy pronto cómo explicar el mundo ‑y el mal‑ a la luz de la idea de Dios. Y no pude conseguirlo. Caí desde entonces en el agnosticismo. Naturalmente dejé toda práctica religiosa; mi filosofía se contenía en estas palabras de Pascal: «Incomprensible que exista Dios, e incomprensible que no exista». La coexistencia de lo relativo y lo absoluto me parecía un absurdo. Pero como lo relativo conducía a la idea de absoluto (debía confesarlo), es la misma existencia de lo relativo la que me parecía imposible de entender. Los artículos de la fe eran para mí una logomaquia: «No hay ningún creyente efectivo, me decía, porque nadie sabe exactamente lo que dice cuando dice “creo en Dios”». Un día pregunté a un no-creyente: «‑¿Qué hay después de la muerte? ‑Después de la muerte no hay nada, es muy simple, nada». La fuerza misma de esta afirmación me impresionó mucho, y, al no poder imaginar o comprender el más allá, me habitué a la idea de la nada después de la muerte, abandonando en ese mismo momento la religión.

Sin embargo, mi agnosticismo permanecerá siempre abierto»: nunca afirmé que el mundo es absurdo. Simplemente no creía posible salir de él sin hacer trampas, ya que todo dogmatismo me parecía menos profundo, más corto, que mi visión. No comprendía en absoluto al mundo, pero comprendía a los que decían comprender algo de él. Esto era suficiente para que les diera las gracias educadamente.

De hecho, este agnosticismo arruinaba toda esperanza seria de encontrar un amor que fuese realmente una solución a la existencia. La Cruz y Cristo seguían siendo un presentimiento, pero muy lejano. Experimentaba la belleza de las bienaventuranzas evangélicas, pero digo bien su belleza no su verdad. Renunciaba, pues, enseguida al amor de los hombres, por otra parte impracticable sin esa sombra de reciprocidad que le permitía llegar a ser intenso. La tontería y la banalidad de los demás me exasperaba, mi propio egoísmo y mi cobardía me desesperaban. A los 14 años me sentía tan desgraciado que quería volverme loco para evadirme de esta celda contra cuyos muros me rompía violentamente la cabeza en todos los sentidos. Siempre rechazaba suavizar mi mal. No quería ni creer en Dios, ni en la felicidad, ni en el amor, ni renunciar a Dios, ni a la felicidad, ni al amor. Por tanto, nada de instalación en la vida social, ¡nada de felicidad mediocre en un matrimonio cualquiera! Quería un amor difícil, apasionado, en la verdad y en la búsqueda de la verdad: en el que fuera amado por lo que era (miseria y grandeza en mi misma miseria), y no por mis lindos ojos. Lo más extraño, por otra parte, es que encontré, más allá de toda esperanza, pero mucho más tarde, este amor imposible…

Había muchas razones para volverme loco. Afortunadamente encontré en el arte una evasión que me mantuvo en una actitud de esperanza.

Todavía a los 14 años, descubrí a los poetas románticos: reconocí en sus obras una descripción apasionante de lo que me hacía sufrir. La belleza fue la tercera percepción de mi vida (después del amor y de la verdad) que me dejó abierto a la realidad, por dolorosa que fuera. Porque sentía que era hermoso no renunciar a la Luz a la vez que rechazaba las falsas luces: y como sentía también que la Belleza y la Verdad están unidas (como el Amor), me parecía más verdadero buscar sin esperanza justificable que renunciar a buscar (ya sea pretendiendo haber encontrado, ya sea declarando que no hay nada que encontrar). Esperar sin esperanza aparente, a pesar de todo y más allá de todo, sentía que, en esas tinieblas, era la actitud más bella y en consecuencia la más verdadera. Y después, cuando volvía a encontrar algunos valores, algunas intuiciones, algunas personalidades, eso me sumergía en tal exultación que no podía odiar la existencia. De este modo hubo algunos momentos decisivos que me dieron cada vez la cantidad de alegría necesaria para esperar la siguiente dosis de luz. A los diez u once Pascal (y Charlot), después los románticos y sobre todo Baudelaire, después al final Dostoyevski, fueron los que me dieron la fiebre y reemplazaron el evangelio durante 10 años. Descubrí también la música, lentamente, a partir de los 15 años: Beethoven primero, después, poco a poco, Bach. Las bellas artes nunca fueron para mí un apoyo espiritual, sino más bien, la luz, el agua, la vida, las nubes, el misterio de las cosas…

Salvado por la belleza

 

El ojo que ve la belleza

 

En consecuencia, gracias a la belleza siempre fui espiritualista, creí siempre en los valores eternos; incluso cuando esperaba una vaga nada después de la muerte. Sobre todo, gracias a la belleza (esto es capital) consideré este mundo enigmático mucho más como un misterio que como una absurdo, lo que me permitió adoptar respecto a él una actitud casi religiosa de humildad. A veces me parecía que detrás de estas realidades inexplicables de la vida, de la muerte, del sufrimiento, del amor y de la belleza, se disimulaba un secreto: presentía algo, no sabía qué, pero eso bastaba para aferrarme al deseo y a la esperanza no formulada de saber, de encontrar un día la clave.

Por ese camino, también fue liberado en mí un deseo de admiración, de veneración y casi de culto. Yo estaba en la búsqueda oscura de una chica que pudiera venerar, y que, al mismo tiempo, me arrancara de mi egoísmo, mis complicaciones, mi orgullo, mi debilidad. Si el arte me hacía bien desde el punto de vista intelectual y espiritual, apenas me lo hacía en el plano de la moralidad inmediata. A falta de encontrar un ser que me salvara (y ¿qué mujer podría haber jugado ese papel? Yo le pedía ser Dios…), llegué a hacer del arte y de sus sensaciones intensas una solución provisional de evasión. Con nervios poco sólidos, esto era peligroso. El mismo amor se convertía en un juego, pretexto para contemplar, después para rechazar, la belleza fugitiva de un ser cuya voluntad cede y se entrega… Sin embargo, este juego era muy serio, porque si era un juego en la medida en que yo veía al ser amado en sus límites humanos, era una búsqueda sincera y dolorosa de adoración en la medida en que yo le pedía ser más que humano. Complicaciones interminables.

Una vez amé de lejos a una chica con la que no tuve la ocasión ni el deseo de jugar. Su rostro fue por sí mismo una de las revelaciones más importantes de  mi vida: su rostro y también su vida, su ser profundo, me daban la Verdad, esa verdad que yo buscaba y que era al mismo tiempo Amor y Belleza. Un ser que no juzgaba, no sabía, no comprendía; y, al mismo tiempo, sabía, comprendía, esperaba más allá de toda angustia. Volvía a encontrar en ella ese amor a la vez universal e íntimo que yo sentía que era la clave del enigma: lo encontré sobre todo en su silencio, porque era primero un ser que escuchaba en el fondo del silencio. Creyente, apenas respondía a mis objeciones; pero sentía que no podían alcanzar ni mermar su fe. Por primera vez estaba en presencia de una mirada que me parecía más profunda que la mía, sobre la que permanecía sin prisa. Pero nunca comprendí que se pudiese orar al Infinito, porque creía que para orar era necesario encerrar el rostro de Dios en los límites de un rostro humano.

Yo le hablaba de mi miseria, de mi necesidad de veneración, de mi apatía, de los reproches soportados por ella desde mi infancia. Ella me dijo: «Eso es absurdo. Simplemente es que no estás suficientemente despojado». Esa sola palabra fue un acontecimiento, el primer trozo de certeza que debía poseer, la primera indicación de lo que debía hacer primero, para resolver todos los problemas. Era necesario convertirme realmente en yo mismo, es decir, despojado de todas las superestructuras, las complicaciones, las arrogancias. Sin embargo esta certeza estuvo en germen, durante un año, sin fructificar.

Llevaba entonces la vida más estúpida (cine casi todos los días). En una de las películas que vi tocaban la quinta sinfonía de Beethoven: uno de los músicos me recordó intensamente la figura de aquella chica. Tuve entonces la intuición y la comprensión súbitas de una vida totalmente interior dedicada, en la soledad y en la pobreza, al amor y la humildad, a las realidades espirituales. Salí conmocionado del cine, quería cambiar de vida allí mismo. Comencé a dar mis libros, intentaba rezar. Pero todo era muy confuso; había tenido la revelación de algo, sabía que había una verdad, una vida que era la verdadera; imaginaba vagamente una soledad laboriosa en un trozo de bosque, pero no veía cómo realizar eso en concreto. Sin embargo había comprendido, y para siempre, la felicidad y la verdad de los humildes.

Quise evitar el orgullo de un acto impulsivo: seguí simplemente mis estudios. Pero poco después caí en los desórdenes más lamentables, y durante un año olvidé todo por el juego sempiterno, irónico y cruel de la seducción y el orgullo. Después, bruscamente, me encontré de nuevo con mis angustias morales y metafísicas, polarizadas sobre todo en torno al sufrimiento humano. Esto sucedía en plena guerra y no quería olvidar todos estos sufrimientos, quería pensar en ellos cada día, meditarlos cada día, con los que no podía hacer nada (prisioneros, deportados, etc.). Y después caí en el aturdimiento sistemático…

Hasta el día en que me volví a encontrar con una chica de la misma raza que la primera, pero completamente increyente, educada en una concepción de la vida inteligente, valiente, irónica, elegante y aristocrática, a la que se adhería su espíritu, pero en absoluto su alma: también se leía en sus ojos una fe irresistible en otra cosa; una fe tanto más sorprendente en la medida en que confesaba con toda lucidez no poder justificarla ni desprenderse de ella. Acogía todas las cosas con una indiferencia sutil y secreta, preocupada sobre todo ‑eso parecía‑ de atravesar el mundo manteniendo las manos vacías. Pero detrás de esta ligereza imperceptible se adivinaba un inmenso desamparo; y más allá todavía de este desamparo parecía escuchar, ella también, algo en el silencio: el presentimiento de una felicidad que nada podía quitarle. Pero el problema del sufrimiento la acosaba, y no me hacía falta atormentarla con él. ¿Tenía derecho a ser feliz en su soledad? ¿No había que gritar ante el sufrimiento del mundo y desesperar? ¿O creer, entonces, en Dios y en Jesucristo que asumió realmente todo el sufrimiento humano? Pero ella se negaba a una cosa y a la otra y mi propia fe dependía de la suya, toda mi sed de creer se alimentaba de la certeza silenciosa que leía en su rostro y que, a pesar de nosotros, nos mantenía de alguna manera en la esperanza.

Unid a esto la necesidad de adoración de la que ella no podía aceptar ser objeto… Nos hicimos sufrir mucho, pero habíamos buscado la verdad juntos: el amor que soñaba me fue dado, pero superaba de forma singular mi sueño y, en consecuencia, le crucificaba.

Es difícil explicar cómo salimos de ahí… Varias veces me visitó una intuición semejante a la del cine, en la que escuchaba una llamada a la renuncia como la única felicidad posible. Pero no conseguía practicar esa renuncia en la que creía; ni ella, que la practicaba desde siempre, conseguía creer en ella.

 

Cruz que se eleva a un cielo luminoso

 

Y después llegó un día, violentamente, la sed de una vida de oración. Humanamente estábamos agotados. Abandonar esta vida estúpida, irónica, en la que sólo contaba una búsqueda metafísica y religiosa, siendo el resto pura apariencia, para mantener con algunos amigos una vida reglada, una vida común, espiritual. La idea era irrealizable, me di cuenta enseguida, pero dio cuerpo a mi deseo, y comprendía que ya no podía vivir de ese modo: me hacía falta orar, necesitaba esa vida pobre y reglada, y fraternal. La oración era la verdad, cuando se sabe que no se sabe nada, ni siquiera lo que es la oración.

Por lo tanto necesitaba entrar en el convento, y por medio de eso hacerme católico. Dos dificultades: la Iglesia, el dogma. Para el dogma, me decía: «Con la humildad lo encajaré todo; si realmente no sé nada, no debo estar siquiera seguro de que el dogma sea falso; por lo tanto, si vamos a hacerlo…»  Por otra parte, después de mucho tiempo, me gustaba la figura de Cristo y las grandes intuiciones cristianas («si el grano no muere…»). En cuanto a la Iglesia, siempre había amado a los primeros cristianos: y pensaba a menudo que los religiosos pretendían llevar esa vida. Uno de mis amigos, antiguo novicio, me dijo: «Busca un sacerdote y dile: me pongo en las manos de Dios». Estas palabras también fueron una luz: después de todo, ¿qué otra cosa tenía que hacer en ese proceso, completamente superado como estaba por todos los misterios que había querido superar?

Una vez en la vida religiosa, no esperaba nada en el plano intelectual: había encontrado la actitud verdadera ante los problemas irresolubles, pero había renunciado a su solución. Pero esta solución me fue propuesta de forma inesperada, primero en la doctrina de la analogía; siguiéndola, mientras se afirma que Dios existe, se confiesa no saber de qué manera existe: ésta fue la primera tapadera descubierta. Las demás dificultades fueron más lentas de disipar (algunas todavía no lo son). Aprendí que la vida intelectual lleva un tiempo.

Evidentemente, tengo conciencia de no haber dicho lo esencial, que, por otra parte, necesariamente se me escapa. Habiendo intentado contar mi conversión y mi vocación, tendría que explicar la persistencia de ambas, lo cual sería explicar la misma gracia. Es imposible y, sin embargo, es lo único que tiene interés.

Entrevista al padre Molinié

Entrevista realizada por Luc Adrian, en Famille Chrétienne nº 1161, abril de 2000.

 

Foto del padre Molinié

 

Singular pequeño buen hombre. Inmóvil, en su butaca, como la araña en el centro de su tela. Un concentrado de inteligencia fulgurante y de afectividad lastimada, en un cuerpo seco, nervioso, casi desmirriado. Manos frágiles de niño músico, blancas y veteadas de azul. Detrás de las gafas cuadradas, bajo las cejas en maleza, unos ojos pardos muy vivos donde baila un fuego y, a veces, una inquietud.

Después de cuarenta años de apostolado en el convento de Nancy, Marie-Dominique Molinié, dominico atípico, se ha retirado a una «isla» de las Landas, una abadía del sudoeste de Francia, perdida en el océano negro de pinos.

Toda su vida se ha enfrentado contra la tibieza y el amaneramiento teológicos; hiriente a menudo por sus réplicas aceradas, manejando la paradoja como una espada, y haciéndose, cual Cyrano, enemigos para siempre. Todo es excesivo en Molinié: su obsesión de la Salvación, su miedo del infierno, su deseo de agradar, su necesidad de amistad, el orgullo de denigrarse, y también su humildad, «esa fuerza terrible».

Querría «abajarse como Job», pero no puede impedir provocar, al predicar un «Evangelio rudo», sin empalago. Lejos de intentar «atenuar el misterio», este místico torturado subraya, como a placer, su lado abrupto y temible por medio de rasgos incandescentes, en una lengua flexible, moderna, desoxidante. A menudo incomprendida por sus iguales, esta predicación sin concesión encuentra en las comunidades nuevas y en los jóvenes buscadores de Dios un público ávido y entusiasta.

Este pesimista convencido, hermano-amigo de Cioran, se prohíbe hoy desesperar, por obediencia al Espíritu Santo: «Sólo tengo confianza de manera sobrenatural». ¿Puede olvidar la oración de su madre que se arrojó delante de una imagen de la Virgen cuando él estaba a un paso del suicidio? y exclamó: «¡Que lo pierdo! ¡Que lo pierdo! ¡Pero que se salve!»

La súplica adorante, ése es el antídoto de Marie-Dominique Molinié, desesperado esperando, que camina hacia la Orilla sobre las aguas turbulentas de la Fe y no espera más que «refugiarse en el amor para siempre».

–Celebramos los dos mil años de nuestra Salvación. ¿De qué necesitamos ser salvados?

–Del orgullo. No hay más que un combate en la vida de un hombre: el del orgullo y la humildad. El orgullo es la negativa al amor, con el abajamiento inverosímil e indecible que implica el amor.

–¿Siempre ha tenido Fe?

–No. Con 12 años oí un sermón sobre la eternidad, el sacerdote predicaba tan bien que vi el infierno. Eso me trastornó. ¿Cómo Dios, infinitamente bueno, puede permitir abominaciones parecidas? Y al final concluí: es demasiado horrible, no puedo creer en eso. Con 16 años, me he sublevado con dulzura.

–Hoy, ¿lo ha comprendido?

–Yo no comprendo en absoluto, pero acepto no comprender. ¿El infierno, las tinieblas, el pecado original? ¿Cómo tanto orgullo? ¿Por qué un instrumento de suplicio que se llama la Cruz, cuando Jesús podía salvarnos con una simple sonrisa? ¿Por qué esta superabundancia de sufrimiento? ¿Por qué los niños mártires, los inocente asesinados...? No puedo contestar. Ante estas preguntas insolubles, intento reunir los gemidos inefables del Espíritu Santo. Me refugio allí, y callo.

–¿Hay que «anonadarse» primero antes de tratar de comprender?

–Es Dios quien se «anonada». Él está de rodillas delante de nosotros y nos suplica: «Ten confianza en mí». El único acto infinito que podemos realizar es aceptar tener confianza.

–¿Qué le ayudo a creer?

–Los santos. Estaría condenado al agnosticismo y a la desesperación sin Teresa de Lisieux, el Padre Kolbe, Marta Robin, el Padre Pío... me atraen hacia el Cielo. ¿Ellos han aguantado el golpe sin acusar a Dios? Entonces yo tampoco le acusaré. Gracias a ellos sobrevivo, a duras penas, a golpe de oración y de adoración.

–¿Cómo ha aprendido a orar?

–Era estudiante en París cuando una noche, durante una crisis de desesperación, estaba achispado en un club nocturno. Una alcahueta compasiva intentó levantarme la moral. Hemos charlado. Ha murmurado en la sombra: «¡Para mí, el amor consiste en poner mi cabeza sobre las rodillas del hombre que amo, y quedarme así sin decir nada!» ¡Era el secreto de la oración! Fue una revelación.

El Evangelio dice la verdad, las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos, porque al menos habrán dejado hablar a su corazón mientras que nosotros cerramos el nuestro: para evitar los peligros del amor, nosotros nos protegemos de él. ¡Lo que nos preserva de las impurezas... preservándonos del amor mismo!

–Uno de sus libros se titula «El coraje de tener miedo». ¿Miedo de qué?, pues creer es no tener miedo.

–El coraje de mirar a la cara lo que debe darnos miedo según el Evangelio: «Temed lo que puede perder vuestra alma». El coraje de creer en el infierno. Los cristianos no soportan ya este dogma porque rechazan tener confianza, exigen garantías y seguridades. Hace falta no confundir la confianza teologal con el optimismo. La condición de la verdadera confianza es tener miedo.

–¿No tiene usted una fijación malsana con el infierno?

–Quizás... Sin embargo, el modo con el que se evita esta cuestión en la Iglesia me deja estupefacto. El Evangelio es duro. Abridlo: se menciona el infierno unas sesenta veces. «Habrá llantos y rechinar de dientes...» ¡Esto no es una imagen, se lo puedo asegurar!

 

Imagen del infierno

 

Leer el Evangelio sin tropezar nunca con el infierno es una hazaña de la que admiro su virtuosismo. No tenemos el derecho de atenuar esta dureza, aunque debamos anegarla en la gracia de Dios, que ha previsto todo para que la soportáramos.

–¿Qué puede salvar del miedo?

–La humildad. Mirar a Cristo, y solo a él. Nos ha dicho: «No temáis, pequeño rebaño, yo he vencido el mundo. Si vuestra humildad acepta temer, os digo: “No temáis”; pero si vuestro orgullo rechaza temer, ¡temed entonces!»

–¿Cuál es el secreto de la Salvación?

–Pedir socorro. El orgullo rechaza pedir socorro. Es el único combate en la vida de un hombre. En cuanto sois humildes, estáis salvados. Aunque no lo sepáis. El pobre es el que pide socorro, el que no busca tener garantías ni certezas en su bolsillo.

–¿Pero el orgullo se mezcla en todo, incluso en la humildad?

–La humildad se mide con la confianza: para tener confianza, es necesario no mirarse, sino mirar únicamente a Dios, y lo que él quiere hacer.

–Se habla de la «alegría de la Salvación». ¿Qué alegría hay en la Cruz?

–¡Un nuevo misterio! La Iglesia canta el Magníficat la tarde del Viernes Santo, la Virgen también. Ella ha recibido al pie de la Cruz un tornado de paz que le ha permitido mantenerse en pie. ¿Cómo hacía? No sé. Tengo confianza. Me invita a seguirla: «Entra en esta alegría que no comprendes». Yo no voy a rechazar... La paz es la gracia de las gracias, el don de Dios, un ciclón más fuerte que toda tempestad.

Se ha hablado de la «dulzura insoportable» de Cristo y de la Virgen al pie de la Cruz.... Cristo no ha «superado», no ha apretado los dientes, se ha dejado desarmar, completamente. Cuando se inclinan los ojos sobre el abismo de esta dulzura, es mucho más vertiginoso que la misma Cruz... Es un vértigo que atrae.

–¿Ser contemplativo es dejarse atraer por este vértigo?

–De alguna manera. Creemos muy a menudo que la contemplación cristiana es una especie de dialéctica ascendente que se eleva del mundo y llega hacia Dios, como Platón. No. Es la contemplación vivida por Dios mismo, emocionado en sus entrañas ante el espectáculo de nuestra miseria, e inclinándose hacia nosotros en el movimiento inaudito de la encarnación.

 

Jesús en oración

 

No ha habido nunca más que un solo contemplativo: Jesucristo. Ha contemplado nuestras tinieblas en la luz de la gloria de Dios, nuestra dureza en la luz de la dulzura de Dios, nuestro desamparo en la luz de su misericordia... y ha muerto por ello.

Su victoria sobre las tinieblas la ha conseguido rechazando hasta el fin defenderse, contemplando a sus verdugos con esta mirada de dulzura insoportable que el padre Kolbe ofrecía todavía a los verdugos de Auschwitz y que les obligaba a suplicarle que no les mirara así, que no les contemplara con esa contemplación que es ya la victoria de Dios.

–¿A qué llama los «contemplativos inconscientes»?

–Los «pobres de Yahvé» –son innumerables– aplastados por la crueldad de los poderosos y el peso de un mundo endurecido sin comprender nada. Atraviesan una vida de galera haciendo inconscientemente lo que todos los contemplativos «oficiales» deberían hacer conscientemente: volverse hacia la Cruz de Cristo. Sólo ella da un sentido a la vida tragándonos progresivamente en el misterio pascual, a través de la práctica diaria –a veces dulce y a menudo dura– de la caridad fraterna.

–Si le quedara una hora de vida, ¿qué haría?

–Suplicaría, como siempre. Mi vida es aceptar perder pie, y dejarme absorber en la sima de la súplica confiada.

–¿Perder pie?

–Es la condición obligatoria de la confianza. Para seguir a Jesucristo hay que cerrar los ojos, aceptar salir a la aventura, «perder el alma», dejarlo todo, arrastrados por un movimiento en el que estamos seguros de que vamos a ser desbordados, que no vamos a hacer pie nunca. Pero eso lo rechazamos. Queremos correr, pero no queremos volar. Decimos «No, no en seguida...».

 

El padre Molinié sonriendo

 

–¿No es usted demasiado radical?

–Creo que Dios lo es más que yo. Si los cristianos abrieran su corazón a la llama de la vida divina –«he venido a encender un fuego sobre la Tierra... ¿Aceptáis que esto vaya al fuego?»–, sería suficientemente violento como para arrancarlo todo. Nosotros ciertamente queremos amar a Dios, pero a condición de que no vaya demasiado rápido, ni demasiado fuerte, de que no sea demasiado desconcertante.

Resistiendo así, nos hacemos la vida más difícil y más áspera: ¡hacemos proezas agotadoras para evitar hacernos santos!

–¿Qué hacer?

–Pedir incansablemente la Luz, para que el Espíritu Santo nos muestre de qué manera nos negamos a dejarnos hacer. Me gusta mucho la historia de Alfonso de Ratisbonne, este hijo de un banquero judío que se convirtió por una aparición de la Virgen: aceptó ver toda su filosofía barrida de hoy para mañana.

En el fondo, nuestro drama es este: ¿aceptamos que nuestra idea de la vida sea echada por tierra y volver a empezar de cero diciendo: «No he entendido nada»?

No queremos ser desconcertados...

Nos agarramos a un ideal de nosotros mismos, una imagen de marca. No es en los puntos que creemos ser culpables en los que somos más culpables, sino en aquéllos en que creemos que no lo somos.

Lo que san Juan escribió al ángel de Laodicea en el Apocalipsis, nos lo escribe a nosotros: «No has visto que eres pobre, despojado, desnudo, y no te has querido presentar así a mí; has querido hacer como si fueras vestido». ¡Ah bien! es una indelicadeza. Somos miserables con tal profundidad que hace falta una intervención especial de Dios para enseñárnoslo. Si no lo queremos, Dios no puede nada: es tímido...

«Al atardecer de esta vida, seremos juzgados sobre el amor», dice san Juan de la Cruz. Pero seremos juzgados sobre la delicadeza del amor más que sobre su intensidad; pues la intensidad es la tarea de Dios, pero la delicadeza es la nuestra.

–¿Cómo convertirse?

–Dejarse hundir. Somos nadadores que se hunden y que intentan desesperadamente salir a flote. Es lo que no hay que hacer: tenemos que dejarnos llevar al fondo. Sólo entonces podremos subir. No estamos nunca lo bastante al fondo. Una oración que brota de las profundidades del desamparo siempre es satisfecha inmediatamente. Es por lo que Dios nos lleva ahí a veces, porque tiene deseos de satisfacernos.

Como Jacob, todos tenemos nuestra herida interior: es el medio provisional del que Dios quiere servirse para satisfacernos. Pero no sabemos servirnos de ello. «Si pedís en mi Nombre, conseguiréis lo que queráis. Pero todavía no habéis pedido nada en mi Nombre...»

La oración siembra en nosotros un verdadero grito que no consigue salir, pero que acabará por brotar un día. Aquel día lo conseguiremos todo.

–De hecho, ¿tenemos miedo a ser satisfechos?

–Sí. En el fondo de nosotros hay una resistencia solapada. Creo que el orgullo más profundo y más irremediable –quizás el de los ángeles– consiste en rechazar la acogida del infinito para «contentarse» con lo que está a nuestro alcance. Ese orgullo se adorna con la apariencia de la humildad: «¡No pido tanto, no miro tan alto! Es muy hermosa esta felicidad infinita, pero es demasiado para mí». Y secretamente pensamos: «Eso me supera, porque no viene de mí».

Supongo que el pecado de Satanás ha podido ser cometido muy correctamente, muy educadamente, de alguna manera en nombre de la moral: «Si puedo permitirme...». Satanás nos inspira a menudo esta actitud de modestia, que es la peor de las suficiencias y la negativa a perder pie. Esperamos no ser devorados, ni por el Bien, ni por el Mal. Satanás nos empuja a ser hombres razonables, que no son arrastrados por nada; ni por la locura de las tinieblas, ni por la del amor.

El hombre virtuoso no debe estar loco por nada, ni siquiera por la alegría... ni siquiera por Dios. A este pecado es al que se le aplica la maldición del Apocalipsis:  «Si fueras caliente o frío....» ¡Es mejor equivocarse de infinito que renunciar al infinito!

–La táctica del Diablo es proponer lo «razonable»...

–Sí: es el príncipe de la tibieza, el rey del compromiso. Su fin no es hacernos caer en errores concretos; sino, por el contrario, dejarnos en la vaguedad, sumergir la Verdad en la vaguedad. Porque es imposible jugarse la vida sobre ideas vagas, y por consiguiente convertirse en santo en esas condiciones.

Por ejemplo, arrojará una duda sobre la Presencia real atenuando, diluyendo, deslavazando la sal de la tierra.

–¿Por qué tenemos tanto miedo al amor?

–Dios es un fuego que devora. Podría escribirse por todas partes donde está su Presencia real: «¡Alta tensión, peligro de muerte, prohibido entrar!»

Los Israelitas lo sabían bien, tenían este sentido: «He visto a Dios, voy a morir...» Es peligroso porque es demasiado intenso, demasiado fuerte. Dios mismo no puede nada, no puede bajar su termostato. Entonces, toma infinitas precauciones para introducirse en nosotros.

–Usted utiliza imágenes de fuego, de guerra, de alta tensión... ¡Cristo nos dice sin embargo que viene a traer la paz!

–¡Sí, pero su paz no es la nuestra! Comparo nuestra situación a la de un país infestado de bandoleros: son nuestros pecados, nuestros vicios, nuestro orgullo, que nos envenena la existencia, interfieren la comunicación en el país, nos impiden vivir en paz.

Entonces este país descubre que su vecino es un rey maravilloso, generoso, dotado de un ejército poderoso. En su desesperación, lanza una llamada hacia este rey, que franquea la frontera con su ejército. Los bandoleros tienen miedo y desaparecen a lo profundo de los bosques; el país respira, sus habitantes encuentran la concordia y la alegría de vivir juntos.

Tal es el fruto de nuestra conversión a Jesucristo... En realidad estamos totalmente equivocados: lo que llamamos «paz» es un compromiso mediocre, una dosificación entre Bien y Mal que llamamos «equilibrio», una «coexistencia pacífica» entre el viejo hombre y el nuevo, entre nuestro corazón de carne y nuestro corazón de piedra. «No es magnífico, decimos, pero en fin, no hay que pedir demasiado».

Cristo ha venido para darnos su paz, y no la del mundo, que nos persuade a aceptar el compromiso. Cristo quiere darnos su paz por la extinción de todo lo que amenaza la circulación del Amor. También el rey dice un día: «–¿Qué ha pasado con los bandoleros? –Señor, se esconden, están neutralizados... –¡Sí, pero hay que acabar con ellos! Voy a perseguirles y exterminarlos. –¡Oh! pero les despertaréis, será de nuevo la guerra... –No he venido a traer la paz sino la división: una guerra de exterminio contra todo lo que amenaza mi Paz».

Es pues el rey mismo el que desencadena a los bandoleros que su presencia había dormido. De ahí las tentaciones extrañas que pueden levantarse en nosotros después de largos años pasados al servicio de Cristo: el despertar de fiebres dormidas... también el nacimiento de fiebres desconocidas. ¡Es buen signo, es el Espíritu Santo que hace limpieza!

–¿Cuál es su pasaje preferido del Evangelio?

–María Magdalena, la mujer con los siete demonios, que se derrumba en lágrimas a los pies de Cristo. Para mí, esto resume todo el Evangelio.

 

Cristo en casa del friseo de Tintoretto

Tintoretto, Cristo en casa del Fariseo

 

Tengo una profunda veneración por la Virgen María y María Magdalena. La una y la otra han vertido las mismas lágrimas: la contrición de María Magdalena no contemplaba sus faltas, sino el Corazón de Cristo herido por sus faltas; y la compasión de María miraba ese mismo Corazón, porque el Amor no es amado.

Creo que la caridad fraterna debe ser el esfuerzo de prolongar entre nosotros el diálogo silencioso de la Virgen y de María Magdalena: los que han pecado menos siendo finalmente más humildes y estando más derrumbados por el peso de la Misericordia que los que han pecado mucho.

–¡La solidaridad en el pecado es tan abrumadora!

–¡No, es magnífica! Como decía el starets de Los hermanos Karamazov de Dostoyevski, ¡si todos comprendieran esto, sería el paraíso sobre Tierra!

Nos habríamos liberado de nuestros complejos y de nuestros escrúpulos por la alegría del amor que asume el pecado de los otros. Y es muy verdadero que, si cada uno de nosotros fuera mejor, el mundo entero sería mejor.

El peor de los pecados es querer dejar a un lado el pecado: es la definición misma del fariseísmo. «No he venido llamar a los justos, sino a los pecadores», dice Jesús. Cuando aceptamos esto, entramos en el orden del amor, nos entregamos a la misericordia, cedemos por fin. ¡Y la alegría estalla en nosotros!

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NOTAS

[1] San Agustín, Sermón LII.

[2] Famille Chrétienne nº 1161 del 13 de abril de 2000.

[3] C. Journet, Une théologie de grand style: les Cahiers du père M.D. Molinié sur la vie spirituelle, en Nova et Vetera, 1973, 299-310.

[4] M.-D. Molinié, Je choisis tout. La vie et le message de Thérèse de Lisieux, CLD, 1992, 246 p.

[5] P. 223.

[6] M.-D. Molinié, Le courage d’avoir peur, Cerf, 1975, reeditado en 2003 y 2012, 230 p. Existe traducción española, El coraje de tener miedo, variaciones sobre espiritualidad, Paulinas, 1979 y reeditado en 1998.

[7] P. 73 de la edición francesa.

[8] P. 74.

[9] P. 182.

[10] P. 188.

[11] M.-D. Molinié, Adoration ou désepoir, Une catéchèse pour les jeunes… et autres, CLD, 1980. 292 p.

[12] P. 40.

[13] P. 201.

[14] M.-D. Molinié, Qui comprendra le coeur de Dieu?, Saint Paul, 1994, 184 p.

[15] M.-D. Molinié, Lettres du père Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Tequi, 2004, I, 7-16.

[16] Carta 22.