M.-D. Molinié
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La santidad matrimonial

Reflexiones a propósito de la carta nº 4 de Molinié a sus amigos sobre la santidad matrimonial[1]

 

Símbolo de la alianza matrimonial

 

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Introducción: un razonamiento «por las cumbres»

Molinié es un dominico que quiso suscitar y fundamentar la vida cristiana vivida en toda su profundidad y radicalidad. Para ello se sirvió, entre otros medios, de las «Cartas a sus Amigos», escritas desde 1967 a 2001, que tocaban múltiples temas, pero siempre desde esa perspectiva de vida espiritual profunda. En una de estas cartas, la 4ª, el padre Molinié intenta iluminar a sus amigos sobre la polémica suscitada por la Encíclica Humanae Vitae, sobre la vida y la moral matrimonial. Molinié no ofrece la defensa del contenido de esta encíclica punto por punto, sino que quiere encajar su contenido en una visión profunda de lo que es realmente la visión cristiana del matrimonio. Es ahí cuando ofrece una visión tremendamente enriquecedora de lo que significa la vocación matrimonial vivida sin recortes.

Para entender lo que dice Molinié en esta carta hay que partir de los famosos siete puntos de la vida espiritual citados por él en la primera carta a sus amigos. El primero de ellos habla de «La intuición y el tormento de lo que debe ser, o debería ser, el don total a Dios. Digo la intuición o el tormento, para precisar que este don puede estar hecho o no, o en proceso de hacerse o de huir de él. Lo que cuenta, es la aceptación leal, radical e intrépida de una lucidez, lo más fuerte posible, de esta realidad. Reconocer que éste es el gran negocio de la vida, y que todo el resto es secundario o pura literatura. Aceptar ser atormentados por esta llamada durante toda nuestra vida»[2].

Lo que dice en esta carta a propósito de la vida matrimonial supone que hemos descubierto y aceptado que la entrega plena a Dios es lo único que importa y que nos dejarnos mover (incluso atormentar) por la necesidad de esta entrega.

La audacia de Molinié consiste en poner la vida matrimonial (como cualquier vocación o forma de vida cristiana) en el horizonte de esta entrega y de lo que los esposos están llamados a ser en el cielo. Y se atreve a iluminar la vida matrimonial con lo que será nuestra vida en el cielo. Por eso dice:

(Esta carta) corre el riesgo también de decepcionar a aquellos que no se adhieren desde el fondo del corazón a cierta locura[3] en el amor a Cristo, precisada en ciertos aspectos por los siete puntos. Intentaremos hoy esclarecer el problema de la regulación de los nacimientos lo más brevemente posible, pero por las cumbres.

Es necesario entender la manera de iluminar este tema «por las cumbres», es decir, desde la visión más elevada (y la única verdadera) de la vida cristiana, que es la santidad; porque realmente lo que más interesa no es la doctrina que Molinié pueda aportar sobre la regulación de la natalidad (que es el motivo concreto de la carta y en el que no añade nada a lo que dice la Iglesia en el terreno de la moral concreta), sino porque va a indicar a qué cumbres lleva la vida cristiana y, por lo tanto, también la vida matrimonial. No intenta solucionar problemas concretos, ni iluminar situaciones complicadas, ni, desde luego, dar indicaciones para realizar la vida matrimonial según los planes de Dios de manera más fácil. Lo que va a hacer es proponer cómo vivir radicalmente (es decir, verdaderamente) la vida matrimonial para entregarse plenamente a Dios, que es, en el fondo, lo único que importa. En esa perspectiva, la castidad matrimonial –que desde otro punto de vista puede parecer imposible o inhumana– aparece como un elemento que encaja perfectamente en la «locura en el amor a Cristo» que también es accesible en la vida matrimonial vivida cristianamente.

Una «virginidad» sorprendente y para todos

Estas «cumbres» por las que hay que caminar en la vida matrimonial suponen la aceptación de la virginidad como algo que va mucho más allá del uso de la sexualidad en esta vida. La virginidad es la meta a la que todos estamos llamados y abarca a todo el cuerpo: «Es el estado de un cuerpo totalmente consumido por la gloria». Es decir, la virginidad es lo que tendremos en el reino de los cielos; la plenitud, transformación y glorificación que alcanzaremos plenamente en el cielo. Esto, evidentemente, tiene que ver con la transformación plena del cristiano en Cristo por medio de la acción del Espíritu Santo, que afecta a toda su persona, incluido el cuerpo.

La ventaja de este planteamiento «positivo» y «celeste» de la virginidad es que permite afirmar que «no hay dos clases de castidad (la del matrimonio y la del celibato)», sino una sola, «que es un don de Dios». Al margen de las precisiones sobre el camino más rápido o más largo (a las que volveremos al final), lo que no hay que perder de vista es que matrimonio y celibato no tienen dos metas distintas o dos formas distintas de vivir la virginidad. Hemos de tomar plenamente en serio que todos (si aceptamos la entrega total a Dios y cierta locura en el amor de Cristo) estamos llamados a ser consumidos por la gloria, y tenemos que vivir esa transformación en nuestras circunstancias concretas. Obsérvese que no se está diciendo que sólo el celibato (sacerdotes y religiosos) puede alcanzar esa meta, ni que las relaciones sexuales matrimoniales sean impedimento para alcanzar esa virginidad entendida como glorificación.

Lo interesante de este enfoque está en que nos descubre cómo hay que aceptar ese proceso de glorificación en el matrimonio. Y ese camino es la consagración.

El camino de la virginidad: la consagración

De nuevo Molinié nos hace salir de un concepto «canónico» o «formal» de la consagración. La consagración de la que aquí habla no es el compromiso o la ceremonia por la que el religioso o el sacerdote se entrega a Dios. Si fuera así, la virginidad que propone estaría destinada sólo a los «oficialmente» consagrados, que además son los que viven el celibato.

 

Llamas de fuego

 

Su idea de consagración no puede ser más concreta y radical: «Ser consumidos por el fuego del amor». El amor de Dios, como un verdadero fuego, abrasa y consume todo lo que no es él, para luego transformarnos profundamente[4]. Que no sea un fuego material no significa que no sea un fuego real. Se trata de un verdadero «sacrificio» que Dios realiza: él lo puede tomar todo, lo puede quitar todo... para poder crear desde cero y sin obstáculos la nueva creatura glorificada, que no puede ser construida por nosotros mismos a partir de los retales de nuestra condición de pecadores y que para ser construida por Dios necesita que él nos purifique a fondo de todas esas adherencias de las que no nos desprendemos fácilmente y que impiden la acción libre de la gracia de Dios en nosotros. El que se deja purificar y devorar por este fuego alcanza la verdadera castidad de un cuerpo glorificado.

Cuando un alma comprende estas cosas y se siente llamada a consentir en ello y a colaborar con todas sus fuerzas en ese proceso... consiente en ser consagrada, es decir sacrificada.

Ésta es la respuesta, aquí está la clave. Y esto es para todos. Esto es lo que hay que realizar en cualquier estado de vida, también en la vida matrimonial.

No se nos debe escapar que esta virginidad celeste forma parte de la gloria que recibimos de Dios y de la propia divinización. Esta glorificación es la meta de nuestra vida mientras estamos en la tierra, y, en el cielo, la obtendremos y disfrutaremos en plenitud.

Molinié señala dos formas «sacramentales» de vivir este dejarse consumir o devorar por Dios; bien entendido que no deben entenderse como un mero rito o compromiso, sino como algo que hay que vivir en toda su profundidad:

-El bautismo: Este sacramento realiza la muerte al hombre viejo para que nazca el hombre nuevo a imagen de Cristo. El bautismo supone la incorporación al misterio de la muerte de Cristo, misterio en el que también nosotros aceptamos ser «sacrificados», y en el que se nos regala un nuevo ser. En el bautismo recibimos el verdadero fuego devorador que consume y transforma, que purifica y da la vida: el Espíritu Santo. El resto de la vida cristiana consistirá en ir llevando hasta sus últimas consecuencias este misterio de muerte y resurrección, este sacrificio, este ser consumidos por el Espíritu Santo.

-La Eucaristía: Como afirmaba ya san Agustín, no es como los demás alimentos que se convierten en nuestra carne y sangre; en la Eucaristía nosotros nos convertimos en lo que comemos, de tal manera que, si comulgamos de verdad, nosotros vamos desapareciendo y Cristo se va formando en nosotros. Por eso el efecto real de la Eucaristía (cuando la dejamos actuar y no la convertimos en un simple acto de piedad) es que nosotros somos devorados por Aquel a quien comemos. Y para lograr esta transformación no hay que hacer nada extraordinario; sólo hay que consentir en ello.

Esta consagración es para todos, por tanto también para los casados; y no porque los esposos hagan una especie de consagración o imiten una serie de actos propios de los religiosos, sino porque aceptan la esencia de la consagración, que es la entrega absoluta a Dios por amor. Esta «castidad» o «consagración» es algo más exigente y devorador que lo que se entiende comúnmente como «castidad matrimonial» y que se refiere a la renuncia (permanente o esporádica) a las relaciones sexuales. Desgraciadamente existe una forma de vivir fielmente la letra de la castidad en la vida religiosa y la castidad en las relaciones matrimoniales al margen de esta profunda transformación devoradora; bien porque no se conoce o bien porque, conociéndola, se desprecia. De nuevo lo fundamental está mucho más allá de la «virginidad» material.

De tal modo esta meta es para todos, que hasta los pecadores –que distan mucho de la virginidad física– pueden alcanzar esa virginidad plena. Con la única condición de que se dejen devorar por ese fuego que purifica y transforma a la vez.

Lógicamente esta consagración y esta virginidad se alcanzan en este mundo sólo como una semilla que únicamente en el cielo llegará a la plenitud.

El papel del amor humano

El amor humano (matrimonial) tiene una función importantísima en el plan de Dios. Sirve de imagen «de lo que Dios quiere hacer con nosotros..., de nosotros». La unión entre el hombre y la mujer es signo de la unión que Dios quiere establecer con nosotros. Dios nos ama como esposo: se entrega a nosotros plenamente y nos une íntimamente a él. Es el esposo más fiel y amoroso que existe. Así, la unión con Dios lleva hasta el matrimonio con él. Gran parte de los escritos de los profetas, por supuesto el Cantar de los Cantares, manifiestan la importancia de esta imagen. No es extraño que sea la imagen que emplean los místicos para hablar de la unión con Dios. Pero sin olvidar que la realidad de la unión con Dios va mucho más allá, que el signo del matrimonio se queda corto. En este sentido dice Molinié que el matrimonio es un signo «muy débil», no porque haya otros más fuertes, sino porque representa la profundidad del amor de Dios que es infinitamente mayor que todo lo que podemos concebir los humanos. Y notemos que este signo es también necesario para los que viven el celibato.

 

Pareja de enamorados bajo el cielo

 

Pero Molinié va más allá todavía, y dice que Dios ha convertido el matrimonio en sacramento, «consagración eficaz... signo y germen de las Bodas del Cordero». Y aquí es donde tiene que encontrar su fundamento la espiritualidad matrimonial:

Esta consagración del matrimonio se ofrece a los que no son consumidos suficientemente por la luz de Cristo[5], para ayudarles a atisbar las profundidades del amor de Dios, apoyándose en las profundidades del amor humano. Si aceptan recibir el amor humano como un signo del amor de Cristo a la Iglesia (es decir a ellos), entonces este signo se vuelve eficaz y los orienta progresivamente hacia otro matrimonio, el único que merece verdaderamente este nombre ya que en el cielo no habrá otro; y sobre todo, porque sólo él colma perfectamente el misterio de intimidad, de unión y de éxtasis del que el matrimonio humano, en las mejores condiciones, sólo puede ofrecer un lejano y fugitivo esbozo, que resulta tanto más decepcionante en la medida en que a través de ese esbozo el corazón humano ha aprendido a codiciar el amor infinito. Digo que es decepcionante si nos aferramos a él; pero evidentemente no lo es si, por el contrario se lo traspasa cada vez más rápidamente para desembocar en el misterio invisible que este misterio visible debe enseñarnos a desear.

-El amor humano (que los esposos han de vivir realmente) tiene que ser entendido, aceptado y vivido como signo (e instrumento) de otro matrimonio: el de Dios con el hombre; el único que quedará al final, y el que, en definitiva, merece la pena.

-Obsérvese que este planteamiento no menosprecia el matrimonio ni el uso de la sexualidad. Si se dice que el matrimonio que Dios realiza por la consagración de la que hemos hablado es mejor que el matrimonio humano, no es porque éste sea falso, pecaminoso o aparte de Dios, sino porque resulta pequeño e insuficiente al lado de la plenitud de amor esponsal que conlleva la unión con Dios.

-No es que sean «malos» la intimidad, la unión y el éxtasis (en el sentido de salir de sí mismo para entregarse plenamente al otro) que produce el amor matrimonial. Lo que sucede es que el mejor de los matrimonios es sólo un pálido reflejo de la intimidad, la unión y el éxtasis a los que Dios nos llama a todos, también a los esposos.

-No se trata de que el amor matrimonial sea «decepcionante» porque sea falso o perverso (mucho menos porque sea «sexual»), sino porque el que ha atisbado el amor infinito al que Dios le llama, descubre que no puede llenar la sed de Dios con el mejor de los amores matrimoniales. El amor matrimonial no es decepcionante por sí mismo; lo decepcionante es buscar satisfacer en él toda nuestra necesidad de amor. Pero si el amor humano sirve para atisbar, desear, buscar y alcanzar el otro matrimonio, se convierte entonces en un apoyo importante para alcanzarlo.

El peligro no está, por tanto, en la vida matrimonial como algo que en sí mismo aparte de Dios, sino en convertir el signo y el sacramento en la única meta. La meta de los esposos es la unión con Dios, el desposorio con Dios. Y esto por la sencilla razón de que no hay otra meta para el hombre, sea cual sea su vocación y su misión. Si se olvida esa «otra cosa», el matrimonio se convierte en un peligro porque se busca en él una plenitud que sólo Dios puede dar. El signo y el instrumento se convierte entonces en obstáculo para alcanzar la meta verdadera.

No exagera Molinié al afirmar que «la mayoría de los esposos cristianos, desde el principio, ni siquiera sospechan de qué se trata. Sólo ven en el matrimonio una realidad natural, y en su consagración una bendición inofensiva: nadie se atreve a decirles (y por otra parte no siempre se sabe) que esta consagración es un tizón ardiente colocado sobre su amor para transfigurarlo en gloria... pero después de haberlo reducido a cenizas».

-Por una parte, la mayoría de los matrimonios cristianos ven en su unión algo meramente «humano», «natural» que Dios bendice. No se plantean que el matrimonio sea nada más, ni como signo ni como instrumento. Piensan simplemente que Dios bendice la unión humana; como si le diera un ligero barniz para embellecerla, o como si convirtiera en lícito algo malo. La mayoría de los matrimonios cristianos no se plantean otra meta en su vida que quererse, ayudarse, y criar y educar a los hijos. Nada de esto es malo, pero se olvidan de Dios y de la meta que él les propone. Olvidan que el signo, al final, tiene que consumirse y dar paso a la realidad que significaba: la unión esponsal con Dios.

-Por otra parte, los mismos sacerdotes no siempre saben o transmiten la realidad profunda del matrimonio cristiano, que por el hecho de ser cristiano tiene que llevar a la gloria por el camino de la cruz, tiene que ser devorado por el fuego del amor divino para ser glorificado, tiene que morir y resucitar... seguramente porque tampoco viven con esa plenitud su propio sacerdocio...

-El problema del matrimonio cristiano no está en que tenga que ser «devorado» por el hecho de ser «matrimonio» (humano, afectivo, sexual...), sino por el hecho de ser «cristiano», es decir, por el hecho de estar llamado a una plenitud que sólo se consigue por la donación total a Dios y por la locura del amor a Cristo.

-Evidentemente, la mayoría de los que se casan no aceptaría el matrimonio cristiano en su plenitud, pero no por la indisolubilidad, la obligación de aceptar generosamente los hijos o el empleo de los métodos naturales de control de la natalidad, sino porque no están dispuestos a ser devorados por Dios para alcanzar la gloria, lo que resulta infinitamente más doloroso y terrible que las exigencias de la moral matrimonial.

-No conviene engañarse: también el religioso y el sacerdote tiene que vivir ese holocausto de lo más querido, de lo que le parece imprescindible, de lo que Dios ha prometido (en seguida nos hablará Molinié del ejemplo de con Abrahán). También tienen que ir más allá, también tienen que dejar que Dios lo consuma todo para encontrar ese otro matrimonio celestial, que es el fin para el que nos ha creado Dios.

 

Dos cerillas y un solo fuego

 

Otro texto de Molinié, tomado de El Combate de Jacob, puede ayudarnos a descubrir cómo todos estamos llamados a aceptar el «terremoto», que, como el fuego, forma parte de la purificación que nos consagra:

Los jóvenes cristianos se han casado para encontrar a Cristo a través del amor humano..., y el amor humano no mantiene sus promesas: y ahí están privados aparentemente del punto de apoyo de su vida espiritual, las riquezas del matrimonio cristiano de las que la Iglesia les había hablado... O, al contrario, el amor se desarrolla tanto que se convierte en un obstáculo entre su alma y Dios: entonces para progresar están condenados a despegarse espiritualmente de ello tanto como los que han renunciado a él desde el principio. En uno y el otro caso aprenden las palabras de san Pablo: «Que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran» (1Co 7,29). Aprendizaje imposible sin el largo terremoto que se extiende a lo largo de años, cavando lentamente en ellos «la articulación de la cadera», es decir, el punto neurálgico de su corazón, esa herida «que no es de muerte sino para que resplandezca la gloria de Dios» (Jn 11,4).

Estas no son verdades que pueden entrar en nosotros a fuerza de meditación: hace falta que penetren en nuestras entrañas, ninguna dosificación sabia nos permitirá «gozar de este mundo como si no lo disfrutásemos» (1Co 7,31), si no se nos da desde lo alto... y desde abajo, por la debilidad misma de nuestra carne cuando los acontecimientos la hayan «tratado» convenientemente.

Si nos volvemos del lado de los que han dejado todo para consagrarse al servicio de Cristo, encontramos estas mismas verdades en un marco de vida que las vuelve, a la vez, más necesarias y más difíciles de aceptar. Esta vez, en efecto, son los valores más preciosos de todos ‑los valores sobrenaturales‑ los que se derrumbarán poco a poco ante nuestros ojos bajo el efecto del terremoto: y entre los valores sobrenaturales, precisamente aquellos sobre los que esperábamos absolutamente poder cimentarnos.

En suma, la perla preciosa misma parece convertirse en migajas. Y habría que evocar aquí otro pasaje bíblico célebre, el sacrificio de Abrahán. Siempre es cruel perder un hijo, más cruel todavía inmolarlo con sus propias manos, pero la cima suprema de la prueba de Abrahán consiste en que este hijo le había sido dado por Dios como la prenda de una posteridad innumerable: al reclamárselo, Dios contradice a Dios...; por eso la prueba de Abrahán es, ante todo, como la que meditamos en este momento, una prueba de fe. Sin embargo rechazo que a menudo se saque de ella una simple exhortación a conservar la fe a pesar de todas las decepciones. El movimiento de Abrahán procede de una inspiración totalmente diferente, y tanto más insondable, que la que consiste en «aguantar»: para alcanzar tal pureza, para «esperar contra toda esperanza», hace falta amar; amar tanto que la fe y la esperanza ya no sean el fruto de una voluntad, incluso heroica, sino el verdadero fruto de una impotencia, puesto que el amor no puede desesperar pase lo que pase...

Hemos vendido todo para comprar la perla preciosa, presintiendo a Dios a través de ciertas realidades por las que hemos sacrificado todo. Y poco a poco estas realidades se hunden... Ese misionero que parte para ser pescador de hombres se ve confinado en la procuraduría durante largos años: cualesquiera que sean los acontecimientos, todo apóstol, todo sacerdote está condenado un día u otro a pudrirse en el sitio donde está (Jn 12,24). No basta con ser «sólido» para permanecer fiel en el puesto, pues el desierto que invade el alma del sacerdote no es un desierto ordinario: es el del monte Horeb y del encuentro con Dios; y si no es secretamente aspirado por el presentimiento de este encuentro como por una ventosa que lo fija en la fe, «caerá la lluvia, se desbordarán los ríos, soplarán los vientos y se precipitarán sobre ella, y la casa se caerá y se arruinará totalmente» (Mt 7,27).

Más sutiles todavía y más desconcertantes son las decepciones que esperan a las vocaciones contemplativas, pues se apoyan más íntimamente sobre realidades unidas, si es posible, a Dios mismo: la liturgia por ejemplo para los benedictinos, la penitencia para los trapenses, la oración para las carmelitas, la teología para los dominicos, la pobreza para los franciscanos, etc.; cada uno encuentra a Dios más profundamente a través de un camino que le es propio, ¡siempre la piedrecita blanca! Es precisamente este camino el que el terremoto va a hacer impracticable o peligroso, según un proceso análogo al que hemos denunciado a propósito del amor humano: la liturgia, la ascesis, la teología, la oración no mantienen sus promesas... o las mantienen demasiado. Incluso respecto a ellas, hace falta aprender a usarlas como si no se usaran.

Es claro que esta prueba abre en nosotros una herida: no se parece a las que podíamos esperar y para las que teníamos preparadas nuestras reservas de generosidad. Nos mina por dentro, nos vacía de nuestra fuerza, cuyo camino ha sabido encontrar. No aceptamos sin resistencia y sin enloquecimiento descubrirnos progresivamente incapaces de ir a Dios, nosotros que habíamos dejado todo para seguirle. Sin embargo, cuando ya no podemos ir a Dios con la torpeza de nuestras iniciativas burdas, es cuando podrá venir él a nosotros en la pureza de su presencia: «Cuando me siento débil es cuando soy más fuerte» (2Co 12,10); es decir, cuando ya no puedo moverme, cuando me he relajado flexiblemente aceptando no poder moverme, Dios está cómodo por fin para adueñarse de mí y revestirme de su fuerza...

Sólo que no comprendemos eso, no podemos comprenderlo, entonces nos golpeamos y debatimos en este combate de amor, a la vez estúpido y sagrado, que representa el combate de Jacob con el ángel[6].

La perspectiva de la moral conyugal

Sólo en esta perspectiva (no en el de la lógica humana y, menos aún, en la del hedonismo) pueden entenderse las exigencias de la moral conyugal. Sólo el que entiende que todo cristiano (en cualquier vocación en que se encuentre) tiene que pasar por la cruz para llegar a la gloria aceptará una moral que en determinadas circunstancias le puede parecer «inhumana» o «imposible»; lo que en el matrimonio se puede traducir en ser abandonado por el cónyuge, la esterilidad en la pareja, la enfermedad, la necesidad de regulación de la natalidad... y mantener la fidelidad a la voluntad de Dios.

 

Enamorados a contraluz

 

El camino equivocado consiste en intentar hacer «razonable» esta moral, cuando necesita la perspectiva de la cruz; o, por otro lado, «aguarla» para facilitarla y hacerla aceptable por cualquiera.

Lo que con razón sorprende a Molinié no es la oposición a la moral matrimonial católica desde una perspectiva meramente humana, sino que los matrimonios cristianos (y los sacerdotes que los orientan) olviden que la cruz es inherente a la vida cristiana porque seguimos a Cristo crucificado. Y esto supone que la cruz se hace presente en la vida matrimonial en diversas situaciones. Al que comprende la verdadera meta del matrimonio no le puede sorprender que, en determinadas circunstancias, el proyecto matrimonial cristiano le lleva a la cruz (es decir, a ser purificado por el fuego, ser devorado, tener que renunciar incluso a eso que creía que Dios le había prometido), sino que descubrirá en esas situaciones la ocasión propicia para ser glorificado a través del fuego que purifica y del sacrificio de todo a Dios. El problema no es la «moral conyugal católica», el problema es que «muchos no se han tomado la molestia de calcular el precio requerido para ser discípulo de Cristo», en el matrimonio o fuera de él.

Fuera de esas circunstancias, los esposos verdaderamente cristianos también han de saber reconocer y aceptar la cruz que les consumirá y les llevará a la gloria. Sin eso, no habrá purificación, sacrificio, transformación ni gloria.

La actitud ante las dificultades

No le sorprende a Molinié que haya situaciones en las que las exigencias del Evangelio y la cruz de Cristo nos hagan sentir nuestra incapacidad, nos lleven al límite de nuestras fuerzas y nos tiren por tierra. En cualquier caso, el que quiera dejarse consumir por el fuego del amor de Cristo va a sentir esa pobreza y esa impotencia.

Pero la actitud verdadera ante nuestra incapacidad no puede ser negar la verdad de las exigencias del Evangelio y huir de la cruz de Cristo (solución tomada por la mayoría). O escapar del fuego transformante, precisamente porque lo consume todo. La única actitud aceptable es la del pobre y la del pecador: el que se sabe impotente y acude a Dios con toda confianza, poniendo su pobreza en manos del Padre. La única actitud que me parece honrada ante la Cruz de Cristo y las exigencias del Evangelio, la única a la que deseo ayudar con todo mi corazón, es aquella que, reconociendo lealmente las exigencias abrumadoras del amor divino, se siente incapaz de hacerle frente. A todos los que prueban este sentimiento (cualquiera que sea la ocasión que lo provoca) Cristo les ofrece el refugio de su misericordia... pero sólo a ellos.

Ni el que niega el plan de Dios, ni el que se cree capaz de alcanzarlo, pueden realizarlo acogiéndose a la misericordia. Sólo el que acepta ser desbordado por las exigencias del Evangelio y lo intenta de todo corazón, a la vez que sabe que es débil y pecador, sólo ése puede experimentar la misericordia de Dios que realiza lo que la pobre criatura es incapaz de hacer a pesar de todos sus esfuerzos.. Esta actitud está magníficamente explicada con el ejemplo, aludido por Molinié, de la escalera y el piececito que propone santa Teresa del Niño Jesús:

«Usted me hace pensar, decía Teresa del Niño Jesús a una novicia, en un niño pequeño que empiezan a tenerse en pie, pero no sabe andar todavía. Quiere a toda costa llegar a lo alto de una escalera para encontrar a su mamá y levanta su piececito para subir el primer escalón. ¡Esfuerzo inútil! Se cae siempre sin poder avanzar. Pues bien, sea usted ese niño pequeño; por medio de la práctica de todas las virtudes, levante siempre su piececito para subir la escalera de la santidad, y ¡no se imagine que podrá subir siquiera el primer escalón! No. Pero Dios sólo le pide la buena voluntad. Desde lo alto de esa escalera, él la mira con amor. Pronto, vencido por sus esfuerzos inútiles, bajará él mismo, y, tomándola en sus brazos, la llevará a su Reino para siempre, donde no le dejará ya. Pero, si usted deja de levantar su piececito, la dejará mucho tiempo sobre la tierra»[7].

También es muy luminosa la actitud que propone Santa Teresa del Niño Jesús ante el pecado:

Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a él[8].

Tres situaciones concretas

 

Familia caminando a la luz de la cruz

 

Intentaremos aplicar todo lo que hemos ido viendo hasta aquí a algunas dificultades concretas que tienen, o pueden tener, los matrimonios cristianos.

Los que se sienten incapaces de la abstinencia periódica que suponen los medios anticonceptivos naturales:

Lejos de negar el proyecto de Dios, tienen que aceptar su dificultad e intentar con humildad, una y otra vez, como el pecador reincidente, adaptarse a la voluntad de Dios acogiéndose a su misericordia. El peligro de esta situación consiste en caer en la tentación de cambiar la voluntad de Dios. La clave para evitarlo es la humildad.

Los que creen que cumplen porque aceptan todos los hijos que Dios mande, pero sólo buscan satisfacer su pasión:

La verdadera respuesta a todos estos problemas –la de Cristo, la del Evangelio– no reside en una atenuación sino en una profundización de la moral conyugal que la agrava más que la atenúa, pues debe quitar radicalmente toda buena conciencia a los que creen evitar el pecado mortal aceptando todos los nacimientos sistemáticamente y sin reflexionar. Su deber es reflexionar y decidir libremente, no obedecer ciegamente el instinto sexual creyendo que «está permitido» siempre que se acepten las consecuencias.

Según esta desviación, bastaría con aceptar los hijos para evitar todo pecado grave de impureza en el interior del matrimonio. En verdad nada es más falso: traer al mundo a un niño es un acto de tal alcance, de tal esplendor y de tal gravedad –que conlleva además obligaciones sin número que hay que estar preparado a asumir– que este nuevo nacimiento debe ser querido siempre o por lo menos aceptado por sí mismo... y no sufrido como la consecuencia indeseable de una expansión sexual buscada por sí misma.

La abstención (periódica o total) de las relaciones sexuales es pues virtuosa y a veces obligatoria, si representa un perfeccionamiento de nuestra sumisión a la Providencia, no una insurrección más o menos tácita contra ésta. La vida sexual humana debe expresar nuestra sumisión inteligente y prudente a esta ordenación (una prudencia que puede variar mucho según los temperamentos y las gracias recibidas).

Bien distinto es esta otra situación:

Los cristianos más generosos tenderán a aceptar muchos hijos, y esta tendencia será aprobada por la Iglesia en sustancia: pero con ello se trata, lo repito, de una tendencia generosa que tiene verdaderamente como objetivo tener muchos hijos, y de ningún modo un medio cómodo de satisfacer el instinto sexual sin problemas.

Los que creen que ellos, por ser «personas normales», no pueden pecar en este terreno. Se trata de un nuevo fariseísmo que se cree «cumplidor» en este terreno porque no realiza una serie de pecados, y por ello se siente exento de evitar otros.

La pregunta que se plantea hoy es saber si los esposos cristianos, puestos frente a la encíclica y a toda la moral conyugal, aceptan confesar que el fondo de su problema no es diferente al de los otros pecadores. Tengo la impresión de que desgraciadamente muchos no lo aceptan, bajo la presión de las doctrinas actuales y de la exaltación de la vida sexual. Tienden a pensar que la vida sexual no puede conllevar ningún pecado en el matrimonio, salvo que sea pervertida. Esta actitud me parece señalar un fariseísmo mucho más grave que el mismo pecado de impureza: rechazan ser asimilados a los «otros» pecadores, a los que son esclavos del placer bajo todas sus formas y caen en las degradaciones que todo el mundo reprueba. Se creen de otra raza y de otra pasta que la de María Magdalena y el buen ladrón. Como mucho consentirán confesar algunos pecados, pero no serán pecados vergonzosos; como si hubiera pecados nobles y pecados vergonzosos, o como si hubiera pecados excusables (que en definitiva el Creador estaría obligado a perdonarnos) y pecados inexcusables, que son siempre los de los demás. La esperanza consiste, al contrario, en reconocerse sinceramente inexcusable... teniendo siempre confianza en la misericordia de Dios.

¿Un camino menos perfecto?

Queda en el aire la cuestión, ya clásica, de la vida religiosa como vida «de perfección» y el matrimonio como una vía «menos perfecta». Molinié afirma que el camino del celibato es «más perfecto» que el de la vida matrimonial:

Me contento con afirmar que, a la luz del Evangelio, no hay dos clases de castidad (la del matrimonio y la del celibato), sino una sola que es un don de Dios, y que el celibato voluntario se dispone a recibir por el camino más rápido y por consiguiente más perfecto. El matrimonio se dispone a recibir el mismo don por un camino más lento, más embrollado, menos radical y por consiguiente menos perfecto.

Lo primero que hay que descubrir es que no se trata de un camino que lleve a más perfección y otro que lleve a menos. La meta (el don que Dios no da) es la misma: los dos caminos –si se recorren realmente– llevan a la virginidad celeste que es un cuerpo glorificado por el fuego del amor de Dios. No se afirma, por tanto, que el matrimonio no sea camino de santidad o que conduzca a una santidad menor o a una castidad menor.

La diferencia está en que el celibato es un camino es más directo (o más corto) porque busca directamente a Dios y (junto con la pobreza y la obediencia) se arroja directamente a ese fuego abrasador que lo consume todo y nos glorifica (sacrifica) más rápidamente. El matrimonio conduce al mismo amor, pero con la mediación de un amor humano que es a la vez signo y sacramento del amor divino, y que tiene que ser superado: es un camino más largo, y sólo en ese sentido menos perfecto.

A esto hay que añadir la diferencia entre lo objetivo (lo que es en sí mismo) y lo subjetivo (lo que es para cada persona en concreto, de hecho). El hecho de que objetivamente la castidad sea un camino más corto no significa que sea camino el que Dios me pide a mí. Tendré que discernir la voluntad de Dios y descubrir cuál es el camino por el que Dios quiere que yo vaya.

El que un camino (de santidad o de castidad) sea objetivamente más directo que el otro no significa que subjetivamente (de hecho) todos los que lo toman lleguen antes que los que toman el más largo. Se puede ser infiel en el camino del celibato y no alcanzar la castidad; o se puede ser poco generoso en ese camino y llegar muy tarde. Se puede ser fiel y generoso por el camino más largo y de hecho llegar antes que algunos (o muchos) de los que van por el otro camino. Por eso, además del discernimiento de lo que Dios quiere para mí, cuenta mucho la fidelidad y la generosidad en el camino emprendido.

En esta misma línea queda por aclarar el que «Esta consagración del matrimonio se ofrece a los que no son consumidos suficientemente por la luz de Cristo».

En la perspectiva vocacional del joven que tiene delante de sí todas las posibilidades abiertas, cabe entender que si ha sido consumido suficientemente por la luz de Cristo, elija el camino más directo posible a la meta de la unión con Dios. En ese sentido, se entiende que para el que no está suficientemente consumido por esa luz, el matrimonio sea la forma de poder llegar a ese mismo holocausto por un camino más largo.

 

Pareja caminando sobre puente colgante

 

Pero hay otras situaciones y otras perspectivas que no están excluidas por esta afirmación:

-El Señor puede, y de hecho lo hace, en determinadas ocasiones, para una determinada misión, o en una determinada circunstancia, proponer el camino del matrimonio a personas «suficientemente consumidas por la luz de Cristo». Se puede pensar en el caso de los padres «necesarios» para crear el ambiente propicio en el que se eduquen unos hijos santos, o en el caso de reyes santos que no debían renunciar a tener hijos... Eso significa que, aunque no sea el camino más frecuente de «los suficientemente consumidos por la luz», el matrimonio es una opción posible para ellos y hay que discernir en cada caso la voluntad de Dios.

-No se debe dar por supuesto que todos los que están consagrados, han sido «suficientemente consumidos». Debería de ser así, pero de hecho no siempre lo es. No se debe dar por supuesto que el que elige ese camino lo hace siempre porque busca ese camino más directo hacia el holocausto de su vida, ni que todos lo consagrados lo viven o lo entienden. Siempre será necesario el discernimiento de la vocación y siempre puede suceder que este tipos de consagrados necesiten ser «suficientemente consumidos por la luz».

-No es extraño ni infrecuente, especialmente en nuestro tiempo, que cuando alguien llega a plantearse seriamente la santidad y empieza a buscar el camino para llegar hasta el final en la entrega ha Cristo, tiene una cierta edad, un determinado recorrido y unas decisiones tomadas (acertadas, equivocadas o al margen de Dios). En ese momento quizá está «suficientemente consumido por la luz de Cristo», pero no puede decidir al margen de su historia y de su situación. Aquí el discernimiento debe ser más afinado y no se pueden tomar las decisiones al margen de la situación concreta en la que cada uno está. Dios lo conoce y cuenta con ello. Uno de esas situaciones irreversibles en los que puede recibirse esa luz que consume es el matrimonio y no se puede ni renunciar a él (ni tampoco aceptarlo) como una situación que me impide lanzarme a la locura del amor a Cristo y el don total a Dios.

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NOTAS

[1] M.-D. Molinié, Lettres du pére Molinié à ses amis. La douceur de n’être rien, Paris 2004, Téqui, I, 67-90. Los subrayados son nuestros.

[2] M.-D. Molinié, Lettres du pére Molinié à ses amis. I, 29.

[3] En el sentido paulino del término.

[4] Quizá podría ampliarse esto con la imagen que propone sor Isabel de la Trinidad (El cielo en la tierra, dia 5º, 2ª meditación): el Señor es como un buitre que devora lo malo que hay en nosotros y luego nos devora a nosotros. En la primera acción, Dios se lanza para eliminar (devorar) todo lo que impide la unión con él; en la segunda acción, Dios se lanza sobre nosotros para unirnos con él por medio del amor, y también nos «devora», pero ahora purificados para entrar en comunión con nosotros. Una misma pasión de Dios lleva a purificar y a buscar la unión. En este mismo sentido hay que entender el acto de ofrenda a la misericordia de Teresa de Lisieux que deja que el amor de Dios la desborde, la inunde: la misericordia a la vez arrasa lo malo y nos envuelve y nos sumerge en ella, como una especie de sunami, pero que después de arrasar con todo lo que estorba, nos inunda de vida y amor (cf. Oración, 6).

[5] En el apartado final veremos en qué sentido hay que entender que el matrimonio se propone a los que no son consumidos suficientemente por esa luz.

[6] M.-D. Molinié, El combate de Jacob, Madrid 2011 (Paulinas), 116-119.

[7] Cuaderno rojo de sor María de la Trinidad, recogido en la Historia de un alma.

[8] Santa Teresa del Niño Jesús, Ms C, 36vº.